Un mensaje que se hizo esperar

Jorge Luna Ortuño

I

Fue hijo, padre de seis hijos, abuelo de nueve nietos, y hombre alegre, orureño charlador, cargado con un aire de mariachi mexicano en su expresión y en sus modos, influido por el cine y la telenovela mexicana.  

 —Yo voy a vivir hasta los ochenta, para qué más —-solía decir con una sonrisa de oreja a oreja. Quizá el destino, si es que hay alguno, quiso que su predicción se cumpliera. O tal vez Mario programó el tiempo de su vida y su cuerpo lo escuchó. Se fue cuando cumplió ochenta años, con la precisión de un avaro. Fue generoso y punto de unión de la familia, como un faro que señaliza un liderazgo patriarcal. Siempre nos pareció un roble, pero un día apareció enfermo. Se sometió a unos exámenes, y una semana antes de carnaval, se marchó. Los perros del barrio que tanto lo querían aullaron toda la noche en ese alejado lugar que, en buena parte de mi niñez, fue mi segunda casa. Colgó su abrigo, su sombrero y su chalina en el perchero; después, luciendo su traje más elegante, se fue de paseo por la Luna.

No supimos más de él. ¿Por dónde seguirlo? Es tan definitiva la muerte. Los únicos contactos se dieron a través de extraños sueños que tuvimos en la familia durante varios meses.

Sin embargo, hace poco me enteré de que mi abuelo despertó a otra vida; es decir, se pasea en ese otro lugar por donde le da la gana, por el stadium, la plaza de toros, las canchas de tenis, los trenes, en fin. Encima dice que todavía le gusta viajar, como que se apareció en Acapulco, y luego anduvo dando vueltas por el Caribe con unos cuates que habían colgado los cachos antes que él. “Cuando ella venga, nos venimos por acá”, pensó como si nadie lo oyera.

Su espíritu aventurero, del que dio muestras en esta vida corta, lo llevó a explorar parajes afrodisíacos en la otra. Sin embargo, a pesar de todo lo bien que la estaba pasando, quiso volver a su Orurito a ver cómo estaban las cosas en casa. Era de tarde, el barrio parecía abandonado, aunque algo lo habían mejorado; la casa vacía, la puerta roja descascarada. Cruzó el patio, que ya no tenían tantas flores como antes, entró al living y buscó entre sus viejos discos. Sacó uno y lo puso a tocar. Mientras Jorge Negrete gritaba “México lindo y querido”, se puso a mirar las fotos de Machacamarca colgadas en las paredes, esas fotos en las que aparece con su raqueta de tenis, o aquellas que lo tienen con expresión de ranchero a lado de Viqui y sus hijos, en total seis, todos con expresiones serias, tanto que parecen una banda de rock-punk de los 80. Mario dejó salir un gran suspiro y quiso pensar que todavía no se había ido, que quizás los otros tenían razón, que apenas estaba durmiendo… De pronto escuchó un sonido familiar, el ruido de una de esas carcachas que abundan en Oruro parando muy cerca de la casa. Se puso alerta al tiro, dejó todo en su lugar y se fue a ver quién estaba llegando. El minibús, estacionado al borde de la carretera, echaba humo por la retaguardia.

Todavía había un trecho que recorrer entre la casa y la avenida. No se puede decir que salió corriendo porque en realidad él podía aparecer en el lugar que le diera la gana. Sin embargo, antes de asomarse a la carretera, justo frente a YPFB, quiso pasar por la famosa canchita del barrio. Ahí había visto jugar a todos sus nietos, principalmente a Marquito, el más pequeño, que había pasado su niñez junto a ellos. La cancha estaba totalmente remodelada, le dio ganas de meterse a jugar con los enanos que correteaban detrás de una pelota remendada. Pero de inmediato se acordó de Viqui; en un solo movimiento ya estaba parado vista a la carretera, justo al borde del centro médico del que tanto le gustaba contemplar el movimiento de la zona. Su adorada Vicenta, mucho más delgada, cruzaba la carretera con una bolsa en la mano y una expresión perdida en el rostro; algo estaba masticando en su memoria y no terminaba de digerirlo. Aquello era duro de presenciar, pero incluso así, con los ojos aguados, no dejó de esbozar una sonrisa emocionada al verla otra vez, después de un tiempo que ya no le era contabilizable, pero que en el mundo de los de carne y hueso habían sido un par de años.

¡Qué misterio es el amor!, la vio y era como si fuera la primera vez. Vicenta, mujer de pelo castaño, de hermosos ojos verdes, muy dada al llanto fácil, fue el amor de toda su vida, su novia, su esposa, su vigilante, su hombro tenaz, la madre de sus seis hijos. Viqui, la incansable cochala de Sipe-Sipe, la preferida de los nietos, bailarina de cuecas por excelencia, experta en la preparación de ricas comidas caseras para largas mesas familiares reunidas con motivo de alguna fiesta. Viqui, la mujer compleja, de emociones a flor de piel, adorable al fin, a pesar de algunas amenazas de escobazo para Mario en pasajes de riñas.

No me olvido una ocasión que mi abuelo había hecho renegar a Viqui, la abuelita. Ella barría, era la tardecita, mientras nosotros terminábamos de chupar naranjas. Las mujeres en la familia tienen mucha más prisa por empezar a limpiar enseguida, es como un virus en sus genes. Nosotros reíamos al sol. Y mi abuelo alardeaba sobre su fuerza, y me dijo, algo así:

—Con estas vitaminas, vas a ser de roble, como yo —.

Ni corta ni perezosa, mi abuela respondió con agilidad:

—Ja, que va a ser de roble…, si el otro día de un escobazo casi lo desmayo —.

No pudimos más que soltar unas carcajadas con mi abuela, mientras él sólo sonreía, mirando hacia abajo, tal como harían mis tíos Jaime o Walter, esa manera familiar de meterse el gol para adentro y atisbar una sonrisa sólo con la mitad de la boca.

–Nosotros nos casamos jovencitos, cuando yo tenía 16 años y él 19–suele contarme la abuela Viqui como si no lo supiera, y lo hace con cierto orgullo, como si hubiera sido una gran batalla, un paso gigante, y luego se asoma un resplandor a sus ojos que parece pincharme para que me case de una vez, pues siempre termina preguntándome: ¿cuántos años tienes tú?… ahhahh.

Todos en el barrio saben que Mario ya pasó a otra vida, como quien dice, que toca el arpa en otros hemisferios, pero lo curioso es que el recorrido por ese rincón del planeta lo hace sentir muy vivo, revitalizado. Le resulta llamativo que el mundo en ese pueblo, al igual que el de otros que ya visitó por lejanos parajes, funcione de cabeza. Recorre las calles de vez en cuando y las encuentra repletas de gente que camina como muerta, aunque caminen rápido o disimulando alguna dirección, se notan demasiado mecánicas, faltas de sabor, de risa, de luz, de alguna agitación… ¡Da ganas de empujarlos para que despierten! ¡De tirarles una patada! Pero eso le costaría mucho más que una tarjeta amarilla. Lo confunde el olor a conformidad de esas vidas, el asentamiento generalizado, la resignación, y las calles en Oruro están llenas de gente que exhala esa dejadez, a lo largo de toda la 6 de octubre hasta la plaza y de ahí de bajada hacia el cementerio o siguiendo arriba al Socavón. Lo puede adivinar en sus ojos sin fondo, en sus caras consumidas, en sus pasos indiferentes y sus cuerpos blandos. Por acá se olvidaron de vivir. Se le viene a la mente la canción de Julio Iglesias, esa que cantaba a todo pulmón en algún encuentro con un amigo: “de tanto correr por la vida envuelto en sueños, me olvidé que la vida se vive un momento…, de tanto gritar mis canciones al viento… hoy no soy como ayer… hoy no sé lo siento… me olvidé de vivir…” ¿Y a qué viene toda esta cháchara? Todo comenzó con Vicenta, sí, su amada Viqui que está cruzando la carretera desde hace una hora, así pareciera, ella también lleva cifrada en su expresión algo de esas personas sonámbulas que se olvidaron de vivir, y que quizás ya ni siquiera se atreven a recordarlo.

II

Pero si hablamos de Mario es todo lo contrario. Es muy feliz, y no es porque no la extrañe, es simplemente que lleva una existencia muy agitada a fuerza de haberse dado cuenta de que no hay otra forma de vivir. Hay demasiadas cosas que hacer y realizar en la vida, y cuando uno se va y franquea el umbral, es peor aún… Pregúntenselo a él. Me contó que ya tiene un camión grande y amarillo, tal como soñaba en sus horas de contemplación de la carretera Oruro-La Paz, cuando veía desfilar, junto conmigo a veces, todos esos buses, tráileres y volquetas entrando y saliendo. Con ese camión se va de paseo por todos lados –aunque sea sólo un gusto, igual todo es gratis–, y lo hace generalmente con su hermano mayor, que partió a otra vida sólo unos meses antes que él en Cochabamba.  Los fines de semana le gusta jugar lota y cartas con los amigos, tomar unas cervezas, saltar, bailar, dormitar, y entre todo eso, escuchar unas buenas rancheras de Jorge Negrete, de Antonio y Luis Aguilar, y de todos esos dioses inmortales de la música mexicana que tiene planeado conocer, a su debido tiempo, en los rincones misteriosos de su nueva residencia. –¡Tienen que estar en algún lado carajo, en alguna especie de paraíso, si nos dieron tantas alegrías con su música!– suele decir con aire de urgencia.  Por otra parte, ahora que se liberó del cuerpo ya cansado, ha vuelto a jugar tenis de vez en cuando. Se suele encontrar con viejos amigos que lo tientan a pasar en Machacamarca algunas tardes llenas de anécdotas. En la antigua estación se le vienen a la memoria los más dulces recuerdos de su vida como padre y esposo, sin importar lo difícil que le fueron algunas etapas, pues todo lo que se ha vencido sólo se vuelve a mirar en el retrovisor con una sonrisa.

Sin embargo, desde su última pasada por la carretera, siempre se da tiempo para ver, aunque sea un ratito, a su Vicentita. Cuando va por la casa y ella no ha salido, se encuentra con mucha bulla, es que Viqui deja siempre una radio encendida en otros dormitorios, así trata ella de aminorar la soledad.  Se pasea por el pasillo que sigue tan soleado como siempre, se sienta y trata de hacer una siesta a lado de su antigua radio. En la cocina, ella está correteando de un lado a otro, a veces en afán de preparar la comida, otras veces simplemente correteando, correteando por corretear, porque ya se olvidó lo que tenía que hacer, y luego, al recordarlo, se olvida de lo que antes tenía claro. Esos trámites la suelen bambolear de un lado a otro como si estuviera caminando dentro de un barco turbulento en medio del océano.

Finalmente, en las primeras horas de la tarde, Viqui cuelga el secador de manos, apaga las radios y se va al pasillo a reposar. Sentada mira por la ventana a lo lejos, en lo infinito del cielo celeste orureño que se asoma por encima de los tejados; su mirada se pierde en la línea del horizonte, piensa inevitablemente en su querido Mario que ahora ya no está, ni para reír ni para pelear. En un momento dado, ella también está como ausente. Silencio, quietud… muecas, salta una lágrima y vuela una mosca por su lado en el mismo instante. Él la acompaña mirando de reojo, está sentado a su lado. Presencia y ausencia, y las dos. Viqui es su compañera de más de 60 años de vida, no es un bonito cuadro; Mario se queda pensando en algunas cosas que le hubiera gustado hacer y que ya no pudo, pero, sobre todo, recuerda todas las cosas que hicieron juntos. Ella se pasa la mayor parte de los días sola, está amarrada a su casa, quiere morir en ella, porque ahí transcurrió lo mejor de su vida. Quiere morir en esa casa, igual que su esposo, porque siempre cuenta que la construyeron con sus propias manos, ladrillo sobre ladrillo, cuando toda esa zona era sólo un pichón. Nadie le cambia la idea, no piensa moverse de la casa, sólo lo hará el día que se baje el telón para ella, y en posición horizontal. Mientras espera por el último acto, suspira exclamando en su interior: “¿hasta cuándo?, ¿cuándo será que dios se acuerda de mí y me lleva también?”  Mario escucha esto y le molesta. ¡Qué desperdicio! La eternidad nos espera a todos, y esto es una certeza, pero la vida es sólo unos momentos, dura lo que tarda en inflarse el moco de un niño resfriado que estornuda en medio de la clase; la eternidad es lo que experimenta el niño al disculparse y justificarse ante sus compañeros y la maestra. ¿Por qué está Viqui dejando de exprimir los minutos que tiene? “¡Ay Vicenta, mi Vicenta de telenovela! –se lamenta. Sólo atina a irse por el patio para escribirle algunas líneas llenas de entusiasmo en las ventanas, en la puerta del horno, en una sábana que se bambolea en la cuerda con el viento, en el espejo del baño, en la TV… Pero es inútil, está tan cegada por su pena que no alcanza a ver lo que está en sus narices.

Los días pasan, días que se van en patota levantando el polvo; dos otoños que corretean por el patio como quien busca sus hojas desparramadas por el suelo, los siguen inviernos resfriados que visitan la casa al asalto de una buena sopa de pollo caliente; calurosos veranos con lentes de sol se asoman a la nevera, y las primaveras van y vienen con las flores en la mano renegando del negocio que se hace con ellas. Es en vano, Viqui no lee nunca el mensaje.

La espera desespera, y lo demás, no es lo de menos. Mario no sabe qué hacer. Si no puedes escribir, pinta –le dijo una vez una poeta. Él se sale con su hermano de paseo, se van a los arenales, se van al sud a ver la víbora, se van, simplemente se van… Se enfrascan en charlas teñidas de inolvidables recuerdos que vienen acompañados de largas risotadas. Todavía tienen algo de despaciosos, los agarra la noche. Es curioso, porque ni siquiera tienen que hablar, pero se cuentan tantas cosas, todo lo que quieren expresar, lo hacen bailando, el otro lo entiende perfectamente. A veces recurren al silencio, y otras veces una mirada basta para señalar el curso de la conversación. Expresión y ya no comunicación, lenguaje de viejos amigos. Al entrar la noche mi abuelo se vuelve a la casa caminando un poco entonado, todavía tiene unos días para rondar por el lugar. Le resulta fácil emborracharse, incluso con un vaso de agua, le produce los mismos efectos. Es urgente que le haga llegar unas palabras a su Vicenta; camina por el barrio cantando una coplita: “¡me dicen vicharachero…cuídense pollitas que vengo agarrando parejo …lo mismo feas que bonitas, ¡¡¡¡ooooleeé!!!!… cuídense, cuídense, y guárdenme su corazón!”

Las estrellas se alegran y algunos perros se ponen a aullar, si pudieran se pondrían a cantar con él. Son los únicos que están tan atentos como para poderlo escuchar.

Entra en la casa de puntillas, cuelga su sombrero, recorre el pasillo y se asoma al cuarto de Viqui. Desde la puerta entreabierta la contempla unos instantes. Duerme tranquila, como un ángel. Se acerca y la besa en la frente; está tan tapada que casi no la ve. Siempre tan friolenta. La arropa un poco más con la frazada, quizá para no perder la oportunidad de tratarla con cariño por un momento, y se sale silenciosamente. En el otro cuarto René, uno de los hijos que la visita, ronca como un tranvía. ¡Dios mío, va a despertar a los muertos!

En el tejado se encuentra con dos gatos, los espanta de un carajazo antes de echarse sobre la calamina con los brazos cruzados detrás de la cabeza. La noche callada, con todas sus estrellas juntas; se siente agazapado bajo ese cielo infinito que parece una frazada enjoyada, y se pone a pensar en cómo le hará llegar el famoso mensaje. –Si lo escribo y lo dejo en el ropero como si fuera una vieja carta –piensa–, va a resultar muy sospechoso.

Mira en el cielo y una estrella saltarina le recuerda a su amigo Cantinflas, que en estos momentos está en una suerte de luna de miel con su gran amor, su bella esposa rusa que en otro momento lo dejó por una dolorosa enfermedad que no pudieron curar.  Mi abuelo y Cantinflas tienen una partida de póquer pendiente, y por supuesto el mexicano le va a ganar, no sabe cómo, es que él se la pasa distraído escuchando las miles de anécdotas que le cuenta el hombre de los pantalones caídos y los bigotes de chino, de modo que siempre termina pagándole las apuestas de buena gana.

Mario piensa y piensa, y el sueño lo sorprende. Dicen que en el sueño se resuelven la mitad de nuestros problemas. La idea se aplica también a su situación. Perdido en ese mundo donde no influye la ley de la gravedad, se sueña con sus hijos, a veces habla con Miriam, la mayor de las hijas, y también con Walter y con Jaime, pero ninguno recuerda al día siguiente lo que conversaron, sólo alcanzan a recordar la sensación de paz. Todos sus hijos están bien, está feliz por ellos, la que le preocupa es su Vicenta… En ese sueño, o quizás como continuación del reato, sucede lo que les voy a contar.

Llega el día siguiente, muy temprano, Viqui alista las flores y sale al cementerio. Mario la acompaña, pero no termina de entender cuál es el sentido de esa costumbre. ¡Otro desperdicio de tiempo! Llegados, él aprovecha para fumarse un puro mientras ella le cambia las flores a su nicho. Ve a su alrededor y lo único que le gusta de ese lugar son los jardines muy bien cuidados. Después de las tradicionales lágrimas, ella dice mirando la foto: “hazme un campito, que ya te alcanzo pronto”. Conmovido, él se dice en silencio: “está loca si piensa que le voy a hacer un campito aquí. Apenas me alcance armamos una fiesta y bailamos unas cuecas hasta el amanecer sin que nadie nos moleste.” Finalmente se cumple el ritual, salen del cementerio y se van caminando en busca de un micro para volver a casa. Más allá, en una esquina a la altura de la cancha de Oruro Royal, el micro se detiene con el semáforo en rojo. Sentado en la parte posterior derecha, Mario observa por la ventana sin decir palabra; en eso un muchacho que va rajando en su bicicleta se detiene estrepitosamente a lado del micro –quedan casi a la misma altura, de modo que llegan a saludarse de manera imperceptible.  Sorpresa. Es su nieto, Jorge, el que se las da de filósofo, el mismo escuincle que lo acompañaba algunas tardes de vacaciones y chupaba diez naranjas en las famosas competencias que hacían. “Mira que ocurrencia de éste mi nieto, estudiar filosofía, y ¡en La Paz! En país donde mandan bárbaros e ignorantes es mejor ser hombre de negocios o industrial. Pero ya está, ya lo hizo. Que tenga mucha suerte”—se dice. Lo saluda con una sonrisa, justo cuando comenzaba a desanimarse, la respuesta terminó de completarse por sí sola. “Creo que a él le gusta escribir. ¡Venga, por qué no! Le voy a pedir un favor”.

El nieto anda iniciándose en el ingrato oficio de escritor. Está buscando algo sobre que escribir, ideas, aventuras, polémicas, alguna cosa, y no se da cuenta de que tiene muy cerca una historia llena de vida. Esa misma noche el abuelo lo visita en un sueño y le susurra: “tengo un mensaje que quiero que escribas para tu abuelita. Dame una mano con eso y te agradeceré haciéndote caer un vinito del cielo el día que menos lo esperes y más lo desees”. Y así esta historia llega a su fin. Acabo de despertar, todavía estoy medio dormido, pero ya prendí la computadora y me puse manos a la obra. Mejor en fresco. El día que le escribí este mensaje a mi abuela, fue el día que empecé a escribir.

A partir del sueño de un sábado, Oruro, 2007.

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