Viajar no es morir un poco

Texto leído en la presentación del libro de Carlos Decker-Molina editado por 3600.

Daniela Murialdo

Antes de comentar este libro recién nacido, quiero alardear de ser la groupie virtual más antigua –y por ello más fiel– de Carlos Decker-Molina. Lo persigo desde el semanario Pulso y desde ahí intento siempre pisar sus pasos. Puedo presumir, además, de haber logrado lo que pocos fans, una amistad transoceánica que se alimenta de sinceros mensajes y auténticos likes.

Al leer el prólogo escrito por Ken Benson me vino una imagen del autor que ya retenía mi cabeza. Pero fue hasta que terminé el libro –una composición de mosaicos–, que reafirmé ese retrato que tengo de él: un antropólogo con espíritu trashumante que, usando instrumentos como el periodismo o la literatura, nos describe rigurosa, aunque desordenadamente, las manifestaciones de sus ya a estas alturas múltiples culturas.

A la vez que indefinible, este libro atesora interesantes ensayos, entretenidas crónicas, relatos que podrían ser novelas cortas y versos que no pretenden ser poesía. Y para coronar su versatilidad, entrega a sus lectores sedientos, recetas como la del cóctel deckeriano: una medida de Aperol, la misma cantidad de jugo de naranja y otra de agua tónica. Si gustan, pueden ir a preparase uno y yo los espero aquí con el mío.

Por momentos, cuando leía el libro, sentí hablar a mi padre chileno o mi padrastro boliviano. Fugar de un golpe de Estado para caer en otro era, en los 70, un modo común de migración. Los viajeros, como Carlos o mi papá, adoptaban exilios y rasgos comunes. Santiago, Ciudad de México, Buenos Aires. Desarraigos, torturas, orfandades, huidas. Nada de esto le fue ajeno a nuestro escritor que terminó recalando en una Suecia tan gélida y solitaria como educada, segura y quizás más feliz.

Carlos no es John Lennon, ni el Che Guevara (no busca reflectores ni glorias impostadas). Carlos es más bien un Forrest Gump sentado en una banca de la vía pública, relatando sus vivencias a quienes como él, esperamos el bus que nos lleve a nuestros destinos. Y ustedes, como yo, querrán que su bus no aparezca hasta terminar de escuchar lo que el escritor tiene para contarnos.

El libro se divide en tres partes que no guardan equilibrio ni responden a ninguna cronología. La primera es un conjunto de ensayos sociológicos, como aquel trazado a partir de un personaje que llega con una carga histórica de frustración, que solo los latinoamericanos somos capaces de soportar. Sebastián Pérez Condori supone la síntesis de “dos malos vecinos metidos dentro de un mismo pellejo”. Y es el hilo que permitirá al autor de Viajar no es morir un poco (editorial 3600) pasearse por el París de las concentraciones comunistas, en las que Pérez Condori –un revolucionario huido de la dictadura de Banzer– deja de ser quechua o aymara para convertirse tan solo en un camarada. Y en el Chile de Pinochet donde los militares torturaron a Sebastián por rojo comunista y boliviano enemigo de Chile (como a los demás bolivianos, entre los que estaba nuestro autor), pero a quien además laceraron “por ser un indio de mierda”.

Y es que Decker-Molina destapa una forma más de racismo que no necesariamente está en nuestro radar. Nos plantea, por ejemplo, la dificultad de quienes participaban de conflictos revolucionarios (habituados a analizar la sociedad a través de las clases) para clasificar a compañeros como Sebastián Pérez Condori, al que no reconocían como igual, pese a compartir ideología. Pero quien “se las arreglaba mejor en el exilio” en tanto conseguía trabajo más rápido, pues “siempre se necesita un jornalero y no un periodista”.

Carlos retrata como pocos el alma nacional. Lo hace con libertad, despojado de prejuicios. Nos habla, por ejemplo, de ese carácter forjado para lo corporativo, lo comunitario. Ese que está presto a la disciplina partidista. Es que el boliviano pareciera estar siempre más dispuesto a la sumisión. De ahí que, como lo sugiere el libro, sea más sencillo reclutarlo. Aun así, Decker-Molina encuentra semejanzas con otro de sus protagonistas –en principio antagónico–. Tanto su personaje boliviano como el sueco, se mueven en la soledad y el silencio. Solo que “Sebastián habla poco por temor al error. Sven, el sueco, habla poco porque no tienen con quien”.

Carlos cierra su capítulo sobre lo boliviano y nos lanza (como palomitas de maíz), pequeños ensayos sobre etnicidad, religión, violencia, cultura, etc. Mientras nos abre la lonchera en la que conserva los libros que acumuló en sus refugios en Bolivia, Chile, Francia, Argentina o Suecia, que aún le sirven de alimento. Aunque algunos –presumo– solo como tentempié.

La segunda parte del libro es una consagración de la mini-no-ficción. Carlos se vuelca a la danza del fuego, al que ofrenda sus pensamientos envueltos en servilletas o papelitos ajados, que regresan a él purificados y se instalan nuevamente en su cabeza. El autor recuerda en voz alta episodios de su vida, o los de otros que han llamado su atención; reflexiones o conjeturas filosóficas; descubrimientos idiomáticos; encuentros con el arte y la literatura.    

Se detiene, por ejemplo, en el libro El ruido del tiempo, de Julian Barnes, que trata de las contrariedades vitales del compositor y pianista Dmitri Shostakóvich, quien termina colaborando con los comisarios políticos del régimen comunista para no ser una víctima más de las pavorosas purgas dirigidas por Stalin. Salta a Madame Bovary para mostrarnos su gesto de desagrado con la censura que sufrieron en su momento la novela y su autor. (Un tribunal penal juzgó a Flaubert por haber “descrito escenas que ofendían a la moral pública y la moral religiosa”). Sucede que esos tribunales decimonónicos encuentran en la actualidad su parangón en el MeToo o en la corriente que promueve la cultura de la cancelación y que no son bien vistos por Carlos.

Decker-Molina es un crítico del feminismo extremo que, dice, “llena su voz y acento de furia y odio hacia los hombres”. Uno de esos machos que se sienten odiados es él mismo, quien luego de ponerle punto final a ese capítulo, debe detener las teclas e irse a la cocina pues le toca preparar la cena…

Al hablar de Sostiene Pereira, la novela de Antonio Tabucchi ambientada en Lisboa en plena dictadura salazarista, Carlos vuelve a dibujarnos un mapa de idiosincrasias (es que tiene nomás una habilidad para reflejar las particularidades humanas y detectar las antípodas en las que se sitúan las ideas y los sentimientos). Cuenta que le recomendó la obra a un colega suyo sueco al que, confesó luego, no le había gustado, pues “la historia de un periodista con posición política no es historia, porque los periodistas no deben tener posición política”. Carlos alerta que ese colega sueco ha vivido toda su vida en democracia, que claramente no es la experiencia suya. Y es que, para alguien como él, que se ha (mal)nutrido de las dictaduras latinoamericanas, ese libro no puede ser sino, una joya de la literatura.

El capítulo más fascinante es el de los hoteles. La estadía de nuestro escritor en Honduras a pocas habitaciones de los comandantes de la contra y los agentes “yanquis”, rodeados de prostitutas; el dictado de reportajes a Jorge Lanata desde el cuarto de un hotel en Buenos Aires; o su noche en la misma cama de un hotel en Marruecos en la que había dormido Henry Kissinger se convierten en cuentos de cuya verosimilitud quisiéramos dudar, pero no podemos.

El tercer fragmento ocupa un espacio muy pequeño. Carlos se guarda para sí lo más preciado: la familia, con sus fracturas, sus lazos y sus distanciamientos. Nos regala unos relatos con tono poético pero que no quieren ser poemas. Y opta a ratos por una belleza descriptiva poco coloquial. Como cuando narra su propio nacimiento: “tendida en un camastro de hospital público, lanzó un grito, sentí el río de sangre que nos inundó y me convertí en su estirpe”.

Pero son las cartas a sus padres las que más calan. No hay en ellas residuos de cursilería ni excesos emocionales y, sin embargo, están cargadas de amor. Pero no uno de esos que no se permiten reclamos (conscientes o inconscientes). Sino uno de esos que aun sabiendo de alguna bisagra oxidada en la relación, la siguen añorando. Y “Ella”, su compañera, la “conductora del tren” que no ha soltado el volante. Ella que ha visto con paciencia a Carlos subir y bajar de los distintos vagones. Que ha acompañado al “trotamundos perseguidor de información; que ha sido enviado en ocasiones a hurgar basureros”; que ha tenido que huir. Y sobre todo, que siempre ha querido volver.

Conocí personalmente al escritor rumano Mircea  Cartarescu, uno de los autores preferidos de Decker-Molina. El escritor rumano exuda sabiduría. Una que le han dado muchos años de búsqueda, luchas, desapegos, inestabilidad política, carencias, viajes, variadas lecturas, afectos y humildad. Carlos me recuerda a Cartarescu. Este Carlos que ya ha redactado su epitafio: “Aquí yace el futuro escritor”. 

Después de leer su libro convendrán conmigo en que aún es muy pronto para hablar de ello. Las letras de Carlos Decker-Molina son tan vitales como su espíritu. En todo caso, yo ensayaría para él otra leyenda: “Aquí yace el periodista y escritor, mientras bebe un Aperol y gesticula una mueca de satisfacción”.  

¡Salud!

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