Moby Dick: aventura y traición

Elizabeth Scott Blacud

Leer el clásico de Melville, Moby Dick, entre otras cosas, es adentrarse en un mundo ¿extinto? de aventureros. ¿Qué mayor aventura que surcar los mares por rutas variables, tiempo indefinido, en busca de demonios marinos, a merced de peligros inescrutables y conscientes del inminente encuentro con la muerte?

Descartando la acepción negativa de “aventurero” de nuestro diccionario y explorando en su etimología, encontramos que adventura, en latín, significa “las cosas que han de llegar”. El prefijo ad da una idea de aproximación y dirección; venire, habla de “venir” o “llegar”; mientras que urus, el sufijo, indica una actuación no resuelta y remitida hacia el futuro. Así podemos decir que el aventurero es un gerundio gozoso orientado resueltamente hacia la ventura. Destino de belleza o de horror, da igual, de todas formas ha de aceptarse con bravura.

El porvenir es común denominador: para todos, todo siempre está por llegar… Lo distintivo es la actitud: abrir los brazos –a la altura del desafío– correr a su encuentro, apurar su hallazgo a condición de aceptar riesgo e incertidumbre. El aventurero encarna valor y un amor juguetón, a veces irónico, por la vida.

Hoy, desde la normalidad de nuestra existencia civilizada –sobre todo en el primer mundo– cada vez más predecible, planificada, segura y detrás de una pantalla, la aventura agoniza y se hace vocablo extranjero. Nos queda muy lejos, hacia el final de un horizonte en el que el mar ya se ha convertido en cielo… Sin embargo, a veces, una fuerte marejada nos sacude de forma excepcional y el olor del peligro despierta nuestra adormecida sensibilidad.

Pero en verdad, Moby Dick, el mar, la maravilla y el mal nunca se han ido. Están ahí, y ciertamente pueden significar solo tinieblas. No en vano, en una carta, Melville comentaba que había “escrito un libro endiablado”; como la insana obsesión de su personaje Ahab, capaz de conducir a toda la tripulación y a sí mismo hacia la muerte.

Pero la concepción oscura del mundo que ofrece esta gran novela americana solo puede concebirse a partir de la traición. La del feroz Ahab a su condición de aventurero. El capitán, enajenado por su sed de venganza y con la desmesura de un personaje shakespeariano, es la antítesis del comportamiento sereno, generoso, y en una palabra “ético”, del arponero polinesio Queequeg, que con su identidad pagana y su condición caníbal cuestiona incisivamente, como otros aspectos de la obra, los desmanes y, a fin de cuentas, la traición de la civilización occidental.

Aventura la de los balleneros, claro, mas recordemos que con sentido. Se embarcan hacia lo desconocido, pero van en busca de aceite, lumbre y alimento para los hogares de los ciudadanos en tierra, ofreciendo, al fin y al cabo, un servicio. Aventura, sí, pero con la armonía y la paz que desprende el humo de la pipa de Queequeg…

Con reglas y códigos que tienen que ver con los otros, con nuestras responsabilidades, con la compasión incluso por otros barcos y por otras bestias. Expresada en la novela queda la norma, por ejemplo, de parar la caza en cuanto la vida de un solo tripulante está en riesgo. Todo eso desoye Ahab, olvidado de su comunidad y de sí mismo, para actuar en pro de su morboso y mezquino deseo.

Los aventureros anhelan, como se ha expresado, esa vida que también es muerte. Y anhelar, no nos confundamos, nunca será desear. Los balleneros anhelan el trepidar de la peripecia, una condición, una travesía, una forma de existencia; no un deseo concreto como aquel que se erige, pata de palo sobre el barco, en una venganza horrorosa hecha del cadáver de una ballena blanquísima.

Ahab atribuye al mamífero las dimensiones de un monstruo maligno y sobrenatural, pero también una consciencia contra la que es legítimo ensañarse en una venganza de igual a igual. Contradicción que convierte al propio capitán en un demonio, reflejo del oceánico mal que sus ojos se empeñan en mirar; producto de la hýbris que lo consume y no le permite aceptar su sino ni el carácter insondable de la naturaleza, divina y oscura a la vez. El monstruo, en verdad, es el mutilado Ahab, que arrastra al resto de balleneros al infierno.

Leer hoy Moby Dick, entre otras cosas, es asomarse a una otredad, pero también mirarnos de frente, releernos una vez más. Reconocernos en los arbitrarios golpes de timón de nuestros pequeños y tantas veces mezquinos barcos, de los de grandes e innobles capitanes… Con suerte, también puede movernos a aceptar, lúcidos, la invitación a la aventura, con todo lo que implica: incertidumbre, peligro y maravilla; sin soslayar obligaciones ni ninguna de las cláusulas de ese contrato que, a fin de cuentas, es vivir.

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