El extravío es nuestro segundo nacimiento

Sobre la poesía de Rafael Cadenas

Silvio Mignano

Rafael Cadenas es un hombre silencioso y reservado, que a veces hasta puede parecer algo gruñón, pero que en realidad refleja una mezcla de timidez, introspección y humildad. La introspección se entiende perfectamente leyendo su extensa producción poética que investiga su vida interior como pocos autores contemporáneos logran hacer, dibujando un retrato íntimo total. La humildad, en cambio, es un aspecto menos obvio y mucho más apreciable si se considera que estamos hablando no solamente del más reconocido autor venezolano vivo, sino de uno de los poetas en idioma español más importantes en el mundo, galardonado ya con el Premio FIL de Guadalajara en 2009, con el García Lorca en 2015, el Reina Sofía en 2018 y ahora el Cervantes. Sin contar que desde 2020 se encuentra entre los candidatos al Premio Nobel de Literatura.

Cadenas es un hombre de silencios profundos, reiterados y prolongados. Durante mis cuatro años de permanencia en Venezuela tuve la suerte de compartir con él en muchas oportunidades y siempre me llamó la atención el número extremadamente reducido de palabras que salían de su boca. Algo parecido ocurre en su escritura. Claro, durante las muchas décadas de su extraordinaria carrera literaria el volumen de poemas y de textos producidos por Cadenas es grande, y la antología que en 2007 le dedicó Pre-textos ocupaba ya en aquel entonces 776 páginas. Sin embargo, cuando nos detenemos a analizar con atención sus versos, nos damos cuenta que nunca escribe una palabra o una sílaba de más, que no sean esenciales. Los espacios blancos que contornean la escritura no son, entonces, simplemente un accidente inevitable del acto de imprimir un texto, sino más bien la huella de todo lo que era innecesario y que el maestro ha tenido que dejar fuera de su construcción poética.

Poesía filosófica, es un término recurrente en las reseñas críticas de Cadenas. Es una valoración correcta, pero, a la vez, una síntesis incompleta y poco generosa. La verdad es que Cadenas es y sigue siendo en primer lugar un poeta, un gran poeta. ¿Es verdad que sus versos ruedan alrededor de la condición humana, de nuestra existencia? Sí, es cierto, pero ¿no pasa lo mismo con toda la mejor poesía, y no solamente moderna y contemporánea? Lo que desde mi perspectiva crítica quisiera destacar es más bien su altísimo valor estético, la capacidad de dominar la palabra, la construcción del verso y la estructura de la página.

La fama del poeta venezolano cundió en toda América Latina con Una isla y con Los cuadernos del destierro, escritos entre 1958 y 1960 tras el confinamiento en Trinidad y Tobago, durante la dictadura de Pérez Jiménez, pero publicados parcialmente recién en 1970. En 1963, sobre la misma experiencia personal Cadenas escribió el poema La derrota, que en 1970 fue compilado junto con Los cuadernos del destierro. El poema presenta una serie de reiteraciones introducidas en cada verso por el pronombre relativo “que”, y abre el primer verso con el pronombre personal “yo”: “Yo que no he tenido nunca un oficio / que ante todo competidor me he sentido débil / que perdí los mejores títulos para la vida / que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución) / que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos / que me arrimo a las paredes para no caer del todo / que soy objeto de risa para mí mismo que creí / que mi padre era eterno […]”.

El mismo pronombre personal abre Los cuadernos del destierro: “Yo visité la tierra de luz blanda. / Anduve entre melones y hierbas marinas, comí frutas traídas por sacerdotisas adolescentes, palpé árboles / de savia roja como ladrillo que moraban junto a la tumba de un príncipe, vi viejos catafalcos de gobernadores / guardados por lentas palmas. Por los contornos había raíces en forma de tazones donde los monos mitigaban la sed. / Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados. / Era la época en que los brujos habían partido a los campos de arroz destruyendo todos los talismanes […]”.

Es un diario íntimo, un diario político, un diario poético: un tríplice valor de lectura que me recuerda, por supuesto, al más grande de todos, el sommo poeta Dante, por la interdependencia de la experiencia personal, de la crítica política y de la elaboración de un alto resultado poético. Desde estos primeros textos la búsqueda de una solución formal era esencial en Cadenas y se resolvía con la sobriedad y la moderación. Restar era, entonces, más importante que sumar, con un procedimiento no muy disímil al de un escultor clásico. Y clásica era –y sigue siendo– la escritura de Cadenas, lejos de las tentaciones barrocas que caracterizaron la poesía latinoamericana de las mismas décadas, no siempre con resultados apreciables.

Todos los poetas tienen palabras a las que recurren a menudo. El verbo extraviar y sus derivados son una constante en la obra de Cadenas. “Pues nunca dejé de ser nervadura del asombro, de vivir en orillas, de extraviarme bebiendo un zumo oscuro, pero invadiendo los contrafuertes del día”, escribió en la apertura de Gestiones, libro de 2011, y pocas páginas después “Tanteas / como ebrio / en la ruta del extravío / (así se llama / nuestro segundo nacimiento)”.

El extravío es el segundo nacimiento: una definición perfecta para un hombre, antes que poeta, que aparece siempre algo extraviado frente a un mundo evidentemente absurdo, demasiado veloz respeto a la exigencia de reflexión de quien necesita tiempo y espacio para acumular experiencias, sintetizarlas, devolverlas en forma de versos cada año más cortos y esplendorosamente pobres. Solamente hay que decidir si realmente extraviado es el poeta o es el mundo.

En este sentido la poesía de Cadenas nunca ha dejado de tener un fuerte anclaje ético que, por supuesto, viene desde sus primeras experiencias humanas y políticas, como ocurrió con Dante y con muchos poetas en la historia. La tonalidad plana, la frontera entre poesía y prosa exigua, casi invisible, el cuidado meticuloso en la elección de cada palabra, al mismo tiempo, han permitido a Cadenas alcanzar niveles estilísticos altísimos y mantener una solidez moral impecable.

En 2017 publiqué Mezzogiorno in Venezuela, una antología de doce poetas venezolanos traducidos al italiano, editada en Caracas por El Estilete y en Roma por La Biblioteca del Vascello. Cadenas, por supuesto, abre el libro, que fue lanzado en la histórica librería El Buscón de la capital venezolana. Durante el evento cada poeta leyó un texto propio en español y yo leí la traducción al italiano. Cuando fue el turno de Cadenas, último por evidentes razones de jerarquía poética, él se aclaró la voz y con ese volumen bajo, con esa tonalidad barítona que lo caracterizan, con esa timidez toda suya, empezó a leer en italiano mi traducción. No hubo alternativa, tuve que leer en español los versos suyos, originales. Sonreía Cadenas –mientras yo leía– feliz, como un niño travieso, de esa pequeña burla que delataba otra calidad inesperada, un sentido del humor sutil, delicado.

Rafael Cadenas

Rafael Cadenas. Poeta y ensayista (Barquisimeto, Lara, 1930) Ha publicado los poemarios: Cantos iniciales (1946), Una isla (1958), Los cuadernos del destierro (1960), Derrota (1963), Falsas maniobras (1966), Intemperie (1977), Memorial (1977), Amante (1983), Dichos (1992), Gestiones (1992), El taller de al lado (2005), Sobre abierto (2012), En torno a Basho y otros asuntos (2016) y Contestaciones (2018).

Tu licor

Tu licor

me ha de valer en el laberinto.

¡Cuántos escombros por donde paso!

Me adentro, lentamente.

irreconocible, pero sigo.

¿Quién continúa

caminando?

Me muevo sin saber.

Porque debo.

Ars Poética

Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni
añadir brillos a lo que es.       
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis
palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame
la impostura, restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.
Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.

Bungalow

Paisaje que me resguarda de un olvido necesario.

Palmeras, acacias, sauces a pico.

Sol que hace cantar los techos.

Recuerdo que nunca estuve más unido: más próximo

a mí. Rostro duro de mi amante. Dibujo guardado.

Después, sólo admití situaciones; apenas he inventado

trampas para huir.

(He vivido)

He vivido

cediendo terreno

hasta quedarme con el necesario

-un área invicta,

de nadie,

que un desconocido reclama.

(¿Sabías)

¿Sabías

en tus adentros

que los poemas no bastan?

¿Para qué esculpir

la palabra,

carentes?

¿Se espera oír

diciendo?

¿Qué se busca

excavando con ella

en tierra endurecida?

¿Quién puede hablar

sin saberse

milagro?

(El que espera)

El que espera

vive

como inerme,

como húmedo,

como naciendo,

como suficiente,

a lo largo de los días

que no se suman,

desde lo hondo,

abajo,

abajo,

nuevo,

bañado,

parido

desde otro vientre,

barro igual

y sin embargo

otro.

Reconocimiento

Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.

No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez.

He de encajar en mi molde.

He acechado la aceptación súbita de mi realidad.

Despedí la poesía que se cuelga de los brazos.

Incendié los testimonios falaces.

Adopté la forma directa.

Una convergencia prospera en mí.

Abandono mi caminar intrincado. Me dilato en vastedades blancas.

Sirvo en silencio a un solo rey.

Con huesos de ave violento los espacios cerrados.

He sentido ráfagas de otra región sin culpa.

Me hago a la lentitud, al gesto consciente, al rumor del desierto.

(No desdeñes nada)

No desdeñes nada.

Una rana le dio a Basho

su mejor poema.

(Pocas palabras)

Pocas palabras

tienes

a mano,

no obstante

deben bastar

para tender

tu arco

ante la oscura

            diana.

Pero

ha de ser sin intención

de acertar.

Adalber Salas Hernández, joven poeta venezolano dice de su compatriota: “Cadenas practicó y practica una forma de poesía que no distingue la escritura de la vida; antes bien, procura aunar esas dos dimensiones tan quirúrgicamente separadas por algunos. En la factura misma de su labor hay entreverado un imperativo ético: no entregarse al fingimiento, no capitular ante la palabrería, la verbosidad charlatana, las ideas recibidas inconscientes, metidas de contrabando en nuestra boca. (…) Cadenas observa la escisión que media entre el lenguaje y la realidad, entre las palabras y las cosas, y se propone modelar una escritura que suture esa grieta. Su instrumento es el silencio: le sirve de martillo, de cincel, para darle forma a la materia bruta de la lengua, con su propensión al desvío, a la simulación”.

El Yo de Gonzalo Lema

Reproducimos un fragmento de la nueva novela del galardonado escritor tarijeño-cochabambino.

El viejo sentado sobre cuatro adobes continuó con la boca abierta por instrucción del médico/chamán. Tenía las muy raleadas cejas suspendidas en marcado arco de asombro ante tanta sabiduría y seguridad. La expresión de respeto. De alma purísima. Los cabellos tiesos del cerquillo asomando por debajo del gorro de lana multicolor. Un hilo de saliva por la comisura de la pequeña boca. Imperceptible el temblor del nudo articulador de sus mandíbulas. Un pie quietísimo y el otro columpiando nervioso, a punto de derramar su abarca de tiro (roto) recubierta íntegramente de barro seco.

Apoyados contras las paredes de adobe, expectantes, los pacientes en espera y los varios curiosos, todos prestos a observar la santa curación.

–Abra bien la boca, don Aquilino. Un poco más. Ahora sí. Le quedan tres muelas agujereadas y negras como cuevas del zorro. Dos, tres, cuatro dientes. Toditos rotos. Toditos hediondos. No sirven para mascar maní. Pura papaya, nomás.

El viejo asintió sacudiendo la cabeza y el cuerpo entero, siempre con la boca abierta y repleta de saliva. Los expectantes festejaron la ocurrencia, cada uno por su estilo. Alguno se reacomodó apoyándose contra la pared de barro con puntas de paja, duras como espinas de cactus.

La curiosidad general creció notablemente.

 –Es temporada de chirimoya, doctor –se burló una campesina–. Solo tiene que chuparse, únicamente. La pepa se escupe.

–Mentira –protestó el viejo con mucha saliva en las palabras–. No hay chirimoya todavía.

–Podemos importar –propuso pícaro el kallawaya–. De los Yungas de La Paz.

Un campesino joven, con dolor inconstante debajo de las costillas flotantes en el flanco izquierdo, cerquita a la cadera y espalda, se carcajeó con queja. Los restantes se sonrieron con los ojos bien abiertos, porque se les había escapado el sentido cierto del español. Entendieron un poco. Sin embargo, se quedaron mirando a la espera de que alguien les contara el mismo chiste en quechua. No sucedió.

El kallawaya retornó a la mesa de madera astillosa y limpió un tanto el centro con el dorso de la mano. Allí depositó el amasijo como si fuera un huevo sagrado. Miró en derredor (“Ahora nos vamos a callar un poquito”) y alzó las manos hacia el techo, aunque en realidad dirigiéndolas al cielo. Y comenzó a orar en un idioma muy extraño. Al cabo de la plegaria completa, caminó sus pasos hacia el viejo paciente y le vació la boca de saliva (con el agrio índice de paleta) arrojándola contra el piso de tierra. Sacudió fuerte el dedo. Se lo limpió en su pantalón de bayeta. Siguió mascullando palabras nunca oídas y retornó a la mesa con propia solemnidad de “elegido”. Alzó la bola de perejil empapada en jugos densos de su intimidad y pellizcándole trozos menudos procedió a rellenar las muelas y los dientes del hombre con un cuidado de albañil finista. Artista. Barroco. Sincretista.

Más de un rezo duró la faena. Pellizcaba de la bola del perejil y con la yema gorda del dedo principal rellenaba la muela. Advertía que la lengua debía quedarse quieta y no horadar, como era su natural costumbre. Ponía un tanto más y presionaba otro poco. El perejil convertido en argamasa, su jugo en medicamento. Luego avanzó a los dientes. También los rellenó con presión, pero además los forró dejándolos verdes, como de diablo potosino. Una máscara para el remoto carnaval andino. Fiesta de indios.

–Aguánteme, don Aquilino, todo lo que pueda. Quédese sentado sin cerrar la boca. Su mujer ha de espantarle las moscas.

La campesina carcajeó y su risa resonó como el canto del gallo por la madrugada. Sacó un pañuelo blanco de entre sus senos llenos y lo batió al aire para desplegarlo con energía. No había moscas. De todas formas, se paró como centinela al lado del viejo boquiabierto. También lo golpeó y desequilibró con su cadera tan sólida como cántaro grande de barro cocido.

–Es mi suegro, doctor. Yo me lo cuido como a mi t’anta wawa. Solo me falta cargarlo en mi espalda por donde voy. Es mi chiquito.

Algunos festejaron la ocurrencia (el joven, el que más, agarrándose el flanco.) El viejo asintió con la boca abiertísima, chorreante de saliva. Él también hubiera querido reírse, pero no podía hacerlo por temor a derramar sus empastes. Se limitó a mirar a todos con nítido aire de víctima.

El kallawaya solicitó silencio levantando las manos. Caminó hacia su alforja en busca de ceniza de carbón, de hojas de coca (limpias y verdecitas de tiernas), de papel menudo multicolor (sustituyendo florecitas) y prendió fuego aromatizando el ambiente. Incienso. Humo sagrado.

Echó a volar el papel sobre las cabezas de todos, ceremoniosamente.

Puso más leña al fogón del rincón y acalló las burbujas múltiples del agua hirviente en la olla de barro echándole otra tutuma grande de agua fría de tinaja. El fuego salpicado cambió de color. Se volvió anaranjado. Rojo. De lenguas amarillas, largas, picudas, que herían incluso la boca tiznada de la olla. Por fin se serenó.

Con calculada morosidad cortó otro manojo de perejil sobre la mesa en tiras delgadas y largas. Un tanto importante de ellas depositó al fondo de un mortero de plata que buscó en su alforja. Las aplastó. Luego, vertió agua caliente murmurando. De inmediato tapó el mortero con un pedazo de tela bordada con encanto femenino.

Cerró los ojos para orar moviendo los labios.

–Vamos a esperar que pase, joven. Esto que me has visto hacer es un mate. Infusión, se dice. Todo el día vas a prepararte para beber. Un trago y otro trago, con calma. Y cuando te descanse el dolor, vas a trepar al cerro y vas a bajar corriendo como el cuis-cuis. Y cuando se recuperen tus piernas, vas a volver a trepar para hacer lo mismo. Un rato de esos te tiene que doler el doble, en el pito mismo, pero después vendrá el alivio que buscas. Me lo vas a agradecer. A ver: andá tomando de a poco.

Lo vio alzar el jarrón y tomar un trago amargo. El joven frunció todo el rostro, la boca, como un nudo de soga. (“No es tan feo, oyes. Te estás exagerando mucho”.) Pero continuó haciéndolo hasta terminar y arrojar al piso apenas una gota. Se limpió la boca con el dorso de la mano. El gesto feo todavía se le quedó paseando un rato por la cara.

El kallawaya aumentó las tiras y volvió a aplastar todo en el mortero. Después llenó el jarrón con agua bullente del rugiente fogón.

–Eres productor de calcio, pues. Tienes arena en tus conductos, y eso es lo que te duele. El perejil la destruye, y la vas a orinar. Y si tuvieras piedra, tus carreras de conejo la van a expulsar. Seguí tomando sorbos. A cada rato. Santo remedio.

–Amén –dijeron los que entendieron.

Se quitó el poncho pesado, lo dobló siguiendo las líneas negras sobre el fondo rojo, y sintió liberados los brazos bajo la camisa de bayeta. Con el gesto de la cara llamó a la joven picada por las vinchucas. (“No todas están enfermas. Sólo algunas transmiten la Chagas”.) La observó intercambiando los alientos por lo cerca que estaban. Ella, sonrojada, traspiró copiosamente de la frente. Él le rastrilló la piel con los ojos. Cada roncha de las mejillas y del cuello (su respiración erizó la carne de la mujer). Del pecho. Y hasta husmeó en el escote cuadrado de la blusa blanca, entre las lomas tibias, abundantes, de piel suave que palpitaron súbitamente desbocadas. Unas olas propias del río Grande que corría por ahí cerca.

-Así ¿todo el cuerpo?

La mujer asintió. El kallawaya se agachó para mirarle los tobillos, las pantorrillas y algo levantó la pollera para seguir la pista de las picaduras en los muslos. A cada una le posó el índice, la presionó. Pero a las del muslo y la nalga las pellizcó de sorpresa. La carne tembló en un todo removido por las sensaciones dulces. No dejó ni una picadura sin apretar entre sus dedos gruesos.

–No son malignas. Las vamos a curar con emplaste de perejil. Lo que he hecho con don Aquilino en sus muelas, lo voy a hacer con tus picaduras. Pero estaría bien que hagas humear tu vivienda para que se vayan las ratas de los cielos.

–Son del templo chico –dijo ella, aún intranquila–. Están llenitas en su techo. Se entran a mi casa cuando nos sopla el viento del cerro. Cada tarde.

El kallawaya la escuchó con atención: –Mala cosa. Hay que bañar la casa con agua de ruda. Las paredes. El mismo colchón. ¿Es de paja?

La mujer asintió.

–También el abrigo. La ropa.

Trituró entre sus dedos un manojo de hojas y retuvo su líquido en las palmas. Lo mezcló con la materia. Le hincó los dedos. Hizo un quesillo con todo y lo expuso por sobre su cabeza como si fuera una hostia, mascullando en idioma secreto. De seguro la curaría. Había buen cielo esa mañana. Ideal para la sanación.

–Se empieza de los tobillos.

Se arrodilló.

Le limpió la piel de cada palmo con su saliva. Se pasaba la lengua en los dedos y los frotaba en la picadura y alrededores. Pellizcaba el quesillo y se lo colaba en el botón rojo. (“No te muevas”.) En las pantorrillas le frotó con saliva en toda el área afiebrada, pero más tiempo, y la empastó con el perejil. También en los muslos, ante la mirada azorada de los pacientes y acompañantes. (Don Aquilino se tragó una amalgama de la impresión.) Y trepó con calma a las siguientes donde ya hervía la sangre como el agua en el fogón.

La mujer manoteó su pollera hacia abajo cuando el hombre avistó el borde de su nalga izquierda reposando vibrante, con piel de gallina, en el grueso muslo.

Él pareció sorprenderse: –Los médicos no somos humanos del todo. Sabemos hacer el bien, es un don. Curamos y nos vamos. Nadie se acuerda de nosotros. Nos hacemos pulga. Niwa, como también se dice.

La mujer lo miró frunciendo el ceño (el médico arrodillado y curioso de su reacción, con la mano lista en el emplasto), y caminando apurada se refugió en el rincón de la pared de barro. Ya tenía los cachetes sonrojados y consideraba, en su susto, que había sido violada su intimidad. El kallawaya esperó por un momento. Después se puso de pie, desairado, y caminó hacia la joven con visible molestia para entregarle la pasta que quedaba. –Ponte en todo el cuerpo, si quieres. Nadie te obliga a estar sana. Tus manos no son mis manos, pero.

El Premio Nobel y el ayuntamiento de Estocolmo

Javier Claure C.

Diciembre en Suecia está repleto de días festivos: advent (del latín adventus, llegada), Lucía, Nochebuena y Nochevieja. Y, como si fuera poco, se suman las actividades del Premio Nobel.

A principios de mes se respira un aire especial en Estocolmo, y todo el mundo tiene los ojos clavados en la capital sueca. Así, por ejemplo, el 10 de diciembre de cada año, es el Día Nobel. Es decir, el día en que el rey Carlos Gustavo de Suecia entrega los galardones que llevan el nombre del inventor de la dinamita: Alfred Nobel. Ese mismo día tiene lugar el Banquete Nobel en la Sala Azul del ayuntamiento de Estocolmo, un gran recinto que fue diseñado por el famoso arquitecto Ragnar Östberg. Esta majestuosa obra arquitectónica empezó a construirse, en 1911, en el lugar que una vez quedó en escombros después de que un molino a fuego se incendió en la segunda mitad del siglo XVIII. Y se inauguró, con bombo y platillo, como un símbolo de la Madre Svea en la víspera del solsticio de verano (midsommar), el 23 de junio de 1923. Su bella imagen, con su torre de 106 metros de altura en donde se lucen tres coronas doradas, se levanta a las orillas del lago Mälaren en el barrio residencial de Kungsholm. Detrás de su fachada, edificada con ocho millones de ladrillos, se albergan oficinas, salas de fiesta, un restaurante, salas de conferencia y otros cuartos adicionales. Parte del ayuntamiento está abierta al público de lunes a viernes. La visita dura 45 minutos y junto a un guía uno puede observar diferentes compartimentos, como por ejemplo una pequeña Sala Nupcial donde se casan las parejas por lo civil, la Sala del Consejo donde se llevan a cabo reuniones políticas, la Sala Azul, el Salón Dorado y la Galería del Príncipe adornada con cuadros, espejos y pilares que representan al hombre y a la mujer como pareja.

Ragnar Östberg viajó por muchos países de Europa y se inspiró en los palacios renacentistas de Italia, pero también en otras solemnes construcciones europeas, especialmente en el ayuntamiento de Copenhague (Dinamarca). Así cristalizó su sueño con muchos componentes de la historia sueca basados en mitos y leyendas. En aquel entonces la sociedad sueca dejaba atrás un sistema agrario para entrar a una sociedad industrializada, y Estocolmo, como las otras capitales europeas, debía mostrar adelanto no solamente en lo tecnológico, sino también en el aspecto urbano. Además, debía reflejar el espíritu sueco. Por eso la decoración interior y exterior del ayuntamiento están impregnadas de personajes suecos.

Desde el hermoso jardín, cubierto de césped e intercalado con pasadizos de cemento que además es bien visitado en verano, se divisa un paisaje alucinante de Estocolmo. En el patio exterior hay un sarcófago del fundador de Estocolmo: Birger Jarl. Y a unos pocos metros se exhibe un tronco de granito, diseñado por el artista Aron Sandberg, que hace referencia a la fundación de Estocolmo. Una leyenda que se fue transmitiendo desde el tiempo de los vikingos reza: los vikingos estonios y finlandeses, a menudo, saqueaban las ciudades edificadas a lo largo del inmenso lago Mälaren. Sigtuna es una de esas ciudades, y las personas que vivían allí cansadas de tanto atraco planificaron una estrategia para evitar el robo de los barbudos que asaltaban con hachas, escudos, prendas de cuero y cascos con cuernos. Una vez escucharon que los ladrones se acercaban, y empezaron a juntar todas las riquezas de la ciudad. Las escondieron en un enorme tronco hueco por dentro. Luego arrojaron el tronco al lago. Cuando llegaron los agresores no encontraron nada y vieron el tronco flotando en el agua, como si fuese un objeto insignificante de madera. Los habitantes de Sigtuna habían decidido que en el lugar donde el tronco encallara, nacería una ciudad. Y ese lugar fue el sector de Riddarfjärden situado en pleno centro de lo que ahora se conoce como la capital de Suecia.

La Sala Azul y el Salón Dorado son, sin duda alguna, las estancias más exhibidas por todas las televisiones del mundo, ya que en esos salones se realiza parte de las festividades del Premio Nobel. La Sala Azul es un enorme recinto de 1500 metros cuadrados con un techo alto y ventanas desde donde entran los rayos solares. El piso es de mármol de color turquesa con adornos redondos, cuadrados y otras figuras geométricas. A un lado se luce una terraza y los arcos de mármol. Da la impresión de ser una construcción medieval. Las paredes son de ladrillo rojo. En realidad, debería llamarse Sala Roja. Los rumores cuentan que el arquitecto, Ragnar Östberg, había planificado pintar los ladrillos de color azul, pero cuando vio la obra terminada, él y otros artistas se enamoraron de ese precioso panorama, y los ladrillos mantuvieron su tinte natural. Y el nombre de Sala Azul se quedó para siempre. Esto tiene que ver con los colores de la bandera sueca, y con los lagos que pasan por diferentes partes de Estocolmo.

Otro detalle importante son las gradas que están delineadas con gran precisión. El diseñador sabía que, por esos pedazos rectangulares de mármol, iban a subir y bajar damas con tacos altos, vestidos largos y caballeros de frac. El movimiento de las personas, según el arquitecto Östberg, debería ser impecable y elegante. Y para que las gradas tengan una inclinación perfecta, de manera que produzca el efecto deseado, dicen que la mujer del diseñador tuvo que bajar y subir las gradas con diferentes inclinaciones. En fin, esos amplios peldaños, que año tras año son pisados por muchas personalidades y científicos en distintos campos de la ciencia, conducen al Salón Dorado.

En la Sala Azul se realiza el Banquete Nobel. Se instalan mesas decoradas con flores para recibir a 1400 invitados. Es decir, a los laureados con el Premio Nobel, a sus familiares, a los miembros de la Academia sueca, a la familia real, a los miembros del gobierno, a un gran cuerpo diplomático, a importantes personalidades de la industria y a representantes del mundo de la cultura. También participan, en esta famosa actividad, doscientos estudiantes de las universidades suecas que cenan en una pieza adyacente a la Sala Azul.

En el famoso Salón Dorado se efectúa la Fiesta de Gala después de la cena. Entrar a este salón es como entrar a un Palacio de Las mil y una noches, o a un pequeño castillo decorado con arte bizantino. El artista Einar Forseth, con tan solo 28 años, diseñó este magnífico salón inspirado en las iglesias sicilianas. Las paredes están forradas con 18 millones de pedacitos de mosaico y oro laminado de 23,5 quilates. En total, hay 10 kilos de oro empotrados en esos muros que muestran al espectador lugares y personajes de Suecia, pero también del extranjero. Los dibujos revelan la historia de Estocolmo en particular y de Suecia en general. En la pared del norte hay un dibujo del rey sueco Erik Jerdvardsson sentado en un caballo y con la cabeza cortada. Este fallo, dicen los entendidos en la materia, se debe a un mal cálculo de la altura del techo. Jerdvardsson reinó durante el período 1156 -1160, y nunca fue canonizado por el papa. Sin embargo, era considerado como un santo porque en su reinado los impuestos eran justos y las leyes se aplicaban con imparcialidad. Lo irónico de esta historia es que Jerdvardsson murió cuando un enemigo le cortó la cabeza.

A lo largo de las paredes laterales cuelgan, desde el tumbado, arañas que iluminan perfectamente el salón. Una de las paredes centrales está decorada con la imagen de la “Reina del lago Mälaren” (Mälardrottningen) sentada en un trono. Tiene los cabellos como serpientes. En la mano izquierda sujeta una corona y con la derecha empuña una vara que ostenta autoridad. En sus faldas descansa una ilustración del ayuntamiento de Estocolmo. En un lado hay personajes suecos rindiéndole pleitesía. También se puede observar dibujos de la bandera norteamericana, de la Torre Eiffel y de la Estatua de la Libertad. En el otro lado, está custodiada por animales, gente de África y de Oriente. Y desde las alturas cae un misterio humedecido con las aguas del Mälaren.

Freddy Zárate y su rescate del pasado

H. C. F.  Mansilla

La historia de las ideas no ha sido un campo muy cultivado en Bolivia. En cantidad de publicaciones no se puede comparar con la historia política, militar, económica o social del país, disciplinas que siempre han gozado de las mayores simpatías de la historiografía nacional. Ha habido, por supuesto, algunos intentos dispersos para dar cuenta de la evolución de las ideas en Bolivia, intentos de muy valiosa calidad literaria y penetración intelectual. Historiadores, cientistas sociales y filósofos se han dedicado a esta temática, como Gabriel René Moreno, Carlos Medinaceli, Guillermo Francovich, Porfirio Díaz Machicao, Mariano Baptista Gumucio, Juan Albarracín Millán, Josep María Barnadas y Erika J. Rivera en la actualidad. Se puede constatar, además, una sana y notable diversidad cultural en estos esfuerzos. Aunque no es partidario de ninguna de las corrientes ideológicas que han animado a estos pensadores, Freddy Zárate continúa y renueva esta interesante tradición.

Nuestro autor estudió primeramente derecho y luego ha incursionado en estudios comparados de historia, literatura y ciencias sociales. Él tiene una mirada crítica y una perspectiva amplia que lo distingue de muchos intelectuales de nuestro tiempo. Zárate no se ha sometido a la poderosa rutina que prescribe un enfoque teórico marxista, exornado con la terminología postmodernista y relativista, que ahora es de rigor. Una derivación de esta convención es la tendencia a atribuir la cualidad de lo clásico a la obra de pensadores, novelistas y poetas porque la opinión pública circunstancial así lo prescribe. Paradójicamente son los intelectuales progresistas lo que actúan de esta manera, apoyando casi siempre las modas e inclinaciones que prevalecen en un momento dado, y así contribuyen a consolidar una actitud fundamentalmente conservadora en aquello que podemos llamar el sentido común de la sociedad.

Zárate, al rescatar a algunos escritores de la oscuridad y el olvido en que son mantenidos como cosa obvia y sobreentendida, es decir: como natural, cuestiona este sentido común tan afianzado en la sociedad boliviana. En este campo el sentido común se establece de modo casi automático. No hay necesidad de un debate público y abierto para que ciertos estilos artísticos y determinadas obras literarias gocen del favor popular. Esto es así porque estos estilos y obras corresponden a los prejuicios colectivos de la sociedad, los que rara vez son objeto de un análisis serio y profundo.

En su primer libro: El pensamiento boliviano bajo la sombra del olvido, publicado en 2019, Zárate nos puso sobre la pista de algunos prejuicios colectivos cuando criticó, por ejemplo, a escritores que gozaban y aún hoy gozan de un aprecio incondicional, como Jaime Saenz y Víctor Hugo Viscarra, quienes tienen también su lugar en el libro que hoy se presenta. Cada sociedad ama por sobre todas las cosas los prejuicios colectivos que le brindan seguridad anímica y le prometen un porvenir radiante. Poner todo esto en duda es una labor ciertamente ingrata.

Hoy celebramos una nueva obra de Zárate: El Ateneo de los escritores olvidados. Ensayos de historia política e intelectual de Bolivia (Santa Cruz 2022). Como afirma Gonzalo Mendieta Romero, Freddy Zárate también cultiva un santoral laico, es decir: un elenco de los pensadores que él más aprecia, aunque realiza esta operación con algo de distancia. Entre estos últimos se hallan Porfirio Díaz Machicao, Salvador Romero Pittari, Plácido Molina y Nicolás Acosta. Nuestro autor trata de rescatar escritores valiosos del pasado, cuya obra ha sido sepultada por el presente. Aquí Zárate realiza una encomiable labor de justicia cultural-histórica, al afirmar que El ateneo de los escritores olvidados tiene un claro carácter reivindicatorio. Y añade: “[Esto] me llevó a estructurar mi propio ateneo de escritores y libros olvidados, donde cada uno de aquellos pensadores representa la memoria viva de nuestra historia cultural”.

Particularmente interesante y novedoso me parece el análisis de Zárate con respeto a los pretendidos logros del Movimiento Nacionalista Revolucionario en su primer periodo (1952-1956). Aparte de las reformas que todos enaltecen, el MNR estableció asimismo un régimen dictatorial, que quebrantó el Estado de derecho y pisoteó los Derechos Humanos, fenómenos que han interesado muy poco a casi todos los historiadores del país. Esta indiferencia ante el sufrimiento del prójimo es, lamentablemente, algo muy habitual entre intelectuales. Nuestro autor ha rastreado los instrumentos legales, por un lado, y las prácticas efectivas, por otro, que estaban vinculadas a los campos de concentración que erigió el MNR a partir de 1952. Zárate asevera que aquella época representa un buen ejemplo de la “banalidad del mal”, concepto popularizado por Hannah Arendt.

Otro resultado, igualmente lamentable, produjo aquel régimen, que nuestro autor lo ha denominado “la aplanadora cultural”.  Algunos de los autores salvados por Zárate –como por ejemplo Daniel Pérez Velasco, Claudio Cortez, Aquiles Munguía, Humberto Muñoz Cornejo, Tristán Marof, Plácido Molina–, fueron importantes en su época y por ello contribuyeron con su grano de arena a conformar la identidad colectiva del país. A varios de ellos la Revolución Nacional de 1952 les pasó por encima como una aplanadora cultural, imponiendo al país un sentido común de nacionalismo, antirracionalismo y antiliberalismo que tenemos que sufrir hasta hoy. Zárate no hace el elogio de la calidad literaria y artística de las obras de estos autores, que en muchos casos fue escasa. Él intenta más bien mostrarnos el carácter pionero de obras y autores hoy olvidados, para comprender cómo estos escritores llevaron a cabo una contribución a veces valiosa a la edificación de la consciencia intelectual boliviana, edificación que en retrospectiva ha resultado interesante y a menudo original.

Hablando del MNR, Zárate nos brinda una versión en torno a autores y a acontecimientos que difiere del sentido común habitual. En relación a los campos de concentración erigidos durante el primer periodo gubernamental del Movimiento Nacionalista Revolucionario o en lo referente a la opinión mayoritaria acerca de Alcides Arguedas, Freddy Zárate reconstruye de forma documentada cómo se van conformando diferentes posiciones que tienen que ver en primer lugar con las típicas necesidades políticas de su tiempo. El sentido común no retrocede ante manipulaciones abiertas de los hechos si la oportunidad política del momento así lo prescribe. En el caso de los campos de concentración tenemos la ignorancia colectiva inducida premeditadamente por nacionalistas y socialistas, que sobre este tema siempre han colocado el cómodo manto del silencio y del olvido. Quiero enfatizar que el tema de los campos de concentración en el periodo de 1953 a 1956 es uno de los más tristes de la historia boliviana, sobre el cual reina una ignorancia casi total en la opinión pública actual. Zárate ha prometido consagrar su próximo libro a este asunto.

Nuestro autor pone en duda los argumentos convencionales – y por ello altamente apreciados – para enaltecer la obra de figuras muy conocidas de las letras nacionales, como Franz Tamayo, Jaime Saenz y Víctor Hugo Viscarra. Esta es seguramente la parte más controvertida de los escritos de Zárate. Pero hay que comprender que la popularidad de una obra o de una opción política no garantiza automáticamente la calidad intrínseca de la misma, y menos aún en el largo plazo. Aquí quiero llamar la atención sobre un folleto de su autoría: Borrachos estaban y no se acuerdan. Crítica a Víctor Hugo Viscarra y sus acólitos (La Paz 2020), que constituye la crítica más interesante sobre este autor, incluyendo la curiosa pregunta de si Viscarra es realmente el autor de las obras de Viscarra. Saenz y Viscarra se han convertido, entretanto, en clásicos de la literatura boliviana, pero hasta la figura y la obra de un clásico no están por encima de la crítica.

Desde temprano y como persona inteligente, Zárate empezó a cultivar un talante crítico-reflexivo que ha mantenido hasta la actualidad. El impulso básico que lo anima es un factor ético que lo induce a meditar sobre el efecto, a menudo devastador y casi siempre ambiguo, que produce la política en el grueso de la población y sobre el destino concreto de los seres humanos. En sus escritos se manifiesta una virtud que tiende a desaparecer: la valentía cívica. En una sociedad que premia el acomodo fácil a las modas ideológicas del día, no es habitual una crítica seria y diversificada, como la de Zárate, a las tradiciones civilizatorias, a las herencias políticas y a la atmósfera cultural de esta misma comunidad. En este sentido hay un cierto paralelismo entre las tareas intelectuales de Zárate y las del polígrafo Mariano Baptista Gumucio. Ambos han tratado de contener la frivolización de la cultura que parece que se va a imponer en nuestra época. Los esfuerzos de Zárate, que tienen algo de quijotesco, pertenecen a esa noble tradición racionalista que intenta descubrir las causas de una evolución poco aceptable en los pliegues y repliegues de una mentalidad tradicional y poco afecta al ejercicio de la crítica.

En la ardua tarea que él mismo se ha impuesto, Zárate resulta tal vez una persona incómoda, que se adelanta a todos al señalar algunos problemas y aspectos importantes que la sociedad no había reconocido hasta entonces como tales. Es decir: un pionero. Y cuando la opinión pública se percata finalmente de la relevancia del tema criticado, entonces el pionero ya ha sido olvidado. Por ello es que Freddy se ha interesado por pioneros intelectuales sin suerte en Bolivia, como Wagner Terrazas Urquidi, el primer investigador sistemático sobre temas ecológicos, hoy totalmente olvidado. Dice nuestro autor refiriéndose a Terrazas que los precursores en vida pasan totalmente desapercibidos y tras su muerte los envuelve una ola de olvido total.

Freddy Zárate ha tratado de recobrar la herencia teórica y moral de algunos personajes que fueron importantes de la creación intelectual del país, reuniendo testimonios y observaciones de muy diverso origen, que son casi imposibles de encontrar en otras fuentes. Uno de los mejores ensayos de su libro es aquel donde examina el rol de conocidos y brillantes pensadores al servicio de dictaduras de triste recuerdo. Desde posiciones políticas e intelectuales totalmente antagónicas, Fausto Reinaga y Fernando Diez de Medina terminaron en su ancianidad como propagandistas del cruel dictador Luis García Meza. Este es un tema que indianistas y reaccionarios no se atreven a tocar. Afirma nuestro autor: “Uno de los rasgos persistentes en la historia cultural de Bolivia es el olvido, la indiferencia y el menosprecio con respecto a pensadores que se preocuparon por dejar testimonios incómodos o críticos”. Por suerte Zárate contribuye a cambiar significativamente este panorama.

AtaralaratA

En 2004 apareció en Cochabamba una publicación literario-filosófica de gran formato, atractivo diseño y contenido más que interesante. Su editor, Antonio Mayorga Ugarte, la bautizó con un palíndromo de gran resonancia y especular referencia.

La permanencia de esta publicación (que duró poco más de diez años) en el ámbito de las letras bolivianas fue elogiada varias y merecidas veces; pero también se elogió su deliberado y constante “olvido” de la actualidad, como puede leerse en una entrada del blog letrasbol que, al celebrar la aparición del número 29 de la revista anotó: “A AtaralaratA no le interesa estar al día en nada, un gusano que no deja en paz a las publicaciones periódicas. Lo suyo, más bien, son textos, de aquí o allá, escritos ayer o hace mucho tiempo, que cumplen una sola condición: la calidad de sus ideas y de su escritura. Y si de yapa resultan provocativos, la rata, seguro, baila catala y baila espera, como seguro lo hacen los cronopios de Cortázar cuando están contentos”. Alguien a quien, sin duda, el nombre de la revista le habría encantado.

En aparente contradicción con lo antedicho (solo aparente, pues no hay tal) un aciago día en La Paz, Benjamín Chávez se entera de la muerte de un amigo leyendo el número 4 de AtaralaratA, publicado en 2004, en el que Eduardo Mitre publicó el poema: “Réquiem por el viajero”, que es, como él mismo lo dice, un poema que habla de: la vida azarosa de Ives Froment / siempre yendo y viniendo / entre Bruselas y Cochabamba. Esa noticia, motivó que Chávez escribiera un texto que bautizó como “Recordando al amigo” y lo publicó en este mismo suplemento (El Duende, 8 de agosto de 2004). La revista como una cámara de eco propiciando la creación y circulación de la literatura entre, en ese caso, Cochabamba y Oruro.

Otra ocasión de convergencia se dio cuando ambos (El Duende y AtaralaratA), desde distintas orillas del ramal oriental de la cordillera de Los Andes, publicaron un fragmento del gran Claudio Magris y su ineludible El Danubio. Ahora, ambos nombres se vuelven a juntar en esta página dedicada a la labor editorial de nuestro país, pues, el conocido y caro palíndromo ha saltado (“derivado” diría su editor) de la portada de la revista a la tapa de un libro. Es decir, la revista se ha convertido en editorial. Suele pasar, claro y esas suelen ser ocasiones celebratorias. Pasó lo mismo con La Mariposa Mundial, aquí en Bolivia; pasó con Sur, en Argentina, y con otras más aquí, allá y más allá en el espacio y el tiempo.

Consultamos a Antonio Mayorga sobre este salto y nos responde que: “Entre 2004 y 2014 se publicó AtaralaratA, revista de ensayos sobre literatura y ramas anexas –filosofía, patafísica, sociología, tauromaquia, etc.–, que, desde Cochabamba, circuló por buena parte del país (véanse las portadas nº 1, de abril 2004, y la última, nº 32, de noviembre 2014). Tuvo como colaboradores fijos a Luis H. Antezana, Eduardo Mitre, Benjamín Santisteban, Fernando Mayorga y Antonio Mitre. Como mera derivación pasa ahora a convertirse en AtaralaratA Editorial y acaba de publicar su primer libro; ojalá prosiga con un segundo. Y cosas así”.

80 años de un ilustrado y necesario aguafiestas

Un homenaje a H. C. F. Mansilla en su cumpleaños 80.

Enrique Fernández García

Al reflexionar sobre su agnosticismo, Juan José Sebreli destaca cómo la vida y las muchas lecturas lo convirtieron en un librepensador. Desde sus primeros tiempos intelectuales, sostiene posiciones sin recurrir a ningún gremio, escuela, corriente o discipulado que lo defienda. Ha escrito en representación de sí mismo, lo cual jamás será desdeñable. Su mérito es mayor cuando recordamos que ha embestido contra mitos populares, desde Gardel hasta Maradona, además de criticar el peronismo, los relativismos, las vanguardias estéticas, entre otros asuntos. Huelga decir que, para varios de sus compatriotas argentinos, lo pensado por él resulta incómodo. Así, para presentarlo, podemos usar la palabra que dio título a un programa televisivo que tuvo con Marcelo Gioffré: Aguafiestas. No se trata de un demérito, sino todo lo contrario. Es que, sin importar el país, urgen voces disonantes.

Salvando diferencias, si se pidiera la identificación de un aguafiestas boliviano, alguien dispuesto a cuestionar prácticas, valoraciones, prejuicios y tendencias populares, con seguridad, no sería difícil hacerlo: H. C. F. Mansilla.

Efectivamente, desde su primer libro, lanzado hace más de 50 años, ha persistido en el ejercicio del razonamiento crítico. Ha dejado constancia de su disconformidad en múltiples áreas. Los servicios públicos, la justicia, el desempeño de policías, las afectaciones al medioambiente, los laberintos burocráticos, al igual que una invariable politiquería, entre otros temas, lo movieron a la reflexión. No fueron quejas caprichosas, exentas del rigor que debe darse a observaciones para ser verosímiles; sus refutaciones se han distinguido siempre por su jerarquía e imparcialidad: todos han sido criticados.

Por su época de formación universitaria –década del 60–, lo más razonable habría sido tener militancia izquierdista. Era la regla entre intelectuales de Latinoamérica, llegándose a desear una fórmula que combine libros con fusiles, tal como lo hizo Debray. Pero Mansilla no fue seducido por la dictadura del proletariado y los ataques al imperio. En distintas obras dejó constancia de sus objeciones al respecto. Mientras, por ejemplo, había autores, incluyendo a Mario Vargas Llosa, que respaldaban al castrismo, él nunca se sumó al desatino de apoyarlo, pues, desde Sierra Maestra, existían razones válidas para criticar esa línea. No ha sido marxista, leninista, estalinista, trotskista, maoísta, etc. A propósito, en Bolivia, cuestionó a Fausto Reinaga y René Zavaleta, o sea, dos vacas sagradas de quienes abominan del capitalismo por estos lares.

Con todo, la incomodidad que sus textos ocasionan no se agota en círculos afines al socialismo. Revisando sus escritos, encontramos cuestionamientos a quienes tendrían una postura diferente, de derecha. De este modo, con la misma solvencia, ha criticado al empresariado y sus prácticas mercantilistas, así como también los vicios de partidos políticos que, aunque se presenten como demócratas, lo son solo superficialmente.

No es apologista de la industrialización, pues razonó sobre problemas ecológicos cuando el tema causaba escaso interés. Nada de hacer la venia a las élites actuales. Es más, hasta reivindicó virtudes aristocráticas en tiempos nada propicios para el efecto. Lo ha hecho, como muchas otras intervenciones suyas, porque no le interesa entretener a las mayorías, secundarlas, sino ser leal a sí mismo. Esperemos que un largo futuro sea todavía testigo de su oficio.

VI Festival Internacional de Poesía de Bolivia 2022

Edwin Guzmán Ortiz

Ya se halla prácticamente en escena la sexta versión del Festival Internacional de Poesía de Bolivia 2022 que se efectuará entre el 31 de octubre y el 3 de noviembre en las ciudades de La Paz, El Alto y Oruro.

Se trata de un festival, por sus características, pionero en Bolivia. Se concibió –como suelen iniciarse todas las cosas trascendentes– en torno a una mesa fraterna, allí en 2008 en Medellín, Colombia, en el marco del Festival Internacional de Poesía de Medellín, donde el director de ese evento mundialmente famoso, Fernando Rendón, propuso a Benjamín Chávez, asistente al festival, organizar uno en Bolivia. Benjamín, al principio dubito-parpadeante, terminó accediendo a la propuesta claro, en medio de unos elucidatorios e inspiradores drinks. Desde allí, al presente, Benjamín no ha cesado en este proyecto de sobrados méritos y fe inclaudicable.

El aporte del festival se expresa a través de diferentes líneas de acción. Por una parte, está el componente del encuentro, donde poetas extranjeros, procedentes de diferentes países interactúan con poetas bolivianos y el público nacional. Es más, se accede –a través de diferentes actividades de lectura– a la producción poética de los vates invitados, junto a la exposición de las características propias de creación literaria de sus países de procedencia.

En la perspectiva de lograr mayor difusión de la poesía de los participantes en los diferentes festivales, junto a Plural Editores, se logró la publicación de antologías de poesía que permiten un mayor acceso del público interesado en el tema. Es más, se logró extender este evento a ciudades como Cochabamba, Oruro y el propio El Alto de La Paz, ampliando de este modo el acceso a un público más amplio del país.

El festival, por su parte, no fue ajeno a la organización de mesas de diálogo interpoético. Cómo no recordar las diferentes mesas que coordinó uno de los fundadores y activos participantes del festival: Rubén Vargas (la memoria y el talante de Rubén flota en los últimos festivales). Los y las poetas en dialécticos –platónicos y hegelianos, diálogos– desnudaron ese universo exponencial que destella la poesía, su incidencia social, su vena cultural, su lúcido deambular por ciudades y vericuetos del mundo, su máquina revelatoria que no cesa. La presencia reiterada de la Carrera de Literatura de la UMSA, tanto a nivel docente como estudiantil, enriqueció aun más esta actividad.

Sería injusto olvidar su vocación educativa. En efecto, se desplegaron numerosos talleres de poesía donde poetas –extranjeros y nacionales– de vuelo mayor asperjaron su experiencia y sabiduría sobre el tema. La riqueza y diversidad de los enfoques nutrió a un público, generalmente joven y expectante, motivándolo en el deseo de escribir con mayor criterio, y apostar por la creación poética. Poemarios presentados, difundidos, leídos y debatidos como una forma de acercarnos al otro poético que nos visita.

Durante el primer Festival Internacional de Poesía, en 2010, en coordinación con autoridades de cultura, se hizo un reconocimiento público a cuatro grandes poetas bolivianos: Julio de la Vega, Héctor Borda Leaño, Antonio Terán Cavero y Jesús Urzagasti. Con ellos se compartió en el evento, escuchando su palabra y su vivencia de décadas de actividad poética en un país donde las contradicciones sociales no son pocas, y donde la poesía no deja de testimoniar la historia y las pulsiones profundas de un país diverso.  

Entre muchos más, a manera de ágil inventario, en el caso de poetas mayores que llegaron al festival, mencionemos a Arturo Carrera, Jorge Boccanera y Laura Yasan (Argentina); Roberto Echavarren y Silvia Guerra (Uruguay); Carmen Berenguer y Nadia Prado (Chile), Jüri Talvet (Estonia). Entre los países participantes en las diferentes versiones se hallan Argentina, Bahamas, Chile, España, Estonia, Uruguay, Colombia, México, Perú, Finlandia, Alemania y por supuesto Bolivia.

Entre los poetas bolivianos cabe destacar a Héctor Borda Leaño, Julio de la Vega, Jesús Urzagasti, Antonio Terán Cavero, Marcia Mogro, Cé Mendizábal, Álvaro Diez Astete, y Carlos Condarco. Además, Vilma Tapia, María Soledad Quiroga, Mónica Velásquez, Rery Maldonado, Geraldine O`Brian, Sergio Gareca, Milenka Torrico, Jorge Campero, Eduardo Nogales, Fernando Van de Wyngard y Sulma Montero. Los, las y probables epicenos en el campo inmensurable de la poesía.

El sexto festival, a un tris de realizarse, introduce además de modo más nítido, poetas que, al mismo tiempo de escribir poesía, reflexionan sobre la misma. No solo sobre su procedencia, sino sobre su materialidad, su poeticidad, sobre su embriague filosófico y lingüístico. En suma, sobre su condición gravitante como aparato generador de sentidos trascendentes.

No podía haberse obviado este 2022 una actividad recordatoria del centenario de la publicación de Trilce, de César Vallejo. El programa consigna, mañana lunes 31 de octubre, una conferencia sobre el tema, a cargo del poeta peruano Omar Aramayo, consumado especialista en Vallejo, en la Casa Marcelo Quiroga Santa Cruz (La Paz).  Al respecto, cabe decir que Trilce se ha constituido, de acuerdo a expertos, desde los años 60-70, como el poemario más original y radicalmente innovador del vanguardismo en lengua española. Es más, en ese intervalo, Roberto Paoli lo ha proclamado como el poemario más importante del vanguardismo posterior a la Primera Guerra Mundial, en un marco que comprende incluso a T.S. Eliot, Ezra Pound y los autores expresionistas y surrealistas, por si fuera poco.

La primera actividad de lectura colectiva de poesía se llevará a cabo en Efímera. Se tiene programada una conferencia sobre poesía y traducción a cargo de Rodolfo Ortiz (Bolivia), un conversatorio sobre la traducción de poesía con participación de Mariano Dagatti (Argentina), Diego Valverde Villena (España/ Perú / Bolivia), bajo moderación de Benjamín Chávez en la Carrera de Lingüística de la Universidad Pública de El Alto. Otro conversatorio sobre la labor editorial de poesía a cargo de Juan Maisonnave (Argentina) en la Casa del Poeta Jaime Saenz. Lecturas colectivas de poesía en el Punto Cultural Líber Forti. Un taller de poesía a cargo de Diego Valverde Villena y Juan Carlos Ramiro Quiroga (Bolivia) en la Casa del Poeta. El conversatorio “Voces de la Poesía Femenina”, con participación de Danitza Fuentelzar (Chile), Micaela Mendoza, Verónica Delgadillo, Ruth Ancalle (Bolivia); Modera: Verónica López del Blog GRATISpoesía, en el Auditorium del Centro Cultural Torino. La presentación del poemarioMil y una noches sin WiFi de Omar Alarcón (Bolivia), comenta Edwin Guzmán Ortiz.

Un programa no menos nutrido se llevará a cabo en Oruro, del 2 al 4 de noviembre: Conversatorio con Jorge Aulicino (actividad OnLine). La premiación del Concurso Municipal de Poesía; lectura de poemas de Omar Alarcón y Micaela Mendoza, un conversatorio sobre poesía con Omar Aramayo; Juan Maisonnave, Mariano Dagatti y Diego Valverde Villena en el salón Luis Ramiro Beltrán el jueves 3 a horas 10:00. Lectura de poemas en el Barrio de Escritores con presencia de Verónica Delgadillo, Danitza Fuentelzar y Christian Jiménez. Lectura central de poesía, con la participación de todos los poetas, en el Museo Histórico Idelfonso Murguía, el jueves a las 19:00.

El VI Festival Internacional de Poesía de Bolivia 2022, se realiza dentro una atmósfera nacional, pero sobre todo internacional, gravitante. En tiempos de crisis que atentan contra un nosotros real y existencial; tiempos de candados, de inicuos mordientes a la libertad; de un mundo que atenta contra la capacidad de poetizar la existencia; una época de inmersión y ahogo en el mar de la tecnología; de atentados contra los saberes alternativos; de castración de la acción creadora de la imaginación; de múltiples simulaciones; de epistemes amordazadas; de heterofascismos y de barbiturización del deseo… En fin, en un mundo críticamente atorado, cuya vaguedad azora y atenta contra el tejido poético, identitario y libertario que nos sostiene: ¿qué, la poesía en cuanto saber integral del ser humano?; ¿qué, la poesía en medio de este mare magnum? Palabras, criadero de palabras que tallan el mundo.

El jardín de los presentes

Poetas invitados al VI Festival Internacional de Poesía de Bolivia 2022

Jorge Aulicino. Poeta, periodista y traductor. Nació en 1949 en Buenos Aires. Trabajó en periodismo hasta 2012. Ese año reunió sus libros de poesía en el volumen Estación Finlandia. En 2020 apareció su Poesía reunida (2020-1974). Este año reunió una colección de artículos bajo el título Poesía y política y publicó también El amor que no perdona. Escritos sobre la Divina Comedia. Tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Luciano Erba, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta, entre otros autores italianos. En 2011 apareció su traducción del “Infierno”, de Dante Alighieri, y, en 2015, su versión de los tres libros de la Divina Comedia. En 2020 publicó El segundo Novecento, una antología de poesía italiana a partir de la segunda postguerra europea. Integró el Consejo de Dirección de Diario de Poesía, de Buenos Aires, entre 1987 y 1992, y actualmente colabora en la revista digital Op. Cit. y en Periódico de Poesía de la Universidad Autónoma de México. Administra el blog de poesía traducida y poesía en castellano Otra Iglesia Es Imposible e integra el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía.

Mariano Dagatti. Nació en 1982 en Elisa, provincia de Santa Fe, Argentina. Es Investigador Adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas con sede de trabajo en el Centro de Innovación de los Trabajadores (CITRA, UMET/CONICET), donde coordina el Núcleo de Comunicación y Discurso (NUCODIS). Es Profesor de Semiótica en la Universidad Nacional de Entre Ríos. Dicta, además, los Talleres de Escritura y de Tesis de la Maestría en Diseño Comunicacional de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires. Es Doctor en Lingüística y Magister en Análisis del Discurso por Universidad de Buenos Aires. Ha sido profesor e investigador visitante en Francia, Italia, Suiza, Canadá, Sudáfrica, México, Brasil, Uruguay y España. Fue parte del staff de la revista de cine y literatura “Invisibles” (www.revistainvisibles.com), en la que publicó de forma periódica ensayos y entrevistas sobre cine argentino contemporáneo (años 2015-2020). Fue asimismo editor de la revista de comunicación y arte “Def-ghi” (años 2008-2016) con la que participó en diferentes festivales, congresos y en diferentes eventos culturales.

Juan Maisonnave. Escritor y editor. Publicó Los juegos compartidos (Santiago Arcos Editores, 2013), que obtuvo el Segundo Premio en la categoría Cuento del Fondo Nacional de las Artes. Fue coeditor y colaborador de la Revista Digital Invisibles entre los años 2017 – 2020. Trabaja como periodista cultural, editor y escritor freelance. Es socio fundador de Pinka Editora.

Omar Alarcón. (Bolivia, 1986). Es poeta y cineasta. Ha publicado los poemarios El corazón entrega sus muertos (Editorial Pasanaku. Bolivia, 2006), Roca Negra (Editorial Andesgraund, Chile 2020) y Mil y una noches sin Wi-Fi (Valparaíso Ediciones, España, 2021), libro que fue finalista en el premio internacional de poesía Vicente Huidobro 2020.Con su primera película, Mar negro, ganó el premio a Mejor dirección en Bolivia (Premio Eduardo Abaroa, 2018); así como Mejor Película y Mejor Documental (Diablo de Oro, 2019). Es cofundador del centro terapéutico Sol en Casa donde trabaja como psicólogo desde hace diez años atendiendo niños y jóvenes con capacidades especiales de la ciudad de Sucre.

Ruth Ancalle. Licenciada en psicología, Diplomada en educación superior, pianista miembro de la Sociedad de Concertistas e Intérpretes de Piano en Oruro, compositora, escritora y poeta.Nació en Oruro, estudió sus primeras letras hasta el bachillerato en el Colegio Evangélico Inglés “Archivald Reekie” Oruro. Ruth es en esencia mujer artista, plasma su habilidad al componer e interpretar melodías para piano. Asimismo, cuando escribe dice “es una necesidad casi biológica”. Escribió las siguientes obras: poesía bilingüe castellano – quechua: Imagen de Mujer – Warmi Rikch’aynin; salud mental: El Perdón un Proceso Mental Asertivo; cuento bilingüe castellano – quechua: “El Camino de Adriana – Adrianap Ñannita”; poesía bilingüe castellano-quechua: El Tiempo del Tiempo – Pachaq Pachamanta además de artículos en revistas y periódicos del país.En la actualidad es presidente del Comité de literatura Infantil y Juvenil-Oruro CLIJO, miembro de la Unión Nacional de Poetas y Escritores-Oruro UNPE, miembro del  PEN- Bolivia, creadora del festival Internacional de Poesía “Palabras en Altura” y creadora de la “Colección Literaria UNPE”

Christian Jiménez. (Bolivia, 1982). Es autor de cuatro novelas. Invierno (2010), Te odio (2011), Familiar (2019) y Paisaje (2020). Cuatro libros de cuentos: Cortas detonaciones (2008), El mareo (2008), Museo (2010) y No quedan días de verano (2015). Junto a la producción de ficción están los libros de ensayos: Ensayos de memoria (2014), Bolivia. El campo académico, cultural y estético (2016), Distorsiones del colonialismo (2018) y Roberto Bolaño. Una apropiación (2020). Ganador del concurso de novela latinoamericana convocado por la editorial E1 de Guanajuato, México, con la novela Paisaje y del concurso Ideas creativas. La pandemia y la experiencia de la cuarentena, convocado por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia. Finalista con el cuento Navidad del Concurso Nacional de cuento Adela Zamudio. Cochabamba, 2015. Es también el antolagador y prologuista del libro Bajo la soledad del neón. Antología de cuento contemporáneo de América latina, que tiene dos ediciones, una en Bolivia (2020) y otra en Ecuador (2021). En poesía es parte de Cambio climático. Antología de la joven poesía boliviana (2011), Tea party I (2012), Traductores del silencio (2012) y es autor del poemario Bodas elementales (2021). 

Verónica Delgadillo. Nació en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Comunicadora Social de profesión, poeta por destino. Colaboradora en revistas literarias de circulación nacional y revistas internacionales online. Ha participado en publicaciones, antologías y festivales literarios en Bolivia, Argentina, Colombia, Perú, Chile, Ecuador y Venezuela. Obras publicadas: Las tejas de Job (2013), Ausencia del árbol (2018) y 37 armónicos para una fuga (2020).

Micaela Mendoza Hägglund. Nació en La Paz en 1981, boliviana-sueca. Poeta y psicóloga. Publicó el libro Lo mágico sombrío el 2010 con la Editorial Pasanaku. Parte del grupo literario “Letras transgresoras” de Sucre. Ha participado en festivales, publicaciones y antologías de poesía nacionales e internacionales (México, Chile, Argentina, Italia, España, Panamá, Reino Unido, Colombia, Perú, Turquía). En 2016 lanzó el disco musical y poético sonoro Éter junto al proyecto Mandala. De igual manera ha colaborado a diversos músicos (Ruddy Franco, Sibah, Gitte Pálsson) mediante su obra poética.Su libro Áticos sonoros (Editorial 3600) es condecorado como I Premio Nacional de poesía “Ópera Prima” 2018 convocado por la Cámara departamental del libro de Santa Cruz-Bolivia. El poemario Sahumerium es seleccionado por la Dirección de Cultura del Gobierno Municipal de Sucre para su publicación el 2020. Su última producción es un libro-baraja escrito junto a Adriana Romero (México); Poemancias (Perro negro, 2020).

Rodolfo Ortiz. La Paz-Bolivia, 1969. Poeta, ensayista, editor. Director de la revista de literatura La Mariposa Mundial (1999 – 2022). Ha publicado poemas, ensayos y artículos en diferentes revistas y periódicos dentro y fuera de Bolivia. Realizó estudios doctorales en la Universidad de Pittsburgh y también en la Universidad de British Columbia en Vancouver, Canadá, donde actualmente investiga y enseña. En la editorial La Mariposa Mundial ha publicado el libro de poemas Cuadernos de la sequía (2006, 2012), en diferentes entregas.

Juan Carlos Ramiro Quiroga. Nació en La Paz, en 1962. Es bardo, lector de libros y ensayista. Ha operado como el albañil creando obra bruta, gruesa, y fina, antes de la vendida. Ha publicado poco, con el apoyo de algunos mecenas como José Antonio Quiroga y Rodolfo Ortiz: El pozo de interminables líneas: cámara de Eco (1990), Kámara de Eco o el pozo de Ariana (Carrera de Artes-UMSA, 1992), Errores Compartidos (1995), Kámara de Eco o el pozo de Ariana (Plural Editores, 2003), Historia del Ángel (2003) y Mi pequeña muerte con Dios (Plural Editores, 2009). También Hueso blanco: reportaje a la mala lectura asediado por aforismos, sofismas, latiguillos, barbarismos y apostillas (La Mariposa Mundial-Plural Editores, 2007).Tiene dos obras en línea: una denominada obra gruesa (La Paz, 2021) con noticias poéticas y otra llamada Obra vendida. La gran colección de proverbios (La Paz, 2021) con poemas online que son difundidos en la plataforma brasileña Hotmart. Su poesía fue incluida en Poetas jóvenes de La Paz por Blanca Wiethüchter (Separata de la Revista Municipal “Khana” Nº 45, La Paz, 1996). Antología de la poesía latinoamericana del Siglo XXI. El turno y la transición (Siglo Veintiuno Editores, México, 1997), compilado por Julio Ortega. Antología de la poesía boliviana. Ordenar la danza (LOM, Santiago de Chile, 2004), selección y estudio de Mónica Velásquez Guzmán. ZurDos. Última poesía latinoamericana: antología (Bartleby Editores, Madrid, 2005), de Yanko González y Pedro Araya. “Poesía Boliviana” por Mónica Velásquez Guzmán (Revista de Poesía Alforja Nº 43, Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 2008). Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (Editorial Pre-Textos, Madrid, Buenos Aires, Valencia, 2010), de Gustavo Guerrero.

Danitza Fuentelzar. Iquique, Chile 1977. Escritora, Artista Plástica, Gestora Cultural. Ha publicado el poemario Inhalámbrica (Editorial Yerba Mala Cartonera), su reedición por Editorial Jaguar Azul y Editorial AndesGraund. Antologías Latinoamericanas;  Con Rímel, A la Sombra, Mujeres Poetas en el País de las Nubes, Colección Vidzu, 1500 y un Solo Clímax, Caravanas de Poesía, Jauría de Palabras, Mujeres Poetas Chilenas Tanto Fervor Tiene el Cielo y Mujeres en Tiempos de Esperanza Crisis y Pandemia.

Invitada a eventos literarios internacionales; Mujeres Poetas del Cono Sur Conrimel, Festival de Poesía Latinoamericana Actual Poquita Fe, Días de Poesía , Festival de Poesía Panza de Oro, Festival Santiago en Paz, Festival Caravanas de Poesía, Festival Proyecto Posh, ANTIFIL, Festival Palabras en Altura, Feria del Libro de La Serena, Feria del Libro Gabriela Mistral y Feria Internacional del libro de La Paz, Feria del libro Feminista y Primavera del Libro. La Asamblea Legislativa Plurinacional, Brigada Parlamentaria de Oruro y la Unión Nacional de Escritores de Bolivia, le confieren el reconocimiento “Pluma de los Andes, 2018” a la trayectoria y aporte al desarrollo de las Artes y la Educación. 

Diego Valverde Villena. Poeta, ensayista y traductor. (1967). España/Perú/Bolivia. Magíster en Literatura Inglesa. Licenciado en Filología Hispánica, Filología Inglesa y Filología Alemana. Ha sido profesor de Poesía, Lírica Medieval y Lírica Barroca en la Universidad Mayor de San Andrés. Tras varios años dedicado a la diplomacia cultural, es profesor visitante en universidades americanas y europeas, donde imparte cursos sobre literatura hispanoamericana y literatura comparada. Sus principales poemarios son El difícil ejercicio del olvido, No olvides mi rostro, El espejo que lleva mi nombre escrito, Un segundo de vacilación y Panteras. Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas y aparecen en numerosas antologías. En su vertiente de ensayista ha publicado Varado entre murallas y gaviotas. Seis entradas en la bitácora de Maqroll el Gaviero, Dominios inventados y Vetas literarias. Ha traducido poemas de George Herbert, John Donne, Carlos Drummond de Andrade, João Cabral de Melo Neto, Valery Larbaud, Hilde Domin, Gottfried Benn, Mascha Kaléko, Rose Ausländer y Paul Celan, entre otros.

Omar Aramayo. (Puno, 1947) periodista, poeta, y narrador. Editor. Autor del libro de pintura: Humareda; y de la novela Los Túpac Amaru: 1572 – 1825, considerada el Libro del Bicentenario. Iniciador de los estudios de Carlos Oquendo de Amat y Gamaliel Churata. “Su poesía demanda de un lector favorecido por el don de la inocencia o un casi vicioso amor por la fábula” (Alberto Escobar). Es uno de los renovadores de la poesía peruana contemporánea. En su narrativa “El sarcasmo y la ironía constituyen la lógica del individuo sometido a la transformación verbal en la obra narrativa de Aramayo” (Miguel Ángel Huamán). Es uno de los narradores más fecundos y versátiles de la literatura peruana actual. Uno de los padres del microrrelato en el Perú (1971) y de la poesía gráfica (1964). 

Rememorando a Vicente González-Aramayo Zuleta

Marlene Durán Zuleta

Solía llamarle Vincent, quizás por Van Gogh o por los dibujos que comenzó a pintar desde infante. Recuerdo haberle devuelto el cuaderno añejo de cuando estaba en la escuela, letras y dibujos con tinta china, impecables, sin ninguna mancha. Se avizoraba un mundo de arte.

Perseverante, fue por la línea de todo lo que estuviera relacionado con la belleza terrenal, su inclinación por las letras, motivó proseguir estudios académicos hasta titularse como abogado. Fue miembro de la Academia de Ciencias Jurídicas.

Sin arrogancia, con una lluvia de humildad, seguía escudriñando lecturas escogidas, y el silencio iba con sus meditaciones, encuentro interior del hombre leal con su postura, sensible y humano. Esa manifestación era evidencia en su trabajo cotidiano como docente en la Facultad de Derecho, posteriormente alternó con otros cargos dentro de su profesión. Disciplinado y con dignidad, sin más que contar que con los lazos de su identidad, reivindicando que el hombre debe superarse.

Su abuelo materno era bohemio, gustaba de la música, tocaba guitarra y la lectura era otra de sus preferencias. Esa tendencia influyó en los nietos y el arte caló en Vicente. Comenzó a escribir, fueron prioridad las materias que dictaba. A ello prosiguió con novelas históricas. Finalmente otros géneros literarios como el cuento y la poesía aumentaron su inspiración, integrándose a otros grupos donde el libro es trascendental.

Las tertulias mensuales en el Ateneo Cultural Hugo Molina Viaña, en la Unión Nacional de Poetas y Escritores filial Oruro y la Asociación Mundial de Escritores, fueron inolvidables; tiempo de hermandad y sensibilidad, el propósito compartir lecturas, escribir literatura, alimento espiritual, insustituible en esta vida.

Vicente, escribió un poema, dedicado a la memoria de Amado Nervo[

Será nostalgia de la vida

Al entrar en el ocaso de mi vida
siento que el sol se pone en mi alma
me embarga la bruma de la calma
y veo desgranarse los días felices.

Veo siempre las auroras espléndidas,
zambullirse el sol en el planalto,
pintarse el cielo de azul cobalto
y surcar las golondrinas por esa bóveda.

Cuando ya me rodeen las parcas
pensaré que la vida fue breve
y pasé por ella como brisa leve
con amargos acibares y dulces mieles.

Extrañaré el aire que respiro,
las flores de los coloridos prados,
la belleza y olor de los nardos,
y la música cristalina de las fuentes.

Echaré de menos las montañas,
el cielo de varios azules y el verde mar
quizá por eso me den ganas de llorar
y viendo alejarse mi vida florida.

No podré olvidar que tuve amores cálidos
de mujeres que me ofrecieron
ni las traiciones que también me hirieron,
ni las pasiones desbordantes que me abrumaron.  

Pero, haciendo un balance muy justo
veré que tuve más goces que dolores,
porque sentí de la vida los honores,
y el aroma que les brinda a muy pocos.  

Seré nostálgico de las montañas,
de los pliegues de los farellones,
de acacias, juncos y sauces llorones,
de margaritas, rosas y gladiolos.    

Veré antes de morir los cipreses:
las dalias ocuparan mi retina
y veré como una gran serpentina
la felicidad que me dio su embeleso.    

No lloraré porque espero todo eso,
me arrullaron Mozart y Beethoven
con la dulzura que sentí desde joven
todas esas melodías eternas.

Etapa generosa de honrar memorias de amigos que le antecedieron, Sonia Lazzo, Lourdes Mogrobejo, Elvira Entrambasaguas, Alberto Guerra Gutiérrez, Alfonso Gamarra Durana y Luis Urquieta Molleda.

El séptimo arte, cómo no iba a estar en el recuadro. Escribió guiones, documentales, ello le llevó a obtener una beca de estudio en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños de Cuba. A su retorno, compartió el conocimiento con sus alumnos de la carrera de Comunicación Social, extendiendo su sapiencia en el ejercicio de la docencia.

La pintura era otra de sus pasiones, destacó y cultivó a través de los años este arte. Los cuadros que plasmó eran parte de su vida cotidiana, sentimiento que nació en Vicente desde niño. Tenía estilo y era exigente consigo mismo. Sus composiciones o réplicas eran testimonio del trabajo pictórico, no medía el tiempo cuando tenía que avanzar. Miguel Ángel y su monumental obra, con los enigmas, los episodios de la historia, el misterio insondable de la creación, motivaron a Vicente pintar en el cielo raso de su sala, una escena del Antiguo Testamento, el Misterio de la creación de la vida humana. Concentró todo su dinamismo, la expresión de Adán y Dios con el fondo de ángeles sin alas, es un obsequio sutil para los ojos. Otros lienzos de oficio forman parte de su pinacoteca.

Rememoro un cuadro célebre: ¿Cuándo te casas?, de Paul Gauguin, lienzo que no había terminado de pintar mi hermano René (+); Vicente, concluyó esa réplica de mujeres en Tahití, isla de colores encendidos, imperecederos.    

Finalmente, considerada como arte y cultura, la música también estaba en el espíritu de Vicente. Benévolo, acogió en su vivienda a quienes compartían el placer de la música clásica, dulce preludio para los oídos, eran tiempos de elogio, instantes de paz. La Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, recorrió como luz todos los caminos, se oyó y cautivó la inspiración de ese genio, obra trascendental que no podía estar fuera del estudio y comentario de las personas selectas.

La música evoca despedidas, cantos de esperanza, sentimientos, odas de amor y dolor, arte que despierta al talento, cuando el compositor escribe las partituras y entra como otro elemento la poesía. Otros maestros también resaltan y cautivan, de ellos hay memorias. Están los conciertos de Johann Sebastián Bach, las oberturas, fragmentos, escenas de Richard Wagner, estudios y baladas de Fryderykn Chopin, Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, las sinfonías tercera y cuarta de Felix Mendelssohn-Bartholdy, “considerado como el último músico del clasicismo”; las últimas sinfonías de Wolfgang Amadeus Mozart… Vicente nombra a este compositor en su poema, transcrito líneas arriba, como preludio a su partida. Fue extendido a los comentarios de música. Obra, considerada de largo aliento, fuerza, sentido que evidencian su grandeza.

Cuando el corazón de Vicente, como el reloj, se detuvo, fue despedido en la espiral de la mañana, sin duda, con la plenitud del reencuentro y la fe puesta en el supremo hacedor.