Dos poemas por el Día de la Madre

Cartas a mi madre

Ramiro Condarco Morales

FLOR DE OTOÑO. Perpetua enmudecida.
Rosa blanca de abril. Sueño de infanta.
Perlado pelo cano te hizo santa:
Santa imagen de amor despedida.

Cada vez más distante y más sentida
por tanta pena y amargura tanta
que siempre tu recuerdo me adelanta
al reencuentro de tu última partida.

Cautivo del pasado. Nada llena
en mi alma enferma de dolor tu ausencia.
Quise ser luz de sol para tu pena,

y sólo he sido reverbero inerte.
Quise ser la extensión de tu existencia
y sólo soy la sombra de tu muerte.

¡Puerto Agonía al alba! ¡Madre mía!
¡Quien creyera que de acá te escribo!
¡Aunque, Madre, aún exista, ya no vivo!
¡Ya no vivo tu vida ni la mía!

¡Puerto Dolor, donde la luz no es día:
ni paisaje hiemal ni aliento estivo!
¡Una ascensión sin fin de paso esquivo
tanto más dura cuanto más tardía!

¡Tiempo incierto, doliente, acibarado!
Desbordante de luz, pleno de sombra.
Flujo incorpóreo, triste y reiterado.
¡Eter vivaz sobre la nube-alfombra!

¡Un espectro a la espera del Buen hado!
¡Y una voz que te llama y que nombra!
Puerto Desolación en hora mustia.
Te escribo desde el polen de los lirios,
desde  las rosas blancas y los cirios,
desde la sombra muerta de mi angustia.

Puerto Desolación en tierra adusta
huyeron ya calvarios y delirios,
las sombras del pasado y tus martirios…
En paz descansa tu aflicción augusta.

Puerto Desolación. ¡Ya nada late,
nada vibra, ni vive ni palpita,
nada pulsa ni vuela ni se abate.

No hay calor, no hay paisaje, no hay sonido,
mi corazón lo siente y acredita.
En él, también, ha muerto hasta el latido.

Puerto Ausencia a la fecha en el Vallado.
Te busco en el rocío que desgrana
la doliente oración de la mañana
en la espiga del pan abandonado.

Refección que no sabe a tu pasado,
muerdo tan sólo mi presencia humana…
El triángulo de luz de la solana,
como nunca, silente e inanimado.

Te busco en la fatiga de mis músculos,
y, al calor familiar de mi aliento,
en el claro arrebol de los crepúsculos.

Y de pronto renaces en mi mente,
pero en tal soledad y apartamiento
que sí estás sola, es que yo estoy ausente.

Puerto Esperanza al fin del camino.
Tu lo viste en verdad reverdeciente.
El eras tú: criatura de tu mente,
Él era yo: retazo de tu sino.

Puerto Esperanza abierto al sibilino
soplo de la existencia. Aunque doliente
mi alma te reclama y hoy te siente
como el propio matiz de mi destino.

Puerto Esperanza al fin de mi sendero.
Más allá sólo el mar: otra esperanza
que aquieta mi dolor en agua mansa.

Esperanza: postrer pan del arriero,
promesa austera de volver a verte
mientras tu vas a Dios y yo a la muerte.

¡Salve madre!

(A Ernestina Soza Pérez).

Rómulo Quintana Soza

Sola…
Despertaste, surgiendo
del silencio silente.

Profundo y primer suspiro…
Certero y seguro
de seguir el sendero.

Tu cuna
no supo de la suave seda,
mas, supo de la cebellina
del sublime sentimiento.

Ansiosa…
Subiendo subiste
a los cenitales celajes,
con tu cesta cestada
de sapiencia.

El sacrificio de tu vida…
Símbolo Sempiterno
de la sensible sencillez…
es la brillante centella de luz
que guía los pasos del amor…

Ser del suplicio superior…
Señora, Soberana.
Sencilla en su sortilegio.
Solícita cual ninguna…

Sumida en el sufrimiento,
en la ciénaga sombría,
susurrabas cual señorial
santuario del Sacrificio.

Cerraba tu cielo
la cercana, sedienta
y mortal sentencia de la noche…

¡Salve!
Santo ciclamor.
Sigue tu luminoso sueño…

Duerme, Madre, duerme…
Duerme tu dulce y solaz silencio…

(Con todo el amor
que puedas imaginar…)

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