Nélida Piñón, la magia constante de las palabras

Christian Jiménez

Hay una idea recurrente que trama la piedra angular de la filosofía del conocimiento y de la sociología de las ideas y es que las ideas viajan. Las ideas al igual que los campos sociales, son dinámicas y se transforman en el tiempo y en el espacio. Incluso las comunidades lingüísticas no representan límites formales para las ideas. Una idea, después de todo, es una pulsión, un deseo, una manera de simplificar el mundo y un anhelo de condensación de toda una serie de experiencias. Así la Ilustración, la reencarnación, la democracia, el barroco o el estridentismo, son formas en las que las personas se reconocen como iguales porque comparten las reglas que esas ideas comunican. Por ello cuando se habla de literatura se caen en ciertas convenciones para construir un sentido sobre lo dicho. Pero de vez en cuando, y sólo de vez en cuando ocurre que hay escritores que rompen las convenciones y hacen de esas ideas algo conocidas, una forma más del extrañamiento.

No es que instauren un nuevo sistema, pero van en procura de ello. Casos así son los menos en la historia de la literatura y en la presencia de Nélida Piñón nos encontramos frente a una escritora que realiza tal ejercicio desde al menos dos vertientes. Por un lado, la novela y por el otro, el ensayo. Pero ambas beben de la memoria. De la memoria que surge cuando se reconstruye la historia interior de la migración familiar que le da origen. Piñón usó la literatura y el pensamiento para fijar una memoria de su tiempo. Y aquí tiempo se convierte en la palabra clave.

No es un tiempo lineal ni un tiempo histórico, es más bien, el tiempo de la experiencia. Lo que la experiencia capta del tiempo. Luego los procesa en el trascurso de las edades y habla de lo vivido desde distintos lugares. En ese sentido, el tiempo histórico se convierte solamente en una serie de episodios que están enmarcados para nutrir de algún tipo de significado a la vida y fijarla de ese modo en el marco contextual general. Esto quiere decir que Piñón reconstruye la historia familia, la historia de Brasil, la historia de la literatura y la historia del amor o de la fabulación femenina, no como un esquema teórico con pistas claras y consecuencias determinadas. Lo que hace es que en cada instancia que trabaja fragua la memoria.

Piñón deja espacio para que sea la memoria quien atraviese los poros de la historia y de las experiencias vitales. Su escritura es un ir y venir a través de la interrogante sobre el recuerdo. Aquello que se escribe es un recuerdo, pero puede o no ser válido o verdadero y por eso, también ella sondea el recuerdo, lo interroga. En su escritura hay signos de avance, retroceso, de equivocaciones y de duda. Escribe y poco después, la reelabora frente al lector, luego en otra sección del mismo párrafo, escribe una nueva oración y luego, la reordena y le dota de otro adjetivo o le suma nuevos sujetos. Esto es síntoma de una elaboración emocional del recuerdo. Y nos indica que el recuerdo no es algo netamente mental o intelectual, sino que responde a la emoción y sobre todo, está facturado bajo los pliegues de la evocación.

Pero esto se logra porque también ella tiene sentido del ritmo en las frases. Su fraseo es intenso y casi un balbuceo, pero no un balbuceo infantil. Más bien, uno que alumbra una nueva forma del lenguaje porque hay un significativo esfuerzo por nombrar y asir lo que aún se presenta como difuso y falto de cuerpo.

Nélida Piñón también por estas razones juega con la estructura en la prosa, haciendo de ella un juego de improvisación y de puesta en escena del habla. Hay una tensión que se desarrolla y que es explícita en su obra de ficción, aunque está presente con menor fuerza en sus ensayos, quizá porque dentro del campo del ensayo, la improvisación es menos dable a ejercitar un pensamiento capaz de arribar a cierta conclusión de interés, pero lo que ella genera es una destrucción de la forma convencional de la novela, porque cambia la sintaxis, cambia el sentido de las palabras, y de sus significado, logrando frases encadenadas y oraciones subordinadas. Todo ello es el terreno propicio para la vanguardia estilística, pero en su caso, no lo hace con el fin de hacer gala de un estilo. Más bien se trata de narrar por escrito una experiencia y toda experiencia también es una transformación en las condiciones de producción del lenguaje.

El lenguaje en la prosa no necesariamente está para comunicar un sentido o para establecer una comunicación lineal entre escritor y lector. También se presentan ocasiones en las que el escritor se propone escribir como un acto de fe, es decir, con las herramientas conocidas, pero arriesgando el sentido en procura de una emoción o una intención y la intención en plástica. El lenguaje dilata lo narrado y lo promueve para que sea él quien indique los puntos de contacto entre memoria y ficción, entre recuerdo y realidad, entre evocación y reflexión. Cada par de acciones emotivas e intelectuales están en el caso de la escritora, dispuestas para que sea ella la que vaya pensando mientras escribe, pero sobre todo, para que el lector ponga atención a lo que se dice tanto al cómo está siendo dicho aquello que envuelve la trama, aparentemente simple que está al centro de cada uno de sus libros.

Leerla es por ello una experiencia intelectual, emocional y de atención sobre el lenguaje; y para establecer una distinción con respecto a otra de las escritoras brasileras por excelencia, tendríamos que decir que mientras que, Clarice Lispector construye un mundo para hablar de sí misma y explorarse a través del monologo interior libre, Piñón, arma una experiencia de lenguaje para referenciar el mundo y para hablar y contar sobre los demás. La identidad de Piñón en términos narrativos es coral. La de Lispector es individual y solitaria. Piñón siempre está acompañada, por la materia difusa de los recuerdos, y ellos por las voces que convoca al interior del relato. Hace vínculos entre su cuerpo, su memoria, su ser y su identidad para construir el cimiento sobre el cual se levantarán las demás voces.

La muerte de Piñón significa la muerte de un determinado proyecto narrativo que apostaba por la diferencia entre memoria y recuerdo, sirviéndose para esta tarea de la transformación del lenguaje y la indagación de un mundo sensorial, físico e histórico siempre en movimiento y dable a múltiples explicaciones. Quizá por esto, una de las novelas más ambiciosas de Vargas Llosa –La guerra del fin del mundo– esté dedicada a ella. Y es posible que, por estas razones, lo mejor de la poesía del siglo veinte esté siendo escrita desde la prosa.  Y que, al final, todos los escritores que apuestan por la memoria como el origen de toda fabulación estén, sin saberlo ni pretenderlo, escribiendo el mismo libro y sea un libro cuyo interés radique tanto en lo que cuenta como en el estilo que se desarrolla experimental y explícitamente para ese fin.

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