Yo, la novela de Gonzalo Lema

Carlos Decker-Molina

W. Somerset Maugham, escritor muy leído en los años 30, uno de los padres del cuento corto y la novela de espionaje, dijo. “Existen tres reglas para escribir una novela. Por desgracia, nadie sabe cuáles son”.

Después de haber leído la novela Yo de Gonzalo Lema, tengo la seguridad de que él sabe cuáles son esas tres reglas.

Alguien me dijo en un curso de escritura creativa que cada escritor tiene sus reglas, pero hay una que arropa a los mejores: “Nunca se dan por satisfechos”.

Y … Gonzalo a propósito de Yo, me comunicó: “No fue fácil escribirla porque yo mismo me sentí profundamente interpelado”. Además, le dijo a un periodista que la tenía guardada mucho tiempo, seguramente para que madure como los buenos vinos de Tarija, su tierra natal.

La novela

Comienza en Mizque, una provincia de Cochabamba. Aparece uno de los personajes importantes Modesto Poma, el kallawaya, curandero de Charazani que recorre el país “sanando” a la gente que sufre de males.

Es la Bolivia feudal con la bella finquera Elvira Prudencio como personaje de fondo. Matriarca a pesar de su juventud, muere temprano, pero deja a Beatriz su hija con Luis Claros, un casanova pueblerino que desaparece en el Guerra del Chaco. Nunca se casaron.

Beatriz se cría en casa del tío Ernesto, los Orozco, parientes de los Prudencio, vive en Cochabamba muy cerca de la Plaza Cobija. Son las tres locaciones de la novela: Mizque, Charazani y la Plaza Cobija de Cochabamba.

Personajes

Los personajes son la continuación de la matriarca Elvira Prudencio que pierde a su hombre en la guerra del Chaco y reniega de la reforma agraria porque los “indios son unos flojos” y muere sentada en una carreta tirada por animales.

Aparecen otros personajes que sin ser principales asumen el reto de sostener el entramado de la novela hasta el final.

Beatriz, hija de Elvira, se casa con el policía tarijeño Víctor Jaramillo, le da dos hijos, Carolina y el Cabezón. Carolina prácticamente huye del entorno familiar y se va al exterior con su marido, en tanto, el Cabezón asume el reto del ser el protagonista hasta el final de la novela. Probablemente la voz más interesante y nítida a pesar de carecer de nombre propio. Uno de los yoes de la novela y el personaje mejor trabajado de este bello imaginario de la literatura de Lema. 

Sin embargo, hay otro, que siendo personaje secundario se apropia del rol principal por ser la integradora de dos mundos, el mágico indígena y el otro, que no termina de germinar, es María la hija del tío Ernesto, hermanada con su prima Beatriz. María se va con el curandero kallawaya Modesto Poma a Charazani, vuelve como Ulises a su Ítaca de la Plaza Cobija, pero al experimentar un gran vacío existencial retorna a Charazani, hasta que un hecho colectivo sustituye malamente el Yo de María que la obliga a dejar el pueblo de los kallawuaya y termina en un monasterio, otra pluralidad.

Voces y estructura

La novela tiene un narrador omnisciente, pero, aparece el yo en los paréntesis, explica o enlaza escenas y hechos concretos. Esa una de las partes novedosas de la estructura de la novela, que tiene otro acierto, evita la superposición de planos o, mejor, los sustituye con precisión usando un “puente” que explica una historia diferente a la contada antes, pero que se desarrolla al mismo tiempo. Al evitar los flaschbak la obra adquiere un formato longitudinal fácil de leer.

Diálogos

Todos los que escribimos sufrimos cuando hay que imaginar diálogos, no siempre se lo puede dominar. Los de yo de Lema diferencian bien la pertenencia de grupo. Unos son los diálogos en la chichería mizqueña de doña Valica y otros los de los bares cochabambinos que frecuenta el Cabezón y más pulidos los que salen de las bocas de sus personajes citadinos, sobre todo el del marxista que pretende a Beatriz, madre del Cabezón.

El lector

Una de las razones para escribir es la seducción. Y para seducir al lector hay que ser honesto, es decir la historia no debe considerar al lector como a un tonto, lo debe seducir con una historia creíble donde los personajes cobran vida y enamoran al lector hasta poblar sus sueños.

La novela de Gonzalo es desde ese punto de vista impecable, por seductora. Las novelas que son una fantasía, una mentira hecha verdad, fáciles de creer, cobran vida y se vuelven realidades en la cabeza del lector.

Ahora bien, cada lector lee su propia novela. En mi caso, encuentro un parecido, sobre todo en los personajes con la novela Jakobsböckerna (Los libros de Jakobo) de la Nobel polaca Olga Tokarczuk donde aparece Jakobo, un personaje como el kullawaya Poma y/o el Cabezón. Un salvador, un sabio o quizá un hereje o un impostor.

La historia

No quiero referirme a la historia narrada por Gonzalo sino a la historia de Bolivia porque es por esas calles que transitan los personajes de Yo.

Comienza con la abulia de Mizque, sobre todo esa falta de voluntad de la patrona de aquella Bolivia feudal, que pierde a su hombre en la guerra del Chaco, así como pierde sus propiedades con la revolución del 52.

La novela transcurre también por las épocas del barrientismo, la guerrilla que bien pudo ubicarla en Teoponte, pero el escritor la sitúa en la sierra peruana donde alguna vez campeó Sendero Luminoso. Y, la presencia del Cabezón que no sabe por qué está allí.

Los personajes pueblan luego el neoliberalismo que plantea la capitalización y el emprendimiento empresarial como panacea de la democracia, época en que se confunden los términos democracia y capitalismo. Todavía hoy sin separación posible.

Gonzalo Lema es un escritor que nunca olvida la sociología del escenario donde actúan sus personajes. Siempre fuimos familia, es la metáfora de Cochabamba como Hola mi amor es la novela de Villamontes. Yo, es la novela de las dos Bolivias. La del kallawaya y la del Cabezón. Dos personajes que pueblan el mismo pellejo.

Conclusión

Yo, es una novela que produce ganas de discutir Bolivia y su futuro, pero también es el permanente desafío del yo frente al nosotros. El primero tan liberal y el segundo tan socialista.

Lo interesante de la novela es el planteamiento: No hay yo sin el nosotros o no hay nosotros sin el yo.

El yo de Elvira Prudencio frente al nosotros de la provincia de Mizque o la comunidad de Charazani.

El yo del Cabezón y el nosotros de la familia que se resuelve no con la política, ni con las hojas de coca sino con al psicoanálisis.

El yo del amor, Elvira y Beatriz buscan afanosamente el nosotros de la pareja y de los hijos.

El yo de María que vence ante el nosotros de la comunidad kallawaya, pero, muere en el nosotros del convento.

El epílogo es el anuncio de un hijo que reafirma el nosotros que necesita Bolivia y que hoy está enfrentada por dos yoes, el de Poma y el del Cabezón.

Léanla, estoy seguro de que ustedes sacarán otras conclusiones. ¡Gracias Gonzalo Lema!

Desde La Central de Madrid, una librería de Valladolid y Falso Afán delivery: top de lecturas internacionales 2022

«Este año que termina, viajeros, amigos, amigos de amigos (y algo más), me ayudaron a leer algunas de las mejores novedades narrativas del ámbito hispano, apenas semanas después de su lanzamiento», cuenta nuestro colaborador, Martín Zelaya, que lanza un top personal -y por tanto referencial- de narrativa internacional en 2022.

Martín Zelaya Sánchez

No son, ni mucho menos, “los” libros del año. Son “mis” libros del año. De los que vienen más allá de nuestras fronteras. Son una muestra, un top de lecturas, resultado de búsquedas, reseñas, recomendaciones, expectativas y, sobre todo, del ojo bien entrenado (creo) tras años y años de perseguir libros y desarrollar una suerte de intuición que, a estas alturas, sale casi siempre indemne.

A inicios de septiembre se lanzó el tercer volumen de la trilogía Cegador del genial escritor rumano Mircea Cărtărescu. A fines de septiembre, el amigo de un gran amigo compró un ejemplar en una librería de Valladolid. A inicios de octubre tomó un vuelo a Viru Viru, luego a La Paz. Al finalizar el primer mes de la templada primavera paceña, el libro ya estaba leído, disfrutado y anotado.

Apenas iniciado este diciembre, el ex de mi actual (¡vaya el álgebra de la vida moderna!) llegó con una bolsa de librería La Central de Madrid, conteniendo una joyita sui generis de Marta D. Riezu: Agua y jabón, de esos libros híbridos, hasta alucinados, pero con un tremendo buen gusto. Además, una novela hiper recomendada en Twitter y suplementos literarios: Yo maté a un perro en Rumanía (así con acento, aunque persisto en escribir y pronunciar Rumania).

Unos días después, también en este último mes de 2022, mi amiga Wara Godoy de Falso Afán (notable emprendimiento de delivery de libros desde Argentina), me entregó El polaco, nueva novela del Nobel sudafricano J. M. Coetzee que decidió dar un golpe sobre la mesa y en una más que simbólica actitud, publicó en julio –en primicia con El hilo de Ariadna– la versión en español de su libro. Luego recién saldrá la “original” que escribió en inglés. “Es una forma de protestar contra la hegemonía e imposición global del inglés”, dijo. Angloparlantes, esta vez a esperar.

Pero antes, en agosto, durante la Feria del Libro de La Paz, hallé un libro de fines de 2021: Furia, de Clyo Mendoza, que no me resisto a dejar de lado, ya que finalmente fue también una lectura de este 2022 que termina.

El ala derecha (Impedimenta, 2022)
Mircea Cărtărescu

Finalmente tras cuatro años de espera, pude completar la trilogía de 1.493 páginas, un universo alucinado y, en sus mejores momentos, estremecedor.

En Cegador: El ala izquierda (2018), El cuerpo (2020) y El ala derecha (2022), Cărtărescu sostiene el relato a partir de tres ejes: la descripción, narrador mediante, de una ciudad y sociedad mecanizadas y casi artificialmente detenidas (comunismo); los sueños y alucinaciones (pasadizos subterráneos, sobrevuelos por la urbe, visitas a otros mundos y dimensiones…) de Mircea (personaje-narrador-alter ego); y el planteamiento de una filosofía –una ética-estética, más bien– que visualiza al cuerpo como un todo en dualidad, una única verdad en tránsito perpetuo, en un ciclo eterno de vida-muerte, bueno-malo, evidente-oculto.

En el tomo final, Mircea sigue contando (y escribiendo y descubriendo, a la vez) su vida, ya en la adultez, treintañero, a fines de los 80, cuando Ceaucescu está a punto de caer. Y siguen, claro, los viajes, alucinaciones, reminiscencias y regresos al pasado/futuro.

Hay vidas y muertes, historias y sueños, infiernos y paraísos. Hay universos detrás de las paredes, en los sótanos y cañerías; en las arrugas, tatuajes y venas de la gente; en los cuadros y manuscritos. Cărtărescu lleva a los límites su idea de multiplicidad e infinitud; la prosopopeya total; la certeza de que sueños, ilusiones y delirios no son más que pasajes a las dimensiones, en lo normal, veladas y vedadas.

En el final de la primera parte del volumen final de su trilogía, Cărtărescu lo dice todo. Se cuenta, se destapa. Da las claves de su escritura, de su pensamiento, de su personaje, de su microcosmos. Y de sí mismo –creemos– en buena medida.

«Ya no sé cuándo vivo y cuándo escribo. Cuando camino por la calle, me doy cuenta de repente de que estoy en una calle inexistente del Bucarest real, que es la calle descrita por mí un día antes en este libro ilegible (…) Me miro a los ojos durante un tiempo infinito, cruzando tantas veces el espejo que veo también desde el otro lado, de tal manera que no sé en qué parte del cristal ensuciado por las moscas y el polvo me he detenido. Me invade un llanto histérico, inconsolable. Me abruma de repente la infelicidad sin límites de mi vida. Me quedaría aquí, en esta habitación, escribiendo mi libro, hasta el final, traspasándole toda la savia de mi cuerpo, trazando las letras con hiel y linfa y esperma y sangre y orina y lágrimas y escupitajos hasta quedarme esquelético, lívido y arrugado como una araña seca, muerta de hambre en su deshilachada telaraña. Así me encontrarían algún día, con la cabeza derrumbada sobre el manuscrito amarilleado, transformado en un montón de polvo desmenuzado…». (166-167)

El polaco (El hilo de Ariadna, 2022)
J. M. Coetzee

Coetzee decidió transgredir todo. La dinámica del mercado del libro cada vez más hegemónico y vertical, como dijimos ya, y también su nueva trama, en la que da una vuelta astuta a la prototípica historia de Dante y Beatriz.

Una mujer al filo de los 50 acepta, inesperadamente, tener una aventura con un pianista polaco setentón que se enamoró de ella en una cena. Sin dejar el guiño a Dante, el sudafricano desarrolla una historia enfocada en los soliloquios y devaneos –aunque sobre todo, deliberaciones– de la mujer (de la Beatriz, ya no del Dante) que durante toda la breve novela no alcanza a salir del estupor ni mucho menos a explicarse por qué aceptó algo que no quiso, ni provocó ni deseo…aparentemente.

«Entre un hombre y una mujer, entre los dos polos, o bien la electricidad hace un chisporroteo, o no lo hace. Así ha sido desde el comienzo de los tiempos. Un hombre y una mujer, no solo un hombre, una mujer. Sin el y no hay conjunción. Entre ella y el polaco no hay un y«. (50-51)

¿La compasión como desencadenante de un affaire? ¿El ego de sentirse deseada puede más que los reparos morales? ¿Confrontado en una situación límite, uno es capaz de ir mucho más allá de lo que a priori piensa? ¿Complacer a alguien en inferioridad (un anciano enamorado-no correspondido) es en el fondo satisfactorio? Estas son algunas de las interrogantes en torno a las que reflexiona Coetzee en una novela ligera pero no por ello menor (aunque un poco lejos de sus libros cumbre).

«¿Por qué está con él? ¿Por qué lo ha traído hasta aquí? ¿Qué es lo que le resulta grato de él, si es que algo le resulta grato? Hay una respuesta: que él disfrute de estar con ella de una forma tan transparente. Cuando ella entra en una habitación la expresión de él, por lo general tan adusta, se ilumina. En la mirada que la baña hay una porción de deseo masculino, pero a fin de cuentas es una mirada de admiración, de deslumbramiento, como si él no pudiera creer en su propia suerte. A ella le da placer ofrecerse a esa mirada». (81-82)

Yo maté a un perro en Rumanía (Almadía, 2022)
Claudia Ulloa Donoso

Sumida en la depresión y la desidia, una latina profesora de idiomas en Noruega decide salir de su encierro (baja médica a plan de Clonazepam) y acepta acompañar a su amigo exalumno que debe resolver unos asuntos en su Rumania natal.

En una larga y rocambolesca aventura (visos de road movie y crónica etnoantropológica de la aún provinciana Rumania) atraviesa por fases de paz, resurgimiento, miedo y rabia… y, finalmente, en medio de la burbuja de la extranjería y los barbitúricos, su cuerpo y mente reaccionan con la mudez intempestiva que, no obstante, no le impiden percibir y hacerse entender incluso mejor que antes.

Cuando lo racional y cognitivo no pueden más, despiertan los más primitivos instintos, las capacidades atávicas subconscientes, desconocidas.

Es una novela de cierre y cambio de ciclo. O simplemente de cierre y punto final, como lo percibe ella ya al inicio, al decidir lanzarse en la incierta aventura.

«Tuve la impresión de que me estaba preparando para morir y me envolvió una certeza. Una especie de satisfacción extraña, casi festiva, pero a la vez gris y silenciosa, sin serpentina ni aspavientos, como la tranquilidad que llega al haber culminado algo propio y conocido, algo tedioso como un trabajo de años, un ritual de paso, el cese de labor, poner un punto, un apagar la luz y cerrar.

Quería desaparecer». (36)

Y si hay tanto de instinto y animalidad (lo del perro y la historia del amigo rumano quedan pendiente para la lectura propia), hay, también mucho de muerte.

«Caminamos entre las tumbas y Ovidiu me fue contando sobre sus muertos. Su relato me produjo un llanto limpio y largo que no me debilitó sino todo lo contrario, mi cuerpo cobraba una rigidez de piedra y mis lágrimas se agitaban como el torrente de un río que me nacía en el pecho». (275)

Agua y jabón (Anagrama, 2022)
Marta D. Riezu

De cómo antes de matar a Gadafi, los soldados estadounidenses descubrieron que en su refugio tenía un ejemplar de la estupenda revista How to spend it del Financial Times; de lo poco que se aprecia como la verdadera obra de arte (sociología infantil inigualable) que es al universo de Charlie Brown y Snoopy de Schulz; del “eslabón” como mejor método para hallar lecturas a la altura: leer entrevistas y textos en las que tus autores favoritos hablen sobre sus autores y libros favoritos… pero también de moda, de protocolo, de actitud ante la vida, de dandis y anacoretas; excéntricos y desfachatados; de obsesiones, filias y fobias…

La periodista catalana presenta un collage delicioso de fragmentos: reflexiones, apuntes, confesiones, emociones, deseos, esperanzas, frustraciones. Un dietario ampliado, una perfecta lectura de a ratos, de a saltos… una beta de citas, glosas y subrayados.

«Quien bien nos quiere se fija en lo que nos gusta, pero quien nos parecía de verdad memoriza lo que detestamos. Para ahorrárnoslo, sobre todo; pero también para esgrimirlo en un momento tenso y hacernos reír». (21)

«Camp era una palabra secreta de los gays, los heteros no la entendían. Se usaba para un producto tan malo que se convertía en bueno sin que ni siquiera su autor lo supiera. No se puede crear algo camp a propósito. Surge de algo inocente que intenta ser dignísimo, pero que sale rematadamente mal». (38)

[Bonus track]

Furia (Sigilo, 2021)
Clyo Mendoza

Juan y Lázaro, soldados, amantes, no saben que son hermanos. Son hijos de Vicente, el vendedor de hilos.

Juan es hijo de Cástula, una negra indigente y alcohólica que buscó a toda costa concebir de Vicente para vengarse de Sara, la mamá de Lázaro, que la echó de su lado.

Muchos años después, Salvador y María no pueden librarse de su amor que agoniza sin terminar de morir. Salvador también es hijo de Vicente. María, de un hombre que enloqueció.

La propuesta narrativa de Clyo Mendoza es de tal magnitud que, a la hora de plantearme una síntesis de Furia (Sigilo, 2021), su primera novela, apenas se me ocurren estas tres breves descripciones. Pero viéndolo bien, es suficiente. Hay libros que no se pueden contar o resumir, pero que llaman a leer y releer y recomendar a rabiar. Este es uno de ellos.

Dialogando con las tres frases referidas, tres conceptos traspasan estas páginas: transgresión, corporeidad y violencia.

«Tengo un mal presentimiento. Tengo la sensación de que Dios nos mira, ¿no te lo has preguntado, Juan? Quizás sea verdad que estamos pecando y que lo que sigue después de esta guerra es otra peor. Estoy cansado de matar, el sabor de la carne me da asco. Siento que la carne sabe al miedo de los animales que cazamos, pensó Lázaro sin dejar de mirarlo». (23) [Transgresión].

Hombres y mujeres espectrales, pero carnales a la vez. En un México casi irreal y onírico, pero tan pedestre a la vez. Un microcosmos donde el desierto, el calor, el vapor nublan mentes, memorias y lo hacen posible todo.

«¿Quién querría poner en el mundo un embrujo de este tipo? Dejarle a uno el cuerpo, pero sin sus posibilidades. Un cuerpo sin posibilidades, pero con toda la memoria de haberlas tenido. Toda la sensación de la antigua potencia perdida en un cuerpo que uno no se explica». (117) [Corporeidad].

Con esta impactante novela, Mendoza configura su propio “realismo mágico” del siglo XXI. Lacónico, salvaje y de destinos y signos terrenales. Con un aire rulfiano innegable, pero con una impronta original a toda prueba.

«Para vivir esa vida era necesario parecer una leyenda, practicar el gesto del mal, ejercer un poco de misterio. No era difícil: el duelo de ser quien era, un duelo todavía más pesado que la ya lejana pero punzante pérdida de Lázaro, solo era posible de llevar con un infinito enojo. El fuego de la ira era su combustible, eso atravesaba su piel, sus huesos y se hacía evidente». (171) [Violencia].

* Nota final: en la bolsita de librería La Central de Madrid, también venía ¡por supuesto! El pasajero / Stella Maris, la novela doble de Cormac McCarthy lanzada por Random House el 10 de noviembre. Me guardé las ansias para leerla en mis pocos días libres que arrancan, precisamente en este momento, tras poner este punto final.

Dos lecturas de Para alguna vez cuando oscurece

Un «Espíritu maligno» y Antonio Cillóniz reseñan el poemario de Benjamín Chávez.

Este poemario suena a poesía innovadora y resuena a tradición; en una línea lírica que puede llamarse reformista y conservadora. Al inicio del libro, hay poemas, Exlibris, El aprendiz, Albayalde y Lápiz de carpintero, que entremezclan temas de oficios artesanos o artísticos con la profesión del escritor. En Poética, el autor aparece inmerso en la actualidad: «Escribo lentamente frente a la luminosidad de la pantalla». De los momentos sin escritura, trata metafóricamente de la seca a través de “los moáis de la Isla de Pascua”, sugiriendo el silencio en la mudez de la piedra y el estancamiento en “la lejanía/ un horizonte que nunca alcanzarán”. En el apartado central, Hojeando un Atlas, dibuja la atmósfera de intimidad doméstica en “lomos (del viejo atlas o del gato) largamente acariciados”, que intensifica el verso a través del inciso del gato y el atlas. También se da un buen manejo del encabalgamiento, que aunque parezca arbitrario es pertinente pues expresa esos instantes de quedarse uno en blanco: «Miro la niebla del amanecer por la ventana y/ me quedo unos minutos en blanco», Visión invernal en Dorpat. Estilo gótico (tardío, como tantas otras cosas) ofrece rasgos coloquia-les del diálogo interiorizado: «Al otro día/ tras haber pasado la noche/ […] volví a pensar en ti y podría/ decirte que fui testigo de una aparición». Otro ejemplo en el que se fusiona la virtualidad de GoogleMaps con la presencia de lo real: «Busco en el mapa (de Google)/ Concepción y más al sur: Valdivia […] / Pero al tiempo, cuando llega el momento del viaje/ […] la aparición misma del paisaje», Sur de Chile. Destaca en las descripciones el manejo de los planos en una perspectiva plástica al alejar el horizonte y presentar en scorzo el marco de la escena: «Entre el cobertizo y el árbol de kiswara/ el horizonte se aleja/ hasta el perfil de la colina», Descripción de la finca de un amigo. Fruto de un empleo de recursos vanguardistas, incorpora a la temporalidad del poema la espacialidad textual: «las montañas     a lo lejos/ aparecen», Una choza. Lo mismo que el encabalgamiento grafica el desparramarse: «abandonadas en un/ damero», Meditación en el pueblo de Juli. En el último apartado, título del poemario, la poesía conversacional vuelve para presentar un monólogo interior: «Todo empezó con un café/ así son estas cosas./ […] sin saber cómo encaminar la conversación», Cuando conocí a mi hijo. Hay además culturalismos, necesarios como contextos en una trasposición de planos temporales: «La humildad, dirá San Agustín, vence a la soberbia./ Caravaggio que hacia el 1600 pinta su/ David, vencedor de Goliat/ acaso ignora esos razonamientos», Autorretrato a la luz de un candil apagado. Incluso aflora un tono expositivo-argumentativo, acabado en registro coloquial: «Honrando mi propia memoria y la de mis mayores/ […] me vi –en medio de desconocidos/ vagando sin un cobre», Nacido ayer. Los recursos señalados aisladamente en los poemas pueden aparecer en los poemas a la vez, si la concepción artística lo exige. No dudo de que se trata de un poemario perdurable.

Antonio Cillóniz

*

Para alguna vez cuando oscurece, de Benjamín Chávez [Santa Cruz, 1971], obtuvo una Mención en el LXII Premio Casa de las Américas, 2022. El título se lo debe a un verso de Quintín de la Carnada, que aparece en la revista Vertical. El poema de Quintín hace del don un trepador nocturno que seguramente en esa isla desteñida de las Américas se sopesó desde la moción de algún marino mercante. Importa poco, porque la hechura in cumputo de este libro tiene que ver con otro don: navegar de conserva con cada poblador interior y mediterráneo de los poemas, para desde allí aunar los pedazos de una posible eternidad.

Espíritu Maligno (La Mariposa Mundial 27)

El otoño está presente

Reseña de El otoño está presente. Una épica sincrónica, de Ariel Pérez.

Christian Jiménez Kanahuaty

Este nuevo libro de Ariel Pérez es una exploración sobre la memoria de la poesía en Bolivia y sobre el modo en que el poeta rinde tributo sobre el hacer poético, tanto en la figura de algunos poetas, como en versos y poemas que los poetas en este territorio han construido para intentar explicar aquello que somos y lo que nos habita. En ese sentido, el poeta nombra para que nosotros como lectores podamos entender de qué materiales estamos hechos y, sobre todo, cuáles son los ecos y las resonancias sobre las cuales se construye la poesía en estos momentos en el país.

Así, este libro es un objeto que marca un antes y un después en la construcción de la memoria poética. Esto quiere decir que establece un momento de llegada, pero de ahí hacia el futuro establece las líneas sobre las que en el mañana la poesía tendrá carne. Pero esa poesía hecha de carne y huesos, es recuperada por el poeta, autor de este libro, como una muestra del modo en que se despoja del yo para ser capaz de ver plenamente a los otros de los cuales se es parte.

En ese sentido, los precursores que nombra le sirven para construir una constelación familiar dentro del ámbito de la poesía que establece una manera de nombrar aquello que nos es desconocido. Por ello, el poeta no se piensa a sí mismo ni habla sobre sus propias preocupaciones, dolores y melancolías. Lo que hace es un juego con la tradición, los ordena, los convoca y los invoca. Al hacerlo, lo que nos muestra es un gran tejido que tiene un cuerpo que va más allá del tiempo. Y esa virtud –la de quebrar el tiempo histórico-, hace que este libro de poemas sea leído también como un libro de historia, como una construcción imaginaria y como un artefacto emocional sobre un tiempo que tocó ser atestiguado por una generación.

Y dentro de ese orden de cosas lo que abre el libro es también la construcción de un sujeto poético que atraviesa el tiempo y los territorios para comunicarse con todos los poemas y todos los poetas al mismo tiempo, como si todos los versos, todos los poemas, fuesen parte de un mismo libro que se va escribiendo desde el inicio de las edades.

No hay mayor motivo de celebración en este libro que el sentido que la poesía tiene para aquellos que saben que es desde ahí que nos pensamos y desde sus pliegues habitamos el mundo. La vida misma no tendría sentido sin poesía, pero tampoco nuestra memoria tendría objeto sin el recuerdo de aquellos poemas y poetas que nos constituyen como personas, ciudadanos y artistas. Todos y cada uno de nosotros somos parte de una historia que, sin saberlo, se va tejiendo día a día y este libro es el testimonio que comunica el pasado con el presente y el presente con el futuro para que la memoria no sea olvido y para que los hombres y sus descendientes adquieran con la palabra escrita una fuerza y una potencia capaz de generar una mirada sobre aquellas cosas cotidianas que no siempre se registran como reales. El otoño está presente es un libro que marca una pauta en la creación poética dentro de la gran tradición de la poesía en el país y por ello su recorrido no es sobre sí mismo, sino sobre lo que hace posible su aparición. Cada poema que compone el libro, habla de un poeta o de un poema escrito por otro poeta o parafrasea e instala una emoción sobre algún verso de un poema escrito por un poeta boliviano y es que la poesía Bolivia es la materia prima sobre la cual se levanta este libro. Su fuerza está en agarrarse de ellos para construir una voz propia capaz de resonar con sus propios ecos. Y en ese camino, los poemas, los versos y los poetas nombrados adquieren otras dimensiones. Los volvemos a leer con la frescura de la edad y de la primera lectura.

Los manjares compartidos de la literatura

Una lectura de un libro de lecturas. A propósito de Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022) de Diego Valverde Villena

Martín Zelaya Sánchez

Clarice Lispector, una pantera que devora conocimiento, experiencias y refleja luz. Jaime Saenz, propiciador de un Aleph propio –hecho de libros, discos, maquinitas, antigüedades y cábalas– que se traduce luego en sus incomparables páginas. Octavio Paz, gestor de encuentros y re-conocimientos.

Libro sobre lecturas y lectores. Y también sobre escritores. Algunos dirán que este tipo de textos –permítanme ligarlo sobre todo con Sergio Pitol, pero también con Monterroso y algo de Magris y Vila-Matas– son solo de interés de académicos y literatos. Falso. Libros como Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022), de Diego Valverde Villena, son un regalo para todo buen lector; entiéndase de aquel que disfruta de hallar y aprehender nuevas formas de leer.

Valverde agarra sus lecturas, intereses y estados de ánimos de un momento específico –y del todo general también– y los vacía en estos textos, que no son sino momentos, guiños e ilaciones de su bagaje. Pero, además, dialoga con sus lectores y sus lecturas. Es un facilitador de experiencias, descubrimientos y redescubrimientos. Es, entonces, un disfrute leerlo e interactuar con sus propuestas, desde momentos, lecturas y bagajes comunes.

“Siguiendo al padre Montaigne –sostiene en el prólogo– intento no hacer nada sin alegría: todos estos ensayos son hijos de lecturas epicúreas. Nacen espontáneamente del gesto de convidar los manjares de una mesa, que se vuelven irreales si no son compartidos”. (10)

Un capiango en Sicilia: Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Leopardos-felinos-Lampedusa. La relación entre libros y comida, el amor por ambos. Y las pasiones, queda claro, del autor de la soberbia El Gatopardo.

“Para un felino de los libros, la lectura y la comida son dos variantes del alimento. Y ambas actividades se disfrutan con el mismo placer sensual. No ha de extrañar, pues, que Lampedusa, al clasificar a los escritores, los divida en dos tipos de características tan significativas como grassi, “gruesos” y magri, “delgados”. (13)

Sobre un poema de Álvaro Mutis encallado en algún lugar entre Cartagena y Antioquia

Un poema desechado y olvidado por su propio autor, tiene aún mucho por dar. A veces una (buena) explicación de la poesía, vale. Por más que se diga que esta debe sentirse, no racionalizarse. Y por más que, generalmente, acercarse y disfrutar la poesía debe ser una labor individual.

En sus pesquisas bibliófilas, Valverde dio con “N. N. Baronet se rehúsa a morir en Cartagena de Indias”, un poema desconocido de Mutis en un libro de poca circulación y nunca más recogido en su obra “oficial”.

¿Cómo pudo habérsele escapado una pieza de uno de sus grandes referentes a un ubicuo lector y escudriñador como es él? Tras un detenido análisis y conjeturas, concluye que “los colores del navío ‘N. N. Baronet…’ son tenues. El óxido los ha trabajado hasta conferirles unos matices muy sutiles, que casi se confunden con el viento marino. A veces el poema puede parecer un espejismo. Por eso ha pasado desapercibido tantos años, esperando su avistamiento”. (22)

Octavio Paz, cosmógrafo

Paz como descubridor / canalizador de libros y autores. Crítico innato sin ser esta nunca su vocación o intención.

“Octavio Paz, ¿un poeta ensayista o un ensayista poeta?”, escribe Valverde para abrir el texto. Y poco después resuelve que “…es el Paz lector, del que nace todo” (23). Tras rememorar una serie de historias y anécdotas “literarias” en torno al Nobel mexicano: encuentros, desencuentros con escritores, artistas; lazos y descubrimientos propiciados; incursiones y recomendaciones, nos convence de que “…Paz reivindica ese oficio de lector-puente, de lector-zahorí, de lector que abre caminos y recupera sendas. Un oficio que solo un creador puede realizar a la perfección”. (27)

Intersección Bruckner: Jaime Saenz se encuentra con Sergiu Celibidache

Saenz escribía –concebía, creaba– en estrecha relación con su entorno inmediato, sus cuartos que casi no variaban de casa en casa; sus mesas, fotos, relojes, porcelanas y mil cachivaches.

Germanófilo acabado, pronto descubrió que más que los escritores (Mann, Goethe), le acompañarían para siempre y serían fundamentales en su obra los músicos: Bach y Bruckner, ante todo.

Tras trazar un recorrido por historias, vivencias y escritos del autor de Recorrer esta distancia, y, más sucintamente del músico rumano, y tras engarzar paralelismos en sus improntas y obras, advierte que ambos estuvieron al mismo tiempo en Berlín en 1939. Y especula: “¿Se habrán cruzado ante el semáforo de Potsdamer Platz? ¿Se habrán vislumbrado por un segundo en Unter den Linden? ¿Habrán coincidido en un concierto de Furtwangler en el Titania Palast? ¿Se habrán reconocido sin saber quiénes eran?”. (41)

Hay que leer a Saenz como si leyésemos / escuchásemos una partitura / sinfonía de Bruckner: más lento, paladeando, sentipensando cada momento. 

Joao Cabral de Melo Neto, el niño lector del ingenio

Políglota, lector voraz. Renacentista. Poeta. Escribía, ante todo, sobre sus lecturas; o, más bien, en sus escritos no podía dejar de lado su mente crítica y creativa; era un lector total que concebía la vida-literatura-escritura como una máquina o, mejor, un juego que resolver.

“A Cabral le habría encantado conocer Potosí. Él, que hacía poemas-máquinas para entender cómo funcionan los poemas máquinas, habría estado fascinado de imaginar esa ciudad hecha de ingenios, surcada de engranajes, fuelles, molinos, ruedas, alimentada por catorce lagunas artificiales. Habría intentado revivir los artificios mecánicos recitando como fórmulas mágicas otras máquinas perfectas: los poemas del gran hacedor Góngora”. (59)

Cuando las panteras leen: Clarice Lispector

Clarice descubrió una nueva forma de leer: dejar que sea el libro el que la lea a ella.

“Cuando las panteras leen, se miran unas a otras queriendo descifrarse, descifrar el mundo, descifrar la vida (…) No es fácil leer de verdad. Leer es mirar un libro a los ojos. Leer es permitir que un libro te mire a los ojos”. (61)

Una tradición propia

La universalidad de la literatura. En este texto Valverde explica su libro y más: sus búsquedas y motivaciones como lector y poeta.

“Cada escritor va forjando su propia tradición, su propio país literario, a golpe de lecturas. La curiosidad y la intuición van creando ese Imperio Literario que es el bagaje de cada creador. Guiado por su curiosidad el escritor agranda ese imperio privado que no tiene más límite que el horizonte” (72), afirma y cita tanto a Cortázar como a Rubén Darío, Jaimes Freyre y el propio Saenz, pero sobre todo a Jesús Urzagasti, si hay algún buen paradigma ontológico hombre/escritor.

¿Les dicen algo estos breves párrafos? ¿Algún guiño sobre un libro hace mucho o hace poco leído, tal vez? ¿Alguna intuición o especie de deja vu, quizás? ¿O más bien, una extrañeza o, simplemente, nada de nada?

Esa es la idea de estas líneas: propiciar una conversación más amplia, una convergencia con nuestras propias referencias y referentes: entiéndase libros-escritores-lecturas. Y que así se cumpla el círculo.

H.C.F. Mansilla: El último pesimista

Christian Jiménez

Partiendo del conocimiento general de que todo pesimista es un optimista bien informado, podría decirse que el trabajo intelectual es la construcción de un sentido del mundo que une sus significados desde una posición teórica y moral.

Así, las Obras selectas de H.C.F. Mansilla publicadas a través de la editorial Rincón Editores, se convierten en el testimonio de un trayecto desencantado por la realidad política y cultural de una formación social como la boliviana, pero que no por ello deja de buscar ciertas alternativas para hacer más divertido y agradable el viaje. Quizá por ello se hayan incluido en estos tres volúmenes, también la obra de ficción del autor y en cierto modo habría que decir que rondan desde la novela de iniciación hasta la novela especulativa. Y en ese sentido hay ciertamente un aporte al género que ha pasado desapercibido porque es posible que el intelectual le haya ganado notoriedad al artista.

A pesar de ello, en tanto creador e intelectual que usa la imaginación para organizar el argumento, la escritura de Mansilla se mueve con soltura y propuestas arriesgadas en los ensayos, que son de más corto aliento, pero que logran cuajar y sintetizar ideas que no siempre van a la par del sentido común o de la interpretación tradicional.

Y es aquí cuando sucede uno de los momentos importantes del pensamiento de Mansilla: el no ir a la par de la época o del sentido general del tiempo intelectual. Sus propuestas, ideas, interpretaciones y argumentos, en la mayoría de las ocasiones incomodan porque se desenvuelven en un plano opuesto a lo que normalmente las ciencias sociales han construido como conocimiento general. Lo suyo es más bien no solo ir a contracorriente, sino desarmar el sentido común, señalando sus incongruencias y superficialidades, para de ese modo, proceder a plantear una propuesta diversa y mucho más compleja.

Pero, lo que hay que reconocer y sostener es que toda la reflexión se realiza desde el marco conceptual propuesto por la Escuela de Frankfourt y que en cierto modo apunta a una crítica de lo sucedido en el mayo francés de 1968 y la sociedad de consumo, la degradación de la cultura y el carácter conservador de las estructuras de poder que dominaron Bolivia los últimos setenta años. Aun así, la interpretación que apunta en ciertos momentos a ser sociología de la cultura y en otros, a una ciencia policía clásica encuentra en los estudios de Theodor Adorno y Max Horkheimer, el sustento para establecer los límites de la esperanza y la reorganización del pensamiento socialista rumbo a la deriva que interpela tanto a la globalización como al capitalismo de Estado.

Y son estos los puntos por los que Mansilla también es criticado. Se sostiene que su visión más allá de ser pesimista, es poco propositiva y parte de un poco conocimiento de la realidad nacional, como si desearía encontrar en Bolivia restos de la Europa que anhela y desea. Sin embargo, también se lo critica por su elaboración conceptual al momento que evalúa el trabajo de la sociología concretada en Bolivia. Sus trabajos parecen apuntar un cuestionamiento sobre el modo en que se construye el conocimiento. El ataque Mansilla lo realiza desde la epistemología y es quizá por ello, que no queda piedra sobre piedra cuando se trata de pensar en perspectiva de largo aliento el pensamiento social boliviano; siendo así que para Mansilla este se acercaría más al sentido del ensayo que de la teorización propiamente dicha.

Por ello es importante reconocer que también dentro de toda trayectoria intelectual la labor de reorganizar lo hecho hasta el momento es una tarea que indica el sentido del texto escrito y sus propósitos. También es un modo de entender por ausencia lo que a Mansilla le preocupa o aquello que no es parte de sus preocupaciones. Y junto a esto, la importancia que le atribuye a ciertos temas que para la ciencia social realizada en Bolivia goza solamente de acercamientos primarios.

También esta serie de libros reunidos ayuda al lector a entender cómo se gesta un conocimiento y qué cualidades tiene en términos epistemológicos la crítica a la sociedad de consumo y la crítica a la sociedad boliviana y la evaluación que genera sobre autores (sociólogos, antropólogos, politólogos) que han construido una interpretación sobre la realidad boliviana.

Así, finalmente, la intención de tener una obra casi completa sobre un autor es también ingresar en un modo de pensar y un modelo para pensar el mundo que entraña un programa teórico y conceptual sobre el cual todo el tiempo se regresa para seguir desde ese sitio escribiendo y pensando la realidad. El modelo de Mansilla está expuesto desde las primeras páginas del libro, pero no por ello, algunas veces, deja de sorprender el alcance de la búsqueda que emprende para hacer legible el sentido de las acciones de los sujetos. Y, además, se tiene como consecuencia una suerte de caja de herramientas de las que el lector puede echar mano para pensar por su cuenta determinados problemas sociales que le despiertan curiosidad o que lo intrigan.

Retablo Gertrudis Medeiros, heroína de la independencia argentina, Opus 1104, Cochabamba, 2017

Gustavo Medeiros Anaya

Debido a mi curiosidad al comprobar que las Lomas de Medeiros bordean en los mapas antiguos la ciudad de Salta, recurrimos al Archivo Histórico en esa ciudad y allí nos pusieron en contacto con el investigador Eduardo Medina, en las ciudades de Campo Santo y Güemes, en la Provincia de Salta. Para allí nos fuimos y surgió no solamente una amistad intelectual, sino que él nos proporcionó su reciente libro “Gertrudis Medeiros Heroína de la Patria”, que nos ha servido de base e inspiración para concebir y pintar este retablo conmemorativo de quien fuera, además de generosa colaboradora a la guerra de la independencia, también hermana de mi tatarabuelo Francisco Ignacio Medeiros Martínez de Iriarte; hijos de José de Medeiros, autoridad virreinal en Salta.

Antecedente de este retablo es el Opus 972 de 2006, denominado “Juana, Ascencio y Gertrudis”, que lo doné a La Casa de la Libertad en Sucre.

Descripción del retablo. Óleo sobre trupán, en marco articulado de madera pintada de 96 x 136 cm, con 8 paneles, distribuidos en 3 cuerpos.

Cuerpo central

Panel 1: Central superior de 55 x 55 cm. Gertrudis atada al Árbol Histórico en el pueblo de Campo Santo, cuando el ejército realista arremetió contra su estancia, al mando de Pío Tristán y Moscoso 1812.

Panel 2: Central inferior de 35 x 55 cm. Gertrudis se refugia en su estancia de Zárate en Tucumán, herencia de su esposo cuya familia instaló los primeros cañaverales y trapiches. Allí vivirá desde 1817 hasta su muerte en 1847, a sus 67 años.

Cuerpo lateral izquierdo

Panel 3: Izquierda arriba de 35 x 35 cm. Gertrudis y familia, su esposo Juan José Fernández Cornejo, en uniforme de Gard de Corps, sus hijas Juana Manuela y Juana Josefa.

Panel 4: Izquierda centro de 35 x 35 cm. Manuel Belgrano se instala en Campo Santo, en el Fuerte de Cobos para alistar el ejército auxiliar que irá hasta Potosí.

Panel 5: Izquierda abajo de 20,5 x 35 cm. Gertrudis es arrastrada por los realistas y obligada a caminar a pie 20 leguas hasta sufrir cárcel en Jujuy, donde filtra valiosas informaciones al General Güemes. Y logra escapar en vísperas a ser deportada a Potosí.

Cuerpo lateral derecho

Panel 6: Derecha arriba de 35 x 35 cm. Francisco Ignacio Medeiros vestido como primer Juez de Bolivia, investido por el Mariscal Sucre, comparte sus Lomas en Salta con su Universidad en Chuquisaca.

Panel 7: Derecha centro de 35 x 35 cm. General Martin Miguel de Güemes comandante de la Guerra Gaucha, que recibiera apoyo de Gertrudis en reses, caballares y mulas, como también aportes económicos y sostén de soldados de la familia Cornejo-Medeiros.

Panel 8: Derecha debajo de 20,5 x 35 cm. Representa el flujo de ganadería que Gertrudis dona para las tropas del General Güemes. Lo que le repercutió en vejámenes (atada al Algarrobo histórico, arrastrada y encarcelada y con merma de sus bienes, que los fue vendiendo para subsistir los últimos 30 años de su vida, viuda y fallecidas sus hijas, con la compañía de una nieta adoptiva.

Gustavo Medeiros Anaya, arquitecto de profesión con estudios en Córdoba, Argentina. Autor de: Oruro: Ciudad Universitaria Como Factor del Desarrollo Regional y Urbano. Jurado internacional: Bienal de Quito. Experto internacional de la fundación Mies van der Rohe de Barcelona.  Ciudadano Honorario de Vladimir (URSS), New Orleans, Quincy Massachussetts (USA), Santa Cruz de la Sierra y La Paz.