Héctor y la música

Borda y Chávez, dos poetas orureños. Foto: Vassil Anastasov

Benjamín Chávez

“La poesía es como una música que anuncia el porvenir”, me dijo Héctor una tarde entre el humo de su cigarrillo en el desaparecido café La Paz donde, durante varios años en la década de los 2000, tomaba café tras café, a veces comía una salteña y almorzaba de lunes a viernes. Su frase, si bien aludía a su propia concepción de la poesía, me hizo pensar, ahora que la recuerdo, en las pocas veces que hablamos de música y en que casi nunca escuchamos algo juntos, a pesar de haberme alojado en su casa en varias ocasiones. Tampoco sé qué le gustaba, pero hubo algunos momentos en los que la música apareció en el momento más oportuno en las conversaciones dadas a lo largo de varios años de amistad y pude ser testigo de la estrecha relación que él tenía con ese arte. Sin ser un melómano, era un justo apreciador de la buena música y un escucha sensible que se deleitaba con el jazz o con intérpretes como El Cigala y el Polaco Goyeneche.

Se puede mencionar al tango como una vertiente de sus gustos musicales pues en otra ocasión, también en el café La Paz, Héctor me cantó un fragmento de “A media luz”, el tango cuya letra es de Carlos César Lenzi (música de Edgardo Donato), y que Gardel popularizó hasta convertirlo en uno de los tangos más grabados: “Los pisitos que puso Maple, piano, estela y velador”, dice parte de la letra y Héctor me dijo que las sillas donde estábamos sentados eran de esa marca: Maple & Company, la reconocida marca británica de muebles que funcionó en Buenos Aires de 1850 a 1982. Ahora que el Café La Paz ha desaparecido, me pregunto qué destino habrá tenido ese mobiliario.

Cierta vez, viendo la TV en su casa de Los Pinos, me contó, al escuchar una canción de Yayo Jofré, que ese tema musical lo había escuchado una noche de nieve en no sé qué ciudad europea (¿Copenhague? ¿Londres?). Héctor y su esposa Betty Oviedo pasaban por una calle donde un músico callejero tocaba una tonada. Fue su esposa quien la reconoció y le dijo “esa es una pieza boliviana”, entonces se acercaron al músico y entablaron una breve conversación. En efecto, era una pieza de Yayo Jofré que el oído musical de Betty (ella sabía tocar el bandoneón) había reconocido inmediatamente. El músico, creo que ecuatoriano, les comentó que tenía esa vieja canción incorporada a su repertorio habitual.

En otra ocasión, también en su casa, me contó que hacía muchos años había pasado una noche entera conversando en las playas de Mar del Plata con Facundo Cabral. “Yo estaba ahí porque era verano y había mucha gente. Pasé el día deambulando y vendiendo alguna cosilla para sobrellevar los duros días del exilio, en eso llegó la noche y yo no tenía dónde dormir, entonces me quedé en la playa. Compré una botella de vino y me instalé contra un muro de piedra con vista al mar. Al poco rato apareció un muchacho que me habló, me preguntó de dónde era y a qué me dedicaba. Cuando le dije que escribía poemas y que era boliviano, se sentó junto a mí y me dijo que él era músico y que se llamaba Facundo Cabral, conversamos largamente. Cuando acabamos el vino, compramos más y así, entre charla y charla se nos hizo de día. Entonces nos despedimos con un abrazo. No volví a verlo nunca más aunque tiempo después recibí una carta suya. Hace años que esa carta se perdió, como también el casete que me regaló”.

Otra anécdota con un músico argentino sucedió en Sucre cuando, invitado por el Festival Internacional de la Cultura, que en ese momento era dirigido por René Antezana, llegó León Gieco; tenía que dar un concierto en el estadio Patria esa noche (y lo dio, claro, más de dos horas interpretando un repertorio que hacía un recorrido casi cronológico por su producción discográfica). Esa tarde, Héctor y yo tomábamos chuflays en la cafetería de la Casa de la Cultura. Yo sabía que en algún momento Giego aparecería por allí para dar una conferencia de prensa y estaba muy atento a su llegada, tanto que Héctor me preguntó la causa de mi inquietud. Se la comenté y él me pidió que le repitiera el nombre del músico, pero no dijo nada. Cuando León entró al patio de la casa, yo me incorporé, saqué la cámara fotográfica y me disculpé de Héctor por tener que dejarlo solo en la mesa para ir al patio a tomar algunas fotos. Héctor, con una gran sonrisa me dijo que no me preocupara y que vaya tranquilo. Así lo hice, atravesé el patio y me instalé en el otro extremo por donde previsiblemente Gieco pasaría. En eso, en medio de tanta gente que lo rodeaba (miembros de la organización del Festival, prensa y fans), León miró hacia la cafetería y reconoció a Héctor. “Poeta Borda”, le dijo abriendo los brazos y acercándose a él. Se abrazaron ante la mirada atónita de todos quienes, como yo, ignorábamos su amistad. Conversaron un poco y cuando por fin pude abrirme paso hacia donde ellos estaban, apenas llegué a escuchar la frase final del músico: “Envíeme unos poemas por favor, para que les ponga música”. “Con todo gusto” respondió Héctor y mientras Gieco entraba a la sala de la conferencia de prensa, Héctor, volvió a su mesa a seguir bebiendo tranquilamente su chuflay.

Pero la historia más entrañable fue cuando me contó acerca del bandoneón que tocaba su esposa. Ella interpretó por puro pasatiempo ese instrumento durante varios años. Un buen día, por ciertas premuras económicas, se vieron forzados a vender ese fiel compañero que en los días grises o las noches frías de Oruro acompañaba las horas de la familia. Así, ella se quedó sin su instrumento durante mucho tiempo. Cuando parecía que ya lo había olvidado, por esas vueltas que da la vida, Héctor ganó un curul en el parlamento nacional. Pasó un mes en el que él desempeñó esas funciones y, cuando recibió su primer sueldo, salió del palacio legislativo, se encaminó a una tienda de instrumentos musicales en inmediaciones de la calle Comercio y le compró un bandoneón nuevo a su esposa. Luego se fue a la terminal de buses y se subió a la flota que lo dejó en Oruro casi a la medianoche. Se fue a casa y, luego del cariñoso saludo y el infaltable café, le entregó el regalo. Ella, que había vuelto a la cama por el frío reinante, abrió el estuche y con una mirada luminosa llena de alegría y gratitud, se sentó apoyada en las almohadas y comenzó a tocarlo. Una pieza tras otra, tangos, sobre todo, con pasión y entusiasmo hasta que las primeras luces del alba los sorprendieron aún escuchando la música que salía de sus manos. “Tocó todita la noche”, recordaba Héctor.

Esas son –quizá entre alguna otra que ahora no me viene a la memoria– las ocasiones en las que la música se filtró en nuestras conversaciones e inundó con su mágico poder lo que él decía. No en vano, la primera frase que le escuché decir cuando nos conocimos en Sucre en la primera mitad de los 90, fue una relacionada a la música. Era un mediodía espléndido en la plaza 25 de Mayo cuando él, ataviado con pantalón café claro a juego con sus zapatos y una polera naranja, junto a su más viejo y entrañable amigo Alberto Guerra, abordó a un grupo de señoritas capitalinas con una frase contundente y musical, ante el mutismo cómplice y risueño de Alberto: “Buenos días, mi amigo y yo somos dos cantantes húngaros que no conocemos la ciudad ¿podrían por favor guiarnos por este paraíso de jardines y casas blancas?”. Así era Héctor.

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