La manía por la uniformidad y otras modas irracionales de la juventud actual

H. C. F.  Mansilla

A primera vista podría parecer que la moda y sus diversos aspectos forman una temática extraña y apartada del análisis filosófico, pero esto se vuelve incierto al examinar cuidadosamente todas las implicaciones y connotaciones de los fenómenos relativos a la moda. La temática adquiere dignidad filosófica si se considera la situación cualitativamente nueva surgida de la implantación de corrientes de moda con ayuda de los medios de comunicación masivos de nuestra era tecnológica. Un análisis filosófico de la moda nos brindará un buen acceso a la comprensión de una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: la propagación de la uniformidad y estupidez culturales paralelamente al progreso científico y tecnológico.

Recién hoy en día, gracias a la universalidad de los medios de difusión y al incremento del turismo, puede hablarse de corrientes de moda con carácter mundial y origen supranacional. Hasta hace pocos decenios, las modas estaban circunscritas a determinadas áreas culturales, y si bien transponían fronteras, sólo influían en los hábitos de las clases sociales superiores. La moda, tanto en la esfera del vestido como en la del consumo y la vivienda, denotaba todavía particularidades nacionales, diferencias en el nivel de ingresos y caprichos individuales. Estas peculiaridades tienden hoy en día a desaparecer o, por lo menos, a convertirse en sutilezas apenas discernibles.

La intensidad y la expansión del consumismo contemporáneo están ligadas, paradójicamente, a la acción de fuerzas y tendencias que, a primera vista, parecerían ser las menos afines a la moda y a la tiranía del consumo: la política de los países con gobiernos socialistas y populistas con respecto al consumo masivo, los movimientos contestatarios juveniles y las corrientes intelectuales progresistas.

En la esfera de la distribución y el consumo, los regímenes con jefaturas aparentemente radicales no han podido o querido desarrollar pautas originales o novedosas, y ni siquiera han sabido establecer modelos que correspondan a los principios humanistas del marxismo original. No se insistirá aquí sobre fenómenos relativamente conocidos e investigados como ser las proverbiales dificultades de aprovisionamiento con bienes de consumo y prestaciones de servicios en los regímenes socialistas o la estricta preservación del principio de rendimiento o de méritos político-partidista para regular la distribución de productos todavía escasos.

Para el análisis sobre el imperio de la moda es más significativo dirigir la mirada hacia las actitudes generalizadas con respecto a las pautas de comportamiento en gran parte de nuestro pequeño planeta. La conformación de los productos dedicados al consumo está en íntima conexión con las concepciones intelectuales que la respectiva élite del poder tiene sobre estos tópicos. La clase dirigente en las naciones sometidas al populismo radical no proviene de las capas proletarias ni de la alta burguesía, sino más bien de las clases medias; ella ha sido formada dentro de las normas estéticas y pautas de comportamiento de la pequeña burguesía, denominación inexacta, pero muy utilizada por los marxistas. Lamentablemente esta clase social se ha distinguido en el curso de la historia por tener un pésimo gusto en cuestiones de cultura, arte y moda, por no haber desarrollado ninguna creación original y por haber adoptado, mutilándolas, creaciones culturales de otros estratos sociales, haciendo pasar esta actitud por la norma estética indubitable. No existiendo en este sentido innovaciones de las capas proletarias y habiendo ahogado los resabios del buen gusto de la alta burguesía, los partidos dirigentes del antiguo bloque socialista y aquellos de los regímenes populistas de la actualidad, han logrado – con un éxito envidiable – imponer su mediocridad estética a una buena parte de la humanidad.

Otro de los grandes aportes al uniformamiento cultural y al establecimiento de una verdadera dictadura de la moda ha sido paradójicamente el producido por los movimientos contestatarios juveniles y por los grupos de intelectuales disidentes en el ámbito que vagamente podemos denominar como capitalista. Este aporte es tanto más importante y decisivo cuanto ha sido generado en nombre del no-conformismo ideológico, de la recuperación de la naturalidad y espontaneidad y de una ideología con pretensiones de encarnar una alternativa diferente y mejor para el futuro de la humanidad. La discrepancia entre los postulados de aquellos movimientos y sus resultados nada razonables no es, sin embargo, comprensible sin esfuerzos analíticos y, por lo tanto, no ha sido apreciada siempre en toda su amplitud y relevancia.

A las acciones y normas de estos grupos se debe, por ejemplo, que la juventud actual tienda a andar uniformada con los mismos requisitos, ropas, adornos, cabellos y, ante todo, prejuicios desde el Cabo de Hornos hasta la tundra y desde las Islas Galápagos hasta los profanados templos de Nepal. En nombre de la espontaneidad y la naturalidad todos adoptan las mismas inclinaciones contra los “burgueses”, el “sistema”, los “momios”, el “imperialismo” y el “lucro privado”. Han impuesto exitosamente la tiranía de una informalidad no menos formal, ritualizada y excluyente que las generaciones anteriores, han logrado borrar los últimos rasgos de individualismo, particularismo y originalidad en el comportamiento juvenil, han elevado la mediocridad, la pereza y la absoluta falta de valores morales – si exceptuamos el cinismo – al rango de virtudes rectoras y han hecho creer a sí mismos y al mundo que representan la generación más libre, espontánea, crítica, politizada, sensible y encomiable en la historia de los tiempos modernos.

En esta actitud se puede constatar los dos aspectos fundamentales de toda inclinación acrítica a la moda imperante: el deseo de ser exactamente como los demás, de mimetizarse con las masas, de manifestar a la colectividad su apego al espíritu gregario, por una parte; y de racionalizar esta tendencia a lo amorfo y adocenado mediante ideologías de originalidad y espontaneidad, por otra. Alrededor de 1968 los jóvenes contestatarios declararon la guerra a las reglas de urbanismo, a las servilletas, a los desodorantes, a los cabellos cortos, a la literatura clásica y los valores éticos tradicionales, y no se dieron cuenta de que los cabellos largos tienden a ocultar su falta de cultura, la desaprobación de las reglas de urbanismo promueve solamente la industria de los bienes baratos de consumo, y la nueva “sensibilidad musical” ha mejorado notablemente la situación financiera de los fabricantes de discos. El resultado fue una “industria” no menos capitalista y alienante que la anterior. La forma cómo la generación contestataria decoraba sus viviendas y manifestaba su forma de vida diaria, no denotaba ni nuevas formas de interacción social, ni garantizaba la libre expresión de vivencias espontáneas ni promovía un mayor grado de originalidad creativa. La tal cultura diferente era la forma contingente y pasajera en la cual la moda se exhibía, igualmente ligada al consumismo y a los intereses comerciales más ordinarios.

Aún hoy los jóvenes contestatarios se inclinan a las siguientes pautas reiterativas de comportamiento: (a) dividir en forma maniqueísta a sus semejantes (los que están adentro con uno mismo y los que están afuera); (b) no tomarse la molestia de considerar individualmente cada caso; y (c) guiarse generalmente por exterioridades tales como vestimenta, jerga de moda y consignas ideológicas. Todo esto puede, lamentablemente, contribuir a conformar una nueva personalidad autoritaria en las generaciones jóvenes, disimulada mediante un tenue barniz de progresismo y espontaneidad.

Podemos arribar a la conclusión provisional de que las normas y pautas de los jóvenes contestatarios son, ante todo, una reedición, moderna, juvenil y chic del hombre-masa, detectado ya hace mucho tiempo por la sociología crítica y popularizado por autores comoJosé Ortega y Gasset. El hombre-masa se adapta a las corrientes de su tiempo con extraordinaria facilidad, toma la facticidad del momento como la cosa más natural del mundo, se extraña de que haya otros que piensen y actúen en modo diverso y está dispuesto a jugar los roles que le depara la sociedad sin grandes conflictos de consciencia ni distanciamiento razonable. El hombre-masa carece de sentido histórico y crítico: las conquistas de la civilización le parecen meros aspectos de la naturaleza, eternos y fáciles. Él acepta las ideologías políticas de un momento dado como fenómenos naturales, sin cuestionar sus fundamentos. No hace ningún esfuerzo individual por analizar las propensiones que lo envuelven. Apenas salidos de la tutela paterna, los jóvenes contestatarios se pliegan a las inclinaciones más excéntricas de moda y política, sin tener serios conflictos con su pasado, y transcurrida la época de formación académica y profesional, vuelven al detestado sistema burgués y se integran al mismo, igualmente sin grandes problemas. Hoy son chicos normales, mañana terroristas, luego buenos burócratas del gobierno. Siempre andan con la corriente, nunca con el análisis crítico. Esta facilidad de adoptar roles divergentes no es signo de una gran virtuosidad y amplitud mental, sino de algo mucho más sencillo: de la falta total de individualidad, de la extrema maleabilidad de sus consciencias, de la escasez generalizada de valores éticos.

Es evidente que a partir de 1968 el movimiento contestatario juvenil ha producido también algunos efectos positivos, quebrando algunas rigideces impuestas por la moda llamada tradicional, ensanchando algo unas pocas pautas de consumo y liberalizando modestamente las normas de comportamiento en la esfera del erotismo. Sin embargo, sus efectos negativos sobrepasan en mucho estos pequeños logros y tienden a fortalecer poderosamente el consumismo, el conformismo, el espíritu gregario y el mal gusto en la moda. Empero, el daño más grande producido por la tiranía de la moda propagada por los movimientos contestatarios se halla en su carácter absolutista, en su justificación por medio de argumentos ideológicos y políticos y en hacer pasar algo relativo y contingente (las tendencias fortuitas del día) como si fuera un desarrollo positivo, definitivo y digno de imitarse. Antes, los sustentadores de cada moda conocían su carácter relativo y lúdico, mientras que los jóvenes disidentes han elevado su vulgaridad a norma y medida de progresividad, impidiendo cuestionamientos críticos y representando así un cierto retroceso en la historia contemporánea.

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