«Para alguna vez cuando oscurece», poemario de Benjamín Chávez

Edwin Guzmán Ortiz

Un conocido apotegma de la lingüística reza que el contexto define el texto. Y es lo que precisamente consideró en la parte prologal del libro, nuestro caro amigo, Cachín Antezana. Entre no pocas precisiones y echando mano  al  recurso del atajo, deja entrever la diversidad de preocupaciones, recurrencias y escrituras que forman parte de la obra de Benjamín Chávez. En efecto, más que simplemente el cultivo de una población heterogénea de discursos y de obsesiones, se manifiesta un desdoblamiento simultáneo de escrituras que buscan representar y escudriñar el mundo. Poética, narrativa, ensayística, etnológica y testimonial, su palabra, se abre a través de diferentes formas de escritura, y desde una preocupación múltiple, a esa vocación por develar las cosas del mundo.

Bajo la misma concepción plural, en su reciente poemario de Benjamín, Para alguna vez cuando oscurece (Editorial La Mariposa Mundial /Plural Editores-2022) el mundo se abre a la manera de un caleidoscopio, donde lugares y circunstancias dan cabida a una experiencia creativa de alta intensidad poética. Si es posible identificar una matriz fundamental en este poemario es la experiencia del viaje, esta permite que se habite tiempos y espacios disímiles.

Para el poeta, el mundo es un espacio abierto, un lugar para ser transitado y habitado, simultáneamente. Así, de pronto – en la “Caja Versalita” se yergue el taller, como espacio creativo; la movida de la escritura que inquiere, sobre el planeta de la mesa, grabados, papeles, cartografías, en medio de una ritualidad que conjuga el eco subrepticio del mundo a través de una escritura vital que se abre al deseo. Leer/ escribir, modulaciones del viaje sobre el territorio de la lengua. En un primer momento se inquiere el hondo periplo de la escritura, las posibles rutas del poema y la cabilación que se desprende de las intensas faenas sobre la página. De ahí es que esta experiencia abra en el tiempo circunstancias donde el oficio va desde los modos íntimos de la creatividad, hasta la eclosión de una escritura que avanza impertérrita abriéndose a los cuatro vientos. Camino del oficio y desafío sobre la cuerda floja de la escritura.  

Desde esa fusión, entre la cavilación, la circunstancia, la visión  y la lucidez, dice el poema:

“Escribo lentamente frente a la luminosidad de la pantalla

hay sobre la mesa una copa de agua y un cenicero

Las teclas aguardan, no el caer, un posarse apenas

De la yema de los dedos

(Ese flujo de las letras y ese recóndito allá que es toda escritura)

La lectura como viaje, el viaje a sí mismo, el viaje dentro el propio lenguaje y el recorrido por habitaciones, paisajes, caminos, carreteras, ciudades y, ¡cuándo no!, el viaje por los vericuetos de la memoria.

Sin dejar de lado ese universo creativo, en la segunda parte del libro, “Opúsculos sobre un país realmente mejor”, Benjamín Chávez, opta por otra forma del viaje, se multiplican los espacios: y el espacio se expande aterrizando en tiempos del viejo historiador, Herodoto, hojeando un atlas, o en tiempos de la colonia, con Ludovico Bertonio conversando sobre cosas de indios con Bernabé Cobo. Los poemas atraviesan los umbrales del tiempo. Y así cabila el poeta frente a un abeto y la nieve en Tartu, o sobrevuela el encuentro entre Heidegger y Celán que terminó pariendo un poema para bien de la literatura, o, acaso, algo más íntimo como las erógenas formas segregadas por el lienzo, en medio de una conversación con Raúl Lara.   

Poemas que se apoyan en el testimonio de textos que iluminan el lenguaje, asaz, cifrado del poema. En efecto, Benjamín nos recuerda que detrás de cada poema hay un mundo, un tiempo y circunstancias que soplan fragmentos de la memoria, entre metáforas y alegorías. Un mundo, no menos intenso, de lecturas y autores que hablan desde algún lugar del recuerdo y cavilan, y piensan sin ambajes pedazos de la realidad. De este modo, a la manera de un diario, un doble registro se abre y el poema deviene del testimonio y, al mismo tiempo, lo consagra, fijando acontecimientos con nombre apellido, lugar y fecha. Habitáculos, lecturas, personajes que son, un poco de vida, y lucubraciones lugares, tiempos, y la memoria como periplo que resignifica el paso del tiempo. De la finca de Cotochullpa en Oruro a una cálida noche en la Amazonía. Viajes autobiográficos contenidos por las redes ambivalentes de lo memorable. Espacios que se prolongan en la densidad reflexiva de la interrogación y la conjetura. Acaso, incluso, del derrumbe cotidiano, leemos en un poema:

“Isla íntima y privada

privada del olvido de las batallas

 tierra negra del destierro

consuelo de la última copa de vino”

Y de la blanca bóveda de Ostuni al peinado por los barrios de La Habana, o las aguas mecidas por la corriente e Humboldt, se abren poemas que poseen una historia, que retratan un tiempo que cuaja en la memoria. Y “aquí a lo lejos”, poemas evocados, música de fondo, alegorías y pasos, pinturas y museos y arquitectura que atraviesa el poeta, tornándolos imperecederos. Paseo baudeleriano por lugares, que bajo la impronta del poema, se tornan espejos jadeantes del tiempo transcurrido.

En la tercera parte del poemario: “Para alguna vez, cuando oscurece”, los poemas sin dejar de viajar mundos sucesivos, rondan una atmósfera más personal. Periplos por la intimidad, el aura acariciado por Caravaggio o Fra Angélico – por supuesto que hay artistas y obras que más allá de los museos habitan entrañablemente el anhelante yo- y son en nosotros con nosotros. 

Lluvia antediluviana, mano leída y escribiente, los misteriosos actos del Yatiri en medio de hojas de coca arrojadas al azar para una “Lectura vegetal, lana, rezos, alcohol y esa/ rara cosa llamada fe”, y al reverso de esa postal de infatigable errancia, leemos “ Acaso eso sea todo/ tibieza y canción de cuna oída apenas/ en medio de vías desiertas y paisajes olvidados/ hasta el final/ —por muy lejos que creamos haber llegado/ como un susurro que adormece”

Benjamín trabaja sugerentemente su escritura, su poesía ostenta una fina vena vinculada al rigor clasicista pero, alternativamente, se enfrenta a decir el mundo de un modo renovado: acordes alusivos, paréntesis, acoplamientos, traslapamientos semánticos, reinvención de las formas, alquimia verbal, metonimia del asombro, tallando una poesía borboteante y culta, de cara a este tiempo. Su palabra nos transmite la experiencia del tránsito, el valor del encuentro, el albur de tejer lo memorable, también nos convoca a compartir el fuego de la contemplación y la revelación poéticas. Desde su palabra, Chávez nos transmite las resonancias del mundo, la inmersión extraterritorial que trasciende las fronteras. Errar, otra forma de habitar este mundo ancho y ajeno. 

Así el vasto recorrido del viaje, lejos de toda forma de exilio o extravío, es un reencuentro con el otro, y con el propio yo que anhela – desde la intimidad que late al unísono con la luz del medio día, o desde el otro lado del poema- la trascendencia y la experiencia del tránsito. “Soy el eterno discípulo que el maestro ignora”, escribe.

La escritura de Benjamin Chávez, en Para alguna vez cuando oscurece, es hálito que abraza el mundo, y más que la soberana gesta del triunfo del poema sobre la usura y la obsolescencia, es sin duda un acto de fe.

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