Cinco experiencias en “Cien motivos para recordarte”

Un texto trabajado a propósito de una muestra en homenaje a Roberto Valcárcel.

Jorge Luna Ortuño

En una exposición de arte las obras no hablan por sí solas. Ellas significan con el espacio en el que han sido emplazadas. La arquitectura también habla; y no sólo eso, además, habla de diferente manera según la hora del día. E incluso de diferente manera cuando existe vegetación alrededor. Cuando el visitante, que es otro mundo en sí, entra a un lugar, lo primero que percibe es el espacio, luego lo que contiene. Las obras, más que objetos, son signos en el espacio, con sus correspondientes relaciones de significados y significantes que se alumbran o modifican según el lugar. Por ello, más que definir al arte, hay que hablar de bloques de experiencia, obra-recorrido-espectador-lugar-hora del día-contexto, variables básicas que conformarían eso que llamamos experiencia artística, o simplemente arte.

Con estas ideas en mente, nos adentramos en un céntrico museo, el Museo de la Ciudad Altillo Beni –dependiente de la Secretaria Municipal de Cultura y Turismo de Santa Cruz–, edificio de valor patrimonial, que fusiona una fachada de arquitectura tradicional con otra edificación en la parte posterior de características modernas, semicircular, de tres plantas y dotada de amplios ventanales que la hacen transparente. Este museo logra además fusionar morfológicamente la vegetación existente en el lugar con la nueva edificación, es decir, rescatando los árboles que forman parte de la identidad de Santa Cruz de la Sierra. Es así que un majestuoso Orocó, ícono de la vegetación cruceña, se alza imponente al entrar al patio que funciona como área de transición entre las dos edificaciones.

Al entrar a la nueva edificación se observa en la planta baja una serie de objetos, signos curiosos, llamativos y extraños, entre ellos un conjunto de doce ataúdes de colores dispuestos en el centro, justo por debajo del amplio tragaluz que ilumina generosamente la sala. Una gran mayoría de los visitantes no saben que se trata de la instalación “Círculo cromático” (1992), del fallecido artista Roberto Valcárcel, sin embargo, casi todos quedan atrapados por su imagen por un buen rato. Esta obra fue expuesta en el Museo de Arte en Santiago de Chile en 1996, llevada por la curadora boliviana Cecilia Bayá Botti. En este lado del país no se había visto antes dispuesta de esta manera, en círculo y con la amplitud de un espacio dotado de varias perspectivas. La misma curadora es quien ha armado la exposición “Cien motivos para recordarte”, en homenaje al desaparecido artista, que falleció el 25 de julio de este año por complicaciones posteriores del Covid-19.

En la cadena de elementos básicos que hemos identificado para hablar de una experiencia artística, no se mencionó al artista, ya que por lo general no está presente en una exposición de arte y se constituye en un elemento más latente que manifiesto. Sin embargo, en el caso de la muestra “Cien motivos para recordarte” –montada en base a un 70% de obras que se encontraban en el domicilio de Valcárcel, y que fueron prestadas por su hermana Gloria–, debe decirse que artista es una variante de significación primordial, puesto que una buena parte de la experiencia de visitar esta exposición es la de volver a encontrarse con Roberto Valcárcel –recordarlo o conocerlo–, de una manera indirecta, evocativa y simbólica. A veces, no estar es una manera muy poderosa de estar presente. Las dos salas que componen la exposición hablan su idioma, por ejemplo con los textocuadros en las paredes, los cuantificadores de emociones humanas en coloridas escalas, frascos de una farmacia del futuro, cuadros donde se maldecía el desempleo, el machismo, la incoherencia, o en la impactante instalación de ataúdes, además de los videos de entrevistas al artista –cedidos por la Universidad Evangélica Boliviana– que fueron colocados en dos televisores, y que dejaban escuchar su voz como trasfondo sonoro permanente.

1. La muerte y el vacío

Marcel Duchamp dijo en cierta ocasión: “La muerte es un atributo indispensable para un gran artista. Mientras vive, su apariencia, su voz, su personalidad, en breve su aura, se entromete tanto que su obra se ensombrece. Su trabajo por sí solo se conocerá por su grandeza, cuando haya silencio de esos factores”.

Roberto Valcárcel (1951-2021) manifestó en diversas formas su interés filosófico por la muerte, “desde el lado de los vivos”, acotaba. Por ello trabajó con calaveras humanas y ataúdes en la década de los 90´s. Los ataúdes cumplen la función primaria de simbolizar la muerte, pero el trabajo del artista es el de volver “pluricomprensible” algo que generalmente se ve de una sola manera. En el taller “Leyendo a Valcárcel”[1], que organizamos junto a la Biblioteca Municipal en el marco de la muestra, hablamos de cómo los objetos que nos rodean están a menudo asociados a significados comunes, a veces incluso a estados de ánimo uniformizados. En el ejercicio grupal que realizamos sobre la instalación de los ataúdes, recogí valiosas interpretaciones de los participantes, como por ejemplo esta de Carla Banegas: “para mí esta obra hace entender que después de la muerte hay alegría, y es esperanzadora”. En otro momento, algunos estudiantes de la Universidad Evangélica Boliviana dirían algo parecido: “representa el triunfo de la vida sobre la muerte”.

El recorrido continuaba subiendo al primer piso por las escaleras que habían sido intervenidas en cada peldaño con cintas sticker que seguían el mismo patrón cromático de la instalación de los ataúdes. Situados arriba, se lograba una perspectiva todavía más sugerente de la sala de abajo como un todo. Se atravesaba en la visión de los ataúdes la presencia de cuarenta cabezas negras de maniquíes, que estaban dispuestas dentro del hoyo circular de la arquitectura, todas ellas mirando hacia adentro, concentrando la mirada del visitante hacia el centro. Las cabezas eran parte de otra obra del artista, Instalación 57 (2019), que en su versión original estaba compuesta por 82 cabezas de maniquíes emplazadas sobre gravilla dentro de casi la totalidad de una sala. La decisión curatorial de Bayá había sido la de prescindir de la gravilla para hacer que el concreto sea la base de las cabezas, logrando así que dialoguen con la infraestructura circular del edificio. El efecto fue de multiplicación de sentidos.

Dispuesto de esta forma, la instalación de los ataúdes de colores se sincronizó con la instalación de las cabezas y con la infraestructura circular del hoyo que permitía ver la obra desde los pisos de arriba, agregando un poderoso elemento invisible a la percepción: el vacío. Este elemento acrecentaba el efecto magnético de la obra. La escritora Dora Aida Suárez, directora de la Biblioteca Municipal, reflexionó: “me evoca la circularidad de la vida y la muerte, como un ciclo que nunca se acaba, algo que no tiene fin”.

Entraba así en la conversación la figura del vacío, o la presencia de lo ausente. La nada del ser. El agujero. Esa suerte de ausencia polisémica a su vez. En el contexto de una exposición que homenajeaba la trayectoria de un artista recién fallecido, ponía también en relieve la falta de su presencia, el no-ser de Valcárcel, ahora hablándonos con su obra desde el otro lado, en el silencio. El primer Jean Paul Sartre, el existencialista, solía decir que estas ausencias son los espacios vacíos donde es posible una acción libre. Los taoístas afirman que lo que define a una casa no está en sus paredes ni en sus ventanas, sino en el vacío, el espacio no-lleno que pueden ocupar los que la habitan. A veces es necesario dejar de ver lo lleno, lo palpable, y dejar entrar un poco de vacío, vaciarse, vaciar.

Nada de esto fue casualidad. Al iniciar el montaje de la exposición, una vez que comenzamos el trabajo de sacar las obras de sus embalajes, Cecilia Bayá me comentaba: “Necesito estar con las obras en el espacio para terminar de tomar decisiones. Hay que sentir a las obras en el espacio. A veces la obra misma es la que pide su espacio”. De hecho, la arquitectura del lugar fue el detonante creativo en la concepción que tenía la curadora para toda la exposición.

2. Los Textocuadros y los Cuadrotextos

Roberto Valcárcel no era conocido particularmente por ser escritor, pero en cambio no dudaba en definirse como apasionado lector, habiendo devorado la literatura universal desde su niñez –algo que agradecía a la formación que recibió en su familia. Y nadie que ame los libros se siente muy cómodo con aquel adagio que reza: “una imagen vale más que mil palabras”. Transmite la creencia de que una sola imagen fija puede transmitir ideas complejas​ o la esencia de algo de manera más efectiva que una descripción verbal o textual. Estoy con Ricardo Piglia cuando decía: “no se trata de que valga más, eso es falso, simplemente quiere decir que se capta más rápido, porque la lectura, al ser una decodificación lineal, requiere su tiempo”. En ese sentido, Valcárcel también tenía sus reparos. Aquello de la velocidad para captar algo es propio del voraz ritmo del mundo capitalista, del lenguaje de la publicidad y de la política, que requiere enviar mensajes con eficiencia. El arte en cambio, como la literatura o la filosofía, son la ocasión para hacer una pausa, detenerse un poco, observar, admirar, sin propósito. (El trabajo del artista británico Robert Montgomery es en este sentido extraordinario).

“El artista propone que, en una sociedad sobresaturada de imágenes publicitarias, informativas y recreacionales, en un mundo invadido por un insoportable ruido visual, la imagen ha perdido su carácter seductor y ya no vale más que mil palabras. La palabra recobra su potencial educativo, apelativo, crítico y provocativo”. (Valcárcel: 2008, p. 320). 

Valcárcel recuerda en su libro cuánto lo sorprendió ser invitado un 7 de marzo de 1998 como miembro honorario de la Sociedad de Poetas de Santa Cruz de la Sierra, y a participar en la III Exposición Internacional de Poesía Visual. Una mirada a algunos de los textocuadros y cuadrotextos que fueron incluidos en la muestra permitirá que el lector saque sus propias conclusiones.

Emparentadas con la famosa obra de Joseph Kosuth Una y tres sillas (1965), quizá la premisa con la que juega aquí Valcárcel sea que arte es algo que sucede en la mente y en el ser del espectador al relacionarse con la obra. En estos cuadros ironiza respecto del estatus decorativo del arte, producido para living-rooms de la burguesía, salas de comerciantes o de la clase acomodada, logrando una crítica social al estatus inofensivo del arte en la sociedad boliviana. Por otro lado, enmarcado de esta manera, el texto se convierte en la imagen en sí, demostrando que una pintura puede prescindir de las imágenes, y no obstante lograr aún producir imaginarios y emociones en las personas. 

Valcárcel no pretendía ser el creador de este tipo de propuestas, que tenían una explícita inspiración en trabajos de arte conceptual que se realizaron en Europa en los 60´s, como la obra Secret Painting (1967) de Mel Ramsden, o Painting-Sculpture (1966), de Art & Language, sin embargo, lo que sí puede reconocerse es que agregaba otros elementos, que tenían que ver con su extrema atención a la tipografía que usaba, al papel protagónico del color y los juegos de reflejos en la letra, además del sentido de crítica social que aplicaba específicamente a su contexto sociocultural.

La experiencia de leer estos cuadros en el marco de una exposición de artes visuales es muy satisfactoria para un escritor, se siente casi como una reivindicación de la palabra, frente a aquel odioso adagio mencionado que se ha popularizado tanto.

Los cuantificadores 

Otra serie notable en el trabajo de Valcárcel, que en su momento recibió elogios en la crítica internacional, es la de las Cantidades, o también llamados “Cuantificadores”. Son destacados particularmente por Barry Schwabsky en un artículo escrito sobre la Bienal de San Pablo del 2004, en la que nuestro artista representó a Bolivia. Se trata de objetos tridimensionales diseñados en computadora, a manera de escalas, que fueron fabricadas en tablero aglomerado y madera esmaltada. Se presentan como llamativas escalas de medición de experiencias subjetivas que no se pueden medir: sufrimiento, placer, lujuria, miedo de morir, miedo de vivir, etc. Schwabsky escribe:

“Roberto Valcarcel`s Escala de cuantificación, 2004-a set of geometric paintings in the form of signs distributed throughout the hall purporting to measure the presence or lack of subjective qualities such as passion-add particular notes of finesse and wit”. [2]

Epílogo:

  1. La experiencia de una despedida con sentido de alegría. Como diría Don Draper en la serie televisiva Mad Men: “si no te gusta lo que están diciendo, cambia la conversación”. La instalación “Círculo cromático” fue una declaración de principios póstuma que cambió la conversación, el gesto de un personaje que logra sonreír al final, con un poco de fantasía de su lado, incluso cuando ya se ha ido.
  2. La experiencia Textoscuadros y Cuadrotextos, una reivindicación creativa de la palabra, en un medio en el que abunda la falsa idea de que hacer exposiciones de arte es básicamente colgar imágenes en las paredes de una manera “estética”, “bonita”, acorde al sentido del gusto aceptado dentro de una formación social. 
  3. La experiencia-museo Altillo Beni – Valcárcel – Santa Cruz – septiembre: Fue una de las actividades más sonadas en la agenda cultural del departamento, Santa Cruz de la Sierra estuvo de aniversario pues cumplió 211 años de su gesta libertaria el 24 de septiembre; por ello el contexto fue festivo, de cambio de estación. Las características de la infraestructura del edificio, que ya han sido descritas, fueron parte protagónica en la percepción del conjunto. Al mismo tiempo, el pobre y escaso apoyo que le brinda el gobierno nacional de Luis Arce, al arte contemporáneo en Bolivia, fue contrastada por esta muestra de alto nivel de arte conceptual, respaldada por una institución pública de Santa Cruz.
  4. La experiencia de conocer a diversas personas allegadas al artista, que visitaron la muestra o se manifestaron desde otros puntos del planeta, dando a ver que Roberto Valcárcel era una de las mentes más privilegiadas del país, capaz de interpelar y llamar la atención de profesionales de múltiples áreas, desde la pintura hasta la ciencia, la música, la ingeniería, el diseño, la filosofía y otras. Además, se evidenció el aprecio extraordinario que le tenían los estudiantes, quienes le profesaron por las redes sus mensajes y no dejaron de darse cita con la exposición, y el conversatorio In memoriam.
  5. La experiencia -Valcárcel del arte, una marca particular nacida en Bolivia, que seguirá profundizándose, gracias a su legado artístico, pedagógico y humano.

Ficha:

Exposición: “Cien motivos para recordarte” (Homenaje a Roberto Valcárcel)

Curaduría: Cecilia Bayá Botti

Coordinación: Jorge Luna Ortuño

Montajistas: Benjamín Villarroel Viscarra/ Nicolás Cuéllar Serrate / Miguel López Céspedes

Lugar: Museo de la Ciudad Altillo Beni

Fechas: 7 de septiembre al 2 de octubre 2021

Organización: Secretaría Municipal de Cultura y Turismo

Santa Cruz de la Sierra – Bolivia


[1] Taller de apreciación creativa “Leyendo a Valcárcel”. Facilitado por Jorge Luna Ortuño. Organización conjunta con la Biblioteca Municipal de Santa Cruz. Auditorio del Museo de la Ciudad Altillo Beni. Martes 28 y miércoles 29 de septiembre 2021.

[2] Disponible en https://www.mutualart.com/Article/BIENAL-DE-SAO-PAULO/64DDFA3402CB00B7?source_page=Artist\Articles

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