Hallazgo al atardecer

Una de las obras de Cardozo. (Foto: Marcelo Javier Meneses Vargas / Alma Tunante)

Elizabeth Scott Blacud

He viajado pocas veces a Oruro. Una ciudad ni tan alta ni tan minera ni exótica ni rica, nada valle, nada trópico… Un amplio paraje plano que parece plegarse en una esquinita olvidada del país durante todo el año hasta la llegada de su fascinante carnaval. Por eso, salvo en febrero, Oruro es ciudad de paso, vacío de polvo y ladrillo desangelado, de calles largas y abiertas como el vientre de un pez. Así la representa mi memoria. Pero también extraña y entrañable. Por ese viento perpetuo y sibilante que sugiere misterios; por esos pobladores de pocas palabras, corazón pausado y afable.

Recuerdo una ocasión en la que Oruro me regaló, abiertamente, uno de sus secretos…

A principios de siglo, en un mes que no era febrero, paseaba por la ciudad con un amigo con el que nos entregamos despreocupados a curiosear callejas y avenidas, saludando los pocos árboles que nos salían al paso y aterrizando indefectiblemente en uno de esos restaurantes de comida sencilla, pero sabrosa, para luego retomar el vagabundeo. Nos sacamos una foto en una plaza, al lado de una escultura, giramos una calle, otra, hasta que, de improviso, dimos con una reja excepcional. Tenía vidrios empotrados y piedras de diferentes formas y colores que hicieron sonreír a nuestros ojos. Nos acercamos atraídos para descubrir que daba paso a un amplio patio que albergaba diferentes objetos, inútiles y bellos, creados en bronce, hierro forjado o granito. Pero sobre todo piedras y más piedras curvadas y coloridas, algunas colgantes, otras en hilera sobre los alfeizares y salientes de la pared, en las tejas y por el suelo, dispuestas entre el caos y la belleza buscada.

Quedamos perplejos, admirando todo aquello, haciendo conjeturas y alabando el buen hacer de los propietarios, cuando descubrimos que la reja no estaba del todo cerrada y presentaba un cartel que informaba que el sitio era, de algún modo, público. De todas formas, aún sin leer la inscripción, nosotros habríamos entrado, tal era nuestra curiosidad.

Ya dentro, divisamos a una muchacha joven, de lejos; y poco después, salió a nuestro encuentro un hombre de rasgos y gesto firme, alto y curtido, que emanaba serenidad. Era el Tata Cardozo, creador y dueño de esa casa-museo llena de encanto. Su familia estaba acostumbrada a las visitas, a la sorpresa y a las preguntas. Continuaron con sus quehaceres, pasaban por allí con naturalidad; mientras que él, amable y complacido, respondía a nuestro interés. Nos mostró algunas habitaciones atiborradas de cuadros en las paredes; se veían esculturas por doquier, de diversos materiales y resplandores, materiales reciclados, obras a medio hacer… Todo era lindo y excesivo. Seguimos sus pasos escuchando con la boca abierta, sintiéndonos privilegiados y agradecidos con el azar que nos había llevado hasta ese espacio tan mágico y singular.

Nos habló con entusiasmo de otros artistas bolivianos (recuerdo la vergüenza de no conocer a algunos), de las reuniones que organizaba, mencionó con orgullo a la gente famosa que había estado en la casa, que había escrito y rubricado en su libro de visitas. Lo que más me impresionó, sin embargo, fue el valor que daba a las esferas nacidas de la piedra. Una especie de búsqueda de la cuadratura del círculo, reflexioné, pero al revés. Un regreso a la forma perfecta a partir de la materia menos dúctil y más primitiva que pueda existir.

De hecho, en esos momentos, modelaba en las rocas sillas redondeadas, de diversas dimensiones y tonos —ya tenía un buen número— a las que llamaba “curules”: los asientos de los ediles romanos o los de nuestros actuales gobernantes. “Esta es la silla del poder”, nos dijo cogiendo una, “quien se sienta en ella, se corrompe”. Quedé sorprendida por el frenesí de su trabajo: eran muchas las sillas; por la contundencia del mensaje, sobre el que volví varias veces; porque la tarea a la que se entregaba era la de esculpir una verdad.

Estoy delante de un artista, pensé. Y en aquel atardecer, Oruro se iluminó memorable…

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