Christian Jiménez Kanahuaty

Christian Jiménez Kanahuaty. Novelista y poeta. (Cochabamba, 1982), autor del libro de poesía Bodas elementales (2021) y de las novelas Invierno (2010), Te odio (2011), Familiar (2019) y Paisaje (2020).

Cuántos colores

Aquella mañana el mundo entero parecía estar dentro de un poema de W. H. Auden.
Se escapaban los colores a través de la bruma que cubría los relojes de los campanarios.
A pesar de ello, las campanadas no terminaron hasta el amanecer.
Su padre había amanecido muerto y no existía nada que pudiera hacer.
Se tomó su tiempo para terminar de leer el mensaje
y tras salir de la cama fue hasta la habitación de su madre para darle la noticia.

Así recuerda aquellas horas el narrador,
testigo inquieto de las horas más oscuras del alma,
y anota una y otra palabra, como si fueran rocas en la iglesia.
El hermano, el hijo, el padre; todos en un mismo cuerpo
al abrigo de un único sentido.

Veríamos desde las ventanas los cortejos y los carros fúnebres,
aunque, ya sabemos, el virus, no da tregua. Es mejor la distancia
y llorar en lo desconocido.
Nunca antes estuvo ahí. Por la simple soledad no se conoce la muerte.
Y mientras habla con su madre,
el cuerpo del padre aguarda en la distancia.

Mi relato es como otros tantos
cargado de bruma y búsqueda,
sin sentido para el latido.
Palabras que arderán en el día final.

Espesura la de los negocios dejados,
ahora rapiña se une para hacerse con lo heredado,
abogados y documentos,
créditos y notarios,
firmas y cheques; todo eso no es resumen de una vida,
pero quema más que la melancolía
ya que no hay hombre que no haya sentido el reproche
por no haber dicho a tiempo,
la palabra justa y descifrar la sonrisa del perdón.

No hay plegarias para el abandono,
y no encontraremos silencios para el ausente,
un narrador no significa nada
si dentro de la misma casa
todo cae a pedazos.

Ni la caza de la ballena blanca,
ni el baile en la noche de bodas,
ni tan sólo el respiro en el abrazo del amor.
Todo es bruma, huye y no se nombra.

Miras entonces
hombre que madura antes de tiempo,
a tus pies las violetas no crecerán,
los inviernos no recubrirán sus cabellos,
ni en sus llamadas volverás a encontrar la ironía del primer encuentro.
Miras una vez más,
todo lo que cubre tu habitación,
no te pertenece.
Hasta ayer, fue de otro hombre,
el que hoy pone los pies sobre la alfombra
quizá sin respirar,
es un hombre solo en el mundo,
que libra su orfandad a la simple vestidura del recuerdo.

Niega entonces
lo que siente el corazón.
se resiste a llorar
y un narrador no es Dios para conocer el alma de su hermano,
ni el dedo sobre el ojo de la hormiga
que interroga sobre la finitud.
Simples palabras en la roca,
la lluvia vendrá
tal vez, las lavará
y de los nombres que fueron hombres,
quedará sólo espuma derramada.

Mi mano quemada por las palabras
que tecleo casi como un deletreo,
regresan a mí,
me dicen que las escuchó,
pero como siempre, en primavera, él las borró.

Miro entonces lo escrito
y no encuentro valor.
Las tomo, las guardo.
Son suyas después de todo.

Con el correr de los años, de los días, de los meses,
el silencio recubrirá también este momento,
olvidaremos las canciones,
y jugaremos los viejos juegos;
y tal vez entonces, dentro de un cajón,
cuidadas por arañas,
las palabras encuentren, por fin, unos ojos
calmados de llorar,
y repletos de colores,
puedan leer lo que el impulso dictó.

No se muere en el amor,
los padres son del tiempo,
como los hijos del viento,
pero los une el camino,
y en el lazo del sol, dentro de todas las estaciones,
las emociones compartidas
surgirán
porque de cada recuerdo,
emerge un nuevo padre
y de cada latido
un hijo lo reclama.

Dense la mano en la muerte,
entréguense a la fiesta de la melancolía,
porque la muerte es una bisagra
y la canción, triste epifanía.

En este poema, inédito hasta ahora, Christian Jiménez explora, en tono narrativo, las emociones que los acontecimientos recientes –la pandemia mundial en la que nos encontramos– suscitan en la historia personal y familiar, trastocando no solo los sentidos proyectivos que muchas veces se atribuye a la vida (un futuro más o menos estable y previsible), sino los más hondos fundamentos del sentir y concebir el mundo. Es un poema que rezuma nostalgia, explora las honduras de la relación paterna y esboza un balance tras la muerte del padre, caro tema literario explorado a lo largo de siglos por autores tan dispares como Kafka, en la narrativa moderna del siglo XX; en poesía, Jorge Manrique en la Castilla del siglo XV, o Jaime Sabines más cerca a nuestro tiempo y espacio.

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