Las facetas y registros periodísticos de Sotomayor

Fragmento de un texto leído el 20 de mayo en el coloquio “Los periodismos de Ismael Sotomayor”, organizado por la Carrera de Literatura de la UMSA.

Martín Zelaya

En el artículo “Anecdotario de una visión”, publicado en su columna “Letra sincrónica” del suplemento literario Letra Siete del 28 de marzo de 2015, Alan Castro cuenta una de las célebres apariciones o facetas de Ismael Sotomayor.

«En el capítulo 4 de Vidas y muertes [de Jaime Saenz] se habla de una fantástica biblioteca en miniatura. Juan José Lillo (personaje basado en Ismael Sotomayor) tiene miles de libros, pero se ve obligado a miniaturizarlos porque ya no caben en su cuarto. La dueña de casa toma cada vez más espacio para construir nuevos cuartos en alquiler. Entonces Lillo se ve obligado a miniaturizar imponentes volúmenes que quedan “reducidos a una dimensión de diez milímetros de alto por cinco de ancho”. Sin embargo, no habiendo un microscopio lo suficientemente poderoso, el problema de aquellos libros es leerlos».

Qué mejor que hacer referencia a una columna de periódico, como la entrañable Letra Sincrónica de Alan, para entrar a hablar de Sotomayor cronista.

En el marco del proyecto Prosa Boliviana se acaba de publicar el libro en dos volúmenes Ismael Sotomayor. Artículos en El Diario 1929-1952: una destacable labor que consistió en ubicar, registrar, escanear, transcribir, clasificar y editar decenas de textos. Ana Rebeca Prada quien guio este trabajo, señala: “Sotomayor fue nuestro más grande tradicionista paceño, pero su obra es mucho más extensa y diversa. Este libro nos permite descubrir al historiador, al profundo conocedor de la diversa cultura paceña, al lector, así como al escritor que se animó a publicar algunos poemas en prosa, algunos cuentos fantásticos, pero que dejó que su veta histórica predominara”.

Proponemos, en ese marco, un repaso a las diferentes dimensiones escriturales-periodísticas del autor de Añejerías paceñas, reflejadas en los dos citados volúmenes.

Sotomayor historiador y “biógrafo”

Es unánimemente calificado como historiador, tradicionalista, archivista, columnista, pero Sotomayor era también un gran lector. Un explorador y curioso inveterado de toda producción cultural artística. Y, por supuesto, un coleccionista de figuras favoritas sobre las que no dudaba en trazar semblanzas.

En su texto “D. Emeterio Villamil de Rada” rescata, en 1941, el perfil que, hasta ahora, 80 años después, es el más difundido del autor de La lengua de Adán.

«Villamil de Rada, “loco de ejemplar cordura”, vino a este mundo egoísta el año ya lejano de 1804. Batalló denodadamente en sus correrías por Europa y Oceanía contra su propio destino y, principalmente, contra la absoluta incomprensión de las castas doctas de su época; luchó y triunfó de manera singular». (2002: 115, Vol I)

Destaquemos también, de su más extenso perfil de Gabriel René Moreno, un párrafo que curiosamente en 80 años, sigue vigente:

Por ello, saborear el summum del pensamiento de este escritor no pocas veces suele estribar hoy en dificultades mil, teniendo en cuenta lo raro que se hace dar con sus volúmenes, ora por el tiempo transcurrido desde su aparición, ora por la elevada cotización que ellos han llegado a obtener en los centros bibliográficos de indiscutible mérito, en el exterior. (2022: 234. Vol. I)

Archivista, costumbrista

Escrita en 1929, en el mismo tono de las Añejerías paceñas, pero situada en Cochabamba, “Pecadillos que condenan” es una muestra modelo del Sotomayor que más trascendió, el tradicionalista. La faceta que más caló, bien lo sabemos ahora, no porque haya sido la mejor o la más explorada, sino porque su único libro conocido ahondó en ella.

«Había en Cochabamba, en bienaventurados tiempos, un monumental convento, un frailecito de caperuz y una apuesta dama, lista a vestir santos y fabricar escapularios. Tan bellos dotes fueron pretexto de muy cotidianas visitillas recíprocas entre partes interesadas. Tiempo vino y tiempo fue en que, sin decir oste ni moste, se supo que la bella había entregado sus pesos de a ocho reales a los pobres de un asilo y que, al fin del Ave María, su ánima estaba en el otro mundo». (2022: 295. Vol. I)

Y también hay uno que otro texto que se le escapó de las Añejerías…, como este de 1937 que se llama “Tradiciones paceñas. Una de tantas –escribas y mequetrefes” y empieza así:

«Cuenta la tradición, aunque con muchos ribetes de sabor y matiz historiológico, que los paceños de antaño fueron hombres de voraz enjundia y varones de pelo en pecho cuando de salir al frente de la honra del terruño se trataba». (2022: 325. Vol. I)

Lector, reseñista

Siempre al tanto de la producción nacional, entre los años 30 y 40, según se desprende de sus artículos, se decantó también bastante por autores ecuatorianos, clásicos españoles y prácticamente todo lo que le caía en mano, a punto de ofrecer un tributo entre inocente y conmovedor a los libros en su texto “Manías y lecturas de bibliófilos impenitentes”:

«El libro es muy difícil de poder ser definido porque representa y tiene un valor que varía según el individuo que lo posea, lo analice o lo busque; pero en lo que se está de acuerdo es en que ha vencido en todas las pruebas: las criaturas simpatizan con el libro, lo aman y lo buscan, y hasta los que se encuentran reacios olvidan que es el influjo del libro quien los gobierna, los instruye, los cura, los premia, los castiga, los estimula y los orienta en forma segura y en absoluto desinteresada; siendo así que hasta los buenos cocineros buscan en los libros de arte culinario lo que necesitan para el aliño que diestramente logran hacer sobre manjares con que solemos regalar al paladar». (2022: 50. Vol II)

En 1936, con el pseudónimo de Jaime Cruz, publicó en El Diario “Un valioso libro del año 1637”, en el que hace eco de su apasionamiento, casi fetichista, que con seguridad no pocos acá compartimos, por acumular joyas bibliográficas:

«Debo a coincidencia feliz haber obtenido, poco ha, un ejemplar muy bien conservado y tratado de la obra básica y siempre de actualidad que versa acerca del beneficio de los metales y cuyo tema desenvuelto con sencillez y erudición al través de las ciento veinte y seis páginas de que consta el librejo, en pergamino, incluyéndose las respectivas sumas de privilegio, tasa, aprobaciones, índice (…) Es un incunable potosino en que, fuera de la materia misma que se desarrolla en él, tiene también exquisitas digresiones respecto a la ubicación de índole geográfica de los muchos yacimientos mineralógicos de la región en la época en que apareciera el libro del cura doctor Álvaro Alonso Barba». (2022: 283. Vol. II)

Sotomayor columnista

El periodista columnista, bebía también del historiador. Como pasa incluso ahora –en momentos de seria crisis, o al menos de cuestionamientos en este oficio, avasallado por las redes sociales–, Sotomayor no desperdiciaba aniversario, referencia histórica o cualquier buen pretexto para sacar a relucir sus conocimientos y hacer uso de su archivo.

El 6 de marzo de 1945 publicó su texto “Inauguración oficial de El Prado”, en el que relata al detalle lo sucedido el 6 de marzo de 1715:

«Y el estreno del paseo conocido aún hasta el presente con el nombre de El Prado, designación impuesta seguramente a la manera y en pensamiento evocativo de El Prado de Madrid, tuvo los máximos alcances de una solemne fiesta social, militar, administrativa y, en una palabra, oficial. La víspera del acontecimiento, los hermosos jardines de la Alameda, por entonces, aún principio floreciente de inicial aspecto por las plantaciones de eucaliptos, álamos, quishuaras, sauces y otros árboles ornamentales, habían atraído la atención y la concurrencia de parte de toda la flor y nata de la ciudad». (2022: 205. Vol II)

Sotomayor ficcionalizador

No le fueron ajenos tampoco algunos intentos de prosa poética y soliloquios o narraciones de índole ficcional, pero siempre con un sustento en las tradiciones, leyendas o facetas históricas. Un ejemplo es “Espejo de vida”, publicada en 1940 con el pseudónimo de Juan Cruz:

«En un mágico espejito que las sombras del destino circundan a su marco áureo, me entretengo contemplando el desfile de mis días y soy así, el espectador impasible y estoico de mi propia existencia. Los de mi niñez pasan atisbando el panorama espectral en el que imperan los duendes, los brujos y los “cucos” para amedrentar al espíritu crédulo e inocente». (2022: 326. Vol. II)

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