Héctor Borda Leaño regresa a su país natal

Fotografía: David Illanes.

Juan Cameron

Cuenta la leyenda que el poeta Borda participó en no sé cuántas revoluciones y, tal como los personajes de este mágico continente donde se ubica la realidad, salió otras tantas veces al exilio. De todo esto hay registro, sin embargo. Una fotografía de 1952 lo muestra cruzado de cananas y con un arma en ristre. Le rodean los mineros. Otra imagen, relatada por una conocida, lo muestra como un cacique familiar llegando al aeropuerto de Copenhague. Su mujer, la dulce Betty, lo acompaña como siempre junto a sus cinco hijos, algunos nietos y -dicen- con algo así de treinta y seis maletas. Es que Héctor Borda Leaño, ese poeta de Bolivia por el mundo, nunca se ha quedado chico ni para los elogios ni para los números. Yo lo conocí en el exilio y sufrí de aquellos.

Lo conocí en Buenos Aires allá por 1974 o comienzos del 75. Trabajaba yo, por entonces, como lector y corrector de la Editorial Noé, una empresa cuyo único otro empleado y propietario era mi amigo Alberto Alba. Una tarde el “negro” Alba me invitó a una lectura en un lugar llamado la Casa Latinoamericana. Leían, no recuerdo bien, varios poetas argentinos de primerísima línea, muchos relacionados con la revista Crisis, muchos vinculados a la “zurda” argentina y muchos, hoy, desaparecidos.

Entre los asistentes había un señor delgado y bajo, con gruesos bigotes, quien bien podría haber sido colombiano o mexicano. Pero cuando comenzó a leer Mi viejo fusil chaqueño, ya no había duda para donde disparaban sus versos. Hermoso poema; y tan lejos llegaron sus disparos que, dicen las malas lenguas, inspiraron hasta el propio Nicolás Guillén en sus cantos para soldados. Yo lo creo así, también. Más bien, como que casi lo sé.

Al cumplirse con el programa los organizadores invitaron al público a leer sus propios poemas. Leí entonces mis trabajos, sentado sobre un taburete y con un foco policial que me exponía al mundo. Y este señor bajito y de bigotes, a quien yo creía colombiano o mexicano y que había escrito un poema de soldados antes que Guillén, fue inconmensurablemente elogioso. Se alzó y con su ronca voz dijo más o menos: “saludo la aparición de un gran poeta latinoamericano”. Y este hecho me instó a continuar. Mucho después publiqué aquellos textos y me hice conocido en mi país. En parte se lo debo a Borda.

Y como los elogios en verdad me conmueven, nunca olvidé la anécdota. Pasaron años, nacieron hijos, tuvimos viajes y de vez en cuando me acordaba de Mi viejo fusil chaqueño. Un día, allá por 1988, fui con mis hijos a una iglesia de Malmö en la cual se anunciaba a una cantante boliviana con el mismo apellido del poeta, Marcela Borda. La ubiqué y le pregunté si era pariente del poeta. Me dijo que era su padre, que vivía en la ciudad y que llegaría en unos quince minutos. Cuando entró a la sala, un poco más gordo, un tanto más canoso y trece años después, me acerqué a saludarlo. Me presenté y le narré la anécdota. No fue necesario decirle mi nombre. Lo recordaba tanto como los detalles de aquella lectura bonaerense.

Borda era mucho más que esa figura romántica y peregrina cuyos mitemas lo construyen o deconstruyen a los ojos de nuestra América contemporánea. Borda es un poeta significativo en la Bolivia actual y, tanto como Yolanda Bedregal o Pedro Shimose, un nombre en el Siglo XX. Y un nombre que fuera de las altas fronteras altiplánicas brilla como la Wiphala pues su literatura, así como otras tantas puras cuestiones de Bolivia, es también secreta.

Con todo vivió épocas de absoluto silencio en el silencioso Malmö. Con su especial orgullo, nunca optó a los beneficios entregados por el sistema a los escritores y pocas fueron sus lecturas públicas. Leía solamente en actos solidarios; o en agradecimiento a sus amigos.

Allí tuve oportunidad de conocer a su familia, de una u otra manera siempre vinculada al arte. Betty era una figura frágil y amable con ese don de gentes tan propio de los bolivianos. Yo la recuerdo con sus pómulos suaves y su alma que estallaba cuando soplaba la armónica. No estuve en su última enfermedad y andaba por Chile cuando falleció, a comienzos de 1994, víctima de un cáncer. Y sin embargo, pese a mi descuido o desarraigo, prefiero sin poco egoísmo recordarla así, con sus pómulos suaves y su alma que estallaba cuando soplaba la armónica. Ella me habría comprendido.

Héctor regresó a Bolivia a devolver a la Pachamama las cenizas de su compañera, a recorrer su tierra y a recobrar ese espacio tan merecido en su literatura. Retornó sin embargo a Escandinavia. Algo se queda siempre en esos lugares después de tantos años y tantos recuerdos. Pero ya es hora de reunir sus libros en uno solo.

Me perdone el lector estas disquisiciones. Supe hace poco de su muerte.

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