El autoritarismo, los credos religiosos y los redentores sociales

H. C. F. Mansilla

Hay que mencionar algunos fenómenos que han acompañado desde un comienzo remoto a casi todas las manifestaciones del sentimiento religioso. La intolerancia, el dogmatismo y el desprecio del Otro han sido los más frecuentes y los más dañinos de esos aspectos, y los que han dejado la huella más profunda en numerosas sociedades. El factor religioso es fundamental para comprender la situación contemporánea de la cultura política en América Latina. Durante un tiempo muy largo, tanto en la época colonial como bajo los regímenes republicanos, la mayoría de la población estaba sometida a pautas de comportamiento que favorecían una identificación fácil de la sociedad respectiva con los gobiernos y los sistemas culturales imperantes; estas normativas no fomentaban la formación de consciencias individuales autónomas con tendencia crítica. Hasta la segunda mitad del siglo XX la Iglesia Católica promovió esas actitudes con la fortaleza que le brindaba su autoridad y su prestigio culturales. Se puede afirmar que la atmósfera general estaba impregnada por enseñanzas dogmáticas de origen religioso, que poco a poco han cedido su lugar a ideologías políticas de distinto contenido, las que, sin embargo, rara vez han abarcado una orientación racional, pluralista y tolerante.

Aunque el orden social respectivo haya experimentado paulatinamente desde comienzos del siglo XX la importación de tecnologías modernas de variado tipo, la llamada inercia cultural contribuye a preservar una continuada vigencia de esos valores conservadores de orientación. En este contexto de poca información y mucho adoctrinamiento lo usual es la reproducción de las prácticas políticas tradicionales; la más habitual ha sido el culto del hombre fuerte, el pastor que guía sabiamente a su grey, el caudillo que gobierna sin mucha consideración por el Estado de derecho… y con la aquiescencia de gran parte de la población. Este consentimiento y sus tendencias serviles se derivan parcialmente del infantilismo de las masas, las que al mismo tiempo temen y aman a sus gobernantes, como muchos hijos llegan a querer a los padres que los han castigado severamente en la infancia.

Considerando este trasfondo se puede entender mejor cuán expandida y profunda resulta ser la resistencia popular en América Latina a las formas modernas de la democracia. Hay que considerar la alta posibilidad de que una creación fundamentalmente racionalista, como es la democracia contemporánea, sea extraña a segmentos sociales que sólo han recibido influencias culturales muy convencionales y de carácter prerracional, como han sido los valores religiosos colectivistas en la época colonial española y las normativas conservadoras y provincianas de buena parte de la era republicana. Es probable que los procesos modernos de autodeterminación humana y sus mecanismos organizativos e institucionales sean difíciles de comprender para las masas y que, en situaciones críticas, lleguen a ser odiosos para las mismas. Elementos irracional-románticos, como la sangre y la ascendencia común, se convierten entonces en instrumentos explicativos de amplia aceptación popular para entender una realidad que, en el transcurso de los procesos modernizadores, es percibida como insoportablemente compleja e insolidaria. Esta constelación trae consigo, en general, la renuncia a elementos y procedimientos racional-deliberativos.

Esta situación ha sido conformada por varias herencias culturales, entre las cuales sobresale la ya mencionada religiosidad popular que se arrastra desde los tiempos coloniales en América Latina. A causa de sus implicaciones socio-políticas, el sentimiento religioso del periodo barroco es considerado ahora como la gran creación espiritual y social de la Iglesia Católica. Este sentimiento colectivo sería la expresión más fidedigna de los valores e ilusiones de los estratos populares. Su naturaleza comunitaria, ajena a planteamientos filosófico-teológicos, y sus inclinaciones místicas y utópicas habrían acercado esta religiosidad a la sensibilidad de las clases populares y la habrían contrapuesto, exitosamente hasta hoy, al liberalismo individualista, egoísta y cosmopolita de la cultura occidental. Debido a la enorme influencia que tuvo la Iglesia en los campos de la instrucción, la vida universitaria y la cultura en general, todo esto significó un obstáculo casi insuperable para el nacimiento de un espíritu crítico-científico.

Los creyentes en esta fe suponen que la verdadera evolución política es idéntica a la voluntad de Dios o, en términos seculares, a la voluntad de la historia universal. Esta última, para convertirse en manifiesta, requiere de la interpretación auténtica de una iglesia o de los intelectuales que hablen a nombre de ella. Pese a estos aditamentos de intelectualismo racionalista, el resultado final es similar a los impulsos religiosos y a los mitos tradicionales que prevalecen desde hace siglos. Y para encarnarse en la realidad estos mitos presuponen la acción de los auténticos redentores, los grandes héroes que llevan a cabo una misión trascendental para la cual están dotados de fuego divino. Desde el siglo XIX la función y las características de estos superhombres han variado poca cosa. Distinguidos pensadores de muy diferente proveniencia ideológica – como Carlos Cullen, Enrique Dussel, Orlando Fals Borda, Ezequiel Martínez Estrada y Leopoldo Zea – han celebrado sus virtudes: los caudillos son vistos como los seres llamados por Dios para corregir por cualquier medio a una sociedad que habría perdido sus genuinas normas de justicia. Ellos tienen el trágico destino de cargar con los pecados de su pueblo y, guiados por los imperativos de la tierra y por el genuino espíritu latinoamericano, cumplen con la sagrada misión de combatir el “imperialismo” del Norte y sus valores de naturaleza egoísta y foránea.   

Como toda creencia dogmática, los credos políticos de contenido redentorio carecen de la proporcionalidad de los medios. Estas construcciones de ideas muy populares en un medio impregnado por una religión absolutista reproducen un esquema evolutivo simple, pero muy arraigado en la consciencia colectiva. El desarrollo humano empieza en un paraíso de la igualdad, la fraternidad y la prosperidad, adonde hay que regresar después de pasar por el valle de lágrimas que representa la sociedad clasista y egoísta. El ambiente en el cual florecen estas concepciones radicales y estos líderes heroicos adopta un carácter apocalíptico: la certidumbre de que la revolución total es inminente. El camino al calvario puede estar acompañado de violencia extrema, cuya responsabilidad reside en los otros, en los explotadores. Aquellos que nos muestran el sendero correcto son una especie de mártires, a quienes corresponde nuestra admiración y gratitud, y de ninguna manera nuestra distancia analítica o nuestra desconfianza ética. Por ello los redentores políticos están a menudo por encima de toda crítica. Hay que criticar ese sentido común favorable al populismo tan expandido y aparentemente tan sano y claro.

Editorial 3600

Para decirlo en números: ocho años de vigencia; 300 libros; cinco colecciones: (narrativa, poesía, ensayo, infantil y periodismo); tres premios nacionales, los más importantes: Nacional de Novela, Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal” y Concurso Nacional de Literatura “Franz Tamayo” (de cuento).

Para decirlo en nombres: Adolfo Cárdenas, uno de los mejores narradores paceños; Matilde Casazola, emblemática poetisa y cantautora, y Juan Pablo Piñeiro, uno de los más destacados escritores bolivianos de inicios de los 2000. Pero además Juan de Recacoechea, Víctor Hugo Viscarra y Manuel Vargas, entre otros.

Para decirlo en títulos: Periférica Blvd., la novela boliviana más vendida en los últimos lustros, y Cuando Sara Chura despierte, la obra literaria más reciente entre las incluidas en la Biblioteca Boliviana del Bicentenario, acaso el más ambicioso canon de libros nacionales, y La del estribo Obra completa de Víctor Hugo Viscarra, libro definitivo sobre el desaparecido narrador, un fenómeno de ventas, lectores y crítica a inicios del milenio que corre.

Pero hablar de la editorial 3600 es mucho más que esto. Luego de más de una década como parte de Gente Común, Marcel Ramírez, gerente general y fundador, tomó un nuevo rumbo y a inicios de 2013 conformó un nuevo equipo editorial. Así surgió 3600, una ambiciosa iniciativa que tardó poco en consolidarse en el panorama editorial-literario paceño y nacional.

No es fácil publicar –en nuestro medio, sobre todo, e incluso en muchos países de la región– a razón dos o más obras por mes (salvando el “año muerto” por la pandemia) y además –en esto hay que hacer énfasis– tomarse el trabajo de seleccionar cuidadosamente cada título y autor. Ese es el espíritu de 3600.

Hace pocas semanas se recordó el octavo aniversario de inicio del proyecto: fue el 19 de febrero de 2013 cuando el logotipo definitivo de 3600 se colocó en el primer libro: Forasteros en Flores, la edición XXXIX del Concurso Nacional de Literatura “Franz Tamayo”. “El motivo de ser de la editorial –cuenta Ramírez– siempre fue la difusión de voces de la literatura boliviana dentro del país. Es decir, el objetivo principal es dar la oportunidad al público nacional de conocer tanto a autores consagrados como a nuevas voces”.

La esencia, la diferencia

Pero si hay algo en lo que Ramírez quiere hacer énfasis es en la selección del catálogo y en el trabajo cuidado, minucioso y honesto en cada libro. “Me interesa ante todo la calidad, es por eso que si los directores de cada colección no aprueban un libro, sea del autor que sea, este no sale”, asegura.

Willy Camacho, director general de 3600, cuenta otro de los puntales que caracterizan a la casa editorial: “no se trata de publicar solo autores consagrados, sino de seguir promocionando escritores jóvenes, pero ayudándolos a pulir sus textos (a unos más, a otros menos), para que sus libros no desentonen (en términos de calidad literaria, no solo ya estilísticos o estéticos)”.

“Si en algún momento –agrega Willy– sobre todo durante la pasada década, hubo editoriales que aceptaron acuerdos “especiales” de publicación (el autor pagaba parte, o incluso el total, del dinero requerido para la impresión), creo que esto ocurre cada vez menos, pues las editoriales bolivianas, para subsistir en un mercado global y descontrolado, necesitan distinguirse por la calidad de sus catálogos”.

Y es que las editoriales deben ser responsables de lo que publican y tomarse el trabajito de editar y exigir una labor rigurosa con los textos. Eso es muy sano para los jóvenes que están comenzando a escribir, un sector esencial para esta editorial. Al buen estilo de conocidas casas editoras europeas o estadounidenses –y en condiciones abismalmente diferentes– 3600 quiso crear de manera paralela a su aparato editorial un ala de difusión: 88 grados, revista de literatura momentáneamente en pausa; El hado propicio, una colección abierta a coedición con otras instituciones y autores; y por último pero no menos importante, la colección de Obras completas: a la fecha, la editorial paceña tiene publicadas o en proceso de edición la totalidad de los títulos de Adolfo Cárdenas, Matilde Casazola, Claudio Ferrufino-Coqueugniot (autores vivos);  Juan de Recacoechea y Víctor Hugo Viscarra (autores fallecidos) y, muy pronto, la obra narrativa de Jesús Urzagasti.

Poemas bajo el puente Einstein-Rosen

En este ensayo asistimos a una emotiva reflexión sobre lo fragmentario, lo breve, lo puntual en la poesía. 

Gary Daher

¿Cómo arranco las hojas al árbol sin que sangre?, acaso se preguntaba el Dante en un recodo del infierno. Pero tú no atiendes a estas imperiosas cuestiones, y te quedas pensando en eso de que un poeta nace, porque no se puede hacer, porque hacerse poeta implica todo ese ingrato sacrificio de la disciplina del lenguaje, el estudio de los poemas de otros, la lectura del mundo, el interminable fracaso de los poemas que no logran transmitir lo que tú sabes que se debía transmitir, cuando algo sabes, porque generalmente no sabes nada.

Y esto porque nunca estuviste, como alguno, caminando por el altiplano boliviano en plena tormenta, y porque no ocurrió aquel repentino rayo, sin árbol que te acoja, que se te hubiese venido encima; y así nunca sentiste la poderosa descarga en todo tu cuerpo, ni temblaste, ni sentiste la eternidad en un segundo, para que ese instante te transforme completamente, y de esa manera empezar a decir otras cosas, por eso de que nunca más podrías decir las mismas cosas después del rayo. Todo esto como si fueras a despertar. No te ha sucedido.

Pero un día se me dijo que en la poesía breve mora la semilla de la descarga del rayo. Y que fructificada nos desbarata como quien va a nacer, o como quien va a morir en el instante.

Y fue a partir de a allí que comencé a preguntarme sobre la poesía breve, y descubrir su poderosa magia. No solamente sobre aquella que en tres versos se despacha un poema, sino sobre toda la poesía fragmentaria, aquella que no pretende estar sino como provocación. Desplazar la lectura de la vida para intentar caminar a través del mundo interior del hombre. Y en ese pequeño espacio, en ese increíble espacio de palabras, descubrí que esos poemas solo se podían abarcar a través de la física cuántica, o sea, poemas bajo el puente Einsten-Rosen, algo así como un ombligo cosmogónico de versos, por donde antiguamente se habría alimentado la luz.

Para no extendernos en la física cuántica, diré simplemente que se trata de poemas llave, hechos para franquear esa puerta impensable, construida de silencios que no sospechamos, y que es como entrar en un punto de las cosas donde todo se transforma, del que no se puede decir nada; a sabiendas que no faltará aquél que nos diga que sobre cada uno de esos poemas llave se pueden escribir infinidad de tratados, dignos de cubrir paredes y paredes de bibliotecas. Pero que no las necesitas, pues el poema breve ya redujo toda esa hojarasca a cero.

Claro que si se habla de poesía breve lo primero que nos viene a la mente son los haikus y los aforismos. Pero el haiku tiene su poética: esta se basa en el asombro y la toma de consciencia que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza, en consonancia con el budismo zen; mientras el aforismo es una expresión para hacer resquebrajar los sistemas racionales. Está hecho de una declaración que contiene elementos prodigiosos porque cuestiona los detalles aparentemente más irrelevantes para echarnos en cara otras realidades que permanecen en nuestro día a día, más allá de lo evidente.

Por eso es que nos vemos empujados a buscar esas joyas, porque el poema breve no necesita de nosotros, como tampoco lo hacen las llaves, ni sus respectivas puertas.

Trataremos entonces de dibujar los territorios que seguramente serán nombrados en el mapa del tesoro.

Formalmente, se dice que la esencia del haiku es “cortar” (kiru) mediante la yuxtaposición de dos ideas o imágenes separadas por un kireji, que es el término “cortante” o separador.

Existen muchas leyendas que nos pueden ayudar a comprender las prodigiosas maneras del haiku. Se dice, por ejemplo –y este es un relato que probablemente la mayoría ya ha oído (pero soy de la idea de que lo que es bello debe repetirse) –, que un día Matsuo Bashô fue a visitar al maestro zen Takuan. Los dos hablaron durante un largo tiempo. Cuando el maestro decía algo, Bashô respondía extensamente, citando los sutras más profundos y difíciles. Finalmente, el maestro dijo: “eres un gran budista, un gran hombre. Lo entiendes todo. Sin embargo, en todo el tiempo que hemos estado hablando, solo has usado las palabras de Buda, o de maestros eminentes. No quiero oír las palabras de otras personas. Quiero oír tus propias palabras, las palabras de tu verdadera esencia. Ahora, rápido, dime una frase propia”.

Bashô se quedó sin habla. Su mente comenzó a funcionar vertiginosamente. “¿Qué puedo decir? Mis propias palabras… ¿Cuáles pueden ser?”. Pasó un minuto, luego dos, luego diez. Entonces el maestro dijo: “creía que entendías el budismo. ¿Por qué no puedes responderme?”. La cara de Bashô enrojeció. Su mente se detuvo en seco, no podía moverse ni hacia la derecha ni hacia la izquierda, ni adelante ni atrás. Estaba frente a una pared impenetrable. Entonces, solo el vasto vacío. De repente se oyó un ruido en el jardín del monasterio. Bashô se volvió hacia el maestro y dijo:

Viejo estanque…

salta la rana…

sonido del agua…

El maestro soltó una risa fuerte y dijo: “¡Muy bien! ¡Estas son las palabras de tu verdadera esencia! Bashô también rio”.

Y, para intentar profundizar un poco más en la esencia del haiku, repetiré la tradición de cuando Kikaku, discípulo de Bashô, compuso el haiku: Libélulas rojas: / quítales las alas y, /serán vainas de pimienta. Sabemos que la corrección de Bashô fue iluminadora: “De ese modo has matado a la libélula. Di, más bien: Vainas de pimienta: /añádeles alas, y /serán libélulas”.

La mente del maestro iba guiada por el principio de que el haiku no podía ser instrumento para dañar, mutilar y matar, sino –todo lo contrario– para dar vida, fomentarla y defenderla: para, en una palabra, “humanizar”. Aquí me pregunto: ¿Será poema algún artefacto que no sirva para humanizar? Claro que, si el haiku es la saeta, el arco es el poema zen, aunque a veces el arco también es la saeta.

Y qué decir de los aforismos, especialmente de aquellos que guardan poesía como si de un poema se tratase, escondido en una declaración que se pretende categórica, pero que emplea un sistema de perplejidades que nos trasladan a dimensiones insospechadas gracias al verbo. Existen, pues, aforismos en los que las afirmaciones se realizan dentro de ese nuevo universo hecho de discontinuidades, pues las definiciones son de otra naturaleza, y se construye un diccionario diferente que pretende socavar aquel que usamos comúnmente para desplazarnos y propiciar en nosotros esa nueva dimensión. En otras instancias, las afirmaciones llevan a formular preguntas dejando entrever dudas. Esas dudas son como ganzúas que intentan abrir nuevas puertas. En este escenario, parecería que cada aforismo tuviera personalidad propia, pues nos muestra otro espacio que no necesariamente es congruente con el anterior; se trata, por lo tanto, de intentar abrir puertas con la pretensión de conocer el universo a través de lo que se dice.

Todo esto también intenta postular el poema breve, que también ocurre a partir de la  llamada “literatura fragmentaria”, producto de una fractura, como puede ser el caso de los retazos que deja el naufragio del tiempo en las obras de escritores pertenecientes a civilizaciones antiguas, como los griegos; pero también de las lecturas que naufragan en el mar de versos, y que acaso nos dejan una frase, una sentencia, una luz poderosa como señal de un mundo que no hemos podido recibir en el lenguaje, pero que nos espera tras la puerta de la provocación de ese fragmento.

Y al hablar del fragmento, estamos hablando, claro, de la lectura. Detenerse, podría ser la palabra. ¿Cómo leemos? La lectura puede llevarnos muy rápidamente a la concepción global, al motivo profundo que traía como mensaje el texto; pero existe esa otra lectura, la que se detiene en el fragmento, de manera que, al desechar el mensaje principal, más brutal todavía, lo hunde bajo la tormenta del que mira más allá, para detenerse en el naufragio, en lo que pudo quedar de la embarcación y su carga. Entonces, de repente, en medio de los restos descubre alguna joya, un precioso y aparente detalle, inicialmente inadvertido entre la variedad de la estiba. Y que, bien visto, no es detalle, sino uno de esos poemas que son la llave de una puerta que se abre a otras dimensiones.

En este modo de lectura hablamos, pues, de la respiración. Respirar es estar, vivir, mantener el instante como clave que se renueva tras cada respiración para estar, fragmentario, pero consciente de ser un fractal en el cosmos. Entonces al respirar también revolucionamos nuestra lectura, no solamente de los poemas, sino del universo: al revolucionar nuestra lectura, revolucionamos nuestra mirada.

Para intentar transmitir mejor la idea, comentaré una frase que esperaba en actitud de apronte, me parece, en los Cuadernos en octava de Kafka. De repente, en medio de la retahíla de fragmentos, leo: “El alivio de los años.” Una verdadera bomba atómica, se diría. Lo primero que me viene a la cabeza, por esto del lenguaje, es preguntarme si esta declaración sonaba igual en el idioma original, pero ese raciocinio es el mismo que si me preguntara si el autor verdaderamente estaba consciente de lo que declaró. Ninguno de estos análisis tiene importancia para el propósito que planteo; lo que aquí interesa es el efecto, la consecuencia de esa literatura fragmentaria.

El lenguaje es lo suficientemente anchuroso como para transportar consigo verdaderas arcas de Noé, capaces de procrear, es decir, engendrar nueva vida, nuevas estructuras vitales; gracias al caldo de cultivo, que también espera en el alma del lector. Esto provocará más tarde, si del poeta se trata, una cosecha inesperada.

Roberto Juarroz, al hablar de los aforismos de Antonio Porchia, afirma que en la poesía, en la literatura, en el arte, en la filosofía, hay una vanguardia permanente que no consiste en la ruptura o la experimentación primordialmente exterior, ni tampoco en el trastrueque intempestivo e insólito de las formas, sino en una penetración cada vez más aguda e inteligente, en una constante profundización, sin atenuantes ni pretextos, en la sustancia misma de la realidad y en la de su expresión, creación o invención siempre renovada. Y en ese contexto coloca la obra de Porchia, como ceñida y personalísima, y como una prueba testimonial de esa vanguardia permanente que aventura llamar vanguardia interior.

Y he querido sacar a colación a Antonio Porchia para hablar de su libro de aforismos, que no es otra cosa que un mar de textos fragmentarios, como si cada uno fuese parte de otros textos más amplios, que hablaban de otras cosas; pero que dejaron en el naufragio, esta vez en la escritura, estos fragmentos. Estoy hablando, naturalmente, del único libro que escribió, Voces, título puesto con la intención de nombrar a sus aforismos, y esto es adecuado, en la medida en que son una multiplicidad de alter ego los que los pronuncian. Estos aforismos aparecen a veces afines, otros contradictorios, y otros con una provocación infinita. Obligando, sin duda, a una lectura que debe ser necesariamente fragmentaria. En este caso, el cultivo no se producirá sino como segmento, y así el lector tomará aforismo por aforismo, según lo que produce. Algunos de ellos, seguramente irán a depositarse bajo el puente Einsten-Rosen. Espacio donde toda ayuda es necesaria. Aunque incluso sin ella debemos continuar, pues como también dijo el propio poeta Porchia, en uno de los poemas bajo el puente:” Nadie puede no ir más allá. Y más allá hay un abismo. Y cruzamos el puente…”.

Dos lecturas contemporáneas de la literatura orureña

En 2014, la Fundación Cultural del BCB publicó dos antologías de cuento y poesía de escritores orureños o residentes en Oruro. En el mes de la efeméride departamental, compartimos los prólogos de aquellas publicaciones.

Descubriendo y redescubriendo
Prólogo a Memoria y mañana. Antología del cuento orureño

Portada de Memoria y mañana, antología de cuentos de Oruro.

Martín Zelaya

Este libro es, a la vez, un redescubrimiento y un descubrimiento. De la inmensa altiplanicie de cultivos y socavones al Oruro urbano, distópico de un futuro probable. De lo rural-costumbrista a lo urbano-individualista y disperso. De la pampa al cemento. De la memoria al mañana.

No sé si se puede decir que la cuentística orureña es incipiente. No es prolija ni alcanzó cimas como la poética, claro está, pero tampoco brilló por su ausencia en diferentes etapas históricas y literarias. Prueba de ello es que en esta compilación están representados casi a cabalidad los diferentes niveles y categorías inherentes a la literatura boliviana, léase tendencias y preferencias estilísticas y temáticas; está, además, el hecho de que la cronología de las fechas de nacimiento de los autores –que da orden y estructura a este libro– abarca prácticamente todas las décadas del siglo pasado y la última del siglo XIX

Veamos en detalle estos y otros tópicos, a modo de justificar la selección de estas 17 piezas de 17 narradores, cuentistas que nacieron en Oruro o, en algunos pocos casos, vivieron y produjeron gran parte o la totalidad de su obra en esta ciudad.

De los autores

¿Quiénes escribieron y escriben prosa en Oruro? En este punto toca decir que la invitación de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia para preparar esta compilación dio pie –investigación mediante– a varios descubrimientos y redescubrimientos: hubo que leer y releer decenas de libros, antologías, compilaciones, revistas y suplementos literarios; indagar en anaqueles y estantes de bibliotecas públicas y privadas, y, en algún caso, a falta de las fuentes originales de algunos relatos publicados en ya desaparecidas revistas artesanales, impresas y online, acudiendo directamente a los autores o herederos.

Redescubrimos a consolidados narradores cuya obra, con el paso de los años, se fue perdiendo de vista: Antonio José de Sainz y Rafael Ulises Peláez, por citar dos ejemplos; y “descubrimos” a dos noveles autores cuya aún breve obra augura buenos tiempos para las letras de Oruro: Lourdes Reynaga y Sergio Gareca (este último, reconocido ya como poeta).

En el medio, se encuentran escritores de trayectoria como Carlos Condarco Santillán y Cé Mendizábal, y otros multipremiados y de generación intermedia, tal el caso de Benjamín Chávez.

Del estilo (y su “lugar” en la literatura nacional)

En El toro de Carlos Condarco Santillán y El cuadro, de Cé Mendizábal, se reconoce a dos maestros del estilo: tradicional, con una pluma que recoge lo mejor del romanticismo y el modernismo, el primero; prolijo, fluido, destacado cultor de la prosa contemporánea, diríamos, el segundo.

A partir de ello, cabe señalar que los cuatro o cinco primeros antologados cultivan lo que se vino a llamar lenguaje clásico “cultivado” o “académico” de la primera mitad del siglo pasado; mientras que por la mitad (Calizaya, Mendizábal) ya se empieza a notar la evolución estilística tendiente a una liberación de dogmas formales, lo que da como resultado naturalidad y verosimilitud de diálogos y descripciones (lo que no quiere decir que los anteriores carezcan de estas virtudes).

Ya hacia el final, los autores nacidos en los 70 y 80 destacan por el humor y la simpleza –que no desprolijidad– de su prosa cada vez más mundana.

De los temas y escenarios

Ya hablamos del cómo, hablemos del qué. Un indígena de apariencia frágil y andrajosa, pero socarrón a toda prueba, que porfía hasta el final por ahorrarse unos centavos (El regateo); un despechado y resignado enamorado que escribe una conmovedora carta para exorcizar su amor no correspondido (Para Blanca Coaquira. Donde quiera esté su reino), y una niña artista destinada a vagabundear con su padre en un Oruro del futuro y casi apocalíptico (La casa Pettenkofer).

Bien pueden estos tres ejemplos marcar tres vertientes o sendas. Siguiendo lo cronológico, una vez más, valga reparar en que el costumbrismo: motivos rurales, mineros y de la Guerra del Chaco u otras lides, marca la primera parte. Poco a poco, gana la dispersión, los temas íntimos o de estricto dominio del narrador y/o protagonista, que generalmente se desenvuelve en la urbe; todo esto, tal cual como discurrió la historia literaria boliviana en general.

De la procedencia

En cuanto al origen de los autores, la gran mayoría, claro está, son orureños de nacimiento, aunque más de uno emigró muy joven y desarrolló su obra en otras regiones (Mendizábal, Vargas); hay un par de casos de autores que, habiendo nacido en otras regiones, pasaron gran parte de sus días en Oruro (Sainz, Urquieta) y dos (Chávez y Vadik Barrón), que coincidentemente reconocen no ser de Oruro “por error” pues, hijos de orureños, llegaron a esta ciudad a pocos meses de nacidos, se formaron y vivieron allí y se identifican públicamente como orureños.

En cuanto a la procedencia de estos relatos hay, lógicamente, cuentos publicados en libros de los autores, otros tomados de antologías premiadas, un par procedentes de compilaciones o anuarios y uno solo que durante el proceso de elaboración de este texto estuvo inédito, pero que fue incluido en razón a méritos estéticos, claro, pero además porque cierra –temática y estilísticamente– el círculo abierto por Sainz y su parábola El diamante. Nos referimos a La casa Pettenkofer de Sergio Gareca, que se publicó en el libro Tradiciones del futuro en abril de 2015.

Si en El diamante prima la impronta antigua de escribir con lenguaje exquisito y subordinar la trama a un mensaje o aporte moral (algo común hasta inicios de 1900), en la pieza de Gareca se abre un espacio aún pendiente de exploración: la literatura fantástica, premonitoria y en la que, sin menospreciar lo estilístico, se enfatiza en la propuesta como conjunto: historia, provocación, posicionamiento.

Los antologados

El diamante. Antonio José de Sainz. Taripaco. Josermo Murillo Vacareza. El regate. Rafael Ulises Peláez. Y las entrañas se horadaban. Jorge Barrón Feraudi. La última llamarada. Alfonso Gamarra Durana. El embrujo del río. Luis Urquieta Molleda. La emboscada. Adolfo Cáceres Romero. Chaucer en los Andes. Hugo Murillo Benich. El toro. Carlos Condarco Santillán. Una corona de rosas para Isabel. Zenobio Calizaya Velásquez. El cuadro. Cé Mendizábal. Para Blanca Coaquira (donde quiera esté su reino). Mabel Vargas M. El encantador de serpientes. Benjamín Chávez. Un gólem. Vadik Barrón. El aburrimiento del Chambi. Daniel Averanga Montiel. Estudio de probabilidades. Artículo de divulgación (en edición). Lourdes Reynaga. La casa Pettenkofer. Sergio Gareca.

La música y el viento

Benjamín Chávez

Portada de La música y el viento, antología de poesía de Oruro.

Ordenada cronológicamente, la presente selección, que muestra parte de la obra de 20 poetas –todos ellos nacidos en Oruro–, abarca casi la totalidad del siglo XX y los primeros años del XXI. Dos aspectos la delimitan. El primero, el criterio editorial de la colección que concibe una serie de volúmenes, cada cual abocado a un departamento de nuestro país. El segundo, la búsqueda de obras con sello personal de quienes supieron modular voces propias y reconocibles que han ejercido, en mayor o menor medida, influencia entre sus pares. Asimismo, motivos de espacio, constriñen la selección a un determinado número de poetas y poemas.

La selección comienza con Luis Mendizábal Santa Cruz, poeta de signo trágico, tempranamente desaparecido y cuya figura, algo mitificada, resuena en las calles de Oruro como un referente, al menos en cierto imaginario citadino, de una poesía otrora rica e intensa. Un faro de luz extinguida más allá de la sola referencia a su nombre y un puñado de versos de su extenso poema La fundación de Oruro, que suelen citarse mecánicamente. El último, es el joven poeta Sergio Gareca, cuya labor creativa es un referente de la continuidad sostenida de la poesía escrita en Oruro. Entre esos dos nombres, se ubican los 18 restantes, configurando un corpus vigoroso, donde no es raro encontrar alta poesía.

Si bien no existe, ni existió, un afán concomitante, al amparo de escuelas estéticas o gregarios modos de entender la escritura de poesía, el conjunto muestra, por un lado, las marcadas singularidades de tono y concepción, pero, por otro, evidencia también, la presencia subterránea de ciertas líneas de fuerza que, de vez en cuando, emergen y se hacen reconocibles en aspectos tales como ciertas preferencias temáticas y sus modos de nombrarlas.

Una lectura atenta de todo el volumen mostrará zonas de confluencia. El abrevadero a donde acude la más diversa sed, signada por el espacio territorial (la ciudad de Oruro, el altiplano, las minas…), y la atención a ciertos personajes y aspectos consubstanciales a los rasgos identitarios de esos sitios (los mineros, el carnaval, la Virgen del Socavón, el viento, el frío…), sin que esto signifique que esta antología pone énfasis en ello. Esta, lo remarco, buscó leer poemas que aportan a una plenitud expresiva y a una cualidad estética capaz de subvertir el lenguaje y prefigurar –o en algunos casos lograrlo del todo– un universo poético capaz de dialogar y proponer.

Desde el pensar y sentir intensos, expresados en muy sugerentes imágenes de Mendizábal Santa Cruz, pasando por la poética de tono surrealista y notorio compromiso político de Luis Luksic (que en algunas antologías figura como de origen potosino). La obra cada vez más leída y valorada de Hilda Mundy, lúcida autora de una obra transgenérica genial. O Milena Estrada Sainz, cuya escritura fina y delicada es muy estimada aunque poco leída por sus coterráneos. Alcira Cardona Torrico, de voz recia y telúrica. Héctor Borda Leaño, dueño de un discurso fuerte y combativo que, junto a Alberto Guerra Gutiérrez y Jorge Calvimontes urdieron su poética en torno al mundo minero y lo expresaron en toda su crudeza a través de versos no exentos de ternura. Hugo Murillo Benich, explorador de constelaciones y galaxias nuevas que visita con voz singular; Silvia Mercedes Ávila, que canta a la vida y sus pliegues; Eduardo Mitre, prodigioso poeta de obra absolutamente lograda; Carlos Condarco Santillán, poeta de hondo sentir y erudición apabullante; Eduardo Kunstek Montaño, de poesía elegante, culta y sobria; René Antezana Juárez, poeta de variado registro y amplios intereses; Edwin Guzmán Ortiz, de impecable dicción y elucubración rigurosa y que, junto a Adhemar Uyuni Aguirre, conformó una generación de poetas que perseguía la exquisitez en la poesía.

Generacionalmente menores, pero igualmente intensos, Cé Mendizábal y su poesía fina, pulcra y luminosa; Álvaro Antezana Juárez y su poesía de sensibilidad mística; Eduardo Nogales Guzmán y su profunda visión mitológica del Ande con reminiscencias históricas y de tradición oral; y Sergio Gareca, cuya obra, propositiva e irreverente mantiene viva la llama de la poesía en Oruro.

Con todo ello, el lector tiene entre sus manos, un libro que acaso develará paisajes insospechados, auscultará vericuetos y, también, ojalá, confirmará la importancia de los poetas antologados, así como la pervivencia de varios de los poemas cuyo eco sigue resonando y lo hará aún por mucho tiempo.

Finalmente, puesto que Oruro no es una tierra donde falten poetas, menciono (en orden alfabético) algunos nombres que ocuparían un lugar en alguna antología más amplia o cuya propuesta de lectura difiera de la presente. Estos son: Gladys Dávalos, Marlene Durán Zuleta, Jorge Encinas Cladera, Elvira Espejo, Raúl Espinoza, Elba Mejía Arce, Mauricio C. Michel, Hugo Molina Viaña, Miriam Montaño, Rómulo Quintana, Cinthia Sevillano, Guido Orías, Pablo Osorio, Antonio José de Sainz y Jorge Zabala Suárez.

La sonrisa de Beatrice. Una línea interpretativa de la Comedia de Dante

Estamos en el año del 700 aniversario de la muerte de Dante, por eso Silvio Mignano, exembajador de Italia en Bolivia, continúa con su serie de reflexiones en torno a la obra del genial escritor.

Silvio Mignano

En el canto XXI del Paraíso, Beatrice le niega a Dante la visión de su sonrisa. No es la primera vez que eso ocurre y es una sustracción tanto más dolorosa en cuanto es posible, como lo teorizó Jorge Luis Borges en sus Nueve ensayos dantescos, que toda la edificación de la Divina comedia (“el libro más hermoso de la humanidad”, como lo define nuevamente Borges) se deba al deseo de Dante de volver a ver la sonrisa de Beatrice.

Uno de los aspectos que más se tiende a subestimar, al leer y comentar la Comedia, es que esta no es un libro aislado, y más, personalmente no creo que se pueda entender plenamente si antes no se ha leído La Vida nueva, que Dante escribió entre 1292 y 1295, es decir, antes de cumplir los treinta años. La Vida nueva es un rarísimo caso de prosímetro, un texto que alterna y combina prosas y versos, y aunque con imperfecciones juveniles es un libro modernísimo, un viaje sincero en las profundidades del yo del poeta, una suerte de Stream of Consciousness que se  adelanta a Freud, Proust y Joyce en seis siglos. Su contenido gira alrededor de Beatrice: del saludo que ella le concedió y que para Dante tiene un valor altísimo, del momento en el cual luego se lo negó y, finalmente, de la muerte de la muchacha con poco más de veinte años de edad, lo que precipita a Dante en la desesperación, empujándolo a buscar placeres menos nobles con otras mujeres: es la perdición del poeta, algo más complejo que simplemente la conciencia del pecado según los criterios rigurosos de las normas religiosas de la Edad Media.

Es de allí que parte la Divina comedia: haberse perdido en la Selva Oscura no quiere solamente decir encontrase en una situación de pecado mortal, lo cual es cierto, para el Dante católico, también es haber perdido el baricentro de su interioridad, vivir una crisis existencial muy moderna.

No es casualidad que, si bien es Virgilio quien ayuda a Dante a salir de la Selva Oscura y emprender el recorrido a lo largo del Infierno y del Purgatorio, su presencia se debe a la intercesión de tres mujeres. Virgilio se lo revela a Dante en el segundo canto del Infierno, que se suele leer poco, pues normalmente el interés de los lectores se concentra por supuesto en el primero (la Selva Oscura), en el tercero (las puertas del infierno, Caronte), y en el quinto (Paolo y Francesca). En el segundo canto, Dante tiene un momento de miedo y le comunica a Virgilio su decisión de renunciar al viaje. El gran poeta latino, alma noble, padre dulce con rasgos maternos, por una vez se molesta duramente, y le cuenta a Dante que la Virgen María –nada más y nada menos– se preocupó por su perdición y se dirigió en el cielo a Santa Lucía, de la cual el poeta florentino era muy devoto. La santa, a su vez, se acercó a Beatrice y le rogó hacerse cargo de su eterno amante, y fue Beatrice quien descendió del Paraíso al Infierno, en el Limbo, para suplicar a Virgilio abandonar su lugar de eterna pena y a correr en ayuda de Dante.

El viaje de Virgilio concluye en el canto XXX del Purgatorio, cuando falta poco para llegar al tope de la montaña que hospeda las almas de los pecadores destinados a purificarse y ascender al Paraíso. Es que este último le queda prohibido a Virgilio, y la atroz injusticia que Dante-autor reserva a su amor intelectual, a su inspiración literaria, a la fiel guía de Dante-personaje es una de las claves más bellas y complejas del poema. Es verdad, Virgilio murió antes del nacimiento de Cristo y nunca pudo convertirse, pero la Divina Comedia está repleta de excepciones: de Stazio, poeta latino que hoy en día consideramos menor, Dante nos dice que se convirtió misteriosamente al cristianismo, sin nunca expresarlo abiertamente, y por ello lo encontramos a mitad de la subida del Purgatorio y lo vemos unirse a Dante y Virgilio, con la diferencia de que él sí podrá seguir hacia el Paraíso. Catón el Uticense, un gran jurista claramente pagano, vivido un siglo antes de Cristo, quien además murió suicida (el mismo pecado que condena a Pier della Vigna, hombre bueno admirado por Dante, consejero del emperador Federico II, el amor político de Dante, a sufrir por la eternidad las penas más atroces en la foresta de los violentos), hasta es ascendido al papel de custodio del Purgatorio; y hay muchos otros casos.

En ese canto XXX, entonces, acontecen dos eventos conmovedores. Dante por fin encuentra nuevamente a Beatrice, cumple el deseo que le ha hecho perder la cordura durante diez años. La ve aparecer en una cascada de flores, con un traje rojo flamante, el mismo que se describe en la Vida nueva, una manta verde y un velo blanco. Dante siente nuevamente “la gran potencia del antiguo amor”, reconoce “las señas de la antigua llama”, y tiene miedo, y se gira hacia su guía para recibir el consuelo que una madre le da a su niño en los momentos difíciles, “pero Virgilio nos había dejados mancos / de sí, Virgilio dulcísimo padre, / Virgilio al cual por mi salud me entregué”.

El reencuentro con Beatrice coincide con la pérdida de Virgilio. La felicidad tanto ansiada por Dante llega manca, y aún más porque Beatrice, como decía al inicio, le niega la sonrisa. Las primeras palabras de Beatrice son severas, regaña a Dante por haberla olvidado, por haber buscado amores vulgares. Es una figura misteriosa, casi una mediadora, la Matilde, quien inicialmente se encarga de encarnar la figura ideal de la mujer angelical de los poetas del Dulce Estilo Nuevo: es ella, de cuya identidad aún hoy en día no tenemos ninguna certeza interpretativa, que casi obliga a Beatrice a quitarse el velo y revelar su rostro, primero los ojos y luego la boca, en una suerte de striptease no solamente espiritual. Es ella la que baña cariñosamente al poeta primero en el río Lete, que cancela la memoria de los pecados, y luego en el Eunoé, que hace revivir las memorias de las cosas buenas. Luego del canto XXXIII del Purgatorio, también la Matilde desaparece en la nada.

En el Paraíso, finalmente, Beatrice concede a Dante la sonrisa. Sin embargo, más subimos de un cielo a otro y nos acercamos a Dios, más se incrementa la belleza de Beatrice, hasta que en el canto XXI, en correspondencia del séptimo cielo, el de Saturno, esa belleza sería insoportable para los ojos mortales, y Dante quedaría incinerado como le ocurrió a Semél, amante de Júpiter y madre de Dionisos, por haber querido ver al padre de los dioses en todo su esplendor.

De nuevo, entonces, Beatrice le niega a Dante su sonrisa, para devolvérsela solamente en el canto XXIII, cuando considera que el poeta haya fortalecido suficientemente su alma. De allí en adelante ya no hay obstáculo para la felicidad de Dante, y de cierta manera casi queda superfluo todo lo que lo espera, hasta la Cándida Rosa, hasta el triunfo final de la Virgen María, alter ego religioso de la mujer eternamente amada.

Cuando don Quijote llama

Christian Jiménez Kanahuaty

Escribir sobre Don Quijote de por sí es una tarea destinada al fracaso; y es que en toda empresa el fracaso es lo más importante. No se trata de concluir algo, se postula una intención, un gesto; un modo de alcanzar algo, una tentativa. Esa es la propuesta del arte en el tiempo presente. No la obra acabada sino su espejismo, su construcción. Lo inacabado emula de ese modo la vida que solo adquiere sentido y coherencia tras la muerte porque es en ese momento en el que recién se puede decir algo de lo transcurrido. Así sucede con Don Quijote.

Nunca sabremos nada de él que no esté en el libro de Cervantes. Pero al mismo tiempo, sentimos que lo conocemos porque compartimos sus inquietudes y sus misterios. Aquellos son los de su propia vida y el modo en que cierta locura detonada por la febril lectura de libros de caballería hace  de él un preso en la cárcel de su propia imaginación, que es también la de su propio cuerpo.

Don Quijote imagina con el cuerpo. Sale al encuentro de los infortunios y entuertos y de ventas (hosterías, albergues) que parecen castillos, de zarrapastrosos que piensa como duques y reyes de la antigüedad; mira empleadas domésticas como si fueran princesas a quienes se debe entregar algo más que la vida y el amor. Pero también se enfrenta con rocas, con molineros, con campesinos, y rebaños de ovejas y ladrones. A todos los ve de modo diferente. Quizás porque la vida no le basta. Quizás porque desea condimentar su existir con la fabulación de lo que hay más allá de lo que los sentidos le indican que hay. Sea como fuere, Don Quijote existe porque es desde su cuerpo que plantea el poder de la imaginación.

No se trata de simples mentiras o de aquello que Mario Vargas Llosa llamó en su momento “la verdad de las mentiras”. La verdad de las mentiras nos pone frente a la ficción como revés de la realidad. Nos pone como lectores, como firmantes y garantes de un pacto con el autor del libro. Sabemos que ese libro es una ficción, una mentira por lo tanto, pero una mentira que decidimos creer porque en ella se revelan sentidos más reales que los que nos entrega la realidad. La ficción nos enseña tanto de nosotros mismos como la historia y es quizá por ello que el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez postula que la novela es el lado B de la historia. Y si esto es así, Don Quijote no lo es, debido, en principio, a que su voluntad va más allá de solo entregarse a una mentira. Para él la gesta que vive a lo largo del primer volumen del libro es la realidad. Lo que él conoce a través de su imaginación suplanta la realidad. Y la realidad es la que termina por ser una ficción.

Cuando habla con el cura para ejercer un discurso que no se resuelve del todo entre las letras o las armas, Don Quijote aprovecha para aproximarse a una contradicción. Toda vez que las guerras han concluido, lo único que le queda al hombre es pelear por un nuevo orden a través de la palabra, que justo por ello adquiere una dimensión épica. La palabra suplanta a la espada pero no pierde en la transición, eficacia ni eficiencia.

Inaugura la modernidad no solo porque es un personaje que se da el lujo de glosar y criticar su propia vida como si esta fuera un texto escrito, sino que también juega con el estructuralismo, porque analiza la estructura y el sentido de cada libro de caballería con el noble objetivo de librarlos del fuego. El cura, que es, al final, el encargado de esta labor incorpora algunas de las novelas ejemplares de Cervantes en este rito de análisis para establecer su valor. Y guiñando al lector les dice que sí, que los libros de ese tal Cervantes no son del todo malos.

Ese desdoblarse e incorporarse en la ficción hace del libro un libro que se piensa a sí mismo, del mismo modo en que en ocho de los capítulos de la primera parte, Don Quijote (Y Cervantes en general) descubren el ejercicio del monologo interior.

Don Quijote es deudor del teatro clásico. Por ello surge Sancho Panza, porque Don Quijote necesita alguien que lo escuche y replique lo que se dice, para así dar agilidad a las acciones. Pero, al parecer, como este libro es también un ejercicio sobre la escritura, Cervantes hace la prueba de una nueva técnica, inédita hasta entonces, que se basa en el hecho de que Don Quijote se habla a sí mismo, ya sea para entender mejor las palabras de Sancho o para ver si lo que siente es cierto o si lo que ve a lo lejos le hará daño o podrá salir bien librado.

Esta autonomía del cuerpo y de la imaginación da lugar, entonces a ese monólogo interior y este gesta, al sujeto moderno, a nuestra subjetividad.

Al pensarse y hablarse a sí mismo, Don Quijote nos permite conocernos, nos permite reflexionar que la locura no es hablar con uno mismo en voz alta; la verdadera locura es no hacerlo, porque al escucharnos decir algo en voz alta logramos poner en limpio lo que sentimos. Darle densidad y contexto. Sin ese movimiento estaríamos perdidos porque no podríamos reflexionar sobre lo que nos acontece.

En cierto modo, lo que pasa con Don Quijote es lo que nos sucede como personas a medida que maduramos. Vemos el mundo de otro modo. Leemos la realidad con mayor densidad y relacionando lo verdadero con lo falso y lo pasado con el presente. Don Quijote es el libro que nos enseña a leernos a nosotros mismos porque al hacerlo leemos mejor el mundo que nos rodea. Leer, es entender el mundo, como si este fuese un libro. En ese sentido, Cervantes parece ser el último romántico y el primer estructuralista. El último romántico porque entiende que no se trata de ideales ni de entregar la vida a las quimeras. Entiende que el valor es una forma de vivir la ética y que al final, la ética no es sino un modo por el cual se manifiesta la intimidad de las personas. Don Quijote, al igual que Sancho Panza, se muestra tal y como es. Ellos no desean aparentar nada. Lo que se ve, es lo que hay.

Y en ese sentido, Cervantes es el primer estructuralista porque estructura el mundo en principio de forma binaria: bien/mal, paz/ guerra, Don Quijote/Sancho Panza, amor/desamor, etc.; y luego interpreta la realidad como un texto escrito que puede ser leído tras una interpretación situada. 

Lo que tenemos –entonces– es un ejercicio de interpretación que se sitúa en un punto intermedio entre la razón y la intuición. Don Quijote no es aquel que perdió la razón. Es aquel que adquiere una razón diferente, la razón moderna. Tiene ciertos puntos de contacto con la razón instrumental que ve desde el pragmatismo nuestro estar en el mundo, pero al mismo tiempo, él se incorpora con la intención de detonarlo desde dentro. Es decir, para sembrar la duda y para organizar la resistencia al imperio de los sentidos aprendidos y normalizados por un periodo de tiempo histórico que, para él, ya está agotado. Interrogan Cervantes y Don Quijote, por medio de la duda, la política que imponen nuestros sentidos y aprendizajes. Se juzga, como resultado, que si el conocimiento se adquiere por medio de los libros y los libros conducen a una transfiguración de la realidad, entonces el sentido no proviene de lo que fue leído sino de aquello que fue escrito. Hay que interpretar desde dentro y, en esos límites, lo que se lee, como un producto creativo que obedece a leyes muy singulares que no siempre están explícitas en el momento ni de la creación ni de la lectura del libro en tanto texto. Por ello el contexto, el carácter y la historia de cada lector cuentan en la interpretación; pero esta al final solo es un matiz dentro de la acción de la lectura, porque al final, hay tantas versiones de un mismo libro como sean distintos también sus lectores.

Librería Editorial Subtterránea

En nuestra sección Tipos Móviles, esta vez presentamos a Subtterránea, una editorial decantada por textos de sociología, historia y política.

Subtterránea es un emprendimiento relativamente nuevo, aunque alimentado por dos vertientes editoriales con una trayectoria más amplia: editorial El viejo topo y didáskalos editores que se fusionaron para dar origen a Subtterránea en agosto de 2019. César Uscamayta, de “el viejo topo”, ya venía desarrollando actividades editoriales con anterioridad, publicando preferentemente obras de no ficción; es decir, ensayo sociológico, político, histórico y de otras áreas de las ciencias sociales y, eventualmente, algún material de carácter técnico; en tanto que Yolanda Téllez, desde 2016, con didáskalos editores se dedicó fundamentalmente al ensayo político/histórico.

Ambas casas editoriales decidieron fusionar sus actividades, capacidades y recursos para dar origen a Subtterránea Editores que desde el año de su creación publica no solo ensayo sino también obras de creación literaria.

Una de las fortalezas de Subtterránea es el servicio editorial que ofrece, entendiendo por edición el trabajo de lectura minuciosa de los originales y la corrección de estilo de los mismos, de modo que el lector tenga en sus manos un trabajo cuya edición ha sido cuidadosamente trabajada.

Al contar la editora con una librería propia, el trabajo de distribución de las publicaciones es menos oneroso en todos los sentidos, tanto en tiempo y recursos como en logística, a lo que debe añadirse que Subtterránea cuenta con una muy efectiva red de socialización de publicaciones en las redes sociales y una web (bolivialibros.com.bo) en la que el público lector puede encontrar no solo las publicaciones propias, sino de otras importantes instituciones académicas y editoriales cuyo catálogo es también “colgado” en la web, de modo que al visitarla, puede encontrarse un banco de publicaciones bastante completo y de fácil acceso. Como efecto de la pandemia global, Subtterránea ha desarrollado una red de distribución de su material en todo el país, de modo que los lectores pueden recibir el material bibliográfico en cualquier ciudad capital o intermedia del país.

Dadas las características de las publicaciones y el público al que van dirigidas, la línea gráfica consideró un tamaño especial de letra –preferentemente de 13 puntos– que permite una lectura tranquila y sin mayores esfuerzos; además, se imprime en papel ahuesado, ideal para leer en ambientes artificialmente iluminados.

Para Subtterránea, el criterio del autor es muy importante a la hora de definir estos aspectos que, sin duda, son parte esencial del trabajo editorial. Por  lo tanto, la línea gráfica, así como los criterios editoriales no son, en modo alguno, rígidos pues están sometidos a las características de cada libro. Así, por ejemplo, la colección Libre Poética, tiene criterios editoriales profundamente diferentes de la colección Narrativa contemporánea que, a su vez, difiere sustancialmente de La biblioteca del militante.

En el marco de la primera colección, se ha publicado la obra de Alfonsina Storni que, por ejemplo, requirió de un tratamiento especialmente riguroso –dado su contenido social y político– para evitar posibles confusiones o malinterpretaciones de la vigorosa crítica al entorno social que plantea Storni.

En lo que a narrativa se refiere, Pabellón X del orureño Arturo Alarcón, ha merecido un tratamiento diferente. La novela del joven escritor se desarrolla al interior de una cárcel por lo que los personajes utilizan el coba –entendido como el “lenguaje secreto del hampa”– propio de los reclusos; eliminar o sustituir estos términos coloquiales habría significado cercenar una parte sustancial de la forma de expresión retratada por el autor; pero por otro lado, dada esta singularidad, se corre el riesgo de limitar drásticamente la comprensión del lector. Es así que para conservar la fuerza expresiva de la novela y al mismo tiempo facilitar su lectura, se optó por incorporar un glosario de las expresiones lingüísticas propias de los reclusos.

Por otro lado, las publicaciones de carácter político/histórico de La biblioteca del militante, como Los Trotskistas en la URSS de Pierre Broué, requieren un mayor cuidado al referenciar adecuadamente las citas a pie de página que se hacen necesarias a la hora de contextualizar un aserto o destacar una cita textual.

Como puede verse, los criterios editoriales de Subtterránea están íntimamente vinculados al tipo de material que se publica; en todo caso, el cuidado en la edición es extremo. Pero, sin duda, existen libros que requieren una mayor atención que otros, a estos últimos pertenece la traducción boliviana de Introducción a Gramsci, original de Giuseppe Cospito. Tanto la traducción del italiano –realizada por Mauricio Lucio– como el trabajo editorial fueron de los más arduos, pero a la vez de los más placenteros.

En fin… la pasión con la que Subtterránea desarrolla su trabajo editorial permite considerarla un potencial en el campo de la industria editorial.

Moby Dick: aventura y traición

Elizabeth Scott Blacud

Leer el clásico de Melville, Moby Dick, entre otras cosas, es adentrarse en un mundo ¿extinto? de aventureros. ¿Qué mayor aventura que surcar los mares por rutas variables, tiempo indefinido, en busca de demonios marinos, a merced de peligros inescrutables y conscientes del inminente encuentro con la muerte?

Descartando la acepción negativa de “aventurero” de nuestro diccionario y explorando en su etimología, encontramos que adventura, en latín, significa «las cosas que han de llegar». El prefijo ad da una idea de aproximación y dirección; venire, habla de «venir» o «llegar»; mientras que urus, el sufijo, indica una actuación no resuelta y remitida hacia el futuro. Así podemos decir que el aventurero es un gerundio gozoso orientado resueltamente hacia la ventura. Destino de belleza o de horror, da igual, de todas formas ha de aceptarse con bravura.

El porvenir es común denominador: para todos, todo siempre está por llegar… Lo distintivo es la actitud: abrir los brazos –a la altura del desafío– correr a su encuentro, apurar su hallazgo a condición de aceptar riesgo e incertidumbre. El aventurero encarna valor y un amor juguetón, a veces irónico, por la vida.

Hoy, desde la normalidad de nuestra existencia civilizada –sobre todo en el primer mundo– cada vez más predecible, planificada, segura y detrás de una pantalla, la aventura agoniza y se hace vocablo extranjero. Nos queda muy lejos, hacia el final de un horizonte en el que el mar ya se ha convertido en cielo… Sin embargo, a veces, una fuerte marejada nos sacude de forma excepcional y el olor del peligro despierta nuestra adormecida sensibilidad.

Pero en verdad, Moby Dick, el mar, la maravilla y el mal nunca se han ido. Están ahí, y ciertamente pueden significar solo tinieblas. No en vano, en una carta, Melville comentaba que había «escrito un libro endiablado»; como la insana obsesión de su personaje Ahab, capaz de conducir a toda la tripulación y a sí mismo hacia la muerte.

Pero la concepción oscura del mundo que ofrece esta gran novela americana solo puede concebirse a partir de la traición. La del feroz Ahab a su condición de aventurero. El capitán, enajenado por su sed de venganza y con la desmesura de un personaje shakespeariano, es la antítesis del comportamiento sereno, generoso, y en una palabra “ético”, del arponero polinesio Queequeg, que con su identidad pagana y su condición caníbal cuestiona incisivamente, como otros aspectos de la obra, los desmanes y, a fin de cuentas, la traición de la civilización occidental.

Aventura la de los balleneros, claro, mas recordemos que con sentido. Se embarcan hacia lo desconocido, pero van en busca de aceite, lumbre y alimento para los hogares de los ciudadanos en tierra, ofreciendo, al fin y al cabo, un servicio. Aventura, sí, pero con la armonía y la paz que desprende el humo de la pipa de Queequeg…

Con reglas y códigos que tienen que ver con los otros, con nuestras responsabilidades, con la compasión incluso por otros barcos y por otras bestias. Expresada en la novela queda la norma, por ejemplo, de parar la caza en cuanto la vida de un solo tripulante está en riesgo. Todo eso desoye Ahab, olvidado de su comunidad y de sí mismo, para actuar en pro de su morboso y mezquino deseo.

Los aventureros anhelan, como se ha expresado, esa vida que también es muerte. Y anhelar, no nos confundamos, nunca será desear. Los balleneros anhelan el trepidar de la peripecia, una condición, una travesía, una forma de existencia; no un deseo concreto como aquel que se erige, pata de palo sobre el barco, en una venganza horrorosa hecha del cadáver de una ballena blanquísima.

Ahab atribuye al mamífero las dimensiones de un monstruo maligno y sobrenatural, pero también una consciencia contra la que es legítimo ensañarse en una venganza de igual a igual. Contradicción que convierte al propio capitán en un demonio, reflejo del oceánico mal que sus ojos se empeñan en mirar; producto de la hýbris que lo consume y no le permite aceptar su sino ni el carácter insondable de la naturaleza, divina y oscura a la vez. El monstruo, en verdad, es el mutilado Ahab, que arrastra al resto de balleneros al infierno.

Leer hoy Moby Dick, entre otras cosas, es asomarse a una otredad, pero también mirarnos de frente, releernos una vez más. Reconocernos en los arbitrarios golpes de timón de nuestros pequeños y tantas veces mezquinos barcos, de los de grandes e innobles capitanes… Con suerte, también puede movernos a aceptar, lúcidos, la invitación a la aventura, con todo lo que implica: incertidumbre, peligro y maravilla; sin soslayar obligaciones ni ninguna de las cláusulas de ese contrato que, a fin de cuentas, es vivir.

Poemas de Hugo Molina Viaña

Hugo Molina Viaña (Oruro, 1931 – La Paz, 1988). Profesor y escritor de Literatura para niños. Miembro fundador de la agrupación de escritores y artistas “Gesta Bárbara” en Sucre (1948), Oruro (1949), Santiago de Huata (1950) y Tupiza (1951) y del Comité Nacional de Literatura Infantil-Juvenil (1964). Presidió y organizó la filial boliviana de la Organización Internacional para el Libro Infantil y Juvenil (IBBY, 1975-1985). Ha publicado: Palacio del Alba (1955), Lucero de Seda (1956), Martín Arenales (1963), El Duende y la Marioneta (1970), Ratonela (1974), Vicuncela (1977), Viajeros del Espejo (2007), Martín Pescador (2007), Pilicitu Pilinín. Poemas con fonemas quechuas (2008), Poemas para llevar en la mochila (2010).

 

Martinico

A los niños de San José de Costa Rica

Chico, chico
Martinico,
baila el tico
tico-tico.
Es un chico
con hocico,
que no tiene
zapatico.
¿Es Perico?
¿Es el Quico?
Manolito,
Martinico.
¿Quién responde?
¿Es un conde?…
¡Dónde, dónde          
pues se esconde!
Es un duende
y muy duendo,
duende, duendo
no comprendo.
Salta, salta,
lero, lero,
baila el duende
hasta enero.

Manuelito de Seripona

A los niños de Sucre

Del lejano tiempo
de Maricastaña,
donde por leer tanto
se perdió la araña.
Se habla de aquel elfo
leve como el viento,
argonauta blanco
de invisible cuento.
Dicen que lo vieron
por los abedules,
volaba aires limpios
en gasas azules.
Lo arrulló una niña
que lo bautizó:
Chico Manuelito
de mi corazón.
De Azurduy a Sucre
se fue por melcocha
y voló de un gran salto
en una garrocha.
Le compró a la niña
suspiro y merengue,
y en aquel entonces
ya bailaba el dengue.
Manuelito el trasgo
el de Seripona,
hoy juega la ronda
con doña ratona.

Duende Negri

A los niños de los Yungas

Oh, mi Duende Negri
cuerpo de jazmín,
te diste en la luna
tu baño de hollín.
Ojos de aceituna,
dientes de turrón,
luces de bengala
en tu corazón.
¿Oh, mi Duende Negri
dónde se va usted?
A pintar la tarde
con un buen café.
Y a jugar con duendes
de cacao bombón,
y a encender diamantes
con un buen carbón.
Oh, mi duende venga,
a bailar aquí,
grano de granada
le daré un rubí.

El Duende de La Glorieta

Quién no conoce
al picarón,
es la muñeca
su devoción.
Con ojos glaucos
de Mentisán,
y la mirada
de celofán.
Con un tomate
se hizo un sacón,
y de lechuga
su pantalón.
Toca la solfa
en el flautín,
con la canilla
de condorín.
Si tú no has visto
al cabezón
busca un sombrero
en un rincón.

El cucu

El viejo cucu
era el espanto,
si no dormías
estaba al tanto.
¿Quién era el cucu?,
¿quién lo sabría?
que nunca vino
hasta ese día.
Pariente fuera
de trucutucu,
¿o era tan sólo
como un ancucu?
Aquel don cucu
se fue al rincón,
a cazar moscas
y un moscardón.
Así no vuelve
a tu canción,
y tú te duermes
como un lirón.

Elfo azul

Trasgo rosa
elfo azul
duende blanco
de abedul.
Seda y dalia
tu capuz,
tu sonrisa
lampo azul.
Eres lirio
del portal,
niño estrella
de cristal.
Trasgo rosa
elfo azul
duende blanco
de abedul.

«Cachín» Antezana y la extrema habilidad posible

Luis H. Antezana J., uno de los más grandes intelectuales orureños de las últimas décadas, reconstruye en esta entrevista las diferentes etapas de su vida y su trayectoria, y reflexiona sobre sus temas favoritos de estudio y lectura. ¿Qué mejor para celebrar esta efeméride de Oruro que realzando a uno de sus hijos mayores talentos?1

Martín Zelaya

Luis H. Antezana J. en un café cochabambino en 2015 (Foto: MZ).

“Creo que puedo decir que yo fui un ser racional, libre y constituido –lo que pasa cuando tomas una decisión estando consciente de sus consecuencias–, desde mis siete años. Fui a una librería a comprar un libro de texto pero no había, y me dijeron que iba a llegar en una semana. Solo tenía que esperar, pero vi en los estantes Los tigres de Mompracem de Salgari y quedé encantado. Sabía que podía comprarme el libro con el dinero que tenía. Pensé que tal vez mi padre me iba a dar una paliza, pero temía que si no me lo llevaba después ya no habría… y lo hice. Esa fue mi primera decisión”.

A Luis Antezana le cuesta hablar de sí mismo y más aún con una grabadora delante. Recién se suelta al segundo café y tras varios cigarrillos, aunque en el pequeño reloj de un cafetín del centro de Cochabamba apenas dan las 10 de la mañana. Mientras tanto, el tiempo no se pierde, ni mucho menos. Hablamos de tenis, fútbol y música y se reafirma así una idea que se repite a lo largo de su valiosa obra ensayística: el maestro orureño no es más que un observador atento y acucioso en busca de la estética, “de la extrema habilidad posible”, de la belleza… ya sea en un poema, en una lúcida reflexión, en la genialidad de un futbolista o en una conmovedora canción.

Vocación y formación

Como no ocurre con muchas personas, al hablar del recorrido profesional, académico de Cachín se habla al mismo tiempo de su historia de vida. “Feliz de aquel que trabaje en lo que ama”, repiten los viejos en tono cursi. Pero el lugar común cobra sentido cuando el mayor placer que uno puede lograr le sirve, de paso, para ganarse la vida. A nadie le cabe duda que estamos hablando de leer, ¿verdad?

Media hora antes de sentarnos en el bolichito, el maestro me recibió en una pequeña antesala de su casa. Un ambiente rectangular más bien modesto y alejado del ubicuo sol de la Llajta, y que desde hace años es casi de su uso exclusivo. Allí está lo que más quiere y necesita: sus libros (no todos, pero los esenciales), su computadora y un televisor de buen tamaño que ese instante, claro, estaba sintonizado en un canal deportivo que retransmitía la liga alemana.

No hay un Luis H. Antezana J. –que así es como firma Luis Huáscar Antezana Juárez, Cachín para los amigos y alumnos– lector o crítico, otro docente y otro semiólogo. Es uno solo.

Indudablemente sus tres grandes pasiones, modos de vida y de trabajo fueron y son la lectura crítica de la literatura, la docencia y la investigación. “Van juntas todas. Para poder enseñar hay que leer, hay que aprender a leer y hay que aprender a enseñar”, afirma.

A sus 72 años –la entrevista se hizo en 2015– el ilustre académico nacido en Oruro y asentado hace mucho en Cochabamba, recibiría días después un reconocimiento definitivo y justiciero: el doctorado honoris causa otorgado por la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz; razón más que suficiente para buscarlo, interrumpir su sábado futbolero y lograr una generosa conversación con un solo objetivo: la evocación.

“De Oruro, mis primeros recuerdos son posteriores a mi primera niñez, muy fragmentarios, porque entre mis cinco y 10 años viví en Tupiza, donde mi padre consiguió trabajo como administrador del cine Suipacha, y ahí hice la primeria. Alguna vez dije que todo lo que me gusta lo hice de niño en Tupiza, porque ahí aprendí a leer y escribir y quién iba a decir que después mi profesión iba a ser eso, leer y escribir”.

De Tupiza guarda además otro recuerdo que determinaría su vocación, su acercamiento al cine “que siempre ha sido fundamental en mi interés cultural” y con seguridad le ayudó en su perspectiva de análisis y noción estética.

En 1961 salió por primera vez del país gracias a una beca de intercambio, y luego de adelantar sus exámenes finales de bachillerato en el colegio Alemán de Oruro. Por entonces, confiesa, aún no había decidido qué iba a estudiar, aunque tenía dos opciones claras: los números, para los cuales tenía un talento natural, y las letras.

“Siempre he leído bastante. Mi afición por la lectura nació con revistas argentinas de historietas. No te hablo de El pato Donald, sino de series de historietas, trabajos de escritores, de artistas que concebían una trama literaria, o que adaptaban obras consideradas juveniles de Julio Verne, Emilio Salgari…”.

Pero inclusive cuando cursaba ya secundaria no se consideraba aún un literato en ciernes. “Más que todo jugaba al fútbol, correteaba todo el día detrás de la pelota, hasta que en la materia de literatura, ya en los últimos años, la profesora me dio a leer La vida nueva, de Dante. Siempre he dicho que ese fue el primer libro que me marcó profundamente”.

Juventud. Vocación

En su biblioteca, leyendo una carta de Jaime Saenz (Foto: MZ)

Ya bien lanzado en la remembranza, no hay quien lo pare. ¡Suerte la nuestra! Cachín se pide otro café, abre un nuevo paquete de cigarrillos y se preocupa de que se acabe la batería del teléfono-grabadora-cámara fotográfica-internet, todo en uno.

“Tras la experiencia en EEUU volví a Oruro y decidí estudiar ingeniería química porque me seguían gustando mucho las ciencias exactas. Me fui a La Plata donde al pasar los cursos me orienté a la electrónica, pero muy pronto me di cuenta de que mi futuro como ingeniero electrónico, en Bolivia, no existía… y decidí dedicarme a la docencia de física y matemáticas”.

Así fue como, a su regreso al país, se decantó por la Normal de Cochabamba. “Como ya tenía un nivel avanzado en matemáticas, física y química, me puse a estudiar paralelamente para profesor de literatura y lenguaje, porque leer era lo que más disfrutaba. Pero de todas maneras, ya me ganaba la vida dando clases particulares de matemáticas”.

Seguramente habría acabado como un excelente maestro de ciencias exactas -como finalmente lo es de literatura y semiología- pero cuando culminaba la Normal le llegó una beca de posgrado para la Universidad del Sur de California donde, por supuesto, escogió la mención de letras.

Fue allí donde amplió su panorama de lecturas y a la par de profundizar a Borges (su primer “flechazo” serio), se empapó del emergente boom de la literatura latinoamericana.

La docencia ya era una realidad y empezaba a abrirse en su mente el universo de la investigación, del análisis semántico y semiológico, pero ¿y qué de la ficción? ¿Nunca pasó por su mente escribir prosa o poesía? “Jamás”, se apresura a responder, contundente.  “Sabía que era incapaz. Así como a mis siete años sabía que era un ser racional, a mis 12 ó 14 sabía que lo mío era leer”.

Fue en su primera juventud, también, cuando se consolidaron otras dos grandes pasiones: la música -desde la inigualable voz de Gladys Moreno hasta el jazz en sus distintas variedades, pasando por Leonard Cohen- y el fútbol.

“Otra vez la culpa es de Tupiza -dice a propósito del balompié-. Mi padre me llevaba a ver partidos a la canchita municipal y ahí un día ubiqué a un llok’alla que manejaba la pelota como los dioses. Recién mucho después supe que era Víctor Agustín Ugarte”. Ahí nació la fascinación. Además de su amor por el juego como tal, muy temprano descubrió algo que muchos hinchas fanáticos a veces apenas llegan a intuir: la estética del fútbol, que se acrecentó a su vuelta a Oruro en la época dorada de San José.

Al regreso del café, mientras el maestro mete en un sobre unos documentos que me encomienda para La Paz, pausado en la computadora de la sala de su casa, está el disco de Enrique Morente en homenaje a Lorca. La música no falta casi nunca en sus días o sus noches, entre libros, Kindle, o un partido de fútbol de cualquier liga.

“Lo mío con la música no tiene que ver con la formación clásica. La música es una permanente canción de cuna que me tiene que enrollar y acunar. Me quedo con las canciones o melodías que me acompañan, porque no tengo el oído para apreciar la maravilla musical con rigurosidad… El jazz y Leonard Cohen me acompañan toda la vida”.

El maestro, el referente. Consolidación

Hojeando uno de sus «tesoros»: las pruebas de galera de Felpe Delgado, con apuntes y correcciones de Saenz. (MZ)

Antes de terminar su posgrado en California, Luis tuvo que regresar repentinamente a Oruro debido al fallecimiento de su padre. Se quedó varios meses acompañando a su madre, hasta que se presentó la posibilidad de otra beca en Bélgica donde finalmente se doctoró, en 1974, con una brillante tesis sobre Jorge Luis Borges publicada después como Álgebra y fuego. Lectura de Borges.

“Ya había leído todo Borges de arriba abajo. Conocía sus libros de memoria, así que tuve sobre todo que aprender el análisis semiótico”. Indudablemente el gran escritor argentino es uno de sus referentes fundamentales, así como otros cuatro o cinco nombres de autores bolivianos sobre los que más adelante dejamos que se explaye: Carlos Medinaceli, Óscar Cerruto, Jaime Saenz y Jesús Urzagasti.

Menos de una semana después de esta charla, Cachín recibió su doctorado honoris causa, en el marco del Congreso Internacional Barthes Amateur. Nada más oportuno que premiar al genial investigador y crítico boliviano, que evocando el centenario del francés que fue pilar del análisis semiológico y referente de la investigación semiótica y lingüística en la literatura.

Investigación y crítica. Semiología y literatura. “Para mí, ambas van juntas –señala. Trato de leer el texto literario no tanto por su posible contenido sino por su forma, por la manera como trabaja, como funciona, una herencia –claro– de mi formación semiótica. Jamás van a ver que yo haga crítica de valor; nunca digo esta obra es buena o es mala; digo esta obra funciona por esto, o no funciona por esto”.

Un legado imprescindible

Todo el bagaje y aprendizaje de Luis Antezana en más de 50 años de reflexión e investigación se reflejan en casi una decena de libros.

A fines de los 70, ya consolidado como uno de los grandes intelectuales bolivianos, y mientras pergeñaba entrevistas, reseñas y comentarios en la revista Hipótesis que codirigía con Gustavo Soto, o “cometía la locura de viajar cada semana a dar clases durante tres días a La Paz”, publicó sus primeros libros: Elementos de semiótica literaria (1977) y Algebra y fuego. Lectura de Borges (1978), la tesis con la que años antes se había doctorado.

Sobre el semestre maratónico de 1979, cuando aceptó un cargo de docente invitado en la UMSA, no puede obviarse acá una anécdota: “me quedaba una semana en casa de Jesús Urzagasti y otra en la de René Poppe. Todos los lunes, al bajar del aeropuerto, visitaba a Cerruto en la cancillería y charlábamos largo y tendido, pero nunca quiso darme una entrevista. Los martes almorzaba con Julio de la Vega y los miércoles con René Bascopé… y del trasnoche de miércoles, generalmente por jugar cacho en la casa de Jaime Saenz, directo al aeropuerto”.

En los años 80, en los que vivió ocasionalmente fuera del país “investigando teorías de la lectura en Alemania” y en otros países, editó Teorías de la lectura (1984), Tendencias actuales en la literatura boliviana (1985) y Ensayos y lecturas (1986).

En la década final del siglo XX, ya asentado en las reparticiones de investigación social de la Universidad Mayor de San Simón, sacó tres publicaciones: La diversidad social en Zavaleta Mercado (1991); Sentidos comunes (1995); y Un pajarillo llamado “Mané”. Notas al pie de su fútbol (1998).

Finalmente, ya en la década actual, Plural editores reunió lo mejor de su producción en Ensayos escogidos (2011), un libro imprescindible para comprender a fondo la literatura y el pensamiento político y social de Bolivia a partir de la Revolución del 52.

Y no hay que olvidar su incursión en los trabajos multimedia: La bodega de Jaime Saenz (2005), La pascana de Gladys Moreno (2007) y La ausencia de Adela Zamudio (2012), tres joyas interactivas en las que se puede apreciar textos, audios, imágenes y gráficas de estos tres referentes de la cultura y las artes del país.

El crítico

Por espacio y dinamismo, transcribimos brevísimas sentencias, oraciones con las que Antezana define a los cuatro mayores referentes de la literatura boliviana del siglo XXI, base de su enorme aporte plasmado en su abundante obra ensayística afortunadamente compilada en 2011:

“Carlos Medinaceli es esencial para la crítica literaria boliviana porque se ha inventado lo que llamamos la literatura boliviana”.

Cerruto es uno de los escritores más completos que tenemos, con perfección en prosa y verso. No es una exageración decir que, después de Cerruto, en Bolivia no se puede escribir mala poesía”.

Saenz ha sido toda una experiencia de vida. Más o menos en 1978, cuando hacía la revista Hipótesis, y después de leer la obra poética de Jaime publicada en la Biblioteca del Sesquicentenario, me entró la idea de entrevistarlo, pero era muy difícil porque ya era todo un ícono y no era fácil llegar a él.

Por suerte a través de Blanca Wietüchter aceptó que lo entreviste, y hasta me dio de yapa las galeras de Felipe Delgado para publicarlas en la revista. Desde entonces se volvió un ritual cada que iba a La paz, trasnocharnos jugando cacho, y a la vez empecé a leer toda su obra y estudiarlo.

Jaime se inventó La Paz, La Paz marginal y nocturna y todavía “todos” escriben de esos temas, sobre esa creación de La Paz; los personajes, descripciones y paisajes saencianos son interminables.

Recorrer esta distancia y La noche pueden rivalizar sin problema con cualquier libro de la poesía latinoamericana”.

“Jesús Urzagasti es un escritor fascinante. Yo tengo una deuda con su obra; tengo varios escritos, pero me falta hacer una revisión general. Por ejemplo, siempre he querido escribir sobre De la ventana al parque, una novela fabulosa. Ya tengo unas 30 páginas avanzadas a las que me falta encontrarles un buen estilo de exposición”.

Con varios cafés y cigarrillos encima, apagamos el omnisciente smartphone y caminamos hablando, por supuesto, de fútbol y música. ¿Realmente era tan bueno el Maestro Ugarte? ¿Ya conoce el último disco de Leonard Cohen y el video del que tal vez haya sido su último recital?

De pronto, no sé cómo, se entromete un nuevo tema: el deporte, es específico el fútbol y el tenis. “Ugarte –comenta– era como Iniesta ahora, pero mucho más talentoso y elegante, una máquina de hacer pases maravillosos para que otros hagan el gol… y es que eso es lo que hay que buscar, la genialidad, la belleza; después de ver al Barcelona de hace dos o tres años, qué más puedes esperar del fútbol. O después de ver las maravillas que hace Federer con la raqueta, el tenis nunca podrá parecerte igual. Hay que estar atentos para no dejar pasar la ocasión de apreciar la extrema habilidad posible”.

El destino en el que no creo, me regaló esta vez la oportunidad de no desaprovechar la extrema habilidad posible que solo Cachín Antezana encarna.


1 Una versión corta de este texto -que, a su vez, es el inicio de un ensayo biográfico de largo aliento- apareció en 2015 en el suplemento LetraSiete, y otra versión, ya avanzada, se publicó en la revista Decursos 40, dedicada a Antezana.