La sonrisa de Beatrice. Una línea interpretativa de la Comedia de Dante

Estamos en el año del 700 aniversario de la muerte de Dante, por eso Silvio Mignano, exembajador de Italia en Bolivia, continúa con su serie de reflexiones en torno a la obra del genial escritor.

Silvio Mignano

En el canto XXI del Paraíso, Beatrice le niega a Dante la visión de su sonrisa. No es la primera vez que eso ocurre y es una sustracción tanto más dolorosa en cuanto es posible, como lo teorizó Jorge Luis Borges en sus Nueve ensayos dantescos, que toda la edificación de la Divina comedia (“el libro más hermoso de la humanidad”, como lo define nuevamente Borges) se deba al deseo de Dante de volver a ver la sonrisa de Beatrice.

Uno de los aspectos que más se tiende a subestimar, al leer y comentar la Comedia, es que esta no es un libro aislado, y más, personalmente no creo que se pueda entender plenamente si antes no se ha leído La Vida nueva, que Dante escribió entre 1292 y 1295, es decir, antes de cumplir los treinta años. La Vida nueva es un rarísimo caso de prosímetro, un texto que alterna y combina prosas y versos, y aunque con imperfecciones juveniles es un libro modernísimo, un viaje sincero en las profundidades del yo del poeta, una suerte de Stream of Consciousness que se  adelanta a Freud, Proust y Joyce en seis siglos. Su contenido gira alrededor de Beatrice: del saludo que ella le concedió y que para Dante tiene un valor altísimo, del momento en el cual luego se lo negó y, finalmente, de la muerte de la muchacha con poco más de veinte años de edad, lo que precipita a Dante en la desesperación, empujándolo a buscar placeres menos nobles con otras mujeres: es la perdición del poeta, algo más complejo que simplemente la conciencia del pecado según los criterios rigurosos de las normas religiosas de la Edad Media.

Es de allí que parte la Divina comedia: haberse perdido en la Selva Oscura no quiere solamente decir encontrase en una situación de pecado mortal, lo cual es cierto, para el Dante católico, también es haber perdido el baricentro de su interioridad, vivir una crisis existencial muy moderna.

No es casualidad que, si bien es Virgilio quien ayuda a Dante a salir de la Selva Oscura y emprender el recorrido a lo largo del Infierno y del Purgatorio, su presencia se debe a la intercesión de tres mujeres. Virgilio se lo revela a Dante en el segundo canto del Infierno, que se suele leer poco, pues normalmente el interés de los lectores se concentra por supuesto en el primero (la Selva Oscura), en el tercero (las puertas del infierno, Caronte), y en el quinto (Paolo y Francesca). En el segundo canto, Dante tiene un momento de miedo y le comunica a Virgilio su decisión de renunciar al viaje. El gran poeta latino, alma noble, padre dulce con rasgos maternos, por una vez se molesta duramente, y le cuenta a Dante que la Virgen María –nada más y nada menos– se preocupó por su perdición y se dirigió en el cielo a Santa Lucía, de la cual el poeta florentino era muy devoto. La santa, a su vez, se acercó a Beatrice y le rogó hacerse cargo de su eterno amante, y fue Beatrice quien descendió del Paraíso al Infierno, en el Limbo, para suplicar a Virgilio abandonar su lugar de eterna pena y a correr en ayuda de Dante.

El viaje de Virgilio concluye en el canto XXX del Purgatorio, cuando falta poco para llegar al tope de la montaña que hospeda las almas de los pecadores destinados a purificarse y ascender al Paraíso. Es que este último le queda prohibido a Virgilio, y la atroz injusticia que Dante-autor reserva a su amor intelectual, a su inspiración literaria, a la fiel guía de Dante-personaje es una de las claves más bellas y complejas del poema. Es verdad, Virgilio murió antes del nacimiento de Cristo y nunca pudo convertirse, pero la Divina Comedia está repleta de excepciones: de Stazio, poeta latino que hoy en día consideramos menor, Dante nos dice que se convirtió misteriosamente al cristianismo, sin nunca expresarlo abiertamente, y por ello lo encontramos a mitad de la subida del Purgatorio y lo vemos unirse a Dante y Virgilio, con la diferencia de que él sí podrá seguir hacia el Paraíso. Catón el Uticense, un gran jurista claramente pagano, vivido un siglo antes de Cristo, quien además murió suicida (el mismo pecado que condena a Pier della Vigna, hombre bueno admirado por Dante, consejero del emperador Federico II, el amor político de Dante, a sufrir por la eternidad las penas más atroces en la foresta de los violentos), hasta es ascendido al papel de custodio del Purgatorio; y hay muchos otros casos.

En ese canto XXX, entonces, acontecen dos eventos conmovedores. Dante por fin encuentra nuevamente a Beatrice, cumple el deseo que le ha hecho perder la cordura durante diez años. La ve aparecer en una cascada de flores, con un traje rojo flamante, el mismo que se describe en la Vida nueva, una manta verde y un velo blanco. Dante siente nuevamente “la gran potencia del antiguo amor”, reconoce “las señas de la antigua llama”, y tiene miedo, y se gira hacia su guía para recibir el consuelo que una madre le da a su niño en los momentos difíciles, “pero Virgilio nos había dejados mancos / de sí, Virgilio dulcísimo padre, / Virgilio al cual por mi salud me entregué”.

El reencuentro con Beatrice coincide con la pérdida de Virgilio. La felicidad tanto ansiada por Dante llega manca, y aún más porque Beatrice, como decía al inicio, le niega la sonrisa. Las primeras palabras de Beatrice son severas, regaña a Dante por haberla olvidado, por haber buscado amores vulgares. Es una figura misteriosa, casi una mediadora, la Matilde, quien inicialmente se encarga de encarnar la figura ideal de la mujer angelical de los poetas del Dulce Estilo Nuevo: es ella, de cuya identidad aún hoy en día no tenemos ninguna certeza interpretativa, que casi obliga a Beatrice a quitarse el velo y revelar su rostro, primero los ojos y luego la boca, en una suerte de striptease no solamente espiritual. Es ella la que baña cariñosamente al poeta primero en el río Lete, que cancela la memoria de los pecados, y luego en el Eunoé, que hace revivir las memorias de las cosas buenas. Luego del canto XXXIII del Purgatorio, también la Matilde desaparece en la nada.

En el Paraíso, finalmente, Beatrice concede a Dante la sonrisa. Sin embargo, más subimos de un cielo a otro y nos acercamos a Dios, más se incrementa la belleza de Beatrice, hasta que en el canto XXI, en correspondencia del séptimo cielo, el de Saturno, esa belleza sería insoportable para los ojos mortales, y Dante quedaría incinerado como le ocurrió a Semél, amante de Júpiter y madre de Dionisos, por haber querido ver al padre de los dioses en todo su esplendor.

De nuevo, entonces, Beatrice le niega a Dante su sonrisa, para devolvérsela solamente en el canto XXIII, cuando considera que el poeta haya fortalecido suficientemente su alma. De allí en adelante ya no hay obstáculo para la felicidad de Dante, y de cierta manera casi queda superfluo todo lo que lo espera, hasta la Cándida Rosa, hasta el triunfo final de la Virgen María, alter ego religioso de la mujer eternamente amada.

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