Ética, estética y otros signos escriturales en Óscar Cerruto

Martín Zelaya Sánchez

 “Rebeldía”, “El derecho de matar”, “El cura, un peligro inmediato”; un artículo de consigna política, una reseña literaria y un pronunciamiento anticlerical. Estos tres primeros textos pintan casi a cabalidad no solo el sentido y contenido de Artículos, crítica, apuntes, sino además trazan una muy aproximada idea del pensamiento e intereses de Óscar Cerruto, y hablan de la lucidez y determinación que lo distinguieron toda su vida. Vale un apunte: cuando los escribió tenía ¡14 años!

Como afirma Gilmar Gonzales Salinas, compilador y editor de Artículos, crítica, apuntes, este libro que reúne toda su prosa crítica conocida, es además una buena oportunidad de conocer al autor, tanto porque permite hacerle un seguimiento cronológico, como por el contenido mismo de sus escritos que denotan sus preocupaciones, pasiones e inclinaciones literarias y culturales, pero también ideológicas y sociales. En 1929 publicó en El Diario el artículo “Posición ideológica del nuevo élan creador”, en el que escribe:

“…Y hoy asistimos al derrumbe de todos los valores que mantuvo encapsulados la cultura en disolución. Todo indica un sintomático cambio de frente en el pensamiento. En biología con Uexküll, en física con Einstein, en sociología e interpretación histórica con Spengler y Frobenius, y en psicología con Freud y Jung, formas nuevas, inconfundibles, se identifican”. 

Ejemplifica este párrafo tanto su precocidad, pues tenía 17 años cuando lo publicó, como su insaciable necesidad de conocimiento. ¿Cómo podía en ese entonces estar tan bien informado? Enciclopedista, hombre de mundo… así llamaban en su época –pre televisión y pre internet, obviamente– a personas como él, que devoraban cuanto libro, diario o revista tuvieran a su alcance, y a Cerruto se le facilitó esta acuciosidad gracias a que desde muy joven (1931, cuando tenía 19 años) fue nombrado auxiliar del consulado boliviano en Arica, y desde entonces no paró de viajar y aceptar misiones diplomáticas en Chile, Argentina y Uruguay. Además, como cuenta en varios textos de este libro, viajó no pocas veces a Estados Unidos y Europa. Hizo entonces, el autor, un claro contrapeso a la común introversión de los escritores y artistas bolivianos de la época (Tamayo, en primer lugar, conocido por aislarse en su casona del centro paceño y no conceder entrevistas ni permitir ediciones extranjeras de sus libros).

Aunque sus escritos políticos y de temática universal desaparecen ya en los años 40, que es cuando empieza a concentrarse casi de lleno en la literatura, no se pueden obviar textos valiosos como “Arte nuevo, perspectiva mental”, en el que escribe: “… Y pues así como no es posible hoy volver a usar el miriñaque o calzón corto, no es posible tampoco que el arte se vista con las viejas prendas dieciochescas. Ni siquiera con las inmediatamente posteriores”; o “Peana y nimbo de la miniatura popular”, sobre las Alasitas. Al respecto, en una anotación de “La transparencia del reverso. La poesía de Óscar Cerruto”, su introducción a la Obra poética del paceño, Mónica Velásquez escribe:

“Es de destacar la labor periodística de este escritor; entre sus artículos hallamos comentarios sobre cine, pintura, literatura desde la antigua hasta la de sus contemporáneos, músicos latinoamericanos, etc. En todos ellos hay siempre una clara y original posición, generalmente crítica y rigurosa en su equilibrado análisis”.

Pensador de la literatura

Portada del libro editado por Gilmar Gonzales

Metidos ya de lleno en su crítica literaria, empecemos con “Tres libros de Kollao”, publicado en 1935 en la revista Zig-Zag de Santiago de Chile. Es una reseña a publicaciones de Bolivia y Perú en la que llama la atención un párrafo donde augura una “nueva literatura boliviana”, haciéndonos caer en cuenta que eso de buscar tendencias, generaciones u otros encasillamientos arbitrarios no es una cosa exclusiva de estos tiempos. “…Es el primer fruto serio –escribe– de la nueva literatura boliviana de la que Fernando Díez de Medina es un abanderado, y que promete otros tantos con Medinaceli, Valdez, Prudencio, Augusto Céspedes, Canedo, Francovich, Etc.”

Mencionábamos a Tamayo y su proverbial ensimismamiento, y precisamente el autor de La Prometheida, junto a Ricardo Jaimes Freyre, son los que merecen de Cerruto más de un comentario positivo. “Ningún escritor boliviano tuvo y tiene –he sostenido ya antes– un concepto más claro y cabal sobre la poesía, como Tamayo. Ninguno ha escrito palabras más lúcidas y certeras sobre su significación y su esencia”, escribe. Y sobre el autor de Castalia bárbara:

“Jaimes Freyre trae, además, algo de mayor significación que las esplendideces externas –sin olvidar que fue el nervio innovador del modernismo y el que dicta después sus leyes–: trae gracias poéticas, el soplo lírico puro. Por primera vez la poesía boliviana alza, con limpia dignidad, vuelo americano”.

Estos extractos no solo demuestran la agudeza y tino de la crítica de Cerruto, fiable lector de poesía y narrativa desde muy joven hasta sus últimos días, sino ante todo su obsesivo trabajo estilístico, lo que nos remite a uno de sus mayores estudiosos, Luis Cachín Antezana, quien en la posdata a “Sobre Estrella segregada” de sus Ensayos escogidos, escribe: “Cerruto trata el lenguaje como los (mejores) escultores trataron el mármol que no utiliza, en rigor, sino lo labra. Más aún, se diría que nunca cesa de buscarle la forma más perfecta posible”.

Dos apuntes finales, en cuanto al contenido de Artículos, crítica, apuntes: primero, una notable trilogía de textos en tono de ficción, pero que no dejan de ser ensayísticos: “Semántica de la novela” una parábola que, de una autocrítica sobre su condición de novelista, pasa a una exhaustiva revisión del género; “Avatares del personaje” y “Humillación de la crítica”.

Y segundo, el anecdotario de primera mano: el poema boliviano de Emily Dickinson:

“El infortunio no podrá / alcanzar / la bella prosperidad / cuyas fuentes son interiores. / La adversidad dominaría / pronto un diamante / en el lejano suelo boliviano. / Pero no hay herramienta / capaz de dañarla, aunque / exista”. O la llegada del gurú beatnik a Bolivia: “De Howl, que así se llama el impresionante poema de Allen Ginsberg, el epígono del grupo –quien estuvo en Bolivia en agosto, sin que nadie se entere, y a quien me fue dado conocer en Nueva York, a su vuelta […]–, se vendieron cinco mil ejemplares…”.

O finalmente, algunas historias por demás conocidas, pero que con el paso de los años corrían el riesgo de volverse mitos urbanos, de no ser por una fuente tan confiable. Cerruto explica cómo Adolfo Costa du Rels resignó recibir el prestigioso Premio Goncourt al rechazar asumir la ciudadanía francesa: “La nacionalidad es como el color de los ojos, no se puede renunciar a esa marca con la que vinimos al mundo”, cuenta Cerruto que dijo Costa du Rels a los académicos galos. También revela que cuando el autor de Los andes no creen en Dios era embajador de Bolivia en Argentina y él su colaborador, recibió una carta de Carlos Medinaceli quien le pedía permiso para utilizar el argumento de La Misquisimi en una narración que proyectaba, a lo que Costa du Rels respondió que los temas carecían de propiedad y que cualquiera podía explorarlos.

Finalmente, en uno de sus mejores textos, “Ezra Pound: una gestión literaria hipostática”, cuenta:

“Durante su reclusión en el St. Elizabeth’s Hospital, Pound conoció a un joven médico boliviano que allí prestaba servicios y que de vez en cuando lo atendía […]. Un día le preguntó si en su país había poetas de alguna entidad; el médico le respondió que sí, nombró a dos: Jaimes Freyre y Tamayo. ¿Podía conseguirle libros de esos poetas? […] Trajo al fin Castalia bárbara y un tomo de poesías de Tamayo. Al cabo de unos días de angustiosa curiosidad del médico que tuvo el tacto de no apremiar a Pound, éste dio su veredicto. ‘Aquí hay un poeta’, dijo devolviendo el libro de Jaimes Freyre. ‘En este otro hay artificio, se enreda en el lenguaje, trabaja su poesía pero no siempre con buen resultado’”.

Fondo y forma

Hemos resaltado su precocidad, su lucidez, su talento estilístico y su impresionante capacidad lectora. Estos atributos, demostrados de sobra ya en su ficción y poesía, se ratifican con la publicación de sus textos críticos que, si bien eran de conocimiento y referencia permanente de académicos y literatos, estuvieron demasiado tiempo al margen del lector común.

Volvamos a Cachín Antezana, quien en el estudio introductorio de la edición de las 15 novelas fundamentales de Aluvión de fuego, dice: “…Durante mucho tiempo, por la calidad de su poesía, Cerruto ha sido considerado sobre todo como ‘poeta’. Desde los 1930, no hay antología de la poesía boliviana que no lo incluya. Sin embargo, su obra narrativa ha sido tan decisiva en la literatura boliviana como su poesía”.

Si su poesía destaca –como señala Velásquez en el texto antes referido– por su “extremo rigor con el lenguaje poético que explora el tema del poder y de la impotencia de la palabra ante este”, ¿qué decir de su narrativa? Que lo diga mejor Antezana:

“En cierta forma [en Aluvión de fuego] Cerruto no solo escribe su novela sino también lee las formas de la novela boliviana que la preceden. Como en un arreglo de cuentas –“borrón y cuenta nueva”–, parece que Cerruto intentó asumir el pasado literario boliviano y, después, lanzar su novela más allá de las costumbres narrativas de su época. ¿Lo logró? Quien esto escribe cree que sí, pues, sea mucho tiempo después, sus cuentos de Cerco de penumbras confirman su permanente búsqueda de nuevas formas de expresión y narración literarias”.

Eso en cuanto a su impronta, pero veamos algo más de su motivación ontológica. “Para ver la obra cerrutiana como unidad –nos advierte Mónica Velásquez–, se debe hablar de una ética fiel a sí misma e implacable frente a la corrupción y los abusos que denunció”.

Muy joven aún en “Debemos estar ya un poco de vuelta”, cuenta cómo era reiteradamente consultado por su filiación estética y tras rechazar los ultraísmos y cualquier encasillamiento de moda, afirma:

“…Porque la poesía –o el poema– no está en la metáfora, o en la supresión de la puntuación y la descontexturación de la frase. Por lo menos no está solo en eso. Toca a los americanos, pues, bucear en el instinto histórico y elegir su estilo: su protoforma de belleza. […] como algo profundo que está en nosotros –y que hay que descubrir. Que está caminando con ciegos ojos –aún– en la atmósfera. O latiendo en el cauce de nuestra sensibilidad ¡tan ultrajada!”. Lo que tratamos de destacar en estas líneas es, entonces, la ética y estética cerrutiana visible, de pronto, en la crisis moralista de la que habla Gilmar Gonzales, “el terrible y final convencimiento de que no hay nada que nos una a los humanos y de que la culpa parece estar siempre en el otro”.

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