Las posibilidades del cuerpo

Una lectura de Tierra fresca de su tumba, el libro de cuentos con el que la boliviana Giovanna Rivero impacta a lectores y críticos de todo el mundo.

Martín Zelaya

Los dos primeros cuentos. i) Una adolescente menonita violada y embarazada es estigmatizada por su comunidad que, en cambio, exime al agresor porque “el diablo tomó su cuerpo”. ii) Dos pescadores naufragan, el más joven muere y el otro encara a la madre doliente durante una sórdida comida.

La bestialidad en sus diferentes acepciones. i) Sentir que algo/alguien crece en tu cuerpo, sin apenas entender por qué: “…[d]el bulto vivo que le come la juventud desde dentro” (27). El horror de la violencia total: sexual, física, social, religiosa. ii) Masticar una tortilla tras otra mientras la mente repasa la interminable angustia y vislumbra el final. “El hambre expandiéndose por dentro como un globo de helio, un animal hecho de vacío, un animal ciego que le quema las tripas, que lo cubre de miseria…” (43).

Y poco a poco empezar a entender de qué trata todo. i) La fisiología, el sexo; el mundo, la vida fuera del “domo” y la ficción menonita. ii) Que el naufragio verdadero es la realidad espantosa de la gente y la sociedad.

Tres ejes y más

“La mansedumbre” y “Pez, tortuga, buitre”. Con estos dos cuentos –acaso los más intensos– arranca Tierra fresca de su tumba (El Cuervo, 2021) el más reciente libro de Giovanna Rivero. Dolor y trauma es, sin duda, uno de los ejes que trasciende a estos relatos y a todo el conjunto. Y es que este libro de cuentos –con numerosas ediciones en varios países, así como una unánime crítica positiva– explora en diferentes niveles y desde variadas perspectivas el cuerpo y lo corpóreo (segundo eje, acaso el esencial), desde su vulnerabilidad, desde sus más extremas posibilidades. La memoria, el olvido –dos caras de una moneda que a veces se funden y contraponen– y el destino, en una acepción de inevitable fatalidad, conforman otro de los hilos conductores (tercer eje).

«La señora Keiko siente que su corazón se ha transformado en una máquina llena de aspas, de esas que su padre adquirió cuando iniciaron la fábrica de fideos. Aspas que terminarán descuartizando los órganos que acusan su dolor: el corazón, el estómago, los pulmones, los ovarios. Todo aquello que tiene que ver con amar, poseer, respirar, entender y perdonar» (95-96).

El anterior es un fragmento de “Cuando llueve parece humano”. Una japonesa subsiste su vejez en Santa Cruz recordando su infancia en una colonia rural, añorando a su difunto esposo, cultivando su jardín y enseñando origami en un penal de mujeres. La llegada de una joven inquilina ligada a su pasado rompe cualquier decurso natural posible en una aparente historia común de senectud. Armar figuras de papel y sembrar compulsivamente, como única posibilidad –vana, por cierto– de prolongar la vida; o incluso de materializarla en una etapa en que ya solo se dura más que vivir. ¿Acabaremos todos aferrándonos a una única vía soportable rumbo al destino? Memoria / olvido: ¿será que no nos queda más, llegado cierto momento, que resignarnos a que el pasado sea lo único que nos quede?

“Los sueños, las fantasías y los recuerdos son parte de esta única riqueza que poseo y es inevitable que en ocasiones los mezcle, sin que por ello yo me considere una persona insensata. Es que esas irradiaciones del ánima son muy diferentes entre sí…” (143), narra la protagonista de “Piel de asno”, el quinto relato del libro.

Recuerdo es muchas veces trauma. Y el trauma, muchas veces –sino todas– se encarna, se corporiza. Giovanna construye un organismo hecho de historias, imágenes, epifanías: lo corpóreo desde la pasión y obsesión narrativas; lo sensorial-sentimental que se corporiza: “…y sintió que el pecho se le oprimía, aunque la inquietó no saber por qué. Si era ternura o admiración, si temblaba de vejez o de emoción, si era un deslumbramiento tan distinto a todo que el mundo dejaría de ser lo que había conocido” (93), volviendo a “Cuando llueve…”.

Lo corpóreo mecanizado y llevado al límite: “Si me preguntaran a mí, diría que ‘terapia’ significa en este y todos los idiomas: ‘sacar la mierda’, ‘comer excremento’, ‘ordeñar la putrefacción’” (114), se lee en el cuarto texto “Socorro”. En este punto, no se puede evitar un enlace con Los errantes (Anagrama, 2019) de Olga Tokarczuk, la escritora polaca ganadora, en 2019, del Premio Nobel de Literatura 2018:

«Cada parte del cuerpo merece un sitio en la memoria. Cada cuerpo humano, la perdurabilidad. Es un escándalo que sea tan frágil y delicado. Es un escándalo que se lo deje pudrir bajo tierra o ser pasto de las llamas, que se lo queme como se hace con la basura. Si del doctor Blau dependiera, habría creado el mundo de manera diferente: el alma podría ser mortal, al fin y al cabo ¿qué provecho sacamos de ella?, no así el cuerpo, este debiera ser inmortal». (Tokarczuk, 2019: 127).

Giovanna Rivero.

El cuerpo ultrajado, violentado. Lo corpóreo en todas sus dimensiones y desafíos. Lo extremo de lo físico ante los límites de lo mental: “En uno de los sueños mamá aparecía sacudiéndose del vestido la tierra fresca de su tumba y las vetas de cenizas, sus propias cenizas, de su pelo negrísimo” (173). En los límites, además, de la vida y la muerte: la tía ebria que “hacía lo posible por no sacarnos el cuerpo” (151), en un guiño a Jaime Saenz.

Estas dos últimas escenas son de “Piel de asno”: tras la muerte de sus padres, dos niños bolivianos se van a vivir a Canadá con su tía alcohólica. Con el paso del tiempo, el mayor descubre su homosexualidad y la menor un desorden glandular que la condena a la obesidad y la demencia que apenas mantiene a raya con terapias de grupo y góspel. La fatalidad, a veces, se lleva en la sangre y parece inevitable, a pesar de la lucha férrea contra el mal predestinado.

Finalmente, el sexto y último cuento, “Hermano ciervo”, presenta a un matrimonio de bolivianos en EEUU. Él se alquila para experimentos médicos; a ella le carcome la culpa. El cadáver de un ciervo se pudre en el ingreso a su casa ante su imperturbable desidia. Autoexplotación. Las posibilidades del cuerpo llevadas al extremo. Cuando el “bienestar” no es sinónimo de salud y tranquilidad.

Atmósferas y tiempos

Es interesante también la reflexión de Rivero sobre la extranjería: la de la anciana japonesa-boliviana, la de los menonitas, la pareja de bolivianos migrantes en EEUU y la otra boliviana también radicada en el norte y que vuelve de visita casi como una foránea más, no solo a su país, sino también a su antiguo hogar. El choque cultural, el desarraigo –sobre todo interno– de los extranjeros que, aunque asumidos, nunca dejan de tener algo de marginales. Pero también la extranjería como concepto general: uno puede ser extranjero de sí mismo; de su cuerpo, de su vida.

Deteniéndonos brevemente en lo formal-estructural, la autora cruceña maneja muy bien la atmósfera que late y persiste a lo largo del libro, emanando inquietud, desesperación…pero en ningún momento instando a parar, sino todo lo contrario. Y esto por la maestría en el manejo de los “tiempos” y “momentos”, tanto aquellas fases internas por las que transcurren los protagonistas mientras avanzan los sucesos, como el desarrollo cronológico de la acción.

En “Socorro”, una mujer vuelve a Santa Cruz tras muchos años en EEUU. En todo momento, desde la primera voz que sostiene el relato, se percibe que hay un gran secreto que amenaza con salir a flote. Hasta que la protagonista entiende, finalmente, que por nada del mundo podrá librarse de la herencia maldita del pasado: la locura que, como se da cuenta al borde del horror, sobrevivirá incluso al tiempo de sus hijos.

A veces el tiempo –parecen remarcar más de uno de estos relatos– solo matiza, pero no evita lo trascendente, lo que determina vidas y destinos. El desenlace que uno se traza mientras avanza en el vivir –o que ya está trazado sin sernos dado intervenir, para quienes lo creen así–, se puede aplacar, aplazar, pero no evitar. La mayoría de los personajes de este libro fracasan en el intento de hacer del tiempo una terapia. Fallan en la lucha por el olvido y se quedan apenas en un desgarrador grito de socorro. La desmemoria es la verdadera utopía.

Gesta Bárbara de Tupiza

Gonzalo Molina Echeverría

Entre las agrupaciones culturales que destacaron a principios del siglo XX en Bolivia está “Gesta Bárbara”, fundada en Potosí en 1918 (junio 16). Esta agrupación artística-literaria participa activamente en el acontecer cultural con Carlos Medinaceli, Arturo Peralta (Juan Cajal, luego Gamaliel Churata), José Enrique Viaña, Alberto Saavedra, Walter Dalence, Armando Alba, Daniel Zambrana, María Gutiérrez de Medinaceli, entre otros. Dio impulso a una corriente generacional, “renovadora y progresista”, para difundirse a otras regiones del país con un espíritu rebelde y bohemio, como una gesta (trascendente y duradero, de grande acción; una hazaña memorable, de influencia perdurable en generaciones posteriores) para despertar de ese estado adormecido, del estado de barbarie en que se hallaban el arte de la poesía, la prosa, la música y la pintura, en el ambiente potosino.

Influidos por esta primera “Gesta Bárbara”, una segunda generación surge en La Paz (1944) y Cochabamba. Por su parte, el profesor, escritor y poeta Hugo Molina Viaña, junto a otros escritores y artistas, organizó esta agrupación en Sucre (1948), Oruro (1949), Santiago de Huata (1950) y Tupiza (1951).

“Gesta Bárbara” de Tupiza[i]

Hace 70 años, un 17 de abril de 1951, Gesta Bárbara de Tupiza fue organizada por el joven profesor Hugo Molina Viaña[ii], en un acto literario denominado “Clarinadas de una Nueva Generación”, inaugurando así sus labores en el Salón de Actos de la H. Alcaldía Municipal.

El programa se desarrolló en dos partes: I. 1. Presentación de la nueva entidad. Lectura de la credencial otorgada por Gesta Bárbara de La Paz; 2. El espíritu de Gesta Bárbara, por el presidente Sr. Hugo Molina Viaña; 3. Fiesta India (Canción nativa), original de Godofredo Barrientos, interpretada por su autor; 4. Mensaje de Gesta Bárbara de Tupiza a la nueva generación boliviana, por la Srta. Cristina Cruz; 5. Lágrimas de amor (vals), original de Godofredo Barrientos, al piano por su autor. II. 1. A mi madre, poesía por su autor, Iván Barrientos; 2. Cantar bohemio (canción), original de Godofredo Barrientos, al piano por su autor; 3. Evocación de Gesta Bárbara de 1918, homenaje a Armando Alba, Alberto Saavedra Nogales, José Enrique Viaña, Carlos Medinaceli, Gamaliel Churata, Walter Dalence; 4. Nostalgias de mi tierra, interpreta su autor, Godofredo Barrientos; 5. Llegó la Primavera, poema por su autor, Raúl Guzmán; 6. Proclamación de Los Caballeros de Gesta Bárbara, por la Srta. Cristina Cruz; 7. Romance del Chorolque y Tupiza, poema por su autor, Sr. Hugo Molina Viaña. Cortina musical.

El surgimiento de Gesta Bárbara de Tupiza es reivindicado por Gamiel Churata como un nuevo signo de vitalidad, y saluda a la nueva agrupación en la impronta de Gesta Bárbara de Potosí que ha “merecido la consagración de generaciones posteriores, como la que hoy en Tupiza renueva el milagro de los mugrones otoñales. ‘Gesta Bárbara’ en la bella tierra de los Chichas afortunadamente constituye un mensaje de juventud /…/. Deseo, pues, para ‘Gesta Bárbara’ de Tupiza un suelo fecundo para la belleza, un ancho río de agua vigetales para la siembra del ideal, un horizonte ilímite, donde el cielo cuaje en rosicleres y alabastros y donde se vea clara la Cruz del Sur que marca el paso de la nave hacia la Vida”

Actividades destacadas

Entre las actividades desarrolladas por la nueva agrupación se pueden mencionar:

1. En un acto literario denominado “Con la luz de las estrellas”, se rindió “Homenaje a Carlos Medinaceli y Walter Dalence” (de Gesta Bárbara de Potosí),el 9 de junio de 1951 en el Salón de Actos de la H. Alcaldía Municipal. El Programa se desarrolló de la siguiente manera: I. 1. Palabras de ofrecimiento por el Presidente de Gesta Bárbara, Hugo Molina Viaña; 2. Número de Música por Godofredo Barrientos; 3. Flores de Inquietud de Juan Capriles, recitación por la Srta. Socorro Salinas; 4. Número de Música por Godofredo Barrientos; 5. Proclamación por la Srta. Betsy Campero. II. Homenaje a Carlos Medinaceli, 1. Lectura del Acta del Jurado Calificador del Concurso convocado en homenaje al escritor Carlos Medinaceli; 2. Número de Música por Godofredo Barrientos; 3. Lectura del trabajo que obtuvo el primer premio, por su autor; 4. Lectura del trabajo que obtuvo el segundo premio, por su autor; 5. Entrega de premios a los que se clasificaron en el Concurso por el Dr. René Cortez y el Sr. Héctor Solares, Caballeros de la entidad. Acta del Jurado Calificador: “Breve estudio sobre la obra de Carlos Medinaceli: La Chascañahui” (Primer Premio, por Tomás Eduardo Rey: Tomás Uzqueda Blacut), “Carlos Medinaceli” (Segundo Premio, por Hijo del Pueblo: Francisco Blacutt), “Carlos Medinaceli” (Trabajo en verso. Mención honrosa, por Hugo García: Paz Nery Nava).

2. Con los auspicios de GBT y “Avanzada Boliviana” de Oruro, se realizó un Acto Académico e inauguración de la “Exposición Pictórica del artista nacional Bernardo Barriga Salinas”, el 12 de junio 1951 en el Salón de Actos de la H. Alcaldía Municipal. El programa se inició con: 1. Himno Nacional; 2. Palabras de presentación por el Presidente de Gesta Bárbara Hugo Molina Viaña; 3. Declamación por la Srta. Socorro Salinas; 4. Número de Música por Godofredo Barrientos; 4. Palabras del presidente de “Avanzada Boliviana”, Juan Guillermo Barrios; 6. Número de Música por Godofredo Barrientos; 7. Presencia Poética de Iván Barrientos; 8. Número de Música por Godofredo Barrientos; 9. Palabras de agradecimiento en representación de “Avanzada Boliviana”; a cargo de Enrique Suaznábar Ochoa; 10. Número de Música; 11. Presentación del artista Bernardo Barriga Salinas, por el. Pdte. de Gesta Bárbara; 12. Inauguración de la Exposición pictórica.

3. Conferencia del Sr. Raúl Guzmán M.: “El Tratado del 20 de octubre de 1904 con Chile”, el 3 de agosto 1951 en el salón de la H. Alcaldía Municipal. Presentación por el Pdte. de Gesta Bárbara, Hugo Molina Viaña.

4. Velada de Gala de los “Primeros Juegos Florales de Tupiza”, el 10 de octubre de 1951 en el Teatro Municipal “Suipacha”. Velada literaria poética que fue ponderada de manera exitosa. La Comisión organizadora estuvo integrada por Hugo Molina Viaña y Berta Cruz; el Mantenedor, Dr. René Cortez V.; el Jurado Calificador lo integraban: Yolanda Bedregal, Alcira Cardona Torrico, Enrique Baldivieso, Jacobo Liberman Z.; y como Invitados especiales: María Gutiérrez de Medinaceli, José Enrique Viaña, Gustavo Medinaceli, Cnl. Federico Diez de Medina.

Programa: Introducción: 1. Himno Nacional; 2. Inauguración del acto por Hugo Molina Viaña; 3. Himno a Tupiza. Juegos Florales (Sesión de Consistorio): 1. Lectura de los documentos del certamen; 2. Presentación de los premiados; 3. Proclamación de la Reina; 4. Desfile de la Corte de Amor; 5. Ingreso y Exaltación de S.M. Doña Rosa Luz I (Rosa Luz Paz Soldán); 6. Discurso del Mantenedor de los Primeros Juegos Florales, Dr. René Cortez V.; 7. Lectura de los poemas premiados; 8. Entrega de la Banda, la Flor Natural, la Violeta de Oro, y el Jazmín de Plata, por S.M. la Reina (primer, segundo y tercer premio); 9. Ofrendas líricas de los poetas premiados a S.M. Rosa Luz I. Sesión de Arte: 1. Minueto de Pederewski, sólo de piano por Víctor Elías López; 2. “Jota”, La Madre del cordero, baile interpretado por las Srtas. Bertha Cruz y Olma Millán, Dirección de la Srta. Beatriz de Méndez; 3. Rapsodia Húngara Nº 2 de Franz Lizt, sólo de piano por Víctor Elías López.

El veredicto del Jurado Calificador fue el siguiente: “La Danza del Fuego” (Primer Premio, Banda del Gay Saber y Flor Nativa, a Tomás Eduardo Rey: Tomás Uzqueda Blacut), “Versos” (Segundo Premio, Violeta de Oro, a Neru: Juan Foret), “Cantar de mi tierra” (Tercer Premio, Jazmín de Plata, a Juan del Valle: Juan Foret).

Cuadernos Literarios

Como tema principal de los Juegos Florales de Tupiza, realizado el 10 de octubre de 1951, Gesta Bárbara de Tupiza editó unos Cuadernos Literarios (Nos. 1 y 2, 1952. Director: HMV). En el acto de inauguración, el Presidente de “Gesta Bárbara”, Hugo Molina Viaña, destacó la celebración por vez primera en Tupiza de este certamen literario, que a través del arte de la poesía, Gesta Bárbara “ha querido estimular o mejor revelar valores, presentándoles un estímulo que les crea una responsabilidad ante la nación, a los jóvenes que se presentan en esta justa”; exaltando la creación poética como una diversidad de corrientes para cantarle a la vida, la belleza y la naturaleza, cuya expresión artística debe fijarse en los valores de nuestra tierra y raza.

Contenido: Editorial, Reynolds y La Fontaine (ensayo) (Guillermo Francovich), La Puna (poema) (Enrique Baldivieso), Gesta Bárbara (saludo) (Gamaliel Churata), Blancas, Rojas (poema) (Yolanda Bedregal), Paradoja, La Pampa (poema) (Carlos Mendizábal Camacho), Sed (poema) (Antonio Ávila Jiménez), Poemas del Lunes (Gustavo Medinaceli), Primeros Juegos Florales de Tupiza, Portada (Jacobo Liberman Z.), Palabras inaugurales en los Juegos Florales de Tupiza (Hugo Molina Viaña), Veredicto del Jurado Calificador, Corte de la Reina, Danza del Fuego (1er. Premio) (Tomás Uzqueda B.), Discurso del Dr. René Cortez V. (Mantenedor de los Juegos), Crónica de la Velada, Adhesiones, Concurso en Homenaje a Carlos Medinaceli, Acta de los Pueblos del Sud[iii].

Notas

1 Conocida como la “La joya bella de Bolivia”, Tupiza es la primera sección municipal y capital de la provincia Sud Chichas, del departamento de Potosí, provincia que fue creada por Decreto de 26 de agosto de 1863 con su capital Tupiza.

2 En Tupiza, Hugo Molina Viaña se desempeñó como profesor de Geografía y de Historia en el Colegio Nacional “Suipacha” (enero-febrero 1951) y luego en la Escuela Fiscal de Niños “7 de noviembre” (marzo 1951-enero 1952), además de Secretario General de la Asociación de Maestros de Chichas. Es autor de la letra del Himno a Tupiza, estrenado el 8 de septiembre de 1951 en el salón de la H. Alcaldía Municipal de Tupiza.

3 En magna Asamblea de representantes de las jurisdicciones municipales y cantonales de las provincias Nor Chichas, Sud Chichas y  Sud Lípez, solicitaron a la Junta Militar de Gobierno la creación de un nuevo departamento con su capital Tupiza (“Acta de pronunciamiento de los pueblos del Sud para la creación de un nuevo departamento”. Tupiza, 4 de septiembre de 1951).


[i] Conocida como la “La joya bella de Bolivia”, Tupiza es la primera sección municipal y capital de la provincia Sud Chichas, del departamento de Potosí, provincia que fue creada por Decreto de 26 de agosto de 1863 con su capital Tupiza.

[ii] En Tupiza, Hugo Molina Viaña se desempeñó como profesor de Geografía y de Historia en el Colegio Nacional “Suipacha” (enero-febrero 1951) y luego en la Escuela Fiscal de Niños “7 de noviembre” (marzo 1951-enero 1952), además de Secretario General de la Asociación de Maestros de Chichas. Es autor de la letra del Himno a Tupiza, estrenado el 8 de septiembre de 1951 en el salón de la H. Alcaldía Municipal de Tupiza.

[iii] En magna Asamblea de representantes de las jurisdicciones municipales y cantonales de las provincias Nor Chichas, Sud Chichas y  Sud Lípez, solicitaron a la Junta Militar de Gobierno la creación de un nuevo departamento con su capital Tupiza (“Acta de pronunciamiento de los pueblos del Sud para la creación de un nuevo departamento”. Tupiza, 4 de septiembre de 1951).

Psicoanálisis y poesía: Edmundo Camargo en el tiempo de la muerte

Rosalba Guzmán Soriano

El siguiente comentario nace a raíz de la lectura de un artículo presentado por María Elena Lora en el espacio “Psicoanálisis y literatura” de la Nueva Escuela Lacaniana, Delegación Cochabamba, que hace un paralelismo entre psicoanálisis y poesía a partir de la obra de Edmundo Camargo, precisando la invitación del psicoanálisis a tejer con la palabra, a hacer significar más allá del hecho en bruto.

La palabra viva dice lo que no dice, dice más allá de la metáfora o metaforiza lo real.  Evidentemente, ese es un intersticio en el que el inconsciente y la poesía logran rozarse en los pliegues de la piel compartida en ese umbral. Así el psicoanálisis y la poesía, como puntualiza María Elena, “logran un decir de lo que no puede ser dicho”. 

Para el psicoanálisis el goce es aquello que va más allá del principio de placer, lo que no cesa de inscribirse en el inconsciente; el goce, en ese sentido, supone un sufrimiento en que el sujeto se ve lanzado a la repetición. Siguiendo este razonamiento Lora propone que, mientras el goce del sujeto encarna en su síntoma un sufrimiento encapsulado, para el poeta hacer poesía es un goce que se comparte. Yo diría que la poesía es la construcción de una llave mágica que abre el camino para nombrar ese dolor.

Otro punto a destacar en el artículo de Lora es la analogía entre la palabra analítica y la poética: el analista revela en su decir esa no correspondencia con la palabra del otro. La palabra analítica entonces puede tener un saber decir en el silencio, en el gesto, en un murmullo, en un pequeño acto, en un corte… La palabra poética tampoco se registra en la sintaxis prosaica de los dichos, va siempre más allá y así se constituye en una esfera de significaciones agalmáticas en el cuerpo del lector. Esto hace referencia al lazo entre un lector y un poema que de pronto lo toca, lo conmueve, crea resonancias. 

Edmundo Camargo, poeta chuquisaqueño, encontró su hogar en Cochabamba. Camargo dejó una herencia riquísima en los anales de poesía boliviana. Fue un hombre que vivió poco, no llegó a los 30. Murió a los 28 años dejando una única obra póstuma que publica otro reconocido intelectual (Jorge Suárez): “Del tiempo de la muerte”, libro que retoma Lora para su análisis.

                                      Yo tuve que nacer después de tanta herida
entre el ángel sanguinario
cuya espada abrió arpas de sangre.

                                       Era ya un día antiguo
bajo la sombra cárdena de las palomas
un tiempo mensurado
por este cementerio de sangres
que aún no es mío.

                                      Yo tuve que llegar
rompiendo las palabras
las formas
atravesar primaveras oliendo a azúcar
entre una población innominada
hallar arcilla para mi voz
manchar los lienzos puros de la nada
de pronto ver cómo del cieno
sonando antiguos cráneos
de la ceniza
un oleaje disforme de hombres
subía hasta mis límites
y hundían en mi sangre sus rostros
su vocerío ávido.

                                       Inmersa la población
desde el principio sus engranajes
pulsaron este tiempo que es mi tiempo
midieron esta voz
unánime dolor.

                                       El dios golpeó las húmedas estatuas
unió miembro con miembro
a dos gargantas dio el mismo signo
los órganos se confundieron
como barro enredando sus reptiles
los sexos fueron uno.

                                       Y entre tiempo que es de todo tiempo
de esa informe población
nací como un resumen de la muerte.

Para Lora, la palabra plena permanece conjugada al deseo y a la verdad de goce. Ante el vacío, en la poesía como en el psicoanálisis, no hay revelación sino creación.  Podemos pensar entonces que la travesía de un análisis es una travesía poética, marcada por el recorrido de los laberintos de la muerte, de la miseria y de la deflagración.

Ese saber hacer sobre el vacío, nombra la nada iluminando la oscuridad, la oquedad. Camargo no necesita tiempo, experiencia, saber, es el ser frente a la muerte, su poesía “hace hablar a la muerte”, nombra en el vacío lo que la muerte propone como horizonte. Y lo hace de un modo espeluznantemente bello.

Lora cita el verso “Nací como un resumen de la muerte” e interpreta ese enunciado como testimonio de un lazo fraterno, o más aún como si la muerte fuera su partenaire. Dirá “Camargo ilumina con poesía el espacio oscuro de la muerte; el cuerpo como un territorio donde habita el goce, nos permite escuchar el silencio de la muerte en medio del ruido de la vida”. El poeta se asoma a la nada, al vacío, lo bordea tocando sus aristas y dándole nombre con un lenguaje propio y singular. El cuerpo para el psicoanálisis es el yo, la imagen corporal que se refleja en el espejo en el que Narciso se dejó caer. El cuerpo es el depositario de los afectos, el espacio sensible de la mirada del otro, el hogar del sufrimiento y las pasiones del alma, desde ese cuerpo es que la muerte grita su silencio, el mundo calla.

                                    Quiero sentir la tierra circular por mis venas
morderla fríamente, clavarla con mis tibias
sintiéndome en su inmensa placenta, adormecido
como un niño a la espera de un nuevo natalicio.

Lora termina marcando el lazo que el poeta hace con la muerte, su reconciliación con ella, “un motor, en tanto crea voluptuosidad, da forma, voz, palabra”, así entonces revela el secreto del poeta, ese presente en su realidad discursiva que le permite crear sin negarla, sin pelear con ella, aceptando que morir es un acontecimiento de la vida.

El escritor y la ideología

Christian Jiménez Kanahuaty

Se ha dicho hasta el hartazgo de que el escritor es parte del mundo de lo social y por tanto está cargado de ideología, y que por ello, su representación de la realidad en lo escrito no es sino, la selección ideológica que él hace de los materiales simbólicos y referenciales que haya y que piensa que pueden ser narrados. Sin embargo, el movimiento de la ideología en manos del escritor habría que pensarlo desde otra perspectiva. Poner por caso que la ideología no es algo ya dado, sino que como dice William Rossberry, la ideología es algo que se va construyendo de a poco. Hay, dice él, un proceso en la construcción tanto de la hegemonía como de la ideología. No es como en Marx que surge como momento de epifanía a través de las condiciones de clase, que no son sino, las condiciones de trabajo en las cuales se insertan los hombres. Digo hombres y no sujetos, porque el sujeto, al menos desde el estructuralismo, o buena parte de él, está dado a partir de su contacto con las estructuras sociales e institucionales dichas y no dichas que la ideología produce. Pero, el cambio, el hombre es un ser que, de momento, hasta que es narrado, puede pensarse sin el marco de lo ideológico y por eso, hay un momento cero, en el cual no habría la ideología.

Entonces, cuando la ideología surge y atraviesa al hombre el sujeto adquiere porosidad. Dicho esto, lo que le queda al escritor, es, y no es poca cosa: narrar el momento en que la ideología como practica social aparece. No le interesa el momento, como al sociólogo o al politólogo, en el que la ideología ya está cristalizada o materializada y limitadas por las contingencias históricas.

El escritor no hace predicción, no especula. Más bien. Lo que hace es, alumbrar desde la interrogación aquello que está por suceder. Pero, lo interesante es que, narra la duda. Las grandes novelas, los poemas, la épica, los cuentos de Borges o en definitiva buena parte de aquello que conocemos como “los clásicos” son los que se animan a narrar la duda. Lo que leemos y recordamos de esos libros, es sí, una trama, unos personajes y un tono o una serie de imágenes, pero ellas en realidad son lo visible que oculta aquello que se revela en una lectura atenta y eso sería, la duda. Una inquietud. Una pregunta que flota. Algo que se intenta conocer, pero que la larga sólo se sugiere, casi del modo en que el policial indaga para dar con el perpetrador de un crimen.

Así, lo que tenemos, es que el escritor se relaciona de otro modo con la ideología y por ello resultan menos interesantes los trabajaos sobre la literatura que la abordan desde una perspectiva sociológica. Porque hacen que el texto diga aquello que jamás dice, y en su intento lo fuerzan y lo transforman sólo para probar hipótesis de trabajo académico, olvidando, entre otras cosas, que la literatura es sobre todo una forma de arte. Y que como todo arte debe ser analizado, visto y pensado o reproducido, desde sus propios términos.

No importa que los términos no estén claros en un nivel teórico, pero siempre lo estarán en un espectro estético. No porque sea la emoción la que hace del trabajo de los hombres arte, sino porque el arte interpela desde otras condiciones a los sujetos. La ideología es más bien, una construcción, también porque no le impide a los escritores jugar con las reglas formales de la escritura para romperlas. Más bien, parecería que sucede al revés. Es gracias a la porosidad de la ideología que los escritores juegan con las formas y las reglas. Dado que, si la ideología estuviera instalada de forma sólida y concreta, no habría forma de rebatirla desde el texto. Quedaría, tanto solo, ajustarse a sus dictados y como todo dictado presupone, es un acto de violencia donde alguien dice algo y el otro sólo transcribe en lo escrito aquello que fue dicho. La ideología en ese sentido dicta sentencia sobre lo social y condiciona su posibilidad. Pero en el terreno del arte y más en concreto en el ámbito de trabajo del escritor, la ideología está al servicio de los materiales.

No es como hacer una historia social de las cosas y seguirlas hasta que nos lleve hasta su origen, porque desde Foucault sabemos que no existe por completo aquello que llamamos genealogía, porque ella más bien se debe registrar a partir de los huecos. De las instancias de vacío y silencio. Y por ello, tenemos que la literatura en tanto tal rechaza de lleno la idea del realismo como acto de mimesis, sino que, apuesta por la representación, porque ante todo establece una relación el escritor con la realidad que está mediada por el lenguaje. Al hacerlo, lo que se tiene como resultado no es sino una forma nueva que ideológicamente no responde a nada hecho hasta ese momento y que prefigura lo que vendrá. Claro que una lectura deconstructivista apuntaría que el tanto el escritor como el texto mismo no existen como realidades concretas sino desde la existencia y presencia de lo dicho en el texto. Cosa muy distinta a lo planteada por el estructuralismo, pero encuentran contacto ambas escuelas en su análisis alrededor de la ideología, en tanto, evalúan su participación en el momento creativo, como una instancia que no condiciona ni limita el ejercicio del escritor, sino que lo acompaña y va alumbrando el escritor aquello donde la ideología aparece para nombrarla. La crisis, la desigualdad, la violencia, el arrabal, el amor, el viaje, por ejemplo, son sólo momentos en los que el escritor hace de la ideología no un discurso ni un modo de hacer las cosas, sino un personaje, es decir, como se presenta la ideología en el universo espeso de lo real y lo que resta, en entonces, darle seguimiento. Y mientras más ajustado esté el texto a esa presencia y al movimiento de la ideología más multidimensionales serán tanto los personajes como las tramas internas que despliega el texto.

La importancia de la memoria

Carlos Decker-Molina

Acabo de terminar de leer la novela de la japonesa Yoko Ogawa con un título muy sugestivo para estos tiempos: La policía de la memoria.

La novela transcurre en una isla de la que no se menciona el nombre. No se sabe quienes gobiernan, lo único que nos acerca al estado político de la isla es la Policía de la Memoria; novela escrita hace más de 30 años y recién traducida al inglés y al español.

Temible, atropelladora, represora y maldita, la policía, hace allanamientos de cuando en cuando, llevándose cosas para tirarlas luego a la hoguera del memoricidio.

La voz que cuenta la historia es el de una novelista de la que se ignora el nombre, oculta en un subterráneo de su casa, al señor R, su editor.

No se sabe si lo persiguen porque es editor o porque tiene un intelecto que tiene la habilidad de recordar, es decir, es un hombre con memoria, lo que lo convierte en peligroso.

Hay otro personaje que es el viejo (en la novela no figuran nombres propios) fue en un tiempo no especificado, el encargado de conducir el ferry desde la isla a la otra orilla que se ignora si es un continente u otra isla. El ferry esta encallado, por eso lo usa como vivienda. No hay memoria de que alguna vez navegó.

La escritora y el señor R, festejan el cumpleaños del viejo en el reducido sitio donde R este oculto. Por la capacidad de recordar, el señor R tenía escondida una caja de música que decide regalársela al viejo. La caja de música no sólo le hace sus días más llevaderos, la música lo lleva a senderos que parecían olvidados, es decir se producen atisbos del ayer.

Al no haber historia es decir memoria, no se sabe cuándo comenzó la dictadura, no hay alusiones a ningún tipo de ayer.

La gente no se da cuenta cuándo olvidó el sabor de algunos alimentos que desaparecen del mercado. Dejar de leer, parece lo normal. Nadie sabe qué día es o qué fecha.

No hay aproximación al poder político, es como si nadie recordara cuándo comenzó la dictadura, lo que se vive en el presente son las tropelías de la Policía de la Memoria, como si fuera siempre la primera vez.

Ayer se llevaron los calendarios, eliminando el tiempo, hoy queman libros, ni siquiera las fantasías escritas por novelistas y fabuladores, se salvan del fuego.

El hecho de haber obligado al olvido de la literatura se refleja en la escritura de la novelista, voz narradora de la historia, no puede retomar la escritura de su novela. R, su editor le recuerda que entre vocales y consonantes se forman las palabras y estas colocándolas unas tras otras forman frases y así se puede retomar la escritura.

La obra de Yoko Ogawa no llega a la grandeza de El talón de hierro de Jack London o de 1984 de Orwell, El cuento de la criada de Margaret Atwood, pero tiene el trasfondo donde habita la advertencia. ¡Cuidado! hay gobiernos elegidos o no que quieren borrar la historia.

Todas las dictaduras tienen el ministerio de la verdad o una policía de la memoria, a veces uniformada a veces disfrazada de poder judicial. Alguien podría sugerir que la democracia podría ser la cura, pero, hay democracias que fácilmente pueden convertirse en dictaduras y fundar policías de la memoria con ayuda de instituciones sin independencia como poderes judiciales o legislativos.

A veces hay parecidos entre la ficción y la realidad o ésta – la realidad – inspira para avizorar a través de la literatura los tiempos que pueden llegar.

En la novela, olvidar alguna fiesta popular, duele y pasa. La gente sin darse cuenta va aceptando el olvido y, cuando llega la policía a requisar los almanaques, ya es tarde.

El poder judicial, en algunos países de América latina, se ha convertido en la policía de la memoria, porque al no ser ni siquiera medianamente independiente, sigue el libreto del poder, ayuda a reescribir la historia o revisa la realidad para adecuarla al relato del autócrata. A veces plantean la duda: ¿Fue golpe o fraude? Buscamos justicia no venganza ¿Será? Leer la novela de Yoko Ogawa obliga a recodar a la intelectualidad de ayer, esa de las ideas, representada en la novela por el Sr. R, no la intelectualidad que se detiene en las palabras fuera de contexto o está enmudecida de miedo.

La Hoguera

El Grupo Editorial La Hoguera fue fundado el 30 de noviembre de 1989 en Santa Cruz de la Sierra. Sus creadores fueron Alejandro Coronado, Alfonso Cortez, Pedro Antonio Gutiérrez y Hebert Mojica. Todo comenzó cuando uno de ellos les presentó un manuscrito de cálculo diferencial e integral. Ese fue el primer libro de la editorial que comenzó llamándose Editorial Jisunú, un vocablo camba se refiere al huevo que se deja en el gallinero para que la gallina ponga más huevos. Aproximadamente un par de años después, se cambiaría el nombre a editorial La Hoguera, en referencia al antiguo ritual cotidiano de las personas reuniéndose alrededor del fuego a conversar y a compartir conocimientos. De ahí surgió el primer slogan de la editorial: el fuego del saber.

En esos tiempos, la Editorial comenzó vendiendo textos para universitarios y de ahí pasó al ámbito de los textos escolares para los niveles inicial, primaria y secundaria. Los primeros libros de matemáticas tuvieron tal éxito que, en 1992, eran el principal competidor del famoso libro de Baldor. Su primer lugar oficial de ventas fue en la calle Independencia número142, a media cuadra de la Manzana 1 en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Actualmente la Editorial cuenta con librerías en ocho de los nueve departamentos y en nueve ciudades de Bolivia.

La Editorial La Hoguera se caracteriza por brindar un apoyo permanente a los educadores de Bolivia. Es por eso que, en el año 2007, nace la Casa del Maestro, una iniciativa para formar, capacitar y apoyar a los maestros a nivel nacional de manera totalmente gratuita.

La Editorial también cuenta con una amplia colección de más de 400 obras literarias de autores nacionales. Uno de los mayores hitos de nuestras obras literarias fue la creación del Plan Lector “Lean Cuantos Quieran”. El Plan Lector abarca más de 150 obras infanto-juveniles para chicos de todos los cursos. Todas las obras están categorizadas por edades, valores que se hablan en la obra y dificultad de la lectura. Además, cada obra viene con una ficha didáctica para que el alumno profundice en su comprensión lectora. Gracias a que nuestros autores son nacionales, los profesores y estudiantes que trabajan con nuestros libros del Plan Lector tienen encuentros con los autores en los colegios. Nuestro público objetivo son los colegios particulares de Bolivia.

La pandemia fue un golpe duro para la editorial, sin embargo, tenemos un equipo resiliente que se adaptó de la mejor manera a las nuevas tecnologías y necesidades. Ahora todos los servicios a los colegios se hacen de manera virtual a través de nuestras redes sociales y de la herramienta Zoom. También tenemos encuentros con autores de manera virtual y esto nos ha permitido que podamos llegar a lugares donde antes no llegábamos por distancia y accesibilidad. Este año también se ha desarrollado una plataforma que acompaña nuestros textos, lahogueradigital.com. Esta plataforma educativa posee recursos como videos, diapositivas, audios, imágenes y juegos para los estudiantes y profesores.

Tenemos varios proyectos en la parte tecnológica a corto, mediano y largo plazo. Desde mejorar nuestros servicios de manera digital, hasta poder vender los productos por la web. Estamos convencidos que la tecnología abre muchas puertas y genera oportunidades en lugares a los que antes no se podía llegar. De alguna manera, se democratiza la educación, el aprendizaje y el acceso a los libros.

Manubiduyepe: el microcosmos sacado de una cajita

Martín Zelaya

I

En La Montaña del Alma del Nobel Gao Xingjian –monumental canto a la civilización china; a su milenaria y ahora amenazada sabiduría de convivencia con la naturaleza–, un viejo guardabosques le dice al protagonista: “El hombre sigue las vías de la Tierra, la Tierra sigue las vías del Cielo, el Cielo sigue las vías de la Vía, y la Vía sigue sus propias vías; no hay que llevar a cabo actos en contra de la naturaleza, no hay que aspirar a lo imposible”.

El (primer) narrador de Manubiduyepe, la nueva novela de Juan Pablo Piñeiro, sostiene:

Un sol está clavado en cada grieta del mundo. Un sol profundo que llega de lejos y enciende los candelabros secretos de la naturaleza. Grietas como huellas en la memoria de las cosas. Y también constatación infalible de que cada destino está enraizado en la tierra. La tierra húmeda, no el piso ni el suelo, el piso y el suelo que nos separan de la tierra húmeda. El alma es un acordeón, un instrumento de percusión, pero también de viento. Y en la punta de la raíz todas las almas que embrujan la materia de este mundo son idénticas, talladas en la misma madera (124).

II

Un indio reaparece cada nueve años exactos y se sienta durante tres días y tres noches en un banco de la plaza de Cobija, para luego marcharse, imperturbable, sin que nadie logre nunca sacarle una palabra.

Un escritor paceño llega a Cobija a empaparse de los usos y costumbres de la selva, pero en su afán de mimetizarse en la comunidad para tener material de escritura, apenas logra empaparse de sí mismo (y poco más) de tanto transpirar.

Salvador Piñari se llama este autor que, junto a otras voces en todo caso más autorizadas que la suya, narra este microcosmos que es Manubiduyepe (Editorial 3600, 2020), la tercera novela de Piñeiro. Narra, decíamos, pero para ser precisos, más bien canaliza. Y así Cobija, Pando, la selva, el extremo norte de Bolivia y su gente tienen en la ficción –valga el lugar común– un inmejorable prisma que nos acerca a su realidad.

III

Pista suelta: “Manubiduyepe es el espíritu que está dentro del cuerpo que está escribiendo de pie estas palabras en el centenario de un día triunfal” (145).

IV

En esta novela hay violencia e intromisión. Un sicario narco (Pico de Yaca) capaz de todo, pero limitado a la vez por su ausencia de alma. Un par de gemelos (Bruceley y Brucelyn) predestinados a la tragedia ante la imposibilidad de ser uno solo. Turbas enardecidas dispuestas a linchar antes que preguntar o, incluso, pensar. Científicos dueños de la verdad e incapaces de ver más allá de esa falacia.

Hay, también, duendes intolerantes y rabiosos que disponen de una máquina para editar la memoria. Hay árboles-deidades-guía. Hay monos que hablan y escriben. Hay sindicalistas corruptos… pero en ello no es necesario ahora detenerse.

Todos se presentan y cumplen su destino en la primera y tercera partes. En la segunda, centrada en el pahuichi de Yamuriniti Diojorejepe convergen, varios de estos personajes, en una especie de paso a otro estado o dimensión. Todo cambia pero todo vuelve.

V

Para hacer justicia a la epifanía que engendró la necesidad de escribir esta novela, Piñeiro se vale de un complejo juego de voces, planos y perspectivas. Y así, el narrador inicial cede su voz alternativamente a Piñari, a Yamuriniti Diojorejepe y a un “nuevo” narrador: “Es hora de que olvides a tu narrador, Piñari –le dice el brujo Yamuriniti, en la segunda parte, al “dueño” de la novela (tomando, a su vez, la voz cantora en desmedro de “ese” narrador)–, déjalo en mi Pahuichi. Los demás tienen que irse contigo, estimado Piñari…” (155). Y da paso, luego, al “nuevo” narrador”, tercera voz de esta novela que, no obstante, no deja de ser “propiedad” de Piñari, como queda establecido en una alucinada charla en un karaoke.

VI

Muy pocas veces el “lenguaje poético” calza bien en la ficción. Muy pocas veces, como en este caso, este recurso es tan necesario para concordar con el diseño conceptual y estructural de una obra –ya volveremos sobre ambos– que en este caso le tomó a Piñeiro demasiados años de silencio y ardua labor. “La sombra del éxito de su primer libro lo debilita al señalarle caminos equivocados en la escritura” (269), escribe en un claro guiño hacia el final.

Lenguaje poético, decíamos:

Dafne, perdida y derrumbada, desconoce el poder secreto de sus deseos. Cuando duerme, sueña desprotegida y se refugia, insegura, en los peligrosos páramos que la distancian de su propia paz. En el mundo no caben las ilusiones, eso ella lo sabe. Por eso, cuando sueña, siente el mismo abismo que cuando no sueña, solo atina a acostar su cabeza en la tierra, como quien es ajeno a los designios de la providencia. Si no hace eso, el mundo no se evapora: persiste en la dolorosa esfericidad de su impronta (23).

Tal vez, pensándolo mejor, no es justo simplificar con el epíteto de “lenguaje poético” a varios largos pasajes –generalmente al inicio de cada capítulo– de esta novela. Se trata, en todo caso, de un estilo muy alejado –y no por ello mejor ni peor– del estilo dominante en la narrativa boliviana y latinoamericana actual signado, este último, por la austeridad de lenguaje, el énfasis en la naturalización de situaciones y diálogos y en la mayor simplicidad posible; es, entonces la de Manubiduyepe una prosa detenida y frondosa: pensada y cincelada hasta el límite (como seguro, con objetivos contrarios, la escritura predominante de la que hablábamos); resultado no ya solo de una rigurosidad extrema, sino de un compromiso ontológico.

La segunda de las tres partes de esta novela tiene un epígrafe de Jesús Urzagasti: “Qué de extraño que, más temprano que tarde me volviera curandero y terminara sanándome a mí mismo…”. Si algo le debe Piñeiro al chaqueño (influencia no escasa pero tampoco invasiva) es precisamente la coherencia, cohesión idea-trama-lenguaje; la certeza de los demás; la particular capacidad de observación-interpretación de las vidas ajenas en su existir, en su dinámica con la naturaleza. Igual que en la prosa de Urzagasti, se halla en esta novela frases y párrafos dignos de subrayar, delicadamente concebidos y plasmados.

El tiempo se transforma en música, más propiamente en un tono, en una nota que altera la materia y expande y contrae lo que no se mueve. El tiempo es la música que reverbera en la materia y eso solo se puede describir cuando uno descubre el brillo de su propia existencia. Cuando uno halla lo que no se mueve, lo que no cambia, lo que es (74).

VII

Volvamos a los personajes. Un policía que patrulla la desolada frontera junto a un mono al que le da grado y uniforme; una mujer-árbol proscrita y condenada a vagar en la selva por una extraña enfermedad en la piel; dos hermanos gemelos predestinados a la tragedia y cuyo padre tiene a Bruce Lee como líder espiritual; un transexual bipolar que o bien se disfraza de oso o apenas viste lencería y tacones de aguja… y un despiadado narcotraficante que de tanto poder ya no halla qué más tener en su manos y a sus pies. Y, claro, Yamuriniti Diojorejepe, el sabio hechicero que, sin protagonismo central, determina, de alguna manera, el devenir de cada quien. Personajes todos estos que se hallan enfrentados –justo cuando toca a los narradores narrarlos– a un inminente momento culmen, a una transformación definitiva que, finalmente, no termina sino dejándolos en un lugar diametralmente opuesto, sí; pero, a la vez, al mismo nivel que antes (¿o no?).

La vida, el mundo son, como coinciden tantas cosmovisiones milenarias, un eterno círculo que se hace y deshace al avanzar. La vida, el mundo, según tantas –o acaso todas– las cosmovisiones son, además, un cúmulo de dualidades complementarias. Gran don, terrible don; pues, como bien experimenta Piñari, no se puede vencer al cansancio de cargar con un cuerpo [el propio] a cuestas: “No es fácil vivir siendo dos, porque tarde o temprano uno se alimenta del otro” (26). Dualidad implícita en Miguel-Nancy; dualidad intrínseca de Policarpio Murayana; dualidad fatal en Bruceley-Brucelyn.

Eterno círculo, dualidad complementaria, decíamos. Y viene entonces a colación la ética y estética del flujo continuo, de reciprocidad y bidireccionalidad con que se abre y cierra la novela: “Luz azul”, poema palíndromo: “Luz azul, soledad, / aroma, dama de sal. / Seré soñada luna, luz azul (…) luz azul, anula daños / eres la sed amada. / Morada de los luz azul…” (15 y 278). 

VIII

Tiene, Manubiduyepe algo de reconstrucción social y antropológica de Cobija y la selva pandina; abundan rasgos que para el incauto lector podrían pasar por realismo mágico, pero en realidad es una crónica concebida desde el deslumbramiento de un encuentro (casi) imposible; desde la mirada sorprendida e inocente, primero, de un colla foráneo, y desde su inquebrantable curiosidad, después, en pos de desentrañar este “lejano” universo, tan cercano a la vez. No todo lo que parece sobrenatural, imposible, irracional, a ojos profanos, lo es.

Es, también, Manubiduyepe, un inventario de personajes y, por tanto, peculiaridades de la selva boliviana: idiosincrasias, sabidurías. Una ficción conformada por los mejores rasgos del viejo naturalismo: rigurosidad de observación, aprehensión y transmisión pero, indudablemente, aferrada a los registros de lo sobrenatural. En este punto valga una breve analogía con Cuando Sara Chura despierte (2003), primera novela de Piñeiro a la que muchos, planteando características como las recién descritas, describen como neobarroco. Las similitudes, como se verá, trascienden a diversos planos[1].

¿Es Cuando Sara Chura despierte un quiebre en el “realismo urbano” ya asentado para 2003, cuando se publicó, y que continúa vigente?

Es una novela  lúdica, lindante en el absurdo y lo caricaturesco, pero a la vez, profundamente reflexiva y rigurosa; es una novela fantástica, pero a la vez inmune al estereotipo del realismo mágico. Es una novela que ensalza la posibilidad de lo ambiguo, de lo voluble; la posibilidad del cambio infinito, de la multiplicidad. Y es una novela que reivindica a la muerte y a los muertos como presencias más que como ausencias.

Para lograr enlazar este complejo universo narrativo temático, Piñeiro toma una arriesgada decisión: diseña una estructura alternada y paralela, según la perspectiva de cada personaje, es decir, variando en cada una de las cinco partes que, no obstante, están todas relatadas por el mismo narrador ajeno –que no omnisciente pues, ¿acaso hay alguna ubicuidad en esta novela que no sea Sara Chura?– que lleva la voz principal y la cede solo en determinados pasajes.

IX

En su poema “Las tres voces de Arlindo Paruma”, el pandino Ramón Campos Tibi escribe: “…Mira hijo, si la vida lo tiene todo, / el hombre solo tiene que vivirla. / Y si no sabe vivirla, es como un tronco seco. / ¿No miras, acaso, cómo vive la selva? / ¿No miras, acaso, cómo baila?…”.

Retomando a Xingjian, es, además Manubiduyepe, en forma tangencial, pero rotunda y definitiva, una denuncia contra las amenazas a la naturaleza, a la vida pura y simple –acaso la única en verdad aceptable–. Un grito desesperado por la utopía de lo genuino.

X

¿Escribió este libro Juan Pablo Piñeiro, un paceño que en el trópico pandino suda como “esponja exprimida”? ¿O simplemente, como sus narradores y el mono que escribe las palabras sacadas de una cajita, se limitó a canalizar las historias ya escritas en este transcurrir irrefrenable que nos contiene?


[1] Los siguientes tres párrafos son parte Zelaya, M. “1997-2007: Cambio de ritmo”. En 2017 Chávez, Gabriel (comp.) Un río que crece. 60 años en la literatura boliviana. La Paz: Asoban-Plural. Pág. 115-151.

Hola, mi amor

Una invitación a la lectura de la nueva novela protagonizada por el investigador Santiago Blanco que el escritor tarijeño, afincado en Cochabamba, acaba de publicar.

Gonzalo Lema

No habían terminado de cagarme las gallinas cuando la muy buena y comprensiva de Gladis me despertó arrojándome agua de sapos de un viejo balde recubierto de óxido abandonado en el canchón. Se le había hecho una sana costumbre en los últimos tiempos.

Una deslumbrante mañana llena de optimismo veraniego despuntaba en el paraíso chaqueño llamado Villamontes. El sol candente anunciaba que ardería absolutamente todo en la faz de la tierra, primero a fuego lento pero luego a llama alta, principalmente al mediodía, justo cuando me tocara freír los sábalos en la parrilla de la acera para nuestro restaurante de clientela tan diversa: matacos, chiriguanos, weenhayeks, chapacos y tobas extraviados. Si despachábamos un buen olor, nos llegaba algún arrogante descendiente de los fundadores del pueblo. Si catequizaban por ahí a la hora indicada, los simpatiquísimos suecos de la Pentecostal, atontados como moscas verdes por el calor sofocante.

Las mariposas amarillas revoloteaban alrededor de la humedad. Las mariposas blancas llegarían con su habitual retraso.

—Han matado a tu cuñado, cholero, y dicen que tú eres el sospechoso principal. Vas a tener que ponerte a investigar si todavía te queda seso.

No atendí sus palabras porque nunca lo hacía mientras me duraba la resaca, pero pronto me senté en el piso firme de la corteza terrestre y sacudí la cabeza como los perros. A tiempo de levantarme alcé el machete y con cierto alivio me persigné y le estampé un beso en el estupendo mango de quebracho. Antes de caminar a la vivienda me miré los brazos: cicatrices viejas, nada más. De peleas viejas. Ni una nueva. Tampoco observé sangre en la hoja acerada y menos materia alguna en la punta ligeramente mellada.

Estábamos a salvo de toda sospecha.

Me despedí de los canarios del Chaco con reverencia sincera.

Ingresé a la oscura vivienda y curiosamente no escuché el llanto de Tiago. Tampoco me di de bruces con la cabeza curiosa de Soraya, su difícil madre. Transité el pasillo desde la puerta posterior cruzando algunas mesas y sillas, me detuve firme ante la gruesa manguera colgante del tanque de un viejísimo inodoro de pie empotrado en la pared de piedra y jalé la cadena. Vacié una botella y media de cerveza amarga directo a mi barriga. Sacudí nuevamente la cabeza por apenas un momento y crucé bajo el rollo grueso de la puerta metálica y cerca de la parrilla todavía arrinconada, a observar la realidad refulgente y electrificada de la acera y la calzada.

El mundo comenzaba a hervir anunciando el fin de los tiempos.

Manchas gruesas de grasa de sábalo y algún ocasional dorado. Sarna nutrida de cemento debido a las patas de la parrilla. Colillas aplastadas de cigarro. Saldos secos de yuca. Regueros secos de gaseosas y de cerveza. Un brote de hierba tozuda entre las baldosas por ahí. Una columna de hormigas débiles. Un macizo par de lustrados botines negros y cabezones de la punta. Unos pantalones con caída y planchados con raya. Un ancho cinturón negro circunvalando un mundo casi redondo con una hebilla plateada conteniendo apenas un brioso potro de crines doradas. Una camisa del mismo color cola de cebolla del pantalón oscurecida desde las axilas a las costillas flotantes. Un simpático rostro mestizo, redondo como un sol moreno, de bigote sucio de comida, y un par de ojos negrísimos y grandes muy propio de los cuchis del monte mismo. Una gorra de capitán de la policía boliviana coronando la testa sumamente burbujeante entre los cabellos parados.

Una sonrisa de paz y amor. Le faltaba un faso de marihuana.

Saturado por tanta belleza no tuve ánimo para mirar el color del cielo ni los rayos del sol.

—Carlitos Aguilar –lo saludé contento.

Gladis había comenzado a barrer la acera desde el meticuloso límite con los vecinos viejos, guiándose por el cambio alarmante de colores de las fachadas, muy cuidadosa de no asentar ni un pelo de su fatigada escoba en la baldosa ajena.

—Estamos en líos, Blanquito. Han degollado a uno de los Leches.

—Van dos –dije.

—Ya se lo he dicho en el canchón y no ha querido escucharme –opinó Gladis.

—Pero éste estaba farreando contigo anoche en el putero, dicen.

—En otra mesa.

—¡Una vergüenza! ¡Y a tu edad! ¡Si ni siquiera te alcanza tu hombría para el gasto de la casa! –denunció Gladis.

El capitán contuvo la risa, pero no el temblor de su barriga.

—El gran fiscal Delfín Moreno quiere comparar tu ridícula condición humana con el maravilloso reino vegetal en el lugar de los hechos.

Suspiré profundamente. Gladis había logrado diferenciar nítidamente nuestra parte de la acera de la parte de los vecinos. Claro que los vecinos ni siquiera tenían un metro porque estaban en pleno ochave de la esquina, y su puerta principal, e inclusive sus dos ventanas con reja, daban a la calle con nombre de un héroe importante de la guerra del 32: Capitán Víctor Ustariz. En esos pocos centímetros se quedó la tierra arrastrada por el viento de la tarde anterior. La de nuestra acera iba a depositarla en una bolsa de tocuyo, como cada día. No le importaba que se lo criticáramos en familia. Apenas se alzaba de hombros y fruncía la nariz.

—Guardas mi machete –ordené–. Cargas el tanque y le cuelgas la barra de hielo como te he enseñado. Ya vuelvo.

Comencé a caminar junto a la autoridad policial.

—Machito. Gordo hediondo.

Una bandada de loros chocleros y charlatanes se anunció bullicioso y amenazante en el horizonte de matorrales espinosos y trenzados, y algunos pocos tucanes optaron por las de Villadiego. De inmediato se posaron en el follaje tupido y vibrante de los gigantes churquis que nos proveían sombra y siguieron su conversa apasionada sobre el parlamento condicionándonos a alzar toda la voz posible para escucharnos.

Dorado por un sol bíblico de los primeros tiempos y aprisionado, se diría amorosamente, por la vigorosa enredadera crecida en horas gracias al poderosísimo rocío (de fino tallo verde lechuga y flores violetas con boca grande y hambrienta de nítido paladar rojo), el cadáver cuasi descabezado de Omar Ferrarino parecía retornando del urinario a la mesa de la víspera, un poco tambaleante por el mucho trago.

Hacía menos de cinco horas que parloteaba casi a mi lado.

Si bien tenía el cuerpo trenzado por la planta, y la planta se aferraba al tronco de un árbol añoso y recubierto de musgo, la pierna adelantada nos mostraba su intento de salir corriendo de aquella mortal situación. También las manos desesperadas con los diez dedos abiertos y tensos. Pero la cabeza ladeada sobre el hombro derecho, debido al profundo tajo de machete en la base del cuello, sugería resignación y cansancio. Sueño profundo. La falta de zapato y calcetín en el pie izquierdo develaba resistencia tenaz y larga a los aprestos asesinos.

Bueno, se podía practicar otras lecturas del cuadro.

Los ojos menudos y del color de las hormigas del fiscal barrieron con meticulosidad toda el área y se distrajeron con las mariposas amarillas que aleteaban excitadas en el orificio sanguinolento del cuello de Ferrarino.

—Las mariposas blancas se arremolinan ante una gota de agua –dijo–. Las amarillas van por la sangre. Usted es colla. ¿Sabía eso? Puede leerlo en cualquier tratado sobre la guerra del Chaco. La sed era desesperante. Todos peleaban por el agua. Pero la orina también servía. Y la sangre. Me refiero a hombres y animales.

Me asombré moviendo la cabeza un milímetro.

El fiscal se sonrió un tanto arrogante. Caminó dos pasos lentos hacia el cadáver y se puso de cuclillas. Pareció estudiar el pie desnudo. Recorrió el largo de la pierna y del cuerpo. Se detuvo en las manos con el propósito y esperanza de hallar algo. Cualquier insignificancia. Sacudió la cabeza y se puso de pie con cierta dificultad. Atisbó el tajo del cuello, espantando a las sedientas mariposas, como quien se asoma a un precipicio profundo.

—Propio de un toba enojado –dijo–. O de un mataco borracho. Claro que cualquiera lo haría a cambio de algo de oro. Dígame: ¿usted no estuvo compartiendo con él anoche?

—En otra mesa.

El capitán Carlos Aguilar dio un pequeño giro de perro en el lugar un tanto incómodo, y su cuerpo me pareció un planeta en rotación. También mordió un yuyo.

El fiscal husmeó en el piso de tierra roja de alrededor. Caminó con la espalda doblada y flexionando las rodillas. Parecía un baile de lequeleques del altiplano. Se irguió un poco, después, cuando las espinas desmesuradas de una caraguata le salieron sorpresivamente al encuentro.

Chorreaba de sudor a mares.

—La gente me dice que Ferrarino no lo quería en su familia –dijo.

Más de un diente pareció pelarse de labios con su sonrisa a medias–.

Supongo que no estaba ninguna señorita en cuestión.

—Supone bien. Estábamos en el prostíbulo. Borrachos y putas.

—Pero también supongo que primero se miraron como media botella de ron con el occiso y luego ya riñeron. ¿Se amenazaron de muerte?

Me miró fijamente. Parado a lado de Ferrarino parecía un pescador exitoso mostrando su dorado. La tapa lustrosa de Caza y Pesca.

—Nos amenazamos –reconocí.

—Pero ni siquiera llegaron a las manos –dijo él y me pareció que daba por terminado ese primer capítulo. Giró el cuerpo y observó el cadáver con curiosidad de biólogo–. Es sorprendente: ha comenzado a crecerle un alga y musgo en el cuello. El reino vegetal es superior al reino animal. Continuará aquí cuando nosotros ya no estemos más. El capitán Aguilar pareció desconcertarse. Escupió apurado el yuyo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Su camisa íntegramente, y parte del pantalón, habían mudado de color: del reglamentario verde propio de la cola de cebolla al verde petróleo. Sucio. Seguramente tenía los calzones y los calcetines listos para exprimirse a dos manos. Dos gruesos hilos turbios de traspiración espesa bajaban veloces desde sus patillas hasta el primer anillo de su abdomen.

Lucero en el mercado

Fragmento inédito de un libro que su autora llama “de etnología ficción o  etnología novelada” y que son crónicas de la violencia cotidiana en Oruro. Si bien lo narrado se basa en el trabajo de campo que la autora realizó entre 1982 y 2010, la cualidad ficcional del relato hace que toda posible evocación de hechos o personas reales sea mera coincidencia.

Liliana Lewinski

10 de noviembre 1986, medianoche

Lucero abrió los ojos, casi gritando, cuando la puñalada le atravesó el pulmón. Miró y vio un turril de lechugas y vio la Virgen paseando por los pasillos de su sección.

¡El cuchillo, hijo! hijito… wawita de mi corazón…¡ay!… el cuchillo… duele… no te vayas… no me dejes… hijo…

Y la noche la acunó, definitivamente.

Años más tarde Tonio, ya convertido en don Antonio, seguiría buscando en sus recuerdos ese cuchillo. ¿Dónde estaba cuando entró en el cuarto y vería a su madre, en la cama, cubierta de sangre? Cómo verlo si él sólo veía la mamita mamitay que ya no contestaba y su prima que gritaba y lloraba y él que lloraba y gritaba papá, papá y mamá, mamá y nadie contestaba y él que seguía escuchando alaridos en su cabeza que no sabía de dónde venían, que no, que no venían de afuera, alaridos que gritaban y llenaban su cabeza desde hacía horas y que habían aumentado en las últimas horas, cuando trataba de comer con su abuela y no podía, no podía porque algo ardía en su cabeza y para apagar el fuego buscó a su padre y sólo encontró a su madre ensangrentada…

Horas más tarde, cuando el policía le preguntara y su tía le hiciera señas por detrás del uniformado, horas más tarde ya no sabía cómo habían pasado los minutos entre la imagen de la madre ensangrentada y la voz del padre que le pide dinero. ¡Dinero! a él que nunca tenía más que algunas monedas en sus bolsillos. Dinero cuando mamá está ensangrentada. ¿Dónde estaba el cuchillo? ¿Dónde estaba papá? ¿Dónde estaban los tíos? ¿Dónde estaban las tías? ¿Qué había pasado? ¿Por qué descendió corriendo las escaleras y corriendo atravesó el patio gritando papá, papá y gritando abrió la puerta de calle y gritando y corriendo en la oscuridad fue detrás de su padre que corría hacia la esquina?

El adolescente casi tropezó con su padre cuando éste titubeó escuchando la voz de su hijo.

-Papá… ¿qué has hecho?… mamá…

-¿Has visto?… ahora sabrá quién soy… dejará de burlarse… dejarán todos de burlarse de mí…

-Papá…

-Me voy… no vuelvo… dame platita waway que me voy… no nos veremos más… qué pena waway…

Y le dijo dónde iría y Tonio lo repetiría a sus tíos y a sus tías y a su abuela, cuando ya estaban en la casa de regreso del hospital cuando les habían dicho que mamá había muerto. Y los parientes repitieron y repitieron dirás que lo habrás visto pero no dirás dónde está, dónde fue. No sabrás nada. Diremos que él fue, mostraremos el cuchillo que está allí sobre el tejado. El cuchillo. Años más tarde ni sabría si era cierto que el padre le dijo dónde iría.

Entretanto, los gritos de la sobrina de Lucero habían alertado a toda la familia. Salían de la cocina o de sus piezas. Corrían por el patio y subían la escalera. Entraban en la habitación y la miraban. Estaba lívida. Los parientes no comprendían. Respiraba mal. Se escuchaba un ronquido.

-Levantémosla para que respire mejor.

Entre dos, entre tres, la levantan, tratan de ponerla de pie. La mixtura se desprende de sus cabellos negros. Las manos se mojan de sangre. ¡En la espalda! En la espalda hay sangre y por todos lados hay sangre. Luego dirían que un mango de cuchillo sobresalía de la espalda y que unas manos, ¿cuáles? ¿Quién sabrá? lo arrancarían.

-¡Al hospital! ¡Se muere!

Entre todos la bajan con dificultad, con torpeza, con terror, extendida sobre una cama. Hermanos, cuñadas, sobrinos ayudan. La bajan por la estrecha escalera, atraviesan el patio, salen a la calle. La madre de todos los hermanos vuelve a entrar en la cocina para buscar su monedero.  Alguien ya había corrido a buscar un taxi. El pobre automóvil llega. El conductor mira con pena la mujer ensangrentada. Piensa en su tapizado. La acomodan en el asiento de atrás. Calman al conductor prometiéndole limpiar más tarde el taxi.

– ¡Al hospital!

Unos minutos de carrera por las calles, entre los montones de basura, los perros que comen, los borrachos que cantan, las familias que vuelven de los festejos.

-¡Al hospital!

Llegan a las urgencias. Los hermanos gritan, gritan. Los camilleros vienen a buscar a la mujer sin fuerzas. Sin vida.

ay wawitas ya me fui…que es dolor vivir.

Lucero, mujer casada, amó a otro y la mataron. Lucero amó y la amaron. Algunos, mal la amaron. Algunos amaban lo que no cambia. Ella amaba la libertad de elegir.

11 de noviembre 1986, 9 de la mañana

Mañana soleada. El viento baja del Pie de Gallo, pasa la Plaza Cívica, la del Carnaval, agita las hojas de los árboles de la plaza de la Prefectura. ¡Árboles en el Altiplano! Pobres criaturas que resisten calores que hieren sus hojas y escarchas veraniegas que los queman en los amaneceres. El viento mira las tejas rojas cada vez más escasas perdidas entre los techos de calamina. El viento se acerca a las vías del tren que alguna vez fue a La Paz. Allí su ínfula aumenta y comienza a barrer los papeles picados que cubren las calles en derredor del Mercado Campero, sigue, sigue barriendo y llega, un poco perdido y sorprendido hasta un Mercado Bolívar que no reconoce.

-¿Dónde estás, mercado chato? 

-¿Con tu piso de cemento, los puestos de madera alineados formando una tela de araña, los toldos blancos protegiendo las mercaderías expuestas y vendedoras sentadas en su banquillo trono mirando pasar los compradores desde la altura imponente de sus tablados altos, de unos 40 centímetros?

-¿Dónde están las casillas azules que rodean tus murallas, Mercado Bolívar?

-¿Dónde están los canastos altos y delgados de las vendedoras de frutas que se escapan de tus murallas y venden de pie sobre el asfalto?

-¿Qué hace esa estructura hormigonera y gris de dos pisos con ojos múltiples y sin expresión que dejan ver un cerebro monstruoso y vacío?

-¿Dónde está tu bullicio, Mercado?

¿Dónde estás Mercado Bolívar? Ah, allí estás, desparramado por las calles. Mientras esperas, un día, volver a reunir a las comerciantes. El viento sigue su camino. Los puestos están todavía cubiertos por los lienzos habituales que los protegen durante la noche. Son ya las 10 de la mañana. Los puestos de las vendedoras que se levantaron temprano, a pesar de la larga fiesta del día anterior, muestran flores marchitas y serpentinas que se aburren y que caen, lentamente, sobre el adoquinado de la calle. Algo parece quedar de la alegría que ayer, Día de los Mercados, había invadido el lugar, en esa última década del siglo XX.

En la sección verduras, las comerciantes se agrupan, serias, atentas, escuchan un relato, bajan la mirada, suspiran y se agrupan todavía más para poder hablar más bajo.

      -¡Qué desgracia…!

      -Los hijitos…

      -Pobre hombre…

      -Pan de Dios es…

      -Qué vergüenza…

      -Su madre nos decía…

      -La papera, su vecina, decía que no se recogía…

      -Mártir será…

      -Su madre de ella nos decía “mucho me hace sufrir, la muchacha como soltera vive, se va a beber con otras mujeres, se recoge tarde o no se recoge, ni la comida cocina para su esposo…”

      -Le había dicho a la papera que su marido debía reñirla porque era mal ejemplo para todas…

      -Si el marido se ha ido, ¿quién pagará el entierro?

Los lamentos de las mujeres estallan en andanadas. Se escucha un lamento nunca escuchado antes en el mercado. Sus gritos y sollozos recuerdan una melodía trágica, plena de horror contenido. Las vendedoras se cobijan en sus mantas. Los cuerpos parecen empequeñecidos, como buscando entrar en ellos mismos. Los rostros, que se esconden, están tendidos. Los gestos son mínimos y el horror es grande.

Luego, cada una regresa a su lugar para comenzar el día de trabajo. Algunas barren las maderas de su espacio buscando olvidar lo escuchado. Otras, quedan casi paralizadas mirando sus cajones, sus bolsas, la balanza. ¡Tanto trabajo para llegar a unas cuchilladas!

“Se presume que las razones de este grave caso habrían sido pasionales y el exceso de consumo de bebidas alcohólicas” dirán los periodistas ¿Para qué buscar más lejos?

10 de noviembre 1986, 6 de la mañana

Las 6… Salí de la cama cobarde… Salí Lucero… Salí… ¡Haragana! ¡Vamos… Vamos!

¡Ay! Qué cosas me digo para sacarme de la cama. ¡Vamos! Hay que ir a la Vakovic. Los camiones estarán llegando, las amigas también y las enemigas más. Esas que andan hablando con mi mamá. Esas que de mí hablan basuras. ¡Qué saben esas! ¡Que se ocupen de su trasero! Que se ocupen de sus negocios.

Salí de la cama y no lo mires. Asco me da… Odio me da… Qué gordo está y qué malo. Harto me pega. Y cuando duro está me dice ¿Qué me miras katera de mierda?  Que tanta plata ganas y que me desprecias… Pero yo soy corajudo y de la casa no te irás. No podrás irte. ¡Soy tu marido y conmigo te quedarás!

Vamos a trabajar, hay que ganar. Con dinerito podré irme. Con dinerito pagaré al doctorcito y me divorciaré.  Me llevaré a las wawas. Mamá se enojará. ¡Ni modo! Todavía se enojará. Siempre se ha enojado conmigo. Una vez más se enojará.

¡Vamos a trabajar! Hay que ganar.

Ah, hoy por fin seré pasante. Tanto rezar a la Virgencita y ¡por fin llegó mi día! Hoy por fin tocarán la sonorización por mí y vendrán a darme el presterío y todos me felicitarán.

 Olvidaré a ese gordo y pensaré en la Virgencita y le pediré, le rogaré y ella me escuchará y me iré. Al año, cuando sea la pasante de su fiesta ya estaré con Julián Solano y las wawas en la nueva casa. La Virgencita nos bendecirá y ayudará.

¡Esa barriga! Qué gordo se ha vuelto. Joven era gordito, pero ahora… ¡Qué gordo! ¡Qué borracho!

Me voy antes que se despierte. Me voy para siempre. Me divorciaré y me casaré con Julián. Ese gordo no me puede obligar a quedarme. Me iré con las wawas, comprenderán ellos. Cansada estoy de los gritos y los puñetazos y las borracheras de ese gordo. Ni moderno es, se viste siempre como cholo. Se enoja porque visto pantalones y no vestido. Ni moderno es. Ni gana lo suficiente para que las wawas vayan a estudiar. Pero hay mi comercio y mis caseras.

¡Vamos a la Vakovic!

Se viste apresurada. Vestido azul y manta gris. Medias y los zapatos bajos. Toda la ropa fue comprada la semana pasada. Fue la fiesta antes de la fiesta. Olvidándose por una hora de su mercadería, que dejó tapadita con una bolsa de harina, se fue a pasear por los angostos pasillos del Mercado Fermín López. Se dejó tentar por un hermoso vestido, por el más lindo mandil y un bombín… Qué lindo bombín que haría brillar los ojos de Julián. Linda mujercita de mi amor, le dirá. Alisa el cabello con agua y un golpe de peine. Revisa su monedero, necesita suficiente dinero porque tendrá que comprar chicha para homenajear a los pasantes de la Virgencita y para agradecer a la compañera que le pasará el presterío y para agasajar a todas las otras compañeras, amigos y parientes que vendrán a felicitarla. Una…dos o tres latas de chicha.

Se asoma en la habitación contigua donde duermen sus tres hijos. El mayor, Tonio, ya comienza a revolverse como si fuera a despertarse.

Qué grande está. Ya tiene sus 18. Pronto irá a trabajar y al cuartel y vendrá con enamorada y al año seré abuela. A los 35 seré abuela. Julián estará contento de ser abuelo. Él ya quiere a mis hijos como quiere a los suyos. Lindo será.

Cierra suavemente la puerta de sus hijos y sale a la calle. No tiene tiempo de tomar un matecito. Camina a lo largo de la calle, dobla hacia el mercado y sigue hacia la riel buscando la zona de estacionamiento de los mayoristas de tomates y verduras varias.

Nunca le perdonaré a mi mamá el escándalo de la foto. Qué escándalo y qué vergüenza.

Cansada volvía del mercado, pensaba que tenía que lavar la ropa del marido y de las wawas, que tenía que cocinar y mirar los deberes de la wawa y preparar la ropa para la escuela de mañana y arrinconar toda la casa. Tan cansada estaba. ¿Luz en el cuarto de Mami? ¿Qué será? me pregunté. Mami me llama. En el cuarto hay cuatro personas. ¡Ay, Julián! ¿Estás aquí? ¿Qué haces aquí? ¿En mi casa? ¿Qué son ellos? «Esos son los padres de la señora» dice mi mami. Y me dice que la señora encontró mi foto en la ropa de su marido. ¡El muy tonto! ¡El pobre! Y todavía todos me dicen regaños, súplicas, consejos, me recuerdan las palabras del padre en la iglesia durante el casamiento, que el casamiento es sagrado, que no se debe mirar a otro hombre, que no se destruye una familia, que me iré al infierno, que piense en mis wawas y en mi marido que es un santo. «Yo me quiero morir de vergüenza, digo, no sé de qué me dicen. No hice nada». Los regaños continúan y yo digo siempre no. Si supieran cómo pienso en mis wawas.

Cansados y enfadados, me piden que piense. Mi mami nos pide darnos el abrazo cristiano de perdón. Nos abrazamos y se van. Me voy a mi cuarto. Mi marido entra borracho, furioso. «¡Haz negado!» y me da de puñetazos. La wawa mayor le pide «no papa, no le pegues». El sigue pegándome, se calma solo cuando se duerme, borracho.

Lucero era la más joven de la casa. Había dos hermanos y dos mujeres y el entenado, el hijo que Mamá había tenido antes de casarse con Papá. El entenado venía poco a la casa, venía para las grandes celebraciones, pero visitaba a la Madre en su puesto en la calle, esperando que el nuevo Bolívar sea construido.

Los hermanos se habían casado e instalado en La Paz. Aun la hermana mayor se casó y se marchó a Santa Cruz. Todos fueron a buscar mejor vida y mejor destino lejos de Oruro. ¿O lejos de la madre autoritaria?

Lucero se quedó en Oruro. Difícil de ser la última, la menor. La que ha tenido que quedarse en la casa para ayudar a la madre en la venta en el mercado y a hacer todo en la casa, arrinconar, lavar la ropa y cocinar. Pero ella tenía otros deseos, otros planes, No quería ser comerciante. Quería ser enfermera o secretaria. No quería ir siempre a sentarse en el mercado. No sabía bien lo que quería hacer, pero seguro que no quería ser comerciante. Era duro, era duro y quería ser como las señoras de Arriba. Las que vivían hacia la falda del cerro, donde había lindas casas y no en el Arenal, donde había polvo y casas feas. Quería calzar tacos, vestir lindas faldas y no vestido como las cholas modernas, ni polleras como las cholas antiguas. Quería tener las manos limpias, sin grietas, con las uñas limpias. Quería tener el pelo siempre limpio y no lleno del polvo de la calle y del mercado. No sabía lo que quería hacer, pero, era seguro, no quería ser comerciante. Por el momento quería bailar y salir con las amigas del colegio.

Mientras esperaba que llegara el día de jurar como bachiller iba a los bailes de los sábados por la noche. Allí conoció varios jóvenes y encontró varios hombres. Uno de ellos, insistiéndole y haciéndola beber le robó el entendimiento y lo siguió, una noche, cuando los músicos se fueron. No pensó más en él durante algún tiempo. Los cursos continuaban. Una mala mañana, contando los días y las semanas comprendió que sus reglas se habían retirado. ¡Estaba embarazada! A los 15 años había sido engrosada. ¿Qué hacer? ¡Ni modo! había que hablar con su Mamá. Y su Mamá dijo “Harás como todas nosotras o crías sola a la wawa y vas a sentarte al mercado o te casas y ayudas a tu marido vendiendo en el mercado”. Ni pensar en seguir estudiando. Ni pensar en ser enfermera o secretaria.


*Liliana Lewinski es antropóloga e historiadora franco argentina. Reside en Francia.

El autoritarismo, los credos religiosos y los redentores sociales

H. C. F. Mansilla

Hay que mencionar algunos fenómenos que han acompañado desde un comienzo remoto a casi todas las manifestaciones del sentimiento religioso. La intolerancia, el dogmatismo y el desprecio del Otro han sido los más frecuentes y los más dañinos de esos aspectos, y los que han dejado la huella más profunda en numerosas sociedades. El factor religioso es fundamental para comprender la situación contemporánea de la cultura política en América Latina. Durante un tiempo muy largo, tanto en la época colonial como bajo los regímenes republicanos, la mayoría de la población estaba sometida a pautas de comportamiento que favorecían una identificación fácil de la sociedad respectiva con los gobiernos y los sistemas culturales imperantes; estas normativas no fomentaban la formación de consciencias individuales autónomas con tendencia crítica. Hasta la segunda mitad del siglo XX la Iglesia Católica promovió esas actitudes con la fortaleza que le brindaba su autoridad y su prestigio culturales. Se puede afirmar que la atmósfera general estaba impregnada por enseñanzas dogmáticas de origen religioso, que poco a poco han cedido su lugar a ideologías políticas de distinto contenido, las que, sin embargo, rara vez han abarcado una orientación racional, pluralista y tolerante.

Aunque el orden social respectivo haya experimentado paulatinamente desde comienzos del siglo XX la importación de tecnologías modernas de variado tipo, la llamada inercia cultural contribuye a preservar una continuada vigencia de esos valores conservadores de orientación. En este contexto de poca información y mucho adoctrinamiento lo usual es la reproducción de las prácticas políticas tradicionales; la más habitual ha sido el culto del hombre fuerte, el pastor que guía sabiamente a su grey, el caudillo que gobierna sin mucha consideración por el Estado de derecho… y con la aquiescencia de gran parte de la población. Este consentimiento y sus tendencias serviles se derivan parcialmente del infantilismo de las masas, las que al mismo tiempo temen y aman a sus gobernantes, como muchos hijos llegan a querer a los padres que los han castigado severamente en la infancia.

Considerando este trasfondo se puede entender mejor cuán expandida y profunda resulta ser la resistencia popular en América Latina a las formas modernas de la democracia. Hay que considerar la alta posibilidad de que una creación fundamentalmente racionalista, como es la democracia contemporánea, sea extraña a segmentos sociales que sólo han recibido influencias culturales muy convencionales y de carácter prerracional, como han sido los valores religiosos colectivistas en la época colonial española y las normativas conservadoras y provincianas de buena parte de la era republicana. Es probable que los procesos modernos de autodeterminación humana y sus mecanismos organizativos e institucionales sean difíciles de comprender para las masas y que, en situaciones críticas, lleguen a ser odiosos para las mismas. Elementos irracional-románticos, como la sangre y la ascendencia común, se convierten entonces en instrumentos explicativos de amplia aceptación popular para entender una realidad que, en el transcurso de los procesos modernizadores, es percibida como insoportablemente compleja e insolidaria. Esta constelación trae consigo, en general, la renuncia a elementos y procedimientos racional-deliberativos.

Esta situación ha sido conformada por varias herencias culturales, entre las cuales sobresale la ya mencionada religiosidad popular que se arrastra desde los tiempos coloniales en América Latina. A causa de sus implicaciones socio-políticas, el sentimiento religioso del periodo barroco es considerado ahora como la gran creación espiritual y social de la Iglesia Católica. Este sentimiento colectivo sería la expresión más fidedigna de los valores e ilusiones de los estratos populares. Su naturaleza comunitaria, ajena a planteamientos filosófico-teológicos, y sus inclinaciones místicas y utópicas habrían acercado esta religiosidad a la sensibilidad de las clases populares y la habrían contrapuesto, exitosamente hasta hoy, al liberalismo individualista, egoísta y cosmopolita de la cultura occidental. Debido a la enorme influencia que tuvo la Iglesia en los campos de la instrucción, la vida universitaria y la cultura en general, todo esto significó un obstáculo casi insuperable para el nacimiento de un espíritu crítico-científico.

Los creyentes en esta fe suponen que la verdadera evolución política es idéntica a la voluntad de Dios o, en términos seculares, a la voluntad de la historia universal. Esta última, para convertirse en manifiesta, requiere de la interpretación auténtica de una iglesia o de los intelectuales que hablen a nombre de ella. Pese a estos aditamentos de intelectualismo racionalista, el resultado final es similar a los impulsos religiosos y a los mitos tradicionales que prevalecen desde hace siglos. Y para encarnarse en la realidad estos mitos presuponen la acción de los auténticos redentores, los grandes héroes que llevan a cabo una misión trascendental para la cual están dotados de fuego divino. Desde el siglo XIX la función y las características de estos superhombres han variado poca cosa. Distinguidos pensadores de muy diferente proveniencia ideológica – como Carlos Cullen, Enrique Dussel, Orlando Fals Borda, Ezequiel Martínez Estrada y Leopoldo Zea – han celebrado sus virtudes: los caudillos son vistos como los seres llamados por Dios para corregir por cualquier medio a una sociedad que habría perdido sus genuinas normas de justicia. Ellos tienen el trágico destino de cargar con los pecados de su pueblo y, guiados por los imperativos de la tierra y por el genuino espíritu latinoamericano, cumplen con la sagrada misión de combatir el “imperialismo” del Norte y sus valores de naturaleza egoísta y foránea.   

Como toda creencia dogmática, los credos políticos de contenido redentorio carecen de la proporcionalidad de los medios. Estas construcciones de ideas muy populares en un medio impregnado por una religión absolutista reproducen un esquema evolutivo simple, pero muy arraigado en la consciencia colectiva. El desarrollo humano empieza en un paraíso de la igualdad, la fraternidad y la prosperidad, adonde hay que regresar después de pasar por el valle de lágrimas que representa la sociedad clasista y egoísta. El ambiente en el cual florecen estas concepciones radicales y estos líderes heroicos adopta un carácter apocalíptico: la certidumbre de que la revolución total es inminente. El camino al calvario puede estar acompañado de violencia extrema, cuya responsabilidad reside en los otros, en los explotadores. Aquellos que nos muestran el sendero correcto son una especie de mártires, a quienes corresponde nuestra admiración y gratitud, y de ninguna manera nuestra distancia analítica o nuestra desconfianza ética. Por ello los redentores políticos están a menudo por encima de toda crítica. Hay que criticar ese sentido común favorable al populismo tan expandido y aparentemente tan sano y claro.