Dos lecturas de Para alguna vez cuando oscurece

Un «Espíritu maligno» y Antonio Cillóniz reseñan el poemario de Benjamín Chávez.

Este poemario suena a poesía innovadora y resuena a tradición; en una línea lírica que puede llamarse reformista y conservadora. Al inicio del libro, hay poemas, Exlibris, El aprendiz, Albayalde y Lápiz de carpintero, que entremezclan temas de oficios artesanos o artísticos con la profesión del escritor. En Poética, el autor aparece inmerso en la actualidad: «Escribo lentamente frente a la luminosidad de la pantalla». De los momentos sin escritura, trata metafóricamente de la seca a través de “los moáis de la Isla de Pascua”, sugiriendo el silencio en la mudez de la piedra y el estancamiento en “la lejanía/ un horizonte que nunca alcanzarán”. En el apartado central, Hojeando un Atlas, dibuja la atmósfera de intimidad doméstica en “lomos (del viejo atlas o del gato) largamente acariciados”, que intensifica el verso a través del inciso del gato y el atlas. También se da un buen manejo del encabalgamiento, que aunque parezca arbitrario es pertinente pues expresa esos instantes de quedarse uno en blanco: «Miro la niebla del amanecer por la ventana y/ me quedo unos minutos en blanco», Visión invernal en Dorpat. Estilo gótico (tardío, como tantas otras cosas) ofrece rasgos coloquia-les del diálogo interiorizado: «Al otro día/ tras haber pasado la noche/ […] volví a pensar en ti y podría/ decirte que fui testigo de una aparición». Otro ejemplo en el que se fusiona la virtualidad de GoogleMaps con la presencia de lo real: «Busco en el mapa (de Google)/ Concepción y más al sur: Valdivia […] / Pero al tiempo, cuando llega el momento del viaje/ […] la aparición misma del paisaje», Sur de Chile. Destaca en las descripciones el manejo de los planos en una perspectiva plástica al alejar el horizonte y presentar en scorzo el marco de la escena: «Entre el cobertizo y el árbol de kiswara/ el horizonte se aleja/ hasta el perfil de la colina», Descripción de la finca de un amigo. Fruto de un empleo de recursos vanguardistas, incorpora a la temporalidad del poema la espacialidad textual: «las montañas     a lo lejos/ aparecen», Una choza. Lo mismo que el encabalgamiento grafica el desparramarse: «abandonadas en un/ damero», Meditación en el pueblo de Juli. En el último apartado, título del poemario, la poesía conversacional vuelve para presentar un monólogo interior: «Todo empezó con un café/ así son estas cosas./ […] sin saber cómo encaminar la conversación», Cuando conocí a mi hijo. Hay además culturalismos, necesarios como contextos en una trasposición de planos temporales: «La humildad, dirá San Agustín, vence a la soberbia./ Caravaggio que hacia el 1600 pinta su/ David, vencedor de Goliat/ acaso ignora esos razonamientos», Autorretrato a la luz de un candil apagado. Incluso aflora un tono expositivo-argumentativo, acabado en registro coloquial: «Honrando mi propia memoria y la de mis mayores/ […] me vi –en medio de desconocidos/ vagando sin un cobre», Nacido ayer. Los recursos señalados aisladamente en los poemas pueden aparecer en los poemas a la vez, si la concepción artística lo exige. No dudo de que se trata de un poemario perdurable.

Antonio Cillóniz

*

Para alguna vez cuando oscurece, de Benjamín Chávez [Santa Cruz, 1971], obtuvo una Mención en el LXII Premio Casa de las Américas, 2022. El título se lo debe a un verso de Quintín de la Carnada, que aparece en la revista Vertical. El poema de Quintín hace del don un trepador nocturno que seguramente en esa isla desteñida de las Américas se sopesó desde la moción de algún marino mercante. Importa poco, porque la hechura in cumputo de este libro tiene que ver con otro don: navegar de conserva con cada poblador interior y mediterráneo de los poemas, para desde allí aunar los pedazos de una posible eternidad.

Espíritu Maligno (La Mariposa Mundial 27)

El otoño está presente

Reseña de El otoño está presente. Una épica sincrónica, de Ariel Pérez.

Christian Jiménez Kanahuaty

Este nuevo libro de Ariel Pérez es una exploración sobre la memoria de la poesía en Bolivia y sobre el modo en que el poeta rinde tributo sobre el hacer poético, tanto en la figura de algunos poetas, como en versos y poemas que los poetas en este territorio han construido para intentar explicar aquello que somos y lo que nos habita. En ese sentido, el poeta nombra para que nosotros como lectores podamos entender de qué materiales estamos hechos y, sobre todo, cuáles son los ecos y las resonancias sobre las cuales se construye la poesía en estos momentos en el país.

Así, este libro es un objeto que marca un antes y un después en la construcción de la memoria poética. Esto quiere decir que establece un momento de llegada, pero de ahí hacia el futuro establece las líneas sobre las que en el mañana la poesía tendrá carne. Pero esa poesía hecha de carne y huesos, es recuperada por el poeta, autor de este libro, como una muestra del modo en que se despoja del yo para ser capaz de ver plenamente a los otros de los cuales se es parte.

En ese sentido, los precursores que nombra le sirven para construir una constelación familiar dentro del ámbito de la poesía que establece una manera de nombrar aquello que nos es desconocido. Por ello, el poeta no se piensa a sí mismo ni habla sobre sus propias preocupaciones, dolores y melancolías. Lo que hace es un juego con la tradición, los ordena, los convoca y los invoca. Al hacerlo, lo que nos muestra es un gran tejido que tiene un cuerpo que va más allá del tiempo. Y esa virtud –la de quebrar el tiempo histórico-, hace que este libro de poemas sea leído también como un libro de historia, como una construcción imaginaria y como un artefacto emocional sobre un tiempo que tocó ser atestiguado por una generación.

Y dentro de ese orden de cosas lo que abre el libro es también la construcción de un sujeto poético que atraviesa el tiempo y los territorios para comunicarse con todos los poemas y todos los poetas al mismo tiempo, como si todos los versos, todos los poemas, fuesen parte de un mismo libro que se va escribiendo desde el inicio de las edades.

No hay mayor motivo de celebración en este libro que el sentido que la poesía tiene para aquellos que saben que es desde ahí que nos pensamos y desde sus pliegues habitamos el mundo. La vida misma no tendría sentido sin poesía, pero tampoco nuestra memoria tendría objeto sin el recuerdo de aquellos poemas y poetas que nos constituyen como personas, ciudadanos y artistas. Todos y cada uno de nosotros somos parte de una historia que, sin saberlo, se va tejiendo día a día y este libro es el testimonio que comunica el pasado con el presente y el presente con el futuro para que la memoria no sea olvido y para que los hombres y sus descendientes adquieran con la palabra escrita una fuerza y una potencia capaz de generar una mirada sobre aquellas cosas cotidianas que no siempre se registran como reales. El otoño está presente es un libro que marca una pauta en la creación poética dentro de la gran tradición de la poesía en el país y por ello su recorrido no es sobre sí mismo, sino sobre lo que hace posible su aparición. Cada poema que compone el libro, habla de un poeta o de un poema escrito por otro poeta o parafrasea e instala una emoción sobre algún verso de un poema escrito por un poeta boliviano y es que la poesía Bolivia es la materia prima sobre la cual se levanta este libro. Su fuerza está en agarrarse de ellos para construir una voz propia capaz de resonar con sus propios ecos. Y en ese camino, los poemas, los versos y los poetas nombrados adquieren otras dimensiones. Los volvemos a leer con la frescura de la edad y de la primera lectura.

Parc Editores

Bernardo Paz, Milenka Torrico y Valentina Leonor (los dos primeros como editores y la tercera como diseñadora gráfica), crearon Parc Editores en 2020, con la publicación de una antología de cuentos de terror (en su mayoría inéditos) de 15 autores nacionales, aunque la gestión y edición de esos materiales empezó unos meses antes. La presentación del libro fue a finales de ese año (con algunas restricciones sanitarias por la pandemia) porque habían postulado a un fondo cultural y se tenía que cumplir un cronograma ajustado. Eso aceleró, para bien, todos los procesos.

El Duende conversó con ellos y, consultados acerca de sus propósitos editoriales, respondieron que: “Proponemos un proceso de edición riguroso (cada manuscrito pasa por una serie de etapas que se ocupan de resolver asuntos muy concretos, uno a la vez). Es algo que toma mucho tiempo (meses, años), pero que nos permite trabajar codo a codo con cada autor para lograr la mejor versión posible de sus textos. Es intención nuestra que quien quiera publicar acuda a nosotros sabiendo que tener un manuscrito terminado es el primero de muchos pasos antes de tener el libro acabado en sus manos”.

“Nos interesa publicar obras de autores que trabajen su escritura a profundidad. Esto es: autores que piensen en su narrativa como un todo y que no vean sus libros como islas desconectadas. Nos interesa que siempre exista una búsqueda estética en cada libro, todo lo que está más allá de contar una buena historia”.

Aunque la editorial no está circunscrita a un género específico, Parc comenzó publicando narrativa de ficción (cuento y novela). Más adelante se espera que puedan publicar otros géneros como poesía y no-ficción. El catálogo de la editorial se conforma por solicitud directa y por propuesta. En el primer caso, se pide a los autores que les interesan que publiquen con ellos. En el otro, el autor envía su manuscrito y, después de una valoración que involucra lectores externos, se decide si se lo publica o no.

Hasta la fecha han publicado tres libros. Sus editores los explican: “El primero es 19 cuentos de terror, una antología en la que participan 15 autores, varios son narradores y otros son creadores en otras artes que han escrito especialmente para esta publicación: José Velasco (cine), Claudia Peña, Lucía Carvalho (poesía), Matías Contreras, Gustavo Munckel, Gino Ostuni (teatro), Fabiola Morales, Mauricio Murillo, Auza (música y pintura), Rosario Barahona, Jorge Estévez, Ariadne Ávila y Martín Boulocq (cine). El segundo es Hemos sido felices por mucho tiempo, un libro de cuentos de Mauricio Murillo y el más reciente es Morbo, una novela de Adrián Nieve».

Acerca de las características gráficas de la editorial, comentan que: “Intentamos que la línea gráfica sea moderna, con una estética digital, llamativa y un poco disruptiva. Este es, también, un lugar de experimentación para la diseñadora, el proceso de creación de los gráficos es muy libre. Antes de diseñar cada portada, ella lee el libro con el que va a trabajar y a partir de eso va probando y creando con entera libertad. Nos interesa que las portadas creen atmósferas particulares para cada libro”.

¿Qué opinión tiene Parc del estado actual del mundo editorial boliviano? “Como editores, consideramos que una de las grandes ventajas del mundo editorial es que aún es pequeño y funciona mucho por amor al libro, a los autores y a la literatura. Así que hay oportunidad de hacer muchas cosas. Una de ellas es precisamente ofrecer un proceso editorial que haga del manuscrito un producto editorial, parece obvio, pero lo que le falta a este campo –y ahí está el desafío– es tomar la edición como una tarea que transforma un texto en un libro propiamente dicho y que tiene que ver con algo más que la impresión. Imprimir y lanzar al mercado un nuevo título, un autor, son tareas valiosas. Lo desafiante está en “poner en forma” ese manuscrito, en pulirlo textualmente hasta que encuentre su mejor versión y en diseñar un soporte que lo complete. Esa unidad es lo que se debe perseguir con seriedad”.

Un aspecto crucial para el éxito de todo emprendimiento editorial lo constituye la distribución de los libros y en eso Parc también trabaja con esmero. En Bolivia, distribuye a través de librerías y espacios culturales. Sus publicaciones están en Lectura (La Paz y Santa Cruz), El Baúl del Libro (La Paz), La Viñeteca (La Paz), Electrodependiente (Cochabamba), Atenea Anticuaria (Cochabamba), Velatacú (Santa Cruz) y La LIBREría (Sucre).  También se pueden encontrar en Rayuela Café Arte y Sultana Café Arte en La Paz. Además, trabajan con Falso Afán, una librería virtual que les permite tener presencia en muchas ferias y que hace llegar los libros al resto de las ciudades del país.

Desde este año, algunos de sus títulos también están a la venta en Lata Peinada, una librería de España especializada en literatura latinoamericana que tiene sedes en Barcelona y Madrid, y hacen envíos dentro de España y al resto de Europa. Los planes de Parc son seguir editando y publicando libros, “es un trabajo duro pero gratificante, y ponemos mucho de nosotros en este proyecto. Así que queremos consolidarlo y llevar a los lectores obras y autores cada vez mejores”.

El extravío es nuestro segundo nacimiento

Sobre la poesía de Rafael Cadenas

Silvio Mignano

Rafael Cadenas es un hombre silencioso y reservado, que a veces hasta puede parecer algo gruñón, pero que en realidad refleja una mezcla de timidez, introspección y humildad. La introspección se entiende perfectamente leyendo su extensa producción poética que investiga su vida interior como pocos autores contemporáneos logran hacer, dibujando un retrato íntimo total. La humildad, en cambio, es un aspecto menos obvio y mucho más apreciable si se considera que estamos hablando no solamente del más reconocido autor venezolano vivo, sino de uno de los poetas en idioma español más importantes en el mundo, galardonado ya con el Premio FIL de Guadalajara en 2009, con el García Lorca en 2015, el Reina Sofía en 2018 y ahora el Cervantes. Sin contar que desde 2020 se encuentra entre los candidatos al Premio Nobel de Literatura.

Cadenas es un hombre de silencios profundos, reiterados y prolongados. Durante mis cuatro años de permanencia en Venezuela tuve la suerte de compartir con él en muchas oportunidades y siempre me llamó la atención el número extremadamente reducido de palabras que salían de su boca. Algo parecido ocurre en su escritura. Claro, durante las muchas décadas de su extraordinaria carrera literaria el volumen de poemas y de textos producidos por Cadenas es grande, y la antología que en 2007 le dedicó Pre-textos ocupaba ya en aquel entonces 776 páginas. Sin embargo, cuando nos detenemos a analizar con atención sus versos, nos damos cuenta que nunca escribe una palabra o una sílaba de más, que no sean esenciales. Los espacios blancos que contornean la escritura no son, entonces, simplemente un accidente inevitable del acto de imprimir un texto, sino más bien la huella de todo lo que era innecesario y que el maestro ha tenido que dejar fuera de su construcción poética.

Poesía filosófica, es un término recurrente en las reseñas críticas de Cadenas. Es una valoración correcta, pero, a la vez, una síntesis incompleta y poco generosa. La verdad es que Cadenas es y sigue siendo en primer lugar un poeta, un gran poeta. ¿Es verdad que sus versos ruedan alrededor de la condición humana, de nuestra existencia? Sí, es cierto, pero ¿no pasa lo mismo con toda la mejor poesía, y no solamente moderna y contemporánea? Lo que desde mi perspectiva crítica quisiera destacar es más bien su altísimo valor estético, la capacidad de dominar la palabra, la construcción del verso y la estructura de la página.

La fama del poeta venezolano cundió en toda América Latina con Una isla y con Los cuadernos del destierro, escritos entre 1958 y 1960 tras el confinamiento en Trinidad y Tobago, durante la dictadura de Pérez Jiménez, pero publicados parcialmente recién en 1970. En 1963, sobre la misma experiencia personal Cadenas escribió el poema La derrota, que en 1970 fue compilado junto con Los cuadernos del destierro. El poema presenta una serie de reiteraciones introducidas en cada verso por el pronombre relativo “que”, y abre el primer verso con el pronombre personal “yo”: “Yo que no he tenido nunca un oficio / que ante todo competidor me he sentido débil / que perdí los mejores títulos para la vida / que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución) / que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos / que me arrimo a las paredes para no caer del todo / que soy objeto de risa para mí mismo que creí / que mi padre era eterno […]”.

El mismo pronombre personal abre Los cuadernos del destierro: “Yo visité la tierra de luz blanda. / Anduve entre melones y hierbas marinas, comí frutas traídas por sacerdotisas adolescentes, palpé árboles / de savia roja como ladrillo que moraban junto a la tumba de un príncipe, vi viejos catafalcos de gobernadores / guardados por lentas palmas. Por los contornos había raíces en forma de tazones donde los monos mitigaban la sed. / Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados. / Era la época en que los brujos habían partido a los campos de arroz destruyendo todos los talismanes […]”.

Es un diario íntimo, un diario político, un diario poético: un tríplice valor de lectura que me recuerda, por supuesto, al más grande de todos, el sommo poeta Dante, por la interdependencia de la experiencia personal, de la crítica política y de la elaboración de un alto resultado poético. Desde estos primeros textos la búsqueda de una solución formal era esencial en Cadenas y se resolvía con la sobriedad y la moderación. Restar era, entonces, más importante que sumar, con un procedimiento no muy disímil al de un escultor clásico. Y clásica era –y sigue siendo– la escritura de Cadenas, lejos de las tentaciones barrocas que caracterizaron la poesía latinoamericana de las mismas décadas, no siempre con resultados apreciables.

Todos los poetas tienen palabras a las que recurren a menudo. El verbo extraviar y sus derivados son una constante en la obra de Cadenas. “Pues nunca dejé de ser nervadura del asombro, de vivir en orillas, de extraviarme bebiendo un zumo oscuro, pero invadiendo los contrafuertes del día”, escribió en la apertura de Gestiones, libro de 2011, y pocas páginas después “Tanteas / como ebrio / en la ruta del extravío / (así se llama / nuestro segundo nacimiento)”.

El extravío es el segundo nacimiento: una definición perfecta para un hombre, antes que poeta, que aparece siempre algo extraviado frente a un mundo evidentemente absurdo, demasiado veloz respeto a la exigencia de reflexión de quien necesita tiempo y espacio para acumular experiencias, sintetizarlas, devolverlas en forma de versos cada año más cortos y esplendorosamente pobres. Solamente hay que decidir si realmente extraviado es el poeta o es el mundo.

En este sentido la poesía de Cadenas nunca ha dejado de tener un fuerte anclaje ético que, por supuesto, viene desde sus primeras experiencias humanas y políticas, como ocurrió con Dante y con muchos poetas en la historia. La tonalidad plana, la frontera entre poesía y prosa exigua, casi invisible, el cuidado meticuloso en la elección de cada palabra, al mismo tiempo, han permitido a Cadenas alcanzar niveles estilísticos altísimos y mantener una solidez moral impecable.

En 2017 publiqué Mezzogiorno in Venezuela, una antología de doce poetas venezolanos traducidos al italiano, editada en Caracas por El Estilete y en Roma por La Biblioteca del Vascello. Cadenas, por supuesto, abre el libro, que fue lanzado en la histórica librería El Buscón de la capital venezolana. Durante el evento cada poeta leyó un texto propio en español y yo leí la traducción al italiano. Cuando fue el turno de Cadenas, último por evidentes razones de jerarquía poética, él se aclaró la voz y con ese volumen bajo, con esa tonalidad barítona que lo caracterizan, con esa timidez toda suya, empezó a leer en italiano mi traducción. No hubo alternativa, tuve que leer en español los versos suyos, originales. Sonreía Cadenas –mientras yo leía– feliz, como un niño travieso, de esa pequeña burla que delataba otra calidad inesperada, un sentido del humor sutil, delicado.

Rafael Cadenas

Rafael Cadenas. Poeta y ensayista (Barquisimeto, Lara, 1930) Ha publicado los poemarios: Cantos iniciales (1946), Una isla (1958), Los cuadernos del destierro (1960), Derrota (1963), Falsas maniobras (1966), Intemperie (1977), Memorial (1977), Amante (1983), Dichos (1992), Gestiones (1992), El taller de al lado (2005), Sobre abierto (2012), En torno a Basho y otros asuntos (2016) y Contestaciones (2018).

Tu licor

Tu licor

me ha de valer en el laberinto.

¡Cuántos escombros por donde paso!

Me adentro, lentamente.

irreconocible, pero sigo.

¿Quién continúa

caminando?

Me muevo sin saber.

Porque debo.

Ars Poética

Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni
añadir brillos a lo que es.       
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis
palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame
la impostura, restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.
Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.

Bungalow

Paisaje que me resguarda de un olvido necesario.

Palmeras, acacias, sauces a pico.

Sol que hace cantar los techos.

Recuerdo que nunca estuve más unido: más próximo

a mí. Rostro duro de mi amante. Dibujo guardado.

Después, sólo admití situaciones; apenas he inventado

trampas para huir.

(He vivido)

He vivido

cediendo terreno

hasta quedarme con el necesario

-un área invicta,

de nadie,

que un desconocido reclama.

(¿Sabías)

¿Sabías

en tus adentros

que los poemas no bastan?

¿Para qué esculpir

la palabra,

carentes?

¿Se espera oír

diciendo?

¿Qué se busca

excavando con ella

en tierra endurecida?

¿Quién puede hablar

sin saberse

milagro?

(El que espera)

El que espera

vive

como inerme,

como húmedo,

como naciendo,

como suficiente,

a lo largo de los días

que no se suman,

desde lo hondo,

abajo,

abajo,

nuevo,

bañado,

parido

desde otro vientre,

barro igual

y sin embargo

otro.

Reconocimiento

Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.

No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez.

He de encajar en mi molde.

He acechado la aceptación súbita de mi realidad.

Despedí la poesía que se cuelga de los brazos.

Incendié los testimonios falaces.

Adopté la forma directa.

Una convergencia prospera en mí.

Abandono mi caminar intrincado. Me dilato en vastedades blancas.

Sirvo en silencio a un solo rey.

Con huesos de ave violento los espacios cerrados.

He sentido ráfagas de otra región sin culpa.

Me hago a la lentitud, al gesto consciente, al rumor del desierto.

(No desdeñes nada)

No desdeñes nada.

Una rana le dio a Basho

su mejor poema.

(Pocas palabras)

Pocas palabras

tienes

a mano,

no obstante

deben bastar

para tender

tu arco

ante la oscura

            diana.

Pero

ha de ser sin intención

de acertar.

Adalber Salas Hernández, joven poeta venezolano dice de su compatriota: “Cadenas practicó y practica una forma de poesía que no distingue la escritura de la vida; antes bien, procura aunar esas dos dimensiones tan quirúrgicamente separadas por algunos. En la factura misma de su labor hay entreverado un imperativo ético: no entregarse al fingimiento, no capitular ante la palabrería, la verbosidad charlatana, las ideas recibidas inconscientes, metidas de contrabando en nuestra boca. (…) Cadenas observa la escisión que media entre el lenguaje y la realidad, entre las palabras y las cosas, y se propone modelar una escritura que suture esa grieta. Su instrumento es el silencio: le sirve de martillo, de cincel, para darle forma a la materia bruta de la lengua, con su propensión al desvío, a la simulación”.

El Yo de Gonzalo Lema

Reproducimos un fragmento de la nueva novela del galardonado escritor tarijeño-cochabambino.

El viejo sentado sobre cuatro adobes continuó con la boca abierta por instrucción del médico/chamán. Tenía las muy raleadas cejas suspendidas en marcado arco de asombro ante tanta sabiduría y seguridad. La expresión de respeto. De alma purísima. Los cabellos tiesos del cerquillo asomando por debajo del gorro de lana multicolor. Un hilo de saliva por la comisura de la pequeña boca. Imperceptible el temblor del nudo articulador de sus mandíbulas. Un pie quietísimo y el otro columpiando nervioso, a punto de derramar su abarca de tiro (roto) recubierta íntegramente de barro seco.

Apoyados contras las paredes de adobe, expectantes, los pacientes en espera y los varios curiosos, todos prestos a observar la santa curación.

–Abra bien la boca, don Aquilino. Un poco más. Ahora sí. Le quedan tres muelas agujereadas y negras como cuevas del zorro. Dos, tres, cuatro dientes. Toditos rotos. Toditos hediondos. No sirven para mascar maní. Pura papaya, nomás.

El viejo asintió sacudiendo la cabeza y el cuerpo entero, siempre con la boca abierta y repleta de saliva. Los expectantes festejaron la ocurrencia, cada uno por su estilo. Alguno se reacomodó apoyándose contra la pared de barro con puntas de paja, duras como espinas de cactus.

La curiosidad general creció notablemente.

 –Es temporada de chirimoya, doctor –se burló una campesina–. Solo tiene que chuparse, únicamente. La pepa se escupe.

–Mentira –protestó el viejo con mucha saliva en las palabras–. No hay chirimoya todavía.

–Podemos importar –propuso pícaro el kallawaya–. De los Yungas de La Paz.

Un campesino joven, con dolor inconstante debajo de las costillas flotantes en el flanco izquierdo, cerquita a la cadera y espalda, se carcajeó con queja. Los restantes se sonrieron con los ojos bien abiertos, porque se les había escapado el sentido cierto del español. Entendieron un poco. Sin embargo, se quedaron mirando a la espera de que alguien les contara el mismo chiste en quechua. No sucedió.

El kallawaya retornó a la mesa de madera astillosa y limpió un tanto el centro con el dorso de la mano. Allí depositó el amasijo como si fuera un huevo sagrado. Miró en derredor (“Ahora nos vamos a callar un poquito”) y alzó las manos hacia el techo, aunque en realidad dirigiéndolas al cielo. Y comenzó a orar en un idioma muy extraño. Al cabo de la plegaria completa, caminó sus pasos hacia el viejo paciente y le vació la boca de saliva (con el agrio índice de paleta) arrojándola contra el piso de tierra. Sacudió fuerte el dedo. Se lo limpió en su pantalón de bayeta. Siguió mascullando palabras nunca oídas y retornó a la mesa con propia solemnidad de “elegido”. Alzó la bola de perejil empapada en jugos densos de su intimidad y pellizcándole trozos menudos procedió a rellenar las muelas y los dientes del hombre con un cuidado de albañil finista. Artista. Barroco. Sincretista.

Más de un rezo duró la faena. Pellizcaba de la bola del perejil y con la yema gorda del dedo principal rellenaba la muela. Advertía que la lengua debía quedarse quieta y no horadar, como era su natural costumbre. Ponía un tanto más y presionaba otro poco. El perejil convertido en argamasa, su jugo en medicamento. Luego avanzó a los dientes. También los rellenó con presión, pero además los forró dejándolos verdes, como de diablo potosino. Una máscara para el remoto carnaval andino. Fiesta de indios.

–Aguánteme, don Aquilino, todo lo que pueda. Quédese sentado sin cerrar la boca. Su mujer ha de espantarle las moscas.

La campesina carcajeó y su risa resonó como el canto del gallo por la madrugada. Sacó un pañuelo blanco de entre sus senos llenos y lo batió al aire para desplegarlo con energía. No había moscas. De todas formas, se paró como centinela al lado del viejo boquiabierto. También lo golpeó y desequilibró con su cadera tan sólida como cántaro grande de barro cocido.

–Es mi suegro, doctor. Yo me lo cuido como a mi t’anta wawa. Solo me falta cargarlo en mi espalda por donde voy. Es mi chiquito.

Algunos festejaron la ocurrencia (el joven, el que más, agarrándose el flanco.) El viejo asintió con la boca abiertísima, chorreante de saliva. Él también hubiera querido reírse, pero no podía hacerlo por temor a derramar sus empastes. Se limitó a mirar a todos con nítido aire de víctima.

El kallawaya solicitó silencio levantando las manos. Caminó hacia su alforja en busca de ceniza de carbón, de hojas de coca (limpias y verdecitas de tiernas), de papel menudo multicolor (sustituyendo florecitas) y prendió fuego aromatizando el ambiente. Incienso. Humo sagrado.

Echó a volar el papel sobre las cabezas de todos, ceremoniosamente.

Puso más leña al fogón del rincón y acalló las burbujas múltiples del agua hirviente en la olla de barro echándole otra tutuma grande de agua fría de tinaja. El fuego salpicado cambió de color. Se volvió anaranjado. Rojo. De lenguas amarillas, largas, picudas, que herían incluso la boca tiznada de la olla. Por fin se serenó.

Con calculada morosidad cortó otro manojo de perejil sobre la mesa en tiras delgadas y largas. Un tanto importante de ellas depositó al fondo de un mortero de plata que buscó en su alforja. Las aplastó. Luego, vertió agua caliente murmurando. De inmediato tapó el mortero con un pedazo de tela bordada con encanto femenino.

Cerró los ojos para orar moviendo los labios.

–Vamos a esperar que pase, joven. Esto que me has visto hacer es un mate. Infusión, se dice. Todo el día vas a prepararte para beber. Un trago y otro trago, con calma. Y cuando te descanse el dolor, vas a trepar al cerro y vas a bajar corriendo como el cuis-cuis. Y cuando se recuperen tus piernas, vas a volver a trepar para hacer lo mismo. Un rato de esos te tiene que doler el doble, en el pito mismo, pero después vendrá el alivio que buscas. Me lo vas a agradecer. A ver: andá tomando de a poco.

Lo vio alzar el jarrón y tomar un trago amargo. El joven frunció todo el rostro, la boca, como un nudo de soga. (“No es tan feo, oyes. Te estás exagerando mucho”.) Pero continuó haciéndolo hasta terminar y arrojar al piso apenas una gota. Se limpió la boca con el dorso de la mano. El gesto feo todavía se le quedó paseando un rato por la cara.

El kallawaya aumentó las tiras y volvió a aplastar todo en el mortero. Después llenó el jarrón con agua bullente del rugiente fogón.

–Eres productor de calcio, pues. Tienes arena en tus conductos, y eso es lo que te duele. El perejil la destruye, y la vas a orinar. Y si tuvieras piedra, tus carreras de conejo la van a expulsar. Seguí tomando sorbos. A cada rato. Santo remedio.

–Amén –dijeron los que entendieron.

Se quitó el poncho pesado, lo dobló siguiendo las líneas negras sobre el fondo rojo, y sintió liberados los brazos bajo la camisa de bayeta. Con el gesto de la cara llamó a la joven picada por las vinchucas. (“No todas están enfermas. Sólo algunas transmiten la Chagas”.) La observó intercambiando los alientos por lo cerca que estaban. Ella, sonrojada, traspiró copiosamente de la frente. Él le rastrilló la piel con los ojos. Cada roncha de las mejillas y del cuello (su respiración erizó la carne de la mujer). Del pecho. Y hasta husmeó en el escote cuadrado de la blusa blanca, entre las lomas tibias, abundantes, de piel suave que palpitaron súbitamente desbocadas. Unas olas propias del río Grande que corría por ahí cerca.

-Así ¿todo el cuerpo?

La mujer asintió. El kallawaya se agachó para mirarle los tobillos, las pantorrillas y algo levantó la pollera para seguir la pista de las picaduras en los muslos. A cada una le posó el índice, la presionó. Pero a las del muslo y la nalga las pellizcó de sorpresa. La carne tembló en un todo removido por las sensaciones dulces. No dejó ni una picadura sin apretar entre sus dedos gruesos.

–No son malignas. Las vamos a curar con emplaste de perejil. Lo que he hecho con don Aquilino en sus muelas, lo voy a hacer con tus picaduras. Pero estaría bien que hagas humear tu vivienda para que se vayan las ratas de los cielos.

–Son del templo chico –dijo ella, aún intranquila–. Están llenitas en su techo. Se entran a mi casa cuando nos sopla el viento del cerro. Cada tarde.

El kallawaya la escuchó con atención: –Mala cosa. Hay que bañar la casa con agua de ruda. Las paredes. El mismo colchón. ¿Es de paja?

La mujer asintió.

–También el abrigo. La ropa.

Trituró entre sus dedos un manojo de hojas y retuvo su líquido en las palmas. Lo mezcló con la materia. Le hincó los dedos. Hizo un quesillo con todo y lo expuso por sobre su cabeza como si fuera una hostia, mascullando en idioma secreto. De seguro la curaría. Había buen cielo esa mañana. Ideal para la sanación.

–Se empieza de los tobillos.

Se arrodilló.

Le limpió la piel de cada palmo con su saliva. Se pasaba la lengua en los dedos y los frotaba en la picadura y alrededores. Pellizcaba el quesillo y se lo colaba en el botón rojo. (“No te muevas”.) En las pantorrillas le frotó con saliva en toda el área afiebrada, pero más tiempo, y la empastó con el perejil. También en los muslos, ante la mirada azorada de los pacientes y acompañantes. (Don Aquilino se tragó una amalgama de la impresión.) Y trepó con calma a las siguientes donde ya hervía la sangre como el agua en el fogón.

La mujer manoteó su pollera hacia abajo cuando el hombre avistó el borde de su nalga izquierda reposando vibrante, con piel de gallina, en el grueso muslo.

Él pareció sorprenderse: –Los médicos no somos humanos del todo. Sabemos hacer el bien, es un don. Curamos y nos vamos. Nadie se acuerda de nosotros. Nos hacemos pulga. Niwa, como también se dice.

La mujer lo miró frunciendo el ceño (el médico arrodillado y curioso de su reacción, con la mano lista en el emplasto), y caminando apurada se refugió en el rincón de la pared de barro. Ya tenía los cachetes sonrojados y consideraba, en su susto, que había sido violada su intimidad. El kallawaya esperó por un momento. Después se puso de pie, desairado, y caminó hacia la joven con visible molestia para entregarle la pasta que quedaba. –Ponte en todo el cuerpo, si quieres. Nadie te obliga a estar sana. Tus manos no son mis manos, pero.

El Premio Nobel y el ayuntamiento de Estocolmo

Javier Claure C.

Diciembre en Suecia está repleto de días festivos: advent (del latín adventus, llegada), Lucía, Nochebuena y Nochevieja. Y, como si fuera poco, se suman las actividades del Premio Nobel.

A principios de mes se respira un aire especial en Estocolmo, y todo el mundo tiene los ojos clavados en la capital sueca. Así, por ejemplo, el 10 de diciembre de cada año, es el Día Nobel. Es decir, el día en que el rey Carlos Gustavo de Suecia entrega los galardones que llevan el nombre del inventor de la dinamita: Alfred Nobel. Ese mismo día tiene lugar el Banquete Nobel en la Sala Azul del ayuntamiento de Estocolmo, un gran recinto que fue diseñado por el famoso arquitecto Ragnar Östberg. Esta majestuosa obra arquitectónica empezó a construirse, en 1911, en el lugar que una vez quedó en escombros después de que un molino a fuego se incendió en la segunda mitad del siglo XVIII. Y se inauguró, con bombo y platillo, como un símbolo de la Madre Svea en la víspera del solsticio de verano (midsommar), el 23 de junio de 1923. Su bella imagen, con su torre de 106 metros de altura en donde se lucen tres coronas doradas, se levanta a las orillas del lago Mälaren en el barrio residencial de Kungsholm. Detrás de su fachada, edificada con ocho millones de ladrillos, se albergan oficinas, salas de fiesta, un restaurante, salas de conferencia y otros cuartos adicionales. Parte del ayuntamiento está abierta al público de lunes a viernes. La visita dura 45 minutos y junto a un guía uno puede observar diferentes compartimentos, como por ejemplo una pequeña Sala Nupcial donde se casan las parejas por lo civil, la Sala del Consejo donde se llevan a cabo reuniones políticas, la Sala Azul, el Salón Dorado y la Galería del Príncipe adornada con cuadros, espejos y pilares que representan al hombre y a la mujer como pareja.

Ragnar Östberg viajó por muchos países de Europa y se inspiró en los palacios renacentistas de Italia, pero también en otras solemnes construcciones europeas, especialmente en el ayuntamiento de Copenhague (Dinamarca). Así cristalizó su sueño con muchos componentes de la historia sueca basados en mitos y leyendas. En aquel entonces la sociedad sueca dejaba atrás un sistema agrario para entrar a una sociedad industrializada, y Estocolmo, como las otras capitales europeas, debía mostrar adelanto no solamente en lo tecnológico, sino también en el aspecto urbano. Además, debía reflejar el espíritu sueco. Por eso la decoración interior y exterior del ayuntamiento están impregnadas de personajes suecos.

Desde el hermoso jardín, cubierto de césped e intercalado con pasadizos de cemento que además es bien visitado en verano, se divisa un paisaje alucinante de Estocolmo. En el patio exterior hay un sarcófago del fundador de Estocolmo: Birger Jarl. Y a unos pocos metros se exhibe un tronco de granito, diseñado por el artista Aron Sandberg, que hace referencia a la fundación de Estocolmo. Una leyenda que se fue transmitiendo desde el tiempo de los vikingos reza: los vikingos estonios y finlandeses, a menudo, saqueaban las ciudades edificadas a lo largo del inmenso lago Mälaren. Sigtuna es una de esas ciudades, y las personas que vivían allí cansadas de tanto atraco planificaron una estrategia para evitar el robo de los barbudos que asaltaban con hachas, escudos, prendas de cuero y cascos con cuernos. Una vez escucharon que los ladrones se acercaban, y empezaron a juntar todas las riquezas de la ciudad. Las escondieron en un enorme tronco hueco por dentro. Luego arrojaron el tronco al lago. Cuando llegaron los agresores no encontraron nada y vieron el tronco flotando en el agua, como si fuese un objeto insignificante de madera. Los habitantes de Sigtuna habían decidido que en el lugar donde el tronco encallara, nacería una ciudad. Y ese lugar fue el sector de Riddarfjärden situado en pleno centro de lo que ahora se conoce como la capital de Suecia.

La Sala Azul y el Salón Dorado son, sin duda alguna, las estancias más exhibidas por todas las televisiones del mundo, ya que en esos salones se realiza parte de las festividades del Premio Nobel. La Sala Azul es un enorme recinto de 1500 metros cuadrados con un techo alto y ventanas desde donde entran los rayos solares. El piso es de mármol de color turquesa con adornos redondos, cuadrados y otras figuras geométricas. A un lado se luce una terraza y los arcos de mármol. Da la impresión de ser una construcción medieval. Las paredes son de ladrillo rojo. En realidad, debería llamarse Sala Roja. Los rumores cuentan que el arquitecto, Ragnar Östberg, había planificado pintar los ladrillos de color azul, pero cuando vio la obra terminada, él y otros artistas se enamoraron de ese precioso panorama, y los ladrillos mantuvieron su tinte natural. Y el nombre de Sala Azul se quedó para siempre. Esto tiene que ver con los colores de la bandera sueca, y con los lagos que pasan por diferentes partes de Estocolmo.

Otro detalle importante son las gradas que están delineadas con gran precisión. El diseñador sabía que, por esos pedazos rectangulares de mármol, iban a subir y bajar damas con tacos altos, vestidos largos y caballeros de frac. El movimiento de las personas, según el arquitecto Östberg, debería ser impecable y elegante. Y para que las gradas tengan una inclinación perfecta, de manera que produzca el efecto deseado, dicen que la mujer del diseñador tuvo que bajar y subir las gradas con diferentes inclinaciones. En fin, esos amplios peldaños, que año tras año son pisados por muchas personalidades y científicos en distintos campos de la ciencia, conducen al Salón Dorado.

En la Sala Azul se realiza el Banquete Nobel. Se instalan mesas decoradas con flores para recibir a 1400 invitados. Es decir, a los laureados con el Premio Nobel, a sus familiares, a los miembros de la Academia sueca, a la familia real, a los miembros del gobierno, a un gran cuerpo diplomático, a importantes personalidades de la industria y a representantes del mundo de la cultura. También participan, en esta famosa actividad, doscientos estudiantes de las universidades suecas que cenan en una pieza adyacente a la Sala Azul.

En el famoso Salón Dorado se efectúa la Fiesta de Gala después de la cena. Entrar a este salón es como entrar a un Palacio de Las mil y una noches, o a un pequeño castillo decorado con arte bizantino. El artista Einar Forseth, con tan solo 28 años, diseñó este magnífico salón inspirado en las iglesias sicilianas. Las paredes están forradas con 18 millones de pedacitos de mosaico y oro laminado de 23,5 quilates. En total, hay 10 kilos de oro empotrados en esos muros que muestran al espectador lugares y personajes de Suecia, pero también del extranjero. Los dibujos revelan la historia de Estocolmo en particular y de Suecia en general. En la pared del norte hay un dibujo del rey sueco Erik Jerdvardsson sentado en un caballo y con la cabeza cortada. Este fallo, dicen los entendidos en la materia, se debe a un mal cálculo de la altura del techo. Jerdvardsson reinó durante el período 1156 -1160, y nunca fue canonizado por el papa. Sin embargo, era considerado como un santo porque en su reinado los impuestos eran justos y las leyes se aplicaban con imparcialidad. Lo irónico de esta historia es que Jerdvardsson murió cuando un enemigo le cortó la cabeza.

A lo largo de las paredes laterales cuelgan, desde el tumbado, arañas que iluminan perfectamente el salón. Una de las paredes centrales está decorada con la imagen de la “Reina del lago Mälaren” (Mälardrottningen) sentada en un trono. Tiene los cabellos como serpientes. En la mano izquierda sujeta una corona y con la derecha empuña una vara que ostenta autoridad. En sus faldas descansa una ilustración del ayuntamiento de Estocolmo. En un lado hay personajes suecos rindiéndole pleitesía. También se puede observar dibujos de la bandera norteamericana, de la Torre Eiffel y de la Estatua de la Libertad. En el otro lado, está custodiada por animales, gente de África y de Oriente. Y desde las alturas cae un misterio humedecido con las aguas del Mälaren.