El Chaco, imagen y movimiento perpetuos en un país que se repite

Una conversación con Diego Mondaca, a propósito de la proyección de su película Chaco (2020) en el Festival de Cine Diablo de Oro de Oruro, permite volver sobre los constantes tópicos y repercusiones de este episodio de la historia, crucial no solo en el pensamiento e identidad, sino en la creatividad y el arte bolivianos.

Fotograma de la película Chaco: Fotografías (4) Marcos Soto Montpellier.

Martín Zelaya

– Ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos.

– Vino a pelear, cabo, no a hacer amigos.

– No hemos disparado una bala en meses.

– Todos hemos terminado en el mismo pozo.

Cuatro líneas del guion de Chaco (2020) encierran toda la película de Diego Mondaca y la explican lo suficiente. La deriva total, la inconsciencia. La soledad en grupo. El aburrimiento de irse muriendo de a poco. La certeza de esa espantosa condena. Son cuatro respuestas, en diálogos o soliloquios, dispersas a lo largo de los 77 minutos de filme. Pero a la vez, cuatro interrogantes que retratan e interpelan el absurdo total.

Algunas críticas severas al primer largometraje de Mondaca –orureño como el que más– observan que “no hay nada nuevo” en relación a los tan mentados temas de reflexión que dejó el Chaco: el absurdo de la guerra, la lucha contra uno mismo, la sed, la locura, la estupidez del hombre… Como si hubiera algo nuevo por descubrir a 90 años de la contienda entre Bolivia y Paraguay. Como si a estas alturas de la historia, de la humanidad, los creadores pudieran aún dar algo que no sea su creatividad y enfoque, aportes indispensables todavía.

A manera de sinopsis

El cabo Liborio es la mano derecha del capitán, un alemán mercenario que conduce un mermado regimiento por un laberinto seco y asfixiante, encerrado en sí mismo.

Casi bastaría decir eso. En este cuadro –es tentador comparar el filme con una pintura– hay dolor, incertidumbre, intrigas, traiciones, pero sobre todo angustia y desesperación.

Pero Chaco, es bastante más. Es un camino interminable hacia la nada. Es una suerte de road movie en la que siempre hay mucho por delante y nunca nada por qué avanzar. Y en esta propuesta creativa, es fundamental la estética diseñada por el director: la cámara sigue o espera de cerca, es parte de la deriva constante.

¿Cómo, por qué y para qué hacer una película sobre la guerra? Mondaca comparte algunas ideas y experiencias en torno a este premiado filme, a propósito de su reciente proyección en Oruro, en el marco del Festival Diablo de Oro.

Cineasta nato y cinéfilo empedernido, queda claro que Diego, su arte, se mueven a partir de imágenes. “Hay unos relatos de Hilda Mundy que me guiaron un montón. Me quedan esas imágenes de las despedidas en Oruro. Las mujeres despidiendo a niños inocentes y eufóricos. Había ternura –dice Mundy– más allá de la compasión ante esa juventud que se iba a la guerra. La cueca Adiós Oruro del alma, si mal no recuerdo, fue compuesta por un soldado que iba a la guerra”.

– El Chaco generó el mayor movimiento temático, reflexivo, crítico, estético… creativo en Bolivia. Sigue en la mente y memoria… ¿hasta cuándo nos perseguirá esta sombra? ¿Hay que huir de ella o convivir en paz?

– Sí permanece y sigue en movimiento. Me parece que se debe a que aún no hemos resuelto el verdadero problema de esa guerra, tanto en su origen y desarrollo como en sus consecuencias.

Los relatos sobre el Chaco sobreviven como objetos salvados de un incendio, debemos recuperarlos de esa situación de riesgo –de una mala o incompleta interpretación– y producir un conocimiento crítico.

No se trata simplemente de remover el pasado. Se trata de que, al producir nuevas miradas, como busca hacerlo la película, nos preguntemos siempre qué clase de contribución al conocimiento histórico es capaz de aportar nuestro trabajo, y si una imagen bien mirada, una imagen en llamas puede desconcertar y después renovar nuestro lenguaje y, por ende, nuestra manera de pensar.

El Chaco nos perseguirá hasta el momento en que se reescriba y analice la historia desde una mirada que no busque victorias ni hitos, sino más bien una reflexión a profundidad sobre los actos de una sociedad que nos arrastra a la guerra como “solución final” con todas sus consecuencias que retumban y se repiten al parecer eternamente.

Quien mira la película ve y siente esas consecuencias desde su presente, nuestro presente, y eso es lo doloroso. Es necesario entenderlo.

– Creo que esta es una frase fundamental del filme: “ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos”. ¿Qué reflexiones puedes compartir al respecto?

– Ese es un diálogo que marca el destino de todos en el filme. Liborio, de alguna manera ve más claro ese su destino. Siente en el cuerpo y ante ese paisaje todo un extravío que luego vemos que es colectivo, y que deriva en lo inevitable. Quizás por eso también Liborio se la pasa cargando con la muerte (a Jacinto, su compañero).

Ese extravío también es una metáfora del sinsentido, del miedo que se apodera de ellos, sobre todo el miedo al otro, al que no lleva su uniforme. Y todo esto en un inmenso terreno inhóspito donde solo puedes ser o boliviano o paraguayo. Ahí está la escena del encuentro entre los tres soldados extraviados y la pareja weenhayek.

– Son evidentes algunas razones y necesidades de que varios diálogos estén en aymara y quechua. Pero quisiéramos conocerlas de tu voz.

– Son razones políticas y estéticas. Es poner en el centro a la lengua. Narrar desde quechua y aymara es dar voz a toda una juventud a la que se le negó sistemáticamente elevar su relato de la guerra. Son diomas que hasta el día de hoy son pisoteados, negados y arrinconados, condenados a desaparecer. Lenguas estigmatizadas o instrumentalizadas. Al ponerlas en el centro del conflicto de toda la película denotamos una posición política por defender y valorar el cómo se vivía y nombraba el día a día, las cosas y emociones en el Chaco. Acaso no deberíamos preguntarnos al menos cómo nombraban ese paisaje nuevo en su idioma materno, cómo describían su horror y cómo lo habrán trasmitido al regresar.

Con la película buscamos recuperar el valor de la lengua en nuestra historia y su sonoridad en nuestra memoria. Esos jóvenes soldados también aprendieron en el Chaco (y hasta hoy en el servicio militar) que el castellano es una lengua civilizadora y que está encima de todas las otras. La jerga militar (machista, misógina y profundamente racista) impone que la letra entra con sangre o que gritar es autoridad, por ejemplo. Y estas prácticas violentas son las que los jóvenes van reproduciendo luego en sus casas, en sus vidas.

Y con estético, me refiero a algo esencial y fundamental para la armonía en forma y contenido de la propuesta de la película.

En otro momento de la charla, Mondaca comenta: “la película está dedicada a mi abuelo, que fue un soldado en esa guerra. Y ahora su cuerpo está en Oruro, en el mausoleo de los excombatientes. Hace unos años mi madre quiso recuperar sus restos y llevarlos junto a los de mi abuela a Cochabamba. No se puede. No le dejaron. Los restos de los excombatientes son patrimonio nacional”.

A esto es precisamente a lo que se refiere con la necesidad de dejar de mirar al Chaco con enfoques rancios de patriotismo y heroicidad. “Todo esto de mi abuelo es también parte de la ironía y del absurdo de la guerra que nos siguen persiguiendo, que persiguieron a mi abuelo siempre. La guerra no suelta ni sus huesos”.

Todo lo que sucedió en Bolivia entre 2019 y 2020, cuando corría la post producción de la cinta, no hace sino reafirmar esta suerte de leyenda o maldición: el camino del Chaco no se acaba aún. La sombra sigue su acecho. “Era muy loco terminar de editar Chaco al mismo tiempo que nos matábamos en las calles, al mismo tiempo que estallaba un negacionismo brutal. La estrenamos en 2020, en medio de un país rasgado y adolorido. Un país que se repite”.

“No te olvides que Chaco es un espejo sin tiempo en donde, tarde o temprano, terminamos reflejados”, culmina Diego, ya en una conversa personal, a modo de ultimar detalles para el trabajo de estos textos.

El triunfo de la imaginación

Sostiene Diego Mondaca: “al Chaco y a la guerra los hemos tenido que imaginar. De la imaginación (sin nacionalismos, patriotismos o condescendencias) sale la peli. Es mi idea del horror. Una ficción que está en la mesa familiar de muchos de nosotros. Desde ahí hay que verla, conversarla; desde la imaginación de un horror pasado cuya materialidad permanece hoy. Es un poco nuestra shoah”.

La imaginación, concepto clave. No es para nadie novedad que el Chaco es la principal y mayor convergencia temática en expresiones artísticas y culturales en Bolivia. Y que, antes todo, sus razones, contextos y efectos son categorías de análisis y pensamiento histórico, político y sociológico. A pesar de la profusión de escritos, cantos, dramas y expresiones plásticas, son pocas las alusiones que eluden el patrioterismo y patetismo: la oda reivindicativa del derrotado. Estas pocas excepciones son, precisamente, las que sobresalen.

En el capítulo “El arco de la modernidad” de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (PIEB, 2002), Blanca Wiethüchter señala: “el vaciamiento de sentidos que practica Hilda Mundy en Pirotecnia (1936), o el dialogismo frívolo de Rodolfo el descreído (1939) de David Villazón, novela en la que el autor se burla explícitamente desde las notas al pie de página del narrador, constituyen las rupturas que imaginan un mundo en ruinas”. En el mismo texto, continúa: “esa vanguardia quedó ignorada en nuestra historia literaria y mutilada en su impulso por el boom de la Guerra del Chaco, el que otorgó el triunfo, en desmedro de las experimentaciones vanguardistas, a los productores del sentido ‘fondista’”.

Sin querer menoscabar a estos “triunfadores fondistas” (nadie va a poner en duda el valor y calidad de El pozo del Chueco Céspedes o Aluvión de fuego de Oscar Cerruto, por ejemplo), recién en los últimos años se propició la salida a luz de estas obras tan irreverentes como fundamentales sobre el Chaco, que menciona la autora de Asistir al tiempo. Y todo gracias a las reediciones cuidadas y acertadamente prologadas de La Mariposa Mundial. Podríamos agregar una tercera: Chaco, de Luis Toro Ramallo, que forma parte de la Biblioteca Plurinacional editada en 2014 por el Ministerio de Culturas, una colección de ocho libros esenciales de la primera mitad del siglo XX, injusta e inexplicablemente olvidados.

La referida edición de Chaco, viene prologada por Wilmer Urrelo, quien en una de sus reflexiones parecería dialogar con Wiethüchter: “creo que todo esto, tomarse la guerra con esa supuesta superficialidad, hizo que la obra de Villazón fuera condenada al olvido con muchísima intención: es más fácil no prestarle atención a un libro que jode a una generación a atacarlo, pues eso lo haría crecer más”.

Pero incidamos un poco más. En una nota a propósito de la publicación de Rodolfo el descreído, Rodolfo Ortiz, director de La Mariposa Mundial, escribe: “la Guerra del Chaco resuena aquí a través de una estética de la insubstancialidad en la cual la novela abiertamente se reconoce, y no solamente ella, sino fundamentalmente una segunda, la novela de un tal Jorge Santa Cruz (ganador del Premio Gordo de Lotería) que se entrevera dentro de la propia novela de David S. Villazón para narrar con precisión los ‘sucesos’ acaecidos alrededor del, digamos, ‘gran suceso’ llamado Guerra del Chaco”.

Además de historia y testimonio, el Chaco fue vivencia, renovación y parteaguas. Cómo no seguir, entonces, provocando miradas. Además de las letras, entonces, está la música: los nunca del todo bien ponderados boleros de caballería. Y está la imagen. Mondaca lo dice mejor “…y están también esas imágenes y sonidos del Chaco que nunca vimos. Ese horror que, si bien fue relatado en la literatura, pocas veces pasó al cine”.

Bolero de caballería: banda sonora de guerras y muertes

¿A quién no se le eriza la piel al escuchar Terremoto de Sipe Sipe? A Diego Mondaca le pasó cuando la oyó por primera vez de niño. Y se le escapó más de un lagrimón ya de adolescente cuando esas notas despidieron a su abuelo excombatiente.

Cuenta Diego: “el estudio de Jenny Cárdenas (Historia de los boleros de caballería) es potente y muy valioso. Fue muy importante para entender los caminos del bolero de caballería. Vital. Pero también está la “conceptualización del bolero” más allá de un contexto que lo fue transformando y resignificando hasta hoy. En eso don Alberto Villalpando fue fundamental: ¿cómo entender la musicalidad del bolero de caballería?

Al explicar la investigación que desembocó en la publicación de su texto en 2015, Jenny Cárdenas cuenta –en un antiguo diálogo justo a propósito de ese lanzamiento– que estos boleros surgieron en el siglo XIX y que siempre estuvieron indisolublemente ligados a las bandas del Ejército: “la Guerra del Chaco es, entonces, el escenario más propicio –por decirlo de alguna manera– para que ancle, se enraíce en el alma, en la memoria de toda la gente que asistió, como actor directo, o como familia o sociedad en que ocurría esa guerra. Y de allí, siguió acompañando toda confrontación social, inclusive si no había muertos, para significar que estaba sucediendo un hecho de violencia política”.

Entre la conceptualización del bolero de caballería y su innegable ligazón con la guerra y, sobre todo, con la muerte, también está algo que subyace claramente: es una inigualable y poco valorada expresión cultural boliviana, una referencia identitaria de la historia de este país.

Así lo refiere Juan Pablo Piñeiro en su breve texto “La música del umbral”, publicado en 2015 precisamente a raíz del trabajo de Cárdenas: “no es necesario ser un músico eximio para entender enseguida, cuando uno escucha un bolero de caballería, de que se trata de un género musical boliviano, de un género que ha brotado en nuestras tierras. El hilado musical es inconfundible y salta al oído de cualquiera que escuche estas tonadas. El compás andino tejido con la melancolía del metal, une lo magnífico y lo triste como si uniera la vida y la muerte”. Así, la banda sonora de Chaco no omite, claro está, los boleros de caballería, que dialogan y cargan de emotividad un par de escenas de por sí potentes…: la marcha de los desharrapados soldados… esa deriva insustancial, esa espera sin esperanza.

Pedro Albornoz: «Mach 1 es una extensión de mi trabajo como crítico»

Entrevista al más reciente ganador del Premio de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz

La narrativa de Pedro Albornoz Camacho se caracteriza por sus personajes atípicos, sus escenarios atípicos, un manejo magistral de la digresión, diálogos y monólogos dinámicos y, sobre todo, por un manejo sofisticado del humor negro. Nació en Cochabamba en 1970, pero pasó casi toda la primera parte de su vida en el exterior. Si bien su incursión en la narrativa es relativamente reciente – ganó el Premio Franz Tamayo en 2014 por su cuento “El otro muro”, un relato fantástico en el que explora, la naturaleza de la creación de la obra de arte; este es un tema que comparte con su primera novela, Mach 1, galardonada con el Premio de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz en 2020 y, recientemente, premio que volvió a ganar por segunda vez el 2021, con su segunda novela Diablo que baila bajo la luna – lleva escribiendo y publicando artículos académicos desde hace más de veinte años en distintos campos, desde la crítica literaria y de arte hasta la historia boliviana.

Recientemente dijiste que el humor boliviano puede ser tan fino como el inglés. ¿Cómo es que llegas a esta conclusión, alguna influencia literaria?

Sí y no: por un lado, crecí en una familia donde, si no tenías un buen sentido del humor y capacidad de réplica inmediata, no sobrevivías el almuerzo. Mi padre podía pedirte que le pases la sal mientras te decía las cosas más incisivas, más irónicas, ingeniosas y sarcásticas con gran sutileza y elegancia, sin la mínima expresión en el rostro; y mi madre no solo remataba, sino incluso a veces volcaba el comentario contra mi papá con la misma destreza o redirigía hacia alguien más. Nadie en la mesa estaba a salvo, no una vez que habías entrado en confianza, porque se esperaba que participaras.

A mis quince años, nuestro profesor de literatura inglesa nos hizo leer “La importancia de llamarse Ernesto” de Oscar Wilde y mi mundo cambió. Entendí cómo el humor bien logrado te permitía volar bajo el radar y decir abiertamente las cosas más terribles con ecuanimidad, cuando no con una sonrisa beatífica. Claro, muchas veces mi boca es más veloz que mi cerebro y termino metiéndome solito en agua hirviendo. Pero al menos puedo reírme cuando lo hago.

Lo que me dices parece describir al personaje principal de tu segunda novela, Diablo que baila bajo la luna, a la perfección.

Sí, pero yo no soy ella. En realidad la basé, al inicio, en una de mis mejores amigas de colegio, que también tenía el mismo tipo de humor negro y sarcástico; a medida que evolucionaba, sin embargo, cobró su propia personalidad. También tiene mucho de mi madre: a sus 83 años, su mente sigue tan lúcida y afilada como una daga, y mantiene su don para la risa y para hacerme reír en el peor momento, muchas veces a costa mía y en público. Así que veo en esta segunda novela un homenaje a todas estas mujeres fuertes que me rodean y me rodearon a lo largo de mi vida.

Tu primera y segunda novela ganaron el premio de novela en años consecutivos. Noto que la primera tiene un concepto y tratamiento drásticamente diferente de la segunda, que es lineal. ¿Cuál escribiste primero?

Técnicamente, comencé escribiendo Mach 1, pero como requería un tratamiento muy distinto –en esta novela juego sutilmente con la cronología e intercalo tres voces distintas que precisaban un trabajo meticuloso para lograr tonos específicos – me comencé a bloquear y, como digo en El otro muro, el peor crimen que puede cometer un escritor es dejar de escribir, así que inicié un segundo texto, completamente distinto aunque con un personaje y un escenario compartido, a manera de mantener el motor funcionando. En un inicio pensé en unirlos como un solo texto, pero a medida que progresaban, me gustaba que fueran obras separadas. Así que llegó un momento en que escribía ambas al mismo tiempo. Fue un proceso caótico al inicio, pero luego me di cuenta que era como mantener un diálogo productivo con dos personas al mismo tiempo, ya que escribir un texto me ayudaba a resolver problemas en el segundo, y viceversa.

En tu cuento “El otro muro” abordas el bloqueo de escritor. ¿Es este un problema que enfrentas de manera recurrente? ¿Cómo lidias con él?

Solía pensar que sí hasta que me di cuenta de que, al menos en mi caso, el bloqueo no es más que mi mente resolviendo un problema, cartografiando una ruta narrativa, como cuando tu computadora se congela. Solía ser una fuente de frustración hasta que me di cuenta que esto solo me ocurre cuando escribo narrativa, no investigaciones ni crítica, ya que cuando escribo textos académicos trabajo con una fecha de entrega bastante estricta y no me puedo dar el lujo de retrasarme. “El otro muro” me sirvió para conocer la naturaleza real del problema, y mis dos novelas me permitieron poner a prueba lo aprendido. La clave consiste en persistir, no dejar de escribir, aunque no sea lo que habías planeado originalmente. También es importante acoger el bloqueo, pero reconocerlo por lo que es: una pausa momentánea que te servirá para tomar impulso, para resolver los problemas en los que metiste a tus protagonistas.

¿En qué difiere tu proceso de escritura cuando haces crítica y cuando haces narrativa?

Por sus parámetros académicos, la crítica me parece mucho más fácil, ya que la escribo luego de haber resuelto al menos parcialmente la lectura de una obra: trabajo hacia un horizonte que, aunque no se halla bien definido, sí lo percibo intuitivamente. Cuando hago narrativa, por el otro lado, no sé en qué me estoy metiendo: debo descubrir quiénes son estos personajes, dejarlos desarrollarse por su cuenta con la mínima intervención mía.

Percibo que el arte y la reflexión sobre este es una vena recurrente en tus relatos ¿Crees que es posible que estos dos modos de escritura se junten explícitamente alguna vez?

Sí, lo es. En mi novela Mach 1 me inspiré muchísimo en mi experiencia en el círculo de las artes, particularmente en los discursos que circulan, muchos de ellos sobreintelectualizados a propósito ya sea como un mecanismo de defensa de los egos débiles que creen que usar palabras difíciles con definiciones convenientemente ambiguas les hará parecer más inteligentes; aunque por lo general hallo que esto ocurre cuando no se tiene bien resuelta la reflexión y se debe mantener la apariencia de ser especialistas. Esto generalmente lo logran repitiendo ad nauseam que obtuvieron su título en Inglaterra o que tienen alguna credencial que debería de infundir miedo. Uno de los protagonistas de mi primera novela se encarga de desmenuzar estos discursos y para ello recurre a un lenguaje sencillo, a anécdotas engañosamente banales. Así que podríamos decir que Mach 1 es una extensión de mi trabajo como crítico. Asimismo, también he usado la escritura académica para expandir mi narrativa y alejarme del texto frío, cerebral, impersonal. Esto se nota, particularmente en Teatros de perfecto silencio, en el cual busqué alejarme de mi zona de confort y decidí asumir un tono más confesional e intimista, al recurrir a mi autobiografía para detonar lecturas e interpretaciones no solamente de obras de arte contemporáneo, sino de fenómenos como el baile caporal.

Entrevista póstuma al poeta orureño Héctor Borda Leaño

Javier Claure C.

Borda junto al autor de esta entrevista.

Héctor Borda Leaño falleció, a los 95 años a la una de la madrugada del día miércoles 26 de enero, en la ciudad de Malmö (Suecia). Su muerte ha causado gran revuelo en el ámbito literario boliviano. Sin ningún género de dudas, Borda Leaño ha sido uno de los grandes poetas de Bolivia y un orgullo para Oruro, la ciudad que lo vio nacer. Fue miembro del movimiento poético “Gésta Bárbara” de Oruro junto a su entrañable amigo poeta Alberto Guerra (†).  Ha publicado varios poemarios y ha obtenido dos veces el mayor Premio de Poesía en Bolivia; el “Premio de Poesía Franz Tamayo”. Primero en 1967 por su poemario “La Ch’alla” y en 1970 por su poemario “Con rabiosa alegría”. En 2010 el Estado Plurinacional de Bolivia, le otorgó la medalla al mérito cultural Marina Núñez del Prado.

Conocía el nombre de Borda Leaño, solamente a través de la prensa y por medio de antologías. La primera vez que lo vi fue en enero de 1990. En esa época pertenecía a un grupo literario que se formó en Estocolmo. Más exactamente, el 17 de enero de 1990 hicimos una velada cultural en el local de la Asociación Cultural Boliviana (en Bredäng). Ese día nos dimos la mano e intercambiamos palabras, me acuerdo bien. En el folleto que publicamos, hay dos poemas de su autoría: “Usted sabe señor” y “Pequeña muerte” que pertenece a su poemario “Con rabiosa alegría”. Supuestamente tenía que leer esos poemas. Pero no, don Héctor vino cargado de su artillería poética y sorprendió a todo el mundo. ¡Leyó sus poemas por más de una hora!

En el Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos efectuado en Estocolmo, en septiembre de 1991, fue cuando lo conocí mejor. Héctor Borda presentó una ponencia acerca de los “500 años de explotación”. A decir verdad, fueron hermosos días llenos de poesía, de conferencias, de anécdotas, etc. Conversaba con don Héctor como si hubiésemos sido amigos de muchos años. Nunca me llamaba de mi nombre, me decía “Claurecito” con cariño. Tenía un excelente sentido del humor y a veces era sarcástico. El viaje en barco a Finlandia fue el postre exquisito del encuentro. Ahí continuaron las anécdotas, bromas, charlas y pequeñas tertulias informales. Y don Héctor se llevaba la flor arrancando risas de ceja a oreja. Nunca olvidaré aquella tarde cuando varios de los poetas subimos a la cubierta del barco a pasear, y ver el panorama sobre las aguas del mar Báltico. Caminando por los pasillos don Alberto Guerra (†) me decía: “Sigue adelante, eres un poeta macerando”. Y don Héctor continuaba: “Así es, Claurecito, sigue adelante, hay que agarrar al toro por las astas”. Bellas palabras que marcaron mi alma poética. Tampoco olvidaré aquel día que vinieron a mi departamento. Y conversamos horas entre Héctor Borda, Alberto Guerra, Homero Carvalho, Víctor Montoya, Nora Zapata Prill y mi persona.

En una charla informal, don Héctor me comentó que él y Alberto Guerra, se conocieron cuando estudiaban por las noches en el Colegio Saracho de Oruro. Además, me dijo que nunca perteneció al movimiento poético Gesta Bárbara. Ese día no le refuté, pero sonaba muy extraño en mis oídos. Había leído sus poemas en “Antología de la Poesía Universal, Bolivia”, editada en 1996 por Latinas Editores. Y en la introducción dice: “perteneció a Gesta Bárbara de Oruro”. En la antología, “La Poesía en Oruro”, editada por los poetas Alberto Guerra y Edwin Guzmán, al referirse a Héctor Borda, reza: “Poeta, miembro de Gesta Bárbara de Oruro”. Entonces, surge la pregunta: ¿Por qué negaba su participación en ese movimiento poético tan importante? Al parecer, y según allegados que conocen bien el caso, dicen que en Gesta Bárbara había personas con tendencias ideológicas contrarias a la de Borda Leaño. Pero la pregunta seguía rondando por mi cabeza. Hasta que en el 2004 cuando viajé a Bolivia, en la ciudad de Oruro, le pregunté a don Alberto Guerra sobre este tema. Y la respuesta fue afirmativa. Además, me dijo: “si quieres hablar con Héctor, viaja a La Paz. Y a las doce en punto del día, lo encuentras en la cafetería La Paz”, su lugar preferido. Y así fue, yo llevaba bajo el brazo mi primer poemario, “Preámbulos y Ausencias”, con una dedicatoria para don Héctor Borda. Muy emocionado, a medio día, llegué a la cafetería. Entré, y mis ojos brillaron de alegría. Lo vi sentado solo tomando un café. Me acerqué a su mesa, le dije quién era, e inmediatamente exclamó: “Claurecito”. Nos dimos un fuerte y largo abrazo. Luego, le entregué mi poemario, lo hojeó y me dijo que lo iba a leer minuciosamente. Y acotó: “confío en ti como poeta”. Aquel día charlamos de todo un poco y recordamos los momentos del encuentro. En realidad, mi intención era entrevistarlo. Estaba listo con un pequeño dictáfono, pero cuando le pregunté, me dijo “otro día”. Quedamos de acuerdo para vernos después de unos días. Volví a la cafetería, a la misma hora, esta vez conversamos largo y tendido sobre la situación política en Bolivia, y le dije que pronto retornaría a Suecia. Y cuando insistí en la entrevista, me contestó que mejor lo haría por teléfono. Me dio su número telefónico. Nos dimos un apretón de manos, un fuerte abrazo fraternal y nos despedimos. Estando en Suecia, lo llamé tres veces para entrevistarlo. Las tres veces me dijo con una voz gruesa, firme y saludable: “Claurecito, no te puedo dar la entrevista. Ya me voy a morir”. Conociendo el carácter de don Héctor, me echaba a reír en el teléfono. Nunca pude entrevistarlo frente a frente como deseaba.

La presente entrevista se realizó hace diez años. Más exactamente a principios de 2012 envié las preguntas por correo electrónico. Debo aclarar que don Héctor, según su hija, se encontraba en silla de ruedas, le fallaba la memoria corta y tenía dificultad para hablar; pero estaba cuerdo. Afortunadamente, el 9 de agosto del mismo año, me llegó un mensaje de su hija Eliana que decía: “Te envío lo que con mucho trabajo logré arrancarle a papá”.

Javier Claure (JC): Escribir poesía puede ser un acto de hacer frente a la miseria humana. ¿Cómo defines tu poesía? 

Héctor Borda (HB): Durante mi juventud me dediqué a la política en Bolivia. Las grandes injusticias sociales me marcaron mucho. Y esto lo expreso en mi poesía. Por mis propias circunstancias me acerqué a las minas, y como trabajador conocí a fondo el proletariado minero. La vida del minero toca las fibras más hondas de mi ser, y mi poesía va tomando cuerpo en ese sentido. No sé si es una forma de hacer frente a la miseria humana, pero es para mí una forma de decir mis verdades y mi sentir.

JC: Sé que pertenecías al movimiento poético Gesta Bárbara de Oruro. Hablando con Alberto Guerra (†) me contó que fuiste tú, quién lo invitaste para que formara parte de ese movimiento. ¿Cuéntame algo de esa época?

HB: Primero que nada, los muertos siempre tienen más razón que los vivos. Así que no vale la pena refutar las afirmaciones de mi querido amigo Alberto. Pero si de algo sirve, te diré que en ese tiempo existían dos Gestas Bárbaras. Una que vio la luz en Potosí con Enrique Viaña, y otra fundada en La Paz por Gustavo Medinaceli a su regreso de Europa. Yo no pertenecía a ninguna de ellas, era simplemente un observador, un colado. Aquí quiero acotar que los vivos pueden equivocarse, los muertos ya no se equivocan.

JC: Tu último poemario lleva como título “Poemas Desbandados”. ¿Podrías contarme algo sobre los poemas incluidos en ese libro? ¿En qué te inspiraste?

HB: Los poemas de ese libro están inspirados en personajes reales recogidos de todos los rincones de Bolivia. Poemas desbandados es una antología de otros libros anteriores.
 

J.C: ¿De qué manera ha influido en tu poesía, el hecho de haber vivido exiliado en Suecia?

HB: Mi producción poética de mayor intensidad se da mucho antes de llegar a Suecia. No creo que el exilio en Suecia haya influido mucho en mi poesía. Es un exilio de estómago lleno. En Suecia yo me entrego a la lectura totalmente, y estoy como parado frente a un semáforo en rojo esperando el momento para pasar. Sin embargo, otros exilios en otros países de América Latina influyen en mi poesía, especialmente cuando vivía exiliado en Argentina. No solo por las circunstancias políticas que me tocó vivir allí, sino también porque me involucro justamente en esas circunstancias. Conocí a gente con ideas progresistas y empecé a compartir mi poesía con poetas y escritores comprometidos con su país. La necesidad de escribir se hizo más intensa.

JC: Por último, ¿Cómo poeta qué opinas de la muerte?

HB: Cuando uno tiene la edad que yo tengo, ahora 85 años, no se pregunta eso. Pero puedes leer mi poema «ch’alla de la muerte», y así sabrás lo que opino de la muerte en términos de la poesía.

Hasta siempre querido amigo Héctor Borda Leaño. Tus consejos los llevo en mi universo interior. Agradezco profundamente a Eliana Borda por su paciencia y colaboración para que se haga realidad esta entrevista.


* Javier Claure Covarrubias, poeta y sociólogo es uno de los organizadores del Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Estocolmo (Suecia, 1991).

«Cachín» Antezana y la extrema habilidad posible

Luis H. Antezana J., uno de los más grandes intelectuales orureños de las últimas décadas, reconstruye en esta entrevista las diferentes etapas de su vida y su trayectoria, y reflexiona sobre sus temas favoritos de estudio y lectura. ¿Qué mejor para celebrar esta efeméride de Oruro que realzando a uno de sus hijos mayores talentos?1

Martín Zelaya

Luis H. Antezana J. en un café cochabambino en 2015 (Foto: MZ).

“Creo que puedo decir que yo fui un ser racional, libre y constituido –lo que pasa cuando tomas una decisión estando consciente de sus consecuencias–, desde mis siete años. Fui a una librería a comprar un libro de texto pero no había, y me dijeron que iba a llegar en una semana. Solo tenía que esperar, pero vi en los estantes Los tigres de Mompracem de Salgari y quedé encantado. Sabía que podía comprarme el libro con el dinero que tenía. Pensé que tal vez mi padre me iba a dar una paliza, pero temía que si no me lo llevaba después ya no habría… y lo hice. Esa fue mi primera decisión”.

A Luis Antezana le cuesta hablar de sí mismo y más aún con una grabadora delante. Recién se suelta al segundo café y tras varios cigarrillos, aunque en el pequeño reloj de un cafetín del centro de Cochabamba apenas dan las 10 de la mañana. Mientras tanto, el tiempo no se pierde, ni mucho menos. Hablamos de tenis, fútbol y música y se reafirma así una idea que se repite a lo largo de su valiosa obra ensayística: el maestro orureño no es más que un observador atento y acucioso en busca de la estética, “de la extrema habilidad posible”, de la belleza… ya sea en un poema, en una lúcida reflexión, en la genialidad de un futbolista o en una conmovedora canción.

Vocación y formación

Como no ocurre con muchas personas, al hablar del recorrido profesional, académico de Cachín se habla al mismo tiempo de su historia de vida. “Feliz de aquel que trabaje en lo que ama”, repiten los viejos en tono cursi. Pero el lugar común cobra sentido cuando el mayor placer que uno puede lograr le sirve, de paso, para ganarse la vida. A nadie le cabe duda que estamos hablando de leer, ¿verdad?

Media hora antes de sentarnos en el bolichito, el maestro me recibió en una pequeña antesala de su casa. Un ambiente rectangular más bien modesto y alejado del ubicuo sol de la Llajta, y que desde hace años es casi de su uso exclusivo. Allí está lo que más quiere y necesita: sus libros (no todos, pero los esenciales), su computadora y un televisor de buen tamaño que ese instante, claro, estaba sintonizado en un canal deportivo que retransmitía la liga alemana.

No hay un Luis H. Antezana J. –que así es como firma Luis Huáscar Antezana Juárez, Cachín para los amigos y alumnos– lector o crítico, otro docente y otro semiólogo. Es uno solo.

Indudablemente sus tres grandes pasiones, modos de vida y de trabajo fueron y son la lectura crítica de la literatura, la docencia y la investigación. “Van juntas todas. Para poder enseñar hay que leer, hay que aprender a leer y hay que aprender a enseñar”, afirma.

A sus 72 años –la entrevista se hizo en 2015– el ilustre académico nacido en Oruro y asentado hace mucho en Cochabamba, recibiría días después un reconocimiento definitivo y justiciero: el doctorado honoris causa otorgado por la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz; razón más que suficiente para buscarlo, interrumpir su sábado futbolero y lograr una generosa conversación con un solo objetivo: la evocación.

“De Oruro, mis primeros recuerdos son posteriores a mi primera niñez, muy fragmentarios, porque entre mis cinco y 10 años viví en Tupiza, donde mi padre consiguió trabajo como administrador del cine Suipacha, y ahí hice la primeria. Alguna vez dije que todo lo que me gusta lo hice de niño en Tupiza, porque ahí aprendí a leer y escribir y quién iba a decir que después mi profesión iba a ser eso, leer y escribir”.

De Tupiza guarda además otro recuerdo que determinaría su vocación, su acercamiento al cine “que siempre ha sido fundamental en mi interés cultural” y con seguridad le ayudó en su perspectiva de análisis y noción estética.

En 1961 salió por primera vez del país gracias a una beca de intercambio, y luego de adelantar sus exámenes finales de bachillerato en el colegio Alemán de Oruro. Por entonces, confiesa, aún no había decidido qué iba a estudiar, aunque tenía dos opciones claras: los números, para los cuales tenía un talento natural, y las letras.

“Siempre he leído bastante. Mi afición por la lectura nació con revistas argentinas de historietas. No te hablo de El pato Donald, sino de series de historietas, trabajos de escritores, de artistas que concebían una trama literaria, o que adaptaban obras consideradas juveniles de Julio Verne, Emilio Salgari…”.

Pero inclusive cuando cursaba ya secundaria no se consideraba aún un literato en ciernes. “Más que todo jugaba al fútbol, correteaba todo el día detrás de la pelota, hasta que en la materia de literatura, ya en los últimos años, la profesora me dio a leer La vida nueva, de Dante. Siempre he dicho que ese fue el primer libro que me marcó profundamente”.

Juventud. Vocación

En su biblioteca, leyendo una carta de Jaime Saenz (Foto: MZ)

Ya bien lanzado en la remembranza, no hay quien lo pare. ¡Suerte la nuestra! Cachín se pide otro café, abre un nuevo paquete de cigarrillos y se preocupa de que se acabe la batería del teléfono-grabadora-cámara fotográfica-internet, todo en uno.

“Tras la experiencia en EEUU volví a Oruro y decidí estudiar ingeniería química porque me seguían gustando mucho las ciencias exactas. Me fui a La Plata donde al pasar los cursos me orienté a la electrónica, pero muy pronto me di cuenta de que mi futuro como ingeniero electrónico, en Bolivia, no existía… y decidí dedicarme a la docencia de física y matemáticas”.

Así fue como, a su regreso al país, se decantó por la Normal de Cochabamba. “Como ya tenía un nivel avanzado en matemáticas, física y química, me puse a estudiar paralelamente para profesor de literatura y lenguaje, porque leer era lo que más disfrutaba. Pero de todas maneras, ya me ganaba la vida dando clases particulares de matemáticas”.

Seguramente habría acabado como un excelente maestro de ciencias exactas -como finalmente lo es de literatura y semiología- pero cuando culminaba la Normal le llegó una beca de posgrado para la Universidad del Sur de California donde, por supuesto, escogió la mención de letras.

Fue allí donde amplió su panorama de lecturas y a la par de profundizar a Borges (su primer “flechazo” serio), se empapó del emergente boom de la literatura latinoamericana.

La docencia ya era una realidad y empezaba a abrirse en su mente el universo de la investigación, del análisis semántico y semiológico, pero ¿y qué de la ficción? ¿Nunca pasó por su mente escribir prosa o poesía? “Jamás”, se apresura a responder, contundente.  “Sabía que era incapaz. Así como a mis siete años sabía que era un ser racional, a mis 12 ó 14 sabía que lo mío era leer”.

Fue en su primera juventud, también, cuando se consolidaron otras dos grandes pasiones: la música -desde la inigualable voz de Gladys Moreno hasta el jazz en sus distintas variedades, pasando por Leonard Cohen- y el fútbol.

“Otra vez la culpa es de Tupiza -dice a propósito del balompié-. Mi padre me llevaba a ver partidos a la canchita municipal y ahí un día ubiqué a un llok’alla que manejaba la pelota como los dioses. Recién mucho después supe que era Víctor Agustín Ugarte”. Ahí nació la fascinación. Además de su amor por el juego como tal, muy temprano descubrió algo que muchos hinchas fanáticos a veces apenas llegan a intuir: la estética del fútbol, que se acrecentó a su vuelta a Oruro en la época dorada de San José.

Al regreso del café, mientras el maestro mete en un sobre unos documentos que me encomienda para La Paz, pausado en la computadora de la sala de su casa, está el disco de Enrique Morente en homenaje a Lorca. La música no falta casi nunca en sus días o sus noches, entre libros, Kindle, o un partido de fútbol de cualquier liga.

“Lo mío con la música no tiene que ver con la formación clásica. La música es una permanente canción de cuna que me tiene que enrollar y acunar. Me quedo con las canciones o melodías que me acompañan, porque no tengo el oído para apreciar la maravilla musical con rigurosidad… El jazz y Leonard Cohen me acompañan toda la vida”.

El maestro, el referente. Consolidación

Hojeando uno de sus «tesoros»: las pruebas de galera de Felpe Delgado, con apuntes y correcciones de Saenz. (MZ)

Antes de terminar su posgrado en California, Luis tuvo que regresar repentinamente a Oruro debido al fallecimiento de su padre. Se quedó varios meses acompañando a su madre, hasta que se presentó la posibilidad de otra beca en Bélgica donde finalmente se doctoró, en 1974, con una brillante tesis sobre Jorge Luis Borges publicada después como Álgebra y fuego. Lectura de Borges.

“Ya había leído todo Borges de arriba abajo. Conocía sus libros de memoria, así que tuve sobre todo que aprender el análisis semiótico”. Indudablemente el gran escritor argentino es uno de sus referentes fundamentales, así como otros cuatro o cinco nombres de autores bolivianos sobre los que más adelante dejamos que se explaye: Carlos Medinaceli, Óscar Cerruto, Jaime Saenz y Jesús Urzagasti.

Menos de una semana después de esta charla, Cachín recibió su doctorado honoris causa, en el marco del Congreso Internacional Barthes Amateur. Nada más oportuno que premiar al genial investigador y crítico boliviano, que evocando el centenario del francés que fue pilar del análisis semiológico y referente de la investigación semiótica y lingüística en la literatura.

Investigación y crítica. Semiología y literatura. “Para mí, ambas van juntas –señala. Trato de leer el texto literario no tanto por su posible contenido sino por su forma, por la manera como trabaja, como funciona, una herencia –claro– de mi formación semiótica. Jamás van a ver que yo haga crítica de valor; nunca digo esta obra es buena o es mala; digo esta obra funciona por esto, o no funciona por esto”.

Un legado imprescindible

Todo el bagaje y aprendizaje de Luis Antezana en más de 50 años de reflexión e investigación se reflejan en casi una decena de libros.

A fines de los 70, ya consolidado como uno de los grandes intelectuales bolivianos, y mientras pergeñaba entrevistas, reseñas y comentarios en la revista Hipótesis que codirigía con Gustavo Soto, o “cometía la locura de viajar cada semana a dar clases durante tres días a La Paz”, publicó sus primeros libros: Elementos de semiótica literaria (1977) y Algebra y fuego. Lectura de Borges (1978), la tesis con la que años antes se había doctorado.

Sobre el semestre maratónico de 1979, cuando aceptó un cargo de docente invitado en la UMSA, no puede obviarse acá una anécdota: “me quedaba una semana en casa de Jesús Urzagasti y otra en la de René Poppe. Todos los lunes, al bajar del aeropuerto, visitaba a Cerruto en la cancillería y charlábamos largo y tendido, pero nunca quiso darme una entrevista. Los martes almorzaba con Julio de la Vega y los miércoles con René Bascopé… y del trasnoche de miércoles, generalmente por jugar cacho en la casa de Jaime Saenz, directo al aeropuerto”.

En los años 80, en los que vivió ocasionalmente fuera del país “investigando teorías de la lectura en Alemania” y en otros países, editó Teorías de la lectura (1984), Tendencias actuales en la literatura boliviana (1985) y Ensayos y lecturas (1986).

En la década final del siglo XX, ya asentado en las reparticiones de investigación social de la Universidad Mayor de San Simón, sacó tres publicaciones: La diversidad social en Zavaleta Mercado (1991); Sentidos comunes (1995); y Un pajarillo llamado “Mané”. Notas al pie de su fútbol (1998).

Finalmente, ya en la década actual, Plural editores reunió lo mejor de su producción en Ensayos escogidos (2011), un libro imprescindible para comprender a fondo la literatura y el pensamiento político y social de Bolivia a partir de la Revolución del 52.

Y no hay que olvidar su incursión en los trabajos multimedia: La bodega de Jaime Saenz (2005), La pascana de Gladys Moreno (2007) y La ausencia de Adela Zamudio (2012), tres joyas interactivas en las que se puede apreciar textos, audios, imágenes y gráficas de estos tres referentes de la cultura y las artes del país.

El crítico

Por espacio y dinamismo, transcribimos brevísimas sentencias, oraciones con las que Antezana define a los cuatro mayores referentes de la literatura boliviana del siglo XXI, base de su enorme aporte plasmado en su abundante obra ensayística afortunadamente compilada en 2011:

“Carlos Medinaceli es esencial para la crítica literaria boliviana porque se ha inventado lo que llamamos la literatura boliviana”.

Cerruto es uno de los escritores más completos que tenemos, con perfección en prosa y verso. No es una exageración decir que, después de Cerruto, en Bolivia no se puede escribir mala poesía”.

Saenz ha sido toda una experiencia de vida. Más o menos en 1978, cuando hacía la revista Hipótesis, y después de leer la obra poética de Jaime publicada en la Biblioteca del Sesquicentenario, me entró la idea de entrevistarlo, pero era muy difícil porque ya era todo un ícono y no era fácil llegar a él.

Por suerte a través de Blanca Wietüchter aceptó que lo entreviste, y hasta me dio de yapa las galeras de Felipe Delgado para publicarlas en la revista. Desde entonces se volvió un ritual cada que iba a La paz, trasnocharnos jugando cacho, y a la vez empecé a leer toda su obra y estudiarlo.

Jaime se inventó La Paz, La Paz marginal y nocturna y todavía “todos” escriben de esos temas, sobre esa creación de La Paz; los personajes, descripciones y paisajes saencianos son interminables.

Recorrer esta distancia y La noche pueden rivalizar sin problema con cualquier libro de la poesía latinoamericana”.

“Jesús Urzagasti es un escritor fascinante. Yo tengo una deuda con su obra; tengo varios escritos, pero me falta hacer una revisión general. Por ejemplo, siempre he querido escribir sobre De la ventana al parque, una novela fabulosa. Ya tengo unas 30 páginas avanzadas a las que me falta encontrarles un buen estilo de exposición”.

Con varios cafés y cigarrillos encima, apagamos el omnisciente smartphone y caminamos hablando, por supuesto, de fútbol y música. ¿Realmente era tan bueno el Maestro Ugarte? ¿Ya conoce el último disco de Leonard Cohen y el video del que tal vez haya sido su último recital?

De pronto, no sé cómo, se entromete un nuevo tema: el deporte, es específico el fútbol y el tenis. “Ugarte –comenta– era como Iniesta ahora, pero mucho más talentoso y elegante, una máquina de hacer pases maravillosos para que otros hagan el gol… y es que eso es lo que hay que buscar, la genialidad, la belleza; después de ver al Barcelona de hace dos o tres años, qué más puedes esperar del fútbol. O después de ver las maravillas que hace Federer con la raqueta, el tenis nunca podrá parecerte igual. Hay que estar atentos para no dejar pasar la ocasión de apreciar la extrema habilidad posible”.

El destino en el que no creo, me regaló esta vez la oportunidad de no desaprovechar la extrema habilidad posible que solo Cachín Antezana encarna.


1 Una versión corta de este texto -que, a su vez, es el inicio de un ensayo biográfico de largo aliento- apareció en 2015 en el suplemento LetraSiete, y otra versión, ya avanzada, se publicó en la revista Decursos 40, dedicada a Antezana.