Ödön von Horváth desde Lydia Davis y Mauricio Montiel (y Benjamín Chávez y Oki Vega)

Un libro perdido, una memoria reivindicada y una serie de amenas casualidades (y causalidades) literarias.

Martín Zelaya

Escribe Mauricio Montiel en el pie de página de “Ödön von Horváth sale a caminar”, relato de Lydia Davis incluido en Ciento cincuenta cuentos cortos (Almadía, 2020), antología personal de la escritora estadounidense que el mexicano tradujo:

«Ödön von Horváth (1901-1938) fue un célebre dramaturgo y novelista austrohúngaro que falleció tempranamente cuando la rama de un castaño le cayó encima durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos en París. Los nazis calificaron su obra de “decadente, peligrosa e inmoral”. En México, ediciones Heliópolis tradujo al español en 1995 su extraordinaria novela La era del pez, aparecida originalmente en 1937 bajo el título de Jugend ohne Gott«. (2020: 168)

Debió ser en 2001 o 2002. Benjamín Chávez, ahora director de El Duende me dice: “te cuento que el Oki Vega está rematando los saldos de su librería”. Nunca había podido estar en la célebre Irpa Luraña, así que era mi gran oportunidad. No obstante, andaba bajo de fondos. Tras varias horas de charla y revisión de un par de docenas de cajas, salí con cuatro o cinco libros –los más baratos, entre los que estaba la joya Pasión por la trama de Sergio Pitol– contra una tauca de al menos el triple de mi amigo Benjamín. En el intercambio de paquetes (curiosos y ávidos de libros) en el camino de regreso, recuerdo que al ver el ejemplar de Heliópolis me dijo algo así como “no tengo idea de quién es este cuate”. “Yo tampoco –respondí–, pero era el libro más barato”.

Veinte años o casi se quedó el librito olvidado en anaqueles, resistiendo traslados y mermas de mi sufrida biblioteca. Olvidado. Hasta que hace pocos días, leyendo el libro de Davis –que tiene grandes piezas, aunque no supera como cuentista lo que hace como ensayista–, me quedé en blanco tras leer el apunte de Montiel (de quien recomiendo mucho seguir su cuenta de Twitter @LitPerdida en la que recomienda autores, libros, películas y series con mucha solvencia) y pocos segundos después me vino una casi certeza: “tengo ese libro”. Llegué a casa y, efectivamente, era ese libro.

Antes de ir con “ese libro”, va el microcuento de Davis:

«En una ocasión en que caminaba en los Alpes bávaros, Ödön von Horváth descubrió a cierta distancia del sendero el esqueleto de un hombre. A todas luces el hombre había sido un excursionista, ya que aún llevaba mochila. Von Horváth abrió la mochila, que lucía casi nueva. En su interior encontró un suéter y algunas otras prendas, una pequeña bolsa con lo que alguna vez fue comida, un diario y una postal de los Alpes bávaros lista para ser enviada, en la que se leía: ‘la estoy pasando de maravilla’”[1]. (2020: 168)

La novela

Nunca se sabe el nombre del “Negro”, el maestro que protagoniza y narra en primera persona La era del pez. Los personajes secundarios, todos adolescentes alumnos suyos, son designados solo con iniciales: Z, N, L, R, T…, en lo que resulta el primero de varios guiños y semejanzas a la literatura de Kafka.

La novela se desarrolla en un lugar no identificado de la Europa de entreguerras, aunque queda claro que es en Austria, Hungría u otro país alineado o, de pronto, en la propia Alemania en los albores del nazismo. El profesor ateo, apolítico, aunque de principios y conciencia remarcados, asiste poco a poco a la descomposición social víctima de la propaganda, manipulación y sometimiento total de un régimen fascista.

El maestro se gana el rechazo general de su clase cuando afirma que “los negros son también humanos” y desde ahí se suceden una serie de momentos a cuál más peculiares que terminan (no es spoiler) en el purgatorio del héroe-antihéroe, a tono con muchas piezas clásicas de la narrativa de la primera mitad del siglo pasado.

El breve pero intenso libro –se cuenta mucho en pocas páginas, a contramano, esta vez, de lo acostumbrado en la época– tiene su cenit en un campamento de instrucción militar donde el profe asiste al entusiasmo de los chicos por los juegos de guerra, a intrigas entre rivales, a escenas de iniciación sexual y, finalmente, a un homicidio en el que juega un papel indirecto por inacción.

Dos personajes casi marginales dan un par de claves cruciales de la trama. Un ebrio le da al maestro la premonición que le perseguirá en los días que marcarán su destino. “La tierra está entrando en la zona de Piscis, o sea del pez. Las almas de los hombres, amigo mío, se pondrán tan rígidas como la cara de un pez” (1995: 31). Poco después, un cura bastante progresista y amante del vino, pronuncia otra frase decisiva para el desenlace de la encrucijada moral y mental del protagonista: “Dios es lo más terrible que hay en el mundo” (1995: 59).

Von Horváth escribe en un estilo que claramente bebe de la dramaturgia –que era su verdadera vocación: escribió 18 piezas teatrales enmarcadas en lo melodramático o, lo que ahora llamamos “teatro popular”– y el periodismo: hay muchos momentos que adelantan una estructura y diseño narrativo que décadas después se vio recién en la crónica del Nuevo Periodismo de Capote y Wolfe.

Si en lo formal, entonces, el autor austrohúngaro se asemeja y adelanta a A sangre fría –ojo, en el modo de narrar, que no en la descomunal investigación de Capote–, en el diseño de personajes y tramas, retoma improntas muy vigentes en su época. Es inevitable el nexo con El proceso de Kafka y, de pronto, El lobo estepario, de Hesse.

La crisis existencial, por un lado: remordimientos, alucinaciones y epifanías espirituales. La debacle moral o psicológica aún supeditada a un entorno social, a un compromiso cuya transgresión podía tener serias consecuencias ya no solo individuales éticas, sino sociales punitivas. Indudable dejo de Hesse.

Por otro lado, aunque lo ligan a la célebre novela de Kafka el rollo burocrático y judicial de la parte final de la novela, la omnipresencia no explícita de un poder tan corrompido como incuestionable y hasta el uso de iniciales –Von Horváth se cuida de no incluir a ningún K entre los estudiantes–, a diferencia de El proceso, sí se sabe el “crimen” del héroe-antihéroe, su procesamiento no es absurdo ni surreal y su final no es desolador. Si bien las obras comparten la certeza de que todavía no llegó el momento del cambio, el checo opta por un protagonista inmolado y el austrohúngaro por uno evadido; evadido no ya del régimen, sino del destino esquivo: vale decir que a él no le afecta y hasta de pronto le satisface su condición de lumpen.

Von Horváth sorprende –otro rasgo de “adelantado”– al transgredir ciertos límites de su tiempo, al mantener incólume el ateísmo y nihilismo del profesor, que se sobrepone a los devaneos y debilidades de sus momentos más críticos y se apresta, diríase que contento, a cumplir su condena de nuevo paria social: parte a las colonias en África para servir como misionero.

Un apunte final: las estrategias y situaciones que imagina el autor para describir el adoctrinamiento, el odio generalizado y la imposición de la cultura del miedo en la Europa de hace 90 años, son asombrosamente equiparables al accionar que aún hoy utilizan los ultraconservadores.


[1] Eduardo Berti cuenta en su nota “Ödön von Hovárt: un hijo de su tiempo (La Nación, 1 de febrero de 2013): “Los amigos de Horváth recordaban que, en su juventud, este había protagonizado una historia bastante insólita: estaba paseando por los Alpes cuando de súbito se topó con un hombre muerto hacía tantos meses que, más que cadáver, era casi esqueleto. Junto al muerto había, no obstante, un bolso intacto. Horváth lo abrió y halló una tarjeta postal: ‘Estoy pasándola muy bien’, rezaba o algo semejante. Los amigos quisieron saber qué había hecho con la postal. ‘Fui al correo –les explicó– y la despaché. ¿Qué otra cosa podía hacer?’”.

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