Una tarde con don Vicente

Verónica López

Como si el destino lo hubiera planeado detalle a detalle, el domingo 4 de agosto último, visitaba a Carlos y Lidia Condarco en su actual residencia, la finca Cotochullpa, una hacienda a casi 25 kilómetros al noreste de Oruro, pasando el pueblo de Paria que en 1535 sería el primer pueblo fundado por los españoles en lo que hoy es Bolivia.

Era un día caluroso y dorado como solo el altiplano brinda, por su potente sol y también por el reflejo de la hierba amarilla. La mañana transcurrió paseando -con la guía de don Carlos- viendo caballos y otros animales hasta que todos fuimos llamados a almorzar un delicioso lechón preparado por las privilegiadas manos chuquisaqueñas de doña Lidia.

Todo era risa y recuerdos ya de sobremesa hasta que, para sorpresa de todos, alguien llamó a la puerta. “Hola, buenas tardes, tengo a mi papá en el auto ¿podemos pasar?”. Era Toño González-Aramayo, el destacado fotógrafo orureño. Y así, por el haz de luz de la puerta que iluminaba la habitación, entró don Vicente González-Aramayo a quien yo solo conocía por alguno de sus filmes y por la noticia de que tenía la “Capilla Sixtina” pintada en el techo de su living. Lo vi por primera vez: un señor de lo más risueño, con sombrero y ropa de casa. Nos dijo que él estaba tan sorprendido como nosotros de verlo ahí, ya que su hijo lo había sacado de casa desprevenido, sin opción a decir no. Un gesto que agradecimos a Toño.

Don Carlos nos invitó a todos a pasar a la sala, un espacio muy especial y soleado de la casa, con plantas y sillones rodeando una mesa donde nunca faltan los chuflays, el vino, el queso hecho en la finca y los cigarrillos rubios. Ahí nos instalamos Carlos Condarco, docto escritor e investigador; Vicente González-Aramayo, docto cineasta; Benjamín Chávez, docto poeta; Toño González, docto fotógrafo y Said Massud, docto antropólogo. Con gente así, pensé, nada en la conversación podía salir mal. Poco a poco y, tejido en mano, se unieron Carola Condarco, docta antropóloga y Lidia Castellón, docta declamadora y maestra.

De pronto, se apagó el mundo y, como por arte de magia, pareció que aparecimos dentro de la cabeza de don Vicente, inmersos en las películas que había hecho y las que aún planeaba hacer. Comenzó “proyectándonos en palabras” la historia de tres hermanos que se matan unos a otros movidos por la codicia de un tesoro escondido; siguió con La paraguaya, inspirada en un cuento de Augusto Céspedes en Sangre de Mestizos y todos en la sala podíamos visualizar la imagen de aquella mujer, pues cada palabra de Vicente la describía y le daba vida de una manera impresionante, no solo gracias a su memoria casi intacta, sino también por los detalles tan cinematográficos con los que nos deleitaba.

Poco después, entre don Carlos y don Vicente empezaron a recordar otro cuento del mismo libro, creo que hasta dijeron el número de página, “la 37” y otros detalles abrumadoramente precisos. Se trataba de “La coronela” que entre ambos reconstruyeron extensamente. En algún momento perdí el hilo de la conversación porque caí en la cuenta de lo afortunada que era al poder ser testigo de la conversación relajada, erudita y entrañable de dos grandes artistas que cuentan cosas de memoria a los 74 y 88 años respectivamente, como si acabaran de ocurrir.

En eso, Toño sacó de una caja bien conservada un archivador rebalsando de hojas que pretendía mostrárselo a don Carlos y yo me brindé a ayudarlo. Era un guion, o más bien, el más perfecto guion gráfico (StoryBoard) que yo había visto, hecho a tinta y acuarela sobre papel de grano satinado en 1957. La historia estaba ambientada en el Potosí colonial, el dibujo era preciosista al punto que parecía que un arquitecto experimentado hubiera hecho los edificios, un pintor profesional los detalles y un avezado guionista los diálogos, pero todo había sido hecho en tres meses por un Vicente de 23 años, como manera de matar el tiempo libre tras haber completado el servicio militar. ¿Por qué nunca lo publicó? Pienso que sería un gran regalo póstumo de Vicente.

A raíz de esas imágenes potosinas, recordó con mucho cariño sus años en esa ciudad que lo marcaron al grado de encargar una réplica a escala de la torre de la Compañía de Jesús para el tejado de su casa ubicada en la avenida 6 de Agosto de Oruro. Aproveché para preguntarle si era cierto que tenía también en el techo de su sala una réplica de alguno de los frescos que Michelangelo Buonarroti hizo en el techo de la Capilla Sixtina, de forma natural me respondió que sí porque cuando los vio en el Vaticano quedó tan maravillado que decidió que él debía y podía tener uno en casa, y nos divertimos imaginando e imitando a los pintores en su sala cansados y pintando en posiciones tan incómodas como las del mismo Miguel Ángel.

Eran ya las 17:35, tras varias rondas de vino nadie quería irse, pero ya el sol declinaba marcando la hora adecuada. No me queda la duda que pudimos haber pasado la noche entera hablando del arte de hacer cine en las condiciones tecnológicas que le tocaron vivir y que ahora están en desuso. Don Vicente filmó cinco películas de ficción y diez documentales, escribió dos novelas y un ensayo. Fue cineasta, escritor, pintor, dibujante y mi fugaz amigo.

Acordamos volver a vernos en su capilla sixtina para una tarde de películas y pipocas, pues nos entusiasmó la idea de re-promocionar sus cortometrajes a las nuevas generaciones. Lamentablemente ya no pudo ser. Queda el privilegio de haber “visto”, una maravillosa tarde de altiplano, las películas que don Vicente González no filmó.

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