Apuntes nostálgicos y críticos sobre la juventud

H. C. F.  Mansilla

Reflexionando sobre la estética popular del siglo XXI me digo: Cómo no envidiar a los jóvenes que aman y practican el éxito y la belleza, y lo hacen con una elegante ligereza, sin esfuerzo y sin lágrimas. La juventud tiene, a menudo sin saberlo, un nexo vivo con la belleza, por la cual yo ahora siento sólo una nostalgia irremisible. Uno puede tener experiencia y gozar del poder, económico y político, pero nada reemplaza la sal de la juventud.

Cuando en pleno siglo XXI observo a los hombres jóvenes – fuertes, hermosos, deportistas, cosmopolitas, seguros de sí mismos, eróticamente incansables – me invade una sensación de envidia. Pero mirando más cuidadosamente creo poder constatar que detrás de esta pantalla se hallan la mera apariencia, el vicio innoble, la vulgaridad prefabricada. Es decir: lo común y corriente a lo largo de la historia. Los jóvenes del montón ─ es decir: la enorme mayoría ─ producen sin saberlo un manifiesto generacional, como lo llamó el gran escritor checo Milan Kundera. Parece ser una clara sumisión a la mentalidad reinante en este momento, independientemente de su contenido. El resultado es el orgullo de la manada, el distintivo aleatorio del rebaño, el estar encantado con la moda del instante.

Stendhal podía hablar sabiamente de la juventud, los sentimientos y los delirios. Tenía la dote de expresar los anhelos y los temores de los jóvenes con inteligencia y experiencia, sin que estos pierdan la magia y la fiebre de los años mozos. En La cartuja de Parma recrea con enorme talento el momento en que termina la juventud y empieza la era de la sobriedad, pero también el instante en que es indispensable renunciar al romanticismo. Detrás de los héroes están los hombres comunes y corrientes. Yo, que he dedicado toda mi vida a combatir la grosería estética y política, diría hoy: después de los años tan breves de la juventud se halla la mediocridad de la edad adulta, que es necesaria para sobrevivir.

Mi interés por valores juveniles recibió un fuerte impulso cuando leí el Homo ludens de Johann Huizinga mientras era estudiante en Berlín (1962-1974). Me impresionó vivamente. El hombre que juega es aquel que preserva lo mejor de la juventud y, simultáneamente, evita exitosamente la fragmentación de la vida moderna. También Friedrich Schiller vislumbró algo similar: el ser humano contemporáneo ya no tiene afición por aquellas acciones que no tienen metas materiales inmediatas o que no persiguen un objetivo instrumental claro, como aún lo practicaban los jóvenes románticos. El juego, en cambio, es el camino que nos conduce desde las coerciones de la naturaleza hasta la cultura que nos puede brindar formas de libertad. El juego es el fundamento de la juventud y, obviamente, del arte. Por ejemplo: el sexo puro es culturalmente estéril porque tiene carácter tautológico: reproducimos las constricciones naturales y nos sometemos ciegamente a ellas. Pero el arte erótico nos brinda autonomía, creatividad y hasta un sentido existencial que traspasa la fragilidad y futilidad del instante.

El erotismo es la “ceremonia artística”, como asegura Mario Vargas Llosa. No se obtiene este resultado cuando el juego erótico se convierte en desenfreno, cuando se lo practica con un sentimiento apocalíptico, cuando parece que es la última vez. En este caso, como sucede a menudo, sobreviene realmente la desgracia sólo vislumbrada al comienzo. Es similar al surgimiento de los cataclismos sociales. Y esto se relaciona con la temática de los recuerdos juveniles: las dos porciones más bellas del erotismo son la anticipación imaginada y la remembranza posterior.

Uno de mis autores favoritos, Oscar Wilde, quien adoraba los años juveniles, acuñó la famosa expresión: únicamente los superficiales se conocen a sí mismos. Y añadió: la seriedad es el refugio de los frívolos. Seguramente es lo que siempre pueden afirmar los jóvenes para legitimar las exageraciones de su edad.

El ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger analizó el lenguaje de los medios masivos de comunicación y criticó la pretensión de los mismos de crear y difundir un idioma universal de la juventud contemporánea que atrapa y simplifica todos los fenómenos y les quita su especificidad. Esta jerga juvenil significa, según Enzensberger, una domesticación de los sentimientos y las ideas, por más que parezca la moda imprescindible de los mozos despabilados o un fenómeno moderno, rutilante, espontáneo, simpático e inevitable. El resultado sería la eliminación de toda diferencia entre información y comentario y la consolidación de los prejuicios sociales más difundidos. El radicalismo juvenil es la ideología de aquellos que están satisfechos consigo mismos y que practican el encanto infantil de asustar a los otros con expresiones que pretenden ser definitivas y severas. Practican una prosa neobarroca y el uso generoso de paradojas y oxímoros. Esta fraseología complicada quiere sugerir la existencia de pensamientos complejos. El idioma más usado es un curioso castellano que imita al inglés americanizado y netamente provinciano de corte mercantil.

Mis recuerdos de la juventud son ambivalentes. Los jóvenes de entonces, por ejemplo durante la rebelión estudiantil de 1968, hablaban en una jerga pobre, atroz y deliberadamente ordinaria, creyendo que ello era una demostración de fuerza, renovación y originalidad. Esto es lo que más me disgustó de aquella revuelta estudiantil: un idioma de uso obligatorio, de carácter artificial, a propósito vulgar y simplificador. Los muchachos del ambiente universitario tenían un caos mental: en un momento daban la impresión de ser revolucionarios de la extrema izquierda y al siguiente de ser partidarios de la extrema derecha. Después me di cuenta de que ambas posiciones son posibles y hasta usuales en un solo cerebro atolondrado y que esto está muy expandido en todo el Tercer Mundo, sobre todo allí donde florece una tradición autoritaria. Los jóvenes de entonces odiaban los procesos institucionalizados, los organismos de la democracia moderna, el espíritu crítico y científico y la modernidad en general. Estaban fascinados por la acción directa y por las armas.

El resultado general de la juventud en la actualidad puede ser descrito como la indiferencia por la política seria, el desprecio de la estética razonable, la falta de auténticos ideales y el rol central del alcohol y las drogas.

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