Tres truenos, de Marina Closs: escribir voces en la cabeza

Reseña del libro editado por Dum Dum, una de las grandes novedades de la de Feria Internacional del Libro de La Paz.

Portada de Tres truenos (Dum Dum, 2022).

Irina Soto

A veces una lengua no alcanza. No es suficiente una gramática y un vocabulario para nombrar el tránsito de los cuerpos que se atreven a cruzar límites. Cuerpos como los de Cuñataí, Demut y Adriana, las protagonistas que le dan voz y título a los monólogos que componen Tres truenos.

Marina Closs, su autora, tiene un don prodigioso: sabe escribir voces en la cabeza. Si una está acostumbrada a una o dos voces (propias) dando vueltas siempre, vibrando, revirtiendo el orden de los mundos atrapados en la cabeza, es fácil enganchar con el texto y encontrar en las protagonistas de cada monólogo un eco a las preguntas que suelen acechar a una mujer. Si una no está acostumbrada, enganchar es quizás aún más fácil: la fascinación con la musicalidad, la creación de lenguajes propios, las maneras de nombrar eso que llamamos distancia, el desgarramiento de los cuerpos y las palabras –especialmente de las palabras– hacen de Tres truenos un libro que atrapa. Lo que ocurre con el manejo del lenguaje en sus páginas es casi magia: compás, ritmo, voces, altos y bajos, calidez y frío. Monstruosidad, extranjería, sangre. Tres mujeres-monstruo dueñas de cuerpos que son parte de un margen que se niega a aplacarse, tan indomable como la fuerza de las tormentas, de los tsunamis, de la tristeza infinita.

La pregunta que ronda los tres monólogos parece ser: ¿qué es una mujer? Y sobre eso, ¿cuándo una mujer tiene que dejar de ser niña? ¿Es la sangre lo que hace a una mujer? ¿Es el poder engendrar hijos? ¿El poder amar a un hombre? ¿Es el sexo con amor? ¿El sexo por placer? ¿El sexo sin amor le está permitido a una mujer, incluso por sí misma?

El primer monólogo es el de una mujer mbyá guaraní, que narra en primera persona su vida en una aldea, primero con sus padres, luego con su esposo. La necesidad de contar lo que le ha ocurrido explota en la forma de un monólogo arrasador. Va contando cuál fue el camino que la condujo a contarle su historia a una señora, que no conoce ni conocemos. Su oyente es casi una excusa, lo importante es lo que ella tiene para decir. Hablar de sus ojos que siempre giran hacia el monte, su monte. Con imágenes hechas palabra, la narradora va nombrando una serie de eventos que le son extraños, lo hace con la inocencia de una niña, muy diferente a la mirada adulta de un lector: es quien lee que distingue toda la violencia que traspasa a la narradora y que ella no sabe nombrar. Ella es madre de gemelos, en una cultura en la que eso significa adulterio: la mujer que tiene gemelos los tiene porque ha estado con dos hombres. Cuñataí, Vera Pepa, Gran Monte, la narradora, repite: “Yo hubiera querido seguir siendo virgen”, en dos lenguas, “yo hubiera querido ser cuñataí para siempre”. A la libertad de la tortura que era el sexo conyugal, cuando queda viuda, le llama: “el marido ya no nos tumbará”. Entonces quien lee confirma lo que la narradora desconoce: Vera Pepa no conoce otro sexo que no sea violación. Violada por su esposo, violada por uno de los hombres que lo mataron. “Yo hubiese querido, de jovencita, hacer algo libre. Pero no es barato, no se estila, es rebeldía, no se suele”, dice. 

Es también poética e inmensamente infeliz la forma en la que Vera Pepa narra una cesárea con las palabras que le alcanzan, ¿Cómo decir cesárea, escalpelo, incisión?: “Un corte en un sueño. La cicatriz que duele. Una tiene el hijo mientras duerme. Dos hijos, se hincha. De una herida, nacen”. Así se dice anestesia y maternidad: “Vos te dormirás. No vas a sentir que te pica un mosquito. Y vas a parir dos, por una herida de cuchillo. De tu sangre, parirás dos niños”.

El segundo monólogo sigue hurgando en la condición de mujer. A pesar de la distancia entre la protagonista del primer monólogo y la del segundo, la pregunta parece ser la misma: ¿qué es ser una mujer y cómo es el mundo de una mujer alejada de su centro, de su origen? Demut es una joven alemana que junto a su hermano-esposo, migra a Argentina y termina en Misiones, en dónde descubrirá las palabras con las que se condena eso que los de la una religión cercana a su casa llaman pecado: Demut descubre que el amor que siente es incesto y es condenado por dios y por los hombres. Poco a poco va quedándose sin un lugar seguro para habitar: primero deja a su hermano, obedeciendo al pastor del Ejército de Salvación; después, obedeciéndolo también vive con un hombre que solo quería una sirvienta.

La vida de Demut parece ser la historia de un trasplante fallido: “Nací en otro lugar, como decir: nací y me fui. Llegué, y antes, nací en otro lugar”, dice. Si los ojos de Vera Pepa miraban al monte, los de Demut se posan siempre en la tristeza por contraste: “allá, era otra cosa, otro país, otro otro”. Argentina es una promesa rota: “Parece que no había lugar para nosotros, no había lugar, sino distancia”, y la ruta hacia el destino era solamente dolor: “Caminamos, viajamos, buscamos y existimos. Teníamos rodillas para abrirnos heridas, teníamos boca para pedir comida”.

¿Cómo se nombra el atardecer cuando el vocabulario no alcanza? A través de los sentidos: “luz lila por entre las cosas”. El lenguaje sensorial y poético de Demut es quizás uno de los puntos más altos en el trabajo de Closs. 

El tercer monólogo, ocurre también entre dos espacios: el campo y la ciudad, espacios separados por un colectivo al que se sube Adriana, para estudiar en la facultad y trabajar bordando los trajes de las bailarinas con las que de a poco se va obsesionando. Si Vera Pepa buscaba la virginidad y Demut la maternidad, Adriana busca el amor. El amor en el sexo, quizás, pero ¿cómo es el amor en un mundo –el que habitamos– que pone al sexo por placer en la figura del monstruo, cuando no persigue la procreación? Adriana experimenta, con dos hombres, buscando en uno lo que el otro no le da. Escribe en su cuaderno: “El verdadero amor no es una persona, sino un gesto en el cuerpo”. 

Quizás lo que ocurre en las páginas de Tres truenos, es esto: el lenguaje como forma de controlar lo que violenta a tres cuerpos, muy diferentes pero muy similares. La violencia de todo lo que esas tres palabras: virginidad, maternidad y amor le hacen a nuestros cuerpos. La forma en la que distintas generaciones de mujeres, situadas en distintos espacios han atravesado –y atraviesan–.  Tres truenos para sacudir las maneras en las que se controlan los cuerpos de las mujeres con esas tres palabras. Las voces en la cabeza de Closs, en este libro, hablan del miedo y la esperanza: si yo nombro lo que me pasa, quizás mi historia me pertenezca.

Fragmentos

La voz de Vera Pepa

“Por la mañana, antes de levantarme, empecé a decir en lista, sobre la cama: todo lo que me hubiera gustado: – Vera Pepa, la flaca, no se casó con nadie. Vivió otra pureza, no la tocó ningún ser. Se salió de las manos de todos los hombres. Se pudo escapar de los profundos dolores de caer en los brazos de un marido. Se pudo escapar de la desmembración de los hijos. Del agotamiento por entrega del flujo. De perder la sangre joven, convertida en lágrimas y en leche”.

La voz de Demut

“Trabajé por amor hacia el deseo de casarme. No por plata. No me dieron nada. Yo sola me enteré que era empleada… Vos tenés una mujer y ahora un hijo. Yo sigo sin nada, ¿no ves? Estoy así desde que estoy viva. Teniendo algo no me conozco”.

La voz de Adriana

“Yo me enamoro más. Al ratito le escribo: “Te amo”, y él no me contesta nada. Le escribo “te amo” otra vez y así, siete veces en total. “Adriana”, contesta él, “yo no quiero lastimarte”. Le escribo que quiero que nos veamos pronto. Después de esa vez, pienso muchísimo en él. No puedo gritar, mi mano me da asco”.

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