Luis Urquieta Molleda: un personaje inolvidable

Mariano Baptista Gumucio

Durante mi adolescencia fui ávido lector de una revista norteamericana en formato de libro que se distribuía tanto en inglés como en varias otras lenguas del mundo: Selecciones del Reader Digest que traía  mi padre y que leíamos prácticamente, todos en la familia. Contenía una variedad de lecturas y en cada número aparecía una novela en forma abreviada, pero yo empezaba por la sección del personaje inolvidable, una colaboración que enviaban los lectores destacando a una persona anónima hasta ese momento que se había caracterizado en su comunidad por hacer el bien, sin buscar recompensas. Selecciones era una transnacional quizá más poderosa que la Coca Cola, porque se dirigía a la mente y el corazón de los lectores.

Selecciones desapareció hace años siguiendo la suerte de tantos periódicos y revistas que se han cerrado en el mundo, dando paso a las películas y luego a las imágenes de la TV e internet. Los que no han desaparecido, en buena hora, son los personajes inolvidables, de los que sin embargo, ya nadie se ocupa, pero ahora que El Duende, suplemento literario de “La Patria” de Oruro ha llegado a su número 700, gracias al empeño de los hijos de Luis Urquieta Molleda, quiero que en esta edición aparezca su nombre como mi personaje inolvidable.

Luis era contemporáneo mío, se graduó en Oruro como ingeniero civil y allí formó su hogar, creó la zona franca en el momento oportuno, cuando Oruro estaba en vías de convertirse en un puerto seco, pues allí llegaban y de allí se distribuían al país las importaciones de los puertos del Pacífico, particularmente Iquique y Arica. La ingeniería le sirvió a Luis para dictar cátedra en la Universidad y dirigir ZOFRO. Pero también tenía una vocación cívica que puso al servicio de la comunidad orureña y una literaria que le dio acceso no solo a la literatura boliviana, sino americana y universal, llegando a reunir una impresionante biblioteca.

Era miembro de varias instituciones sociales de las que también fue presidente. Se distinguía por su ecuanimidad, cortesía y buen tino. Verdadero referente cultural, a su casa acudían gentes de todas partes y, como me sucedió a mí varias veces, compartían su mesa o eran alojados por algunos días. Tuve el privilegio de contestar sus palabras de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua. Nunca se había dado el caso de que un ingeniero fuera invitado a esa institución por sus dotes literarias. Pero la mayor hazaña de Luis fue crear –junto al también inolvidable Alberto Guerra– y dirigir, durante más de dos décadas, El Duende que aparecía quincenalmente gracias a su empeño y generosidad personal. Mientras los demás periódicos, por razones económicas o de otra índole, cerraban sus suplementos literarios y reducían a la mitad o menos las páginas diarias dedicadas a la cultura, Luis sufragaba esta revista (en los últimos años a color), que recogía artículos y ensayos de autores bolivianos y extranjeros, escogidos con amorosa dedicación y buen gusto. Por razones de salud, Luis y su esposa Esther tuvieron que trasladarse a Cochabamba, pero él se empeñó en dirigir desde allí El Duende, hasta su último aliento, a fines de 2019.

Es cierto que en Oruro mucha gente reconoció su obra y fue condecorado no pocas veces, pero las autoridades nacionales nunca lo galardonaron con el Premio Nacional de Cultura o el de Gestión Cultural “Gunnar Mendoza”, que los tenía más que merecidos. No es que le hubiese importado a él, pues todo lo que hacía estaba dedicado a ayudar a los demás, particularmente a los artistas y escritores, sin esperar reconocimiento alguno.

Quiero terminar esta remembranza con una anécdota. Cuando Luis venía a La Paz, nos reuníamos con otros amigos en una tertulia o en la Academia de la Lengua y cuando se trasladó a Cochabamba lo visité unas tres veces y luego nuestra relación fue telefónica. Habíamos resuelto hacer una antología sobre las Gestas Bárbaras de Potosí, de 1918 y La Paz de 1945, libro que espero publicar en poco tiempo más. También teníamos el proyecto de hacer un segundo libro. Él escogería los textos que más le gustaron de los que publicó en El Duende y yo haría lo mismo con aquellos que publiqué en mis 14 años de “Ultima Hora”. En nuestras charlas telefónicas, un día se refirió a un artículo que quería poner en esa nueva antología en el que cien escritores de habla española, eligieron para “El Mercurio” de Santiago de Chile las 10 palabras que, a su juicio, eran las más bellas de nuestra lengua. Me preguntó cuáles prefería y después de pensarlo un momento le dije que todas empezaban con la letra “a” en honor a mi abuela materna, Adriana, a quien siempre recordaba por el cariño entrañable que me brindó en mi niñez y adolescencia; de modo que le enumeré a Luis las palabras alelí, añoranza, anhelo, ansia, ánfora y ángel. A mi vez le pregunté: “y tú, Luis, ¿has escogido la que prefieres? Y me respondió: “sí, fraternidad”.

Esa palabra lo pintaba de cuerpo entero. Posiblemente había leído la obra Todos somos hermanos, de Gandhi. Pero en todo caso, reflejaba lo que él era: un hombre leal a sus amigos, incondicional con sus hijos y familiares, y tolerante con sus ocasionales adversarios, pues consideraba que no tenía ni cultivaba enemigos.

Si la vida me da oportunidad de hacerlo, trataré de publicar ese libro que Luis y yo imaginamos juntos.

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