El Kunstek en Oruro

Kunstek junto al autor de este texto en los tempranos años 90.

Benjamín Chávez

 … junto a una mesa llena de libros y papeles, permanecía sentado un hombre con la cabeza apoyada en las manos.

Alejandro Dumas, Veinte años después

La presencia de Eduardo Kunstek Montaño fue fundamental en la escena artístico-cultural del Oruro de la segunda mitad de la década de los 80 y toda la de los 90. Él había arribado de Cochabamba por motivos laborales y su estadía, inicialmente prevista para seis meses, se terminó convirtiendo en una de varios años. Años en los que se convirtió en un activo promotor de actividades culturales. Desde dar lecturas públicas, hasta participar en la organización de eventos y publicaciones.

Lo conocí en 1989 en la Galería Imagen y desde entonces fuimos amigos muy cercanos durante mucho tiempo, hasta que diez años después yo me fui a radicar a La Paz y él también dejó Oruro. Nos conocimos en la presentación de su primer poemario: El recurso del fuego, un libro de poemas breves e intensos que mostraban su talante de poeta. Un talante que muchos años después nos llevó a expresar (junto a Carlos Condarco y Martín Zelaya, mientras redactábamos el diccionario de autores orureños), que su poesía “es inteligente, rigurosa, culta y elegante y que sus poemas son un ejercicio aleccionador de sensibilidad y sobriedad poéticas”.

A ese libro pertenecen poemas memorables como Arquitecto de la noche, El definidor (dedicado al inolvidable Jorge Zabala), el poema 15, Hermes (dedicado a Edwin Guzmán), o El recurso del fuego, entre otros.

Así, de a poco, no obstante la diferencia de edad, nuestra amistad fue creciendo y, sin darnos cuenta, nos convertimos en grandes amigos y cómplices, tanto en los intereses comunes (intercambiábamos libros y casetes), como en las cosas de la vida cotidiana (el Kunstek me prestaba su peta, un Volkswagen blanco, para que yo dé vueltas por Oruro, y yo, a veces, lo llevaba a conocer algún tugurio de mala muerte que acababa de descubrir con mis amigos de colegio, o le gestionaba libros prestados de terceros. Recuerdo su expresión de felicidad cuando le conseguí de una biblioteca pública Masa y poder de Elías Canetti.

Solía visitarlo en su casa, en la zona norte de Oruro y nos pasábamos horas enteras conversando, leyendo, escuchando música, fumando y bebiendo unos inolvidables vinos chilenos de marca Undurraga. A veces Eduardo también cocinaba y me convidaba con unos manjares dignos de un restorán con estrellas Michelín. Allí, en su acogedora casa conocí a amigos entrañables y pasamos muy gratos momentos junto a Jorge Zabala y varios otros amigos que gozaban de su hospitalidad. De los autores que recuerdo haber leído por primera vez gracias a Eduardo en esos años, puedo mencionar a Kundera, Beckett, Robbe-Grillet, Unamuno…

Poco tiempo después, se inició la publicación del suplemento cultural El Faro gracias al apoyo de Luis Urquieta Molleda que en ese momento presidía la Federación de Empresarios Privados de Oruro, suplemento al que fui incorporado como coordinador en 1995. Por ese motivo, Eduardo, Berny Salinas -su esposa- y Edwin Guzmán pasábamos largas tardes y noches preparando el suplemento en casa de los Kunstek.

Fui un privilegiado partícipe de la publicación de sus libros Vindicación de la cigarra en 1990 y de Cántaro y luna en 1994. Dos libros breves pero cargados del rigor y la potencia poética de Eduardo que lo colocaron por méritos propios en un sitial de privilegio dentro de la poesía que se escribía en Oruro y Bolivia en esa época. Posteriormente Eduardo entraría en una etapa de silencio editorial, hasta que, en 2018, cuando ya radicaba en Santa Cruz, publicó De la órbita final y, en 2021, en edición digital, el libro de haikus y fotografías Viaje al centro del instante. Libro que puede leerse en: https://www.behance.net/eduardokunstek1/projects

Luego de El faro, vino El Duende y el equipo editor se mantuvo. Varios años después, cuando este suplemento alcanzó su edición 400, evoqué un recuerdo de esas jornadas en casa de Eduardo: “En otra ocasión en esa misma casa, Eduardo y yo nos habíamos propuesto armar el suplemento de ese domingo. La larga sobremesa con cigarrillos y música clásica, nos despertó la colambre y salimos en busca de, al menos, una botellita de vino. Volvimos de noche con dos botellas ya vacías y otras dos llenas. Berny estaba en su casa y entre los tres armamos la edición que fue recogida por un radiotaxi a las 11:45 de la noche con rumbo al periódico, donde debía imprimirse esa misma noche. Nosotros, claro, nos quedamos a terminar el vinito. Publicamos entonces un texto de Milan Kundera, el que debía ir acompañado de una fotografía suya, para lo cual, y a falta de otra (recordemos que en esa época internet pertenecía al futuro), Eduardo empuñó las tijeras y recortó con pulso decidido la cara del autor checo de la solapa de su bella y recién adquirida edición española”.

Entre mis amigos de aquella época, Eduardo es uno de quienes está indisolublemente ligado a mis inicios escriturales pues estuvo presente en la Galería Imagen la noche que leí poemas en público por primera vez en mi vida. Él, junto a Alberto Guerra y Edwin Guzmán, animaban las tertulias literarias de ese recinto que alcanzó ribetes de culto entre los artistas e intelectuales orureños y ocupaban siempre, como en toda tertulia que se precie, una misma mesa junto al pequeño escenario. Recuerdo que fue una noche en que se celebraba algo, muy probablemente el aniversario de la Galería y, tras el programa oficial, dejaron el micrófono abierto, como suele decirse. Entonces yo, envalentonado por los dos o tres chuflays que ya me había tomado, subí al escenario y, acompañado por mi amigo Billy Blacutt, quien me cuidó las espaldas con los acordes de su guitarra, leí tres poemas que tenía escritos en un pequeño cuaderno que llevaba en el bolsillo a todas partes. Al rato, antes de irse, los tres poetas mencionados se acercaron a mi mesa. En ese momento comenzamos una amistad de por vida. Ahora, más de veinte años después, ya solo podré conversar con Eduardo a través de sus libros, como en el famoso poema de Quevedo que un atardecer de incendio leímos juntos soportando el viento del altiplano, un viento que hoy es más frío.

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