Editorial Nuevos Clásicos

José Villanueva Criales y Fernando van de Wyngard (editores)

Nuevos Clásicos es una pequeña editorial (de La Paz) ‒cuyo nombre, por supuesto, es una ironía respecto a la tan querida o tan impugnada idea del canon en la literatura nacional‒ que se avoca principalmente a la producción de poesía contemporánea de Bolivia y a su reflexión.

Contando sólo desde su reciente constitución actual, contamos con seis títulos. Aunque en este proyecto convergen las creaciones y gestiones anteriores de los dos escritores y artistas que la conformamos, cuyas trayectorias suman tras de sí un importante cúmulo de otras publicaciones en esta misma y en otras áreas ‒algunas de ellas ya llevaban el sello que hemos decidido conservar‒. Como práctica editorial, nos sabemos existiendo en medio de muchos otros proyectos, iniciativas y propuestas, así como nos sabemos también inmersos en círculos de amistad y de vínculos de interés yuxtapuestos lo que muchas veces constituye un verdadero trabajo aparte…‒. Tener en mente esas pertenencias dinámicas es parte de una visión.

Sin embargo, las nuevas formas de hacer, de producir y de circular es lo que nos importa cuidar como un horizonte de creación. Así, la visualidad, la materialidad y la accesibilidad económica para los lectores constituyen un estándar que colocamos a la misma altura que la de las escrituras e imágenes mismas, por las que primeramente somos editores. Pensamos en cómo convertir los contenidos supuestamente intangibles en materialidades y visualidades apropiadas y concretas, acordes a una economía de lo menor.

Ese horizonte lo conforma también la comprensión de que, en la actualidad, los nuevos y más inquietantes sentidos en la creación y el pensamiento ‒tal vez, con menor validez para la escritura narrativa‒ están emergiendo por fuera de las instancias formales y tradicionales. Ello es lo que intentamos canalizar y también articular por medio de colaboraciones con otros proyectos equivalentes. Sin embargo, el conjunto de estas propuestas no alcanza a tocar los mundos académicos, críticos y comerciales establecidos. Entre ambos, se abre una zanja de mutuo desentendimiento. Por otra parte, todos sabemos que la exigua red formal establecida de editoriales y librerías nunca ha podido cubrir siquiera el territorio nacional, y ahora mismo está en peligro de retraerse aún más; Oruro lo sabe demasiado… La pequeña escena editorial independiente en Bolivia ‒vanidades mediante‒ está subsumida en la precariedad, a pesar del crucial papel que cumplen y de lo capital de muchas de las propuestas que movilizan.

Las editoriales independientes se encuentran en total dispersión de objetivos y esfuerzos, y no es infrecuente que se registren sin cesar nuevas apariciones y nuevas desapariciones. No es fácil consolidar este nicho de trabajo ya que no hay un mercado cultural, porque tampoco hay hábitos de consumo correspondiente ‒¿cuántas generaciones de universitarios asimilaron el hábito naturalizado de fotocopiar indiscriminadamente los textos de estudio y otros?; tal como hoy se naturaliza la demanda por el acceso gratuito a los pdf‒. En sentido estricto, no hay para las escrituras el correlato de una ‘industria cultural’ a nivel nacional, porque prevalece una mentalidad dominante que cuestiona y condena la relación entre cultura y economía como una forma degenerada más del anatemizado capitalismo ‒vale decir, que se comporta hipócritamente respecto a los valores culturales, preciando el apostolado o las acciones benéficas y “desinteresadas” sin considerar las condiciones materiales y sociales, reales y contingentes de su producción‒. Por su parte, la ‘informalidad’ de la economía (y de la propia jurisdicción) en Bolivia parecería favorecer el desarrollo un campo editorial independiente, sin embargo, lo cierto es que actúa en su contra ‒por medio de una inflacionaria oferta mercantil que interna en el país la incontrarrestable producción extranjera de gran escala; también la producción editorial de los grandes conglomerados que generan unos márgenes de utilidad para los libreros imposibles de generar con la producción local‒.

Al igual que en cualquier otra parte del mundo, debemos luchar contra el desequipamiento que el marco legal, institucional y financiero local nos impone, así como contra los hábitos de escepticismo y/o franco descrédito a lo literario.

Con la excepción ya mencionada de los narradores, no existe actualmente un diálogo recíproco entre los creadores y críticos bolivianos y sus respectivos pares en el exterior ‒cualquier tarea tendría que propiciar y asegurar un flujo sostenido en el tiempo, que sea de interés y provecho hacia ambos lados de la relación entre estas escenas culturales externas e interna‒. Desearíamos, por tanto, crear nuevas conversaciones que generen mayores corrientes de ventilación tanto desde adentro hacia afuera como de afuera hacia adentro; no sólo vender libros.

Sin embargo, nada de lo anterior es posible enfrentarlo solos y el sentido de la colaboración resulta ser un modo inexistente y bastante desconocido de operación en nuestro medio, más acá del ámbito puramente discursivo construido por los análisis culturales idealistas y/o idealizadores.

Reflexión de actualidad. Concebir todavía que vale la pena producir libros físicos ‒precisamente “en estos tiempos” y “en estas condiciones de excepción” dados por la pandemia, como condición de distancia y de detenimiento, a la vez que, de aceleración y de conectividad en ciertos aspectos de la vida social que conocíamos hasta entonces; esto hace que muchas cosas se hayan desvanecido de nuestro horizonte de preocupaciones, así como otras tantas se han exacerbado‒, y ello bajo ciertas exigencias materiales y visuales autoimpuestas y en escala reducida que provocaría el espanto de cualquier analista financiero… en lugar de apostar por la producción digital y por la circulación electrónica, parece ser un auténtico contrasentido. Sin embargo, nuestro ánimo como editores no sufre de semejantes sobresaltos. Nada de tribulaciones y mucho de apasionada entereza.

Los dos editores hemos publicado las escrituras de poesía de Inti Villasante (quien estudiaba Literatura para después volcarse a las artes sonoras por medios digitales, además de su recorrido como editor), de Giovanni Bello (quien está por culminar su doctorado en Historia, en USA, y anteriormente ha publicado una obra ensayística contundente que se enfoca en lo político de la contracultura), de Camilo Barriga (quien estudió Filosofía, también en USA, y que falleció el año pasado) y de Mikio Obuchi (que ha ganado reconocimientos por su obra cuentística), todos jóvenes autores cuyas búsquedas apuntan en muy distintas direcciones pero que enfrentan la escritura de un modo radical, que generan diversos desvíos singulares al estilo plano y al modelo hegemónico de entender la poesía, cada uno bajo un signo ético particular. Nuestra última publicación es acerca de la obra poético-visual (y performativa) de la también joven artista cruceña Graciela María González, que mereció elaborar un montaje de fragmentos textuales que pudieran poner palabras y reflexión para establecer una conversación con esta obra pensante. La reedición (cinco años después y bajo otras exigencias formales que la obra original) de Dios-Aparte (Fernando van e Wyngard) ha sido otra de nuestras producciones recientes. Por último, cabe destacar la publicación de un libro titulado Pregunta por el paisaje, resultado de que en el año 2017 se encargó a dos ensayistas partícipes e involucrados en este medio ‒Giovanni Bello y Fernando van de Wyngard‒ reflexionar acerca de “la poesía boliviana contemporánea”.

¿Dónde encuentras nuestras publicaciones? Además de nuestra participación en muchas ferias no institucionales, estamos presentes en el sitio de Nuevos Clásicos, en Instagram (https://www.istagram.com/nuevos clasicoseditorial/).

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