“Gringas culonas”, como pretexto para rendir homenaje a Héctor Borda 

Fotografía: Vassil Anastasov.

René Antezana

En los encuentros de los 15 poetas de Bolivia, al verme siempre inquieto y movedizo, me decías, gozándome, que tenía en el culo un termostato, mientras las carcajadas de los presentes me obligaban a una mínima defensa, al menos, y te respondía que tú no lo tenías, que por eso estabas de Senador de la República.

A esas alturas de la vida, ya éramos amigos pese a la diferencia de edad y que tú fuiste, junto a tu familia, una amistad de larga data y muy querida por mis padres y hermanos, en especial por mi madre, con la que compartían militancia en el ala izquierda de la Falange Socialista Boliviana. No recuerdo cuándo, pero frecuentábamos tu casa, que quedaba a dos cuadras de la nuestra. Mi madre se desvivía por apoyarlos porque, siendo aún yo un niño, entendía que eran momentos difíciles para ustedes, no sabía el por qué. Ya con los años fui comprendiendo que tú eras un hombre que estaba entregado a una causa y que tu combate te había llevado a tener muchos enemigos muy poderosos. Yo apenas era un niño cuando vimos tu fotografía en la primera plana de una revista argentina, en la que aparecías llevando entre tus brazos una ametralladora pesada y con el pecho cruzándote cananas, como un guerrillero mejicano, fotografía célebre que retrataba el momento en que caía el MNR de Paz Estenssoro en noviembre del 64. Instantánea que fue tomada a tu ingreso a la plaza principal,  cuando pudiste escapar de una de tus prisiones del “Control Político” del MNR, a cuya cabeza estaba el tristemente famoso carnicero Claudio San Román, en la que tenían torturándote por opositor peligroso, por varias veces desde los 50. La política selló tu vida y la de tu familia con los exilios en la Argentina, España… y finalmente Suecia. Aún así no te rendiste y te sumaste a la lucha junto a Marcelo Quiroga en el PS-1 de los 80.

Por muchísimos años, ya en los 2000, mantenía un recuerdo tuyo que me martillaba la cabeza, y que yo pensaba que lo había soñado: que tú pasaste por la puerta de mi casa mientras nosotros estábamos jugando en la calle, y nos pediste que llamáramos a nuestra mamá. Estabas acompañado de un señor con lentes y gorra. Se saludaron con mi mamá y se fueron. Algún tiempo después, vimos fotografías en el periódico Presencia, con las noticias del Che Guevara, que llegó a Bolivia como diplomático. Estaban las fotos de su pasaporte. Lo reconocimos de inmediato: ¡era el señor ese que estaba contigo! Mis padres nos pidieron silencio. Y así lo hicimos. Tanto que se convirtió en una especie de sueño o una invención. Por el 2007 más o menos, te visité en La Paz. Allí te pregunté si era mi invención. Me dijiste que no, que fuiste responsable de hacerlo pasear un poco por Oruro para luego dejarlo en la casa del jefe del Partido Comunista de Oruro, el “King” Palenque. Quedé sorprendido, entonces ¡no lo soñé! Y sumaste a esa, otras historias que son parte de tu vida tan intensa y al filo de la navaja.

Histórica foto del Encuentro de los 15 poetas. Foto: Archivo de Edwin Guzmán.

Tú te convertiste en un hermano para mí, desde la poesía y por nuestras largas conversaciones sobre la simbología de mitos, la vida en las minas, las otras caras del Carnaval, de los procesos históricos, y de cómo todo ello es parte de nuestra manera de ver el mundo y nuestro país; y cómo todo ello está íntimamente vinculado a tu poesía. El poeta que habitaba en ti era indisoluble del luchador social, era otro campo de batalla donde construiste una visión muy tuya desde lo minero, la mina, la sacralidad del mundo andino, el sentido profundo de nuestras raíces vivas en nosotros mismos. Además, tenías algo que muchos no tenemos: un enorme sentido del humor, muy sarcástico por cierto.

Una noche de San Juan en Oruro, dentro la programación del Encuentro de 15 Poetas de Bolivia,  leíste poemas al pie de una gran fogata. Allí dejaste fascinado al público por la intensidad de tu lectura. Concluiste con un hermoso poema que además de evocar a tu amigo el pintor Humberto Jaimes, era un pretexto (como dice el título) para cantarle a Oruro, a ese Oruro de los 40 y 50, en el que mencionas que habían más personajes intrínsecamente orureños y no familias de europeos con “gringas culonas”.

En la fogata estaban presentes orureños y orureñas de origen extranjero que se sintieron aludidos y reaccionaron yéndose en media lectura diciendo: “vámonos, gringas culonas”. Luego, te compartimos esta inusual situación un poco preocupados, y tú reaccionaste con tu sarcasmo infinito: “yo no sé por qué lo toman tan en serio, si además no son culonas, son ch´usu sikis”, y rompimos a carcajadas.

Estarás por siempre en mi memoria y también, por qué no, en los sueños que nos conectan con el ukhupacha.

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