La realidad tiene la culpa

Una lectura del reciente libro de cuentos con el que la escritora paceña Magela Baudoin llegó a ser finalista del premio Ribera del Duero.

Martín Zelaya

Nos detendremos en cinco de los 10 cuentos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021) de Magela Baudoin.

 “Solo vuelo en tu caída”, que abre el libro, es el pantallazo de un momento crucial en la vida de una familia acomodada de La Paz: el shock por la muerte violenta del hijo menor. Es un ejercicio de memoria y nostalgia anticipadas: la conciencia del dolor que espera. Es la terrible constatación de cómo la fatalidad puede a la larga asumirse, pero nunca dejarse atrás: el peso de nuestras pérdidas y tragedias –no queda otra– se va camuflando poco a poco en la cotidianidad.

“Pero en la exageración se cocinaban las leyendas. En la exageración, el don de la memoria. (…) La realidad es vulgar, la mierda realidad tiene la culpa”. (23-24)

Luego viene el relato que da título al libro “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Una mujer huye de la guerra en Siria para encontrar otro rostro de la barbarie y el sufrimiento en Tailandia: la salvaje domesticación de elefantes.

Puestos a hilar fino, la tragedia del mundo, de la humanidad, es omnipresente. Uno puedo acostumbrarse a convivir con la muerte de otros hasta casi dejar de percibir la catástrofe de la guerra. De pronto, una experiencia naturalizada para cierta parte del mundo, hace tomar consciencia de que los seres humanos somos especialistas en provocar diversas formas de dolor y angustia no solo a los de su especie, sino a todo ser que tiene la desgracia de cruzarse en su camino. ¿Acaso somos incapaces de perdurar si no es a partir de la destrucción de lo que nos rodea? Esta es una reflexión sobre la degradación del hombre como especie.

“Este mapa dérmico es el testimonio del hombre en la Tierra, dice la mujer en voz baja. Cada cicatriz hecha con saña, cada mutilación, cada quemadura…Tu cuerpo, un pedazo de tierra al sol, añade”. (51)

Saltamos hasta “Mujer fumando en la playa”, en el que una anciana cuenta sus últimos momentos de lucidez. La terrible ráfaga de consciencia y certeza antes del borrón. El momento límite entre estar, aferrarse a la luz, la vida, lo racional e irse para siempre de uno mismo.

¿Es el alzhéimer a fin de cuentas y dentro de su monstruosidad, una antesala anestésica de la muerte? ¿Una posibilidad de “volver” a ráfagas? No deja, de todas maneras, de ser terrible la idea de percatarte que te estás apagando y que poco a poco dejarás de saber, entender, ser.

“…los gritos no caben en el cuerpo, empujan a rodillazos el pecho y terminan saliéndose por el pico”. (64)

“¿Qué vas a hacer ahora, madre?”. Una familia disfuncional: madre drogadicta y promiscua; hijo psicópata, hijo normal, hijo autista. Un crimen violento. La extrema naturalización de la muerte.

El más inverosímil horror normalizado. En cualquier casa de cualquier vecino, puede pasar lo inimaginable.

“Cerré los y pude verlo en la plenitud de su propia carne convertida en hoguera, envuelto en su plumaje rojo, amarillo, púrpura, emergiendo de las llamas, libre y eterno”. (114)

“Ajayu” el último cuento –en la cima junto con el primero– narra la historia Alicia, una joven en estado catatónico tras el accidente en el que mueren sus papás. La cuida su abuela, la “gringa”, hasta que llega Flora –una campesina, su nana de la infancia– a rescatar su alma extraviada en la tragedia.

El choque-unión de culturas-conocimientos-ciencias. El amor antes que los prejuicios. El encuentro –mal llamado mestizaje– permanente y total que es Bolivia. La fusión que unos pocos –los más poderosos– quieren separar. Creyentes o escépticos, hay algo evidente: las culturas, las cosmovisiones perviven, sirven, se respetan: dar con piedra al corazón, tomar agua de piedra, llamar al ajayu.

“No hay semilla que no se invente un modo para alejarse de su madre. Las plantas no son como los animales, frágiles, que necesitan crecer chupando teta. Las semillas que caen al pie del árbol se pierden. Por eso se inventan formas de escaparse de la sombra, unas vuelan con el viento, a otras los pajaritos se las tragan y las devuelven luego lejos. (121)

Este libro trata sobre encuentros y desencuentros. Sobre las relaciones, dinámicas y dialécticas que nos constituyen y que, engarzadas, conforman este todo tan complejo que somos como individuos, primero, y como colectividad, por consiguiente. ¿Y acaso no hace esto la literatura per se? Sí y no. Pero Baudoin escudriña a diversos niveles no siempre tomados en cuenta: aísla e interpreta, como pocos, los momentos que conforman el todo, que generalmente se pierden en la inmensidad de los logros y fracasos, pero que son a la hora del balance, la esencia. Baudoin repara en los intersticios de cada uno de los momentos cuya suma hacen vidas y muertes. Y lo hace con picos muy notables, encabezados, en este libro, por “Ajayu”.

Seis películas cortas sobre Santa Cruz

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600), de Adhemar Manjón, es una colección de cuentos o una novela breve, como el lector lo prefiera.

Martín Zelaya

Santa Cruz de noche. Santa Cruz de fin de semana. Calor, alcohol y ebulliciones varias. Seis historias independientes pero encadenadas; seis historias que, aunque no tienen en común más que algún encuentro o mención fortuitos, son cada una un capítulo de la misma novela. Sobra decir que el destino de sus protagonistas alcanza momentos definitivos en la misma tarde-noche-madrugada.

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600, 2021) de Adhemar Manjón, es uno de esos libros que de verdad se disfrutan de un sentón un sábado por la tarde (y mejor si es con un par de cervezas y haciendo hora para salir a bolichear).

1
El oficinista con un matrimonio en crisis que es asaltado justo cuando, en la epifanía propiciada por las cervezas, se arrepiente de todo y promete cambiar.

2
El mecánico soso que presencia un asesinato y por fin logra cargarse a una mina.

3
El eterno perdedor que no tiene amigos ni chica y que, en las pausas de los vídeos porno, sufre imaginando cómo de bien la pasa el resto.

4
El delincuente juvenil que está seguro de que todo le saldrá bien por siempre, hasta que cambia su suerte.

5
El adolescente que no puede creer su suerte la noche en que pierde su virginidad.

6
La puta marginal y adicta que presencia dos muertes en la misma mañana.

El alcohol, la violencia y el frenético ritmo de la urbe articulan este sumario de beautiful losers. Ameno, lleno de humor y bien narrado –salvo algunos deslices– este compendio de cuentos / novela breve es la consolidación de la propuesta refrescante –y aún perfectible– que Manjón demostró ya en su debut, Génesis 4:12 (Perra Gráfica, 2016).

1
“Uno de los guardias de seguridad abre la puerta, el otro sujeta con fuerza a Ricardo. El que abrió la puerta aprovecha que Ricardo está dominado para buscar en su pantalón la billetera y sacarle plata”. (13)

2
“Es un caluroso y húmedo mediodía de sábado. Goyo está en la fila de la gente que quiere comprar un pollo de “Pollos a la broaster Angelitos”. (33)

3
“Ronny está acostado en su cama. Con los ojos cerrados, se aguanta las ganas de llorar, se pone una almohada en la cara y grita, grita con todas sus ganas, afloja su rabia, su desesperación, y llora”. (49)

4
“La moto manejada por Ibra avanza a toda velocidad por la ciudad, se mete por varias calles, rebasa micros y otros vehículos. Atrás de él está Maicol, bregando para no caerse e intentando acomodarse el arma –aún caliente, todavía humeante– en la cintura del pantalón”. (59)

5
“Carola, Mirko y Beto van corriendo por la calle Aroma y se paran en el cruce con la calle Bolívar. Estaban en un pequeño bar cerca de Los Pozos y se salieron para ver qué pasaba por el centro antes de ir a la casa de Mirko. Carola está un poco acelerada por el alcohol y no deja de reír”. (73)

6
“Las ganas de orinar despiertan a María, se soba el bajo vientre. Le da flojera levantarse, pero no le queda otra que hacerlo o terminará mojando la cama. En ese cuartito que funciona como su dormitorio, su comedor, su sala se mezclan el olor de ungüentos con el de sudor, humedad y cigarros”. (87)

Cada frase es la inicial de cada uno de los cuentos / capítulos. Manjón deja claro desde el principio no solo qué va a contar, sino el tono, el registro. El desarrollo y el cierre dan la talla.

PD. No desentona en ningún momento con la atmósfera de Los fantasmas del sábado, arriesgar un guiño (un link) con el episodio 22 películas cortas sobre Springfield de la temporada 7 de Los Simpson.

Conventillos del siglo XXI

A propósito de El rehén (Dum Dum, 2021), de Gabriel Mamani.

Martín Zelaya

Un adolescente cuenta el día a día de su familia tras la separación de sus padres: cómo su papá queda devastado y subsiste apenas a la humillación y soledad, y cómo su mamá –todo lo contrario– se libera, crece y emprende el oficio (casi insólito para una mujer) de minibusera.

“Mamá chofer, mamá abandono. Su minibús es de color naranja. La vez que lo registró en el sindicato, el presidente le dijo que las papayas gigantes no eran aptas para transportar gente”. (21)

La idea está clara desde el inicio: contar una historia en tono desenfadado, cómico, irónico, y explotar al máximo los matices de la idiosincrasia paceña. En ese afán, el autor cae en lugares comunes sabiendo que lo hace –apuesta arriesgada que no siempre  sale bien.

“La libertad tiene este soundtrack. Cumbia noventera, nada de este siglo. El amor y el dolor, la vida real pasó hace tiempo (…) Todo minibús viaja a la cumbia o escapa de ella: de ahí sus tatuajes”. (11)

“…mis padres se dijeron tantas cosas: todo lo que el rencor y la costumbre y la soledad les habían hecho callar durante años: la verdad estallando en un cristal sucio”. (18)

“Nuestras miradas se comunicaron con un grito silencioso para todos menos para ambos”. (63)

Es consciente de que abusa del recurso fácil de aunar todos los tópicos y guiños clásicos del habla informal y casual en el occidente boliviano; intenta adrede escribir como escribirían sus protagonistas.

“La cerveza es sabia”. (12) “La puteada contrastó con el merengue que pasaban por la radio: noches de fantasía, borracho cabrón, son las que viví con ella, puta carajo…”. (18)

Como ocurre con las típicas bromas o fanfarronadas de los adolescentes en busca del festejo y la risotada de sus amigos, El rehén (Dum Dum, 2021) busca cautivar al lector a partir del ingenio y la desinhibición, como lo hacen también muchos en las redes sociales con tuits y posteos ocurrentes y de doble sentido. Tanto en uno como en otro caso, el gran dilema es en qué momento parar antes de perder la originalidad y en lugar de divertir, cansar.

Terminemos de resumir la trama. Para vengarse de la ex y además resarcirse de las burlas y chismes de sus compañeros de laburo (también minibuseros), el padre decide fingir el secuestro de sus dos hijos a quienes confina en una casa compartida de ladera, escenario ideal para reproducir una y otra vez las anécdotas típicas de conventillo.

La nouvelle de Gabriel Mamani agarra y llama a terminar la lectura de un tirón –son solo 98 páginas estiradas por un tipo de letra grande–, gracias al tema disparador de la trama, a la construcción de personajes y a la voz narradora del protagonista. Es una historia paceña de conventillo; pero de conventillo de siglo XXI, con cumbia, fast food y videojuegos, en lugar de marginalidad, alcohol y correteos políticos, tan comunes en textos de los 60, 70 y 80.

Al final, se impone una pregunta nada infrecuente en la literatura nacional: ¿qué pasaba si se trabajaba mejor y por más tiempo el texto? (En este caso en particular, se extiende en parte la interrogante a los encargados del cuidado de edición). ¿Qué pasaba si se lo encaraba con calma, sin apuros por publicar y dejando que el borrador final duerma un poco el sueño de los justos? Editar y corregir las veces que sea necesario, es el pendiente de muchos.

Gabriel Mamani tiene una voz y oficio que lo destacan entre otros de su generación. El rehén vale para ir apuntalándose (valdría mucho más una segunda edición revisada y corregida; la idea no es nada mala), pero la apuesta le salió mucho mejor en Seúl-Sao Paulo (Editorial 3600, 2019), resuelta con mayor tino y espontaneidad. Con la misma tónica en lenguaje y similares recursos narrativos, en esa obra que le valió el Premio Nacional de Novela 2019 cuenta la rutina de una familia popular del occidente boliviano y sus idas y vueltas migratorias en Brasil.

¿Por qué tentar a la suerte dos veces? Una fórmula repetida, generalmente va al pierde a la segunda.

Un diario instantáneo de la pandemia

Apuntes en torno a Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021) de Edmundo Paz Soldán

Martín Zelaya

En su más reciente novela, Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021), Edmundo Paz Soldán mantiene una premisa que ya es común en la mayor parte de su obra reciente: un realismo relativo: tiempo y espacio indefinidos y sucesos al borde de lo fantástico e irreal, cuando no sumergidos de plano.

Todo arrancó con Iris (Alfaguara, 2014), novela en la que el autor crea un universo propio en un futuro mediato y con varios personajes y situaciones que se suceden y entrelazan y llevan a un par de grandes cuestiones fundamentales, una de corte social colectivo y otra más en el plano individual existencial. Primero: ¿hacia dónde vamos con la hipertecnologización, la sobreexplotación de los recursos naturales y humanos, y la liberalización política y económica que parecen apuntar a la irremediable certeza de que cada vez más el mundo será para los pocos superpoderosos en desmedro de los muchos intrascendentes? Y por otro lado: ¿qué será del ser humano cuando la despersonalización –a la que, por cierto, incita la tecnocracia llevada a extremos– desemboque en un momento en el que tanto la tradición, la cultura, como la religión, la ideología, los valores y hasta los instintivos lazos de relacionamiento sentimental y social queden en el olvido?

En Los días de la peste (Malpaso, 2017), se pasa de lo fantástico a ese realismo relativo que mencionábamos: puede ser real, verosímil, salvo uno que otro detalle alucinado. Se trata, esta anterior novela, de una honda reflexión sobre la fe y la religión, sobre su rol capital en el desarrollo histórico de la humanidad (¿la involución en la evolución?), y, por lógica interrelación, de un alegato contra la sociedad signada por la corrupción, la violencia y la marginalidad. Separado, ora por completo, ora no del todo, del universo plasmado en Iris y en Las visiones (Páginas de Espuma, 2016, cuentos que siguen la estela iridiana), Paz Soldán recala en una ambientación incierta (Los Confines, provincia recóndita de un país latinoamericano indeterminado) y en un aparente futuro mediato lo que, de la mano de una devastadora epidemia que trasciende toda la trama, connota un cierto cariz apocalíptico.

Más cerca de Los Confines que de Iris está La Estrella, de Allá afuera hay monstruos; pero las búsquedas e inquietudes –las premisas, decíamos– son las mismas en toda la que hasta ahora es una suerte de pentalogía (no olvidemos Las visiones y La vía del futuro [Páginas de Espuma, 2021], que aún no pudimos revisar): reconstruir (intuir) el futuro aparente con las pistas que va dejando nuestra sociedad repleta de fanatismos políticos, tecnológicos, religiosos y morales.

El bicho –ahora sí apuntemos plenamente a Allá afuera…–, una letal pandemia, toma La Estrella, ámbito indeterminado, en un tiempo indeterminado. La distopía, entonces, tan explorada por escritores y escritoras latinoamericanos en el último par de lustros marca el signo de este breve libro. El bicho –decíamos– toma La Estrella, ciudad combativa cuyos habitantes siempre se sintieron diferentes al resto de sus compatriotas.

“Ya no sabíamos qué hacer, lo ideal era vivir flotando sin tocar el mundo, porque el mundo ya no era nuestro, sino del bicho”. (25)

El presidente nunca quiso cuarentena y se negó a toda costa a afectar la economía. Hay muertos abandonados en las calles, miseria, violencia y paranoia. Una guerrilla encabezada por Acosta, una feroz rebelde toma la ciudad y ordena un confinamiento total que frena la enfermedad, pero condena al hambre. En este contexto, la verdadera guerra se da en las redes sociales, a través de memes y fake news, a cuál más burdos, pero suficientes para encandilar y manipular. (¿Les suena conocido?).

La niña que narra todo en primera persona, solo sueña con volver a jugar fútbol y salvar a las mascotas abandonadas. En el ínterin, ve cómo su madre enfermera simpatiza con Acosta y cómo su hermano, un niño especial, se deja cautivar por la propaganda de Carrasco, el presidente que gobierna con mano de hierro todo el país, menos La Estrella.

En este maremagno, se impone la muerte; y en el sinsentido llevado al extremo, por no quedar más, se vislumbra la esperanza.

“Por las noches mis muertos me visitaban. Dejaba abierta la ventana para que ingresaran en la sombra y se dejaran ver con la luna; sus cuerpos se alargaban, querían parecer fantasmas de cuentos para niños miedosos. No les tenía miedo. Me estremecía y quería dar todo de mí para recordarlos por siempre”. (135)

Son demasiados guiños a la actualidad mundial y al contexto boliviano. ¿Por qué escribir tan rápido sobre la pandemia que aún no superamos? Con la habitual solvencia técnica de Paz Soldán, a momentos asistimos a un collage que parecería armado con recortes de noticias, crónicas y versiones de Twitter y Facebook de los últimos años; con retratos de Trump, Evo y los líderes conservadores cruceños. (¿Ya vieron Don’t look up, la última de Di Caprio?)

La vida es un pestañeo

Una lectura de la novela De esta noche no te marchas (Editorial 3600) de Rosario Barahona.

Martín Zelaya

La vida es un pestañeo. A veces uno o dos sucesos, una decisión, osadía o cobardía lo definen todo, o al menos mucho. En un abrir y cerrar de ojos nos sorprenderemos en bata y pantuflas, canosos y malhumorados, recordando algo –o todo– y cayendo en cuenta, demasiado tarde, que casi no asistimos al paso del tiempo por nosotros (a través nuestro).

«Qué culpa tiene ella de tu soroche del alma, de tu pasado, de tus indecisiones, de tus culpas, de tus amarguras y de todas tus huevadas». (61)

«No has podido olvidarla hasta ahora, porque ella produjo en ti el soroche que pesa como un hijo nonato, como una bala de plomo sobre tu pobre alma». (95)

«Aunque cerrados, los ojos de Montecristo miraban la noche absoluta en un momento eterno, para marcharse jamás». (195)

De esta noche no te marchas (Editorial 3600) de Rosario Barahona es una novela sobre un hombre, Montecristo, sobre una vida y su decurso, que no sobre la historia política boliviana como podría aparentar. Otra cosa es que el devenir de Montecristo tenga un punto de inflexión en los turbulentos años de las dictaduras militares bolivianas del siglo XX. Este es un marco, un escenario, como también lo son Sopocachi (el actual y el de los 70), el Madidi del destierro… ese nuevo infierno verde para los revolucionarios confinados y sus pobres soldados custodios.

Montecristo a fines de os 60 e inicios de los 70; su militancia, su captura, prisión y exilio. Montecristo, al borde de la ancianidad, en el presente. Sus triunfos y fracasos, sus eternas dudas y arrepentimientos. La premisa de que nunca es demasiado tarde.

Una estructura ágil, esquemática, hace muy llevadera la novela de Barahona: brevísimos capítulos intercalados de tres momentos de la vida del protagonista: el presente (fines de 2019) en el que una periodista lo entrevista sobre su captura y exilio; aquellos días nefastos del golpe de Estado de 1971; y el pasado inmediato (inicios de 2019), para dar contexto.

Una de cal y una de arena. Barahona sale incólume del siempre arriesgado uso de la segunda persona para narrar una ficción. En un estilo puntilloso y algo acartonado se cuenta la trama en la que sobreabundan referencias, detalles y datos que no vienen a cuento y más bien aparentan un artificial intento por matizar momentos históricos, características culturales y antropológicas de la sociedad e incluso potencialidades turístico sociológicas de La Paz.

Es, sin embargo, una novela diferente, arduamente trabajada –se nota– y que bien vale la pena leer.

Donde no había nada humano

Reseña de Miles de ojos (El Cuervo, 2021), de Maximiliano Barrientos.

Martín Zelaya

…los colores parecían provenir de un sueño donde no había nada humano, donde caballos corrían en la orilla de un río, donde la vegetación emergía de carcasas de autos y de fuselajes de aviones, donde los cráneos de millones de niños configuraban un paisaje tan impersonal como una montaña de desperdicios químicos o una catarata de aguas cristalinas. (204)

Miles de ojos, Maximiliano Barrientos

I

Santa Cruz en una realidad alterna. La civilización que conocemos no existe más y en el desgobierno dominan los más fuertes. Los autos y los repuestos son la posesión más preciada. La violencia es parte del cotidiano. La muerte, solo un paso más.

Si Miles de ojos (El Cuervo, 2021) fuera una película –y bien que podría ser una de esas joyas tarantineanas del cine B– el anterior párrafo podría ser la presentación, voz en off, de su tráiler.

Sigue la voz en off: Él creció abrumado por la muerte de su madre y antes de perder también a su padre supo de su voz el secreto de un “tesoro enterrado”. Ahora huye por las carreteras, esquivando y matando a sus perseguidores.

Pero no es una película –aunque, como toda novela de Maximiliano Barrientos, deja numerosas imágenes memorables–, sino una sólida novela que se enriquece con recursos narrativos propios del weird fiction.

El tesoro, se sabe casi de inmediato, es un Plymouth Road Runner y sus repuestos. Inmerso en una confusa realidad, memorias mezcladas con sueños, “él” recorre caminos protegiendo su legado y en busca del árbol sagrado.

La deriva de la humanidad trascendida en la violencia. Esta premisa impregna la tercera novela de Barrientos. Tanto el diseño argumental como el escenario –la realidad interna de la obra– giran en torno a las búsquedas o fracasos individuales y colectivos. Sigue, por donde se mire, la reflexión y exploración de su anterior novela, En el cuerpo una voz (El Cuervo, 2017); ambas están inmersas en una atmósfera distópica, pero a diferencia de aquella en la que por muy disparatados e insólitos, los sucesos son eventualmente posibles, en Miles de ojos todo transcurre en un plano de fantasía. Si la realidad en esa obra anterior era de “revolución” y catástrofe, política y civilizatoria, ahora el autor propone un universo ficcional en el que se impone el culto a la velocidad: el vértigo y el paroxismo como catalizadores de poder y de libertad, a corto plazo; como única fórmula de trascender más allá del espacio-tiempo, a la larga.

«Ya no sabía dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la vigilia, la línea divisoria se rompió y el espacio no era otra cosa que una prolongación de los paisajes de su mente (…) La velocidad corrió por sus venas y sus huesos, el aliento de ese dios terrible habitó su mandíbula, sus ojos». (46-47)

II

Santa Cruz en los 90. Todo parece normal. Un colegial metalero y su familia clasemediera tipo: obsesionada con subir de escalafón social. Una pincelada de la Santa Cruz logiera y racista como telón de fondo de una subtrama que desemboca en el origen y, por lo tanto, colofón –para nosotros, lectores– de la trama general. Los elegidos o predestinados, las hibridaciones carne-máquina, la locura extremista y ciega de la fe religiosa.

La gente se enfrenta a su condición, según puede. Con una adicción a la intensidad, al ritmo frenético –en los autos, en el rock metal, en la vida misma: “El ruido no se iba de la nuca, estaba allí, latiendo. Recorría la médula, permitía que nos reconociéramos en el cuerpo”. (59) Pero otros, ante la imposibilidad de mejorar o perpetuar estas sensaciones-emociones, no ven más salida que elevarlas a la categoría espiritual: hacer un culto, una religión y vivir vicariamente, alucinando y profesando las ficciones que fabulan.

Viajes a través de los sueños. Heridas, cicatrices que impulsan la memoria y el raciocinio. Estigmas que posibiliten la experiencia vicaria, el contacto a través y más allá del espacio/tiempo, a través y más allá de la vida y la muerte, si acaso no son lo mismo.

«Sostuve mis mandíbulas, dolían, dolerían en los próximos diez días, pero ese dolor iría desapareciendo, sería absorbido por la carne. Era lo hermoso de las cicatrices, no solo servían como un recordatorio del acto sino también como una evidencia de que no importaba la vejación, el cuerpo se las arreglaba para persistir». (66)

Mantiene Maximiliano Barrientos su estilo conciso, preciso… elegante como dice Mariana Enriquez en la contraportada. Como también detecta la argentina, sigue con las referencias y obsesiones de siempre en cuanto a la construcción de personajes y escenas, y digo escenas y no pasajes o momentos o tramas o diálogos, porque otro de los sellos personales del autor es su prosa cinematográfica; uno cree ver lo que lee, uno se descubre imaginando una recreación visual de lo que se narra, uno cede la tentación de imaginarse la película basada en la novela.

III

Santa Cruz en un futuro lejano y post apocalíptico (dentro, claro está, de la realidad ficcional presentada). Sobreviven pocas tribus nómadas que se mueven en caravanas de autos y motos, huyendo de hordas de saqueadores. Siguen adorando a “El Sueño”, deidad cuyo origen luego entendemos. Se contactan con los muertos vía sueños y experiencias religiosas, vía alcohol y rituales.

Una adolescente hija del líder muerto de una de las tribus sale con el corazón de su padre en un frasco a ofrendarlo al árbol-auto, cuya existencia es apenas algo más que un mito. Mientras sortea todo tipo de calamidades hasta llegar a lo que fue Santa Cruz de la Sierra, poco a poco entiende que lejos de ser una deidad individualizable, representable en iconos o presencias, El Sueño es una terrible omnipresencia.

«El sueño desapareció, nos dejó solos hace mucho tiempo (…) Se borró. Se convirtió en una historia. Algo que usamos para saber quiénes somos, la transmitimos de generación en generación». (192)

«Alguna vez el mundo fue procesado por esas rugosidades, convertido en información, en un lugar, en sonidos, en olores y en misterio». (197-198)

Hace ya varios años y varios libros, Barrientos explora y reflexiona sobre la violencia y la corporalidad: el mejor escape, catarsis sea en coyunturas normales o extremas es la violencia: corporal y emocional, individual y colectiva, consciente o inconsciente; no así los coches, la velocidad o la bebida –que siempre están presentes más bien como canalizadores.

En Nuestra parte de noche, premiada novela de Mariana Enriquez, se lee:

«Las mujeres médium son mucho más poderosas. Tienen el poder de convocar donde sea, solamente deben encontrar las condiciones de concentración propias o debe dárselas el ritual. Los hombres no. Los hombres dependemos de Lugares de Poder. No son pocos. Algunos médiums sencillamente se chocan con ellos, otros aprenden a encontrarlos. Yo sé encontrarlos…».

Hay un mundo de distancia entre Miles de ojos y la obra de la argentina, acaso una de las primeras lectoras –entusiastas–, de esta novela de Barrientos; pero también hay notables puntos de encuentro. Tanto en una como en otra –y esto marca una tendencia que caracteriza a la narrativa latinoamericana del último lustro– los sobrenatural-fantástico cuaja con naturalidad en el entorno interno de las tramas y, de rebote, propician en el lector, una asombrosamente calma aceptación de lo (im)posible

El delicado oficio de vivir

El llamo blanco (La Mariposa Mundial, 2021), de Jesús Urzagasti, tiene muchos motivos para encaramarse como el mejor libro de narrativa publicado en Bolivia durante este año que se va.

Martín Zelaya

Jesús Urzagasti escuchó todo lo que escribió. En lo más profundo de sí mismo una voz, un impulso –su voz, su impronta– fueron configurando poco a poco su obra. Por eso varias de sus novelas fueron diseñadas, pensadas, conminadas para un número equis de cuartillas, ni más ni menos.

El llamo blanco siguió esta estela, pero a la vez la trascendió. Desde sus tempranos 19 años hasta sus maduros 37, los cuatro volúmenes le salieron poco a poco, de lo más hondo. Se quedaron medio siglo –poco más, poco menos– en un anaquel de su casa, pero su destino ya estaba escrito.

Estas anotaciones –poesía pura, como todo lo que salía de la voz y pluma del autor chaqueño– fueron plasmadas entre 1960 y 1978 y resguardadas luego en cuatro gruesos tomos, a la espera del designio. Y este llegó, muchos años después, a través de una serie de sueños que Jesús supo hilar: Hay que sacrificar al llamo blanco para pasar la noche del espanto.

La terrible misión la llevó a cuestas Sulma Montero, compañera del escritor, hasta que ocho años después de su muerte, finalmente pudo concretarse: este libro, esta selección que debían sobrevivir a las llamas de la consagración.

Son fragmentos estelares, divididos en seis partes.

I
Revelaciones, propósitos gatillados por la soledad y el ímpetu. Un despertar, un descubrimiento de las sensaciones e intermitencias del vivir.

«Tienes que conservar en tu memoria todo el sufrimiento que tuviste que soportar para acceder a esta hermosa luz. Corrige tus miembros, desconfía de tus impulsos y solo piensa que el único cimiento de una vida es el amor». (27)

II
Constatación del ser. A Jesús no le gustaba la palabra resignación, cuenta Sulma. En estos fragmentos, entonces, asistimos a la certeza del cambio, a la caída en cuenta de que su destino era otro. Ya alcanzó una madurez que le permite disfrutar de la melancolía y la nostalgia de lo que fue y ya no será más.

«Es oficio muy delicado vivir, tarea excelsa sobre todo cuando se está convencido de que ceder a los menudos intereses personales es como sellar tu propia condena. Así miro el horizonte y veo que no está en mis manos definir nada y por lo mismo, con absoluta humildad, espero que la vida se digne ofrecerme un regalo: el que consiste en hablar el lenguaje de la dicha campesina». (46)

III
La constatación de lo que se es, de quién se es. La certeza del fuego interno, de lo que uno es portador. Destino y responsabilidad. La posibilidad de creer en uno mismo, de asumirse.

«El hecho de que aún haya vida es la señal más clara de que todavía no hemos rozado ninguna verdad». (56)

«Sé de dónde vengo, y si hasta ahora no sabía a dónde me dirigía, puedo tranquilamente pasearme seguro de estar engendrando los más puros y fuertes sentimientos». (59)

IV
La constatación de lo demás. La necesidad de lo telúrico y ordinario; del tiempo, del espacio y de la serie de objetos y sujetos que lo confluyen y habitan. De la sociedad, el resultado de la relación de seres.

«Cuando en una comunidad los hombres empiezan a confiar en sus propias fuerzas, quiere decir que la divinidad está a punto de parir algo; cuando una comunidad empieza a confiar en la divinidad, quiere decir que esa comunidad está herida de muerte. A la primera comunidad pertenecen los revolucionarios, a la segunda los poetas». (63)

V
La toma de conciencia del escritor. La inminencia de un camino cuya meta es el trayecto; es decir, el (auto)conocimiento.

«El camino que estoy recorriendo tiene el escondido propósito de descubrir mis orígenes; solo cuando a esos orígenes llegue, sabré crear lo que quiero crear: ahora todo parece lleno de interrupciones y tardanzas; pero nada de eso ocurre. Nacer para morir lleno de flores. He ahí el destino humano. Pero mis flores serán mis flores». (73)

VI
El otro, los otros. Por qué no hablarles, advertirles. Por qué no compartir; intentar, al menos que reciban.

«Cuida tu alma, porque a pesar de ser tu cuerpo algo que alimentará el olvido esencial, procura alcanzar la condición del oro, solo que trata de hacerlo –como corresponde a la ceguera– a través de un camino lleno de equívocos. Pastorea tu cuerpo, enséñale lo luminoso, muéstrale el retrato de lo que eres, para que se transforme en un firme aliado, en el agua fresca para tu peregrinar por el desierto». (85)

Jesús es un descubridor. Su profunda abstracción, esa admirable capacidad para derivar el todo, tanto de la mayor simpleza como de los más complejos procesos, es un regalo.

Asistir al paso del tiempo. Recorrer esta distancia. Parafraseando a Saenz, y (casi) a Wiethüchter. Vivir, para estos privilegiados poetas, es una categoría diferente.

Este dietario/breviario; estas anotaciones, revelaciones acaso más disfrutables cuanto más uno se despoja de géneros, enfoques, tendencias, abordajes y todo lo mundano y prosaico para leerlas, conforman el mejor libro publicado en Bolivia en 2021.

Jesús Urzagasti condensó el todo en cuatro tomos, su sueño determinó cernir aún más. Queda lo que debe ser. Lo suficiente.

Ocho libros bolivianos de 2021

Un repaso al mejor libro publicado en el país en el año que se va y a otros siete títulos, definitivamente, entre los más destacados entre la prolífica producción de narrativa. Léase esta nota de dos diferentes maneras: en este par de páginas de El Duende, y en el portal web de esta revista orureña.

Martín Zelaya

No incurrir en clichés, a veces, es otro cliché. Y las listas de libros de fin de años es, creemos, una de esas veces. Es así que nos animamos nomás a lanzar un listado de buenos libros bolivianos de 2021, con sus respectivas reseñas y con algunas advertencias:

– Tomamos en cuenta solo a la narrativa.

– No decimos que son los mejores, simplemente advertimos que son libros que se dejan leer y bien (muy bien, algunas veces); que habiendo sido el año que se va prolífico en publicaciones, son una selección de una (otra) selección; pues, viejos lobos de mar ya en esto de la lectura, hace rato que no pretendemos ni queremos leer todo, y sí más bien apostamos –con poco margen de error, esperamos– por lo seguro o casi seguro.

– Somos, por lo tanto, conscientes de que pudimos haber dejado de leer algo que realmente valía la pena. Nos hacemos cargo.

– No consignamos libros de ensayo, pues de hacerlo, lo decimos desde ya, deberíamos haber puesto en primerísimo lugar Hacer y cuidar. Lecturas de Jaime Saenz (La Mariposa Mundial, 2021), de Luis Cachín Antezana.

– No incluimos poesía, pues ya muchas veces declaramos nuestra incompetencia en la materia. ¡Qué vergüenza!

– Solo destacaremos uno como “el libro boliviano del año”.

– Los restantes, no serán mencionados y reseñados por orden de mejor a menos peor, ni viceversa.

– En la edición impresa de El Duende, (por razón de espacio) solo aparecieron las reseñas de un par de los libros. En esta edición digital, aparecerán las ocho reseñas, a razón de una diaria, entre los últimos días de 2021 y los primeros de 2022.

Ocho títulos

“El” libro: El Llamo blanco (La Mariposa Mundial, 2021), de Jesús Urzagasti. Regalo inesperado (o casi) del gran poeta chaqueño que partió hace ocho años, pero cuya obra pertenece a la eternidad.

Los otros siete son ficción. Cinco novelas, dos libros de cuentos; cuatro autores, tres autoras. Un relato fantástico del subgénero weird fiction: Miles de ojos (El Cuervo, 2021), de Maximiliano Barrientos y otro, aunque no alejado de un realismo posible, sí muy inmerso en las mismas inquietudes distópicas que atraen al cruceño: Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021), de Edmundo Paz Soldán.

Dos novelas que destacan por la exploración técnica –interposición de planos temporales y narrativos– y la solvencia para sacar adelante historias que sobreviven por sus trasfondos –lo que motiva reflexionar a partir de las vivencias de los personajes– por encima de los temas de superficie que fungen de palestra: Cuando vi la sangre (Editorial 3600, 2021), de Lourdes Reynaga y De esta noche no te marchas (Editorial 3600, 2021), de Rosario Barahona.

Una nouvelle, El rehén (Dum Dum, 2021), de Gabriel Mamani, una crónica familiar que repasa los tópicos sociales de las clases populares paceñas.

Y dos libros de cuentos: Los fantasmas del sábado (Editorial 3600, 2021), Adhemar Manjón, un divertimento muy bien pensado, que recorre la noche cruceña desde las diferentes miradas de un manojo de hermosos perdedores. Y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021), de Magela Baudoin, una colección de relatos que bien puede leerse como una síntesis de encuentros y desencuentros, como un muestrario de las relaciones, dinámicas y dialécticas que nos constituyen como individuos y que, bien encauzadas, conforman un reflejo inquietante de esto todo que somos como colectividad.

Insurgencia festiva en Oruro

Edwin Guzmán Ortiz

El título del libro de Javier Reynaldo Romero Flores, Insurgencia festiva en Oruro, una historia del Proceso Colonial en los Andes, recientemente publicado por la prestigiosa Editorial 3.600, de inicio, da la pauta para el desarrollo subsecuente de la obra. La insurgencia en cuanto vector crítico, y lo festivo en cuanto expresión cultural profundamente orureño.

“Insurgencia”, connota revuelta, revolución, rebelión, insurrección, sedición, sublevación, visto desde la compresión andina, incluso un Willka Quti; se trata de términos no matemáticamente equivalentes pero que pertenecen a la misma familia semántica; apuntarían pues a significar la transgresión del orden establecido; para decirlo de manera breve, cuestionar, criticar, interpelar, desacatar, resistir, subvertir lo instituido. Enfrentarse a la autoridad o al poder, por sagrado que sea.

Por su parte “lo festivo” alude a lo carnavalesco, lo celebratorio, al regocijo, el guirigay, la juerga, la diversión, y apuntan más bien a una vivencia colectiva signada por la alegría, el gozo, el divertimento, el rito, la fiesta como expresión cultural.

Strictu sensu, tanto la insurgencia como la fiesta no forman parte de la vida cotidiana. La primera es imprevisible y, acaso, acumulativa, la segunda es cíclica y previsible. La primera expresa el descontento y apunta a la ruptura y la reivindicación, acaso a la vuelta al origen; la segunda resalta el reencuentro, lo cíclico, la comunión dichosa, la algazara, la potencia recreativa del pueblo.

En ese marco, una suerte de Pachakuti nominal provoca una lectura diferente de nuestra tradición festiva. Pues, en buenas cuentas, el valor de la obra trata precisamente de eso, de apostar por una visión diferente de lo que tradicionalmente se ha venido en considerar el Carnaval de Oruro. Es decir, ponerlo en la mesa de disección, desmontar la estructura de su historia, reconstruir el aparato argumental para revelar una otra cara de lo festivo. En suma, transitar del lugar común a otro horizonte de sentido.

En el libro, se torna preeminente la interpretación del fenómeno festivo, no solo la simple descripción hecho, además, frecuente en la tradicional investigación del folklore. Es más, en su discurso confluye la historia, una lectura política de lo festivo y por supuesto las matrices culturales que se despliegan desde las diferentes formas de poder que va desde la colonia, pasando por el periodo republicano, hasta los días que corren. Visto en profundidad el hecho festivo, no se trata de un acontecimiento más.

Una consideración desde la antropología política permite su comprensión como un fenómeno que rompe el orden cotidiano, lo establecido, dando paso a otra realidad invisibilizada, a menudo oculta: el tiempo mítico del pasado expresado desde la cultura y sus símbolos. En estas circunstancias, lo soterrado por la colonización emerge, y nuevamente vuelven a restituirse los tiempos primigenios de la cultura. El reencuentro con nuestros modos antiguos de ser.

Lo (etno)histórico -gravitante en el desarrollo de la obra- en vez de la tradicional secuencia lineal de acontecimientos, apela más bien estructuralmente a un montaje de estratos temporales que se van superponiendo uno sobre otro. Este proceso de traslapamiento implica una superposición de tiempos y espacios. De este modo, en los conflictos actuales del carnaval pesa la densidad de la conquista y el proceso de dominación, la violencia misional y el ser colonial, además de la extirpación de idolatrías, la satanización de lo andino y las formas de resistencia recurrentes. Presentes en este proceso se encuentra además el orden institucional y el control sobre el espacio y lo sagrado tradicional. Es el tiempo mítico y ritual, en suma, la ascensión de una otredad sagrada.

Como dice Paz, el tiempo deja de ser una sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originariamente: un presente donde pasado y futuro por fin se reconcilian. A través de lo festivo, la sociedad se libera de las normas impuestas. Llora frente a sus dioses, se abre a sus actos de fe, resucita a las viejas deidades, se burla del mundo oficial, de sus principios y sus leyes; en la insurgencia festiva se pone la máscara que la cotidianidad esconde y así vuelve a encontrarse con su verdadero rostro. Es una revuelta en el sentido literal del término. Por ello, para Javier Romero, lo festivo es un más aquí y un más allá de la fiesta. Subraya su carácter subversivo y su consubstanciación con los viejos mitos y las deidades andinas, las que retornan para dialogar con el mundo presente. Frente a la Mamá Cantila, están ahí, los sahumerios a la víbora, el sapo y el cóndor, las ch’allas a la Pachamama.

En la insurgencia festiva, se explicita un fenómeno de encubrimiento, donde emerge la fiesta de “carnaval” que llega con los españoles el tiempo de la colonia, y se va desplegando por los Andes durante el tiempo de la conquista. Romero señala que son tres los elementos que hacen a la idea de esta herencia del carnaval en Oruro, ahora, en el siglo XX: la máscara y la mascarada, la idea de fiesta pagana y la inversión como mundo al revés. Sobre esa constatación se deconstruye ese otro componente de origen occidental, el carnaval, profundizado desde la concepción de máscara, en la obra sustentada por los estudios de la cultura popular en la edad media y el renacimiento, pertenecientes a Mijail Bajtín, maestro en los análisis de la carnavalización de la literatura en Rabelais.

Fundidas a la superposición de épocas, discurre una memoria corta y una memoria larga de la festividad, memorias que a la manera del ritual reaparecen y se manifiestan cíclicamente. La memoria larga que viene desde el trauma producido por la violencia misional, pasa por el periodo de la extirpación de idolatrías o del vaciamiento epistémico, y el nódulo central del contrapoder andino con la eclosión del Taki Onqoy. La memoria corta, desde la creación de los grupos folklóricos al presente.

El texto enfatiza el hito histórico del Taki Onqoy (la enfermedad del baile o de la danza) movimiento milenarista que aproximadamente en 1560 sublevó una parte de las masas indígenas, en rechazo al aparato colonial cristiano y español: así mismo constituye un verdadero renacimiento de la cultura indígena tradicional, pero transformada y orientada a en sentido de una rebelión y una liberación. Sus voceros proclamaban el fin de la dominación española; el movimiento se define como un despertar de la religiosidad tradicional, en guerra contra el cristianismo.

La equidistancia entre la exterioridad y lo subjetivo, dan espesor a la obra; el ejercicio de la tangencialidad y la vivencia interior de los sujetos enfrentados de la conquista. Resulta revelatorio el paisaje subjetivo que se vive en la colonia por la imposición del ego conquiro, la demonización, y el propio vaciamiento epistémico. Es decir la inducción dolorosa de la conquista, la estigmatización radical de las deidades autóctonas y la flagrante transgresión del imaginario ritual y religioso del hombre andino.

Es interesante la consideración sobre las estructuras institucionales tanto de la Iglesia como del Estado a lo largo de la historia, la confrontación de las autoridades españolas y andinas, en torno a la cultura y lo festivo. Y algo fundamental, el desmontaje de la estructura subjetiva que incidió -desde un cristianismo represivo, demonizante e implacable- sobre las culturas andinas.

El proceso de colonización tiene un rostro durante la colonia y otro durante la república, las condiciones de producción del discurso sobre la cultura, la raza, lo mestizo, van cambiando durante el tiempo. En ese marco, la festividad no aparece como un conjunto de rituales, danzas y manifestaciones religiosas desprendidas de un contexto histórico que, por cierto, las determina y las explica. Historiadores críticos como Eric Hobsbawm o Edward Thompson, contribuyen a esclarecer mejor las dialécticas de la dominación.

En este contexto, se caracteriza la dimensión simbólica y la distinción entre la fiesta de la Candelaria -una fiesta patronal de amplio arraigo en el Oruro actual- el carnaval, de cuño occidental y la Anata andina, como espacio de encuentro, revitalización de la cultura ancestral, y su profundo y genuino arraigo. Una vez más, estas tres manifestaciones no dejan de coexistir y de reflejar tres visiones de mundo, aunque integradas en un mismo espacio festivo.

A fin de evidenciar el imaginario insurgente en el tiempo, Javier Romero, toma tres casos de estudio en los que desmonta el proceso de colonización, tres conflictos con características diferentes. El primero, en la década del ’40, fue producido al interior de la diablada de los mañazos; el segundo, al iniciar los años ’90, ocurrió en la morenada de los cocanis; y el tercero, igualmente en los ‘90, que se dio por un conflicto de representación de lo festivo entre lo urbano y lo rural, entre Anata y carnaval.

En materia discursiva, es frecuente en la obra el análisis crítico de las categorías y conceptos. Empezando por los conceptos de carnaval y fiesta. Prosiguen los conceptos de indio, anata, folklore, el dipolo mestizaje/mestización,  metáfora/memorización, la fiesta/la dinámica festiva, es más, el autor despliega ejes de progresión analítica: la Fiesta de la Candelaria, el Carnaval y el Anata Andino, o en otro caso, el eje mimético wari/supay/tío.

Desde la perspectiva de la investigación es valioso el periodo de tiempo que se ha trabajado y desarrollado el libro; en materia de fuentes se va desde la observación directa, las entrevistas, los testimonios, hasta las crónicas de la colonia, la investigación etnográfica, y la consulta a autores gravitantes de la antropología contemporánea como de los estudios decoloniales. Danzan soldando los argumentos, entre muchos, Dussel, Zemelman, Mignolo, De Souza y el propio viejo Marx. Autores bolivianos e investigadores orureños del folklore Guerra, Condarco, los Hnos Cazorla, Aquino, en fin.

La obra nos recuerda a ese gran libro de Jacques Lafaye, Quetzalcoalt y Guadape. La formación de la conciencia nacional. Ergo, “La Insurgencia festiva”, bien podría caracterizarse a su vez como un verdadero fundamento de la formación de la conciencia orureña, desde la cultura y la historia. Insurgencia festiva en Oruro. Una historia del proceso colonial de los Andes de Javier Romero Flores, un libro diferente, provocador y lúcido. Un libro para leer.

A propósito de nada

Gonzalo Lema

Es posible  afirmar que Woody Allen se explica solo. “Sófocles decía que no haber nacido puede ser la mayor de las bendiciones”. Judío ateo en Manhattan, su tierra prometida, observador burlón del drama/comedia de la vida de sus torpes semejantes. “Siempre he detestado la realidad, pero es el único sitio donde se consiguen alitas de pollo”. Humorista nato (“alguna vez me han preguntado si no tengo miedo de despertar una mañana y ya no ser gracioso”), mago precoz e inútil aunque chistoso en su atolondramiento, comediante aventajado de grandes boliches, escritor de sketches y guiones, actor versátil para papeles como psicólogo, intelectual, escritor y don Juan, perezoso director de cine y un verdadero éxito sexual desde que lo dejaron cruzar, por cuenta propia, de una a otra acera y piropear: “Tienes la silueta de un reloj de arena y yo quiero jugar en tu playa”. Fue rechazado pronto del ejército por comerse las uñas de nervios.

Woody Allen es conocido nuestro debido a sus hermosas películas y al escándalo desatado por Mía Farrow, su ex pareja. No conocemos nada de su inexistente ideología (“Aparte del hecho de que Lincoln había liberado a los esclavos, mis conocimientos de política eran escasos”). Sus psicólogos, al parecer, lo liberaron de esa espantosa afición y de traumas profundos de verdad: “Visitándolos he obtenido alguna clase de alivio: puedo ir a un baño turco sin tener que alquilar toda la sala para mí solo”. Ellos mismos le posibilitaron una mejor comprensión del sin-sentido de la existencia: “De hecho, el propio universo desaparecerá y no habrá ningún lugar donde puedas colgar el sombrero”. La vida es producto de un fatal accidente físico y bien haríamos en asumirla con mayor sencillez. Ya de escolar reclamaba: “Dios guarda silencio. Ojalá pudiéramos hacer callar a los maestros”. Pero no, y menos a la directora de la escuela 99 de Brooklyn que se acostumbró a torcerle la oreja por sus quejas interminables y festejadas por la clase. Su madre reforzaba la paliza aleccionadora a bofetones pesados sin condolerse de su propia mano. “Sencillamente, ella no tomaba prisioneros”.

Los amigos de su prima Rita solían llevarlo al cine para desencajarse de risa con sus comentarios. En plena parahipnosis de la platea en silencio, la voz del pequeño Allen algo decía que provocaba la risotada de estruendo una y otra vez. No sólo eso: la gente de alrededor lo alentaba con palmadas para que continuara con lo suyo. Por ese tiempo pensó en cambiar de Allan Stewart Konigsberb a simplemente Woody Allen. Gran nombre para ser lo que es. Nunca se propuso modificar su look de judío “a primera vista” para fortuna nuestra.

La historia de amor con Soon-Yi sorprendió a todos, empezando, por supuesto, por Mía Farrow y acabando, así no se crea, en Woody Allen. Fue un amor no buscado que dura más de veinticinco años. La relación de Mía y Woody (nunca se casaron, tampoco vivieron juntos) duró trece años y fue curiosa y extraña siempre. Cuando se conocieron, Farrow era madre de tres hijos biológicos y de cuatro adoptados, una de ellas Soon-Yi. De pronto, Mía denunció la violación de Dylan por parte de Woody, pero el FBI, y la misma policía judicial, informó que no sucedió aquello. Woody, aliviado, declaró que hubiera sido mucho más grave tener un tumor en la cabeza. A las tres semanas, el juez de la investigación, siempre hostil con él, se murió precisamente debido a un tumor en la cabeza. Mientras eso sucedía, Woody filmaba “Maridos y mujeres”, preciosa película. En ese momento apareció Soon-Yi que terminaba la universidad con veintitrés años y dio comienzo al romance. Las fotos de ambos fueron descubiertas por Mía Farrow y todo se agravó una vez más hasta hoy. Pese a que no hubo juicio por Dylan, media humanidad sentenció a Woody Allen. Para colmo, Mía declaró que el padre de su último hijo no es Woody Allen, sino Frank Sinatra. La historia continúa. Woody Allen declara su amor por Soon-Yi y le recuerda que debe incinerarlo. Debido a la hostilidad de parte del público estadounidense, viajó por Europa tocando viejos Jazz de Nueva Orleans. Es clarinetista, seguidor, en sus palabras, de George Lewis, Bunk Johnson, Jelly Roll Morton y, esencialmente, de Sidney Bechet. Todo parece indicar que Soon-Yi es su amor para siempre. Sin embargo, quizás por joven, supo declarar que “una de sus mujeres era perfecta, pero lo dejó por otra mujer”. La perfección no existe.