Magoo, su música y su legado

Antonio, su guitarra y la naturaleza (Fotos: Toño González-Aramayo).

Ya lo estoy queriendo

                                                                                                              ya me estoy volviendo canción

                                                                                                              barro tal vez

Luis Alberto Spinetta

Edwin Guzmán Ortiz

Frente a un mundo estridente, colmado de ruidos físicos o emocionales, se alza la música, universo complejo y trascendente. Melodías, ritmos, instrumentos y sobre todo los músicos la hacen posible, y al hacerlo abren en este mundo una manera de habitarlo.

En medio de todo ello, se hallan los seres de la música, aquellos que tocados por un don especial, constituyen los amanuenses de ese flujo proverbial de sonidos que emergen de las épocas, las culturas y sobre todo de lo más hondo del espíritu humano.

Antonio Barrientos Sanz –Magoo–, fue sin duda uno de esos seres de la música. Melómano privilegiado, desde muy joven mantuvo una relación profunda con la música de su tiempo y su entorno. En la primera etapa, el rock constituyó una fuente que lo alimentó a través de sus más notables exponentes.

Probablemente, fue uno de los primeros audiófilos de este género en el Oruro de inicios de los 70. Pink Floyd, Cream, Chicago, Yes, ELP, King Crimson, brotaban del tocadiscos familiar y cada obra era un objeto precioso de estudio. La batería Brufford, el sonido grave y melódico del bajo Rickenbacker de Chris Squire, la guitarra Hendrix, la flauta Anderson, el teclado de Tony Banks y la voz Plant o Cocker, Joplin o de Peter Gabriel eran escudriñados hasta la extenuación. El finísimo oído de Magoo captaba las sutilezas de cada instrumento e integraba en una percepción total ese complejo tejido de la trama musical. De él aprendimos esa mística de la audición que linda con el éxtasis, en la línea de la famosa frase de Russell: “El hombre necesita ahora, para salvarse, una cosa: abrir su corazón al gozo”.

De todo este bagaje, aprendió las virtudes y posibilidades expresivas de más de un instrumento. Conocía e interpretaba la complejidad percusiva de los ritmos, sea el rock, el blues o el propio jazz. A su vez las posibilidades expresivas de uno de sus instrumentos preferidos, el bajo, como pocos, sabía del valor y misterios de este sigiloso instrumento. 

A su vez, se identificó y sumergió durante muchos años en la música de  los maestros del rock latinoamericano, como el Flaco Spinetta, del que poseía una colección completa de discos, y con quién tuvo incluso la oportunidad de conversar en más de un concierto. No dejó de escuchar la guitarra de Alfredo Domínguez.

A través de citas pactadas, nos reuníamos en aquel Oruro de los 70 para –lanzados sobre la felpa de una alfombra naranja de su casa– dejar que la música invadiera el espacio, abrazara las vértebras del aire, penetrara por los poros  del cuerpo, abriéndose en fastos luminosos por todos los rincones del ser, y consagrándose en una comunión íntima con ese centro del universo que también habita en cada uno.

De rato en rato, Magoo musitaba unas palabras pautadas por un delicado movimiento del índice, mientras sonreía sigilosamente y cerraba los ojos como para no dejar escapar ni un filamento de aquella delicada melodía. Luego, unas pocas palabras que subrayaban los acordes precisos, los riffs de la guitarra y la marca sincopada de la batería. Asombrado, yo pretendía oír lo que él escuchaba pero no era posible. Así como hay miradas privilegiadas, hay oídos privilegiados, y la música es un universo enorme que Magoo habitó familiarmente toda su vida.

Por aquella época, organizó y formó parte de algunas bandas de música, como Sharks Agrupation Band, Agualung y Nalupama, asumiendo un rol protagónico a través de la guitarra. Fue importante además su participación como la lead-guitar en los temas compuestos por Luis Bayá, con quién forjó un duo particular. Y cómo no recordar ese microprograma frecuente bautizado como “Temas y poemas” donde en íntimo contrapunto leíamos poemas de Vallejo y escuchábamos el cuarto movimiento de la novena de Beethoven, por ejemplo.

Uno de los periodos más ricos de su actividad artística fue producto de una suerte de conversión mística frente al horizonte tutelar de la cultura andina. Subyugado por las tradiciones y las culturas profundas de los Andes, Magoo se embebió de paisajes, de la música de aerófonos, la danza y las mitologías aymara y quechua. Incansables viajes por pueblos altiplánicos, visitas al Cusco, oteando la gravitación de las montañas y su perfil sagrado, la contemplación de atardeceres y albas tutelares, fueron alimentando su guitarra con melodías que culminaron principalmente en cuatro obras; dos discos grabados en Bolivia y dos en Europa, ellos son Guitarra andina, Cuerdas andinas, Cielo y Banda sonora para un film.  

Sus composiciones erigen desde la guitarra el latido hondo de paisajes y acontecimientos de nuestras culturas ancestrales. Magoo recrea el sigilo omnipotente de la atmósfera altiplánica, el horizonte contemplado desde las colinas de Chuseqeri, se adentra en sutiles tonadas, susurra desde las cuerdas el murmullo del viento, el tañido de campanas de la comunidad, marca el ritmo de las wanqaras en la fiesta; describe musicalmente el parpadeo del altiplano, el curso de las acequias, el lento pastar de los auquénidos, a través de delicados arpegios el destello del sol sobre las cosas breves de la pampa. Hay en la música en sentimiento de respeto y revalorización de nuestro legado originario al hablarnos de su existencia y su persistencia. Como muchos creadores, y antes de las soflamas políticas de turno, reivindicó el valor y vigencia de nuestra identidad andinas.

Como artista, exploró en su guitarra una diversidad de formas expresivas en concordancia con lo autóctono. Rasgueos al modo del charango, la síncopa del k’antu, una exploración intensa del pentatonismo andino, climas y contrastes melódicos cercanos al huayño, punteos delicados, escalas del aerófono, integración de los bajos y agudos, sumado un todo que termina asimilándose a una suerte de polifonía propia.  Podría afirmarse con seguridad que Antonio Barrientos fue uno de los músicos bolivianos contemporáneos que más incidió en la composición y reivindicación de la música andina, desde la guitarra. En una oportunidad declaró: “Mi música no se inscribe en el mundo comercial, al contrario es la música andina que busca crear espacios alternativos con la intensión de rescatar la riqueza artística de nuestra cultura”.   

Durante varios años, como solista, dio numerosos conciertos de música andina en el país; igualmente en Argentina, Perú y Chile, es más, en Europa, donde radicó por más de una década, especialmente en Suiza y Alemania. De este modo dio a conocer en el viejo continente los ritmos y las melodías emergentes de nuestra matriz cultural.

Durante los años de su estancia en Europa, tuvo una importante actividad de estudio de la música contemporánea occidental, especialmente, en los géneros del rock, el blues y el jazz, de los que fue un amplio conocedor. Asistió a los festivales famosos de Jazz de Montreaux, Berna, Friburg y Basel, a megacoconciertos de los grupos más altos de la escena roquera: King Crimson, Pink Floyd, ELP, Led Zeppelin, Premiatta Forneria Marconi, Uriah Heep, Eric Clapton, Michael Jackson, Tina Turner, Deep Purple, en fin); de bluseros mayores como B.B. King, Marla Glen, Gary Moore; de jazzeros como Dee Dee Bridgewater, Chic Corea, Miles Davis, Diana Krall, Barbara Dennerlein, Candy Dulfer y me canso… además de haber realizado la grabación de miles de horas de música de los más importantes programas de música moderna de Alemania y Suiza. Esta enorme experiencia vital le dotó de una cultura musical privilegiada y un material que compartió con los amigos.

En La Paz, no olvido cuando asistimos juntos al COE a ver los conciertos de Jethro Tull en visita a Bolivia, y de la troup jazzera, Spyro Jyra. Hace años al Teatro Municipal, a escuchar nada menos que a un trío de Elvin Jones y, tiempo después, la guitarra de Barney Kessel. Y por supuesto, no olvidaré la conversación que mantuvimos con el Flaco Spinetta antes de su concierto en un Festival de la Cultura en Sucre. Junto a esta imborrable experiencia quedan las palabras de Magoo, precisas y elocuentes, después de cada concierto.

Todo este vasto conocimiento, cuando retornó de Europa, fue plasmado en una actividad de educación y difusión musical, a través de las famosas “Asteradas”. Se trataba de sesiones de música en las que Magoo desplegaba programas de visionado de videos sobre actuaciones y conciertos de grupos y artistas mundialmente famosos. Una actividad periódica llevada a cabo durante más de 30 años y que congregó a melómanos de todo pelaje, principiantes ávidos por la buena música, tertuliantes y concurrentes que salían extasiados por la calidad de los programas y, por supuesto, por la explicación y orientación musical de Magoo, quién además de un breve acercamiento histórico e identitarios del tema, subrayaba los rasgos distintivos más resaltantes. Especialmente en Oruro y La Paz, pero además Cochabamba y Sucre fueron lugares donde queda la huella de memorables horas dedicadas al oído y al espíritu a través de las melodías más selectas, las obras y los artistas más destacados. Sin duda, se trató de una verdadera escuela de audición musical. Hoy, los concófrades de las Asteradas, sufriremos el vacío de estas veladas y la ausencia de su extraordinario mentor: Magoo.

Los últimos años realizó un delicado trabajo de recreación de blues y jazz, el mismo que dio a conocer en diferentes conciertos desde su Fender Stratocaster, así como promovió festivales de cuerdas con guitarristas destacados de La Paz, Oruro y Sucre, generando actividades de integración musical. 

Magoo fue un artista intenso, un amigo ejemplar y un músico de este tiempo. Con una mirada local sobre el arte, a través de lo autóctono y lo folklórico, a través de sus composiciones, lo más importante sin duda de su actividad como artista; pero sin renunciar a una mirada universal, a partir de su interés y estudio de la música contemporánea, en la que no se hallaba ausente lo clásico, la canción latinoamericana, el cine y por supuesto la Morenada Central Comunidad Cocani conjunto donde bailó junto al pintor Ricardo Romero varios años, y donde trabó una amistad entrañable con sus fundadores.

Antonio Barrientos Sanz “Magoo”, guitarrista orureño, se nos fue este 23 de enero, fecha de nacimiento del Flaco Spinetta. Se fue, a través de melografiados silencios, y no cesa la congoja. Nos queda su guitarra, María René, su compañera, y la música que tanto amó.  

Semblanza de Antonio Barrientos Sanz, un talentoso artista

Barrientos en el altiplano orureño (Foto: Toño Gonzalez-Aramayo).

Cecilia Nava de Ayllón

Esa luz que iluminó el sendero de su vida, se refleja hoy en el corazón de los que tuvieron el privilegio de conocerlo, sembró de notas musicales su camino y hoy florece su talento en susurros de nostalgia cuando el eco de su filarmonía solfea frases de amor al viento, las cuerdas de su guitarra se mecen con la brisa y ahí esta él, sereno, pródigo, sensible, noble, humano, humilde en su grandeza.

Una sonrisa amplia, una mirada limpia, un espíritu de paz  y sensibilidad extrema, así se  recuerda a Magoo como se lo llamaba. Marchó hacia la eternidad entre el compás de las horas que no cesan, en el vaivén de las agujas del reloj que avanzan inexorables cumpliendo su misión, la que fue realizada por él con honestidad y transparencia, con fidelidad y lealtad, con dedicación y esmero junto a su compañera de vida.

Hoy escribo en homenaje a su talentosa vida, con la nostalgia de épocas pasadas que dejaron huellas imperdibles y que reandaremos en su recuerdo, solazando el espíritu con la herencia musical que nos dejó; vibraciones de amor energizan los campos que piso, se siente, se vislumbra, y la tristeza se pelea con su esencia porque un ser de luz como él solo pudo inspirar alegría.

Son pocas las palabras que pueden definirlo pero a la vez muchísimas en esa fuente inagotable de transparentes aguas con que regó surcos de tierra árida y que en perseverancia, actitud y fortaleza logró vencer. La sinfonía de las notas que encumbraron su vida perdurarán en tiempo y espacio. ¡Descansa en la paz del Señor, Antonio Barrientos Sanz!

  • Palabras leídas por su autora en el funeral de Antonio Barrientos en La Paz, el día 24 /01/23

Cinco notas sobre un amigo

Magoo Barientos en el lente de Toño Gonzalez-Aramayo.

Benjamín Chávez

Primera. Pensar en Antonio Barrientos es pensar en la música. Primero en su música y luego ampliar el horizonte hasta donde alcance la mirada (o el oído). Los recuerdos se manifiestan fosforescentes en una atmósfera intensa, como el ruido de fondo del universo musical. Oruro y La Paz fueron los escenarios de nuestra amistad, aunque en una ocasión viajamos a Sucre. Ahora siento que nos vimos relativamente poco a lo largo de muchos años, pero supongo que ese es un sentimiento frecuente frente a quien ha partido: la previsible nostalgia de la reminiscencia.

Segunda. Con el Magoo, cada encuentro casual o planificado se convertía inmediatamente en una ocasión entrañable. El primer recuerdo se me presenta como una nítida imagen y nos halla en la plaza 10 de Febrero donde yo estaba sentado tomando un poco de sol a mediodía y Antonio apareció por la diagonal que va de la fuente al reloj frente a la alcaldía y, al ver que yo tenía puestos los audífonos del walkman me dijo: “Ahora sí te pesqué in fraganti, dame esos audífonos, quiero saber qué escuchas cuando estás solo.” Se los pasé y mientras ambos nos reíamos tarareó lo que oía El amor después del amor de Fito Páez, en casete, claro.

Tercera. En 1999 escribí un breve texto para este suplemento (El Duende, 31/01/99), en el que, por un error aritmético u otro despiste, puse que el disco Artaud de Pescado Rabioso se editó en 1968. A los pocos días me vi con Antonio y él tuvo a bien, no solo rectificar la fecha (1973), sino regalarme un hermoso relato de cuando él, justo por aquellos años, vivía en Buenos Aires y seguía al grupo liderado por el flaco Spinetta a cuanto concierto daban en la capital argentina. Tiempo después, él mismo tuvo la ocasión de comentárselo en Sucre, cuando Luis Alberto Spinetta llegó y, tras el concierto (que fue en el teatro al aire libre y no en el estadio Patria como muchos aseveran), en el camerino, le confesó la dimensión de su militancia en las filas de Spinetalandia, siguiéndolo a todos sus conciertos y esperando a los músicos al final de los shows para conversar un poco.

Cuarta. Un sábado a mediodía estaba yo en el bar Huari con otros amigos y llegó Antonio cargando una inmensa maleta de cuero. Acababa de llegar de La Paz. El mozo se aproximó solícito a ayudarlo y se llevó la maleta tras bambalinas y Antonio se sentó a nuestra mesa. Pidió un asado a la plancha con arroz y una papita blanca y no salteñas y cerveza o singani como todos los demás. Definitivamente atrás había quedado toda una época de su vida cuando supo, como pocos, crearse una verdadera leyenda. Parafraseando a Bernard Shaw cuando habló de Bach: ¡Magoo no pertenece al pasado, sino al futuro!

Quinta. La última vez que conversamos fue una tarde algo nublada en La Paz, en la esquina de la iglesia de San Pedro. Él volvía de la terminal, creo, me dijo que caminaba mucho, que le gustaba y que ahora se encaminaba a su casa, cerca de la plaza Adela Zamudio en Sopocachi, esa misma donde me había invitado algunas veces a ser parte de las míticas Astereadas donde un puñado de privilegiados disfrutábamos de su hospitalidad, sapiencia, carisma y colección impresionante de videos pacientemente reunidos a lo largo de toda una vida en América y Europa. Tras separarnos y seguir nuestros respectivos caminos, me quedé pensando que la primera vez que lo escuché tocar fue en la Galería Imagen en un concierto estupendo con Luchito Bayá cuando a todos los presentes nos dieron sobrados motivos para amanecernos y salir cantando “A las seis de la mañana” a las calles de la ciudad, a la “Altipampa lejana”, a los “Arenales al Pie de Gallo”. El resto fue y sigue siendo una música de fondo que está eternamente presente en el altiplano cuando uno mira la “Soledad de la pampa”, el atardecer, pongamos por caso, y la guitarra del Aster suena bella, rara y pura.

Yo, la novela de Gonzalo Lema

Carlos Decker-Molina

W. Somerset Maugham, escritor muy leído en los años 30, uno de los padres del cuento corto y la novela de espionaje, dijo. “Existen tres reglas para escribir una novela. Por desgracia, nadie sabe cuáles son”.

Después de haber leído la novela Yo de Gonzalo Lema, tengo la seguridad de que él sabe cuáles son esas tres reglas.

Alguien me dijo en un curso de escritura creativa que cada escritor tiene sus reglas, pero hay una que arropa a los mejores: “Nunca se dan por satisfechos”.

Y … Gonzalo a propósito de Yo, me comunicó: “No fue fácil escribirla porque yo mismo me sentí profundamente interpelado”. Además, le dijo a un periodista que la tenía guardada mucho tiempo, seguramente para que madure como los buenos vinos de Tarija, su tierra natal.

La novela

Comienza en Mizque, una provincia de Cochabamba. Aparece uno de los personajes importantes Modesto Poma, el kallawaya, curandero de Charazani que recorre el país “sanando” a la gente que sufre de males.

Es la Bolivia feudal con la bella finquera Elvira Prudencio como personaje de fondo. Matriarca a pesar de su juventud, muere temprano, pero deja a Beatriz su hija con Luis Claros, un casanova pueblerino que desaparece en el Guerra del Chaco. Nunca se casaron.

Beatriz se cría en casa del tío Ernesto, los Orozco, parientes de los Prudencio, vive en Cochabamba muy cerca de la Plaza Cobija. Son las tres locaciones de la novela: Mizque, Charazani y la Plaza Cobija de Cochabamba.

Personajes

Los personajes son la continuación de la matriarca Elvira Prudencio que pierde a su hombre en la guerra del Chaco y reniega de la reforma agraria porque los “indios son unos flojos” y muere sentada en una carreta tirada por animales.

Aparecen otros personajes que sin ser principales asumen el reto de sostener el entramado de la novela hasta el final.

Beatriz, hija de Elvira, se casa con el policía tarijeño Víctor Jaramillo, le da dos hijos, Carolina y el Cabezón. Carolina prácticamente huye del entorno familiar y se va al exterior con su marido, en tanto, el Cabezón asume el reto del ser el protagonista hasta el final de la novela. Probablemente la voz más interesante y nítida a pesar de carecer de nombre propio. Uno de los yoes de la novela y el personaje mejor trabajado de este bello imaginario de la literatura de Lema. 

Sin embargo, hay otro, que siendo personaje secundario se apropia del rol principal por ser la integradora de dos mundos, el mágico indígena y el otro, que no termina de germinar, es María la hija del tío Ernesto, hermanada con su prima Beatriz. María se va con el curandero kallawaya Modesto Poma a Charazani, vuelve como Ulises a su Ítaca de la Plaza Cobija, pero al experimentar un gran vacío existencial retorna a Charazani, hasta que un hecho colectivo sustituye malamente el Yo de María que la obliga a dejar el pueblo de los kallawuaya y termina en un monasterio, otra pluralidad.

Voces y estructura

La novela tiene un narrador omnisciente, pero, aparece el yo en los paréntesis, explica o enlaza escenas y hechos concretos. Esa una de las partes novedosas de la estructura de la novela, que tiene otro acierto, evita la superposición de planos o, mejor, los sustituye con precisión usando un “puente” que explica una historia diferente a la contada antes, pero que se desarrolla al mismo tiempo. Al evitar los flaschbak la obra adquiere un formato longitudinal fácil de leer.

Diálogos

Todos los que escribimos sufrimos cuando hay que imaginar diálogos, no siempre se lo puede dominar. Los de yo de Lema diferencian bien la pertenencia de grupo. Unos son los diálogos en la chichería mizqueña de doña Valica y otros los de los bares cochabambinos que frecuenta el Cabezón y más pulidos los que salen de las bocas de sus personajes citadinos, sobre todo el del marxista que pretende a Beatriz, madre del Cabezón.

El lector

Una de las razones para escribir es la seducción. Y para seducir al lector hay que ser honesto, es decir la historia no debe considerar al lector como a un tonto, lo debe seducir con una historia creíble donde los personajes cobran vida y enamoran al lector hasta poblar sus sueños.

La novela de Gonzalo es desde ese punto de vista impecable, por seductora. Las novelas que son una fantasía, una mentira hecha verdad, fáciles de creer, cobran vida y se vuelven realidades en la cabeza del lector.

Ahora bien, cada lector lee su propia novela. En mi caso, encuentro un parecido, sobre todo en los personajes con la novela Jakobsböckerna (Los libros de Jakobo) de la Nobel polaca Olga Tokarczuk donde aparece Jakobo, un personaje como el kullawaya Poma y/o el Cabezón. Un salvador, un sabio o quizá un hereje o un impostor.

La historia

No quiero referirme a la historia narrada por Gonzalo sino a la historia de Bolivia porque es por esas calles que transitan los personajes de Yo.

Comienza con la abulia de Mizque, sobre todo esa falta de voluntad de la patrona de aquella Bolivia feudal, que pierde a su hombre en la guerra del Chaco, así como pierde sus propiedades con la revolución del 52.

La novela transcurre también por las épocas del barrientismo, la guerrilla que bien pudo ubicarla en Teoponte, pero el escritor la sitúa en la sierra peruana donde alguna vez campeó Sendero Luminoso. Y, la presencia del Cabezón que no sabe por qué está allí.

Los personajes pueblan luego el neoliberalismo que plantea la capitalización y el emprendimiento empresarial como panacea de la democracia, época en que se confunden los términos democracia y capitalismo. Todavía hoy sin separación posible.

Gonzalo Lema es un escritor que nunca olvida la sociología del escenario donde actúan sus personajes. Siempre fuimos familia, es la metáfora de Cochabamba como Hola mi amor es la novela de Villamontes. Yo, es la novela de las dos Bolivias. La del kallawaya y la del Cabezón. Dos personajes que pueblan el mismo pellejo.

Conclusión

Yo, es una novela que produce ganas de discutir Bolivia y su futuro, pero también es el permanente desafío del yo frente al nosotros. El primero tan liberal y el segundo tan socialista.

Lo interesante de la novela es el planteamiento: No hay yo sin el nosotros o no hay nosotros sin el yo.

El yo de Elvira Prudencio frente al nosotros de la provincia de Mizque o la comunidad de Charazani.

El yo del Cabezón y el nosotros de la familia que se resuelve no con la política, ni con las hojas de coca sino con al psicoanálisis.

El yo del amor, Elvira y Beatriz buscan afanosamente el nosotros de la pareja y de los hijos.

El yo de María que vence ante el nosotros de la comunidad kallawaya, pero, muere en el nosotros del convento.

El epílogo es el anuncio de un hijo que reafirma el nosotros que necesita Bolivia y que hoy está enfrentada por dos yoes, el de Poma y el del Cabezón.

Léanla, estoy seguro de que ustedes sacarán otras conclusiones. ¡Gracias Gonzalo Lema!

Nélida Piñón, la magia constante de las palabras

Christian Jiménez

Hay una idea recurrente que trama la piedra angular de la filosofía del conocimiento y de la sociología de las ideas y es que las ideas viajan. Las ideas al igual que los campos sociales, son dinámicas y se transforman en el tiempo y en el espacio. Incluso las comunidades lingüísticas no representan límites formales para las ideas. Una idea, después de todo, es una pulsión, un deseo, una manera de simplificar el mundo y un anhelo de condensación de toda una serie de experiencias. Así la Ilustración, la reencarnación, la democracia, el barroco o el estridentismo, son formas en las que las personas se reconocen como iguales porque comparten las reglas que esas ideas comunican. Por ello cuando se habla de literatura se caen en ciertas convenciones para construir un sentido sobre lo dicho. Pero de vez en cuando, y sólo de vez en cuando ocurre que hay escritores que rompen las convenciones y hacen de esas ideas algo conocidas, una forma más del extrañamiento.

No es que instauren un nuevo sistema, pero van en procura de ello. Casos así son los menos en la historia de la literatura y en la presencia de Nélida Piñón nos encontramos frente a una escritora que realiza tal ejercicio desde al menos dos vertientes. Por un lado, la novela y por el otro, el ensayo. Pero ambas beben de la memoria. De la memoria que surge cuando se reconstruye la historia interior de la migración familiar que le da origen. Piñón usó la literatura y el pensamiento para fijar una memoria de su tiempo. Y aquí tiempo se convierte en la palabra clave.

No es un tiempo lineal ni un tiempo histórico, es más bien, el tiempo de la experiencia. Lo que la experiencia capta del tiempo. Luego los procesa en el trascurso de las edades y habla de lo vivido desde distintos lugares. En ese sentido, el tiempo histórico se convierte solamente en una serie de episodios que están enmarcados para nutrir de algún tipo de significado a la vida y fijarla de ese modo en el marco contextual general. Esto quiere decir que Piñón reconstruye la historia familia, la historia de Brasil, la historia de la literatura y la historia del amor o de la fabulación femenina, no como un esquema teórico con pistas claras y consecuencias determinadas. Lo que hace es que en cada instancia que trabaja fragua la memoria.

Piñón deja espacio para que sea la memoria quien atraviese los poros de la historia y de las experiencias vitales. Su escritura es un ir y venir a través de la interrogante sobre el recuerdo. Aquello que se escribe es un recuerdo, pero puede o no ser válido o verdadero y por eso, también ella sondea el recuerdo, lo interroga. En su escritura hay signos de avance, retroceso, de equivocaciones y de duda. Escribe y poco después, la reelabora frente al lector, luego en otra sección del mismo párrafo, escribe una nueva oración y luego, la reordena y le dota de otro adjetivo o le suma nuevos sujetos. Esto es síntoma de una elaboración emocional del recuerdo. Y nos indica que el recuerdo no es algo netamente mental o intelectual, sino que responde a la emoción y sobre todo, está facturado bajo los pliegues de la evocación.

Pero esto se logra porque también ella tiene sentido del ritmo en las frases. Su fraseo es intenso y casi un balbuceo, pero no un balbuceo infantil. Más bien, uno que alumbra una nueva forma del lenguaje porque hay un significativo esfuerzo por nombrar y asir lo que aún se presenta como difuso y falto de cuerpo.

Nélida Piñón también por estas razones juega con la estructura en la prosa, haciendo de ella un juego de improvisación y de puesta en escena del habla. Hay una tensión que se desarrolla y que es explícita en su obra de ficción, aunque está presente con menor fuerza en sus ensayos, quizá porque dentro del campo del ensayo, la improvisación es menos dable a ejercitar un pensamiento capaz de arribar a cierta conclusión de interés, pero lo que ella genera es una destrucción de la forma convencional de la novela, porque cambia la sintaxis, cambia el sentido de las palabras, y de sus significado, logrando frases encadenadas y oraciones subordinadas. Todo ello es el terreno propicio para la vanguardia estilística, pero en su caso, no lo hace con el fin de hacer gala de un estilo. Más bien se trata de narrar por escrito una experiencia y toda experiencia también es una transformación en las condiciones de producción del lenguaje.

El lenguaje en la prosa no necesariamente está para comunicar un sentido o para establecer una comunicación lineal entre escritor y lector. También se presentan ocasiones en las que el escritor se propone escribir como un acto de fe, es decir, con las herramientas conocidas, pero arriesgando el sentido en procura de una emoción o una intención y la intención en plástica. El lenguaje dilata lo narrado y lo promueve para que sea él quien indique los puntos de contacto entre memoria y ficción, entre recuerdo y realidad, entre evocación y reflexión. Cada par de acciones emotivas e intelectuales están en el caso de la escritora, dispuestas para que sea ella la que vaya pensando mientras escribe, pero sobre todo, para que el lector ponga atención a lo que se dice tanto al cómo está siendo dicho aquello que envuelve la trama, aparentemente simple que está al centro de cada uno de sus libros.

Leerla es por ello una experiencia intelectual, emocional y de atención sobre el lenguaje; y para establecer una distinción con respecto a otra de las escritoras brasileras por excelencia, tendríamos que decir que mientras que, Clarice Lispector construye un mundo para hablar de sí misma y explorarse a través del monologo interior libre, Piñón, arma una experiencia de lenguaje para referenciar el mundo y para hablar y contar sobre los demás. La identidad de Piñón en términos narrativos es coral. La de Lispector es individual y solitaria. Piñón siempre está acompañada, por la materia difusa de los recuerdos, y ellos por las voces que convoca al interior del relato. Hace vínculos entre su cuerpo, su memoria, su ser y su identidad para construir el cimiento sobre el cual se levantarán las demás voces.

La muerte de Piñón significa la muerte de un determinado proyecto narrativo que apostaba por la diferencia entre memoria y recuerdo, sirviéndose para esta tarea de la transformación del lenguaje y la indagación de un mundo sensorial, físico e histórico siempre en movimiento y dable a múltiples explicaciones. Quizá por esto, una de las novelas más ambiciosas de Vargas Llosa –La guerra del fin del mundo– esté dedicada a ella. Y es posible que, por estas razones, lo mejor de la poesía del siglo veinte esté siendo escrita desde la prosa.  Y que, al final, todos los escritores que apuestan por la memoria como el origen de toda fabulación estén, sin saberlo ni pretenderlo, escribiendo el mismo libro y sea un libro cuyo interés radique tanto en lo que cuenta como en el estilo que se desarrolla experimental y explícitamente para ese fin.

Desde La Central de Madrid, una librería de Valladolid y Falso Afán delivery: top de lecturas internacionales 2022

«Este año que termina, viajeros, amigos, amigos de amigos (y algo más), me ayudaron a leer algunas de las mejores novedades narrativas del ámbito hispano, apenas semanas después de su lanzamiento», cuenta nuestro colaborador, Martín Zelaya, que lanza un top personal -y por tanto referencial- de narrativa internacional en 2022.

Martín Zelaya Sánchez

No son, ni mucho menos, “los” libros del año. Son “mis” libros del año. De los que vienen más allá de nuestras fronteras. Son una muestra, un top de lecturas, resultado de búsquedas, reseñas, recomendaciones, expectativas y, sobre todo, del ojo bien entrenado (creo) tras años y años de perseguir libros y desarrollar una suerte de intuición que, a estas alturas, sale casi siempre indemne.

A inicios de septiembre se lanzó el tercer volumen de la trilogía Cegador del genial escritor rumano Mircea Cărtărescu. A fines de septiembre, el amigo de un gran amigo compró un ejemplar en una librería de Valladolid. A inicios de octubre tomó un vuelo a Viru Viru, luego a La Paz. Al finalizar el primer mes de la templada primavera paceña, el libro ya estaba leído, disfrutado y anotado.

Apenas iniciado este diciembre, el ex de mi actual (¡vaya el álgebra de la vida moderna!) llegó con una bolsa de librería La Central de Madrid, conteniendo una joyita sui generis de Marta D. Riezu: Agua y jabón, de esos libros híbridos, hasta alucinados, pero con un tremendo buen gusto. Además, una novela hiper recomendada en Twitter y suplementos literarios: Yo maté a un perro en Rumanía (así con acento, aunque persisto en escribir y pronunciar Rumania).

Unos días después, también en este último mes de 2022, mi amiga Wara Godoy de Falso Afán (notable emprendimiento de delivery de libros desde Argentina), me entregó El polaco, nueva novela del Nobel sudafricano J. M. Coetzee que decidió dar un golpe sobre la mesa y en una más que simbólica actitud, publicó en julio –en primicia con El hilo de Ariadna– la versión en español de su libro. Luego recién saldrá la “original” que escribió en inglés. “Es una forma de protestar contra la hegemonía e imposición global del inglés”, dijo. Angloparlantes, esta vez a esperar.

Pero antes, en agosto, durante la Feria del Libro de La Paz, hallé un libro de fines de 2021: Furia, de Clyo Mendoza, que no me resisto a dejar de lado, ya que finalmente fue también una lectura de este 2022 que termina.

El ala derecha (Impedimenta, 2022)
Mircea Cărtărescu

Finalmente tras cuatro años de espera, pude completar la trilogía de 1.493 páginas, un universo alucinado y, en sus mejores momentos, estremecedor.

En Cegador: El ala izquierda (2018), El cuerpo (2020) y El ala derecha (2022), Cărtărescu sostiene el relato a partir de tres ejes: la descripción, narrador mediante, de una ciudad y sociedad mecanizadas y casi artificialmente detenidas (comunismo); los sueños y alucinaciones (pasadizos subterráneos, sobrevuelos por la urbe, visitas a otros mundos y dimensiones…) de Mircea (personaje-narrador-alter ego); y el planteamiento de una filosofía –una ética-estética, más bien– que visualiza al cuerpo como un todo en dualidad, una única verdad en tránsito perpetuo, en un ciclo eterno de vida-muerte, bueno-malo, evidente-oculto.

En el tomo final, Mircea sigue contando (y escribiendo y descubriendo, a la vez) su vida, ya en la adultez, treintañero, a fines de los 80, cuando Ceaucescu está a punto de caer. Y siguen, claro, los viajes, alucinaciones, reminiscencias y regresos al pasado/futuro.

Hay vidas y muertes, historias y sueños, infiernos y paraísos. Hay universos detrás de las paredes, en los sótanos y cañerías; en las arrugas, tatuajes y venas de la gente; en los cuadros y manuscritos. Cărtărescu lleva a los límites su idea de multiplicidad e infinitud; la prosopopeya total; la certeza de que sueños, ilusiones y delirios no son más que pasajes a las dimensiones, en lo normal, veladas y vedadas.

En el final de la primera parte del volumen final de su trilogía, Cărtărescu lo dice todo. Se cuenta, se destapa. Da las claves de su escritura, de su pensamiento, de su personaje, de su microcosmos. Y de sí mismo –creemos– en buena medida.

«Ya no sé cuándo vivo y cuándo escribo. Cuando camino por la calle, me doy cuenta de repente de que estoy en una calle inexistente del Bucarest real, que es la calle descrita por mí un día antes en este libro ilegible (…) Me miro a los ojos durante un tiempo infinito, cruzando tantas veces el espejo que veo también desde el otro lado, de tal manera que no sé en qué parte del cristal ensuciado por las moscas y el polvo me he detenido. Me invade un llanto histérico, inconsolable. Me abruma de repente la infelicidad sin límites de mi vida. Me quedaría aquí, en esta habitación, escribiendo mi libro, hasta el final, traspasándole toda la savia de mi cuerpo, trazando las letras con hiel y linfa y esperma y sangre y orina y lágrimas y escupitajos hasta quedarme esquelético, lívido y arrugado como una araña seca, muerta de hambre en su deshilachada telaraña. Así me encontrarían algún día, con la cabeza derrumbada sobre el manuscrito amarilleado, transformado en un montón de polvo desmenuzado…». (166-167)

El polaco (El hilo de Ariadna, 2022)
J. M. Coetzee

Coetzee decidió transgredir todo. La dinámica del mercado del libro cada vez más hegemónico y vertical, como dijimos ya, y también su nueva trama, en la que da una vuelta astuta a la prototípica historia de Dante y Beatriz.

Una mujer al filo de los 50 acepta, inesperadamente, tener una aventura con un pianista polaco setentón que se enamoró de ella en una cena. Sin dejar el guiño a Dante, el sudafricano desarrolla una historia enfocada en los soliloquios y devaneos –aunque sobre todo, deliberaciones– de la mujer (de la Beatriz, ya no del Dante) que durante toda la breve novela no alcanza a salir del estupor ni mucho menos a explicarse por qué aceptó algo que no quiso, ni provocó ni deseo…aparentemente.

«Entre un hombre y una mujer, entre los dos polos, o bien la electricidad hace un chisporroteo, o no lo hace. Así ha sido desde el comienzo de los tiempos. Un hombre y una mujer, no solo un hombre, una mujer. Sin el y no hay conjunción. Entre ella y el polaco no hay un y«. (50-51)

¿La compasión como desencadenante de un affaire? ¿El ego de sentirse deseada puede más que los reparos morales? ¿Confrontado en una situación límite, uno es capaz de ir mucho más allá de lo que a priori piensa? ¿Complacer a alguien en inferioridad (un anciano enamorado-no correspondido) es en el fondo satisfactorio? Estas son algunas de las interrogantes en torno a las que reflexiona Coetzee en una novela ligera pero no por ello menor (aunque un poco lejos de sus libros cumbre).

«¿Por qué está con él? ¿Por qué lo ha traído hasta aquí? ¿Qué es lo que le resulta grato de él, si es que algo le resulta grato? Hay una respuesta: que él disfrute de estar con ella de una forma tan transparente. Cuando ella entra en una habitación la expresión de él, por lo general tan adusta, se ilumina. En la mirada que la baña hay una porción de deseo masculino, pero a fin de cuentas es una mirada de admiración, de deslumbramiento, como si él no pudiera creer en su propia suerte. A ella le da placer ofrecerse a esa mirada». (81-82)

Yo maté a un perro en Rumanía (Almadía, 2022)
Claudia Ulloa Donoso

Sumida en la depresión y la desidia, una latina profesora de idiomas en Noruega decide salir de su encierro (baja médica a plan de Clonazepam) y acepta acompañar a su amigo exalumno que debe resolver unos asuntos en su Rumania natal.

En una larga y rocambolesca aventura (visos de road movie y crónica etnoantropológica de la aún provinciana Rumania) atraviesa por fases de paz, resurgimiento, miedo y rabia… y, finalmente, en medio de la burbuja de la extranjería y los barbitúricos, su cuerpo y mente reaccionan con la mudez intempestiva que, no obstante, no le impiden percibir y hacerse entender incluso mejor que antes.

Cuando lo racional y cognitivo no pueden más, despiertan los más primitivos instintos, las capacidades atávicas subconscientes, desconocidas.

Es una novela de cierre y cambio de ciclo. O simplemente de cierre y punto final, como lo percibe ella ya al inicio, al decidir lanzarse en la incierta aventura.

«Tuve la impresión de que me estaba preparando para morir y me envolvió una certeza. Una especie de satisfacción extraña, casi festiva, pero a la vez gris y silenciosa, sin serpentina ni aspavientos, como la tranquilidad que llega al haber culminado algo propio y conocido, algo tedioso como un trabajo de años, un ritual de paso, el cese de labor, poner un punto, un apagar la luz y cerrar.

Quería desaparecer». (36)

Y si hay tanto de instinto y animalidad (lo del perro y la historia del amigo rumano quedan pendiente para la lectura propia), hay, también mucho de muerte.

«Caminamos entre las tumbas y Ovidiu me fue contando sobre sus muertos. Su relato me produjo un llanto limpio y largo que no me debilitó sino todo lo contrario, mi cuerpo cobraba una rigidez de piedra y mis lágrimas se agitaban como el torrente de un río que me nacía en el pecho». (275)

Agua y jabón (Anagrama, 2022)
Marta D. Riezu

De cómo antes de matar a Gadafi, los soldados estadounidenses descubrieron que en su refugio tenía un ejemplar de la estupenda revista How to spend it del Financial Times; de lo poco que se aprecia como la verdadera obra de arte (sociología infantil inigualable) que es al universo de Charlie Brown y Snoopy de Schulz; del “eslabón” como mejor método para hallar lecturas a la altura: leer entrevistas y textos en las que tus autores favoritos hablen sobre sus autores y libros favoritos… pero también de moda, de protocolo, de actitud ante la vida, de dandis y anacoretas; excéntricos y desfachatados; de obsesiones, filias y fobias…

La periodista catalana presenta un collage delicioso de fragmentos: reflexiones, apuntes, confesiones, emociones, deseos, esperanzas, frustraciones. Un dietario ampliado, una perfecta lectura de a ratos, de a saltos… una beta de citas, glosas y subrayados.

«Quien bien nos quiere se fija en lo que nos gusta, pero quien nos parecía de verdad memoriza lo que detestamos. Para ahorrárnoslo, sobre todo; pero también para esgrimirlo en un momento tenso y hacernos reír». (21)

«Camp era una palabra secreta de los gays, los heteros no la entendían. Se usaba para un producto tan malo que se convertía en bueno sin que ni siquiera su autor lo supiera. No se puede crear algo camp a propósito. Surge de algo inocente que intenta ser dignísimo, pero que sale rematadamente mal». (38)

[Bonus track]

Furia (Sigilo, 2021)
Clyo Mendoza

Juan y Lázaro, soldados, amantes, no saben que son hermanos. Son hijos de Vicente, el vendedor de hilos.

Juan es hijo de Cástula, una negra indigente y alcohólica que buscó a toda costa concebir de Vicente para vengarse de Sara, la mamá de Lázaro, que la echó de su lado.

Muchos años después, Salvador y María no pueden librarse de su amor que agoniza sin terminar de morir. Salvador también es hijo de Vicente. María, de un hombre que enloqueció.

La propuesta narrativa de Clyo Mendoza es de tal magnitud que, a la hora de plantearme una síntesis de Furia (Sigilo, 2021), su primera novela, apenas se me ocurren estas tres breves descripciones. Pero viéndolo bien, es suficiente. Hay libros que no se pueden contar o resumir, pero que llaman a leer y releer y recomendar a rabiar. Este es uno de ellos.

Dialogando con las tres frases referidas, tres conceptos traspasan estas páginas: transgresión, corporeidad y violencia.

«Tengo un mal presentimiento. Tengo la sensación de que Dios nos mira, ¿no te lo has preguntado, Juan? Quizás sea verdad que estamos pecando y que lo que sigue después de esta guerra es otra peor. Estoy cansado de matar, el sabor de la carne me da asco. Siento que la carne sabe al miedo de los animales que cazamos, pensó Lázaro sin dejar de mirarlo». (23) [Transgresión].

Hombres y mujeres espectrales, pero carnales a la vez. En un México casi irreal y onírico, pero tan pedestre a la vez. Un microcosmos donde el desierto, el calor, el vapor nublan mentes, memorias y lo hacen posible todo.

«¿Quién querría poner en el mundo un embrujo de este tipo? Dejarle a uno el cuerpo, pero sin sus posibilidades. Un cuerpo sin posibilidades, pero con toda la memoria de haberlas tenido. Toda la sensación de la antigua potencia perdida en un cuerpo que uno no se explica». (117) [Corporeidad].

Con esta impactante novela, Mendoza configura su propio “realismo mágico” del siglo XXI. Lacónico, salvaje y de destinos y signos terrenales. Con un aire rulfiano innegable, pero con una impronta original a toda prueba.

«Para vivir esa vida era necesario parecer una leyenda, practicar el gesto del mal, ejercer un poco de misterio. No era difícil: el duelo de ser quien era, un duelo todavía más pesado que la ya lejana pero punzante pérdida de Lázaro, solo era posible de llevar con un infinito enojo. El fuego de la ira era su combustible, eso atravesaba su piel, sus huesos y se hacía evidente». (171) [Violencia].

* Nota final: en la bolsita de librería La Central de Madrid, también venía ¡por supuesto! El pasajero / Stella Maris, la novela doble de Cormac McCarthy lanzada por Random House el 10 de noviembre. Me guardé las ansias para leerla en mis pocos días libres que arrancan, precisamente en este momento, tras poner este punto final.

Annie Ernaux: “reparar la injusticia del nacimiento”

Nuestro colaborador, Javier Claure, nos envía una crónica de la ceremonia en la que la francesa Annie Ernaux dio su discurso de aceptación del Nobel de Literatura 2022.


Javier Claure C.

El pasado siete de diciembre, a las 17:00 horas, la galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2022, Annie Ernaux de 82 años, pronunció su discurso ante la Academia Sueca y ante un público selecto.


Una vez más acudí a esta ceremonia. Llegué 30 minutos antes que empezara el acto, y cuando entré al salón; vi a los miembros de la Academia sentados y a mucha gente que esperaba escuchar a la homenajeada con el Premio más prestigioso del mundo. Me acomodé en un costado en la cuarta fila. Y mientras observaba alrededor, me di cuenta de que no había un podio como en los años anteriores. Cuando llegó la hora indicada, el secretario permanente de la Academia Sueca, Mats Malm, junto a Annie Ernaux salieron de una puerta lateral. Los presentes se pusieron de pie y los aplausos estallaron en el salón pulcro de paredes blancas con decoraciones doradas y luminosas arañas que colgaban del techo. Después de un momento, el silencio se apoderó del aposento. Annie Ernaux de pelo rubio, de traje negro, con una blusa jaspeada entre blanco, marrón y amarillo; se sentó en una silla cerca de una mesa redonda. Mats Malm, le dio la bienvenida. Acto seguido, se escuchó una música clásica que salía de un piano negro de cola. Luego Annie Ernaux emitió palabras de agradecimiento para la Academia Sueca y sentada empezó a leer su discurso en francés.

La escritora gala dio pinceladas sobre su visión del mundo durante toda su disertación. Recordó que cuando tenía 22 años apuntó en su diario íntimo: “Escribiré para vengar a mi raza”. Además, utilizó una frase del poeta francés Rimbaud: “Soy de una raza inferior para toda la eternidad”. Y señalo que “raza” se debe interpretar como “clase social y de sexo femenino”.

Ernaux criticó a la sociedad machista dominada por los hombres en donde las mujeres, durante la historia, han sido sometidas sistemáticamente a las clases dominantes. Dijo por ejemplo: “…Que dos o tres editores rechazaran mi primera novela, no fue lo que derrumbó mi deseo y mi orgullo. Fueron situaciones de la vida en las que ser una mujer suponía un pesado lastre con respecto a ser un hombre en una sociedad donde los roles estaban definidos según el sexo, la contracepción estaba prohibida y la interrupción del embarazo se consideraba un crimen. En pareja y con dos hijos, docente de profesión y con la intendencia familiar a mi cargo, me alejaba día a día, cada vez más, de la escritura y de mi promesa de vengar a mi “raza”. No podía leer la parábola ‘Ante la ley’ en El proceso de Kafka sin ver en ello la figuración de mi destino: morir sin franquear la puerta que estaba hecha solo para mí, el libro que solo yo podría escribir. Hay hombres en el ámbito literario, incluso en los círculos intelectuales occidentales, para quienes los libros escritos por mujeres no existen, nunca los citan”. De ahí que Ernaux, no estima la concesión del Premio Nobel como una victoria individual, sino más bien como un logro colectivo. Y subraya: “el reconocimiento de mi obra por la Academia Sueca es una señal de esperanza para todas las escritoras”.

Ernaux firmando libros en la recepción de la Academia Sueca (Fotos: J. Claure).

Cabe señalar que los padres de Annie Ernaux eran campesinos y pequeños comerciantes. Desde niña vio la pobreza y vivió un desgarro social cuando era estudiante. Hace alusión a esa “fisura social” con las siguientes palabras: “… esa situación indigna a la que el Estado francés condenaba siempre a las mujeres: el recurso al aborto clandestino entre las manos de una “hacedora de ángeles”, de una abortera. Y quise describir todo lo que le sucedió a mi cuerpo de chica, el descubrimiento del placer y la regla. Así, en ese primer libro, publicado en 1974, sin que fuera entonces consciente, se encontraba definida el área en la que ubicaría mi trabajo de escritura, un área a la vez social y feminista. Vengar a mi raza y vengar a mi sexo serían una sola y misma cosa a partir de entonces”. Y se pregunta: ¿Cómo podría compensar mi éxito académico, las humillaciones y las ofensas sufridas?

Al mismo tiempo advierte: “Pensaba orgullosa e ingenuamente que escribir libros, hacerse escritora, al final de una estirpe de campesinos sin tierras, de obreros y pequeños comerciantes, de gentes despreciadas por sus modales, su acento, su incultura, bastaría para reparar la injusticia del nacimiento.”

A lo largo de su discurso hizo énfasis en la división de las clases sociales. Es decir, entre los agachados, los ninguneados, los escupidos por la historia y las clases dominantes de privilegios económicos, sociales y culturales. La educación siempre ha sido considerada, por la burguesía, como un motor de movilidad social. La diferencia social nace en la cuna. Y este privilegio “de cuna” o “injusticia del nacimiento” cobra importancia, por ejemplo, en la formación de una persona. Pero también es cierto que, a pesar de las adversidades de la vida, hay personas de escasos recursos económicos que han alcanzado una movilidad social ascendente.

En este contexto, es oportuno citar a Pierre Bourdieu (1930 – 2002), pensador y sociólogo francés. Para Bourdieu, la sociedad está conformada bajo dos formas: “los campos” y “los habitus”. Los campos son escenarios en la sociedad en la que nos movemos dependiendo de la historia de cada individuo. Es decir, dependiendo de los logros intelectuales, artísticos, deportivos, etc. que una persona ha logrado en su vida. Y establecemos una relación con el campo que nos pertenece. En cambio los habitus son disposiciones interiorizadas por una persona. Por ejemplo: el comportamiento, la forma de interpretar el mundo y las cosas que nos rodea, la forma de expresar sentimientos y emociones, la manera en que nos vestimos, hablamos, gesticulamos con las manos, adornamos nuestra casa, agarramos los cubiertos, etc.

La clase social no se define solamente por el poder adquisitivo, sino también por el “habitus de clase”. Annie Ernaux, a pesar de venir de clase obrera por ser hija de agricultores sin tierra, logró entrar a la universidad para estudiar literatura francesa. Se codeaba con muchachos y muchachas de la burguesía de su ciudad. Finalmente, gracias a sus esfuerzos y excelentes méritos, conquistó el pedestal más alto de su campo: la literatura y, por consiguiente, en cierto modo, reparó la injusticia de su nacimiento. No dudo de que tenga buenos “habitus”, estoy seguro de que no se olvidó de su clase social. Por eso dijo: “escribir es el acto político más importante. Históricamente la extrema derecha nunca fue favorable a las mujeres”. Su análisis sobre el mundo arranca de las injusticias sociales, del sometimiento y las desigualdades que sufren las mujeres, de los embarazos no deseados, de la pobreza, de la exclusión existente de extranjeros y migrantes, de los matrimonios infelices, del abandono a las personas con bajos recursos económicos y de la vigilancia al cuerpo de las mujeres. Además, enfatiza: “la codicia de unos pocos sigue haciendo cada vez menos habitable para el conjunto de los pueblos”.

Estos temas son dardos de fuego en sus discursos. También desea libertad, igualdad y dignidad para todos los seres humanos, independientemente de su sexo. Sin lugar a dudas, Annie Ernaux, con su propia historia y experiencia de la vida, es una inspiración genuina para hombres y mujeres. En resumidas cuentas, Ernaux es una narradora rebelde, contestataria y feminista en el buen sentido de la palabra. Su discurso está marcado por ideas progresistas y un humanismo que se desborda por todas partes.