Una tarde con don Vicente

Verónica López

Como si el destino lo hubiera planeado detalle a detalle, el domingo 4 de agosto último, visitaba a Carlos y Lidia Condarco en su actual residencia, la finca Cotochullpa, una hacienda a casi 25 kilómetros al noreste de Oruro, pasando el pueblo de Paria que en 1535 sería el primer pueblo fundado por los españoles en lo que hoy es Bolivia.

Era un día caluroso y dorado como solo el altiplano brinda, por su potente sol y también por el reflejo de la hierba amarilla. La mañana transcurrió paseando -con la guía de don Carlos- viendo caballos y otros animales hasta que todos fuimos llamados a almorzar un delicioso lechón preparado por las privilegiadas manos chuquisaqueñas de doña Lidia.

Todo era risa y recuerdos ya de sobremesa hasta que, para sorpresa de todos, alguien llamó a la puerta. “Hola, buenas tardes, tengo a mi papá en el auto ¿podemos pasar?”. Era Toño González-Aramayo, el destacado fotógrafo orureño. Y así, por el haz de luz de la puerta que iluminaba la habitación, entró don Vicente González-Aramayo a quien yo solo conocía por alguno de sus filmes y por la noticia de que tenía la “Capilla Sixtina” pintada en el techo de su living. Lo vi por primera vez: un señor de lo más risueño, con sombrero y ropa de casa. Nos dijo que él estaba tan sorprendido como nosotros de verlo ahí, ya que su hijo lo había sacado de casa desprevenido, sin opción a decir no. Un gesto que agradecimos a Toño.

Don Carlos nos invitó a todos a pasar a la sala, un espacio muy especial y soleado de la casa, con plantas y sillones rodeando una mesa donde nunca faltan los chuflays, el vino, el queso hecho en la finca y los cigarrillos rubios. Ahí nos instalamos Carlos Condarco, docto escritor e investigador; Vicente González-Aramayo, docto cineasta; Benjamín Chávez, docto poeta; Toño González, docto fotógrafo y Said Massud, docto antropólogo. Con gente así, pensé, nada en la conversación podía salir mal. Poco a poco y, tejido en mano, se unieron Carola Condarco, docta antropóloga y Lidia Castellón, docta declamadora y maestra.

De pronto, se apagó el mundo y, como por arte de magia, pareció que aparecimos dentro de la cabeza de don Vicente, inmersos en las películas que había hecho y las que aún planeaba hacer. Comenzó “proyectándonos en palabras” la historia de tres hermanos que se matan unos a otros movidos por la codicia de un tesoro escondido; siguió con La paraguaya, inspirada en un cuento de Augusto Céspedes en Sangre de Mestizos y todos en la sala podíamos visualizar la imagen de aquella mujer, pues cada palabra de Vicente la describía y le daba vida de una manera impresionante, no solo gracias a su memoria casi intacta, sino también por los detalles tan cinematográficos con los que nos deleitaba.

Poco después, entre don Carlos y don Vicente empezaron a recordar otro cuento del mismo libro, creo que hasta dijeron el número de página, “la 37” y otros detalles abrumadoramente precisos. Se trataba de “La coronela” que entre ambos reconstruyeron extensamente. En algún momento perdí el hilo de la conversación porque caí en la cuenta de lo afortunada que era al poder ser testigo de la conversación relajada, erudita y entrañable de dos grandes artistas que cuentan cosas de memoria a los 74 y 88 años respectivamente, como si acabaran de ocurrir.

En eso, Toño sacó de una caja bien conservada un archivador rebalsando de hojas que pretendía mostrárselo a don Carlos y yo me brindé a ayudarlo. Era un guion, o más bien, el más perfecto guion gráfico (StoryBoard) que yo había visto, hecho a tinta y acuarela sobre papel de grano satinado en 1957. La historia estaba ambientada en el Potosí colonial, el dibujo era preciosista al punto que parecía que un arquitecto experimentado hubiera hecho los edificios, un pintor profesional los detalles y un avezado guionista los diálogos, pero todo había sido hecho en tres meses por un Vicente de 23 años, como manera de matar el tiempo libre tras haber completado el servicio militar. ¿Por qué nunca lo publicó? Pienso que sería un gran regalo póstumo de Vicente.

A raíz de esas imágenes potosinas, recordó con mucho cariño sus años en esa ciudad que lo marcaron al grado de encargar una réplica a escala de la torre de la Compañía de Jesús para el tejado de su casa ubicada en la avenida 6 de Agosto de Oruro. Aproveché para preguntarle si era cierto que tenía también en el techo de su sala una réplica de alguno de los frescos que Michelangelo Buonarroti hizo en el techo de la Capilla Sixtina, de forma natural me respondió que sí porque cuando los vio en el Vaticano quedó tan maravillado que decidió que él debía y podía tener uno en casa, y nos divertimos imaginando e imitando a los pintores en su sala cansados y pintando en posiciones tan incómodas como las del mismo Miguel Ángel.

Eran ya las 17:35, tras varias rondas de vino nadie quería irse, pero ya el sol declinaba marcando la hora adecuada. No me queda la duda que pudimos haber pasado la noche entera hablando del arte de hacer cine en las condiciones tecnológicas que le tocaron vivir y que ahora están en desuso. Don Vicente filmó cinco películas de ficción y diez documentales, escribió dos novelas y un ensayo. Fue cineasta, escritor, pintor, dibujante y mi fugaz amigo.

Acordamos volver a vernos en su capilla sixtina para una tarde de películas y pipocas, pues nos entusiasmó la idea de re-promocionar sus cortometrajes a las nuevas generaciones. Lamentablemente ya no pudo ser. Queda el privilegio de haber “visto”, una maravillosa tarde de altiplano, las películas que don Vicente González no filmó.

Ödön von Horváth desde Lydia Davis y Mauricio Montiel (y Benjamín Chávez y Oki Vega)

Un libro perdido, una memoria reivindicada y una serie de amenas casualidades (y causalidades) literarias.

Martín Zelaya

Escribe Mauricio Montiel en el pie de página de “Ödön von Horváth sale a caminar”, relato de Lydia Davis incluido en Ciento cincuenta cuentos cortos (Almadía, 2020), antología personal de la escritora estadounidense que el mexicano tradujo:

«Ödön von Horváth (1901-1938) fue un célebre dramaturgo y novelista austrohúngaro que falleció tempranamente cuando la rama de un castaño le cayó encima durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos en París. Los nazis calificaron su obra de “decadente, peligrosa e inmoral”. En México, ediciones Heliópolis tradujo al español en 1995 su extraordinaria novela La era del pez, aparecida originalmente en 1937 bajo el título de Jugend ohne Gott«. (2020: 168)

Debió ser en 2001 o 2002. Benjamín Chávez, ahora director de El Duende me dice: “te cuento que el Oki Vega está rematando los saldos de su librería”. Nunca había podido estar en la célebre Irpa Luraña, así que era mi gran oportunidad. No obstante, andaba bajo de fondos. Tras varias horas de charla y revisión de un par de docenas de cajas, salí con cuatro o cinco libros –los más baratos, entre los que estaba la joya Pasión por la trama de Sergio Pitol– contra una tauca de al menos el triple de mi amigo Benjamín. En el intercambio de paquetes (curiosos y ávidos de libros) en el camino de regreso, recuerdo que al ver el ejemplar de Heliópolis me dijo algo así como “no tengo idea de quién es este cuate”. “Yo tampoco –respondí–, pero era el libro más barato”.

Veinte años o casi se quedó el librito olvidado en anaqueles, resistiendo traslados y mermas de mi sufrida biblioteca. Olvidado. Hasta que hace pocos días, leyendo el libro de Davis –que tiene grandes piezas, aunque no supera como cuentista lo que hace como ensayista–, me quedé en blanco tras leer el apunte de Montiel (de quien recomiendo mucho seguir su cuenta de Twitter @LitPerdida en la que recomienda autores, libros, películas y series con mucha solvencia) y pocos segundos después me vino una casi certeza: “tengo ese libro”. Llegué a casa y, efectivamente, era ese libro.

Antes de ir con “ese libro”, va el microcuento de Davis:

«En una ocasión en que caminaba en los Alpes bávaros, Ödön von Horváth descubrió a cierta distancia del sendero el esqueleto de un hombre. A todas luces el hombre había sido un excursionista, ya que aún llevaba mochila. Von Horváth abrió la mochila, que lucía casi nueva. En su interior encontró un suéter y algunas otras prendas, una pequeña bolsa con lo que alguna vez fue comida, un diario y una postal de los Alpes bávaros lista para ser enviada, en la que se leía: ‘la estoy pasando de maravilla’”[1]. (2020: 168)

La novela

Nunca se sabe el nombre del “Negro”, el maestro que protagoniza y narra en primera persona La era del pez. Los personajes secundarios, todos adolescentes alumnos suyos, son designados solo con iniciales: Z, N, L, R, T…, en lo que resulta el primero de varios guiños y semejanzas a la literatura de Kafka.

La novela se desarrolla en un lugar no identificado de la Europa de entreguerras, aunque queda claro que es en Austria, Hungría u otro país alineado o, de pronto, en la propia Alemania en los albores del nazismo. El profesor ateo, apolítico, aunque de principios y conciencia remarcados, asiste poco a poco a la descomposición social víctima de la propaganda, manipulación y sometimiento total de un régimen fascista.

El maestro se gana el rechazo general de su clase cuando afirma que “los negros son también humanos” y desde ahí se suceden una serie de momentos a cuál más peculiares que terminan (no es spoiler) en el purgatorio del héroe-antihéroe, a tono con muchas piezas clásicas de la narrativa de la primera mitad del siglo pasado.

El breve pero intenso libro –se cuenta mucho en pocas páginas, a contramano, esta vez, de lo acostumbrado en la época– tiene su cenit en un campamento de instrucción militar donde el profe asiste al entusiasmo de los chicos por los juegos de guerra, a intrigas entre rivales, a escenas de iniciación sexual y, finalmente, a un homicidio en el que juega un papel indirecto por inacción.

Dos personajes casi marginales dan un par de claves cruciales de la trama. Un ebrio le da al maestro la premonición que le perseguirá en los días que marcarán su destino. “La tierra está entrando en la zona de Piscis, o sea del pez. Las almas de los hombres, amigo mío, se pondrán tan rígidas como la cara de un pez” (1995: 31). Poco después, un cura bastante progresista y amante del vino, pronuncia otra frase decisiva para el desenlace de la encrucijada moral y mental del protagonista: “Dios es lo más terrible que hay en el mundo” (1995: 59).

Von Horváth escribe en un estilo que claramente bebe de la dramaturgia –que era su verdadera vocación: escribió 18 piezas teatrales enmarcadas en lo melodramático o, lo que ahora llamamos “teatro popular”– y el periodismo: hay muchos momentos que adelantan una estructura y diseño narrativo que décadas después se vio recién en la crónica del Nuevo Periodismo de Capote y Wolfe.

Si en lo formal, entonces, el autor austrohúngaro se asemeja y adelanta a A sangre fría –ojo, en el modo de narrar, que no en la descomunal investigación de Capote–, en el diseño de personajes y tramas, retoma improntas muy vigentes en su época. Es inevitable el nexo con El proceso de Kafka y, de pronto, El lobo estepario, de Hesse.

La crisis existencial, por un lado: remordimientos, alucinaciones y epifanías espirituales. La debacle moral o psicológica aún supeditada a un entorno social, a un compromiso cuya transgresión podía tener serias consecuencias ya no solo individuales éticas, sino sociales punitivas. Indudable dejo de Hesse.

Por otro lado, aunque lo ligan a la célebre novela de Kafka el rollo burocrático y judicial de la parte final de la novela, la omnipresencia no explícita de un poder tan corrompido como incuestionable y hasta el uso de iniciales –Von Horváth se cuida de no incluir a ningún K entre los estudiantes–, a diferencia de El proceso, sí se sabe el “crimen” del héroe-antihéroe, su procesamiento no es absurdo ni surreal y su final no es desolador. Si bien las obras comparten la certeza de que todavía no llegó el momento del cambio, el checo opta por un protagonista inmolado y el austrohúngaro por uno evadido; evadido no ya del régimen, sino del destino esquivo: vale decir que a él no le afecta y hasta de pronto le satisface su condición de lumpen.

Von Horváth sorprende –otro rasgo de “adelantado”– al transgredir ciertos límites de su tiempo, al mantener incólume el ateísmo y nihilismo del profesor, que se sobrepone a los devaneos y debilidades de sus momentos más críticos y se apresta, diríase que contento, a cumplir su condena de nuevo paria social: parte a las colonias en África para servir como misionero.

Un apunte final: las estrategias y situaciones que imagina el autor para describir el adoctrinamiento, el odio generalizado y la imposición de la cultura del miedo en la Europa de hace 90 años, son asombrosamente equiparables al accionar que aún hoy utilizan los ultraconservadores.


[1] Eduardo Berti cuenta en su nota “Ödön von Hovárt: un hijo de su tiempo (La Nación, 1 de febrero de 2013): “Los amigos de Horváth recordaban que, en su juventud, este había protagonizado una historia bastante insólita: estaba paseando por los Alpes cuando de súbito se topó con un hombre muerto hacía tantos meses que, más que cadáver, era casi esqueleto. Junto al muerto había, no obstante, un bolso intacto. Horváth lo abrió y halló una tarjeta postal: ‘Estoy pasándola muy bien’, rezaba o algo semejante. Los amigos quisieron saber qué había hecho con la postal. ‘Fui al correo –les explicó– y la despaché. ¿Qué otra cosa podía hacer?’”.

Gramática esencial, Ennio Flaiano

(Traducción y nota de Diego Valverde Villena)

En 1960 el editor Vanni Scheiwiller le pidió a Ennio Flaiano una contribución para el almanaque de su editorial, All’insegna del Pesce d’Oro. Flaiano le envió esta Gramática esencial con la nota “Consejos de Ennio Flaiano a un joven analfabeto que quiere dedicarse a la literatura atraído por el número de premios literarios”. Como en tantos otros aspectos, el intemporal Flaiano se adelantó a su tiempo. Ofrecemos ahora sus 19 consejos a los escritores futuros para que, gracias a su uso sistemático, puedan ahorrarse el coste de un curso de escritura creativa y procedan a escribir sin más dilación.

  • Quien abre la oración la cierra
  • Es peligroso asomarse al capítulo
  • Hay que ceder el condicional a los ancianos, las mujeres y los inválidos
  • Dejen el adverbio allí donde quisieran encontrarlo
  • Quien toca el apóstrofo muere
  • Una vez abolido el artículo no se aceptan reclamaciones
  • Las personas educadas no escupen sobre el complemento
  • No se usan exclamaciones después de las diez de la noche
  • No se responde por los adjetivos sin vigilancia
  • Para los anacolutos sírvanse del basurero
  • Lleven los sujetos con correa
  • No pisen las metáforas
  • Los puntos suspensivos se pagan aparte
  • No usen esdrújulas si la carretera está mojada
  • Para las rimas diríjanse al portero
  • Se prohíbe el uso del dialecto a los menores de dieciséis años
  • Está prohibido usar el soneto durante las paradas
  • Se prohíbe abrir paréntesis durante el viaje
  • No hay que pagar nada al poeta en el momento de la entrega

Los manjares compartidos de la literatura

Una lectura de un libro de lecturas. A propósito de Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022) de Diego Valverde Villena

Martín Zelaya Sánchez

Clarice Lispector, una pantera que devora conocimiento, experiencias y refleja luz. Jaime Saenz, propiciador de un Aleph propio –hecho de libros, discos, maquinitas, antigüedades y cábalas– que se traduce luego en sus incomparables páginas. Octavio Paz, gestor de encuentros y re-conocimientos.

Libro sobre lecturas y lectores. Y también sobre escritores. Algunos dirán que este tipo de textos –permítanme ligarlo sobre todo con Sergio Pitol, pero también con Monterroso y algo de Magris y Vila-Matas– son solo de interés de académicos y literatos. Falso. Libros como Vetas literarias. Ensayos de un ensayador potosino (Plural, 2022), de Diego Valverde Villena, son un regalo para todo buen lector; entiéndase de aquel que disfruta de hallar y aprehender nuevas formas de leer.

Valverde agarra sus lecturas, intereses y estados de ánimos de un momento específico –y del todo general también– y los vacía en estos textos, que no son sino momentos, guiños e ilaciones de su bagaje. Pero, además, dialoga con sus lectores y sus lecturas. Es un facilitador de experiencias, descubrimientos y redescubrimientos. Es, entonces, un disfrute leerlo e interactuar con sus propuestas, desde momentos, lecturas y bagajes comunes.

“Siguiendo al padre Montaigne –sostiene en el prólogo– intento no hacer nada sin alegría: todos estos ensayos son hijos de lecturas epicúreas. Nacen espontáneamente del gesto de convidar los manjares de una mesa, que se vuelven irreales si no son compartidos”. (10)

Un capiango en Sicilia: Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Leopardos-felinos-Lampedusa. La relación entre libros y comida, el amor por ambos. Y las pasiones, queda claro, del autor de la soberbia El Gatopardo.

“Para un felino de los libros, la lectura y la comida son dos variantes del alimento. Y ambas actividades se disfrutan con el mismo placer sensual. No ha de extrañar, pues, que Lampedusa, al clasificar a los escritores, los divida en dos tipos de características tan significativas como grassi, “gruesos” y magri, “delgados”. (13)

Sobre un poema de Álvaro Mutis encallado en algún lugar entre Cartagena y Antioquia

Un poema desechado y olvidado por su propio autor, tiene aún mucho por dar. A veces una (buena) explicación de la poesía, vale. Por más que se diga que esta debe sentirse, no racionalizarse. Y por más que, generalmente, acercarse y disfrutar la poesía debe ser una labor individual.

En sus pesquisas bibliófilas, Valverde dio con “N. N. Baronet se rehúsa a morir en Cartagena de Indias”, un poema desconocido de Mutis en un libro de poca circulación y nunca más recogido en su obra “oficial”.

¿Cómo pudo habérsele escapado una pieza de uno de sus grandes referentes a un ubicuo lector y escudriñador como es él? Tras un detenido análisis y conjeturas, concluye que “los colores del navío ‘N. N. Baronet…’ son tenues. El óxido los ha trabajado hasta conferirles unos matices muy sutiles, que casi se confunden con el viento marino. A veces el poema puede parecer un espejismo. Por eso ha pasado desapercibido tantos años, esperando su avistamiento”. (22)

Octavio Paz, cosmógrafo

Paz como descubridor / canalizador de libros y autores. Crítico innato sin ser esta nunca su vocación o intención.

“Octavio Paz, ¿un poeta ensayista o un ensayista poeta?”, escribe Valverde para abrir el texto. Y poco después resuelve que “…es el Paz lector, del que nace todo” (23). Tras rememorar una serie de historias y anécdotas “literarias” en torno al Nobel mexicano: encuentros, desencuentros con escritores, artistas; lazos y descubrimientos propiciados; incursiones y recomendaciones, nos convence de que “…Paz reivindica ese oficio de lector-puente, de lector-zahorí, de lector que abre caminos y recupera sendas. Un oficio que solo un creador puede realizar a la perfección”. (27)

Intersección Bruckner: Jaime Saenz se encuentra con Sergiu Celibidache

Saenz escribía –concebía, creaba– en estrecha relación con su entorno inmediato, sus cuartos que casi no variaban de casa en casa; sus mesas, fotos, relojes, porcelanas y mil cachivaches.

Germanófilo acabado, pronto descubrió que más que los escritores (Mann, Goethe), le acompañarían para siempre y serían fundamentales en su obra los músicos: Bach y Bruckner, ante todo.

Tras trazar un recorrido por historias, vivencias y escritos del autor de Recorrer esta distancia, y, más sucintamente del músico rumano, y tras engarzar paralelismos en sus improntas y obras, advierte que ambos estuvieron al mismo tiempo en Berlín en 1939. Y especula: “¿Se habrán cruzado ante el semáforo de Potsdamer Platz? ¿Se habrán vislumbrado por un segundo en Unter den Linden? ¿Habrán coincidido en un concierto de Furtwangler en el Titania Palast? ¿Se habrán reconocido sin saber quiénes eran?”. (41)

Hay que leer a Saenz como si leyésemos / escuchásemos una partitura / sinfonía de Bruckner: más lento, paladeando, sentipensando cada momento. 

Joao Cabral de Melo Neto, el niño lector del ingenio

Políglota, lector voraz. Renacentista. Poeta. Escribía, ante todo, sobre sus lecturas; o, más bien, en sus escritos no podía dejar de lado su mente crítica y creativa; era un lector total que concebía la vida-literatura-escritura como una máquina o, mejor, un juego que resolver.

“A Cabral le habría encantado conocer Potosí. Él, que hacía poemas-máquinas para entender cómo funcionan los poemas máquinas, habría estado fascinado de imaginar esa ciudad hecha de ingenios, surcada de engranajes, fuelles, molinos, ruedas, alimentada por catorce lagunas artificiales. Habría intentado revivir los artificios mecánicos recitando como fórmulas mágicas otras máquinas perfectas: los poemas del gran hacedor Góngora”. (59)

Cuando las panteras leen: Clarice Lispector

Clarice descubrió una nueva forma de leer: dejar que sea el libro el que la lea a ella.

“Cuando las panteras leen, se miran unas a otras queriendo descifrarse, descifrar el mundo, descifrar la vida (…) No es fácil leer de verdad. Leer es mirar un libro a los ojos. Leer es permitir que un libro te mire a los ojos”. (61)

Una tradición propia

La universalidad de la literatura. En este texto Valverde explica su libro y más: sus búsquedas y motivaciones como lector y poeta.

“Cada escritor va forjando su propia tradición, su propio país literario, a golpe de lecturas. La curiosidad y la intuición van creando ese Imperio Literario que es el bagaje de cada creador. Guiado por su curiosidad el escritor agranda ese imperio privado que no tiene más límite que el horizonte” (72), afirma y cita tanto a Cortázar como a Rubén Darío, Jaimes Freyre y el propio Saenz, pero sobre todo a Jesús Urzagasti, si hay algún buen paradigma ontológico hombre/escritor.

¿Les dicen algo estos breves párrafos? ¿Algún guiño sobre un libro hace mucho o hace poco leído, tal vez? ¿Alguna intuición o especie de deja vu, quizás? ¿O más bien, una extrañeza o, simplemente, nada de nada?

Esa es la idea de estas líneas: propiciar una conversación más amplia, una convergencia con nuestras propias referencias y referentes: entiéndase libros-escritores-lecturas. Y que así se cumpla el círculo.

H.C.F. Mansilla: El último pesimista

Christian Jiménez

Partiendo del conocimiento general de que todo pesimista es un optimista bien informado, podría decirse que el trabajo intelectual es la construcción de un sentido del mundo que une sus significados desde una posición teórica y moral.

Así, las Obras selectas de H.C.F. Mansilla publicadas a través de la editorial Rincón Editores, se convierten en el testimonio de un trayecto desencantado por la realidad política y cultural de una formación social como la boliviana, pero que no por ello deja de buscar ciertas alternativas para hacer más divertido y agradable el viaje. Quizá por ello se hayan incluido en estos tres volúmenes, también la obra de ficción del autor y en cierto modo habría que decir que rondan desde la novela de iniciación hasta la novela especulativa. Y en ese sentido hay ciertamente un aporte al género que ha pasado desapercibido porque es posible que el intelectual le haya ganado notoriedad al artista.

A pesar de ello, en tanto creador e intelectual que usa la imaginación para organizar el argumento, la escritura de Mansilla se mueve con soltura y propuestas arriesgadas en los ensayos, que son de más corto aliento, pero que logran cuajar y sintetizar ideas que no siempre van a la par del sentido común o de la interpretación tradicional.

Y es aquí cuando sucede uno de los momentos importantes del pensamiento de Mansilla: el no ir a la par de la época o del sentido general del tiempo intelectual. Sus propuestas, ideas, interpretaciones y argumentos, en la mayoría de las ocasiones incomodan porque se desenvuelven en un plano opuesto a lo que normalmente las ciencias sociales han construido como conocimiento general. Lo suyo es más bien no solo ir a contracorriente, sino desarmar el sentido común, señalando sus incongruencias y superficialidades, para de ese modo, proceder a plantear una propuesta diversa y mucho más compleja.

Pero, lo que hay que reconocer y sostener es que toda la reflexión se realiza desde el marco conceptual propuesto por la Escuela de Frankfourt y que en cierto modo apunta a una crítica de lo sucedido en el mayo francés de 1968 y la sociedad de consumo, la degradación de la cultura y el carácter conservador de las estructuras de poder que dominaron Bolivia los últimos setenta años. Aun así, la interpretación que apunta en ciertos momentos a ser sociología de la cultura y en otros, a una ciencia policía clásica encuentra en los estudios de Theodor Adorno y Max Horkheimer, el sustento para establecer los límites de la esperanza y la reorganización del pensamiento socialista rumbo a la deriva que interpela tanto a la globalización como al capitalismo de Estado.

Y son estos los puntos por los que Mansilla también es criticado. Se sostiene que su visión más allá de ser pesimista, es poco propositiva y parte de un poco conocimiento de la realidad nacional, como si desearía encontrar en Bolivia restos de la Europa que anhela y desea. Sin embargo, también se lo critica por su elaboración conceptual al momento que evalúa el trabajo de la sociología concretada en Bolivia. Sus trabajos parecen apuntar un cuestionamiento sobre el modo en que se construye el conocimiento. El ataque Mansilla lo realiza desde la epistemología y es quizá por ello, que no queda piedra sobre piedra cuando se trata de pensar en perspectiva de largo aliento el pensamiento social boliviano; siendo así que para Mansilla este se acercaría más al sentido del ensayo que de la teorización propiamente dicha.

Por ello es importante reconocer que también dentro de toda trayectoria intelectual la labor de reorganizar lo hecho hasta el momento es una tarea que indica el sentido del texto escrito y sus propósitos. También es un modo de entender por ausencia lo que a Mansilla le preocupa o aquello que no es parte de sus preocupaciones. Y junto a esto, la importancia que le atribuye a ciertos temas que para la ciencia social realizada en Bolivia goza solamente de acercamientos primarios.

También esta serie de libros reunidos ayuda al lector a entender cómo se gesta un conocimiento y qué cualidades tiene en términos epistemológicos la crítica a la sociedad de consumo y la crítica a la sociedad boliviana y la evaluación que genera sobre autores (sociólogos, antropólogos, politólogos) que han construido una interpretación sobre la realidad boliviana.

Así, finalmente, la intención de tener una obra casi completa sobre un autor es también ingresar en un modo de pensar y un modelo para pensar el mundo que entraña un programa teórico y conceptual sobre el cual todo el tiempo se regresa para seguir desde ese sitio escribiendo y pensando la realidad. El modelo de Mansilla está expuesto desde las primeras páginas del libro, pero no por ello, algunas veces, deja de sorprender el alcance de la búsqueda que emprende para hacer legible el sentido de las acciones de los sujetos. Y, además, se tiene como consecuencia una suerte de caja de herramientas de las que el lector puede echar mano para pensar por su cuenta determinados problemas sociales que le despiertan curiosidad o que lo intrigan.

El cóndor vuela muy alto

Verónica López

A lo largo del año, una campaña iniciada por el compositor e intérprete Willy Claure se visibilizó en medios de comunicación y redes sociales. El objetivo, lograr la máxima condecoración del Estado boliviano, el Cóndor de los Andes para la poeta, compositora e intérprete chuquisaqueña Matilde Casazola Mendoza.

Al día siguiente del anuncio oficial de aceptación de la postulación, a finales de agosto, me encontré con Matilde en la puerta de su casa para acompañarla a Correo del Sur Radio, a dar su primera entrevista tras el anuncio en el programa “La Mala Educación” conducido por Alex Aillón. En el trayecto de su casa a la radio, desde la calle Bolívar hasta la Kilómetro 7, conversamos un poco. Ella vestía una chompa verde de lana y portaba un gran bolso de tejido con motivos jalkas.

Con su voz serena, me dijo que todavía le resultaba difícil creer que su nombre figuraría junto al de presidentes y otras personalidades. Y tratamos de enumerarlos entre divertidas y asombradas (El Príncipe de Edimburgo, el Papa, ¡Gladys Moreno! … ). Le expresé que ella lo tenía más que merecido y que este reconocimiento iba más allá de su persona, ya que era para todos los artistas bolivianos. Tras una breve pausa, ella continuó diciendo que toda su vida estuvo dedicada al arte, a escribir y a su guitarra, con la satisfacción de haber dejado algo. “Los artistas más jóvenes y el público han sido buenos conmigo, cantando y reinterpretando mis canciones y que este premio, en efeto, es suyo también”. “Este es un premio compartido”, terminó diciendo.

Al entrar en la cabina de la radio, ella no sabía que se había preparado un programa especial para destacar su obra junto a Willy Claure y Benjamín Chávez. Fue un momento memorable que reunió a tres reconocidos y experimentados artistas de diferentes áreas del arte, comunicación (Aillón), música (Claure) y literatura (Chávez), alrededor de Matilde. (Para los interesados, esta entrevista está disponible en las redes sociales de Correo del Sur).

Al finalizar el programa, Alex y yo acompañamos a Matilde a hacer compras al supermercado y, al salir, fue ella quien nos acompañó por un café Sucre, porque ella no toma café (prefiere el té). Alex y Matilde se conocen desde hace mucho y había un aire de soltura y amistad en torno a la mesa. Compartimos una linda charla sobre muchas cosas de la ciudad y del programa que acababa de emitirse. Cuando le preguntamos sobre la premiación, no quiso decir mucho ya que no dependía de ella, dijo, y nadie sabía cuándo o dónde ocurriría.

Sucedió el jueves 8 de septiembre en el centro cultural La Sombrerería en Sucre; se le hizo entrega de la Medalla en el grado de Caballero de la Orden Nacional del Cóndor de los Andes, de la mano del presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Luis Arce Catacora, en un auditorio lleno.

En su discurso, Matilde Casazola dedicó este reconocimiento a la memoria y cariño de sus padres, agradeció y finalizó leyendo Unas palabras sobre el cóndor: “El cóndor requiere el ancho cielo para su alto vuelo. En el escudo nacional está en lo alto el cóndor, él simboliza la libertad, la altivez. Vi de niña en el zoológico unos cóndores en una enorme jaula que tenía una montaña ficticia, ellos se paseaban aburridos alrededor de la montaña, a veces, trepaban por ella, cansinos; ya arriba ensayaban un vuelo, pero descendían rápidamente, pues sus alas rozaban el enrejado y ya no podían desplazarse más allá; el cóndor requiere todo el cielo para su ancho vuelo. Oro en esta ocasión por los cóndores cautivos. Agradezco a mi país, al Estado boliviano por otorgarme esta simbólica presea, me ha emocionado mucho el cariño, el reclamo de los artistas y pueblo en general que a la voz del compositor y brillante artista Willy Claure ha manifestado su cariño sincero hacia mi arte; sea el arte libre como son los majestuosos cóndores.”

Matilde Casazola, a sus 79 años, sigue cantando, tocando la guitarra, sonriendo y poniendo la mirada en la luna para encontrar inspiración, pero más allá de eso, puede vivir en carne propia y saborear los frutos de toda su vida dedicada a lo que siempre la hizo plena, el arte.

Retablo Gertrudis Medeiros, heroína de la independencia argentina, Opus 1104, Cochabamba, 2017

Gustavo Medeiros Anaya

Debido a mi curiosidad al comprobar que las Lomas de Medeiros bordean en los mapas antiguos la ciudad de Salta, recurrimos al Archivo Histórico en esa ciudad y allí nos pusieron en contacto con el investigador Eduardo Medina, en las ciudades de Campo Santo y Güemes, en la Provincia de Salta. Para allí nos fuimos y surgió no solamente una amistad intelectual, sino que él nos proporcionó su reciente libro “Gertrudis Medeiros Heroína de la Patria”, que nos ha servido de base e inspiración para concebir y pintar este retablo conmemorativo de quien fuera, además de generosa colaboradora a la guerra de la independencia, también hermana de mi tatarabuelo Francisco Ignacio Medeiros Martínez de Iriarte; hijos de José de Medeiros, autoridad virreinal en Salta.

Antecedente de este retablo es el Opus 972 de 2006, denominado “Juana, Ascencio y Gertrudis”, que lo doné a La Casa de la Libertad en Sucre.

Descripción del retablo. Óleo sobre trupán, en marco articulado de madera pintada de 96 x 136 cm, con 8 paneles, distribuidos en 3 cuerpos.

Cuerpo central

Panel 1: Central superior de 55 x 55 cm. Gertrudis atada al Árbol Histórico en el pueblo de Campo Santo, cuando el ejército realista arremetió contra su estancia, al mando de Pío Tristán y Moscoso 1812.

Panel 2: Central inferior de 35 x 55 cm. Gertrudis se refugia en su estancia de Zárate en Tucumán, herencia de su esposo cuya familia instaló los primeros cañaverales y trapiches. Allí vivirá desde 1817 hasta su muerte en 1847, a sus 67 años.

Cuerpo lateral izquierdo

Panel 3: Izquierda arriba de 35 x 35 cm. Gertrudis y familia, su esposo Juan José Fernández Cornejo, en uniforme de Gard de Corps, sus hijas Juana Manuela y Juana Josefa.

Panel 4: Izquierda centro de 35 x 35 cm. Manuel Belgrano se instala en Campo Santo, en el Fuerte de Cobos para alistar el ejército auxiliar que irá hasta Potosí.

Panel 5: Izquierda abajo de 20,5 x 35 cm. Gertrudis es arrastrada por los realistas y obligada a caminar a pie 20 leguas hasta sufrir cárcel en Jujuy, donde filtra valiosas informaciones al General Güemes. Y logra escapar en vísperas a ser deportada a Potosí.

Cuerpo lateral derecho

Panel 6: Derecha arriba de 35 x 35 cm. Francisco Ignacio Medeiros vestido como primer Juez de Bolivia, investido por el Mariscal Sucre, comparte sus Lomas en Salta con su Universidad en Chuquisaca.

Panel 7: Derecha centro de 35 x 35 cm. General Martin Miguel de Güemes comandante de la Guerra Gaucha, que recibiera apoyo de Gertrudis en reses, caballares y mulas, como también aportes económicos y sostén de soldados de la familia Cornejo-Medeiros.

Panel 8: Derecha debajo de 20,5 x 35 cm. Representa el flujo de ganadería que Gertrudis dona para las tropas del General Güemes. Lo que le repercutió en vejámenes (atada al Algarrobo histórico, arrastrada y encarcelada y con merma de sus bienes, que los fue vendiendo para subsistir los últimos 30 años de su vida, viuda y fallecidas sus hijas, con la compañía de una nieta adoptiva.

Gustavo Medeiros Anaya, arquitecto de profesión con estudios en Córdoba, Argentina. Autor de: Oruro: Ciudad Universitaria Como Factor del Desarrollo Regional y Urbano. Jurado internacional: Bienal de Quito. Experto internacional de la fundación Mies van der Rohe de Barcelona.  Ciudadano Honorario de Vladimir (URSS), New Orleans, Quincy Massachussetts (USA), Santa Cruz de la Sierra y La Paz.

Bolivian Digital Publishing

Tipos Móviles: «El derecho a leer es pensar críticamente, es ejercer el derecho a decidir«.


Bolivian Digital Publishing es una casa editorial digital dedicada a la producción y publicación de contenido literario y artístico digital. Nuestra meta es promover y compartir el trabajo de autores bolivianos y latinoamericanos con el resto del mundo a través de publicaciones digitales, por una la democratización de la lectura, porque creemos en que “leer es decidir”.

Nuestra casa editorial tuvo su lanzamiento en 2020, aunque nació años antes primero como un sueño, y luego como un proyecto. Es la primera editorial digital en el país. Nuestra primera motivación fue la escasa distribución y difusión de literatura boliviana en el extranjero y por el contrario, la dificultad para conseguir literatura de otras latitudes entre las pocas estanterías de Bolivia. Así como también, el difícil acceso de los autores a las editoriales nacionales, de número limitado, y con una preferencia por los géneros que “venden”; la poesía, por ejemplo, no siempre es “bienvenida”. Otra razón, fue, la necesidad de actualizarnos en un mundo donde la literatura digital es una realidad, es el presente. Amamos los libros físicos, pero los libros digitales forman parte de la literatura actual, del lector del presente.

Hasta el momento hemos publicado autores nacionales e internacionales dentro del género de la poesía. Entre ellos a Lucía Carvalho con una versión interactiva de su libro Universo 127 expandido, la obra de Camila Uriona y Omar Alarcón, los laureados poetas como el ecuatoriano Paúl Puma o los chilenos Juan Malebrán y Juan José Podesta, entre otros. La meta es ampliar nuestro catálogo, dando espacio a la novela, el cuento, la literatura infantil o los libros de arte. Este año, publicaremos nuestro primer libro para niños.

Durante dos años consecutivos hemos participado en Ferias del libro, presentaciones tanto virtuales como presenciales. Este año participamos de un evento central en la FIL La Paz, con la presentación de la Antología IKI IKI de autores del norte de Chile.  Encuentros como estos permanecen en nuestro corazón, permitiendo que escritores de distintas latitudes se conozcan, compartan la testera, lean y difundan su obra en diferentes espacios siempre bajo la premisa de generar nuevos vínculos entre autores, público y editoriales.

Realizamos nuestra distribución a través de Amazon, líder en la venta de libros digitales (65% del mercado) y libros impresos (35%). Los libros digitales pueden comprarse a través de esta plataforma, y una vez adquiridos, a precios más accesibles que los libros físicos, pueden leerse prácticamente en cualquier dispositivo. Sabemos que nuestros libros ya se leen en España, México, Canadá, Chile, Argentina, Estados Unidos, por nombrar algunos países.

Bolivian Digital Publishing es una casa editorial comprometida con la distribución de ganancias en un modelo de equidad, por ello consideramos una retribución justa para los autores, en conformidad con los acuerdos a los que llegamos con cada escritor y/o artista. 

Nuestra oferta consiste en servicios de edición, diagramación, traducción, distribución y publicación de textos e imágenes en formato digital, para su venta en plataformas de internet, con un alcance de más de 3 billones de lectores potenciales alrededor del mundo.

Nuestro plan de trabajo consiste en brindar el mejor servicio de asesoría técnica, literaria y legal para la publicación digital de su manuscrito en plataformas de venta por internet.

Si bien un comienzo en medio de la pandemia no ha sido sencillo para levantar el vuelo, nuestra labor editorial ha sido muy bien recibida, tanto a nivel nacional como en el extranjero. Estamos abiertos a recibir más propuestas editoriales y lectores que se aventuren en el maravilloso universo de la lectura. Nos pueden escribir a boliviandigitalpublishing@gmail.com, o nos encuentran en Facebook y en Instagram.

«Para alguna vez cuando oscurece», poemario de Benjamín Chávez

Edwin Guzmán Ortiz

Un conocido apotegma de la lingüística reza que el contexto define el texto. Y es lo que precisamente consideró en la parte prologal del libro, nuestro caro amigo, Cachín Antezana. Entre no pocas precisiones y echando mano  al  recurso del atajo, deja entrever la diversidad de preocupaciones, recurrencias y escrituras que forman parte de la obra de Benjamín Chávez. En efecto, más que simplemente el cultivo de una población heterogénea de discursos y de obsesiones, se manifiesta un desdoblamiento simultáneo de escrituras que buscan representar y escudriñar el mundo. Poética, narrativa, ensayística, etnológica y testimonial, su palabra, se abre a través de diferentes formas de escritura, y desde una preocupación múltiple, a esa vocación por develar las cosas del mundo.

Bajo la misma concepción plural, en su reciente poemario de Benjamín, Para alguna vez cuando oscurece (Editorial La Mariposa Mundial /Plural Editores-2022) el mundo se abre a la manera de un caleidoscopio, donde lugares y circunstancias dan cabida a una experiencia creativa de alta intensidad poética. Si es posible identificar una matriz fundamental en este poemario es la experiencia del viaje, esta permite que se habite tiempos y espacios disímiles.

Para el poeta, el mundo es un espacio abierto, un lugar para ser transitado y habitado, simultáneamente. Así, de pronto – en la “Caja Versalita” se yergue el taller, como espacio creativo; la movida de la escritura que inquiere, sobre el planeta de la mesa, grabados, papeles, cartografías, en medio de una ritualidad que conjuga el eco subrepticio del mundo a través de una escritura vital que se abre al deseo. Leer/ escribir, modulaciones del viaje sobre el territorio de la lengua. En un primer momento se inquiere el hondo periplo de la escritura, las posibles rutas del poema y la cabilación que se desprende de las intensas faenas sobre la página. De ahí es que esta experiencia abra en el tiempo circunstancias donde el oficio va desde los modos íntimos de la creatividad, hasta la eclosión de una escritura que avanza impertérrita abriéndose a los cuatro vientos. Camino del oficio y desafío sobre la cuerda floja de la escritura.  

Desde esa fusión, entre la cavilación, la circunstancia, la visión  y la lucidez, dice el poema:

“Escribo lentamente frente a la luminosidad de la pantalla

hay sobre la mesa una copa de agua y un cenicero

Las teclas aguardan, no el caer, un posarse apenas

De la yema de los dedos

(Ese flujo de las letras y ese recóndito allá que es toda escritura)

La lectura como viaje, el viaje a sí mismo, el viaje dentro el propio lenguaje y el recorrido por habitaciones, paisajes, caminos, carreteras, ciudades y, ¡cuándo no!, el viaje por los vericuetos de la memoria.

Sin dejar de lado ese universo creativo, en la segunda parte del libro, “Opúsculos sobre un país realmente mejor”, Benjamín Chávez, opta por otra forma del viaje, se multiplican los espacios: y el espacio se expande aterrizando en tiempos del viejo historiador, Herodoto, hojeando un atlas, o en tiempos de la colonia, con Ludovico Bertonio conversando sobre cosas de indios con Bernabé Cobo. Los poemas atraviesan los umbrales del tiempo. Y así cabila el poeta frente a un abeto y la nieve en Tartu, o sobrevuela el encuentro entre Heidegger y Celán que terminó pariendo un poema para bien de la literatura, o, acaso, algo más íntimo como las erógenas formas segregadas por el lienzo, en medio de una conversación con Raúl Lara.   

Poemas que se apoyan en el testimonio de textos que iluminan el lenguaje, asaz, cifrado del poema. En efecto, Benjamín nos recuerda que detrás de cada poema hay un mundo, un tiempo y circunstancias que soplan fragmentos de la memoria, entre metáforas y alegorías. Un mundo, no menos intenso, de lecturas y autores que hablan desde algún lugar del recuerdo y cavilan, y piensan sin ambajes pedazos de la realidad. De este modo, a la manera de un diario, un doble registro se abre y el poema deviene del testimonio y, al mismo tiempo, lo consagra, fijando acontecimientos con nombre apellido, lugar y fecha. Habitáculos, lecturas, personajes que son, un poco de vida, y lucubraciones lugares, tiempos, y la memoria como periplo que resignifica el paso del tiempo. De la finca de Cotochullpa en Oruro a una cálida noche en la Amazonía. Viajes autobiográficos contenidos por las redes ambivalentes de lo memorable. Espacios que se prolongan en la densidad reflexiva de la interrogación y la conjetura. Acaso, incluso, del derrumbe cotidiano, leemos en un poema:

“Isla íntima y privada

privada del olvido de las batallas

 tierra negra del destierro

consuelo de la última copa de vino”

Y de la blanca bóveda de Ostuni al peinado por los barrios de La Habana, o las aguas mecidas por la corriente e Humboldt, se abren poemas que poseen una historia, que retratan un tiempo que cuaja en la memoria. Y “aquí a lo lejos”, poemas evocados, música de fondo, alegorías y pasos, pinturas y museos y arquitectura que atraviesa el poeta, tornándolos imperecederos. Paseo baudeleriano por lugares, que bajo la impronta del poema, se tornan espejos jadeantes del tiempo transcurrido.

En la tercera parte del poemario: “Para alguna vez, cuando oscurece”, los poemas sin dejar de viajar mundos sucesivos, rondan una atmósfera más personal. Periplos por la intimidad, el aura acariciado por Caravaggio o Fra Angélico – por supuesto que hay artistas y obras que más allá de los museos habitan entrañablemente el anhelante yo- y son en nosotros con nosotros. 

Lluvia antediluviana, mano leída y escribiente, los misteriosos actos del Yatiri en medio de hojas de coca arrojadas al azar para una “Lectura vegetal, lana, rezos, alcohol y esa/ rara cosa llamada fe”, y al reverso de esa postal de infatigable errancia, leemos “ Acaso eso sea todo/ tibieza y canción de cuna oída apenas/ en medio de vías desiertas y paisajes olvidados/ hasta el final/ —por muy lejos que creamos haber llegado/ como un susurro que adormece”

Benjamín trabaja sugerentemente su escritura, su poesía ostenta una fina vena vinculada al rigor clasicista pero, alternativamente, se enfrenta a decir el mundo de un modo renovado: acordes alusivos, paréntesis, acoplamientos, traslapamientos semánticos, reinvención de las formas, alquimia verbal, metonimia del asombro, tallando una poesía borboteante y culta, de cara a este tiempo. Su palabra nos transmite la experiencia del tránsito, el valor del encuentro, el albur de tejer lo memorable, también nos convoca a compartir el fuego de la contemplación y la revelación poéticas. Desde su palabra, Chávez nos transmite las resonancias del mundo, la inmersión extraterritorial que trasciende las fronteras. Errar, otra forma de habitar este mundo ancho y ajeno. 

Así el vasto recorrido del viaje, lejos de toda forma de exilio o extravío, es un reencuentro con el otro, y con el propio yo que anhela – desde la intimidad que late al unísono con la luz del medio día, o desde el otro lado del poema- la trascendencia y la experiencia del tránsito. “Soy el eterno discípulo que el maestro ignora”, escribe.

La escritura de Benjamin Chávez, en Para alguna vez cuando oscurece, es hálito que abraza el mundo, y más que la soberana gesta del triunfo del poema sobre la usura y la obsolescencia, es sin duda un acto de fe.

Apuntes a propósito de «Los Viernes Santos», de Silvio Mignano 1

Cergio Prudencio

UNO. Me deja una impresión de bitácora. Cada poema testimonia lugares o circunstancias, que juntos configuran un recorrido, un tránsito, un devenir de doble dirección: primero, hacia territorios, países, ciudades o campos del ancho mundo material; y luego, hacia ámbitos de la interioridad subjetiva o inmaterial de quien escribe. La ubicación en el espacio, de cualquier naturaleza o carácter, es una constante escritural, por lo que la lectura lleva al lector de un lugar a otro junto con el navegante-poeta que va de aquí para allá, y de allá para más allá, etc., deteniéndose a veces en pequeños recintos de la cotidianidad, a veces en vastas geografías. Y de cada estación deja una constancia.

DOS. En Los viernes santos, el rango poético (por así llamarlo) es siempre una consecuencia de procesos literarios. Me explico: de manera general encontramos un lenguaje fuertemente narrativo, o – más bien – descriptivo. La escritura se detiene en detalles, ya sea ambientes, o personas/personajes, o cosas, o arquitecturas, con las cuales el cronista-poeta entabla una relación, un vínculo, y hasta una atadura. Consolidado este recurso, (casi) siempre luego lo abre mediante quiebres o disgregaciones de la realidad concreta. Es en este punto donde lo que llamo “rango poético” se manifiesta como una revelación inmanente o intrínseca a las objetivaciones descritas, subjetivizando extraordinariamente el lenguaje.

Los Viernes Santos

Sobre el mar, hacia el promontorio,

hay una luna llena que, en Gaeta,

transforma en cobre el agua negra

y recorta la fronda a los pinos

como vagos gigantes adelgazados.
Adentro, en la sala de mi madre,
la luz azulada de la televisión
transmite la misma luna en Roma
sobre el Coliseo, en la Via Crucis,
entre las multitudes que escuchan en silencio

las palabras de algunas mujeres en negro.

Ignoro si haya luna llena

en el barrio de Obrajes, esta noche:

sé que habrá hombres que llevan

trapecios de madera y rosas, y velas,

cuerpos del Hijo y lágrimas de Madre,

y en un rincón, del lado oeste,

faltaré yo, no estaré mirando,

no tendré miedo de que se vuelque

el peso que me grava sobre el corazón.2

TRES. Los viernes santos podría ser también un diario íntimo, que toma la observación como método. Observar, más allá de describir, aquí es atender y conectarse con las cosas que ocurren por rutina o por azar, en el entorno inmediato o en el lugar al que se llega, o por donde se transita impensadamente. Observa lo que observa el escritor, con la acuciosidad de un científico-poeta (si vale el término). Observa, y en el acto de observar se descubre a sí mismo como parte de lo observado.

Al Trionfale

Se consumen –dice la señora en el mercado–

hasta que quedan las fibras y poco más,
y no se entiende si habla de hombres o verduras,

si por allí el arrastrarse de pies y de carritos

alude como fraseo a un tiempo próximo,

cuando todo este espacio será eco vacío.
La florista, sentada con los antebrazos en las rodillas,

afirma que los filósofos todavía no han entendido
y que el pavimento estriado de residuos y aceite
se asemeja a nuestro rostro más que cualquier tratado
:

lo ve –observa– si usted pasa la afeitadora por las mejillas

se lleva tallos de apio y girasoles,
y lo que queda es pura esencia, es su espíritu.
Sin embargo uno no se refleja en el linóleo opaco,
sería muy fácil, como en la tibieza de su baño:
aquí en cambio esta solo consigo mismo, debe flotar
.

CUATRO. La cuarta impresión que me deja la lectura es una consecuencia de la anterior. Veo que, pasado el umbral de descubrimiento propio en el acto de observar hasta observarse, se dispara inmediatamente la imaginación hacia esferas utópicas, irreales o surreales, un campo en expansión que alcanza o aprehende “lo poético” en su dimensión más libertaria. Libertaria en el sentido de eximirse de la lógica o el sentido común, instaurando la abstracción como posibilidad casi única de tocar la verdad. Paradójicamente, es aquí donde inicia Los viernes santos, en la abstracción, con este primer poema:

La obstrucción de los cuerpos sin contenido

Lo que importa no es la fuga de la curva
que impregna todo estado de sombra.
Pero es verdad, es allí que terminamos deglutidos

–o nuestra mirada, en lugar de las piernas–
en aquel pasadizo de espesor cóncavo

rectangular a pesar de ser arqueado:
pero lo que cuenta hoy es el volumen
el paralelepípedo de madera olorosa
doscientos centímetros por cincuenta
la mesa sobre la que comimos todos

el ataúd dentro del que nos deslizaremos

la oscuridad de tierra que hemos soñado.

Sin embargo quizá no es siquiera esto:
es que el diseño se hizo muy bien

las distancias entre las líneas y su trazado
son prueba de la armonía que aún queda
entre el gris y el marrón de la ausencia,
y la inutilidad de los hilos de hierba nos redime.

Es a lo largo del gesto del moverse

zigzagueando en el claro corredor

teniendo que inventar las trayectorias
a través de la obstrucción de los cuerpos
sin contenido que comprendemos la intuición más banal:

la caída de un cuerpo en movimiento vertical.

CINCO. Tomo casi al azar un poema en el que podrían confluir las cuatro coordenadas señaladas previamente.

La posibilidad de una cigarra

Ante el portón, en una calle de doble vía,
en el verano metropolitano asado de sol y asfalto,
me di cuenta (casi amanecía, el tráfico
era todavía una hipótesis dejada a los adivinos)
de que los plátanos sonaban, acompañándome los pasos:

una sonaja susurrante tocada en sibilantes y fricativas

centenares de cigarras escondidas en las ramas a lo alto,

o quizá menos, nunca se puede decir.
Su canto, si es un canto, es algo dúctil
que se adecúa, o adecuamos, a las necesidades:
una y otra vez obsesiva cacofonía casi violenta
martilleo
que se posesiona de los huesos temporales

o quizá una métrica sobre la cual construir

hasta un canto una cantinela loca.
Me embargó el asombro encontrarlas aquí

lejanas de mi jardín meridional

de los acantilados sobre el mar, de los ligustros cálidos:

pensé que tal vez las escuchas tú, en la isla,
que son las mismas, o unidas en alianza,
que intercambian los roles y las partituras

e incluso que escuchamos la misma música.

Aquí, lo audible, lo sonoro entra en protagonismo; espacios alejados se conectan entre sí a través de esa constante sonora. Pero también, de un diálogo con alguien, lo que a su vez constituye una característica de la obra: el otro como interlocutor, que a veces es otro (¿otra?), efectivamente, y frecuentemente sería el poeta mismo, encubierto en tercera persona.

Los viernes santos es una obra que admite diversas lecturas, algunas de las cuales yo apenas apunto aquí, dejando pendientes aspectos estructurales como el sentido de las secciones de la obra, que delimitan perspectivas o campos temáticos; o la cuestión fonética y rítmica, tan difícil de traducir considerando la esencialidad fonética y rítmica del idioma italiano. En fin, será tarea para otra circunstancia, y seguramente, para alguien más versado que yo en cuestiones literarias.

Gracias a Silvio Mignano por traerse a Bolivia de vuelta siguiendo el recorrido que su propia poesía le marca inexorablemente.

1 Palabras de presentación de: Los viernes santos, Silvio Mignano; español-italiano. “Alliteraïon Publishing 2020, Miami, EEUU, en la Feria Internacional del Libro La Paz, 11 de agosto de 2022

2 Todos los resaltados de CP