Una chelita para Omar

El poeta y cantautor Alejandro Canedo comparte un homenaje a Omar Fuertes, actor orureño recientemente desaparecido.

Fuertes en una obra teatral.

Alejandro Canedo

Allá por el año 2000 o 2001, en pleno Miraflores de La Paz, funcionó el Café Cultural Ajayu, una iniciativa cultural y educativa, con más buena intención que pericia. Una de las noches más entrañables fue la ocasión en que el actor Omar Milton Fuertes Prado representó el monólogo “Alguien desordena estas rosas”, una adaptación escénica del cuento del mismo nombre de Gabriel García Márquez. Estas nostalgias, en su memoria:

“Una chelita”, solo pediste eso.

“Una chelita, y una silla vieja, lo más vieja posible”.

Hasta ahí tus requerimientos.

Mientras la chelita te esperaba en la barra del café, nosotros meta a buscar la silla.

Primero, como el bolichito aquel funcionaba en un espacio prestado, pensamos que podríamos pillar alguna silla por ahí, tal vez en la cocina o el depósito de la oficina.

Nada, todas estaban en condiciones de uso, no como para lo que necesitabas.

Finalmente, nos lanzamos a irrumpir en el botadero del patio de la casa, enorme y vetusta.

Baldes viejos, trastos, camastros oxidados, bolsas de basura, escombros y ¡una silla!

Le faltaba una pata, estaba totalmente desvencijada, como el ramo de rosas del monólogo.

Te gustó, como te gustaron la tenue luz que instalamos sobre el escenario diminuto y la compañía de las velas solitarias en las mesas del café, y algunas flores.

Con todo listo, había que esperar a que el público llegara; no recuerdo si hubo lleno total, parcial o escaso.

De un momento a otro, pediste soledad y silencio, “para prepararme” –diciendo–.

En una de las oficinas encontraste la intimidad que buscabas.

Luego de unos minutos, ya con algo de público en las mesas, apareciste caracterizado, palidecido y, como ya te dijo el poeta Jorge Hidalgo, con ese rostro de eterno infante: “estoy listo”.

La luz tenue, los fragmentos de piano solo, un suspiro inaugural y la silla que crujía, como crujía la tarima, y como cruje la memoria de tu obra: aquel niño entumecido de pasitos temblorosos confesándonos sus travesuras de amor en la habitación del olvido, mientras, casi veinte o cuarenta años después, tu chelita te espera en la barra, junto a nuestras lágrimas, confundidas con tu cuerpo, desmenuzado entre los caracoles, las raíces y las flores.

Una chelita para Omar…

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