El delicado oficio de vivir

El llamo blanco (La Mariposa Mundial, 2021), de Jesús Urzagasti, tiene muchos motivos para encaramarse como el mejor libro de narrativa publicado en Bolivia durante este año que se va.

Martín Zelaya

Jesús Urzagasti escuchó todo lo que escribió. En lo más profundo de sí mismo una voz, un impulso –su voz, su impronta– fueron configurando poco a poco su obra. Por eso varias de sus novelas fueron diseñadas, pensadas, conminadas para un número equis de cuartillas, ni más ni menos.

El llamo blanco siguió esta estela, pero a la vez la trascendió. Desde sus tempranos 19 años hasta sus maduros 37, los cuatro volúmenes le salieron poco a poco, de lo más hondo. Se quedaron medio siglo –poco más, poco menos– en un anaquel de su casa, pero su destino ya estaba escrito.

Estas anotaciones –poesía pura, como todo lo que salía de la voz y pluma del autor chaqueño– fueron plasmadas entre 1960 y 1978 y resguardadas luego en cuatro gruesos tomos, a la espera del designio. Y este llegó, muchos años después, a través de una serie de sueños que Jesús supo hilar: Hay que sacrificar al llamo blanco para pasar la noche del espanto.

La terrible misión la llevó a cuestas Sulma Montero, compañera del escritor, hasta que ocho años después de su muerte, finalmente pudo concretarse: este libro, esta selección que debían sobrevivir a las llamas de la consagración.

Son fragmentos estelares, divididos en seis partes.

I
Revelaciones, propósitos gatillados por la soledad y el ímpetu. Un despertar, un descubrimiento de las sensaciones e intermitencias del vivir.

«Tienes que conservar en tu memoria todo el sufrimiento que tuviste que soportar para acceder a esta hermosa luz. Corrige tus miembros, desconfía de tus impulsos y solo piensa que el único cimiento de una vida es el amor». (27)

II
Constatación del ser. A Jesús no le gustaba la palabra resignación, cuenta Sulma. En estos fragmentos, entonces, asistimos a la certeza del cambio, a la caída en cuenta de que su destino era otro. Ya alcanzó una madurez que le permite disfrutar de la melancolía y la nostalgia de lo que fue y ya no será más.

«Es oficio muy delicado vivir, tarea excelsa sobre todo cuando se está convencido de que ceder a los menudos intereses personales es como sellar tu propia condena. Así miro el horizonte y veo que no está en mis manos definir nada y por lo mismo, con absoluta humildad, espero que la vida se digne ofrecerme un regalo: el que consiste en hablar el lenguaje de la dicha campesina». (46)

III
La constatación de lo que se es, de quién se es. La certeza del fuego interno, de lo que uno es portador. Destino y responsabilidad. La posibilidad de creer en uno mismo, de asumirse.

«El hecho de que aún haya vida es la señal más clara de que todavía no hemos rozado ninguna verdad». (56)

«Sé de dónde vengo, y si hasta ahora no sabía a dónde me dirigía, puedo tranquilamente pasearme seguro de estar engendrando los más puros y fuertes sentimientos». (59)

IV
La constatación de lo demás. La necesidad de lo telúrico y ordinario; del tiempo, del espacio y de la serie de objetos y sujetos que lo confluyen y habitan. De la sociedad, el resultado de la relación de seres.

«Cuando en una comunidad los hombres empiezan a confiar en sus propias fuerzas, quiere decir que la divinidad está a punto de parir algo; cuando una comunidad empieza a confiar en la divinidad, quiere decir que esa comunidad está herida de muerte. A la primera comunidad pertenecen los revolucionarios, a la segunda los poetas». (63)

V
La toma de conciencia del escritor. La inminencia de un camino cuya meta es el trayecto; es decir, el (auto)conocimiento.

«El camino que estoy recorriendo tiene el escondido propósito de descubrir mis orígenes; solo cuando a esos orígenes llegue, sabré crear lo que quiero crear: ahora todo parece lleno de interrupciones y tardanzas; pero nada de eso ocurre. Nacer para morir lleno de flores. He ahí el destino humano. Pero mis flores serán mis flores». (73)

VI
El otro, los otros. Por qué no hablarles, advertirles. Por qué no compartir; intentar, al menos que reciban.

«Cuida tu alma, porque a pesar de ser tu cuerpo algo que alimentará el olvido esencial, procura alcanzar la condición del oro, solo que trata de hacerlo –como corresponde a la ceguera– a través de un camino lleno de equívocos. Pastorea tu cuerpo, enséñale lo luminoso, muéstrale el retrato de lo que eres, para que se transforme en un firme aliado, en el agua fresca para tu peregrinar por el desierto». (85)

Jesús es un descubridor. Su profunda abstracción, esa admirable capacidad para derivar el todo, tanto de la mayor simpleza como de los más complejos procesos, es un regalo.

Asistir al paso del tiempo. Recorrer esta distancia. Parafraseando a Saenz, y (casi) a Wiethüchter. Vivir, para estos privilegiados poetas, es una categoría diferente.

Este dietario/breviario; estas anotaciones, revelaciones acaso más disfrutables cuanto más uno se despoja de géneros, enfoques, tendencias, abordajes y todo lo mundano y prosaico para leerlas, conforman el mejor libro publicado en Bolivia en 2021.

Jesús Urzagasti condensó el todo en cuatro tomos, su sueño determinó cernir aún más. Queda lo que debe ser. Lo suficiente.

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