Conventillos del siglo XXI

A propósito de El rehén (Dum Dum, 2021), de Gabriel Mamani.

Martín Zelaya

Un adolescente cuenta el día a día de su familia tras la separación de sus padres: cómo su papá queda devastado y subsiste apenas a la humillación y soledad, y cómo su mamá –todo lo contrario– se libera, crece y emprende el oficio (casi insólito para una mujer) de minibusera.

“Mamá chofer, mamá abandono. Su minibús es de color naranja. La vez que lo registró en el sindicato, el presidente le dijo que las papayas gigantes no eran aptas para transportar gente”. (21)

La idea está clara desde el inicio: contar una historia en tono desenfadado, cómico, irónico, y explotar al máximo los matices de la idiosincrasia paceña. En ese afán, el autor cae en lugares comunes sabiendo que lo hace –apuesta arriesgada que no siempre  sale bien.

“La libertad tiene este soundtrack. Cumbia noventera, nada de este siglo. El amor y el dolor, la vida real pasó hace tiempo (…) Todo minibús viaja a la cumbia o escapa de ella: de ahí sus tatuajes”. (11)

“…mis padres se dijeron tantas cosas: todo lo que el rencor y la costumbre y la soledad les habían hecho callar durante años: la verdad estallando en un cristal sucio”. (18)

“Nuestras miradas se comunicaron con un grito silencioso para todos menos para ambos”. (63)

Es consciente de que abusa del recurso fácil de aunar todos los tópicos y guiños clásicos del habla informal y casual en el occidente boliviano; intenta adrede escribir como escribirían sus protagonistas.

“La cerveza es sabia”. (12) “La puteada contrastó con el merengue que pasaban por la radio: noches de fantasía, borracho cabrón, son las que viví con ella, puta carajo…”. (18)

Como ocurre con las típicas bromas o fanfarronadas de los adolescentes en busca del festejo y la risotada de sus amigos, El rehén (Dum Dum, 2021) busca cautivar al lector a partir del ingenio y la desinhibición, como lo hacen también muchos en las redes sociales con tuits y posteos ocurrentes y de doble sentido. Tanto en uno como en otro caso, el gran dilema es en qué momento parar antes de perder la originalidad y en lugar de divertir, cansar.

Terminemos de resumir la trama. Para vengarse de la ex y además resarcirse de las burlas y chismes de sus compañeros de laburo (también minibuseros), el padre decide fingir el secuestro de sus dos hijos a quienes confina en una casa compartida de ladera, escenario ideal para reproducir una y otra vez las anécdotas típicas de conventillo.

La nouvelle de Gabriel Mamani agarra y llama a terminar la lectura de un tirón –son solo 98 páginas estiradas por un tipo de letra grande–, gracias al tema disparador de la trama, a la construcción de personajes y a la voz narradora del protagonista. Es una historia paceña de conventillo; pero de conventillo de siglo XXI, con cumbia, fast food y videojuegos, en lugar de marginalidad, alcohol y correteos políticos, tan comunes en textos de los 60, 70 y 80.

Al final, se impone una pregunta nada infrecuente en la literatura nacional: ¿qué pasaba si se trabajaba mejor y por más tiempo el texto? (En este caso en particular, se extiende en parte la interrogante a los encargados del cuidado de edición). ¿Qué pasaba si se lo encaraba con calma, sin apuros por publicar y dejando que el borrador final duerma un poco el sueño de los justos? Editar y corregir las veces que sea necesario, es el pendiente de muchos.

Gabriel Mamani tiene una voz y oficio que lo destacan entre otros de su generación. El rehén vale para ir apuntalándose (valdría mucho más una segunda edición revisada y corregida; la idea no es nada mala), pero la apuesta le salió mucho mejor en Seúl-Sao Paulo (Editorial 3600, 2019), resuelta con mayor tino y espontaneidad. Con la misma tónica en lenguaje y similares recursos narrativos, en esa obra que le valió el Premio Nacional de Novela 2019 cuenta la rutina de una familia popular del occidente boliviano y sus idas y vueltas migratorias en Brasil.

¿Por qué tentar a la suerte dos veces? Una fórmula repetida, generalmente va al pierde a la segunda.

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