Donde no había nada humano

Reseña de Miles de ojos (El Cuervo, 2021), de Maximiliano Barrientos.

Martín Zelaya

…los colores parecían provenir de un sueño donde no había nada humano, donde caballos corrían en la orilla de un río, donde la vegetación emergía de carcasas de autos y de fuselajes de aviones, donde los cráneos de millones de niños configuraban un paisaje tan impersonal como una montaña de desperdicios químicos o una catarata de aguas cristalinas. (204)

Miles de ojos, Maximiliano Barrientos

I

Santa Cruz en una realidad alterna. La civilización que conocemos no existe más y en el desgobierno dominan los más fuertes. Los autos y los repuestos son la posesión más preciada. La violencia es parte del cotidiano. La muerte, solo un paso más.

Si Miles de ojos (El Cuervo, 2021) fuera una película –y bien que podría ser una de esas joyas tarantineanas del cine B– el anterior párrafo podría ser la presentación, voz en off, de su tráiler.

Sigue la voz en off: Él creció abrumado por la muerte de su madre y antes de perder también a su padre supo de su voz el secreto de un “tesoro enterrado”. Ahora huye por las carreteras, esquivando y matando a sus perseguidores.

Pero no es una película –aunque, como toda novela de Maximiliano Barrientos, deja numerosas imágenes memorables–, sino una sólida novela que se enriquece con recursos narrativos propios del weird fiction.

El tesoro, se sabe casi de inmediato, es un Plymouth Road Runner y sus repuestos. Inmerso en una confusa realidad, memorias mezcladas con sueños, “él” recorre caminos protegiendo su legado y en busca del árbol sagrado.

La deriva de la humanidad trascendida en la violencia. Esta premisa impregna la tercera novela de Barrientos. Tanto el diseño argumental como el escenario –la realidad interna de la obra– giran en torno a las búsquedas o fracasos individuales y colectivos. Sigue, por donde se mire, la reflexión y exploración de su anterior novela, En el cuerpo una voz (El Cuervo, 2017); ambas están inmersas en una atmósfera distópica, pero a diferencia de aquella en la que por muy disparatados e insólitos, los sucesos son eventualmente posibles, en Miles de ojos todo transcurre en un plano de fantasía. Si la realidad en esa obra anterior era de “revolución” y catástrofe, política y civilizatoria, ahora el autor propone un universo ficcional en el que se impone el culto a la velocidad: el vértigo y el paroxismo como catalizadores de poder y de libertad, a corto plazo; como única fórmula de trascender más allá del espacio-tiempo, a la larga.

«Ya no sabía dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la vigilia, la línea divisoria se rompió y el espacio no era otra cosa que una prolongación de los paisajes de su mente (…) La velocidad corrió por sus venas y sus huesos, el aliento de ese dios terrible habitó su mandíbula, sus ojos». (46-47)

II

Santa Cruz en los 90. Todo parece normal. Un colegial metalero y su familia clasemediera tipo: obsesionada con subir de escalafón social. Una pincelada de la Santa Cruz logiera y racista como telón de fondo de una subtrama que desemboca en el origen y, por lo tanto, colofón –para nosotros, lectores– de la trama general. Los elegidos o predestinados, las hibridaciones carne-máquina, la locura extremista y ciega de la fe religiosa.

La gente se enfrenta a su condición, según puede. Con una adicción a la intensidad, al ritmo frenético –en los autos, en el rock metal, en la vida misma: “El ruido no se iba de la nuca, estaba allí, latiendo. Recorría la médula, permitía que nos reconociéramos en el cuerpo”. (59) Pero otros, ante la imposibilidad de mejorar o perpetuar estas sensaciones-emociones, no ven más salida que elevarlas a la categoría espiritual: hacer un culto, una religión y vivir vicariamente, alucinando y profesando las ficciones que fabulan.

Viajes a través de los sueños. Heridas, cicatrices que impulsan la memoria y el raciocinio. Estigmas que posibiliten la experiencia vicaria, el contacto a través y más allá del espacio/tiempo, a través y más allá de la vida y la muerte, si acaso no son lo mismo.

«Sostuve mis mandíbulas, dolían, dolerían en los próximos diez días, pero ese dolor iría desapareciendo, sería absorbido por la carne. Era lo hermoso de las cicatrices, no solo servían como un recordatorio del acto sino también como una evidencia de que no importaba la vejación, el cuerpo se las arreglaba para persistir». (66)

Mantiene Maximiliano Barrientos su estilo conciso, preciso… elegante como dice Mariana Enriquez en la contraportada. Como también detecta la argentina, sigue con las referencias y obsesiones de siempre en cuanto a la construcción de personajes y escenas, y digo escenas y no pasajes o momentos o tramas o diálogos, porque otro de los sellos personales del autor es su prosa cinematográfica; uno cree ver lo que lee, uno se descubre imaginando una recreación visual de lo que se narra, uno cede la tentación de imaginarse la película basada en la novela.

III

Santa Cruz en un futuro lejano y post apocalíptico (dentro, claro está, de la realidad ficcional presentada). Sobreviven pocas tribus nómadas que se mueven en caravanas de autos y motos, huyendo de hordas de saqueadores. Siguen adorando a “El Sueño”, deidad cuyo origen luego entendemos. Se contactan con los muertos vía sueños y experiencias religiosas, vía alcohol y rituales.

Una adolescente hija del líder muerto de una de las tribus sale con el corazón de su padre en un frasco a ofrendarlo al árbol-auto, cuya existencia es apenas algo más que un mito. Mientras sortea todo tipo de calamidades hasta llegar a lo que fue Santa Cruz de la Sierra, poco a poco entiende que lejos de ser una deidad individualizable, representable en iconos o presencias, El Sueño es una terrible omnipresencia.

«El sueño desapareció, nos dejó solos hace mucho tiempo (…) Se borró. Se convirtió en una historia. Algo que usamos para saber quiénes somos, la transmitimos de generación en generación». (192)

«Alguna vez el mundo fue procesado por esas rugosidades, convertido en información, en un lugar, en sonidos, en olores y en misterio». (197-198)

Hace ya varios años y varios libros, Barrientos explora y reflexiona sobre la violencia y la corporalidad: el mejor escape, catarsis sea en coyunturas normales o extremas es la violencia: corporal y emocional, individual y colectiva, consciente o inconsciente; no así los coches, la velocidad o la bebida –que siempre están presentes más bien como canalizadores.

En Nuestra parte de noche, premiada novela de Mariana Enriquez, se lee:

«Las mujeres médium son mucho más poderosas. Tienen el poder de convocar donde sea, solamente deben encontrar las condiciones de concentración propias o debe dárselas el ritual. Los hombres no. Los hombres dependemos de Lugares de Poder. No son pocos. Algunos médiums sencillamente se chocan con ellos, otros aprenden a encontrarlos. Yo sé encontrarlos…».

Hay un mundo de distancia entre Miles de ojos y la obra de la argentina, acaso una de las primeras lectoras –entusiastas–, de esta novela de Barrientos; pero también hay notables puntos de encuentro. Tanto en una como en otra –y esto marca una tendencia que caracteriza a la narrativa latinoamericana del último lustro– los sobrenatural-fantástico cuaja con naturalidad en el entorno interno de las tramas y, de rebote, propician en el lector, una asombrosamente calma aceptación de lo (im)posible

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