Freddy Zárate y su rescate del pasado

H. C. F.  Mansilla

La historia de las ideas no ha sido un campo muy cultivado en Bolivia. En cantidad de publicaciones no se puede comparar con la historia política, militar, económica o social del país, disciplinas que siempre han gozado de las mayores simpatías de la historiografía nacional. Ha habido, por supuesto, algunos intentos dispersos para dar cuenta de la evolución de las ideas en Bolivia, intentos de muy valiosa calidad literaria y penetración intelectual. Historiadores, cientistas sociales y filósofos se han dedicado a esta temática, como Gabriel René Moreno, Carlos Medinaceli, Guillermo Francovich, Porfirio Díaz Machicao, Mariano Baptista Gumucio, Juan Albarracín Millán, Josep María Barnadas y Erika J. Rivera en la actualidad. Se puede constatar, además, una sana y notable diversidad cultural en estos esfuerzos. Aunque no es partidario de ninguna de las corrientes ideológicas que han animado a estos pensadores, Freddy Zárate continúa y renueva esta interesante tradición.

Nuestro autor estudió primeramente derecho y luego ha incursionado en estudios comparados de historia, literatura y ciencias sociales. Él tiene una mirada crítica y una perspectiva amplia que lo distingue de muchos intelectuales de nuestro tiempo. Zárate no se ha sometido a la poderosa rutina que prescribe un enfoque teórico marxista, exornado con la terminología postmodernista y relativista, que ahora es de rigor. Una derivación de esta convención es la tendencia a atribuir la cualidad de lo clásico a la obra de pensadores, novelistas y poetas porque la opinión pública circunstancial así lo prescribe. Paradójicamente son los intelectuales progresistas lo que actúan de esta manera, apoyando casi siempre las modas e inclinaciones que prevalecen en un momento dado, y así contribuyen a consolidar una actitud fundamentalmente conservadora en aquello que podemos llamar el sentido común de la sociedad.

Zárate, al rescatar a algunos escritores de la oscuridad y el olvido en que son mantenidos como cosa obvia y sobreentendida, es decir: como natural, cuestiona este sentido común tan afianzado en la sociedad boliviana. En este campo el sentido común se establece de modo casi automático. No hay necesidad de un debate público y abierto para que ciertos estilos artísticos y determinadas obras literarias gocen del favor popular. Esto es así porque estos estilos y obras corresponden a los prejuicios colectivos de la sociedad, los que rara vez son objeto de un análisis serio y profundo.

En su primer libro: El pensamiento boliviano bajo la sombra del olvido, publicado en 2019, Zárate nos puso sobre la pista de algunos prejuicios colectivos cuando criticó, por ejemplo, a escritores que gozaban y aún hoy gozan de un aprecio incondicional, como Jaime Saenz y Víctor Hugo Viscarra, quienes tienen también su lugar en el libro que hoy se presenta. Cada sociedad ama por sobre todas las cosas los prejuicios colectivos que le brindan seguridad anímica y le prometen un porvenir radiante. Poner todo esto en duda es una labor ciertamente ingrata.

Hoy celebramos una nueva obra de Zárate: El Ateneo de los escritores olvidados. Ensayos de historia política e intelectual de Bolivia (Santa Cruz 2022). Como afirma Gonzalo Mendieta Romero, Freddy Zárate también cultiva un santoral laico, es decir: un elenco de los pensadores que él más aprecia, aunque realiza esta operación con algo de distancia. Entre estos últimos se hallan Porfirio Díaz Machicao, Salvador Romero Pittari, Plácido Molina y Nicolás Acosta. Nuestro autor trata de rescatar escritores valiosos del pasado, cuya obra ha sido sepultada por el presente. Aquí Zárate realiza una encomiable labor de justicia cultural-histórica, al afirmar que El ateneo de los escritores olvidados tiene un claro carácter reivindicatorio. Y añade: “[Esto] me llevó a estructurar mi propio ateneo de escritores y libros olvidados, donde cada uno de aquellos pensadores representa la memoria viva de nuestra historia cultural”.

Particularmente interesante y novedoso me parece el análisis de Zárate con respeto a los pretendidos logros del Movimiento Nacionalista Revolucionario en su primer periodo (1952-1956). Aparte de las reformas que todos enaltecen, el MNR estableció asimismo un régimen dictatorial, que quebrantó el Estado de derecho y pisoteó los Derechos Humanos, fenómenos que han interesado muy poco a casi todos los historiadores del país. Esta indiferencia ante el sufrimiento del prójimo es, lamentablemente, algo muy habitual entre intelectuales. Nuestro autor ha rastreado los instrumentos legales, por un lado, y las prácticas efectivas, por otro, que estaban vinculadas a los campos de concentración que erigió el MNR a partir de 1952. Zárate asevera que aquella época representa un buen ejemplo de la “banalidad del mal”, concepto popularizado por Hannah Arendt.

Otro resultado, igualmente lamentable, produjo aquel régimen, que nuestro autor lo ha denominado “la aplanadora cultural”.  Algunos de los autores salvados por Zárate –como por ejemplo Daniel Pérez Velasco, Claudio Cortez, Aquiles Munguía, Humberto Muñoz Cornejo, Tristán Marof, Plácido Molina–, fueron importantes en su época y por ello contribuyeron con su grano de arena a conformar la identidad colectiva del país. A varios de ellos la Revolución Nacional de 1952 les pasó por encima como una aplanadora cultural, imponiendo al país un sentido común de nacionalismo, antirracionalismo y antiliberalismo que tenemos que sufrir hasta hoy. Zárate no hace el elogio de la calidad literaria y artística de las obras de estos autores, que en muchos casos fue escasa. Él intenta más bien mostrarnos el carácter pionero de obras y autores hoy olvidados, para comprender cómo estos escritores llevaron a cabo una contribución a veces valiosa a la edificación de la consciencia intelectual boliviana, edificación que en retrospectiva ha resultado interesante y a menudo original.

Hablando del MNR, Zárate nos brinda una versión en torno a autores y a acontecimientos que difiere del sentido común habitual. En relación a los campos de concentración erigidos durante el primer periodo gubernamental del Movimiento Nacionalista Revolucionario o en lo referente a la opinión mayoritaria acerca de Alcides Arguedas, Freddy Zárate reconstruye de forma documentada cómo se van conformando diferentes posiciones que tienen que ver en primer lugar con las típicas necesidades políticas de su tiempo. El sentido común no retrocede ante manipulaciones abiertas de los hechos si la oportunidad política del momento así lo prescribe. En el caso de los campos de concentración tenemos la ignorancia colectiva inducida premeditadamente por nacionalistas y socialistas, que sobre este tema siempre han colocado el cómodo manto del silencio y del olvido. Quiero enfatizar que el tema de los campos de concentración en el periodo de 1953 a 1956 es uno de los más tristes de la historia boliviana, sobre el cual reina una ignorancia casi total en la opinión pública actual. Zárate ha prometido consagrar su próximo libro a este asunto.

Nuestro autor pone en duda los argumentos convencionales – y por ello altamente apreciados – para enaltecer la obra de figuras muy conocidas de las letras nacionales, como Franz Tamayo, Jaime Saenz y Víctor Hugo Viscarra. Esta es seguramente la parte más controvertida de los escritos de Zárate. Pero hay que comprender que la popularidad de una obra o de una opción política no garantiza automáticamente la calidad intrínseca de la misma, y menos aún en el largo plazo. Aquí quiero llamar la atención sobre un folleto de su autoría: Borrachos estaban y no se acuerdan. Crítica a Víctor Hugo Viscarra y sus acólitos (La Paz 2020), que constituye la crítica más interesante sobre este autor, incluyendo la curiosa pregunta de si Viscarra es realmente el autor de las obras de Viscarra. Saenz y Viscarra se han convertido, entretanto, en clásicos de la literatura boliviana, pero hasta la figura y la obra de un clásico no están por encima de la crítica.

Desde temprano y como persona inteligente, Zárate empezó a cultivar un talante crítico-reflexivo que ha mantenido hasta la actualidad. El impulso básico que lo anima es un factor ético que lo induce a meditar sobre el efecto, a menudo devastador y casi siempre ambiguo, que produce la política en el grueso de la población y sobre el destino concreto de los seres humanos. En sus escritos se manifiesta una virtud que tiende a desaparecer: la valentía cívica. En una sociedad que premia el acomodo fácil a las modas ideológicas del día, no es habitual una crítica seria y diversificada, como la de Zárate, a las tradiciones civilizatorias, a las herencias políticas y a la atmósfera cultural de esta misma comunidad. En este sentido hay un cierto paralelismo entre las tareas intelectuales de Zárate y las del polígrafo Mariano Baptista Gumucio. Ambos han tratado de contener la frivolización de la cultura que parece que se va a imponer en nuestra época. Los esfuerzos de Zárate, que tienen algo de quijotesco, pertenecen a esa noble tradición racionalista que intenta descubrir las causas de una evolución poco aceptable en los pliegues y repliegues de una mentalidad tradicional y poco afecta al ejercicio de la crítica.

En la ardua tarea que él mismo se ha impuesto, Zárate resulta tal vez una persona incómoda, que se adelanta a todos al señalar algunos problemas y aspectos importantes que la sociedad no había reconocido hasta entonces como tales. Es decir: un pionero. Y cuando la opinión pública se percata finalmente de la relevancia del tema criticado, entonces el pionero ya ha sido olvidado. Por ello es que Freddy se ha interesado por pioneros intelectuales sin suerte en Bolivia, como Wagner Terrazas Urquidi, el primer investigador sistemático sobre temas ecológicos, hoy totalmente olvidado. Dice nuestro autor refiriéndose a Terrazas que los precursores en vida pasan totalmente desapercibidos y tras su muerte los envuelve una ola de olvido total.

Freddy Zárate ha tratado de recobrar la herencia teórica y moral de algunos personajes que fueron importantes de la creación intelectual del país, reuniendo testimonios y observaciones de muy diverso origen, que son casi imposibles de encontrar en otras fuentes. Uno de los mejores ensayos de su libro es aquel donde examina el rol de conocidos y brillantes pensadores al servicio de dictaduras de triste recuerdo. Desde posiciones políticas e intelectuales totalmente antagónicas, Fausto Reinaga y Fernando Diez de Medina terminaron en su ancianidad como propagandistas del cruel dictador Luis García Meza. Este es un tema que indianistas y reaccionarios no se atreven a tocar. Afirma nuestro autor: “Uno de los rasgos persistentes en la historia cultural de Bolivia es el olvido, la indiferencia y el menosprecio con respecto a pensadores que se preocuparon por dejar testimonios incómodos o críticos”. Por suerte Zárate contribuye a cambiar significativamente este panorama.

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