La realidad tiene la culpa

Una lectura del reciente libro de cuentos con el que la escritora paceña Magela Baudoin llegó a ser finalista del premio Ribera del Duero.

Martín Zelaya

Nos detendremos en cinco de los 10 cuentos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021) de Magela Baudoin.

 “Solo vuelo en tu caída”, que abre el libro, es el pantallazo de un momento crucial en la vida de una familia acomodada de La Paz: el shock por la muerte violenta del hijo menor. Es un ejercicio de memoria y nostalgia anticipadas: la conciencia del dolor que espera. Es la terrible constatación de cómo la fatalidad puede a la larga asumirse, pero nunca dejarse atrás: el peso de nuestras pérdidas y tragedias –no queda otra– se va camuflando poco a poco en la cotidianidad.

“Pero en la exageración se cocinaban las leyendas. En la exageración, el don de la memoria. (…) La realidad es vulgar, la mierda realidad tiene la culpa”. (23-24)

Luego viene el relato que da título al libro “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Una mujer huye de la guerra en Siria para encontrar otro rostro de la barbarie y el sufrimiento en Tailandia: la salvaje domesticación de elefantes.

Puestos a hilar fino, la tragedia del mundo, de la humanidad, es omnipresente. Uno puede acostumbrarse a convivir con la muerte de otros hasta casi dejar de percibir la catástrofe de la guerra. De pronto, una experiencia naturalizada para cierta parte del mundo, hace tomar consciencia de que los seres humanos somos especialistas en provocar diversas formas de dolor y angustia no solo a los de su especie, sino a todo ser que tiene la desgracia de cruzarse en su camino. ¿Acaso somos incapaces de perdurar si no es a partir de la destrucción de lo que nos rodea? Esta es una reflexión sobre la degradación del hombre como especie.

“Este mapa dérmico es el testimonio del hombre en la Tierra, dice la mujer en voz baja. Cada cicatriz hecha con saña, cada mutilación, cada quemadura…Tu cuerpo, un pedazo de tierra al sol, añade”. (51)

Saltamos hasta “Mujer fumando en la playa”, en el que una anciana cuenta sus últimos momentos de lucidez. La terrible ráfaga de consciencia y certeza antes del borrón. El momento límite entre estar, aferrarse a la luz, la vida, lo racional e irse para siempre de uno mismo.

¿Es el alzhéimer a fin de cuentas y dentro de su monstruosidad, una antesala anestésica de la muerte? ¿Una posibilidad de “volver” a ráfagas? No deja, de todas maneras, de ser terrible la idea de percatarte que te estás apagando y que poco a poco dejarás de saber, entender, ser.

“…los gritos no caben en el cuerpo, empujan a rodillazos el pecho y terminan saliéndose por el pico”. (64)

“¿Qué vas a hacer ahora, madre?”. Una familia disfuncional: madre drogadicta y promiscua; hijo psicópata, hijo normal, hijo autista. Un crimen violento. La extrema naturalización de la muerte.

El más inverosímil horror normalizado. En cualquier casa de cualquier vecino, puede pasar lo inimaginable.

“Cerré los ojos y pude verlo en la plenitud de su propia carne convertida en hoguera, envuelto en su plumaje rojo, amarillo, púrpura, emergiendo de las llamas, libre y eterno”. (114)

“Ajayu” el último cuento –en la cima junto con el primero– narra la historia de Alicia, una joven en estado catatónico tras el accidente en el que mueren sus papás. La cuida su abuela, la “gringa”, hasta que llega Flora –una campesina, su nana de la infancia– a rescatar su alma extraviada en la tragedia.

El choque-unión de culturas-conocimientos-ciencias. El amor antes que los prejuicios. El encuentro –mal llamado mestizaje– permanente y total que es Bolivia. La fusión que unos pocos –los más poderosos– quieren separar. Creyentes o escépticos, hay algo evidente: las culturas, las cosmovisiones perviven, sirven, se respetan: dar con piedra al corazón, tomar agua de piedra, llamar al ajayu.

“No hay semilla que no se invente un modo para alejarse de su madre. Las plantas no son como los animales, frágiles, que necesitan crecer chupando teta. Las semillas que caen al pie del árbol se pierden. Por eso se inventan formas de escaparse de la sombra, unas vuelan con el viento, a otras los pajaritos se las tragan y las devuelven luego lejos. (121)

Este libro trata sobre encuentros y desencuentros. Sobre las relaciones, dinámicas y dialécticas que nos constituyen y que, engarzadas, conforman este todo tan complejo que somos como individuos, primero, y como colectividad, por consiguiente. ¿Y acaso no hace esto la literatura per se? Sí y no. Pero Baudoin escudriña a diversos niveles no siempre tomados en cuenta: aísla e interpreta, como pocos, los momentos que conforman el todo, que generalmente se pierden en la inmensidad de los logros y fracasos, pero que son a la hora del balance, la esencia. Baudoin repara en los intersticios de cada uno de los momentos cuya suma hacen vidas y muertes. Y lo hace con picos muy notables, encabezados, en este libro, por “Ajayu”.

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