El Yo de Gonzalo Lema

Reproducimos un fragmento de la nueva novela del galardonado escritor tarijeño-cochabambino.

El viejo sentado sobre cuatro adobes continuó con la boca abierta por instrucción del médico/chamán. Tenía las muy raleadas cejas suspendidas en marcado arco de asombro ante tanta sabiduría y seguridad. La expresión de respeto. De alma purísima. Los cabellos tiesos del cerquillo asomando por debajo del gorro de lana multicolor. Un hilo de saliva por la comisura de la pequeña boca. Imperceptible el temblor del nudo articulador de sus mandíbulas. Un pie quietísimo y el otro columpiando nervioso, a punto de derramar su abarca de tiro (roto) recubierta íntegramente de barro seco.

Apoyados contras las paredes de adobe, expectantes, los pacientes en espera y los varios curiosos, todos prestos a observar la santa curación.

–Abra bien la boca, don Aquilino. Un poco más. Ahora sí. Le quedan tres muelas agujereadas y negras como cuevas del zorro. Dos, tres, cuatro dientes. Toditos rotos. Toditos hediondos. No sirven para mascar maní. Pura papaya, nomás.

El viejo asintió sacudiendo la cabeza y el cuerpo entero, siempre con la boca abierta y repleta de saliva. Los expectantes festejaron la ocurrencia, cada uno por su estilo. Alguno se reacomodó apoyándose contra la pared de barro con puntas de paja, duras como espinas de cactus.

La curiosidad general creció notablemente.

 –Es temporada de chirimoya, doctor –se burló una campesina–. Solo tiene que chuparse, únicamente. La pepa se escupe.

–Mentira –protestó el viejo con mucha saliva en las palabras–. No hay chirimoya todavía.

–Podemos importar –propuso pícaro el kallawaya–. De los Yungas de La Paz.

Un campesino joven, con dolor inconstante debajo de las costillas flotantes en el flanco izquierdo, cerquita a la cadera y espalda, se carcajeó con queja. Los restantes se sonrieron con los ojos bien abiertos, porque se les había escapado el sentido cierto del español. Entendieron un poco. Sin embargo, se quedaron mirando a la espera de que alguien les contara el mismo chiste en quechua. No sucedió.

El kallawaya retornó a la mesa de madera astillosa y limpió un tanto el centro con el dorso de la mano. Allí depositó el amasijo como si fuera un huevo sagrado. Miró en derredor (“Ahora nos vamos a callar un poquito”) y alzó las manos hacia el techo, aunque en realidad dirigiéndolas al cielo. Y comenzó a orar en un idioma muy extraño. Al cabo de la plegaria completa, caminó sus pasos hacia el viejo paciente y le vació la boca de saliva (con el agrio índice de paleta) arrojándola contra el piso de tierra. Sacudió fuerte el dedo. Se lo limpió en su pantalón de bayeta. Siguió mascullando palabras nunca oídas y retornó a la mesa con propia solemnidad de “elegido”. Alzó la bola de perejil empapada en jugos densos de su intimidad y pellizcándole trozos menudos procedió a rellenar las muelas y los dientes del hombre con un cuidado de albañil finista. Artista. Barroco. Sincretista.

Más de un rezo duró la faena. Pellizcaba de la bola del perejil y con la yema gorda del dedo principal rellenaba la muela. Advertía que la lengua debía quedarse quieta y no horadar, como era su natural costumbre. Ponía un tanto más y presionaba otro poco. El perejil convertido en argamasa, su jugo en medicamento. Luego avanzó a los dientes. También los rellenó con presión, pero además los forró dejándolos verdes, como de diablo potosino. Una máscara para el remoto carnaval andino. Fiesta de indios.

–Aguánteme, don Aquilino, todo lo que pueda. Quédese sentado sin cerrar la boca. Su mujer ha de espantarle las moscas.

La campesina carcajeó y su risa resonó como el canto del gallo por la madrugada. Sacó un pañuelo blanco de entre sus senos llenos y lo batió al aire para desplegarlo con energía. No había moscas. De todas formas, se paró como centinela al lado del viejo boquiabierto. También lo golpeó y desequilibró con su cadera tan sólida como cántaro grande de barro cocido.

–Es mi suegro, doctor. Yo me lo cuido como a mi t’anta wawa. Solo me falta cargarlo en mi espalda por donde voy. Es mi chiquito.

Algunos festejaron la ocurrencia (el joven, el que más, agarrándose el flanco.) El viejo asintió con la boca abiertísima, chorreante de saliva. Él también hubiera querido reírse, pero no podía hacerlo por temor a derramar sus empastes. Se limitó a mirar a todos con nítido aire de víctima.

El kallawaya solicitó silencio levantando las manos. Caminó hacia su alforja en busca de ceniza de carbón, de hojas de coca (limpias y verdecitas de tiernas), de papel menudo multicolor (sustituyendo florecitas) y prendió fuego aromatizando el ambiente. Incienso. Humo sagrado.

Echó a volar el papel sobre las cabezas de todos, ceremoniosamente.

Puso más leña al fogón del rincón y acalló las burbujas múltiples del agua hirviente en la olla de barro echándole otra tutuma grande de agua fría de tinaja. El fuego salpicado cambió de color. Se volvió anaranjado. Rojo. De lenguas amarillas, largas, picudas, que herían incluso la boca tiznada de la olla. Por fin se serenó.

Con calculada morosidad cortó otro manojo de perejil sobre la mesa en tiras delgadas y largas. Un tanto importante de ellas depositó al fondo de un mortero de plata que buscó en su alforja. Las aplastó. Luego, vertió agua caliente murmurando. De inmediato tapó el mortero con un pedazo de tela bordada con encanto femenino.

Cerró los ojos para orar moviendo los labios.

–Vamos a esperar que pase, joven. Esto que me has visto hacer es un mate. Infusión, se dice. Todo el día vas a prepararte para beber. Un trago y otro trago, con calma. Y cuando te descanse el dolor, vas a trepar al cerro y vas a bajar corriendo como el cuis-cuis. Y cuando se recuperen tus piernas, vas a volver a trepar para hacer lo mismo. Un rato de esos te tiene que doler el doble, en el pito mismo, pero después vendrá el alivio que buscas. Me lo vas a agradecer. A ver: andá tomando de a poco.

Lo vio alzar el jarrón y tomar un trago amargo. El joven frunció todo el rostro, la boca, como un nudo de soga. (“No es tan feo, oyes. Te estás exagerando mucho”.) Pero continuó haciéndolo hasta terminar y arrojar al piso apenas una gota. Se limpió la boca con el dorso de la mano. El gesto feo todavía se le quedó paseando un rato por la cara.

El kallawaya aumentó las tiras y volvió a aplastar todo en el mortero. Después llenó el jarrón con agua bullente del rugiente fogón.

–Eres productor de calcio, pues. Tienes arena en tus conductos, y eso es lo que te duele. El perejil la destruye, y la vas a orinar. Y si tuvieras piedra, tus carreras de conejo la van a expulsar. Seguí tomando sorbos. A cada rato. Santo remedio.

–Amén –dijeron los que entendieron.

Se quitó el poncho pesado, lo dobló siguiendo las líneas negras sobre el fondo rojo, y sintió liberados los brazos bajo la camisa de bayeta. Con el gesto de la cara llamó a la joven picada por las vinchucas. (“No todas están enfermas. Sólo algunas transmiten la Chagas”.) La observó intercambiando los alientos por lo cerca que estaban. Ella, sonrojada, traspiró copiosamente de la frente. Él le rastrilló la piel con los ojos. Cada roncha de las mejillas y del cuello (su respiración erizó la carne de la mujer). Del pecho. Y hasta husmeó en el escote cuadrado de la blusa blanca, entre las lomas tibias, abundantes, de piel suave que palpitaron súbitamente desbocadas. Unas olas propias del río Grande que corría por ahí cerca.

-Así ¿todo el cuerpo?

La mujer asintió. El kallawaya se agachó para mirarle los tobillos, las pantorrillas y algo levantó la pollera para seguir la pista de las picaduras en los muslos. A cada una le posó el índice, la presionó. Pero a las del muslo y la nalga las pellizcó de sorpresa. La carne tembló en un todo removido por las sensaciones dulces. No dejó ni una picadura sin apretar entre sus dedos gruesos.

–No son malignas. Las vamos a curar con emplaste de perejil. Lo que he hecho con don Aquilino en sus muelas, lo voy a hacer con tus picaduras. Pero estaría bien que hagas humear tu vivienda para que se vayan las ratas de los cielos.

–Son del templo chico –dijo ella, aún intranquila–. Están llenitas en su techo. Se entran a mi casa cuando nos sopla el viento del cerro. Cada tarde.

El kallawaya la escuchó con atención: –Mala cosa. Hay que bañar la casa con agua de ruda. Las paredes. El mismo colchón. ¿Es de paja?

La mujer asintió.

–También el abrigo. La ropa.

Trituró entre sus dedos un manojo de hojas y retuvo su líquido en las palmas. Lo mezcló con la materia. Le hincó los dedos. Hizo un quesillo con todo y lo expuso por sobre su cabeza como si fuera una hostia, mascullando en idioma secreto. De seguro la curaría. Había buen cielo esa mañana. Ideal para la sanación.

–Se empieza de los tobillos.

Se arrodilló.

Le limpió la piel de cada palmo con su saliva. Se pasaba la lengua en los dedos y los frotaba en la picadura y alrededores. Pellizcaba el quesillo y se lo colaba en el botón rojo. (“No te muevas”.) En las pantorrillas le frotó con saliva en toda el área afiebrada, pero más tiempo, y la empastó con el perejil. También en los muslos, ante la mirada azorada de los pacientes y acompañantes. (Don Aquilino se tragó una amalgama de la impresión.) Y trepó con calma a las siguientes donde ya hervía la sangre como el agua en el fogón.

La mujer manoteó su pollera hacia abajo cuando el hombre avistó el borde de su nalga izquierda reposando vibrante, con piel de gallina, en el grueso muslo.

Él pareció sorprenderse: –Los médicos no somos humanos del todo. Sabemos hacer el bien, es un don. Curamos y nos vamos. Nadie se acuerda de nosotros. Nos hacemos pulga. Niwa, como también se dice.

La mujer lo miró frunciendo el ceño (el médico arrodillado y curioso de su reacción, con la mano lista en el emplasto), y caminando apurada se refugió en el rincón de la pared de barro. Ya tenía los cachetes sonrojados y consideraba, en su susto, que había sido violada su intimidad. El kallawaya esperó por un momento. Después se puso de pie, desairado, y caminó hacia la joven con visible molestia para entregarle la pasta que quedaba. –Ponte en todo el cuerpo, si quieres. Nadie te obliga a estar sana. Tus manos no son mis manos, pero.

El Lazarillo de Tom

Eduardo Kustek Montaño

“Es increíble cómo puede ser la gente más inocente cuando no se la está observando” (Canetti)

La secreta intolerancia que la esposa desde el amor y Ricardo, el unigénito de siempre; guardaban entre sus andrajos cotidianos, también caldearon la espera al sacrificio; alentando en José la fiesta. El que quiere dejar huella no anda por los caminos. Por trajín la modesta hechura de los hombres en la falda de la montaña. Por el ocre en las botas de goma, la chaqueta de rompe diablo, la bolsa de Calcuta como mochila. Por suyos los veinte metros cuadrados de campamento para la intimidad y el reposo. Por el pesado rencor de la tierra; en las galerías sorbiendo el alma por la piel y los huesos. Por conjura las noches de viernes, consigo: alcohol, tabaco, coca y declaraciones de vida y muerte que aseguran las escuchó el Tio. Por los sábados de pago en la casa de la amante. Por la hora crucial de fin de domingo, un bolero o un sollozo. Leal a la severidad del destino, por encima de las instancias mesurables de la institución patronal, que oficializó un accidente de trabajo. Por complicar el recuerdo a todos.

De zaga la certeza de un instante consagrado, perviven memorias empeñadas en salvarlo. Anoticiaron a José, un atardecer de febrero y aguas postreras que en el nivel cuatrocientos treinta, cedido el maderamen quedó atrapado su siempre amigo Senobio Mamani y tres compañeros. Aventuró el exitoso rescate, adelantándose a la singular lentitud que en casos similares practicara la Empresa. Corrigió en la laxa y húmeda tierra, un estrecho orificio soportado con pedregones y astillas de eucalipto. A los patéticos rasgos del encuentro; una pequeña multitud sucediente en la cancha del Socavón Patiño. Inspiraron las palabras de unos y otros, lo poco de lo que la vida se sabe, lo mucho de lo que ella se intuye y no sin retórica la admiración al hombre que con rigor frente a la contraria suerte despojó de horror al destino. Las autoridades concedieron a los protagonistas tres días de licencia con goce de haber. José y Senobio fueron vistos en todas las chicherías de Llallagua. No invocaron ni a la amistad, ni a la valentía; juntos lloraron la obligación de violar las entrañas de la tierra. El lunes de madrugada, aún en uso de licencia, volvió al nivel cuatrocientos treinta. Desechando ambiguas interpretaciones, a palabra del único testigo, muy cerca al lugar donde potenció sus esfuerzos. Se apuró la peña por poseerlo erguido. Lo velaron en el sindicato. Sobre el féretro la tricolor. Acompañó al entierro el terremoto de Sipe Sipe.

El íntimo desconsuelo que sumió a la viuda, fue alterado por el desplante de la falsaria que pretendía compartir el finiquito tal como había compartido en vida cuerpo y salario. Despertó sin tiempo para el dolor, amparada por la legalidad, defendió y retuvo para sí aquel dinero. Con la secreta convicción de una humillación suprema. La lección reciente le demostró con creces que ningún dinero sería para ella fácil. Aquella indemnización multiplicó su rumor bajo una métrica voluntad. Hoy arropada con seda y terciopelo. Sentada sobre un sillón de brazos en el trescientos seis de la calle Linares en Llallagua, dirige y vigila un establecimiento de venta con electrodomésticos y cristalería. Una clientela leal y antiguos amigos saturan sus días.

El Sindicato entendió que el trámite de contratación del huérfano era un acto de solidaridad póstumo. No escatimaron esfuerzos para conseguir tal fin, fue el propio secretario general quien entregara en manos de Ricardo el memorándum con data en las oficinas centrales de la ciudad de La Paz. Hasta los acontecimientos que se sucedieron luego de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, un halo de simpatía cubrió su actividad laboral. Desempeñó con solvencia el oficio de mensajero. Nadie como él mesuró el arte de la fidelidad selectiva. De sus labio se escuchaba lo que se deseaba oír. Se benefició con la confianza de aquel gerente quien agobiado por administrar la lenta agonía de la mina; entregara su atención a la joven belleza de su hija y sus veleidades sobre más de su pasarela. La solicitud de Ricardo hacia la niña reina, como la llamaba, fue premiada con un cachorro de pastor alemán. Al recibir a Tom se hizo también heredero de recomendaciones sobre su cuidado, que en voz de reina sonaron como advertencia. A tal gerente siguieron otros de indiscreta soberbia y vanas proposiciones. Sellábase el fin de la Empresa.

La silenciosa convivencia de madre e hijo no permitió aclarar culpas, ni remontar el pasado. No hizo del alcohol compañía. Tampoco buscó mujer. Arrimó a sus horas muertas el destello sugerente y ansioso de los ojos del perro. Lo adiestró para una honrosa compañía. En la oficina de archivos, cerca a la ventana trabajaba Juan Lacerna a quien el sarcasmo de los más, a circunstancia de su individualidad, lo estigmatizaron como al señor embajador. Chaqueta azul y pantalones plomos, traficó con Ricardo literatura. Propiciaron esta complicidad Flaubert, Gogol y Wilde. Durante consecutivos tres años en la vecina ciudad de Oruro vistió de diablo, en secreto homenaje al padre y su memoria; el ímpetu lo destacó en la danza de los rebeldes. Se alistó en la Marcha por la Vida, recurso final de aquellos hijos de la mina dispuestos a honrar con su cercanía al cementerio la fe en su ancestro. Si el Imperio romano gustaba devolver a sus prisión de guerra con los tendones cortados a la altura de las rodillas, a estos marchista los devolvieron con el alma cortada a la altura de la voluntad. Al retorno a casa le esperaba un fortuito, aunque nunca aclarado por la madre accidente: la ceguera de Tom. Una suma a la afrenta que acentuó su confusión. Fue uno de los primeros, en acogerse a la relocalización.

A principios de noviembre Ricardo, Tom, la dócil petaca con libros y otras pertenencias quedaron instalados en una casa de barriada en Santa Cruz de la Sierra. Impotente la madre, de superar el injusto rencor devolvióle una pequeña fortuna; al menos para su modesta vida. Producto del bien administrado ahorro que entregará mes a mes durante los años de trabajo. La cadena, el collar, el blanco bastón y las gafas fueron comprados a su paso por Cochabamba; donde también agregó una blanca teñidura a sus cabellos. Un mozo de pensión, a solicitud telefónica, dejaba a diario una portavianda de alimentos. El resto del aciago año hombre y perro aprendieron a convivir con el ofensivo calor y se dedicaron a inventar bastón y espejo mediante, un lenguaje que les abriera las puertas nuevamente al mundo. Aplicaron y perfeccionaron un código que transmutó los ojos del ciego al lazarillo y los del lazarillo al ciego. Consumada la armonía a principios de enero se aventura a las calles. La imaginación de Ricardo fue superada muchas veces, por la visión del apócrifo ciego. Pronto retomó el oficio de mensajero confidente, concediéronle las gentes sus deseos, descuidando su intimidad. Avizoró la oquedad de las cosas tomadas por bienes. La alegría con pies cortos del consumismo. Muchos lo tuvieron por amigo. La muerte por vejez de Tom lo encontró ciego, solo y con la necesidad de ver nuevamente con sus ojos. En oposición a los sentimientos de José, siguió por el camino de las gentes sin dejar huella.

Publicado el 28.08.94

La dispersión de los venenos

Jacky Mejía

Es una noche perfecta para el misterio y el horror.

El aire mismo está repleto de monstruos.

Mary Wollstonecraft Shelley

1. La presentación

Bueno, ahora que estamos todos reunidos, creo que podemos empezar. Tenía preparado un discurso para esta noche pero, debido a ciertas dificultades técnicas inesperadas decidí dejar de lado las trivialidades de la cortesía y el protocolo institucionales puesto que, de acuerdo a este memo que sostengo en la mano… perdón, creo que alguien lo sustituyó con una copa de vino semi-vacía sin que me dé cuenta. Denme un segundo, ahora lo arreglo.

Perfecto. Lo siento, tenía sed. Barato pero logra su cometido. Tommaso, creo que debes a nuestro público aquí reunido una muestra de la cava privada que ustedes guardan para sus jefes y no esta reserva de vinagre que siempre sirven en estos eventos que ustedes, en secreto, detestan tanto como yo. Así que, por favor, lléname la copa con la buena merca. A tu esposa no le importará que te retires por un momento. Vamos, mueve ese delicioso traserito ítalomarifrunci con el que hipnotizas a tu asistente, y trae una caja para todos nosotros.

Vaya, no sabía que podía caminar tan velozmente.

¿Dónde estaba? Cierto, el memo. Pues me lo acaban de dar. Hace unos minutos. Justo antes de empezar la presentación del premio y ordenarme que haga de maestra de ceremonias porque el miembro del jurado que debía hablar nos canceló a último momento. O fue obligado a cancelar por la esposa. Y sabiendo que todos ustedes presentes son amantes de la buena lectura, quisiera leérselos, pero no sé dónde lo puse.

Gracias, Tommaso. Puedes volver a tu asiento. ¡Qué eficiencia! No te apresures en volver a tu mesa, déjanos disfrutar la vista. ¿Qué opinan de ese meneo, señores y señoras? ¡Un aplauso!

Como ustedes saben, me pidieron que sea una de las jurados del gran premio de cuento y, en contra de todos mis instintos, tuve que aceptar porque, bueno, es parte de mi trabajo. Léase: me obligaron. Debo admitir, sin embargo, que una parte de mí quería hacerlo. En su momento, no entendía por qué pero, esta noche, luego de haber llegado a ese punto liminal en que ya dejas de medir el vino que tomaste en copas, y comienzas a hacerlo en botellas, llegué a una epifanía: quería hacerlo por masoquismo puro y concreto – no se preocupen, prometo tratarlo con mi analista o, al menos, convertirlo en una entrada de mi diario, donde quedará reducido a una simple anécdota sin revisar ni analizar ya que, si algo me ha enseñado la vida es que la introspección te caga la existencia, tanto o más que tus empleadores. Y creo que la autorreflexión es uno de mis peores defectos. ¡Oh! Qué no daría por ser una de esas hirsutas aspirantes a rubia que subliman sus más caras aspiraciones al estrellato cinematográfico utilizando tintes cancheros – ustedes saben cuáles, esos que vienen en bolsitas de aluminio y apenas te alcanzan para dos mechones laterales que te hacen ver, en el mejor de los casos, como la novia gritona del monstruo de Frankenstein.

Perdón, divago. De vuelta al concurso.

Bueno, no todavía. Primero googleen “Elsa Lanchester” para asentar bien la imagen anterior. ¿Les recuerda a alguien?

¿Estamos listos? Procedamos.

2. In vino…

Como decía, acepté ser jurado un poco a regañadientes, un poco por curiosidad, aunque creo que más preciso sería decir morbo; como cuando se topan con un horrífico accidente de tráfico y deciden reducir la velocidad para ver la dimensión de la tragedia pero manteniendo la apariencia de que no les gratifica el dolor ajeno.

Debido al trabajo que realizo aquí, perdón, realizaba, he visto de todo. He leído de todo. Así que no solo me convertí involuntariamente en una experta en nuestras letras, sino que desarrollé una cierta… la palabra que busco no es afición.

Mi garganta está seca. Tommaso, más vino. No, tú. Sírveme tú. Ya no trabajo para ti, ¿recuerdas? Así que, técnicamente, estoy aquí como una invitada. Ni pienses en mandar a tu María Hirsuta, a hacer tu trabajo de campo. Además, tu asistente salió corriendo como diablo ante la cruz al enterarse de que, en vez de desmoronarme llorando en mi oficina, acepté a ser la maestra de ceremonias. O tal vez salió de urgencia a reabastecerse de agua oxigenada ya que sentía que se le notaban sus raíces morenas, qué sé yo. Tú la conoces mejor que nadie.

Gracias. ¡Ya sé! Estómago. La palabra que busco es estómago. Como dirían los franceses, le mot juste. ¿Ven que un buen vino hace toda la diferencia? ¿Otro brindis? Vamos, saben que lo quieren tanto como yo. Levanten las copas: ¡In vino veritas!

Et in veritas venenum.

3. La hoguera y los gatos

Así que, luego de hacer todos los tediosos trámites burocráticos en una de las oficinitas sucias de la institución que patrocina este evento, ustedes pueden imaginárselos, cuartitos oscuros impregnados de ese olor tan característico a veloz sexo frenético entre secretaria y jefe que deben aprovechar al máximo los tres minutos que roban entre reunión y reunión con los franchutes culifruncidos de nariz respingada que pululan en el directorio… me disculpo, ese último comentario fue totalmente inapropiado. El vino hizo que me expresara indebidamente. Quise decir suizos.

Entonces, luego de firmar el acuerdo aceptando el nombramiento a jurado, ya que, de acuerdo a la convocatoria, solo pueden juzgar “personalidades destacadas de la literatura nacional”, cosa que yo no sabía que era (puesto que lo único que hice durante todos estos años fue sentarme en la biblioteca congelándome la coneja, ya que los jefes máximos no quisieron instalar un sistema de calefacción para no arruinar el patrimonio histórico de la institución), terminé llegando a mi casa no solo con una mochila llena de informes y documentos y correos pendientes que llevé de mi oficina –papeles que, te aclaro, Tommaso, ahora constituyen patrimonio histórico de mi chimenea–.

Tuve que cruzar la ciudad en dos minibuses para llegar a mi urbanización, cargando 87 novelas de un mínimo de 120 páginas cada una (en Times New Roman e interlineado doble, como requiere el formato), todas escritas por aspirantes a novelistas, muchachitos de ojos estrellados que sueñan con lograr, de la noche a la mañana, la inmortalidad literaria e integrarse en el panteón inalcanzable de artistas ilustres de pecho henchido y rancio abolengo, sujetos que se cubren la cara horrorizados cuando se les pregunta si leyeron a algún escritor novel y se persignan rezándole a la Santísima Trinidad de Flannery O’Connor, John Cheever y Charles Bukowsky para que perdonen los pecados del entrevistador y lo exorcicen de tan nefastas influencias. Dicho sea de paso, esta gente también invierte una pequeña fortuna en la curaduría de su Instagram para asegurarse que se encuentre estudiosamente poblada con fotos de dicha conyugal cosméticamente heterosexual, veladas primorosas al aire libre en compañía de sus pares de fama internacional, todos posando con copas de cristal Lalique en las manos y sonrisas de extrema perfección ortodóntica, celebrando con bombos y platillos el lanzamiento reciente de la narrativa más tediosa de la temporada.

Y, claro, fotos de sus gatos. Nunca faltan las legiones de micifuces caminando con la cola en alto y el orto florecido ante la cámara, indiferentes ante los delirios de los humanos cuya presencia apenas toleran bajo su techo. Y todos los felinos están bautizados con nombres que delatan al lector crítico, sutil como un guiño entre ladrones, aquellas influencias que sus dueños tan casualmente, tan persistentemente, tan calculadamente mencionan ad nauseam, desesperados, casi, en todas las entrevistas con pseudoperiodistas culturales de pluma complaciente y sonrisa vacua, notas periodísticas que obtienen reclutando a sus agentes, mamás, hermanas y amantes, meneando nalga a diestra y siniestra a velocidades hipersónicas para mantener la vigencia de su marca personal. Este minino se llama Balzac y este otro es Diderot; aquel es Racine y este es Maupassant; el gordo de la esquina es Flaubert y el que cuelga de la cortina de seda japonesa bordada a mano por una legión de abuelitas ciegas, ese es LaFayette: solo come trocitos rectangulares de salmón canadiense de crianza libre de crueldad. Quijote y Ozymandias, Yago y Calibán, Ishmael y Darcy, todos posando pacientemente ante sus mascotas humanas contorsionadas ante ellos sosteniendo sus celulares de alta gama para sacarles la mejor foto posible. Hashtag MishiFeliz. 🐱

Si es que necesitan alguna evidencia de que yo soy lo más lejano a una personalidad destacada de la literatura nacional, les puedo mostrar una foto de mi perra, Nori: ella come caca y bebe del retrete.

Tommaso, travieso, llamaste a seguridad. ¿Realmente crees que Carlitos podrá bajarme del podio? Recién estoy calentando motores. ¿Dime, Carlitos, sabe alguien de la colección de revistas eróticas de fantasía medieval que guardas en tu escritorio? Eso es, Carlitos, corre de vuelta a tu mamá. Y aprovecha para arrancarte esa espantosa uniceja. Pareciera que estás criando una familia de chinchillas en la frente.

Más vino, por favor, Tommaso, que la noche es joven y abunda la leña.

Tiwanaku: El rapto de Wiracocha

Una invitación a la lectura del primer capítulo de la nueva novela del escritor paceño radicado en Bélgica

Alberto A. Zalles

Huayla Paco, el Kaywari, el gran señor de Wari, contemplaba desde su trono, de las alturas de la colina de Wichayoc, la imponente arquitectura de la ciudad de Monqachayoc.

El florecimiento de la urbe enaltecía su vanidad.

La edificación estaba recién terminada y su construcción apenas había durado el tiempo en el cual transcurrió un tunkamaranaka.

En la titánica y maravillosa tarea arquitectónica participaron todos los pueblos reducidos por la cruel hueste de los waris de la región de Ayacucho, donde se encontraba su capital inexpugnable. No en vano tan inhóspita tierra era conocida como “el rincón de los muertos”.

Los dominados, una vez rendidos, debían tributar al Kaywari veintiocho mitas. Así, en un principio, durante aquellos jornales de servicio, los subyugados tallaron piedras y elevaron montículos de tierra sobre unas largas galerías que, luego, se convirtieron en pasadizos subterráneos destinados a conservar las huacas de la estirpe imperial wari, las sepulturas de los nobles; pero, asimismo, las galerías guardaban las momias de los mitmakunas sacrificados en honor de Wiracocha, de la divinidad radiante portadora de los dos báculos con los cuales gobernaba al universo y a la humanidad. 

Extasiado por su obra y presumido por la potestad que ejercía sobre casi la totalidad de la extensa geografía de los Antis, el Kaywari mantenía la frustración de no haber podido todavía someter a los aymaras y, sobre todo, de tener que permanecer sumiso a la potestad teológica de los amautas de Taypikala, de aquella venerable aldea donde Wiracocha había dejado su efigie como prueba generosa de su paso por los Antis.

La efigie había sido labrada en oro y tenía un esplendor divino, señero, insuperable.

Los amautas aymaras veneraban y conservaban la fastuosa placa con enorme celo.

En el icono, en la efigie, el mirífico Dios de los Antis mostraba conmovedoras lágrimas en las mejillas y estaba acompañado de cuarenta y ocho idolillos que representaban a los amautas precursores de su culto.

El canon dogmático de las creencias decía que, después de haber consagrado a los amautas aymaras como custodios de su efigie, Wiracocha atravesó el territorio continental y, antes de despedirse, advirtió que convertiría en estatuas de piedra a todos los kurakas que no condujesen a sus pueblos en peregrinación a Taypikala, por lo menos una vez durante el transcurso del turno de gobierno que cumpliesen.

Promulgada la sentencia, Wiracocha se internó al lamaracuta dejando tras de sí una espuma blanquecina y la promesa de volver; aunque, subrayando que, si durante su ausencia los hombres no alcanzasen a convivir en armonía, su retorno sería cruel y despiadado.

Así entonces, los amautas aymaras tenían la misión de resguardar la sacra efigie y se convirtieron en los depositarios privilegiados del conocimiento de los designios de Wiracocha, que el resto de los mortales los ignoraban.

La sabiduría y la fidelidad proferida a Wiracocha era la prerrogativa que hacía de los amautas autoridades doctas que sabían unificar y guiar a los hombres de los Antis tan sólo a través de la práctica de hieráticos rituales.

Por aquellos remotos días, los amautas también gobernaban, bajo los preceptos de la religión de Wiracocha, a los seis ayllus aymaras asentados en la cuenca del lago Titikaka: a kollas, lupakas, pakajes, karangas, soras y killakas.

Quizás por eso, hasta entonces, Huayla Paco evitó someter a los aymaras, como ya lo había hecho con los demás pueblos que sojuzgó arriba del Titikaka, en el Chinchasuyo.

Huayla Paco sabía que, si intentaba dominar por la fuerza a los aymaras, Wiracocha lo podía punir.

Tampoco le interesaba contar con la mita de los aymaras.

El Señorío Wari tenía riqueza y boato suficientes.

Los wari eran quienes organizaron las ciudades bajo un sistema de barrios poblados por diestros artesanos que manejaban, como ninguno de los pueblos de los Antis y de la costa, las técnicas de la alfarería y de la cerámica, de los textiles y de la metalurgia.

En Conchopata, cerca del Cuzco, de los talleres de fundición wari salían planchas de oro y de plata; herramientas y aparejos forjados en bronce y estaño.

Los wari desarrollaron el arte de las aleaciones y así lograron obtener duros metales. De esa forma, las huestes wari contaban con mortales hachas y armas blancas que los hacían temibles; también inventaron herramientas para el laboreo agrícola, como los wiscos que utilizaban para roturar sin esfuerzo la tierra.

El país de los wari y el gobierno de Huayla Paco eran prósperos, lograron alimentar y vestir a todos sus habitantes, evitándoles penurias y hambre.

Los wari idearon el riego agrícola e hicieron florecer el desierto costero con un sistema de irrigación que captaba las aguas subterráneas infiltradas en las alturas. Cultivaban el algodón con cuyas fibras, finamente hiladas, tejían sus ropas y también refinados textiles.

Además, gracias al privilegio que les concedió Thunupa, aprendieron a laborar la coca en las terrazas de Wilcabamba; pues, era bien sabido que los demás pueblos de los Antis sólo sabían recolectar la coca silvestre diseminada en las selvas tupidas y cálidas de los yungas.

La abundancia de la coca con la que contaban los wari reforzó su poderío.

Entre los demás pueblos de los Antis, incluidos los aymaras, la coca era tan escasa que sólo la pijchaban los taliris y aysiris, los iniciados; en cambio, los wari, gracias a la prodigalidad de los katus de Wilcabamba, podían distribuir coca a la población entera. La coca componía la ración esencial de la hueste que briosa marchaba arrasando a toda comarca que intentase oponerse a la voluntad civilizatoria del Kaywari, y, claro, a la del señor de Wilcabamba, del Quislacamayoc Jamchi Tarki.

El Quislacamayoc de Wilcabamba regía la parcialidad wari de la frontera tropical y era el hombre de confianza de Huayla Paco.

En la puna, fuera de los confines wari, los únicos mitmakunas que recibían coca para el acullico diario eran los pobladores del enclave de Warisata, cerca del pueblo kolla de Achacachi.

En Warisata los wari tenían cultivos de papa y mantenían la mitmakuna porque aquella pampa era el lugar donde las heladas eran duraderas y permitían, en el mes del marataqaphaxsi,asegurar la producción de chuño.

—Es tiempo de dejar de peregrinar a Taypikala, y que los amautas aymaras sean los únicos con potestad de resguardar la augusta efigie de Wiracocha… y también que sean ellos quienes tengan que transmitirnos los mensajes divinos—. Huayla Paco rompió el silencio de su contemplación.

—¡Qué dices, gran señor! ¿Acaso quieres ir contra el mandato de Wiracocha? —intervino Jamchi Tarki.

—De ninguna manera… He pensado que la efigie de Wiracocha merece un sagrario mucho más esplendoroso que el que tiene en la frígida aldea de Taypikala… Creo que el lugar adecuado para la efigie de Wiracocha está aquí en Monqachayoc. Voy a trasladar la efigie aquí.

—No quiero contradecirte, pero, ¿estarías dispuesto a ir contra la voluntad de Wiracocha? —Jamchi Tarki habló sin convicción.

—Wiracocha estará mejor honrado en Monqachayoc… además, nuestros quislacamayocs se sosegarán, pues ya no tendrán que caminar con su gente hasta Taypikala, y, entonces, el Willca Raymi lo celebraremos mucho más fastuoso aquí en Monqachayoc, en el templo de Kuniraya. ¿Qué dices?

—Temo la ira de Wiracocha —contestó con franqueza Jamchi Tarki.

—¿Y cómo no temiste degollar a tu primo Philipu Tarki?

En efecto, Jamchi Tarki no había dudado cometer el asesinato de quien, según los oráculos, debió ser el auténtico señor de Wilcabamba. Al cometer el asesinato, Jamchi Tarki se erigió como el señor de aquella parcialidad wari. Claro, bajo la complacencia de Huayla Paco que, a través de la solapada acción, llegó a monopolizar el poder dentro el Señorío Wari.

Jamchi Tarki era un fantoche que había traicionado a la parcialidad urinsaya asentada en Wilcabamba y fortalecido la supremacía de la aristocracia anansaya establecida en la capital, en Monqachayoc. La lealtad que rendía a Huayla Paco era incondicional y servil.

Huayla Paco, por su parte, lo manipulaba a su antojo y en consecuencia iba otra vez a utilizarlo para cumplir con sus elucubraciones de grandeza, con la ambición de llegar un día a afirmarse como autoridad única en todos los Antis. Para lograrlo, según su inobjetable codicia, estaba dispuesto a enajenar a los amautas de Taypikala la efigie de Wiracocha.

—¡Tenemos que apropiarnos de la efigie! Nuestra hueste asaltará Taypikala, y, para enviarla bien aprovisionada, quiero que me traigas cuarenta chipas de coca.

—Entonces, ya lo tienes decidido, apreciado Kaywari.

—¡Sí! Hay que aprovechar que los kollas y los demás aymaras comienzan la cosecha de papa.

—¿Quieres enseguida las cuarenta chipas?

—¡Desde luego!

—Juntarlas me llevará unos quince días.

—¡Tienes que reunirlas más pronto… Tómate diez días, ese lapso es por demás suficiente. Además, quiero unos trecientos wilcabambeños.

—Por los hombres, no hay problema; pero en cuanto a la coca, haré todo lo posible para reunir la cantidad en el plazo que me pides.

—No me vengas con vacilaciones… tienes que acatar lo que mando… ya te dije que tienes diez días.

Hola, mi amor

Una invitación a la lectura de la nueva novela protagonizada por el investigador Santiago Blanco que el escritor tarijeño, afincado en Cochabamba, acaba de publicar.

Gonzalo Lema

No habían terminado de cagarme las gallinas cuando la muy buena y comprensiva de Gladis me despertó arrojándome agua de sapos de un viejo balde recubierto de óxido abandonado en el canchón. Se le había hecho una sana costumbre en los últimos tiempos.

Una deslumbrante mañana llena de optimismo veraniego despuntaba en el paraíso chaqueño llamado Villamontes. El sol candente anunciaba que ardería absolutamente todo en la faz de la tierra, primero a fuego lento pero luego a llama alta, principalmente al mediodía, justo cuando me tocara freír los sábalos en la parrilla de la acera para nuestro restaurante de clientela tan diversa: matacos, chiriguanos, weenhayeks, chapacos y tobas extraviados. Si despachábamos un buen olor, nos llegaba algún arrogante descendiente de los fundadores del pueblo. Si catequizaban por ahí a la hora indicada, los simpatiquísimos suecos de la Pentecostal, atontados como moscas verdes por el calor sofocante.

Las mariposas amarillas revoloteaban alrededor de la humedad. Las mariposas blancas llegarían con su habitual retraso.

—Han matado a tu cuñado, cholero, y dicen que tú eres el sospechoso principal. Vas a tener que ponerte a investigar si todavía te queda seso.

No atendí sus palabras porque nunca lo hacía mientras me duraba la resaca, pero pronto me senté en el piso firme de la corteza terrestre y sacudí la cabeza como los perros. A tiempo de levantarme alcé el machete y con cierto alivio me persigné y le estampé un beso en el estupendo mango de quebracho. Antes de caminar a la vivienda me miré los brazos: cicatrices viejas, nada más. De peleas viejas. Ni una nueva. Tampoco observé sangre en la hoja acerada y menos materia alguna en la punta ligeramente mellada.

Estábamos a salvo de toda sospecha.

Me despedí de los canarios del Chaco con reverencia sincera.

Ingresé a la oscura vivienda y curiosamente no escuché el llanto de Tiago. Tampoco me di de bruces con la cabeza curiosa de Soraya, su difícil madre. Transité el pasillo desde la puerta posterior cruzando algunas mesas y sillas, me detuve firme ante la gruesa manguera colgante del tanque de un viejísimo inodoro de pie empotrado en la pared de piedra y jalé la cadena. Vacié una botella y media de cerveza amarga directo a mi barriga. Sacudí nuevamente la cabeza por apenas un momento y crucé bajo el rollo grueso de la puerta metálica y cerca de la parrilla todavía arrinconada, a observar la realidad refulgente y electrificada de la acera y la calzada.

El mundo comenzaba a hervir anunciando el fin de los tiempos.

Manchas gruesas de grasa de sábalo y algún ocasional dorado. Sarna nutrida de cemento debido a las patas de la parrilla. Colillas aplastadas de cigarro. Saldos secos de yuca. Regueros secos de gaseosas y de cerveza. Un brote de hierba tozuda entre las baldosas por ahí. Una columna de hormigas débiles. Un macizo par de lustrados botines negros y cabezones de la punta. Unos pantalones con caída y planchados con raya. Un ancho cinturón negro circunvalando un mundo casi redondo con una hebilla plateada conteniendo apenas un brioso potro de crines doradas. Una camisa del mismo color cola de cebolla del pantalón oscurecida desde las axilas a las costillas flotantes. Un simpático rostro mestizo, redondo como un sol moreno, de bigote sucio de comida, y un par de ojos negrísimos y grandes muy propio de los cuchis del monte mismo. Una gorra de capitán de la policía boliviana coronando la testa sumamente burbujeante entre los cabellos parados.

Una sonrisa de paz y amor. Le faltaba un faso de marihuana.

Saturado por tanta belleza no tuve ánimo para mirar el color del cielo ni los rayos del sol.

—Carlitos Aguilar –lo saludé contento.

Gladis había comenzado a barrer la acera desde el meticuloso límite con los vecinos viejos, guiándose por el cambio alarmante de colores de las fachadas, muy cuidadosa de no asentar ni un pelo de su fatigada escoba en la baldosa ajena.

—Estamos en líos, Blanquito. Han degollado a uno de los Leches.

—Van dos –dije.

—Ya se lo he dicho en el canchón y no ha querido escucharme –opinó Gladis.

—Pero éste estaba farreando contigo anoche en el putero, dicen.

—En otra mesa.

—¡Una vergüenza! ¡Y a tu edad! ¡Si ni siquiera te alcanza tu hombría para el gasto de la casa! –denunció Gladis.

El capitán contuvo la risa, pero no el temblor de su barriga.

—El gran fiscal Delfín Moreno quiere comparar tu ridícula condición humana con el maravilloso reino vegetal en el lugar de los hechos.

Suspiré profundamente. Gladis había logrado diferenciar nítidamente nuestra parte de la acera de la parte de los vecinos. Claro que los vecinos ni siquiera tenían un metro porque estaban en pleno ochave de la esquina, y su puerta principal, e inclusive sus dos ventanas con reja, daban a la calle con nombre de un héroe importante de la guerra del 32: Capitán Víctor Ustariz. En esos pocos centímetros se quedó la tierra arrastrada por el viento de la tarde anterior. La de nuestra acera iba a depositarla en una bolsa de tocuyo, como cada día. No le importaba que se lo criticáramos en familia. Apenas se alzaba de hombros y fruncía la nariz.

—Guardas mi machete –ordené–. Cargas el tanque y le cuelgas la barra de hielo como te he enseñado. Ya vuelvo.

Comencé a caminar junto a la autoridad policial.

—Machito. Gordo hediondo.

Una bandada de loros chocleros y charlatanes se anunció bullicioso y amenazante en el horizonte de matorrales espinosos y trenzados, y algunos pocos tucanes optaron por las de Villadiego. De inmediato se posaron en el follaje tupido y vibrante de los gigantes churquis que nos proveían sombra y siguieron su conversa apasionada sobre el parlamento condicionándonos a alzar toda la voz posible para escucharnos.

Dorado por un sol bíblico de los primeros tiempos y aprisionado, se diría amorosamente, por la vigorosa enredadera crecida en horas gracias al poderosísimo rocío (de fino tallo verde lechuga y flores violetas con boca grande y hambrienta de nítido paladar rojo), el cadáver cuasi descabezado de Omar Ferrarino parecía retornando del urinario a la mesa de la víspera, un poco tambaleante por el mucho trago.

Hacía menos de cinco horas que parloteaba casi a mi lado.

Si bien tenía el cuerpo trenzado por la planta, y la planta se aferraba al tronco de un árbol añoso y recubierto de musgo, la pierna adelantada nos mostraba su intento de salir corriendo de aquella mortal situación. También las manos desesperadas con los diez dedos abiertos y tensos. Pero la cabeza ladeada sobre el hombro derecho, debido al profundo tajo de machete en la base del cuello, sugería resignación y cansancio. Sueño profundo. La falta de zapato y calcetín en el pie izquierdo develaba resistencia tenaz y larga a los aprestos asesinos.

Bueno, se podía practicar otras lecturas del cuadro.

Los ojos menudos y del color de las hormigas del fiscal barrieron con meticulosidad toda el área y se distrajeron con las mariposas amarillas que aleteaban excitadas en el orificio sanguinolento del cuello de Ferrarino.

—Las mariposas blancas se arremolinan ante una gota de agua –dijo–. Las amarillas van por la sangre. Usted es colla. ¿Sabía eso? Puede leerlo en cualquier tratado sobre la guerra del Chaco. La sed era desesperante. Todos peleaban por el agua. Pero la orina también servía. Y la sangre. Me refiero a hombres y animales.

Me asombré moviendo la cabeza un milímetro.

El fiscal se sonrió un tanto arrogante. Caminó dos pasos lentos hacia el cadáver y se puso de cuclillas. Pareció estudiar el pie desnudo. Recorrió el largo de la pierna y del cuerpo. Se detuvo en las manos con el propósito y esperanza de hallar algo. Cualquier insignificancia. Sacudió la cabeza y se puso de pie con cierta dificultad. Atisbó el tajo del cuello, espantando a las sedientas mariposas, como quien se asoma a un precipicio profundo.

—Propio de un toba enojado –dijo–. O de un mataco borracho. Claro que cualquiera lo haría a cambio de algo de oro. Dígame: ¿usted no estuvo compartiendo con él anoche?

—En otra mesa.

El capitán Carlos Aguilar dio un pequeño giro de perro en el lugar un tanto incómodo, y su cuerpo me pareció un planeta en rotación. También mordió un yuyo.

El fiscal husmeó en el piso de tierra roja de alrededor. Caminó con la espalda doblada y flexionando las rodillas. Parecía un baile de lequeleques del altiplano. Se irguió un poco, después, cuando las espinas desmesuradas de una caraguata le salieron sorpresivamente al encuentro.

Chorreaba de sudor a mares.

—La gente me dice que Ferrarino no lo quería en su familia –dijo.

Más de un diente pareció pelarse de labios con su sonrisa a medias–.

Supongo que no estaba ninguna señorita en cuestión.

—Supone bien. Estábamos en el prostíbulo. Borrachos y putas.

—Pero también supongo que primero se miraron como media botella de ron con el occiso y luego ya riñeron. ¿Se amenazaron de muerte?

Me miró fijamente. Parado a lado de Ferrarino parecía un pescador exitoso mostrando su dorado. La tapa lustrosa de Caza y Pesca.

—Nos amenazamos –reconocí.

—Pero ni siquiera llegaron a las manos –dijo él y me pareció que daba por terminado ese primer capítulo. Giró el cuerpo y observó el cadáver con curiosidad de biólogo–. Es sorprendente: ha comenzado a crecerle un alga y musgo en el cuello. El reino vegetal es superior al reino animal. Continuará aquí cuando nosotros ya no estemos más. El capitán Aguilar pareció desconcertarse. Escupió apurado el yuyo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Su camisa íntegramente, y parte del pantalón, habían mudado de color: del reglamentario verde propio de la cola de cebolla al verde petróleo. Sucio. Seguramente tenía los calzones y los calcetines listos para exprimirse a dos manos. Dos gruesos hilos turbios de traspiración espesa bajaban veloces desde sus patillas hasta el primer anillo de su abdomen.

Lucero en el mercado

Fragmento inédito de un libro que su autora llama “de etnología ficción o  etnología novelada” y que son crónicas de la violencia cotidiana en Oruro. Si bien lo narrado se basa en el trabajo de campo que la autora realizó entre 1982 y 2010, la cualidad ficcional del relato hace que toda posible evocación de hechos o personas reales sea mera coincidencia.

Liliana Lewinski

10 de noviembre 1986, medianoche

Lucero abrió los ojos, casi gritando, cuando la puñalada le atravesó el pulmón. Miró y vio un turril de lechugas y vio la Virgen paseando por los pasillos de su sección.

¡El cuchillo, hijo! hijito… wawita de mi corazón…¡ay!… el cuchillo… duele… no te vayas… no me dejes… hijo…

Y la noche la acunó, definitivamente.

Años más tarde Tonio, ya convertido en don Antonio, seguiría buscando en sus recuerdos ese cuchillo. ¿Dónde estaba cuando entró en el cuarto y vería a su madre, en la cama, cubierta de sangre? Cómo verlo si él sólo veía la mamita mamitay que ya no contestaba y su prima que gritaba y lloraba y él que lloraba y gritaba papá, papá y mamá, mamá y nadie contestaba y él que seguía escuchando alaridos en su cabeza que no sabía de dónde venían, que no, que no venían de afuera, alaridos que gritaban y llenaban su cabeza desde hacía horas y que habían aumentado en las últimas horas, cuando trataba de comer con su abuela y no podía, no podía porque algo ardía en su cabeza y para apagar el fuego buscó a su padre y sólo encontró a su madre ensangrentada…

Horas más tarde, cuando el policía le preguntara y su tía le hiciera señas por detrás del uniformado, horas más tarde ya no sabía cómo habían pasado los minutos entre la imagen de la madre ensangrentada y la voz del padre que le pide dinero. ¡Dinero! a él que nunca tenía más que algunas monedas en sus bolsillos. Dinero cuando mamá está ensangrentada. ¿Dónde estaba el cuchillo? ¿Dónde estaba papá? ¿Dónde estaban los tíos? ¿Dónde estaban las tías? ¿Qué había pasado? ¿Por qué descendió corriendo las escaleras y corriendo atravesó el patio gritando papá, papá y gritando abrió la puerta de calle y gritando y corriendo en la oscuridad fue detrás de su padre que corría hacia la esquina?

El adolescente casi tropezó con su padre cuando éste titubeó escuchando la voz de su hijo.

-Papá… ¿qué has hecho?… mamá…

-¿Has visto?… ahora sabrá quién soy… dejará de burlarse… dejarán todos de burlarse de mí…

-Papá…

-Me voy… no vuelvo… dame platita waway que me voy… no nos veremos más… qué pena waway…

Y le dijo dónde iría y Tonio lo repetiría a sus tíos y a sus tías y a su abuela, cuando ya estaban en la casa de regreso del hospital cuando les habían dicho que mamá había muerto. Y los parientes repitieron y repitieron dirás que lo habrás visto pero no dirás dónde está, dónde fue. No sabrás nada. Diremos que él fue, mostraremos el cuchillo que está allí sobre el tejado. El cuchillo. Años más tarde ni sabría si era cierto que el padre le dijo dónde iría.

Entretanto, los gritos de la sobrina de Lucero habían alertado a toda la familia. Salían de la cocina o de sus piezas. Corrían por el patio y subían la escalera. Entraban en la habitación y la miraban. Estaba lívida. Los parientes no comprendían. Respiraba mal. Se escuchaba un ronquido.

-Levantémosla para que respire mejor.

Entre dos, entre tres, la levantan, tratan de ponerla de pie. La mixtura se desprende de sus cabellos negros. Las manos se mojan de sangre. ¡En la espalda! En la espalda hay sangre y por todos lados hay sangre. Luego dirían que un mango de cuchillo sobresalía de la espalda y que unas manos, ¿cuáles? ¿Quién sabrá? lo arrancarían.

-¡Al hospital! ¡Se muere!

Entre todos la bajan con dificultad, con torpeza, con terror, extendida sobre una cama. Hermanos, cuñadas, sobrinos ayudan. La bajan por la estrecha escalera, atraviesan el patio, salen a la calle. La madre de todos los hermanos vuelve a entrar en la cocina para buscar su monedero.  Alguien ya había corrido a buscar un taxi. El pobre automóvil llega. El conductor mira con pena la mujer ensangrentada. Piensa en su tapizado. La acomodan en el asiento de atrás. Calman al conductor prometiéndole limpiar más tarde el taxi.

– ¡Al hospital!

Unos minutos de carrera por las calles, entre los montones de basura, los perros que comen, los borrachos que cantan, las familias que vuelven de los festejos.

-¡Al hospital!

Llegan a las urgencias. Los hermanos gritan, gritan. Los camilleros vienen a buscar a la mujer sin fuerzas. Sin vida.

ay wawitas ya me fui…que es dolor vivir.

Lucero, mujer casada, amó a otro y la mataron. Lucero amó y la amaron. Algunos, mal la amaron. Algunos amaban lo que no cambia. Ella amaba la libertad de elegir.

11 de noviembre 1986, 9 de la mañana

Mañana soleada. El viento baja del Pie de Gallo, pasa la Plaza Cívica, la del Carnaval, agita las hojas de los árboles de la plaza de la Prefectura. ¡Árboles en el Altiplano! Pobres criaturas que resisten calores que hieren sus hojas y escarchas veraniegas que los queman en los amaneceres. El viento mira las tejas rojas cada vez más escasas perdidas entre los techos de calamina. El viento se acerca a las vías del tren que alguna vez fue a La Paz. Allí su ínfula aumenta y comienza a barrer los papeles picados que cubren las calles en derredor del Mercado Campero, sigue, sigue barriendo y llega, un poco perdido y sorprendido hasta un Mercado Bolívar que no reconoce.

-¿Dónde estás, mercado chato? 

-¿Con tu piso de cemento, los puestos de madera alineados formando una tela de araña, los toldos blancos protegiendo las mercaderías expuestas y vendedoras sentadas en su banquillo trono mirando pasar los compradores desde la altura imponente de sus tablados altos, de unos 40 centímetros?

-¿Dónde están las casillas azules que rodean tus murallas, Mercado Bolívar?

-¿Dónde están los canastos altos y delgados de las vendedoras de frutas que se escapan de tus murallas y venden de pie sobre el asfalto?

-¿Qué hace esa estructura hormigonera y gris de dos pisos con ojos múltiples y sin expresión que dejan ver un cerebro monstruoso y vacío?

-¿Dónde está tu bullicio, Mercado?

¿Dónde estás Mercado Bolívar? Ah, allí estás, desparramado por las calles. Mientras esperas, un día, volver a reunir a las comerciantes. El viento sigue su camino. Los puestos están todavía cubiertos por los lienzos habituales que los protegen durante la noche. Son ya las 10 de la mañana. Los puestos de las vendedoras que se levantaron temprano, a pesar de la larga fiesta del día anterior, muestran flores marchitas y serpentinas que se aburren y que caen, lentamente, sobre el adoquinado de la calle. Algo parece quedar de la alegría que ayer, Día de los Mercados, había invadido el lugar, en esa última década del siglo XX.

En la sección verduras, las comerciantes se agrupan, serias, atentas, escuchan un relato, bajan la mirada, suspiran y se agrupan todavía más para poder hablar más bajo.

      -¡Qué desgracia…!

      -Los hijitos…

      -Pobre hombre…

      -Pan de Dios es…

      -Qué vergüenza…

      -Su madre nos decía…

      -La papera, su vecina, decía que no se recogía…

      -Mártir será…

      -Su madre de ella nos decía “mucho me hace sufrir, la muchacha como soltera vive, se va a beber con otras mujeres, se recoge tarde o no se recoge, ni la comida cocina para su esposo…”

      -Le había dicho a la papera que su marido debía reñirla porque era mal ejemplo para todas…

      -Si el marido se ha ido, ¿quién pagará el entierro?

Los lamentos de las mujeres estallan en andanadas. Se escucha un lamento nunca escuchado antes en el mercado. Sus gritos y sollozos recuerdan una melodía trágica, plena de horror contenido. Las vendedoras se cobijan en sus mantas. Los cuerpos parecen empequeñecidos, como buscando entrar en ellos mismos. Los rostros, que se esconden, están tendidos. Los gestos son mínimos y el horror es grande.

Luego, cada una regresa a su lugar para comenzar el día de trabajo. Algunas barren las maderas de su espacio buscando olvidar lo escuchado. Otras, quedan casi paralizadas mirando sus cajones, sus bolsas, la balanza. ¡Tanto trabajo para llegar a unas cuchilladas!

“Se presume que las razones de este grave caso habrían sido pasionales y el exceso de consumo de bebidas alcohólicas” dirán los periodistas ¿Para qué buscar más lejos?

10 de noviembre 1986, 6 de la mañana

Las 6… Salí de la cama cobarde… Salí Lucero… Salí… ¡Haragana! ¡Vamos… Vamos!

¡Ay! Qué cosas me digo para sacarme de la cama. ¡Vamos! Hay que ir a la Vakovic. Los camiones estarán llegando, las amigas también y las enemigas más. Esas que andan hablando con mi mamá. Esas que de mí hablan basuras. ¡Qué saben esas! ¡Que se ocupen de su trasero! Que se ocupen de sus negocios.

Salí de la cama y no lo mires. Asco me da… Odio me da… Qué gordo está y qué malo. Harto me pega. Y cuando duro está me dice ¿Qué me miras katera de mierda?  Que tanta plata ganas y que me desprecias… Pero yo soy corajudo y de la casa no te irás. No podrás irte. ¡Soy tu marido y conmigo te quedarás!

Vamos a trabajar, hay que ganar. Con dinerito podré irme. Con dinerito pagaré al doctorcito y me divorciaré.  Me llevaré a las wawas. Mamá se enojará. ¡Ni modo! Todavía se enojará. Siempre se ha enojado conmigo. Una vez más se enojará.

¡Vamos a trabajar! Hay que ganar.

Ah, hoy por fin seré pasante. Tanto rezar a la Virgencita y ¡por fin llegó mi día! Hoy por fin tocarán la sonorización por mí y vendrán a darme el presterío y todos me felicitarán.

 Olvidaré a ese gordo y pensaré en la Virgencita y le pediré, le rogaré y ella me escuchará y me iré. Al año, cuando sea la pasante de su fiesta ya estaré con Julián Solano y las wawas en la nueva casa. La Virgencita nos bendecirá y ayudará.

¡Esa barriga! Qué gordo se ha vuelto. Joven era gordito, pero ahora… ¡Qué gordo! ¡Qué borracho!

Me voy antes que se despierte. Me voy para siempre. Me divorciaré y me casaré con Julián. Ese gordo no me puede obligar a quedarme. Me iré con las wawas, comprenderán ellos. Cansada estoy de los gritos y los puñetazos y las borracheras de ese gordo. Ni moderno es, se viste siempre como cholo. Se enoja porque visto pantalones y no vestido. Ni moderno es. Ni gana lo suficiente para que las wawas vayan a estudiar. Pero hay mi comercio y mis caseras.

¡Vamos a la Vakovic!

Se viste apresurada. Vestido azul y manta gris. Medias y los zapatos bajos. Toda la ropa fue comprada la semana pasada. Fue la fiesta antes de la fiesta. Olvidándose por una hora de su mercadería, que dejó tapadita con una bolsa de harina, se fue a pasear por los angostos pasillos del Mercado Fermín López. Se dejó tentar por un hermoso vestido, por el más lindo mandil y un bombín… Qué lindo bombín que haría brillar los ojos de Julián. Linda mujercita de mi amor, le dirá. Alisa el cabello con agua y un golpe de peine. Revisa su monedero, necesita suficiente dinero porque tendrá que comprar chicha para homenajear a los pasantes de la Virgencita y para agradecer a la compañera que le pasará el presterío y para agasajar a todas las otras compañeras, amigos y parientes que vendrán a felicitarla. Una…dos o tres latas de chicha.

Se asoma en la habitación contigua donde duermen sus tres hijos. El mayor, Tonio, ya comienza a revolverse como si fuera a despertarse.

Qué grande está. Ya tiene sus 18. Pronto irá a trabajar y al cuartel y vendrá con enamorada y al año seré abuela. A los 35 seré abuela. Julián estará contento de ser abuelo. Él ya quiere a mis hijos como quiere a los suyos. Lindo será.

Cierra suavemente la puerta de sus hijos y sale a la calle. No tiene tiempo de tomar un matecito. Camina a lo largo de la calle, dobla hacia el mercado y sigue hacia la riel buscando la zona de estacionamiento de los mayoristas de tomates y verduras varias.

Nunca le perdonaré a mi mamá el escándalo de la foto. Qué escándalo y qué vergüenza.

Cansada volvía del mercado, pensaba que tenía que lavar la ropa del marido y de las wawas, que tenía que cocinar y mirar los deberes de la wawa y preparar la ropa para la escuela de mañana y arrinconar toda la casa. Tan cansada estaba. ¿Luz en el cuarto de Mami? ¿Qué será? me pregunté. Mami me llama. En el cuarto hay cuatro personas. ¡Ay, Julián! ¿Estás aquí? ¿Qué haces aquí? ¿En mi casa? ¿Qué son ellos? «Esos son los padres de la señora» dice mi mami. Y me dice que la señora encontró mi foto en la ropa de su marido. ¡El muy tonto! ¡El pobre! Y todavía todos me dicen regaños, súplicas, consejos, me recuerdan las palabras del padre en la iglesia durante el casamiento, que el casamiento es sagrado, que no se debe mirar a otro hombre, que no se destruye una familia, que me iré al infierno, que piense en mis wawas y en mi marido que es un santo. «Yo me quiero morir de vergüenza, digo, no sé de qué me dicen. No hice nada». Los regaños continúan y yo digo siempre no. Si supieran cómo pienso en mis wawas.

Cansados y enfadados, me piden que piense. Mi mami nos pide darnos el abrazo cristiano de perdón. Nos abrazamos y se van. Me voy a mi cuarto. Mi marido entra borracho, furioso. «¡Haz negado!» y me da de puñetazos. La wawa mayor le pide «no papa, no le pegues». El sigue pegándome, se calma solo cuando se duerme, borracho.

Lucero era la más joven de la casa. Había dos hermanos y dos mujeres y el entenado, el hijo que Mamá había tenido antes de casarse con Papá. El entenado venía poco a la casa, venía para las grandes celebraciones, pero visitaba a la Madre en su puesto en la calle, esperando que el nuevo Bolívar sea construido.

Los hermanos se habían casado e instalado en La Paz. Aun la hermana mayor se casó y se marchó a Santa Cruz. Todos fueron a buscar mejor vida y mejor destino lejos de Oruro. ¿O lejos de la madre autoritaria?

Lucero se quedó en Oruro. Difícil de ser la última, la menor. La que ha tenido que quedarse en la casa para ayudar a la madre en la venta en el mercado y a hacer todo en la casa, arrinconar, lavar la ropa y cocinar. Pero ella tenía otros deseos, otros planes, No quería ser comerciante. Quería ser enfermera o secretaria. No quería ir siempre a sentarse en el mercado. No sabía bien lo que quería hacer, pero seguro que no quería ser comerciante. Era duro, era duro y quería ser como las señoras de Arriba. Las que vivían hacia la falda del cerro, donde había lindas casas y no en el Arenal, donde había polvo y casas feas. Quería calzar tacos, vestir lindas faldas y no vestido como las cholas modernas, ni polleras como las cholas antiguas. Quería tener las manos limpias, sin grietas, con las uñas limpias. Quería tener el pelo siempre limpio y no lleno del polvo de la calle y del mercado. No sabía lo que quería hacer, pero, era seguro, no quería ser comerciante. Por el momento quería bailar y salir con las amigas del colegio.

Mientras esperaba que llegara el día de jurar como bachiller iba a los bailes de los sábados por la noche. Allí conoció varios jóvenes y encontró varios hombres. Uno de ellos, insistiéndole y haciéndola beber le robó el entendimiento y lo siguió, una noche, cuando los músicos se fueron. No pensó más en él durante algún tiempo. Los cursos continuaban. Una mala mañana, contando los días y las semanas comprendió que sus reglas se habían retirado. ¡Estaba embarazada! A los 15 años había sido engrosada. ¿Qué hacer? ¡Ni modo! había que hablar con su Mamá. Y su Mamá dijo “Harás como todas nosotras o crías sola a la wawa y vas a sentarte al mercado o te casas y ayudas a tu marido vendiendo en el mercado”. Ni pensar en seguir estudiando. Ni pensar en ser enfermera o secretaria.


*Liliana Lewinski es antropóloga e historiadora franco argentina. Reside en Francia.