Editorial Nuevos Clásicos

José Villanueva Criales y Fernando van de Wyngard (editores)

Nuevos Clásicos es una pequeña editorial (de La Paz) ‒cuyo nombre, por supuesto, es una ironía respecto a la tan querida o tan impugnada idea del canon en la literatura nacional‒ que se avoca principalmente a la producción de poesía contemporánea de Bolivia y a su reflexión.

Contando sólo desde su reciente constitución actual, contamos con seis títulos. Aunque en este proyecto convergen las creaciones y gestiones anteriores de los dos escritores y artistas que la conformamos, cuyas trayectorias suman tras de sí un importante cúmulo de otras publicaciones en esta misma y en otras áreas ‒algunas de ellas ya llevaban el sello que hemos decidido conservar‒. Como práctica editorial, nos sabemos existiendo en medio de muchos otros proyectos, iniciativas y propuestas, así como nos sabemos también inmersos en círculos de amistad y de vínculos de interés yuxtapuestos lo que muchas veces constituye un verdadero trabajo aparte…‒. Tener en mente esas pertenencias dinámicas es parte de una visión.

Sin embargo, las nuevas formas de hacer, de producir y de circular es lo que nos importa cuidar como un horizonte de creación. Así, la visualidad, la materialidad y la accesibilidad económica para los lectores constituyen un estándar que colocamos a la misma altura que la de las escrituras e imágenes mismas, por las que primeramente somos editores. Pensamos en cómo convertir los contenidos supuestamente intangibles en materialidades y visualidades apropiadas y concretas, acordes a una economía de lo menor.

Ese horizonte lo conforma también la comprensión de que, en la actualidad, los nuevos y más inquietantes sentidos en la creación y el pensamiento ‒tal vez, con menor validez para la escritura narrativa‒ están emergiendo por fuera de las instancias formales y tradicionales. Ello es lo que intentamos canalizar y también articular por medio de colaboraciones con otros proyectos equivalentes. Sin embargo, el conjunto de estas propuestas no alcanza a tocar los mundos académicos, críticos y comerciales establecidos. Entre ambos, se abre una zanja de mutuo desentendimiento. Por otra parte, todos sabemos que la exigua red formal establecida de editoriales y librerías nunca ha podido cubrir siquiera el territorio nacional, y ahora mismo está en peligro de retraerse aún más; Oruro lo sabe demasiado… La pequeña escena editorial independiente en Bolivia ‒vanidades mediante‒ está subsumida en la precariedad, a pesar del crucial papel que cumplen y de lo capital de muchas de las propuestas que movilizan.

Las editoriales independientes se encuentran en total dispersión de objetivos y esfuerzos, y no es infrecuente que se registren sin cesar nuevas apariciones y nuevas desapariciones. No es fácil consolidar este nicho de trabajo ya que no hay un mercado cultural, porque tampoco hay hábitos de consumo correspondiente ‒¿cuántas generaciones de universitarios asimilaron el hábito naturalizado de fotocopiar indiscriminadamente los textos de estudio y otros?; tal como hoy se naturaliza la demanda por el acceso gratuito a los pdf‒. En sentido estricto, no hay para las escrituras el correlato de una ‘industria cultural’ a nivel nacional, porque prevalece una mentalidad dominante que cuestiona y condena la relación entre cultura y economía como una forma degenerada más del anatemizado capitalismo ‒vale decir, que se comporta hipócritamente respecto a los valores culturales, preciando el apostolado o las acciones benéficas y “desinteresadas” sin considerar las condiciones materiales y sociales, reales y contingentes de su producción‒. Por su parte, la ‘informalidad’ de la economía (y de la propia jurisdicción) en Bolivia parecería favorecer el desarrollo un campo editorial independiente, sin embargo, lo cierto es que actúa en su contra ‒por medio de una inflacionaria oferta mercantil que interna en el país la incontrarrestable producción extranjera de gran escala; también la producción editorial de los grandes conglomerados que generan unos márgenes de utilidad para los libreros imposibles de generar con la producción local‒.

Al igual que en cualquier otra parte del mundo, debemos luchar contra el desequipamiento que el marco legal, institucional y financiero local nos impone, así como contra los hábitos de escepticismo y/o franco descrédito a lo literario.

Con la excepción ya mencionada de los narradores, no existe actualmente un diálogo recíproco entre los creadores y críticos bolivianos y sus respectivos pares en el exterior ‒cualquier tarea tendría que propiciar y asegurar un flujo sostenido en el tiempo, que sea de interés y provecho hacia ambos lados de la relación entre estas escenas culturales externas e interna‒. Desearíamos, por tanto, crear nuevas conversaciones que generen mayores corrientes de ventilación tanto desde adentro hacia afuera como de afuera hacia adentro; no sólo vender libros.

Sin embargo, nada de lo anterior es posible enfrentarlo solos y el sentido de la colaboración resulta ser un modo inexistente y bastante desconocido de operación en nuestro medio, más acá del ámbito puramente discursivo construido por los análisis culturales idealistas y/o idealizadores.

Reflexión de actualidad. Concebir todavía que vale la pena producir libros físicos ‒precisamente “en estos tiempos” y “en estas condiciones de excepción” dados por la pandemia, como condición de distancia y de detenimiento, a la vez que, de aceleración y de conectividad en ciertos aspectos de la vida social que conocíamos hasta entonces; esto hace que muchas cosas se hayan desvanecido de nuestro horizonte de preocupaciones, así como otras tantas se han exacerbado‒, y ello bajo ciertas exigencias materiales y visuales autoimpuestas y en escala reducida que provocaría el espanto de cualquier analista financiero… en lugar de apostar por la producción digital y por la circulación electrónica, parece ser un auténtico contrasentido. Sin embargo, nuestro ánimo como editores no sufre de semejantes sobresaltos. Nada de tribulaciones y mucho de apasionada entereza.

Los dos editores hemos publicado las escrituras de poesía de Inti Villasante (quien estudiaba Literatura para después volcarse a las artes sonoras por medios digitales, además de su recorrido como editor), de Giovanni Bello (quien está por culminar su doctorado en Historia, en USA, y anteriormente ha publicado una obra ensayística contundente que se enfoca en lo político de la contracultura), de Camilo Barriga (quien estudió Filosofía, también en USA, y que falleció el año pasado) y de Mikio Obuchi (que ha ganado reconocimientos por su obra cuentística), todos jóvenes autores cuyas búsquedas apuntan en muy distintas direcciones pero que enfrentan la escritura de un modo radical, que generan diversos desvíos singulares al estilo plano y al modelo hegemónico de entender la poesía, cada uno bajo un signo ético particular. Nuestra última publicación es acerca de la obra poético-visual (y performativa) de la también joven artista cruceña Graciela María González, que mereció elaborar un montaje de fragmentos textuales que pudieran poner palabras y reflexión para establecer una conversación con esta obra pensante. La reedición (cinco años después y bajo otras exigencias formales que la obra original) de Dios-Aparte (Fernando van e Wyngard) ha sido otra de nuestras producciones recientes. Por último, cabe destacar la publicación de un libro titulado Pregunta por el paisaje, resultado de que en el año 2017 se encargó a dos ensayistas partícipes e involucrados en este medio ‒Giovanni Bello y Fernando van de Wyngard‒ reflexionar acerca de “la poesía boliviana contemporánea”.

¿Dónde encuentras nuestras publicaciones? Además de nuestra participación en muchas ferias no institucionales, estamos presentes en el sitio de Nuevos Clásicos, en Instagram (https://www.istagram.com/nuevos clasicoseditorial/).

P(r)oemas de Alex Aillón

Benjamín Chávez

Buenas noches, feliz de estar aquí, tan bien acompañado y en esta ocasión celebratoria, aunque, hay que decirlo de entrada, siempre que estamos juntos hay celebración. Yo quise escribir un enjundioso texto para esta noche. Uno en el que se dé nutrida cuenta de la vida del autor, que rastree las influencias de su escritura, que ubique el libro en el conjunto de la poesía contemporánea, que siga las pistas de lo sucrense, lo boliviano en sus versos (y otras lindezas por el estilo); y que incluso fije el lugar de esta obra en una dimensión intergaláctica, que, como se sabe, es una categoría de análisis aportada por Oruro de la mano de la banda Poopó; verdadera universidad del saber, como de la salsa lo es el Gran Combo de Puerto Rico. Pero en eso Alex me manda un escueto watsap con una única petición: “Que no sea nada académico hermanito”, así que me vi forzado, sobre la marcha, a cambiar el rumbo por la rumba y el pobre resultado dice:

Flashes para aclarar a un negro

Flashes digo y no frases, el parónimo que habría sido más previsible para la presentación de un libro. En este caso, flash por impertinente, no por iluminador.

El libro, que es disfrutable de principio a fin, lleva el subtítulo de: Los cuadernos del feis y feis puede significar al menos dos cosas: feis y feis. He visto por ahí ya tres o cuatro lecturas publicadas antes de esta presentación. Si esto sigue así, P(r)oemas será el libro más leído de cuantos se presenten en esta feria y eso, claro, me llena de alegría.

Yo también disfruté mucho de su lectura, una tarde hace algunos días. Conocía algunos textos de antes, pero creo que en general pocos, o eso recuerdo.

P(r)oemas es un libro extenso para la media de los libros de poesía, pero no tiene desperdicio, al contrario, es muy ameno sin dejar de ser serio, a ratos profundo incluso, y los dispositivos del humor que están desperdigados por aquí y por allá, casi como al descuido, hacen que nadie, ni siquiera después de haber comido un chicharrón cochabambino, se aburra con su lectura. Porque como escuché por ahí, no están los tiempos para ponerle las cosas difíciles al lector.

Pero que no se me malentienda, este no es un libro facilón, sino que es de aquellos que practican la virtud de la sencillez.

Reconozco en este libro al amigo walaycho que conocí en Sucre hace ya cada vez más tiempo, ese joven -me refiero a ese entonces- irreverente, irónico, bromista con un retintín cínico mal disimulado, que armaba alborotos memorables uniendo los días y las noches con una facilidad digna de un acto de magia, de magia negra, claro.

Es su voz, nítida y amigable que a ratos habla fuerte y a ratos susurra, pero que siempre tiene algo atendible para decir. En estas páginas encontré varias referencias a la poesía escrita por autores que el negrito lee, quiere y admira. Unas explícitas y otras veladas. Estoy seguro que quien lea este libro desde otras referencias, encontrará también, obviamente, otras referencias. Tal es la rica trama de P(r)oemas.

Este es un libro para verse y reconocerse, para escuchar y conversar con el artesano, el hombre educado, el trapecista, el vago, el que toma cervezas con sus poemas cagados de la risa, el que está dispuesto a aprender a dormir en cucharita, siempre y cuando la señorita en cuestión ronque en mi y no en re; el que jamás dejó a medias una línea de coca, el carroñero que supo amar un día, el espantapájaros al que a veces le gusta enamorarse, el boxeador que se rehúsa a tirar la toalla, el que cuenta nubes, en fin. Para decirlo llanamente: El hombre vivo.

Porque si algo hay en estas páginas es una vida rebosante de salud (palabra que aquí también significa dos cosas). Pero también una serenidad atesorada en lo íntimo, una actitud de búsqueda de sentido (o sinsentido) a toda esta cosa que llamamos vida, un estado de lúcida contemplación como el de una figura arrobada frente al armagedónico espectáculo de los atardeceres atisbados desde las faldas de su casa del cerro, cuando el mundo parece sobarse sobre los tejados y las calles de la ciudad blanca.

Ahora que sus palabras, ex peces atrapados en redes sociales, chapotean a sus anchas en las cloradas aguas del papel impreso, podemos todos darnos por contentos, e incluso muy contentos, abrazarlo, felicitarlo, brindar y santas pascuas.

El indigenismo en la prosa de un poeta

Víctor Montoya

Ricardo Jaimes Freyre se anticipó al movimiento literario y artístico del indigenismo –que tuvo una fuerte presencia entre los años 1910 y 1950 en varios países del continente americano– incorporando a los indios como protagonistas centrales de su cuento “En las montañas”, siendo que estos casi no aparecen antes como personajes literarios, salvo en los mitos y leyendas de las naciones indígenas, transmitidos a través oralmente de generación en generación desde mucho antes de haberse consumado la conquista del llamado “Nuevo Mundo”.

Los autores que abrazaron la causa indígena, con la intención de reflejarla por medio de sus obras literarias, cumplían con la función de despertar una conciencia social en torno a la problemática de las naciones originarias. Algunos incluso elevaron el tema a un nivel de tesis política, planteando la necesidad de volver la mirada hacia el drama de los pobladores sojuzgados de América Latina. En consecuencia, no es extraño que en “En las montañas”, como en el resto de la narrativa indigenista, se denuncie la explotación del indio y, al mismo tiempo, se reivindique los brotes de resistencia y rebelión contra los terratenientes.

El cuento de Ricardo Jaimes Freyre, escrito con un elegante estilo que permite imaginar las escenas como en sucesivas secuencias fotográficas, se caracteriza por la brevedad, la contemplación poética del paisaje y una fuerza argumental que toca las fibras más sensibles del lector. Se trata, pues, de una vigorosa prosa, limpia de ripios y reforzada con adjetivos que precisan la descripción de la naturaleza y los escenarios donde se desarrollan las acciones y los diálogos entre los protagonistas. Por un lado, los indios sometidos a un sistema de servidumbre colonial y, por el otro, los dos viajeros –alto y blanco, el uno; moreno y bajo, el otro–, pertenecientes a las élites dominantes que, hasta antes del triunfo de la revolución nacionalista en 1952 y el decreto de la Reforma Agraria en 1953, eran los dueños absolutos de las tierras, los animales y los pongos que vivían hacinados en miserables viviendas, con paredes de barro y techos de paja que, por lo general, estaban ubicadas en pequeñas parcelas y en las afueras de las casas de hacienda.

No cabe duda de que Jaimes Freyre, a través de esta apología del indio y su civilización, se da a conocer a plenitud como excelente narrador, mientras su prosa, elaborada con la misma pasión y los mismos registros lingüísticos que engalanan sus versos, se convierte en un referente de la narrativa indigenista boliviana, digna de ser insertada en las antologías del cuento latinoamericano, junto a otros autores que evocan la miseria de las masas indias y se convierten en ecos del clamor popular.

Además de presentarnos una realidad llena de avasallamientos y despojos, el autor nos ofrece un panorama sombrío en un contexto donde la dureza en los diálogos y las fuerzas antagónicas de la condición humana, inherentes a la temática tratada con desparpajo y conocimiento de causa, se sobreponen a la belleza telúrica del altiplano, que él sabía apreciar y transmitir con su hipersensibilidad humana y su auténtico espíritu de poeta.

Cabe recordar que Ricardo Jaimes Freyre escribió este cuento antes de que las corrientes ideológicas del indigenismo se establecieran en Latinoamérica, antropológicamente concentradas en el estudio y valoración de las naciones indígenas y el cuestionamiento de los mecanismos de discriminación y desarraigo de las culturas originarias, cuyo peso político y cultural fue soterrado por la administración colonial española desde la conquista del imperio incaico hasta los gobiernos republicanos que no hicieron nada por cambiar las condiciones socioeconómicas de los indígenas quienes no fueron considerados como componentes sustanciales de la sociedad boliviana.

No en vano el tema del latifundio es uno de los aspectos más relevantes de la narrativa indigenista, porque representa la política etnocida de las oligarquías republicanas y la servidumbre de los indígenas en beneficio de una casta de gamonales y terratenientes, que no solo les arrebataron sus tierras con el beneplácito de las “leyes de los poderosos”, sino también los convirtieron en pongos sobre los que tenían derecho de propiedad.

La literatura indigenista, particularmente en los géneros de la narrativa, tiene distintas tendencias desde su aparición, pero el rasgo común es que la mayoría de las obras resaltan el racismo, la pobreza, la marginación y el choque entre la cultura occidental y las culturas ancestrales. Esta literatura, al margen de denunciar la explotación de los indios, apuntala las reivindicaciones socioeconómicas desde la perspectiva de los ideales que proclaman la integración nacional y el derecho de los pueblos originarios a ser parte de las instituciones estatales que son las que, en última instancia, determinan el destino de una nación en el ámbito político, económico, social y cultural.

En el cuento de Ricardo Jaimes Freyre, que en algunas antologías lleva el título de “Justicia india”, se advierte una fuerte connotación descriptiva de la naturaleza y un inconfundible compromiso social asumido por el autor que, sin eufemismos ideológicos ni retoques de la realidad, describe la lacerante situación de sus protagonistas indios, quienes, en actitud de rebeldía y decisión de lucha, agitan a los suyos para acabar con los personajes antagónicos, pero sin desvirtuar el objetivo principal del cuento que, a pesar de su violento desenlace, conlleva un mensaje de esperanza, justicia y libertad.


En este cuento, escrito con coraje y valor moral, aparte de destacar el fascinante telurismo del altiplano, donde existe un vínculo casi simbiótico entre la naturaleza, el hombre y la comunidad, se exalta el interés colectivo sobre el bienestar individual; una tradición muy arraigada en las comunidades indígenas, donde la práctica cotidiana del ayni (colaboración mutua en el trabajo para la subsistencia de la comunidad) y la mink’a (reciprocidad de ayuda intercomunal) forman parte de la mentalidad del ayllu (sistema de organización básica de la sociedad aymara) desde su pasado milenario.

Convencido de la posición política forjadora de su conciencia, el autor presenta, de manera sucinta y en pocas páginas, la tensa relación verbal y humana que sostienen los dominantes y dominados, en el marco de un sistema estrictamente colonial que está caracterizado por las injusticias sociales y el menosprecio racial, que son partes integrantes de una sociedad donde prevalece la supremacía del hombre blanco sobre la mayoría indígena.

El cuento no se limita a retratar los atropellos que los patrones blancoides cometen contra los indígenas, sino que es una suerte de preámbulo para los ideólogos del indigenismo que, en su afán de liberar al indio de esa intermediación opresiva y explotadora, elaboran teorías cuyos principios tienden a impulsar una política de inclusión social en todos los ámbitos de la sociedad y una participación activa en las estructuras del poder del Estado, como una forma de compensar los cinco siglos de discriminación, perjuicios y marginalidad. Los indigenistas, en su lucha contra las minorías privilegiadas, plantean la necesidad de fortalecer la propiedad colectiva de la tierra, la autodeterminación y la diversidad cultural, revalorizando los usos y costumbres de los pueblos originarios, como componentes fundamentales de una nación multicultural y plurilingüe.

Ya en las primeras páginas de “En las montañas”, Jaimes Freyre se empeñó por demostrar que el trato hacia el indio era despectivo, de supremacía, y que los adjetivos de “imbéciles” o “bribones” eran moneda corriente para calificar a quienes rechazaban los abusos de los patrones. Uno de los jóvenes viajeros del cuento cambia su caballo muerto por otro vivo, y para imponer su autoridad sobre el justo reclamo del indio, afectado, Pedro Quispe, lo golpea con su látigo en el rostro. Aun así, ese se mantiene sujeto de las riendas del caballo intentando impedir la marcha de los viajeros que, como parte de sus abusos, habían quemado una de las chozas y habían matado una oveja y algunas gallinas para alimentarse sin pagar un solo centavo.

El viajero blanco, de apellido Córdova, a manera de disuadirlo, le dice que esas tierras no pertenecían a los indios porque no tenían “títulos de propiedad”, a lo que Quispe le contestó: “Yo no tengo papeles, señor. Mi padre tampoco tenía papeles, y el padre de mi padre no los conocía. Y nadie ha querido quitarnos las tierras. Tú quieres darlas a otro. Yo no te he hecho ningún mal…”. El abuso llega al extremo cuando el joven viajero, acostumbrado al chantaje y a aprovecharse del sacrificio ajeno, le pide una bolsa llena de monedas a cambio de devolverle sus tierras; ante lo que Quispe, consciente de que la justicia estaba siempre a favor de los poderosos, decide organizar a los suyos. Movilizados por el pututo de Quispe, los indios ascienden a una montaña desde donde avistan a los dos viajeros y los atacan desplazándose “entre los pajonales bravíos y las agrias malezas, bajo los anchos toldos de lona de los campamentos y en la cumbre de los montes lejanos”.

Así narra el autor el drama de los indios que, a pesar de su situación de dominados y excluidos de los sistemas de poder, se alzan en una rebelión que culmina con la victoria de la verdad y la justicia; un premeditado desenlace que, de manera implícita, pone de manifiesto las concepciones socialistas de un pensamiento ideológico que, desde principios del siglo XX, afloró a partir de consignas como que la tierra es de quienes la trabajan y no un patrimonio de los terratenientes.

Al margen de su valoración estética, la narrativa indigenista amerita una reflexión crítica sobre la realidad social que parte del principio de la inferioridad racial del indio. Incluso la descripción de su aspecto “humilde y miserable”, con chaqueta desgarrada y sandalias con correas llenas de nudos, es una constatación de que el indio, aquejado por los constantes ultrajes patronales, es un individuo que sobrevive en medio de la pobreza y al margen de los privilegios reservados solo para las familias propietarias de grandes extensiones de tierra.

Jaimes Freyre retrata el mundo indígena en términos de marginalidad económica, social, política y cultural, pero también de resistencia silenciosa y toma de conciencia que, de manera inevitable, desemboca en la venganza y la violencia descarnada, como ocurre en la última escena del relato, un evidente intento por eliminar la visión idílica de los indígenas, que es una de las características de la literatura romántica del siglo XIX.

Una vez atrapados en el fondo de la quebrada, los dos jóvenes viajeros, Córdova y Álvarez, son amarrados sobre los caballos y conducidos hasta una explanada. Al cabo de deliberar un momento, y una vez que beben el licor de unos cántaros en señal de triunfo y regocijo, Pedro Quispe y Tomás los desnuda, los atan a unos postes. Seguidamente narra el autor: “Pedro Quispe arrancó la lengua a Córdova y le quemó los ojos. Tomás llenó de pequeñas heridas, con un cuchillo, el cuerpo de Álvarez. Luego vinieron los demás indios y les arrancaron los cabellos y los apedrearon y les clavaron astillas en las heridas…”.

Los brotes de rebeldía y violencia indígena aparecen registrados, antes y después de la Colonia, en varios capítulos de la historia nacional. Baste mencionar, a manera de ejemplo, la conducta beligerante de los indios durante la Guerra Federal (1898-1899), cuando, aliados a las tropas del coronel José Manuel Pando, se enfrentaron a las fuerzas chuquisaqueñas del Partido Conservador que poco antes, a su paso por el altiplano, habían atacado y quemado casas de indígenas aymaras.

Es fácil percibir que la temática indígena caló hondo en los pensamientos y sentimientos de Jaimes Freyre quien, sin más recursos que la magia de la poesía y la profunda conmoción de su alma, intentó rescatar y reproducir, a través de su obra literaria, el espíritu de lucha de los indígenas enfrentados tanto a las inclemencias de la naturaleza agreste como al carácter despótico de los hacendados. Este fabuloso cuento, publicado por primera vez en el No 29 de la Revista de Letras y Ciencias Sociales de Argentina (1906), merece una mayor difusión entre los lectores nacionales y extranjeros, no solo porque forma parte de la escasa prosa literaria del autor, sino también porque la temática indigenista, estructurada sobre la base de un lenguaje rico en metáforas y símbolos, está hilvanada con solvente calidad ética y estética.

La constelación cultural constitucional

A. Mario Molina Guzmán

En anterior artículo concluimos que estamos frente a un momento de excepcionalidad paradojal, en la que el Estado ha producido una situación de peligrosa anomia y consiguiente ausencia de políticas públicas culturales, en contradicción flagrante con su esencialísima función ejecutiva en la administración de la cosa pública.

No resulta sencillo encontrar las razones o causas que expliquen tan prolongado lapso que pasa de una década, en la que todos los gobiernos transcurridos desde 2009, hayan encarado con semejante desdén y desapego la problemática de las culturas. Subrayo problemática porque a estas alturas nos encontramos frente a un verdadero problema. Cabe preguntarnos: ¿este problema tiene filiación ideológica? Al parecer no, es transversal a todo el arcoiris político boliviano. En los programas de gobierno presentados al Tribunal Supremo Electoral en 2018, no existe un solo documento que desmienta este acierto; ningún partido u organización política tiene un atisbo de propuesta de políticas públicas culturales a la luz de los preceptos constitucionales vigentes. Es una constatación: la problemática cultural ha salido del radar del todo el espectro político nacional ¡sin excepción!

Atravesamos un tiempo próximo a una forma extraña de ostracismo, no de una persona sino del problema mismo, sometido a inexplicable silencio y falta de abordaje responsable y meditado de la problemática, cuyo meollo es nada más y nada menos que el ethos plural y múltiple de todo el país; entonces, corresponde a los ciudadanos escudriñar los porqués e intentar respuestas y ojalá propuestas.

El primer escenario es el período previo a la Constitución de 2009. En la Reforma Constitucional de 1994 (15 años antes), se introdujeron las categorías “multiétnica” y “pluricultural” en el primer artículo que corresponde a la caracterización del Estado boliviano. Desde entonces la CPE esboza una ruptura esencial con dos paradigmas que cimentaron el doble binomio: “Estado-Nación” y –derivado de él– “mono cultural”; categorías dominantes en el derecho político y ciencias sociales del siglo XX. No cabe duda que el antecedente social y político directo para la reforma constitucional de 1994 constituye la Marcha por la vida, tierra y territorio de 1990, protagonizada por los pueblos indígenas del oriente boliviano. La épica marcha movilizó y remeció a toda la sociedad boliviana; en 1995 la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG) planteó tempranamente al Estado la convocatoria a una Asamblea Constituyente como una de las demandas centrales; esta maduró y se materializó 12 años después.  

Pese a la trascendental caracterización y asignación de tan complejas categorías en calidad de atributos constitucionales: “Bolivia multiétnica y pluricultural”, la estructura estatal y la gestión gubernamental siguió como antes. Cultura como parte del Ministerio de Educación, entendida como resultante del proceso educativo, conceptualización inserta en la CPE de 1994, Art 7 (Derechos Fundamentales), inc. e) “A recibir instrucción y adquirir cultura”, formulación cuyo antecedente se remonta a la CPE de 1938, (Derechos: Art. 5, inc. f: “De recibir instrucción” y Art. 164: “El Estado fomentará la cultura del pueblo”). En suma, lo culto era lo educado y viceversa; concepto definitivamente obsoleto. (Casi anecdóticamente, la palabra “instrucción”, vigente desde la CPE de 1871, fue sustituida por “educación”, recién con la reforma constitucional de 2002, después de 130 años. ¡Vaya hito!).

El segundo escenario fue la Asamblea Constituyente de 2006-2007. No organizó una comisión específica encargada de organizar y sentar las bases ontológicas de la constelación cultural del nuevo Estado Plurinacional, tarea que sigue pendiente. De las 21 comisiones constituyentes, cinco principalmente (1: Visión de país; 2: Ciudadanía, nacionalidad y nacionalidades; 3: Deberes, derechos y garantías; 4: Organización y estructura del nuevo Estado y 10: Educación e interculturalidad), en forma separada y sin articulación ni sistematización, produjeron la mayoría de las disposiciones relativas a cultura en la acepción antropológica, que constituye el rasgo esencial y diferenciador, de las constituciones precedentes.

Es menester detenernos en la Comisión 10, que estuvo organizada en tres subcomisiones: 1.- Educación escolarizada, alternativa y popular; 2.- Educación superior, ciencia, tecnología e investigación; 3.- Cultura y deportes. Esta composición devela el traslado mecánico de la estructura estatal que se pretendía cambiar, al seno mismo de la Asamblea Constituyente. La Comisión 10 trabajó encorsetada en un miriñaque conceptual dieciochesco, resultado: cultura como apéndice ornamental de la estructura educativa. Este intento de “cambio” fallido, está expresado en los dos informes evacuados, uno por mayoría (oficialismo) y otro por minoría (oposición). Son tan complementarios que los vigentes artículos 77 a 105 de la CPE son una armoniosa combinación de ambos informes.

Contradictoriamente, la comisión que debatió cultura lo hizo casi exclusivamente en los límites del concepto humanístico del término, que es precisamente el ámbito que ha sido rebasado desde fuera de la Comisión 10 y con creces.

Lo señalado explica en gran medida las limitaciones y falencias del Ministerio creado y recreado, más como intención simbólica que como instrumento operativo de la Constitución, hasta ahora. Aún y pese a las circunstancias anotadas, la actual Constitución, que tiene 411 artículos; a lo largo de 4 primeras de las 5 partes en que está dividida, contiene al menos 55 artículos (13,36 %), en cuya formulación está explícitamente inserta la correspondiente variable antropológica de cultura, según la materia que se trate. (Ej.: Art. 1; Arts. 190 y sgts.; Art. 304; Art. 352 párrafo final).

No cabe la menor duda de que la adscripción teórica y conceptual de cultura que está desarrollada en el texto constitucional vigente, corresponde a la vertiente antropológica. Para ilustrar este tema acudimos a la formulación de Marshall Sahlins:   

Cuando no se distingue entre “cultura” en el sentido humanista del término y “cultura” en su acepción antropológica, es decir, el conjunto de rasgos distintivos que caracterizan el modo de vida de un pueblo o de una sociedad, se origina gran confusión, tanto en el discurso académico como en el político. Desde el punto de vista antropológico, la expresión “relación entre cultura y economía” carece de sentido, puesto que la economía forma parte de la cultura de un pueblo… En efecto, la ambigüedad de una expresión semejante constituye el principal escollo ideológico para la Comisión: ¿es la cultura un aspecto o un instrumento del desarrollo, entendido en el sentido de progreso material, o es el objetivo y la finalidad del desarrollo, entendido en el sentido de realización de la vida humana bajo sus múltiples formas y en su totalidad?”.(Unesco, 1997. Nuestra diversidad Creativa).

¿Es el actual Ministerio el órgano rector de todo el entramado cultural de la CPE? ¿Dónde están señaladas sus atribuciones, facultades y/o límites administrativos, con referencia al universo cultural de la CPE? ¿Su actual estructura y organización está diseñada para concluir el proceso inacabado desde la Constituyente? Estamos varados en el umbral de un portal abierto que no se volverá a cerrar; no hacer nada agrava el escenario negativo existente e incrementa exponencialmente la aparición de nuevos problemas.

Asunto de superficies, pues, la literatura

Fernando van de Wyngard

Frente a las ideas asentadas, por fortuna otras ideas se levantan gozosamente de manera casi incesante, salvándonos del enfriamiento cultural y de la entropía psíquica. Ese renovado levantarse, sin embargo, no está nunca dado; es el resultado del trabajo y la creación. Entre aquellas, las ideas que configuran el mundo de las escrituras, de los libros y de sus procesos de publicación (desde lo jurídico, lo visual, lo objetual, lo fabril y lo comercial, hasta lo auténticamente estético, ético, crítico y político) son las que aquí merecen ser abordadas. Hay una idea que puede servirnos de un modo privilegiado: “No existe otra forma de adquirir conocimiento si no es desde el contacto y el intercambio con otro ser (humano o no-humano): el conocimiento siempre es una experiencia común, tanto como el mundo entero y el lenguaje lo son”.

Cultura social del conocimiento, “cultura libre” (por oposición a “privada”) y cultura ‘pirata’, hoy estrechan sus manos. Pirateo, ¿es esa conducta criminal, el robo que despoja a alguien de una posesión de su propiedad, que la industria establecida denuncia?, ¿o es más bien “el acto de liberación y multiplicación” de la inapropiable posibilidad de hacer experiencia (sic) sensorial y afectiva de un texto, que los piratas defienden? Veamos: “el concepto «cultura libre» es una redundancia y el de «cultura privada» un oxímoron.” Esto es lo que suscriben (respondiendo a una entrevista) los creadores de la plataforma digital mexicana Pirateca.com y ha sido algo que hemos introducido a la reflexión en el curso de Teoría Literaria de este año, y no en vano, pues allí intentamos dar cuenta que las nociones de escritura y sobre todo la de ‘valor literario’ han estado siempre imbricadas e íntimamente comprometidas con las llamadas condiciones materiales de la producción de literatura y con sus modos (sean institucionales o no) y sobre todo con sus políticas de circulación. Desconocerlo (desconocer la dimensión material de todos los procesos psíquicos, para poder llamarlos ‘espirituales’) ha sido parte fundamental de la estrategia del idealismo, con cuyos presupuestos nos solemos confrontar día a día, a cada momento donde tanto las construcciones culturales que heredamos como las que generamos se ven capturadas y, por tanto, neutralizadas o desactivadas en su potencia transformadora por la retórica de las cosas eternas y profundas… La señal más clara para detectar esta retórica es la apelación consagratoria e insistente a la noción de “valor”, que es vociferado y gesticulado luego de arrancarlo de cualquier tejido histórico donde encontrara su sentido, su explicación y su posible debate.

El que toda escritura (el conjunto articulado de los signos, en su doble articulación de significado/significante) se constituye como fenómeno, solo es posible en cuanto alcanzamos una determinada superficie de inscripción y podamos ejercer en ella una huella relativamente duradera. Eso es algo que el mundo literario tradicional tiende demasiado a olvidar. “¿Cómo conozco un texto?”, es una pregunta que no solemos hacer. A pesar de, o precisamente por, el hecho de que la pregunta por el ‘conocer’, aquí, se despliega en la fascinante especularidad de lo cognitivo y de lo erótico y táctil, como se utilizaba desde antiguo en su sentido bíblico. Asunto de superficies, pues, la literatura. Pero no de cualquier superficie… Y asunto de la materialización multiplicada de esas superficies trabajadas, su producción y publicación. Incluso, asunto de maquinarias y circulación en donde resuena lo inscrito, las posibles ‘experiencias de uso’ que la lectura ofrece a la organización de lo común. Asunto, finalmente, de agenciamientos modificantes, el acto de escribir y el acto de leer. En todas estas instancias, resuena el poner-en-común algo que, por sobre los sujetos singulares, socialmente importa.

La premisa: “Multiplicar y difundir un texto, expandir sus capacidades afectivas y sensoriales…”, exige hoy replantearnos “toda una estructura de pensamiento”, al interior de la cual nacieron y habitan los conceptos que envuelven y determinan enteramente desde hace hacen un largo rato y todavía a la producción literaria: desde “la oferta y la demanda, la compra y la venta, los modos de producción que conocemos, los bienes y servicios, la industria cultural, los creadores y su obra, el mercado en su conjunto”. Agreguemos nosotros: también el sistema de copyright y los derechos de autor; el aparato legal, el de recaudación y el de fiscalización; la industria editorial y el capital; el discurso mercantil y el discurso crítico; las censuras morales y políticas; la enseñanza y el trabajo conceptual… todos estas dimensiones se encuentran entretejidas y, a su vez, sostenidas por las convicciones teóricas –lo digo firmemente desde mi trabajo en la filosofía– que han sido construidas e implantadas como ‘naturales’ y que han sido convenientemente olvidadas para impedir su examen y transformación.

Nada más lejos de mis posiciones que el apreciar el ensueño como beneficio de lo literario, el mismo que disculpa a los lectores del hacerse cargo de sí y de la parte que le corresponde en la vida común (aunque, tal vez, peor que el ensueño, serían la indicación al confort y el atributo de lo edificante). Nada más caro para mí, por el contrario, que considerar a las obras como un funcionamiento y –como escritor, lector y editor– de allí mi preocupación por el que las ‘dejemos’ funcionar en toda su plenitud. Esto último significa, que puedan operar y realizar su ‘trabajo’ (siempre infinito) en la subjetividad compartida y, entonces, también en la redefinición misma de lo real que extraemos cada vez desde su fondo latente, que sin la mediación de las propias obras no sería posible y que nos condenaría a dejarnos ciegos y expuestos al dominio de los que sí logran redefinir ese real (y administrarlo como un fetiche) en beneficio suyo.

Reina la idea, demasiado generalizada por muchos de nosotros mismos, lectores, escritores, editores y críticos, ante la dificultad de vérnoslas directamente con la pregunta ¿qué hace una obra ‘ser obra’?, de que sería la prueba del tiempo la que decidirá (léase, que impondrá su veredicto en el tribunal de la permanencia y del conformismo) lo que una obra vale (valdrá la que sobreviva), lo que una obra es (será la que se deje explicar por sí misma) y el comportamiento apropiado (nos nacerán ‘naturalmente’, ante ellas, la veneración y la distancia debidas) que a nosotros nos correspondería como lectores tener en relación a su sagrada existencia. De este modo se configura la religión literaria. Y, por cierto, con ello cooperamos en afianzar la concepción estética del “desinterés”. Los que somos plebeyos y profanos, en cambio, restauramos su carácter ‘problemático’ como primera dimensión (abismal) y como primera experiencia del valor (goce). Un valor que, a cada momento, se deja medir respecto al presente de la lectura, a la capacidad de que se intersecten la materialidad de la obra escrita, los cuerpos que confluyen a cada lado y dentro de la misma y a los procesos de producción de subjetividad, que emergen de su espesor y opacidad propios.

Quien pretenda elevar y poner por delante el emblema de la transparencia, tendrá luego que responder por su responsabilidad política… y ya no podrá excusarse (oculto tras el escudo de su ejercicio amateur de la postura crítica) al no asumirse como un activo creador y recreador de la realidad, pues –dirá– “la política la hacen los otros”, seguramente sugiriendo que son los poderosos los que irremediablemente nos mantienen en esta posición desafortunada, subordinada, desencantada y pasiva (¿no será esto otra cara de las “tretas del débil”?). Apuntar y señalar con el dedo la desmesura del otro, suele ser el excesivamente fácil signo cotidiano de la ingenuidad, de la peligrosa adversaria del ejercicio crítico radical.

También, los que somos plebeyos y profanos valoramos de otra manera las obras: por la capacidad de ‘usarlas’ (restituyendo “al uso lo que lo sagrado había separado y petrificado”, anota Giorgio Agamben). Esto significa que su valor no es absoluto, ni intrínseco ni fijo ni inmóvil, sino que surge dinámicamente de la capacidad de ‘usar’ (no utilitariamente –para más complejidad) la movilización de sentidos que ellas operan, el surgimiento de imaginarios que las cruzan y estremecen, y la contingencia material y significante en que se constituyen como objetos entre los demás objetos, como realidades paradójicas entre las demás realidades, como puertas o portales allí donde no hay nada del otro lado, más que el propio fantasma de nosotros y del mundo con el que tenemos un ajuste de cuentas siempre pendiente. Ser “negligentes” (agrega Agamben) respecto al escrúpulo religioso ante lo que no se (nos) presentaba como “disponible para el libre uso el comercio de los hombres”, antes de este acto de “profanación” que ahora empremos como urgente tarea política del presente. Crear nuevos usos, que sería lo propio del trabajo de lectura (en este caso), solo es posible si en ello desactivamos otro uso anterior, un uso ya envejecido, y lo volvemos, de este modo, inoperante (completa este filósofo). ¿A qué usos nuestros podemos dirigir nuestro acto libertario de creación, en la producción y socialización de literatura en Bolivia, ahora que los tiempos se han detenido y la idea del presente tiende a perpetuarse sin dejarnos esas brechas por las que proyectar las fugas que requerimos?

La amistad

Erika J. Rivera

Hay reflexiones sobre el tema de la amistad desde épocas muy tempranas. El primero en sistematizar la amistad como problema filosófico fue Aristóteles en su Ética a   Nicómaco. Aristóteles señala que los elementos centrales de la amistad son la constancia, la incondicionalidad y la perseverancia en su desarrollo. El goce de la amistad entre iguales (la cualidad esencial de la amistad) consiste concretamente en llevar las cargas que la vida deposita en todos nosotros, siendo el amigo el que contribuye a hacer llevadera la carga del otro mediante un vínculo que brinda seguridad sin segundas intenciones.

Los grandes clásicos nos permiten preguntarnos por el sentido de la amistad y si todavía existe hoy en el siglo XXI, en un mundo competitivo donde todos extienden sus redes de relaciones como parte de la eficiencia y el éxito. En tiempos de pandemia se agudizaron las relaciones virtuales mostrándonos nuevas formas de generar amistades. Aunque todo se transforma, considero pertinente preguntarnos lo siguiente: ¿Estará la amistad reñida con la instrumentalización? En un contexto diplomático e institucional seguramente no, porque todos los tecnócratas más que llegar a un sincero diálogo, luchan contra el tiempo para ampliar sus redes de amistades y contactos. Actitud frívola de quien busca un pequeño éxito y circula en el ambiente con una mirada rauda para deshacerse del interlocutor que no le representa ningún rédito. Pero para un clásico racionalista seguramente sí, porque la amistad representa el ideal de la mayor virtud y la cualidad más elevada en jerarquía ontológica.  

El tratado más conocido sobre la amistad es el breve texto elaborado por Marco Tulio Cicerón en el siglo I a. C., quien reelabora las tesis principales de Aristóteles y de la filosofía estoica. En el contexto boliviano podemos reflexionar sobre esta temática de la mano de Mario Frías Infante a través de su traducción, notas e interpretación en relación con los Evangelios (Cicerón, 2008. La amistad. Traducción directa del latín por Mario Frías Infante, La Paz: GUM). El estilo ciceroniano claro, directo y con una estructura argumentativa, se confronta y se posiciona en contra de los epicúreos y cirenaicos.

Para Cicerón sin virtud no puede haber amistad. Hay mucha distancia con los otros bienes como la riqueza, la salud, el poder, los honores. Los placeres para él están en la proximidad a los animales. La diferencia con la amistad vulgar y mediocre reside en que esta última se deleita y aprovecha. Este autor señala la existencia de individuos que no ejercen la sabiduría ni engendran la amistad verdadera y perfecta, los dos regalos más preciados de los dioses.

Sus reflexiones expresaron lo siguiente: “Es el amor lo que principalmente crea simpatías. Los favores ciertamente muchas veces se reciben de personas que fingen amistad y actúan por oportunismo, pero en la amistad verdadera nada es fingido, nada es simulado; todo es auténtico y sincero”. Para Cicerón la amistad perfecta es el resplandor de la bondad porque nace de la naturaleza más que de la necesidad. Del impulso del corazón afectuoso y no del cálculo de las utilidades.

Un amigo virtuoso no te llevará a cometer crímenes contra la república ni por amor a la amistad te pedirá acciones contra la patria. Hoy podríamos asimilar esta sentencia a la corrupción en nuestro país que entre las redes clientelares conformadas por amigos desfalcan las arcas de nuestro país. Contrariamente a esta actitud hay que tomar como ejemplo a los que alcanzaron un mayor grado de perfección. La amistad debe ir de acuerdo con la razón e implica una responsabilidad. Es propio del espíritu bien formado complacerse ante el bien. Los buenos quieren a los buenos. La naturaleza tiende a lo semejante y lo atrae hacia sí porque la bondad es propia de todo el género humano. Para Cicerón la virtud no es inhumana, ni egoísta, ni soberbia.

Este filósofo profundiza sobre los alcances y los límites de la amistad articulando y oponiéndose a tres criterios comunes hasta ese momento. No considera que se deba amar al amigo como a uno mismo porque muchas veces hacemos por un amigo lo que no haríamos ni para nosotros mismos. También refuta el segundo criterio: muchos definen la amistad como un intercambio equitativo de favores y afectos porque la amistad se reduciría a cálculos. El tercer criterio: la amistad no debería ser que tanto más se debe ser estimado por los amigos cuanto uno es apreciado por uno mismo, porque cuando una persona se siente abatida y sin esperanzas le corresponde al amigo no comportarse como lo harían ellos consigo mismos.

Al final del Imperio Romano, en el siglo IV d. C., vivió el gran teólogo cristiano Aurelio Agustino, más conocido como San Agustín, uno de los Padres de la Iglesia Católica. En sus Confesiones y en sus Epístolas analizó detenidamente el fundamento y las manifestaciones de la amistad, distinguiéndola de otros sentimientos similares como el amor. San Agustín tuvo muchas amistades juveniles, a las cuales guardó siempre un recuerdo positivo. Dijo textualmente: “La amistad es el acuerdo en las cosas divinas y humanas con benevolencia y caridad”. El mérito intelectual de este autor consiste, sin embargo, en haber mostrado que el alma humana es ambivalente. Los anhelos más puros se entremezclan con los propósitos más sucios, así como las motivaciones más nobles se confunden con las segundas intenciones más detestables. San Agustín se adelantó en muchos siglos al psicoanálisis de Sigmund Freud: el gran teólogo fue el primero en la historia universal en postular que el espíritu y la mente humanas tienen varios niveles, de los cuales los inferiores consisten en propensiones irracionales y mayoritariamente inmorales. Las manifestaciones de la amistad no pueden, por lo tanto, quedar al margen de la ambigüedad del alma humana. En lugar de la visión idílica de Cicerón, San Agustín nos muestra que hasta la amistad más pura puede quedar teñida por nuestros deseos más bajos y nuestras ambiciones más torcidas. Lo importante es que una amistad sólida puede sobrevivir a las intenciones perversas que desarrollamos ineludiblemente.

Por todo ello San Agustín postula la tesis de que la verdadera amistad debe tener un trasfondo de convivencia religiosa. La auténtica amistad es la que parte de una base religiosa conformada por la ética de la caridad. Así se podría superar el cimiento pecaminoso de todo el saber humano, que se dirige casi siempre a la obtención del poder sobre los otros. Esa ansia irrestricta de poder coincide con el ansia ilimitada de saber, que es uno de los elementos constituyentes del ser humano, quien en el paraíso desobedeció a Dios por intentar obtener los conocimientos que solo corresponden al Padre Celestial. De acuerdo a San Agustín, la amistad basada en la caridad cristiana puede ayudarnos a reducir nuestro anhelo de saber y poder.

En la época del Renacimiento Michel de Montaigne volvió a analizar esta temática que había caído en desuso por su cercanía a una ética teñida de teología. En la actualidad uno de los textos más leídos es del sacerdote agustino Hans van den Berg, exrector de la Universidad Católica Boliviana. En 2016 publicó su ensayo: De amistades juveniles a una espiritualidad de la amistad: el concepto de amistad en San Agustín, en el que hace un amplio recorrido por toda la historia filosófica de la amistad occidental, llegando a la conclusión de que San Agustín ha sido el estudioso más profundo de esta temática.

Según Hans van den Berg, el gran teólogo comprendió la verdadera esencia de la amistad profunda porque simultáneamente examinó fenómenos cercanos como el amor erótico, la adoración de Dios y la combinación clásica de Eros con Logos, que aparece claramente en la brillante obra de Platón El banquete o el simposio. Aquí es necesario remarcar que San Agustín analizó una paradoja que entristece a todos sus lectores. El santo conoció a una mujer, con la cual construyó un amor perfecto, en el plano erótico, en el ámbito intelectual y en el terreno más difícil: la vida cotidiana. Precisamente la perfección de este amor le impedía a San Agustín amar a Dios completamente y trabajar por su causa. En sus Confesiones, escritas hacia el final de su vida, San Agustín reconoce el dolor imperecedero que le causó la ruptura con su gran amor. Pero esta ruptura era lamentablemente necesaria para que el santo comprenda también los aspectos negativos que están asociados al amor y a la amistad. Sin esta renuncia, San Agustín no habría escrito las Confesiones y la Ciudad de Dios, y así la posteridad no habría conocido estas obras maestras del pensamiento universal. Debemos, por consiguiente, a San Agustín el primer gran análisis del carácter ambivalente de los sentimientos más nobles del ser humano, como la amistad y el amor.

Sabemos que Severino el amigo de San Agustín escribió: “El amor en tanto que amor al bien carece de medida”, cuando trató de sintetizar el pensamiento agustiniano porque la caridad es aquella virtud mediante la cual se ama lo que debe amarse. Implica que el amor no es ciego, sino lúcido, pues abre el alma al Bien y al Ser. Por lo tanto, hablar de la amistad es también reconocer la naturaleza humana diferenciadamente en tanto que hay individuos hipócritas, instrumentales, inconfiables, envidiosos, egoístas, egocéntricos. Así como también existen los caritativos, confiables, sinceros y leales. En libertad uno puede valorar jerárquica y cualitativamente la amistad como la perfección. Como transhumanista, considero que la humanidad no es perfecta. Quizá muy pronto la inteligencia artificial supere esta máxima cualidad que hasta el día de hoy solo se la considera humana.

Poemas de Edwin Guzmán

Edwin Guzmán Ortiz. Poeta, ensayista y crítico (Oruro, 1953) Ha publicado: De/lirios (1985), La trama del viento (1993) y Juegos fatuos (2007).

Bordes del poema

Sé que la poesía me acerca al mal
a la región más densa de la noche
a las máquinas de la infección
sé que bufa y alza su imperio de lívidos mitones
sobre la embriaguez de la comarca

Sin embargo heme aquí
sosteniéndola
haciendo que no caiga tan alto
ni se infle como el vientre del Buda

Sé que la poesía no es el amigo
que quisieron mis padres
la ocupación que deseaba mi mujer
el oficio que me recomendaba el maestro
ni la fe que predican los empleados de lo santo

Pero está ahí
—más bien
Aquí
insidiosa y sacramental
sobándome con su llama
dibujándome unas alas
abriéndome los ojos
limándome la estupidez

El punto

Uno va escribiendo y cavilando, palabra tras palabra, desnudando el horizonte, silabeando las huellas y de pronto brota el punto. ¿Cae o brota­­? Parcamente diciendo, súbitamente conteniendo lo incontenible. Meteorito sobre la página, eclipse pasajero del murmullo. Mas, las palabras lo rebasan y continúa el tráfago de tejer los argumentos, la pegatina de sentidos, el apetito voraz de la escritura. Tangencial a la saliva y al hálito turgente de la noche, amenaza su minucia, su rítmica alusión del parapeto en el camino salvaje de la letra.

Animalmente retinto, trama los topes del decir. Ausente de sí, murmura el no. Y así luce sobre la página aplastado como una mosca en el velo de una novia. Siempre presto para entrar en escena; detrás del telón del alfabeto, del cuento del cuentero o de los espasmos del lírico, el punto pincha. Gota consumada sobre la blanca página donde el acoso de las letras trama un bosque de flores fucsia, de aves que se disuelven y florecen, de nombres lavados por las llamas. Ritma generoso los acordes del jadeo, rige el tráfago de las confluencias, el punto, vaya uno saber qué es pero está, como el sol negro de Lautreamont  iluminando y marcando la marcha del resuello. 

No contesta, no habla, ni definitivamente luce, pero su pequeño cuerpo zumba y se consume en su sombra. Puntos fantasma de Beckett, puntos patibularios de Kafka, el puto punto en la mandrágora de Villon, puntos suspensivos y expansivos, a veces condecorados por los ecos de la otredad, por la máquina del tiempo que arrasa el nosotros en nombre de la vida.

Me tiembla la mano al elegir el punto final del poema.

Me salva el conejo de Alicia cuyo punto es el agujero que me lleva al otro lado del ser: ¿la poesía o la reina de corazones?

Corren hormigas por la boca

Corren hormigas por la boca. Cogen restos de dulce y fibras gnósticas. Mutuamente se saludan y continúan consumando el devenir que las anima. Atraviesan a nado la saliva, vadean la úvula y rozan las antenas por el teclado de los dientes.  No hay enemigas entre ellas, ni siquiera falsos dioses. Tampoco hay circo que les muerda el tiempo y el espacio. En estricta fila vadean la humedad. Limpias y solidarias conocen su camino. Atraviesan la faringe, se descuelgan del esófago. Resuellan atravesando el píloro. Prosiguen en zaga secular por medio de ácidos, entelequias y cilios. 

                       Interminables en la escheriana cinta de Moebius. 

Adviene un vaho de astros, el acoso del jugo conjetural. Arriban al colon, la luz del esfínter las libera de la insoluble oscuridad, con hilachas de alma en las mandíbulas, fragmentos de yo en la saliva, pedazos de sueño y semen verbal sobre el lomo.  En impecables hileras las obreras retornan al hormiguero. Depositan el avío, erectan las antenas. La reina se alimenta.      

Itinerario del silencio

Guarda el silencio
en la boca
un lenguaje nonato,
aves exhaladas por el aire
la plegaria del mudo

En su sed se des-escribe
el mundo
la antigua contemplación
de la noche profunda

Sigiloso disipa
las bullas del tiempo
la rotación del deseo
              en torno a la lengua

Forja el idioma del fervor
traza las coordenadas del asombro
trama
el tajo de la muerte

Como Dios
nada dice
excepto que es                                                                                              

El silencio hace del silencio
su refugio
de la muerte de los hombres
su morada.

Edwin Guzmán es un poeta culto, inteligente y sensible que, a lo largo de sus tres poemarios publicados, ha construido –con voz muy propia– una visión de mundo permeada por una relación íntima con el lenguaje. El suyo es un discurso sugestivo de sólida propuesta lingüística no exento de humor y de tensión lúdica que tampoco rehúye los chispazos de la experimentación fonética o formal. Leerlo es un ejercicio de placer, razonamiento y meditación en el corazón mismo de la poesía, donde sus poemas habitan, con plenos derechos, el universo semántico de la vida. Guzmán es además, qué duda cabe, uno de los poetas más destacados que ha dado Oruro.

El Cuervo, una feliz aventura literaria

Martín Zelaya

“El Cuervo ha logrado trazar una línea que lo sitúa en un lugar excepcional, con un prestigio e imagen bien ganados”, dice, desde Perú, Salvador Luis. “El Cuervo es la mejor editorial de Bolivia”, afirma, contundente, Juan Terranova desde Buenos Aires.

“El Cuervo aparece en la escena boliviana como una bocanada de aire fresco que revitalizó el pulso literario”, piensa el cruceño Maximiliano Barrientos. “Es un emprendimiento editorial digno de elogio en un medio como el nuestro que, más allá del cliché sociológico, se sigue presentando hostil para la práctica y el desarrollo culturales”, concluye Sebastián Antezana.

“Quería armar un proyecto colectivo que fuera parte de mi época, no de mis padres o de mis abuelos, publicando cierta literatura de este momento. Es incierto saber si lo conseguimos: no siempre se puede seguir la velocidad del presente. Sostener es el desafío, porque solo con mucho tiempo se arma un catálogo sólido”, comenta, finalmente, Fernando Barrientos, el gran protagonista de esta historia.

Que Fabián Casas y Patricio Pron, dos de los más destacados escritores argentinos de las generaciones post Piglia, Pauls o Aira, publiquen en un sello nacional no es poco, como tampoco lo es que más de un libro de autor boliviano –Vacaciones permanentes de Liliana Colanzi, por poner un ejemplo– consiga publicarse en el exterior luego de una edición local.

Todo esto lo logró editorial El Cuervo en los últimos años –desde que en mayo de 2008 debutó con Cuadernos de sombra, de Julio Barriga, uno de los grandes poetas bolivianos vivos–, en los que configuró un estupendo catálogo hasta ahora compuesto ya por cerca de medio centenar de libros, entre los que destacan obras como Tierra fresca de su tumba y 98 segundos sin sombra de Giovanna Rivero; Los afectos y Los años invisibles de Rodrigo Hasbún, por hablar solo de autores nacionales, que se hicieron clásicos desde su publicación; pero también títulos de escritores extranjeros como Trucha panza arriba, de Rodrigo Fuentes, o Cuando éramos hombres lobo, de Álvaro Bisama.

“Aunque nuestro primer título es un poemario, luego decidimos no publicar más poesía, por la estructura del mercado, pero también porque nos interesa explorar la narrativa (ficción y no ficción). Nos guiamos por nuestro gusto como lectores, pero no siempre se puede hacer lo que uno quiere y el realismo se impone”, explica Fernando –creador y director de este proyecto– respecto de su línea editorial dividida en cuatro colecciones: Ficción, Crónica, Ensayo y Trazos (arte) y Ch’itis (literatura infantil).

Si de hallar características que hacen diferente a El Cuervo se trata, está el selecto catálogo nacional: a los autores arriba mencionados hay que agregar a Maximiliano Barrientos, Sebastián Antezana, Claudia Peña o el boliviano español Alex Ayala, por ejemplo; la acertada idea de introducir al lector boliviano a lo mejor de la nueva narrativa de países vecinos y, cómo no, la lección de diseño de portadas rubro en el que –hay que decirlo sin reparos– lleva varias cabezas de ventaja a cualquier otra casa editorial del medio, gracias al talento de Leandro Escobar.

Desde la casa

¿Y por qué publicar en El Cuervo? Responden cuatro escritores de la casa. “Fernando es el mejor, más dedicado, atento, educado, trabajador y talentoso editor que tuve. Si por mí fuera publicaría todos mis libros en El Cuervo”, dice Terranova.

Sebastián Antezana: “Yo me animé a publicar con ellos porque el carácter de editorial pequeña e independiente le iba bastante bien a una segunda novela mía (El amor según) que, en muchos sentidos, es también un libro pequeño y algo distante respecto de mi primera novela”. “Ninguna otra editorial boliviana le propone a los lectores un acercamiento tan directo con autores que empiezan a rediseñar la cartografía de la ficción actual en español”, agrega.

Maxi Barrientos: “Como en ninguna otra editorial, en los últimos años en Bolivia se nota que en El Cuervo detrás de cada apuesta hay alguien que intenta ordenar o desordenar el panorama narrativo, hay un DJ”.

 “Cuando empecé a trabajar con El Cuervo, Fernando había publicado unos pocos libros, pero me llamaba mucho la atención el cuidado que les ponía. A mí no me preocupa el tamaño del mercado o las ventas… Lo que sí me interesa es colaborar con gente que me inspira, que se esfuerza y que, claro, aguanta mis locuras. Fernando y yo colaboramos porque transmitimos en la misma frecuencia”, sostiene Salvador Luis.

Finalmente, Edmundo Paz Soldán sostiene que “en muy poco tiempo El Cuervo se ha consolidado como una editorial fundamental de literatura contemporánea, no solo nacional, sino latinoamericana. Su línea es clara: de autores que buscan propuestas estéticas renovadas, que tienen una presencia continental. En ese sentido, que la mayoría sean bolivianos no es tan importante como el hecho de que todos están en diálogo con los autores latinoamericanos del catálogo”.

Cartas inéditas de Saenz: desaparición y publicación de Felipe Delgado

Luis Antezana J., lee una carta de Jaime Saenz en la biblioteca de su casa en Cochabamba.

Mañana se cumplen 35 años de la partida de Jaime Saenz y, además, estamos en el año de su centenario. Para recordar al enorme escritor paceño, rescatamos esta nota publicada hace cinco años, cuando Cachín Antezana nos compartió una gran historia y parte de su correspondencia con el autor

Martín Zelaya

“Con oído atento, un saludo al grillo –uno solo. En la oscuridad, en el silencio. Un abrazo”. Así terminó Jaime Saenz, en octubre de 1979, una carta a su amigo Luis Antezana Juárez, el “querido Cachín”, en la que se le nota entusiasmado ante la inminente publicación de Felipe Delgado, acaso su obra mayor en prosa, y en la que incluso hace planes para la presentación de la novela que a esas alturas ya había generado una gran expectativa entre escritores y lectores en La Paz.

Nada hace imaginar al leer esta misiva –y las otras tres que reproducimos ahora gracias a la generosidad de Cachín, que nos abrió su biblioteca y archivo en Cochabamba– que entre la corrección de las pruebas de galera de la novela y la presentación, el manuscrito sufrió una serie de peripecias e incluso estuvo varios meses perdido; es decir, los lectores de esta que está considerada una de las 15 novelas fundamentales de Bolivia, estuvimos a punto de perdérnosla.

Y a propósito de una próxima visita tuya a La Paz –escribe Saenz en la citada carta–, ocurre en coincidencia con la salida de Felipe Delgado, algo sencillamente estupendo (…). En realidad yo soy enemigo de las presentaciones. Pero el presentar un libro tal como lo hiciste con el de Eduardo Mitre en la Biblioteca de la Facultad, es muy otra cosa. Y tal podría hacerse con mi novela, realmente me gustaría –esto es, siempre que se pueda contar con tu presencia. Pues de otro modo, no lo veo. Quisiera saber qué posibilidades podrían haber de tu parte, y te rogaría me lo comuniques. Ahora bien, según me lo asegura Miguel Ballón, el director de la imprenta, gente seria, por cierto, Felipe Delgado saldrá a fines de mes, o cuanto más, a principios de noviembre. El tiraje está llegando a su término, y comenzarán ya a encuadernar. De manera que todavía quedaría un poco de tiempo para preparar la cosa y ponernos de acuerdo, a ver qué dices tú. Ojalá pueda hacerse.

Las previas

“¿Cuáles son los peligros que acechan a quien emprende la obra?”, le pregunta Antezana en una entrevista publicada en 1978 en la revista Hipótesis. “La falta de rigor, en primer lugar –contesta; hay que ser despiadado. Hay que trabajar mucho”, y en efecto, durante la larga entrevista se hacen reiteradas referencias al largo y complejo proceso de creación de la novela (ver también la primera de las tres cartas que reproducimos en estas páginas).

En una parte crucial de la conversación, Saenz explica: “Habiendo escrito Muerte por el tacto hace muchos años, de pronto me quedé desconcertado a cierta altura, porque –me dije– hay muchas cosas aquí adentro y es necesario darles movimiento, animarlas, el ‘hágase la luz’ y que salgan al mundo, que adquieran vida propia los contenidos que están aquí; con la poesía no podré lograrlo, solamente con la novela. Ahí surge el germen de Felipe Delgado”.

¿Cómo no iba a haber, entonces, una gran expectativa entre los ya bastantes lectores incondicionales de Saenz, si él mismo había confesado varias veces que era su obra más ambiciosa? Y es que para fines de los 70, el poeta y narrador “ya era todo un mito”, recuerda Cachín, “y eso quedó claro la noche de la presentación de Felipe Delgado”, sobre lo que volveremos más adelante.

Cuando se publicó la entrevista en Hipótesis, el manuscrito ya estaba en imprenta. Bueno, casi. “La primera posibilidad de publicar la novela era Los Amigos del Libro. Como que el original se quedó con ellos por un buen tiempo”, cuenta Antezana.

En la biblioteca de su casa en el centro de Cochabamba, el orureño –doctor honoris causa de la UMSA, y acaso el más importante crítico literario boliviano de la actualidad– tiene entre miles de libros repartidos en tres pequeñas salas, uno que otro “tesoro”: primeras ediciones autografiadas de escritores bolivianos, ediciones definitivas de sus poetas de cabecera en francés, alemán e inglés, lenguas que domina casi tan bien como el castellano y… parte de las galeras de Felipe Delgado, anotadas por Saenz, y que el autor paceño le regaló en agradecimiento no solo porque Cachín escribió el texto de solapa para la primera edición [ver segunda carta], sino porque fue acaso uno de los primeros lectores a profundidad de la voluminosa novela.

“Cuando le hice la entrevista –recuerda– le pedí algún material para enriquecer la nota y él me dio las galeras de la primera y la segunda parte de Felipe Delgado, y de ahí escogí los párrafos sobre el saco de aparapita y la bodega, que finalmente se publicaron” (ver primera carta).

Galera de Felipe Delgado, con correcciones de puño y letra de Saenz.

Eran galeras en rollo, en bobinas, como se hacía entonces, y Antezana las devolvió a los pocos meses. “Cuando a fines del 79 finalmente estaba a punto de salir el libro, Jaime me pidió que le haga la solapa y le dije que debía terminar de leer toda la obra. Entonces me mandó las galeras de la tercera y cuarta partes”, pero ya refiladas, en formato libro, que después Saenz le obsequió y Cachín hizo empastar.

En esos meses de 1979 –en cuyo primer semestre Antezana estuvo como docente invitado de la Carrera de Literatura de la UMSA y profundizó su amistad con el autor de Los cuartos– Saenz revisó y corrigió obsesivamente su manuscrito, con ayuda de varios amigos. Ya había pasado el enorme susto y disgusto que tuvo el autor cuando en Los Amigos del Libro le informaron que la única copia que les había entregado para editar no aparecía en ningún lugar.

¿Y el manuscrito?

“Todo el mundo sabía que estaba escribiendo por muchos años lo que esperábamos sea la obra maestra de la novelística boliviana. Él pasaba regularmente por la librería y en una de esas me animé y le dije que nos dé su manuscrito”, comenta Peter Lewy, en ese entonces editor de Los Amigos del Libro en La Paz.

“Un tiempo después, volvió con un sobre desgastado, amarrado con una goma. Adentro estaba el famoso manuscrito: un montón enorme de hojas sábana y bond… unas escritas con negro otras con rojo; algunas recortadas, otras con tachones y manchas de café”.

“‘Es mi única copia’, me dijo, y se fue”. Lewy, seguro que de que había logrado para su firma editora una de las grandes obras de las letras nacionales, revisó esa misma noche el manuscrito y quedó asombrado y contento. “Al día siguiente hice un paquete y lo envié por flota a Cochabamba”, donde seguramente don Werner Guttentag iba a tomar la decisión final.

Pasaron las semanas y Lewy llamó a la central de Los Amigos del Libro donde, para su horror, nadie sabía nada del paquete. “Empezó a dolerme el estómago –recuerda ahora, a casi 40 años, con una sonrisa”. Pasaron otras semanas en las que el manuscrito seguía brillando por su ausencia y Lewy debió enfrentar varias veces a Saenz que lo visitaba ansioso por noticias. “Un día vino don Jaime, ya decidido a no publicar con nosotros, y me dijo: ‘si no me lo devuelves hasta tal fecha, te voy a matar’. Quería irme en persona a Cochabamba a buscar el paquete y justo me llamaron de la oficina: alguien lo había metido en un cajón y lo hallaron por casualidad cuando estaban botando basura y papeles desechados”.

Los cientos de hojas mecanografiadas de Felipe Delgado regresaron, sin que nadie las leyera por completo, a las manos de Saenz. “Todavía estaba muy enojado –recuerda don Peter– y me dijo ‘te has salvado, pero la novela no saldrá nunca con tu editorial’”.

Fue de esta manera que Felipe Delgado volvió a Jorge Catalano, editor de Difusión, donde finalmente salió. Volvió, porque originalmente iba a salir allí. Recuerda Cachín: “Antes de todo el lío con Los Amigos del Libro, Catalano me dijo que estaba desanimado de publicarla porque era demasiado voluminosa. Cuando recobró su original, le prometí a Jaime que se lo iba a charlar y le aseguré a Catalano que Saenz ya tenía gran fama y que mucha gente estaba esperando ya buen tiempo la novela”.

Finalmente se animó y como ya tenía las galeras de las dos primeras partes, solo restaban la tercera y la cuarta. En este punto surge otra anécdota. Como había pasado mucho tiempo entre una impresión de galeras y la otra, Difusión había “fundido” los tipos de su imprenta y no hallaron los mismos. “Si se ve con cuidado –advierte Cachín– al inicio de la tercera parte se nota que cambia la tipografía. Es casi la misma, pero no. Hay leves variaciones”.

La presentación

Las aventuras de Felipe Delgado, no terminan ahí. Sigue siendo, a consideración de crítica y lectores, una de las mejores novelas bolivianas y no deja de aparecer en cuanto canon se proponga.

Pero hay una historia más en la memoria de Antezana. Como puede verse en detalle en la segunda carta publicada en estas páginas, había una expectativa entre el público y el propio Saenz mostraba entusiasmo ante el acto del lanzamiento. “Pero cuando llegó el día, y la sala de la Casa de la Cultura estaba repleta –recuerda Cachín– Jaime no aparecía. Pasaron casi dos horas hasta que Guido Orías y Silvia Mercedes Ávila fueron a buscarlo a su casa, y lo trajeron casi a la fuerza”.

Casi a las 10 de la noche Jaime Saenz entró a la sala llena de gente. Se sentó en la testera e intercambió unas palabras con Cachín. “Le dije que yo ya no iba a hacer la presentación que había preparado y que solo él debía hablar sobre el proceso de escritura, como habíamos planificado. Luego de que lo presenté Jaime se paró, carraspeó y dijo: ‘Buenas noches. Muchas gracias por haber venido’. Y dio por concluido el acto”.

Carta 1

La Paz, 25-1-79

Querido Cachín

Aunque brevemente, doy respuesta a tu carta en la que me comunicas varios asuntos de importancia. Me alegro que salga lo de la Universidad. En lo relativo al capítulo XI, me parece bien que lo des en tu revista, a partir del sueño de Delgado. Por lo demás, la elección sumamente acertada -al menos, así me parece a mí. Gracias.

(…)

Estas líneas van con mi libro de poemas. La edición no está como en realidad yo esperaba. Los errores muy groseros, muy gruesos. Pero finalmente salió.

He estado trabajando dos días sin dormir ni comer, de tal modo que te ruego me disculpes la brevedad de estas líneas.

Recibe un afectuoso saludo. Los amigos me encargan saludarte. Ya te escribiré más largo. Espero tus noticias. Gracias por el casete del Eduardo, aún no lo escuché, por el momento no pude. Mi grabadora está mal.

Un gran abrazo

Carta 2

La Paz, 25-10-79

Querido Cachín

Acabo de recibir el texto para la solapa. Enormemente agradecido. Pero antes una cosa, para no olvidarme: en cuanto a las pruebas de página, puedes tenerlas el tiempo que gustes. Yo encantado y honrado de que des lectura con calma a las últimas partes.

Ahora una cosa. El texto me gustó, naturalmente, y te reitero mis agradecimientos. Pero hay una pequeña reserva. Se trata del barroquismo. Esas denominaciones no siempre se las interpreta como es debido –diría yo.

Ahora, hay lo siguiente. Como el texto va con tu firma y como he sacado lo del barroquismo (mejor dicho: quería sacarlo), y como asimismo te propongo ciertas enmiendas (en el 1er párrafo: la ciudad en lugar de La Paz; se saca “del alcohol, el amor, la muerte, y la contemplación”; las memorias, en lugar del diario; sonoridad, en lugar de melodía. En el 3er párrafo: se saca la referencia a la Guerra del Chaco), incluyo una copia del texto rogándote que, siempre y cuando estés de acuerdo, me lo hagas saber urgentemente -y disculpa tanta molestia- por telegrama: una sola palabra.

Me dicen que el viernes 9 de noviembre me entregan el libro, y hago votos para que sigas animado para la presentación en la biblioteca de la facultad. Por favor me avisas para hacer los preparativos y acordar la fecha y otros detalles.

Ya voy preparando desde esta noche algunas cosas de Vidas y muertes y Tocnolencias para Escandalar, de modo que las veamos a tu llegada. Y qué lástima: estoy a punto de terminar Tocnolencias.

Te repito mis agradecimientos. Recibe un gran saludo, hasta muy pronto.

P.D. En realidad hay gran entusiasmo para la presentación, querido Cachín, y tienes que venir a como dé lugar, si no quieres que la afición mundial reaccione y te cuelgue. Lo formidable sería para el jueves 15 (casualmente: cumpleaños de Felipe Delgado ¡imagínate!) o viernes 16. El lunes es día [palabra ilegible] y el martes 13, khencherío.

Carta 3

La Paz, 2 de enero de 1980

Mi querido Cachín

Con los recuerdos siempre vívidos de tu reciente visita –una visita altamente congratulatoria, y por la que me cumple reiterarte mis más profundos agradecimientos–, te escribo estas líneas para enviarte, en conformidad con lo charlado, los siguientes textos para Escandalar:

–          Un autorretrato (de Vidas y muertes)

–          Con los señores que venían de visita (de Tocnolencias)

–          No es así nomás (de Tocnolencias)

Indudablemente, la nota introductoria que piensas escribir y que -según me dijiste alguna vez- acompañará dichos textos, ha de ser cosa muy importante.

Hasta fin de semana te enviaré el casete con las grabaciones de los fox-trots incaicos de Adrián Patiño y otras piezas de alta evocación, tales como El contrabandista, El destino (doña Hípica), Una lágrima, La niña de sus ojos, El hortelano, etc., etc.

El QUEVEDITO está en marcha; el sábado nos reunimos para compilar el material. Entre otras cosas, habrá un lema al pie del encabezamiento del periódico -un lema totalmente disparatado y que será atribuido a Erasmo de Rotterdam y nada menos, por lo mismo que a este personaje no se lo conoce ni por el forro en Alasitas. Habrá también adivinanzas y un extracto de los grandes consejos y reglas para los grandes jugadores de generala. Reportajes, predicciones por el Astrólogo Quevedólogo, una entrevista exclusiva con el Ayatola Jomeni, y otras maravillas para no renegar.

Espero tus noticias y hasta muy, muy pronto querido Cachín, espero tus noticias. Un gran abrazo. Un saludo a Eduardo Mitre.

¡Feliz año nuevo!

Editorial Pasanaku

Omar Alarcón / Fabricio Callapa

La Editorial Pasanaku es un grupo independiente y colaborativo de publicación literaria. Se fundó el año 2007 en la ciudad de Sucre. La mayoría de los miembros participamos en un taller de literatura creativa con el escritor Máximo Pacheco Balanza, entre los años 2002-2006. Taller muy importante para toda una generación de escritores jóvenes de Sucre por la profundidad y libertad con que Máximo transmitía el oficio y amor por la literatura.

Una vez finalizado el taller los integrantes (entre 10 a 15 personas) continuamos reuniéndonos para compartir escritos e intercambiar libros (una de las actividades más importantes que mantuvimos del taller fue leer nuestros textos e intercambiar críticas y reflexiones). Los años fueron pasando y nos dimos cuenta que muchos de nosotros teníamos bastante material acumulado. Algunos tenían libros de poesía, otros cuentos, y otros incluso novelas. Entonces, frente a los muros económicos (e ideológicos) de las casas editoriales, nos propusimos construir una forma comunitaria, libre y contestataria de publicación literaria. Así nació la Editorial Pasanaku. El sistema de publicación era similar a la tradición comunitaria conocida como pasanaku. Todos los miembros colaboraban con un monto económico por igual, con el dinero se publicaba el libro de uno de los integrantes y con las ventas de dicha publicación se financiaba el libro del siguiente escritor/a. Creando una cadena autosostenible y colaborativa de publicaciones. Desde el año 2007 hasta el año 2018 se publicaron 28 títulos en total, que incluyen poesía, cuento, novela, ensayo, y reediciones de valiosos libros de autores clásicos sucrenses que estaban cayendo en el olvido.

La Editorial Pasanaku nunca tuvo un directorio ni ningún tipo de organización jerárquica. Las decisiones se tomaban en asambleas espontáneas, por mayoría simple o por aclamación grupal. Los interesados en la publicación de un libro lo proponían en las reuniones y después de reflexión y debate conjunto se tomaban decisiones sobre su publicación.

El diseño y diagramación estaba a cargo de los propios integrantes. El dinero recolectado en el pasanaku se invertía en costos de imprenta para las tapas y en fotocopias de alta calidad para los contenidos. El armado de los libros se realizaba de manera manual entre todos los miembros, durante extensas jornadas de trabajo. Las presentaciones, promoción y venta de los libros de igual forma estaba a cargo de todos los integrantes del pasanaku. Con el dinero recaudado se publicaba el libro del siguiente escritor (si por alguna razón se necesitaba más capital los miembros volvían a poner una pequeña suma económica como aporte). Para cada autor se realizaron presentaciones en espacios culturales de la ciudad y se participó en diversas ferias del libro tanto locales como nacionales.

Los títulos publicados esta primera etapa son los siguientes:

•          Omar Alarcón, El corazón entrega sus muertos (2007, poesía)

•          Miguel Ángel Alcaraz, Tratado de la soledad eterna (2007, novela corta)

•          Amilcar Álvarez (Álvaro Bellido), Insinuación al silencio (2008, poesía)

•          Fabricio Callapa Ramírez, Ahora que el espejo ya no recuerda mi forma (2008, relato breve)

•          Santiago Rodríguez Miranda, Delirio inconstante: caprichos, manías y lucidez obscena (2008, poesía)

•          Claudia Marianné del Rosario Palacios Quintana, Sonata lúgubre en afonía (2008, poesía)

•          Jorge Samos Daroca, Invisible (2009, poesía)

•          Jhon Castillo, Lupanar (2009, poesía)

•          Clider Gutiérrez Aparicio, Prólogo a la muerte (2009, poesía)

•          Micaela Mendoza, Lo mágico sombrío (2010, poesía)

Fruto del trabajo anterior el municipio de Sucre invitó a la Editorial Pasanaku a trabajar en una Colección del Bicentenario en conmemoración al grito libertario del 25 de mayo de 1809. Los miembros de la Editorial Pasanaku encargados de dicha colección fueron Juan Pablo Soto, historiador que estaba haciendo una investigación sobre la novela boliviana del Siglo XIX; Juan José Durán y Santiago Rodríguez a cargo de la edición y diseño. En dicha colección se reeditaron valiosos libros de autores clásicos sucrenses que estaban cayendo en el olvido. Algunos de esos títulos fueron: Eduardo Subieta, “La señora del pelícano” (2010, reedición novela); Gregorio Reynolds, “Sucre” (2010, reedición poesía); Julio Ameller Ramallo, “De La Sombra y El Alba” (2010, reedición poesía); Fernando Ortiz Sanz, “Meditación del Mediodía” (2010, reedición ensayo).

De igual forma, manteniendo la característica principal de la Editorial Pasanaku, se incluyeron títulos de autores nóveles de la ciudad.

Algunos libros de dicha colección son los siguientes:

•          María del Rosario Barahona, Huésped (2010, novela)

•          Clider Gutiérrez Aparicio, Celebra la tristeza de los vivos y los muertos (2010, poesía)

•          Máximo Pacheco Balanza, Retrato de ciudad con calavera en la mano (2010, novela)

•          Miguel Ángel Alcaraz, Estatua de sal varada en la arena blanca (2010, novela)

•          Santiago Rodríguez Miranda, Engusanados vientres al despertar (2010, poesía)

•          Wálter Arduz Caballero, Rutina de invierno (2010, poesía. Obra póstuma)

•          Carlos Gutiérrez Andrade, Letrina (2010, poesía)

El día de hoy la Editorial Pasanaku sigue funcionando, aunque con mucho menos ritmo y frecuencia. Los últimos libros publicados son los siguientes:

•          Hugo Montero Añez, Panacea (2017, poesía. Obra póstuma).

•          Fabricio Callapa, El fin de los días que conocimos (2018, cuento)

Obras a publicar próximamente:

•          Máximo Pacheco Balanza, Mea culpa. Obra poética (Incluye todos los libros de poesía del autor publicados hasta la fecha).