El muerto y lo teleférico

Juan Pablo Piñeiro

Teleférico, etimológicamente, es aquello que te lleva lejos, que te lleva más allá, lo que comprueba que todas las palabras portan en el misterio de su origen, el vasto universo que nombrarán en el futuro.

Los significados se acomodan con el tiempo según el uso y la realidad que convocan, y algunas veces las palabras se tornan insuficientes y se rinden ante lo que quieren nombrar. Por ejemplo, el teleférico de La Paz no puede definirse únicamente como aquello que te lleva lejos, o que te lleva más allá. Y es que este colosal gusano aéreo que ha encontrado refugio entre los barrios esenciales de la ciudad, ha provocado desordenes de todo tipo en la imaginación de los paceños, tanto de los vivos como de los muertos.

Para muestra un botón, hace un par de semanas una radio local entrevistó a un funcionario del teleférico que se identificó como Diosdado Vera. El trabajador de la empresa, a pesar del cavernoso timbre de su voz, pudo explicar con claridad varios detalles acerca del funcionamiento de este portentoso medio de transporte. Muy preparado, pues conocía con deslumbrante precisión cada aspecto del proyecto, el hombre además contó entrañables anécdotas acerca de la instalación de la línea. Contó, por ejemplo, que durante la construcción del sistema de transporte muchos vecinos del lugar comenzaron a soñar con pequeñas hormigas negras que caminaban desdeñosas y emperifolladas por el aire.

Lo interesante era que nadie sabía que su vecino podía estar soñando lo mismo, hasta que en una reunión de planificación con la junta del barrio, descubrieron entre todos la singular coincidencia onírica.

Más allá de eso, lo que en verdad impactó a la radioaudiencia fue la confesión que hizo Diosdado Vera, cuando le preguntaron por el día en que el teleférico quedó detenido por 25 minutos en el aire. La versión oficial atribuye la responsabilidad a un niño. El mismo habría tocado un botón que no está permitido tocar a no ser en caso de emergencia. Pero eso no fue lo que dijo el señor Diosdado Vera. Sin previa advertencia, reveló que la empresa tiene pruebas de que hay algunas noches en que los muertos aprovechan la cercanía de la estación de Ajayuni, para poner en marcha el enjambre metálico y realizar en las cabinas sus fiestas particulares. Son noches en que la ciudad se llena de neblina y por eso nadie se percata de la travesura.

El funcionario aclaró que debido al uso excesivo de la energía del teleférico en la bulliciosa reunión que tuvieron las almas la noche anterior al suceso, el teleférico diurno tuvo que suspender por unos minutos su funcionamiento. El conductor del programa, asombrado por la declaración del entrevistado telefónico, pensó inicialmente que se trataba de una broma. Más adelante se fue por la tangente y comenzó a decir que es nuestra tradición creer en esas cosas, que seguramente las “almitas” deben estar caminando por ahí, pero que esa no parecía ser una razón creíble para la suspensión del funcionamiento del teleférico.

Diosdado Vera escuchó sin opinar, y después, sin tomar en cuenta nada de lo que dijo el locutor, continuó revelando los detalles de este extraño suceso. Al parecer, una madrugada, el personal de limpieza encontró un sobre que habían olvidado los muertos la noche anterior. En el sobre había una invitación, estaba escrita con imponente caligrafía y hacía gala de un lenguaje florido repleto de palabras exquisitas.

Al parecer algunos muertos estaban planificando una fiesta para el sábado 16 de agosto. Diosdado Vera, afirmó que las autoridades del teleférico quisieron cortar de raíz los rumores y decidieron anticiparse a la celebración.

Un poco escépticos convocaron a los cazafantasmas bolivianos, los cazafantasmas CIPCOBOL, Leao Armas y Topacio Falcon. Después de brindar esta última información, Diosdado Vera colgó el teléfono. El locutor se quedó en ayunas.

Resulta que el sábado anterior efectivamente Topacio Falcon y su familia asistieron a Ajayuni con todos sus equipos. Muchos periodistas curiosos también se dieron cita pues no podían perderse la primicia.

Los espectómetros se volvieron locos, pues fueron detectadas miles de almas, aunque ninguna en actividad. Leao Armas explicó que eso siempre pasa cuando se ponen estos detectores en un cementerio. Más allá de eso no pasó nada. A pesar de que hubo neblina, nadie escuchó la supuesta fiesta y se determinó que todo lo referente a la famosa invitación había sido un engaño.

Yo puedo afirmar que sí hubo tal fiesta, y les voy a explicar mis razones. En primer lugar, los funcionarios del teleférico no están autorizados a dar entrevistas. En segundo lugar, el hombre se llamaba Diosdado Vera, y ese es el pseudónimo que usaron en cierta ocasión Jaime Saenz y Jesús Urzagasti para mandar una carta a un periódico en nombre del procurador de Lambate.

La carta la pusieron en un sobre cuadrado de color celeste que Saenz había conseguido donde las veleras. En la carta el procurador se quejaba de que los platillos voladores entraban por detrás del Illimani para de inmediato salir tostando.

Además, Diosdado Vera, se quejaba de que estos extraterrestres hablaban en un castellano que dejaba mucho que desear, rematando la misiva con una extraordinaria preocupación “no nos hacen nada, pero tampoco nos molestan”.

Diosdado Vera, el funcionario, era parte de la trampa. Con toda la atención de las autoridades y la prensa en Ajayuni, los muertos aprovecharon la distracción para utilizar las otras estaciones.

Es que hay un muerto que con seguridad prefiere festejar el día de su muerte a festejar el día de su nacimiento. Un muerto que no quiere salir por nada de su tumba, porque le hace recuerdo a su cuarto. Un muerto que no pudo soportar la curiosidad de conocer el teleférico y mirar desde allí la ciudad. Un muerto que organizó una fiesta, naturalmente de disfraces, para rodearse de amigos, y conmemorar el día de su muerte, recordando con voz cavernosa que lo teleférico es aquello que va y viene del más allá.

(N. de E.) Texto publicado en la columna “La palabra teleférica” del suplemento LetraSiete # 27 del 21 de agosto de 2014 y recogido en el libro Una y misma cosa. El siglo de Jaime Saenz, recién publicado en homenaje al centenario del autor paceño.

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