Prólogo a Guía de perplejos para leer al Dante [1]

Al conmemorarse los 700 años de la muerte de Dante, publicamos este texto de uno de los mayores especialistas bolivianos en la obra del célebre florentino.

Gary Daher

La literatura del Dante no busca el juego, tan caro hoy en día a los muchos ingeniosos y prestidigitadores que transitamos el mundo de lo que hemos venido a llamar “literatura”, ávidos del Coup de théâtre capaz de hipnotizar a las masas. El Dante busca decir lo que trasciende, así su verbo está definido por el propio Dante como alimento, contra el cual sin embargo nos previene en Il Convivio llamado en castellano El Banquete: “que no asista quien esté mal dispuesto en su organismo, quien carece de dientes o de lengua o de paladar; ni tampoco quien gusta de vicios, porque su estómago está lleno de humores venenosos contrarios al alimento, de modo que no soportaría ninguno.”

En esta línea, habrá que resaltar entonces la obra denominada Commedia, más conocida como La Divina Comedia, gracias al epíteto dado por Boccaccio cuando en el último período de su vida la ministraba porque recibió del ayuntamiento de Florencia el encargo de realizar una lectura pública de esta obra; según el propio Dante, un Poema Sacro. La Divina Comedia es pues un inmenso panorama dibujado por los cien cantos escritos en 14.233 versos escandidos en endecasílabos y tersa rima o terceto encadenado de 33 sílabas, que pergeñan, en tres grandes cánticos, el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, cada uno con 33 cantos, además del Canto I o canto introductorio. Será este trabajo la obra culmen de Dante Alighieri, que ha traspasado el tiempo y las miradas, de manera que es tan actual como en su origen, como si hubiese sido escrita con verbo de fuego eterno.

Es pues atrevido tocar tan poderoso poema, y lo es más si pretendemos interpretar o “traducir” algo de su rima. Dice Maimónides[2] al principio del libro “Guía de Perplejos” que el segundo objetivo a la hora de llevar a cabo esa obra, la de Maimónides, es la de “explicar las alegorías ocultas que encierran los libros proféticos, sin clara evidencia de que lo sean, y que, en cambio, el ignorante o el irreflexivo toman en su sentido externo, sin percatarse del interno”. Entendiendo profético en el sentido del libro que habla a través de un don sobrenatural que consiste en conocer por inspiración divina las cosas distantes o futuras. Y ¿qué más distante y futuro que el Más Allá? Porque en el caso de La Divina Comedia se trata de esta terrible tarea, diremos que cuánto más claros queramos ser, más confusos resultaremos, salvo que empleemos un ejemplo o propongamos un enigma. Tómese pues todo intento mío como torpeza, y vuélvase siempre al libro, a la fuente primera, a la Commedia para su traducción certera en el sitio del corazón, donde verdaderamente podrá ser recibida. Vamos a pretender entonces ser acicates y no ensayistas, ser invitadores y no celebrantes. El verdadero banquete permanece pues en lengua del Dante, en toscano, de ser posible.

Ya el propio Dante Alighieri en su carta (1316/1317) al Gran Can de la Scala, Vicario General en la ciudad de Verona y en la de Vicenza, nos advierte que su obra es polisémica, y que, además de su sentido literal, tiene sentidos ocultos. Oigamos la interpretación en el intento de traducción de las propias palabras de Dante: “Y aunque a estos sentidos ocultos[3] se les asigne distintos nombres, pueden todos en general ser llamados alegóricos, dado que son diferentes del sentido literal o histórico. Pues la alegoría viene de “allos” en griego lo que en español se dice ‘extraño’, es decir, ‘otro’.”

Necesario es, y tal vez más importante, anotar el trance de que Dante Alighieri vive dos etapas de su vida, que son un antes y un después de un hecho que le sucede en su interior. Una conmoción que lo transforma en un hombre comprometido con su propio cambio personal, con otra manera de ver las cosas, con una Vida Nueva. Y este hecho es marcado precisamente con la obra en prosa publicada a sus 27 años llamada Vita Nuova, que muestra visiones más interiores que exteriores de su vida, como conclusión de un proceso de eclosión y de revolución interna. Y esto está relacionado con lo que en su obra se conoce como Beatriz.

Profundicemos. “Sobre Beatriz” –dice Papini- “hay centenares de escritores, muchos de ellos fastidiosos e insípidos, pero todos se refieren a estos tres problemas: ¿La Beatriz de Dante fue mujer verdadera, de carne y hueso, o una creación intelectual, fantasma y símbolo? Y en el caso de que Beatriz haya sido una mujer real, fue Beatriz hija de Falco Portinari y esposa de Simón de Bardi, o bien fue otra mujer no identificada? Y si tan sólo fue un símbolo ¿Qué lo representa?” Para intentar dilucidar lo que se ha venido a llamar “El problema de Beatriz”, diremos, en primer lugar, que la poesía en lengua romance contaba con sólo cincuenta años de vida en Italia cuando Guinizelli y Cavalcanti, bajo el influjo un poco más lejano del pionero Guittone d’Arezzo, fundaron la escuela de los fedeli d’amore (‘fieles del amor’), y que varios indican como una Orden de filiación templaria[4], propiciando la figura de la «mujer angélica» (en la que se aunaban la belleza física y la pureza celestial) y plasmaron la gran poesía lírica italiana, de la cual viene a ser parte Petrarca y que culminaría precisamente en Dante Alighieri. Este movimiento poético proporciona a Dante, en primera instancia, una manera de mirar la relación amorosa. De ahí que surgiera naturalmente la correspondencia de imagen entre probablemente Beatriz Portinari y la Beatriz del sueño. Este paralelismo parece haberse mantenido hasta la muerte física de Beatriz Portinari. En ese momento, y ante el descalabro que provoca la muerte (me viene a la memoria la imagen de Beatriz Viterbo en El Aleph de Borges), Dante reacciona hacia una realidad trascendente, asaz alimentada por las ideas ocultistas o esotéricas (para Dante místicas), que a sotavento circulaban por el medioevo, y que de no provenir de la Orden templaria mencionada, no eran ajenas al autor (recordemos que a Dante se lo creía ducho en artes mágicas, y no olvidemos que dominaba la astrología y la usa expresamente) que percibe –imaginamos- la vana ilusión de la bella imagen de Beatriz Portinari en putrefacción gracias a la muerte. Ante este fenómeno absolutamente contrario a la visión de la dama del sueño, ocurre una revelación: su dama de carne y hueso no es la dama del sueño, de manera que revierte la ilusión en fuego místico, descubriendo que aquella imagen en sí, en su corazón, representa alegóricamente la Conciencia Divina, y más cercana todavía, su propia Conciencia Divina. Parecido fenómeno de transformación que intentará aprehender posteriormente Antonio Machado en su Cantos de Castilla cuando dice “Dante y yo—perdón señores, / trocamos –perdón, Lucía—, /el amor en Teología”, aunque aquí Machado cae en el error propiciado por muchos comentaristas de confundir Conciencia Divina con Teología. Recordemos que Teología es la ciencia que trata de Dios y sus Atributos, pero no Conciencia Divina, que es la propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos divinos esenciales, misma que solamente se puede alcanzar a través de la voluntad, interpretación aquí planteada de La Divina Comedia, del viaje de Dante, la Voluntad, Alma Humana, para alcanzar a Beatriz, la Conciencia Divina o Alma Divina. Esa dama que es el Supremo Amor, por quien vale la pena sacrificarse y por la cual merece realizar el propósito de cambiar de vida (“digo verazmente, que el espíritu de vida, que mora en la secretísima cámara del corazón, comenzó a temblar tan fuertemente que horriblemente se mostraba en los mínimos pulsos; y temblando dijo estas palabras: Ecce Deus fortior me, qui veniens dominabitur mihi – He aquí (un) Dios, más fuerte que yo, que viniendo me dominará”, nos dice en la Vita Nuova), pasar por el infierno donde encontrará el espantoso horror que viven los condenados, que son gente de su vida cotidiana, pero que representan por sí mismos sus propios errores, y por esto quizás no tiene reparos en colocarlos en aquel sitio, y dialogar con ellos, su purificación a través del Purgatorio, su inmersión en las aguas del Leteo, que le darán olvido y le permitirán, finalmente, ser recibido por Beatriz y realizar así su visita vertiginosa al Paraíso, donde Dios permanece en su cualidad Trina como un ojo donde ve reflejado su propio rostro, un ojo que lo mira. Con estas deliberaciones diremos entonces que La Divina Comedia a la manera de un monólogo narra los avatares del propio autor, Dante Alighieri, en su paso por el Infierno, su ascenso al Purgatorio y su sobrenatural llegada al Paraíso. Inicialmente podríamos observar que se trataría de un viaje psicológico, donde el autor, haciendo uso de alegorías nos muestra y nos adentra en una visión surrealista en el camino espiritual que debe realizar para alcanzar ser iluminado por la luz del sol absoluto, o sol fundamental.


[1] Debo a Jorge E. Sanguinetti (Buenos Aires, 1928) el apoyo en las notas de pie de página y gran parte de las traducciones aquí citadas. Las tomo debido a que intentan el segundo modo de interpretar la obra, que es el oculto, pero cuando esto sucede se sacrifica la poesía; de manera que cuando quise tenerla el intento es mío, algo bárbaro, sin duda.

[2] Filósofo nacido en el Al-Andaluz en 1135, exiliado en 1160 a los 25 años, vivió hasta los sesenta y nueve años en Egipto. Ejerció la medicina en la corte de Saladino.

[3] Es interesante aclarar que Dante dice aquí “místicos” pero no en el sentido habitual referente a experiencias religiosas, sino en el sentido original de la palabra griega, “mysticós”, mustikos= secreto, oculto, “mýstes”, musths = iniciado en los misterios, del verbo “myo”, muw = cerrar, estar cerrado, cerrar los ojos, callar.

[4] De hecho, hay buenas razones para pensar con Guénon que la Fedeli d’Amore,  a veces designada Fede Santa, filiación templaria laica o secular, era en tiempos de Dante algo que en alguna medida se asemejaba a lo que más tarde se conoció como “Fraternidad de la Rosa-Cruz”, si es que esta misma no se originó directamente de ella. Para aclarar un malentendido frecuente aclaremos desde ya que los miembros de la Fede Santa se autodesignaban como Fedeli d’Amore, nombre con el que luego llegó a designarse a la misma Orden. El simbolismo básico era de naturaleza astrosófica, similar por una parte al que los Templarios habían tomado de los cátaros.

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