Cinco notas sobre un amigo

Magoo Barientos en el lente de Toño Gonzalez-Aramayo.

Benjamín Chávez

Primera. Pensar en Antonio Barrientos es pensar en la música. Primero en su música y luego ampliar el horizonte hasta donde alcance la mirada (o el oído). Los recuerdos se manifiestan fosforescentes en una atmósfera intensa, como el ruido de fondo del universo musical. Oruro y La Paz fueron los escenarios de nuestra amistad, aunque en una ocasión viajamos a Sucre. Ahora siento que nos vimos relativamente poco a lo largo de muchos años, pero supongo que ese es un sentimiento frecuente frente a quien ha partido: la previsible nostalgia de la reminiscencia.

Segunda. Con el Magoo, cada encuentro casual o planificado se convertía inmediatamente en una ocasión entrañable. El primer recuerdo se me presenta como una nítida imagen y nos halla en la plaza 10 de Febrero donde yo estaba sentado tomando un poco de sol a mediodía y Antonio apareció por la diagonal que va de la fuente al reloj frente a la alcaldía y, al ver que yo tenía puestos los audífonos del walkman me dijo: “Ahora sí te pesqué in fraganti, dame esos audífonos, quiero saber qué escuchas cuando estás solo.” Se los pasé y mientras ambos nos reíamos tarareó lo que oía El amor después del amor de Fito Páez, en casete, claro.

Tercera. En 1999 escribí un breve texto para este suplemento (El Duende, 31/01/99), en el que, por un error aritmético u otro despiste, puse que el disco Artaud de Pescado Rabioso se editó en 1968. A los pocos días me vi con Antonio y él tuvo a bien, no solo rectificar la fecha (1973), sino regalarme un hermoso relato de cuando él, justo por aquellos años, vivía en Buenos Aires y seguía al grupo liderado por el flaco Spinetta a cuanto concierto daban en la capital argentina. Tiempo después, él mismo tuvo la ocasión de comentárselo en Sucre, cuando Luis Alberto Spinetta llegó y, tras el concierto (que fue en el teatro al aire libre y no en el estadio Patria como muchos aseveran), en el camerino, le confesó la dimensión de su militancia en las filas de Spinetalandia, siguiéndolo a todos sus conciertos y esperando a los músicos al final de los shows para conversar un poco.

Cuarta. Un sábado a mediodía estaba yo en el bar Huari con otros amigos y llegó Antonio cargando una inmensa maleta de cuero. Acababa de llegar de La Paz. El mozo se aproximó solícito a ayudarlo y se llevó la maleta tras bambalinas y Antonio se sentó a nuestra mesa. Pidió un asado a la plancha con arroz y una papita blanca y no salteñas y cerveza o singani como todos los demás. Definitivamente atrás había quedado toda una época de su vida cuando supo, como pocos, crearse una verdadera leyenda. Parafraseando a Bernard Shaw cuando habló de Bach: ¡Magoo no pertenece al pasado, sino al futuro!

Quinta. La última vez que conversamos fue una tarde algo nublada en La Paz, en la esquina de la iglesia de San Pedro. Él volvía de la terminal, creo, me dijo que caminaba mucho, que le gustaba y que ahora se encaminaba a su casa, cerca de la plaza Adela Zamudio en Sopocachi, esa misma donde me había invitado algunas veces a ser parte de las míticas Astereadas donde un puñado de privilegiados disfrutábamos de su hospitalidad, sapiencia, carisma y colección impresionante de videos pacientemente reunidos a lo largo de toda una vida en América y Europa. Tras separarnos y seguir nuestros respectivos caminos, me quedé pensando que la primera vez que lo escuché tocar fue en la Galería Imagen en un concierto estupendo con Luchito Bayá cuando a todos los presentes nos dieron sobrados motivos para amanecernos y salir cantando “A las seis de la mañana” a las calles de la ciudad, a la “Altipampa lejana”, a los “Arenales al Pie de Gallo”. El resto fue y sigue siendo una música de fondo que está eternamente presente en el altiplano cuando uno mira la “Soledad de la pampa”, el atardecer, pongamos por caso, y la guitarra del Aster suena bella, rara y pura.

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