La amistad

Erika J. Rivera

Hay reflexiones sobre el tema de la amistad desde épocas muy tempranas. El primero en sistematizar la amistad como problema filosófico fue Aristóteles en su Ética a   Nicómaco. Aristóteles señala que los elementos centrales de la amistad son la constancia, la incondicionalidad y la perseverancia en su desarrollo. El goce de la amistad entre iguales (la cualidad esencial de la amistad) consiste concretamente en llevar las cargas que la vida deposita en todos nosotros, siendo el amigo el que contribuye a hacer llevadera la carga del otro mediante un vínculo que brinda seguridad sin segundas intenciones.

Los grandes clásicos nos permiten preguntarnos por el sentido de la amistad y si todavía existe hoy en el siglo XXI, en un mundo competitivo donde todos extienden sus redes de relaciones como parte de la eficiencia y el éxito. En tiempos de pandemia se agudizaron las relaciones virtuales mostrándonos nuevas formas de generar amistades. Aunque todo se transforma, considero pertinente preguntarnos lo siguiente: ¿Estará la amistad reñida con la instrumentalización? En un contexto diplomático e institucional seguramente no, porque todos los tecnócratas más que llegar a un sincero diálogo, luchan contra el tiempo para ampliar sus redes de amistades y contactos. Actitud frívola de quien busca un pequeño éxito y circula en el ambiente con una mirada rauda para deshacerse del interlocutor que no le representa ningún rédito. Pero para un clásico racionalista seguramente sí, porque la amistad representa el ideal de la mayor virtud y la cualidad más elevada en jerarquía ontológica.  

El tratado más conocido sobre la amistad es el breve texto elaborado por Marco Tulio Cicerón en el siglo I a. C., quien reelabora las tesis principales de Aristóteles y de la filosofía estoica. En el contexto boliviano podemos reflexionar sobre esta temática de la mano de Mario Frías Infante a través de su traducción, notas e interpretación en relación con los Evangelios (Cicerón, 2008. La amistad. Traducción directa del latín por Mario Frías Infante, La Paz: GUM). El estilo ciceroniano claro, directo y con una estructura argumentativa, se confronta y se posiciona en contra de los epicúreos y cirenaicos.

Para Cicerón sin virtud no puede haber amistad. Hay mucha distancia con los otros bienes como la riqueza, la salud, el poder, los honores. Los placeres para él están en la proximidad a los animales. La diferencia con la amistad vulgar y mediocre reside en que esta última se deleita y aprovecha. Este autor señala la existencia de individuos que no ejercen la sabiduría ni engendran la amistad verdadera y perfecta, los dos regalos más preciados de los dioses.

Sus reflexiones expresaron lo siguiente: “Es el amor lo que principalmente crea simpatías. Los favores ciertamente muchas veces se reciben de personas que fingen amistad y actúan por oportunismo, pero en la amistad verdadera nada es fingido, nada es simulado; todo es auténtico y sincero”. Para Cicerón la amistad perfecta es el resplandor de la bondad porque nace de la naturaleza más que de la necesidad. Del impulso del corazón afectuoso y no del cálculo de las utilidades.

Un amigo virtuoso no te llevará a cometer crímenes contra la república ni por amor a la amistad te pedirá acciones contra la patria. Hoy podríamos asimilar esta sentencia a la corrupción en nuestro país que entre las redes clientelares conformadas por amigos desfalcan las arcas de nuestro país. Contrariamente a esta actitud hay que tomar como ejemplo a los que alcanzaron un mayor grado de perfección. La amistad debe ir de acuerdo con la razón e implica una responsabilidad. Es propio del espíritu bien formado complacerse ante el bien. Los buenos quieren a los buenos. La naturaleza tiende a lo semejante y lo atrae hacia sí porque la bondad es propia de todo el género humano. Para Cicerón la virtud no es inhumana, ni egoísta, ni soberbia.

Este filósofo profundiza sobre los alcances y los límites de la amistad articulando y oponiéndose a tres criterios comunes hasta ese momento. No considera que se deba amar al amigo como a uno mismo porque muchas veces hacemos por un amigo lo que no haríamos ni para nosotros mismos. También refuta el segundo criterio: muchos definen la amistad como un intercambio equitativo de favores y afectos porque la amistad se reduciría a cálculos. El tercer criterio: la amistad no debería ser que tanto más se debe ser estimado por los amigos cuanto uno es apreciado por uno mismo, porque cuando una persona se siente abatida y sin esperanzas le corresponde al amigo no comportarse como lo harían ellos consigo mismos.

Al final del Imperio Romano, en el siglo IV d. C., vivió el gran teólogo cristiano Aurelio Agustino, más conocido como San Agustín, uno de los Padres de la Iglesia Católica. En sus Confesiones y en sus Epístolas analizó detenidamente el fundamento y las manifestaciones de la amistad, distinguiéndola de otros sentimientos similares como el amor. San Agustín tuvo muchas amistades juveniles, a las cuales guardó siempre un recuerdo positivo. Dijo textualmente: “La amistad es el acuerdo en las cosas divinas y humanas con benevolencia y caridad”. El mérito intelectual de este autor consiste, sin embargo, en haber mostrado que el alma humana es ambivalente. Los anhelos más puros se entremezclan con los propósitos más sucios, así como las motivaciones más nobles se confunden con las segundas intenciones más detestables. San Agustín se adelantó en muchos siglos al psicoanálisis de Sigmund Freud: el gran teólogo fue el primero en la historia universal en postular que el espíritu y la mente humanas tienen varios niveles, de los cuales los inferiores consisten en propensiones irracionales y mayoritariamente inmorales. Las manifestaciones de la amistad no pueden, por lo tanto, quedar al margen de la ambigüedad del alma humana. En lugar de la visión idílica de Cicerón, San Agustín nos muestra que hasta la amistad más pura puede quedar teñida por nuestros deseos más bajos y nuestras ambiciones más torcidas. Lo importante es que una amistad sólida puede sobrevivir a las intenciones perversas que desarrollamos ineludiblemente.

Por todo ello San Agustín postula la tesis de que la verdadera amistad debe tener un trasfondo de convivencia religiosa. La auténtica amistad es la que parte de una base religiosa conformada por la ética de la caridad. Así se podría superar el cimiento pecaminoso de todo el saber humano, que se dirige casi siempre a la obtención del poder sobre los otros. Esa ansia irrestricta de poder coincide con el ansia ilimitada de saber, que es uno de los elementos constituyentes del ser humano, quien en el paraíso desobedeció a Dios por intentar obtener los conocimientos que solo corresponden al Padre Celestial. De acuerdo a San Agustín, la amistad basada en la caridad cristiana puede ayudarnos a reducir nuestro anhelo de saber y poder.

En la época del Renacimiento Michel de Montaigne volvió a analizar esta temática que había caído en desuso por su cercanía a una ética teñida de teología. En la actualidad uno de los textos más leídos es del sacerdote agustino Hans van den Berg, exrector de la Universidad Católica Boliviana. En 2016 publicó su ensayo: De amistades juveniles a una espiritualidad de la amistad: el concepto de amistad en San Agustín, en el que hace un amplio recorrido por toda la historia filosófica de la amistad occidental, llegando a la conclusión de que San Agustín ha sido el estudioso más profundo de esta temática.

Según Hans van den Berg, el gran teólogo comprendió la verdadera esencia de la amistad profunda porque simultáneamente examinó fenómenos cercanos como el amor erótico, la adoración de Dios y la combinación clásica de Eros con Logos, que aparece claramente en la brillante obra de Platón El banquete o el simposio. Aquí es necesario remarcar que San Agustín analizó una paradoja que entristece a todos sus lectores. El santo conoció a una mujer, con la cual construyó un amor perfecto, en el plano erótico, en el ámbito intelectual y en el terreno más difícil: la vida cotidiana. Precisamente la perfección de este amor le impedía a San Agustín amar a Dios completamente y trabajar por su causa. En sus Confesiones, escritas hacia el final de su vida, San Agustín reconoce el dolor imperecedero que le causó la ruptura con su gran amor. Pero esta ruptura era lamentablemente necesaria para que el santo comprenda también los aspectos negativos que están asociados al amor y a la amistad. Sin esta renuncia, San Agustín no habría escrito las Confesiones y la Ciudad de Dios, y así la posteridad no habría conocido estas obras maestras del pensamiento universal. Debemos, por consiguiente, a San Agustín el primer gran análisis del carácter ambivalente de los sentimientos más nobles del ser humano, como la amistad y el amor.

Sabemos que Severino el amigo de San Agustín escribió: “El amor en tanto que amor al bien carece de medida”, cuando trató de sintetizar el pensamiento agustiniano porque la caridad es aquella virtud mediante la cual se ama lo que debe amarse. Implica que el amor no es ciego, sino lúcido, pues abre el alma al Bien y al Ser. Por lo tanto, hablar de la amistad es también reconocer la naturaleza humana diferenciadamente en tanto que hay individuos hipócritas, instrumentales, inconfiables, envidiosos, egoístas, egocéntricos. Así como también existen los caritativos, confiables, sinceros y leales. En libertad uno puede valorar jerárquica y cualitativamente la amistad como la perfección. Como transhumanista, considero que la humanidad no es perfecta. Quizá muy pronto la inteligencia artificial supere esta máxima cualidad que hasta el día de hoy solo se la considera humana.

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