Soledad atávica y destino de fuga

Una lectura de Cuando vi la sangre (Editorial 3600), novela que la narradora orureña Lourdes Reynaga acaba de presentar en la Feria Internacional del Libro de La Paz.

Martín Zelaya

Alejandro y Manuel, dos historias entrelazadas. Alejandro narra –generalmente en primera persona– la rutina en la cárcel de San Pedro de La Paz. Su historia de soledad y asilamiento se va develando poco a poco de adelante hacia atrás. A la par, las breves facetas de vida de los reos con los que interactúa ayudan a trazar un perfil general de una de las cárceles más insólitas del mundo.

Manuel crece signado por el ensimismamiento y la marginalidad: huérfano de madre, bizco y con un padre amargado y ausente. Se rehace a sí mismo –como se sabe también mediante un hábil diseño de narración regresiva–, sale adelante Ejército y vida de burócrata de por medio, y solo cuando su padre muere empieza a atar cabos sobre sus orígenes.

Esta podría ser una síntesis de catálogo o ficha técnica de Cuando vi la sangre (Editorial 3600, 2021), la tercera novela de Lourdes Reynaga. Y es que está diseñada temáticamente a partir de estas dos vidas, pero va mucho más allá; en el ínterin de ambas historias hay breves semblanzas de otros personajes, pantallazos de las minas y su eterna exclusión; del Ejército y su patetismo; y de Oruro, infaltable bisagra o puerto de paso en el sur del país, sus calles, detalles y sitios tradicionales.

Pero además hay tres entes protagónicos, tanto casi como Manuel y Alejandro: San Pedro, la trascendencia de las mascotas en la vida emocional de sus dueños, y las tradiciones andinas de brujos y curanderos.

De San Pedro, un retrato in situ –Reynaga pasó allí largas tardes en trabajo de campo y dando talleres– que lo pinta como lo que es: un mundo aparte rodeado y aislado a la vez de un macrouniverso inaccesible. Es memorable y emotiva la imagen de los presos viendo la televisión: los noticieros y programas locales que muestran la vida que se desarrolla y late a escasos metros suyos, una suerte de tortura en su condena al detenimiento.

Es inevitable hacer un lazo con Los días de la peste de Edmundo Paz Soldán, novela de 2017 en la que imagina La Casona, una prisión ciudad en la que una epidemia causa estragos y donde los reos se amotinan por defender su culto religioso; pero en la que ante todo se narra, también, el día a día de la rutina carcelaria.

De la relación humano-mascota, hasta tres ejemplos sobre el poderoso vínculo que los “dueños” desarrollan con sus gatos o perros, factores fundamentales para subsistir o maquillar la soledad y la falta de rumbo. Quien centra su vida en su mascota, ¿halla un salvavidas en medio de la incertidumbre, o más bien disfraza apenas su deriva de tal manera que ni él mismo se da cuenta?

Y del universo de kallawayas, está Matilda, un entrañable personaje que atraviesa la obra con apariciones breves pero memorables, gracias al profundo conocimiento del habla y la idiosincrasia que demuestra la autora al construir escenas en torno a los conocimientos y prácticas originarias ancestrales y su fuerte arraigo en nuestra sociedad.

Volviendo a esa suerte de resumen promocional con que arrancamos: de la soledad atávica de Alejandro y Manuel, predestinados a ocultarse, primero, y huir, después (sobre todo de sí mismos). De los estigmas, traumas y cicatrices que marcan a veces desde la cuna… de eso va Cuando vi la sangre.

Creo que lo decidí cuando vi la sangre (…) Creo que lo decidí cuando vi las piedras del suelo del patio para recibir esa sangre ajena, la sangre del chico que no iba a cumplir los veintiún años… Cuando una tropa de reclusos buscó la forma de abrirse paso para asomar la cabeza con esa curiosidad morbosa que el sexo y la muerte despiertan por igual. Lo decidí en ese momento, atrapado entre los cuerpos convulsos de mis compañeros, entre los rumores excitados que dudaban entre si valía la pena amotinarse o no, que murmuraban, con la practicidad que da una vida acostumbrada al horror, algo sobre si ese evento retrasaría la salida de sus visitantes, si a causa de aquel incidente habría esa noche o las siguientes una requisa minuciosa. (17)

Trasfondos

La autora cuenta –en un epílogo innecesario– que trabajó la novela en dos etapas separadas por casi siete años. Que la reescribió y que, tras cercenar una parte de la versión inicial, incorporó otro buen pedazo inicialmente no previsto y originado en un proyecto aparte. Si bien en ciertos momentos se nota la forzada sincronía, las casi siempre acertadas decisiones de diseño estructural le dan a la novela un cuerpo sólido. El experimento resultó claramente por la habilidad de Reynaga y sobre todo su porfía: prueba, error, edición, reescritura, proceso crucial que –triste e incomprensiblemente– muchos escritores suelen pasar por alto.

Cuando vi la sangre está pensada y madurada por doble partida. El juego de planos, la narración circular, la estructura en capas, técnicas narrativas que requieren pericia y –entiéndase la contradicción– naturalidad, colaboran a sustentarla. Algunos problemas atribuibles a la falta de acabado o pulido de los párrafos, no afectan los por lo demás correctos bosquejo argumental y manejo de lenguaje, atributos no siempre alcanzables cuando se recrean pasajes con tintes costumbristas y personajes con lenguas indígenas, premisas arriesgadas a estas alturas. Reynaga se confirma como una narradora solvente, una diestra lectora de los códigos y dinámicas individuales y colectivas de la Bolivia del occidente. Su ya apreciable obra es una mirada coherente y válida, aún injustamente poco leída y analizada. Hay que leer sus cuentos, la mayoría finalistas del Concurso de Literatura Franz Tamayo en la última década, su debut en la prosa de largo aliento About: “El encanto de las golondrinas” (2015), pero sobre todo su novela Y sin embargo[1] (2017).


[1] Una narración doble, sobre dos personajes femeninos con un destino común. Una sólida novela que también fue inexplicablemente pasada por alto por la crítica y los colegas narradores de Reynaga, y en la que ya demuestra oficio para construir historias y destreza en el lenguaje, en este caso, diálogos y modismos de dos generaciones de mujeres bolivianas.

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