El indigenismo en la prosa de un poeta

Víctor Montoya

Ricardo Jaimes Freyre se anticipó al movimiento literario y artístico del indigenismo –que tuvo una fuerte presencia entre los años 1910 y 1950 en varios países del continente americano– incorporando a los indios como protagonistas centrales de su cuento “En las montañas”, siendo que estos casi no aparecen antes como personajes literarios, salvo en los mitos y leyendas de las naciones indígenas, transmitidos a través oralmente de generación en generación desde mucho antes de haberse consumado la conquista del llamado “Nuevo Mundo”.

Los autores que abrazaron la causa indígena, con la intención de reflejarla por medio de sus obras literarias, cumplían con la función de despertar una conciencia social en torno a la problemática de las naciones originarias. Algunos incluso elevaron el tema a un nivel de tesis política, planteando la necesidad de volver la mirada hacia el drama de los pobladores sojuzgados de América Latina. En consecuencia, no es extraño que en “En las montañas”, como en el resto de la narrativa indigenista, se denuncie la explotación del indio y, al mismo tiempo, se reivindique los brotes de resistencia y rebelión contra los terratenientes.

El cuento de Ricardo Jaimes Freyre, escrito con un elegante estilo que permite imaginar las escenas como en sucesivas secuencias fotográficas, se caracteriza por la brevedad, la contemplación poética del paisaje y una fuerza argumental que toca las fibras más sensibles del lector. Se trata, pues, de una vigorosa prosa, limpia de ripios y reforzada con adjetivos que precisan la descripción de la naturaleza y los escenarios donde se desarrollan las acciones y los diálogos entre los protagonistas. Por un lado, los indios sometidos a un sistema de servidumbre colonial y, por el otro, los dos viajeros –alto y blanco, el uno; moreno y bajo, el otro–, pertenecientes a las élites dominantes que, hasta antes del triunfo de la revolución nacionalista en 1952 y el decreto de la Reforma Agraria en 1953, eran los dueños absolutos de las tierras, los animales y los pongos que vivían hacinados en miserables viviendas, con paredes de barro y techos de paja que, por lo general, estaban ubicadas en pequeñas parcelas y en las afueras de las casas de hacienda.

No cabe duda de que Jaimes Freyre, a través de esta apología del indio y su civilización, se da a conocer a plenitud como excelente narrador, mientras su prosa, elaborada con la misma pasión y los mismos registros lingüísticos que engalanan sus versos, se convierte en un referente de la narrativa indigenista boliviana, digna de ser insertada en las antologías del cuento latinoamericano, junto a otros autores que evocan la miseria de las masas indias y se convierten en ecos del clamor popular.

Además de presentarnos una realidad llena de avasallamientos y despojos, el autor nos ofrece un panorama sombrío en un contexto donde la dureza en los diálogos y las fuerzas antagónicas de la condición humana, inherentes a la temática tratada con desparpajo y conocimiento de causa, se sobreponen a la belleza telúrica del altiplano, que él sabía apreciar y transmitir con su hipersensibilidad humana y su auténtico espíritu de poeta.

Cabe recordar que Ricardo Jaimes Freyre escribió este cuento antes de que las corrientes ideológicas del indigenismo se establecieran en Latinoamérica, antropológicamente concentradas en el estudio y valoración de las naciones indígenas y el cuestionamiento de los mecanismos de discriminación y desarraigo de las culturas originarias, cuyo peso político y cultural fue soterrado por la administración colonial española desde la conquista del imperio incaico hasta los gobiernos republicanos que no hicieron nada por cambiar las condiciones socioeconómicas de los indígenas quienes no fueron considerados como componentes sustanciales de la sociedad boliviana.

No en vano el tema del latifundio es uno de los aspectos más relevantes de la narrativa indigenista, porque representa la política etnocida de las oligarquías republicanas y la servidumbre de los indígenas en beneficio de una casta de gamonales y terratenientes, que no solo les arrebataron sus tierras con el beneplácito de las “leyes de los poderosos”, sino también los convirtieron en pongos sobre los que tenían derecho de propiedad.

La literatura indigenista, particularmente en los géneros de la narrativa, tiene distintas tendencias desde su aparición, pero el rasgo común es que la mayoría de las obras resaltan el racismo, la pobreza, la marginación y el choque entre la cultura occidental y las culturas ancestrales. Esta literatura, al margen de denunciar la explotación de los indios, apuntala las reivindicaciones socioeconómicas desde la perspectiva de los ideales que proclaman la integración nacional y el derecho de los pueblos originarios a ser parte de las instituciones estatales que son las que, en última instancia, determinan el destino de una nación en el ámbito político, económico, social y cultural.

En el cuento de Ricardo Jaimes Freyre, que en algunas antologías lleva el título de “Justicia india”, se advierte una fuerte connotación descriptiva de la naturaleza y un inconfundible compromiso social asumido por el autor que, sin eufemismos ideológicos ni retoques de la realidad, describe la lacerante situación de sus protagonistas indios, quienes, en actitud de rebeldía y decisión de lucha, agitan a los suyos para acabar con los personajes antagónicos, pero sin desvirtuar el objetivo principal del cuento que, a pesar de su violento desenlace, conlleva un mensaje de esperanza, justicia y libertad.


En este cuento, escrito con coraje y valor moral, aparte de destacar el fascinante telurismo del altiplano, donde existe un vínculo casi simbiótico entre la naturaleza, el hombre y la comunidad, se exalta el interés colectivo sobre el bienestar individual; una tradición muy arraigada en las comunidades indígenas, donde la práctica cotidiana del ayni (colaboración mutua en el trabajo para la subsistencia de la comunidad) y la mink’a (reciprocidad de ayuda intercomunal) forman parte de la mentalidad del ayllu (sistema de organización básica de la sociedad aymara) desde su pasado milenario.

Convencido de la posición política forjadora de su conciencia, el autor presenta, de manera sucinta y en pocas páginas, la tensa relación verbal y humana que sostienen los dominantes y dominados, en el marco de un sistema estrictamente colonial que está caracterizado por las injusticias sociales y el menosprecio racial, que son partes integrantes de una sociedad donde prevalece la supremacía del hombre blanco sobre la mayoría indígena.

El cuento no se limita a retratar los atropellos que los patrones blancoides cometen contra los indígenas, sino que es una suerte de preámbulo para los ideólogos del indigenismo que, en su afán de liberar al indio de esa intermediación opresiva y explotadora, elaboran teorías cuyos principios tienden a impulsar una política de inclusión social en todos los ámbitos de la sociedad y una participación activa en las estructuras del poder del Estado, como una forma de compensar los cinco siglos de discriminación, perjuicios y marginalidad. Los indigenistas, en su lucha contra las minorías privilegiadas, plantean la necesidad de fortalecer la propiedad colectiva de la tierra, la autodeterminación y la diversidad cultural, revalorizando los usos y costumbres de los pueblos originarios, como componentes fundamentales de una nación multicultural y plurilingüe.

Ya en las primeras páginas de “En las montañas”, Jaimes Freyre se empeñó por demostrar que el trato hacia el indio era despectivo, de supremacía, y que los adjetivos de “imbéciles” o “bribones” eran moneda corriente para calificar a quienes rechazaban los abusos de los patrones. Uno de los jóvenes viajeros del cuento cambia su caballo muerto por otro vivo, y para imponer su autoridad sobre el justo reclamo del indio, afectado, Pedro Quispe, lo golpea con su látigo en el rostro. Aun así, ese se mantiene sujeto de las riendas del caballo intentando impedir la marcha de los viajeros que, como parte de sus abusos, habían quemado una de las chozas y habían matado una oveja y algunas gallinas para alimentarse sin pagar un solo centavo.

El viajero blanco, de apellido Córdova, a manera de disuadirlo, le dice que esas tierras no pertenecían a los indios porque no tenían “títulos de propiedad”, a lo que Quispe le contestó: “Yo no tengo papeles, señor. Mi padre tampoco tenía papeles, y el padre de mi padre no los conocía. Y nadie ha querido quitarnos las tierras. Tú quieres darlas a otro. Yo no te he hecho ningún mal…”. El abuso llega al extremo cuando el joven viajero, acostumbrado al chantaje y a aprovecharse del sacrificio ajeno, le pide una bolsa llena de monedas a cambio de devolverle sus tierras; ante lo que Quispe, consciente de que la justicia estaba siempre a favor de los poderosos, decide organizar a los suyos. Movilizados por el pututo de Quispe, los indios ascienden a una montaña desde donde avistan a los dos viajeros y los atacan desplazándose “entre los pajonales bravíos y las agrias malezas, bajo los anchos toldos de lona de los campamentos y en la cumbre de los montes lejanos”.

Así narra el autor el drama de los indios que, a pesar de su situación de dominados y excluidos de los sistemas de poder, se alzan en una rebelión que culmina con la victoria de la verdad y la justicia; un premeditado desenlace que, de manera implícita, pone de manifiesto las concepciones socialistas de un pensamiento ideológico que, desde principios del siglo XX, afloró a partir de consignas como que la tierra es de quienes la trabajan y no un patrimonio de los terratenientes.

Al margen de su valoración estética, la narrativa indigenista amerita una reflexión crítica sobre la realidad social que parte del principio de la inferioridad racial del indio. Incluso la descripción de su aspecto “humilde y miserable”, con chaqueta desgarrada y sandalias con correas llenas de nudos, es una constatación de que el indio, aquejado por los constantes ultrajes patronales, es un individuo que sobrevive en medio de la pobreza y al margen de los privilegios reservados solo para las familias propietarias de grandes extensiones de tierra.

Jaimes Freyre retrata el mundo indígena en términos de marginalidad económica, social, política y cultural, pero también de resistencia silenciosa y toma de conciencia que, de manera inevitable, desemboca en la venganza y la violencia descarnada, como ocurre en la última escena del relato, un evidente intento por eliminar la visión idílica de los indígenas, que es una de las características de la literatura romántica del siglo XIX.

Una vez atrapados en el fondo de la quebrada, los dos jóvenes viajeros, Córdova y Álvarez, son amarrados sobre los caballos y conducidos hasta una explanada. Al cabo de deliberar un momento, y una vez que beben el licor de unos cántaros en señal de triunfo y regocijo, Pedro Quispe y Tomás los desnuda, los atan a unos postes. Seguidamente narra el autor: “Pedro Quispe arrancó la lengua a Córdova y le quemó los ojos. Tomás llenó de pequeñas heridas, con un cuchillo, el cuerpo de Álvarez. Luego vinieron los demás indios y les arrancaron los cabellos y los apedrearon y les clavaron astillas en las heridas…”.

Los brotes de rebeldía y violencia indígena aparecen registrados, antes y después de la Colonia, en varios capítulos de la historia nacional. Baste mencionar, a manera de ejemplo, la conducta beligerante de los indios durante la Guerra Federal (1898-1899), cuando, aliados a las tropas del coronel José Manuel Pando, se enfrentaron a las fuerzas chuquisaqueñas del Partido Conservador que poco antes, a su paso por el altiplano, habían atacado y quemado casas de indígenas aymaras.

Es fácil percibir que la temática indígena caló hondo en los pensamientos y sentimientos de Jaimes Freyre quien, sin más recursos que la magia de la poesía y la profunda conmoción de su alma, intentó rescatar y reproducir, a través de su obra literaria, el espíritu de lucha de los indígenas enfrentados tanto a las inclemencias de la naturaleza agreste como al carácter despótico de los hacendados. Este fabuloso cuento, publicado por primera vez en el No 29 de la Revista de Letras y Ciencias Sociales de Argentina (1906), merece una mayor difusión entre los lectores nacionales y extranjeros, no solo porque forma parte de la escasa prosa literaria del autor, sino también porque la temática indigenista, estructurada sobre la base de un lenguaje rico en metáforas y símbolos, está hilvanada con solvente calidad ética y estética.

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