La importancia de la memoria

Carlos Decker-Molina

Acabo de terminar de leer la novela de la japonesa Yoko Ogawa con un título muy sugestivo para estos tiempos: La policía de la memoria.

La novela transcurre en una isla de la que no se menciona el nombre. No se sabe quienes gobiernan, lo único que nos acerca al estado político de la isla es la Policía de la Memoria; novela escrita hace más de 30 años y recién traducida al inglés y al español.

Temible, atropelladora, represora y maldita, la policía, hace allanamientos de cuando en cuando, llevándose cosas para tirarlas luego a la hoguera del memoricidio.

La voz que cuenta la historia es el de una novelista de la que se ignora el nombre, oculta en un subterráneo de su casa, al señor R, su editor.

No se sabe si lo persiguen porque es editor o porque tiene un intelecto que tiene la habilidad de recordar, es decir, es un hombre con memoria, lo que lo convierte en peligroso.

Hay otro personaje que es el viejo (en la novela no figuran nombres propios) fue en un tiempo no especificado, el encargado de conducir el ferry desde la isla a la otra orilla que se ignora si es un continente u otra isla. El ferry esta encallado, por eso lo usa como vivienda. No hay memoria de que alguna vez navegó.

La escritora y el señor R, festejan el cumpleaños del viejo en el reducido sitio donde R este oculto. Por la capacidad de recordar, el señor R tenía escondida una caja de música que decide regalársela al viejo. La caja de música no sólo le hace sus días más llevaderos, la música lo lleva a senderos que parecían olvidados, es decir se producen atisbos del ayer.

Al no haber historia es decir memoria, no se sabe cuándo comenzó la dictadura, no hay alusiones a ningún tipo de ayer.

La gente no se da cuenta cuándo olvidó el sabor de algunos alimentos que desaparecen del mercado. Dejar de leer, parece lo normal. Nadie sabe qué día es o qué fecha.

No hay aproximación al poder político, es como si nadie recordara cuándo comenzó la dictadura, lo que se vive en el presente son las tropelías de la Policía de la Memoria, como si fuera siempre la primera vez.

Ayer se llevaron los calendarios, eliminando el tiempo, hoy queman libros, ni siquiera las fantasías escritas por novelistas y fabuladores, se salvan del fuego.

El hecho de haber obligado al olvido de la literatura se refleja en la escritura de la novelista, voz narradora de la historia, no puede retomar la escritura de su novela. R, su editor le recuerda que entre vocales y consonantes se forman las palabras y estas colocándolas unas tras otras forman frases y así se puede retomar la escritura.

La obra de Yoko Ogawa no llega a la grandeza de El talón de hierro de Jack London o de 1984 de Orwell, El cuento de la criada de Margaret Atwood, pero tiene el trasfondo donde habita la advertencia. ¡Cuidado! hay gobiernos elegidos o no que quieren borrar la historia.

Todas las dictaduras tienen el ministerio de la verdad o una policía de la memoria, a veces uniformada a veces disfrazada de poder judicial. Alguien podría sugerir que la democracia podría ser la cura, pero, hay democracias que fácilmente pueden convertirse en dictaduras y fundar policías de la memoria con ayuda de instituciones sin independencia como poderes judiciales o legislativos.

A veces hay parecidos entre la ficción y la realidad o ésta – la realidad – inspira para avizorar a través de la literatura los tiempos que pueden llegar.

En la novela, olvidar alguna fiesta popular, duele y pasa. La gente sin darse cuenta va aceptando el olvido y, cuando llega la policía a requisar los almanaques, ya es tarde.

El poder judicial, en algunos países de América latina, se ha convertido en la policía de la memoria, porque al no ser ni siquiera medianamente independiente, sigue el libreto del poder, ayuda a reescribir la historia o revisa la realidad para adecuarla al relato del autócrata. A veces plantean la duda: ¿Fue golpe o fraude? Buscamos justicia no venganza ¿Será? Leer la novela de Yoko Ogawa obliga a recodar a la intelectualidad de ayer, esa de las ideas, representada en la novela por el Sr. R, no la intelectualidad que se detiene en las palabras fuera de contexto o está enmudecida de miedo.

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