Libro-lectura-lector. Aproximaciones, conceptos y guiños

A propósito del Día de Libro que se recordó hace tres días, recuperamos algunas citas, definiciones e ideas sobre la cadena libre-lectura-lector, de la pluma de varios reconocidos escritores en lengua hispana.

Martín Zelaya

El 23 de abril se recordó el Día Internacional del Libro. Hace justo 27 años a los señores de la Unesco se les ocurrió institucionalizar esta fecha por una feliz triple coincidencia que, al final, resulta que ni es feliz ni es coincidencia.

En 1616, “ese día”, fallecieron (por eso no es feliz) Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega; ese es el argumento, pero… a fin de cuentas resulta que no. El autor del Quijote murió a últimas horas del 22 y lo enterraron el 23, y el genio creador de Hamlet sí murió el 23 de abril, pero del calendario juliano, que correspondió al 3 de mayo de ese 1616 en el gregoriano; es decir, 10 días después que su par español (por eso no es coincidencia).

Muy aparte de este enredo vale, cómo no, celebrar al libro como objeto o sujeto, como vehículo, canal y mensaje, como impulso y cenit de transformación y evolución. Y claro, de paso a la lectura, el verbo: el acto de leer; el vicio, costumbre, necesidad; el don.

Partiremos con Piglia, promediaremos con Piglia y terminaremos con Piglia. ¿Qué es un lector? Se pregunta el maestro argentino en uno de los capítulos de su celebrado El último lector. “Primera cuestión –se responde–: la lectura es un arte de la microscopia, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física”.

Esto me recuerda a un querido amigo, Edwin Guzmán, que hace ya más de cuatro lustros, cuando era mi profesor en la universidad, dijo que la única manera de escribir bien era, antes, sentarse a leer, leer, leer y leer, y que por eso “para ser buen escritor, hay que tener buenas nalgas”. Y eso me recuerda –también– otra valiosa enseñanza de Jesús Urzagasti: “tienes que trabajar (se refería al oficio de escritor) hasta que te caguen las palomas”.

Sobre la lectura –rebuscando en mi biblioteca– encontré algunas interesantes reflexiones. Dice Javier Marías en el ensayo “Mi libro favorito” de Literatura y fantasma:

«…escribir es, en suma, la forma más perfecta y apasionada de leer, y seguramente por ese motivo los adolescentes, que suelen disponer de tiempo, se toman la molestia de transcribir a veces el poema que tanto les ha gustado: volverlo a escribir es no solo una manera de apropiarse de él, de asumirlo y de suscribirlo, sino también la mejor manera de leerlo, la más cabal, la más alerta, la más segura».

Más de una vez he citado en artículos anteriores este párrafo que el enorme Sergio Pitol escribió en su libro El arte de la fuga:

«…uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuántos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas».

Ya promediando, otra vez Piglia:

«El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es solo una práctica, sino una forma de vida».

Y para ver cómo vamos por casa, hace algunos años, en un texto publicado en LetraSiete y también en ocasión del Día del Libro[1], les pedí un par de párrafos sobre este tema a algunos escritores bolivianos. Liliana Colanzi escribió: “entro a los libros como ladrona… buscando qué saquear. Y Maximiliano Barrientos: “la lectura de ficción es una experiencia tan íntima como el sexo”.

Antes de cerrar lo de leer-lectura y pasar a lo de libro, el otro día, revisando una vieja entrevista que le hice a Eduardo Galeano, vi que después de varias preguntas, le pedí al uruguayo que escriba breves frases de descripción-concepto sobre algunas palabras que le plantee. Esto escribió Galeano a vuelta de correo electrónico:

Lector: “Yo fui muy amigo de Julio Cortázar, pero no coincido con él en aquella definición del ‘lector hembra’, en el sentido de lector pasivo. Primero, porque ahí a Julio se le escapó el machista que todos tenemos adentro, y segundo porque el acto de lectura, cuando es verdadero, es una comunión donde las palabras van y vienen y terminan perteneciendo, también, a quien las recibe”.

Libro: “Cuando el libro vale la pena, está vivo y respira. Uno lo siente respirar cuando lo apoya en la oreja”.

Ya que lo mencionamos, Cortázar dijo: “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”. Y ya que hablamos del Cronopio, por qué no a su gran amigo el Gabo, quien en una entrevista con Darío Arizmendi sostuvo: “los escritores siempre pensamos que el libro es como nosotros pensamos que debe ser y no como piensan los otros que debe ser”.

Dos más antes de cerrar. El cochabambino Rodrigo Hasbún describe: “libros: artefactos peligrosos, maquinitas misteriosas” y el gran Augusto Monterroso en “El autor ante su obra” de su libro La vaca: “en los últimos años, un libro mío recién publicado que se desliza de mis manos en la alta noche, es lo único que se ha interpuesto entre mi mujer y yo”.

Prometí cerrar con Ricardo Piglia:

«La pregunta ¿qué es un lector? es, en definitiva, ‘La’ pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta –para beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales– es un relato: inquietante, singular y siempre distinto».


[1] Debo confesar acá, en letras pequeñas, que buena parte de este texto lo cociné o autoplagié de aquel mentado artículo original.

El Chaco, imagen y movimiento perpetuos en un país que se repite

Una conversación con Diego Mondaca, a propósito de la proyección de su película Chaco (2020) en el Festival de Cine Diablo de Oro de Oruro, permite volver sobre los constantes tópicos y repercusiones de este episodio de la historia, crucial no solo en el pensamiento e identidad, sino en la creatividad y el arte bolivianos.

Fotograma de la película Chaco: Fotografías (4) Marcos Soto Montpellier.

Martín Zelaya

– Ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos.

– Vino a pelear, cabo, no a hacer amigos.

– No hemos disparado una bala en meses.

– Todos hemos terminado en el mismo pozo.

Cuatro líneas del guion de Chaco (2020) encierran toda la película de Diego Mondaca y la explican lo suficiente. La deriva total, la inconsciencia. La soledad en grupo. El aburrimiento de irse muriendo de a poco. La certeza de esa espantosa condena. Son cuatro respuestas, en diálogos o soliloquios, dispersas a lo largo de los 77 minutos de filme. Pero a la vez, cuatro interrogantes que retratan e interpelan el absurdo total.

Algunas críticas severas al primer largometraje de Mondaca –orureño como el que más– observan que “no hay nada nuevo” en relación a los tan mentados temas de reflexión que dejó el Chaco: el absurdo de la guerra, la lucha contra uno mismo, la sed, la locura, la estupidez del hombre… Como si hubiera algo nuevo por descubrir a 90 años de la contienda entre Bolivia y Paraguay. Como si a estas alturas de la historia, de la humanidad, los creadores pudieran aún dar algo que no sea su creatividad y enfoque, aportes indispensables todavía.

A manera de sinopsis

El cabo Liborio es la mano derecha del capitán, un alemán mercenario que conduce un mermado regimiento por un laberinto seco y asfixiante, encerrado en sí mismo.

Casi bastaría decir eso. En este cuadro –es tentador comparar el filme con una pintura– hay dolor, incertidumbre, intrigas, traiciones, pero sobre todo angustia y desesperación.

Pero Chaco, es bastante más. Es un camino interminable hacia la nada. Es una suerte de road movie en la que siempre hay mucho por delante y nunca nada por qué avanzar. Y en esta propuesta creativa, es fundamental la estética diseñada por el director: la cámara sigue o espera de cerca, es parte de la deriva constante.

¿Cómo, por qué y para qué hacer una película sobre la guerra? Mondaca comparte algunas ideas y experiencias en torno a este premiado filme, a propósito de su reciente proyección en Oruro, en el marco del Festival Diablo de Oro.

Cineasta nato y cinéfilo empedernido, queda claro que Diego, su arte, se mueven a partir de imágenes. “Hay unos relatos de Hilda Mundy que me guiaron un montón. Me quedan esas imágenes de las despedidas en Oruro. Las mujeres despidiendo a niños inocentes y eufóricos. Había ternura –dice Mundy– más allá de la compasión ante esa juventud que se iba a la guerra. La cueca Adiós Oruro del alma, si mal no recuerdo, fue compuesta por un soldado que iba a la guerra”.

– El Chaco generó el mayor movimiento temático, reflexivo, crítico, estético… creativo en Bolivia. Sigue en la mente y memoria… ¿hasta cuándo nos perseguirá esta sombra? ¿Hay que huir de ella o convivir en paz?

– Sí permanece y sigue en movimiento. Me parece que se debe a que aún no hemos resuelto el verdadero problema de esa guerra, tanto en su origen y desarrollo como en sus consecuencias.

Los relatos sobre el Chaco sobreviven como objetos salvados de un incendio, debemos recuperarlos de esa situación de riesgo –de una mala o incompleta interpretación– y producir un conocimiento crítico.

No se trata simplemente de remover el pasado. Se trata de que, al producir nuevas miradas, como busca hacerlo la película, nos preguntemos siempre qué clase de contribución al conocimiento histórico es capaz de aportar nuestro trabajo, y si una imagen bien mirada, una imagen en llamas puede desconcertar y después renovar nuestro lenguaje y, por ende, nuestra manera de pensar.

El Chaco nos perseguirá hasta el momento en que se reescriba y analice la historia desde una mirada que no busque victorias ni hitos, sino más bien una reflexión a profundidad sobre los actos de una sociedad que nos arrastra a la guerra como “solución final” con todas sus consecuencias que retumban y se repiten al parecer eternamente.

Quien mira la película ve y siente esas consecuencias desde su presente, nuestro presente, y eso es lo doloroso. Es necesario entenderlo.

– Creo que esta es una frase fundamental del filme: “ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos”. ¿Qué reflexiones puedes compartir al respecto?

– Ese es un diálogo que marca el destino de todos en el filme. Liborio, de alguna manera ve más claro ese su destino. Siente en el cuerpo y ante ese paisaje todo un extravío que luego vemos que es colectivo, y que deriva en lo inevitable. Quizás por eso también Liborio se la pasa cargando con la muerte (a Jacinto, su compañero).

Ese extravío también es una metáfora del sinsentido, del miedo que se apodera de ellos, sobre todo el miedo al otro, al que no lleva su uniforme. Y todo esto en un inmenso terreno inhóspito donde solo puedes ser o boliviano o paraguayo. Ahí está la escena del encuentro entre los tres soldados extraviados y la pareja weenhayek.

– Son evidentes algunas razones y necesidades de que varios diálogos estén en aymara y quechua. Pero quisiéramos conocerlas de tu voz.

– Son razones políticas y estéticas. Es poner en el centro a la lengua. Narrar desde quechua y aymara es dar voz a toda una juventud a la que se le negó sistemáticamente elevar su relato de la guerra. Son diomas que hasta el día de hoy son pisoteados, negados y arrinconados, condenados a desaparecer. Lenguas estigmatizadas o instrumentalizadas. Al ponerlas en el centro del conflicto de toda la película denotamos una posición política por defender y valorar el cómo se vivía y nombraba el día a día, las cosas y emociones en el Chaco. Acaso no deberíamos preguntarnos al menos cómo nombraban ese paisaje nuevo en su idioma materno, cómo describían su horror y cómo lo habrán trasmitido al regresar.

Con la película buscamos recuperar el valor de la lengua en nuestra historia y su sonoridad en nuestra memoria. Esos jóvenes soldados también aprendieron en el Chaco (y hasta hoy en el servicio militar) que el castellano es una lengua civilizadora y que está encima de todas las otras. La jerga militar (machista, misógina y profundamente racista) impone que la letra entra con sangre o que gritar es autoridad, por ejemplo. Y estas prácticas violentas son las que los jóvenes van reproduciendo luego en sus casas, en sus vidas.

Y con estético, me refiero a algo esencial y fundamental para la armonía en forma y contenido de la propuesta de la película.

En otro momento de la charla, Mondaca comenta: “la película está dedicada a mi abuelo, que fue un soldado en esa guerra. Y ahora su cuerpo está en Oruro, en el mausoleo de los excombatientes. Hace unos años mi madre quiso recuperar sus restos y llevarlos junto a los de mi abuela a Cochabamba. No se puede. No le dejaron. Los restos de los excombatientes son patrimonio nacional”.

A esto es precisamente a lo que se refiere con la necesidad de dejar de mirar al Chaco con enfoques rancios de patriotismo y heroicidad. “Todo esto de mi abuelo es también parte de la ironía y del absurdo de la guerra que nos siguen persiguiendo, que persiguieron a mi abuelo siempre. La guerra no suelta ni sus huesos”.

Todo lo que sucedió en Bolivia entre 2019 y 2020, cuando corría la post producción de la cinta, no hace sino reafirmar esta suerte de leyenda o maldición: el camino del Chaco no se acaba aún. La sombra sigue su acecho. “Era muy loco terminar de editar Chaco al mismo tiempo que nos matábamos en las calles, al mismo tiempo que estallaba un negacionismo brutal. La estrenamos en 2020, en medio de un país rasgado y adolorido. Un país que se repite”.

“No te olvides que Chaco es un espejo sin tiempo en donde, tarde o temprano, terminamos reflejados”, culmina Diego, ya en una conversa personal, a modo de ultimar detalles para el trabajo de estos textos.

El triunfo de la imaginación

Sostiene Diego Mondaca: “al Chaco y a la guerra los hemos tenido que imaginar. De la imaginación (sin nacionalismos, patriotismos o condescendencias) sale la peli. Es mi idea del horror. Una ficción que está en la mesa familiar de muchos de nosotros. Desde ahí hay que verla, conversarla; desde la imaginación de un horror pasado cuya materialidad permanece hoy. Es un poco nuestra shoah”.

La imaginación, concepto clave. No es para nadie novedad que el Chaco es la principal y mayor convergencia temática en expresiones artísticas y culturales en Bolivia. Y que, antes todo, sus razones, contextos y efectos son categorías de análisis y pensamiento histórico, político y sociológico. A pesar de la profusión de escritos, cantos, dramas y expresiones plásticas, son pocas las alusiones que eluden el patrioterismo y patetismo: la oda reivindicativa del derrotado. Estas pocas excepciones son, precisamente, las que sobresalen.

En el capítulo “El arco de la modernidad” de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (PIEB, 2002), Blanca Wiethüchter señala: “el vaciamiento de sentidos que practica Hilda Mundy en Pirotecnia (1936), o el dialogismo frívolo de Rodolfo el descreído (1939) de David Villazón, novela en la que el autor se burla explícitamente desde las notas al pie de página del narrador, constituyen las rupturas que imaginan un mundo en ruinas”. En el mismo texto, continúa: “esa vanguardia quedó ignorada en nuestra historia literaria y mutilada en su impulso por el boom de la Guerra del Chaco, el que otorgó el triunfo, en desmedro de las experimentaciones vanguardistas, a los productores del sentido ‘fondista’”.

Sin querer menoscabar a estos “triunfadores fondistas” (nadie va a poner en duda el valor y calidad de El pozo del Chueco Céspedes o Aluvión de fuego de Oscar Cerruto, por ejemplo), recién en los últimos años se propició la salida a luz de estas obras tan irreverentes como fundamentales sobre el Chaco, que menciona la autora de Asistir al tiempo. Y todo gracias a las reediciones cuidadas y acertadamente prologadas de La Mariposa Mundial. Podríamos agregar una tercera: Chaco, de Luis Toro Ramallo, que forma parte de la Biblioteca Plurinacional editada en 2014 por el Ministerio de Culturas, una colección de ocho libros esenciales de la primera mitad del siglo XX, injusta e inexplicablemente olvidados.

La referida edición de Chaco, viene prologada por Wilmer Urrelo, quien en una de sus reflexiones parecería dialogar con Wiethüchter: “creo que todo esto, tomarse la guerra con esa supuesta superficialidad, hizo que la obra de Villazón fuera condenada al olvido con muchísima intención: es más fácil no prestarle atención a un libro que jode a una generación a atacarlo, pues eso lo haría crecer más”.

Pero incidamos un poco más. En una nota a propósito de la publicación de Rodolfo el descreído, Rodolfo Ortiz, director de La Mariposa Mundial, escribe: “la Guerra del Chaco resuena aquí a través de una estética de la insubstancialidad en la cual la novela abiertamente se reconoce, y no solamente ella, sino fundamentalmente una segunda, la novela de un tal Jorge Santa Cruz (ganador del Premio Gordo de Lotería) que se entrevera dentro de la propia novela de David S. Villazón para narrar con precisión los ‘sucesos’ acaecidos alrededor del, digamos, ‘gran suceso’ llamado Guerra del Chaco”.

Además de historia y testimonio, el Chaco fue vivencia, renovación y parteaguas. Cómo no seguir, entonces, provocando miradas. Además de las letras, entonces, está la música: los nunca del todo bien ponderados boleros de caballería. Y está la imagen. Mondaca lo dice mejor “…y están también esas imágenes y sonidos del Chaco que nunca vimos. Ese horror que, si bien fue relatado en la literatura, pocas veces pasó al cine”.

Bolero de caballería: banda sonora de guerras y muertes

¿A quién no se le eriza la piel al escuchar Terremoto de Sipe Sipe? A Diego Mondaca le pasó cuando la oyó por primera vez de niño. Y se le escapó más de un lagrimón ya de adolescente cuando esas notas despidieron a su abuelo excombatiente.

Cuenta Diego: “el estudio de Jenny Cárdenas (Historia de los boleros de caballería) es potente y muy valioso. Fue muy importante para entender los caminos del bolero de caballería. Vital. Pero también está la “conceptualización del bolero” más allá de un contexto que lo fue transformando y resignificando hasta hoy. En eso don Alberto Villalpando fue fundamental: ¿cómo entender la musicalidad del bolero de caballería?

Al explicar la investigación que desembocó en la publicación de su texto en 2015, Jenny Cárdenas cuenta –en un antiguo diálogo justo a propósito de ese lanzamiento– que estos boleros surgieron en el siglo XIX y que siempre estuvieron indisolublemente ligados a las bandas del Ejército: “la Guerra del Chaco es, entonces, el escenario más propicio –por decirlo de alguna manera– para que ancle, se enraíce en el alma, en la memoria de toda la gente que asistió, como actor directo, o como familia o sociedad en que ocurría esa guerra. Y de allí, siguió acompañando toda confrontación social, inclusive si no había muertos, para significar que estaba sucediendo un hecho de violencia política”.

Entre la conceptualización del bolero de caballería y su innegable ligazón con la guerra y, sobre todo, con la muerte, también está algo que subyace claramente: es una inigualable y poco valorada expresión cultural boliviana, una referencia identitaria de la historia de este país.

Así lo refiere Juan Pablo Piñeiro en su breve texto “La música del umbral”, publicado en 2015 precisamente a raíz del trabajo de Cárdenas: “no es necesario ser un músico eximio para entender enseguida, cuando uno escucha un bolero de caballería, de que se trata de un género musical boliviano, de un género que ha brotado en nuestras tierras. El hilado musical es inconfundible y salta al oído de cualquiera que escuche estas tonadas. El compás andino tejido con la melancolía del metal, une lo magnífico y lo triste como si uniera la vida y la muerte”. Así, la banda sonora de Chaco no omite, claro está, los boleros de caballería, que dialogan y cargan de emotividad un par de escenas de por sí potentes…: la marcha de los desharrapados soldados… esa deriva insustancial, esa espera sin esperanza.

Pedro Albornoz: «Mach 1 es una extensión de mi trabajo como crítico»

Entrevista al más reciente ganador del Premio de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz

La narrativa de Pedro Albornoz Camacho se caracteriza por sus personajes atípicos, sus escenarios atípicos, un manejo magistral de la digresión, diálogos y monólogos dinámicos y, sobre todo, por un manejo sofisticado del humor negro. Nació en Cochabamba en 1970, pero pasó casi toda la primera parte de su vida en el exterior. Si bien su incursión en la narrativa es relativamente reciente – ganó el Premio Franz Tamayo en 2014 por su cuento “El otro muro”, un relato fantástico en el que explora, la naturaleza de la creación de la obra de arte; este es un tema que comparte con su primera novela, Mach 1, galardonada con el Premio de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz en 2020 y, recientemente, premio que volvió a ganar por segunda vez el 2021, con su segunda novela Diablo que baila bajo la luna – lleva escribiendo y publicando artículos académicos desde hace más de veinte años en distintos campos, desde la crítica literaria y de arte hasta la historia boliviana.

Recientemente dijiste que el humor boliviano puede ser tan fino como el inglés. ¿Cómo es que llegas a esta conclusión, alguna influencia literaria?

Sí y no: por un lado, crecí en una familia donde, si no tenías un buen sentido del humor y capacidad de réplica inmediata, no sobrevivías el almuerzo. Mi padre podía pedirte que le pases la sal mientras te decía las cosas más incisivas, más irónicas, ingeniosas y sarcásticas con gran sutileza y elegancia, sin la mínima expresión en el rostro; y mi madre no solo remataba, sino incluso a veces volcaba el comentario contra mi papá con la misma destreza o redirigía hacia alguien más. Nadie en la mesa estaba a salvo, no una vez que habías entrado en confianza, porque se esperaba que participaras.

A mis quince años, nuestro profesor de literatura inglesa nos hizo leer “La importancia de llamarse Ernesto” de Oscar Wilde y mi mundo cambió. Entendí cómo el humor bien logrado te permitía volar bajo el radar y decir abiertamente las cosas más terribles con ecuanimidad, cuando no con una sonrisa beatífica. Claro, muchas veces mi boca es más veloz que mi cerebro y termino metiéndome solito en agua hirviendo. Pero al menos puedo reírme cuando lo hago.

Lo que me dices parece describir al personaje principal de tu segunda novela, Diablo que baila bajo la luna, a la perfección.

Sí, pero yo no soy ella. En realidad la basé, al inicio, en una de mis mejores amigas de colegio, que también tenía el mismo tipo de humor negro y sarcástico; a medida que evolucionaba, sin embargo, cobró su propia personalidad. También tiene mucho de mi madre: a sus 83 años, su mente sigue tan lúcida y afilada como una daga, y mantiene su don para la risa y para hacerme reír en el peor momento, muchas veces a costa mía y en público. Así que veo en esta segunda novela un homenaje a todas estas mujeres fuertes que me rodean y me rodearon a lo largo de mi vida.

Tu primera y segunda novela ganaron el premio de novela en años consecutivos. Noto que la primera tiene un concepto y tratamiento drásticamente diferente de la segunda, que es lineal. ¿Cuál escribiste primero?

Técnicamente, comencé escribiendo Mach 1, pero como requería un tratamiento muy distinto –en esta novela juego sutilmente con la cronología e intercalo tres voces distintas que precisaban un trabajo meticuloso para lograr tonos específicos – me comencé a bloquear y, como digo en El otro muro, el peor crimen que puede cometer un escritor es dejar de escribir, así que inicié un segundo texto, completamente distinto aunque con un personaje y un escenario compartido, a manera de mantener el motor funcionando. En un inicio pensé en unirlos como un solo texto, pero a medida que progresaban, me gustaba que fueran obras separadas. Así que llegó un momento en que escribía ambas al mismo tiempo. Fue un proceso caótico al inicio, pero luego me di cuenta que era como mantener un diálogo productivo con dos personas al mismo tiempo, ya que escribir un texto me ayudaba a resolver problemas en el segundo, y viceversa.

En tu cuento “El otro muro” abordas el bloqueo de escritor. ¿Es este un problema que enfrentas de manera recurrente? ¿Cómo lidias con él?

Solía pensar que sí hasta que me di cuenta de que, al menos en mi caso, el bloqueo no es más que mi mente resolviendo un problema, cartografiando una ruta narrativa, como cuando tu computadora se congela. Solía ser una fuente de frustración hasta que me di cuenta que esto solo me ocurre cuando escribo narrativa, no investigaciones ni crítica, ya que cuando escribo textos académicos trabajo con una fecha de entrega bastante estricta y no me puedo dar el lujo de retrasarme. “El otro muro” me sirvió para conocer la naturaleza real del problema, y mis dos novelas me permitieron poner a prueba lo aprendido. La clave consiste en persistir, no dejar de escribir, aunque no sea lo que habías planeado originalmente. También es importante acoger el bloqueo, pero reconocerlo por lo que es: una pausa momentánea que te servirá para tomar impulso, para resolver los problemas en los que metiste a tus protagonistas.

¿En qué difiere tu proceso de escritura cuando haces crítica y cuando haces narrativa?

Por sus parámetros académicos, la crítica me parece mucho más fácil, ya que la escribo luego de haber resuelto al menos parcialmente la lectura de una obra: trabajo hacia un horizonte que, aunque no se halla bien definido, sí lo percibo intuitivamente. Cuando hago narrativa, por el otro lado, no sé en qué me estoy metiendo: debo descubrir quiénes son estos personajes, dejarlos desarrollarse por su cuenta con la mínima intervención mía.

Percibo que el arte y la reflexión sobre este es una vena recurrente en tus relatos ¿Crees que es posible que estos dos modos de escritura se junten explícitamente alguna vez?

Sí, lo es. En mi novela Mach 1 me inspiré muchísimo en mi experiencia en el círculo de las artes, particularmente en los discursos que circulan, muchos de ellos sobreintelectualizados a propósito ya sea como un mecanismo de defensa de los egos débiles que creen que usar palabras difíciles con definiciones convenientemente ambiguas les hará parecer más inteligentes; aunque por lo general hallo que esto ocurre cuando no se tiene bien resuelta la reflexión y se debe mantener la apariencia de ser especialistas. Esto generalmente lo logran repitiendo ad nauseam que obtuvieron su título en Inglaterra o que tienen alguna credencial que debería de infundir miedo. Uno de los protagonistas de mi primera novela se encarga de desmenuzar estos discursos y para ello recurre a un lenguaje sencillo, a anécdotas engañosamente banales. Así que podríamos decir que Mach 1 es una extensión de mi trabajo como crítico. Asimismo, también he usado la escritura académica para expandir mi narrativa y alejarme del texto frío, cerebral, impersonal. Esto se nota, particularmente en Teatros de perfecto silencio, en el cual busqué alejarme de mi zona de confort y decidí asumir un tono más confesional e intimista, al recurrir a mi autobiografía para detonar lecturas e interpretaciones no solamente de obras de arte contemporáneo, sino de fenómenos como el baile caporal.

Una visión crítica acerca de la cultura popular

H. C. F.  Mansilla

En la Bolivia del presente casi todos los estratos sociales y las comunidades de distintos orígenes étnicos se dedican con similar ahínco a destruir el manto vegetal y a ampliar la frontera agrícola, y a todos ellos les es igualmente indiferente la belleza de los ecosistemas naturales. Los grupos juveniles se adhieren a una cultura del ocio, cuyos rasgos generales no dejan entrever una racionalidad de largo plazo. En Bolivia se imitan las metas normativas del desarrollo histórico occidental (modernización en general, urbanización a gran escala, alto nivel de consumo masivo y en lo posible: industrialización) y, al mismo tiempo, se celebran las tradiciones socio-políticas de vieja data (caudillismo, autoritarismo, paternalismo) en cuanto herencias culturales propias y autónomas, y como si estas fueran razonables y paradigmáticas por tener tintes nacionalistas y revolucionarios. Las teorías actuales de la descolonización y del indianismo que ponen en duda la herencia occidental no pueden ser tomadas en serio porque no proponen objetivos realmente distintos de la evolución histórica a largo plazo y porque no poseen una visión crítica de su propio pasado y de las prácticas políticas utilizadas por los movimientos populistas.

En el plano teórico el rechazo de la cultura occidental es justificado mediante el pensamiento comunitarista y enfoques de origen postmodernista-relativista, todos ellos aderezados mediante vestigios de la ortodoxia marxista-leninista. La celebración apasionada del crecimiento económico, de la expansión de la frontera agrícola y la aceptación de cualquier cachivache tecnológico tiene lugar paralelamente a una reinvención de la tradición. En Bolivia esta última se manifiesta como el redescubrimiento parcializado y hasta manipulado de los valores ancestrales indígenas. Predomina un designio omnipresente de modernización técnico-económica (según standards occidentales), que sucede simultáneamente con la importación masiva de las doctrinas postmodernistas y con el elogio ─ estrictamente verbal ─ de la Madre Tierra. Este contexto confuso, pero en última instancia favorable al desarrollo económico convencional, tiene consecuencias prácticas para el medio ambiente que no es necesario mencionar expresamente. La actual situación boliviana puede ser descrita como deprimente pues favorece (a) una ética de la materialidad y la inmediatez y (b) una estética pública que no sólo es otra, con respecto a tiempos anteriores ─ lo que sería un cierto consuelo ─, sino una relativamente exenta del designio de crear belleza perenne o, dicho menos enfáticamente, libre del intento de producir bienes que se sobrepongan a las modas y a los caprichos del momento.

En lo referente a la ética se puede decir que nuestros “pensadores” izquierdistas-postmodernistas han calificado a nuestro tiempo como progresista y tolerante en comparación con toda la historia universal. La ética prevaleciente, si se la puede llamar así, está libre de preocupaciones por los derechos de terceros y por el bien común. Es una moral, además, vacía de reflexiones y anhelos de largo plazo. Ellos señalan de manera elogiosa que la cultura actual ya no es elitista, sino una creación de las masas. Su razón de ser es ofrecer novedades accesibles para el público más amplio posible y que distraigan a la mayor cantidad posible de consumidores. Su intención es divertir y dar placer, posibilitar una evasión fácil y accesible para todos. Los contenidos morales y estéticos se han evaporado. Lo único importante de la cultura del presente resulta ser su carácter global-popular, fácil de comprender, y la elaboración de estrategias para que los consumidores no tengan que pensar en temas desagradables o complicados.

La cultura popular boliviana del momento es el ámbito de la estridencia y la desmesura, marcado, entre otras cosas, por la decadencia de la solidaridad efectiva (no la retórica) y por el incremento del egoísmo, aunque la apariencia exterior de sus manifestaciones sea “antiburguesa”, es decir: fraternal, generosa y espontánea. Hoy en día la cultura popular no contiene elementos revolucionarios o emancipadores, sino una apariencia comercial que afecta a casi todas sus manifestaciones, lo que se puede constatar, paradójicamente, en las creaciones que pretender representar un indianismo renovado.

Por todo ello esta cultura adopta necesariamente una inclinación conservadora en términos políticos, pese al carácter destemplado de sus lenguajes y a sus pretensiones de radicalidad y otredad. Este estado de cosas no es inusual. Los modelos civilizatorios que no tienen una autoconsciencia crítica de su pasado o de sus normativas dirigidas al futuro tienden a celebrar los modestos logros propios como algo único y digno de ser preservado y utilizado en toda oportunidad al alcance de la mano. Sus intelectuales se consagran dócilmente a resaltar el carácter revolucionario y progresista de estos legados históricos. A ellos no les preocupa el proceso de comercialización de la cultura popular o la mencionada estridencia de sus manifestaciones juveniles, pues ella, en el fondo, sería el testimonio de algo que viene de muy atrás, de algo sagrado en sentido de altamente reverenciado por las masas sufridas de la población.

Como resumen se puede afirmar que muchos productos de la cultura popular con pretensión artística duplican una realidad que puede ser calificada de mediocre y deficiente. Los productos actuales de la cultura popular no provienen de auténticas prácticas culturales del pueblo, no son creaciones “espontáneas” de las clases subalternas, sino constituyen en proporción importante objetos y valores generados por grandes conglomerados manufactureros de acuerdo a un plan (lo menos espontáneo que hay) de largo aliento para el consumo de millones de personas. En el fondo la mayoría de estos “productos” no tiene nada de “democrático” en el sentido de sus defensores, pues son de un estilizado barbarismo.

La cultura popular engloba a menudo la ética del triunfo rápido y el impulso imparable a la ostentación. Todo vale, por ejemplo, para salir de pobre. Cuando se llega a ser rico, es para lucirlo y exhibirlo. Ello tiene que ver con nuevos grupos sociales que influyen sobre las tendencias del gusto público, especialmente del juvenil; se mueven sobre todo en el ámbito del espectáculo, lo que hoy está imbricado de modo íntimo con la política y el delito. Estos “círculos” poseen la fuerza o la habilidad de imponer los nuevos valores de orientación masiva, como el dinero fácil y los bienes de consumo que denotan un gusto retumbante y ordinario. Las rutinas autoritarias de vieja data se han entremezclado exitosamente con las pautas de comportamiento de los jóvenes contemporáneos. La cultura del autoritarismo muestra así su perdurabilidad y arraigo en los estratos populares.

A todo esto hay que añadir la fuerte inclinación al alcohol y la aceptación tácita del consumo de drogas, lo que es un camino que contribuye a formar una cierta cohesión social. Se trata, probablemente, de una estética popular que brinda y asegura un cierto status social, basado en el dinero, que así se convierte en el único criterio de localización y jerarquía sociales. Hoy en día, cuando han muerto los valores de la distinción aristocrática, también empiezan a desaparecer todas las normativas éticas y estéticas vinculadas a las tradiciones humanistas, lo que a nadie le causa pena.

Jaguar Azul Editores

Mario Vargas

El Bocaisapo, aquel de Marcela Gutiérrez y Cayo Salamanca, fue un lugar fascinante, de donde emergían posibilidades inimaginables, en medio de lecturas, performances literarias y música en vivo; allí conocí a escritores y otros artistas, muchos de ellos consagrados en su trayectoria y otros que iniciaban sus primeras letras. Una noche de esas, al terminar de escuchar su poesía, pregunté a Alejandro Canedo Peñaranda dónde podría conseguir un libro suyo, pero no había publicado nada. Esa noche emergió la posibilidad de crear una editorial.

Posteriormente, durante un recorrido por el Museo Nacional de Antropología de México me topé con el Gran Jaguar de Monte Albán (Oaxaca). En las culturas antiguas de nuestro continente, Jaguar es un ser mítico. Y el azul sumó su haz propicio para la creatividad, la magia, la ficción y –particularmente– la fotografía. Así nació Jaguar Azul Editores, para acicatear la poesía, la narrativa, la crónica y la fotografía en Bolivia, Latinoamérica y –por qué no– el mundo.

Hasta ahora Jaguar Azul Editores publicó catorce libros de poesía, narrativa corta y crónica; entre nuestros escritores tenemos a Alejandro Canedo, Javier Aruquipa, Oscar Ordoñez; en nuestro catálogo dialogan la fotografía y la poesía; y dos colecciones de edición limitada que reúne a cinco fotógrafos, cuatro bolivianos y un español. Asimismo, logramos expandir nuestro espectro hacia escritores chilenos, como René Silva y Danitza Fuentelzar, con la proyección en el mediano plazo de incorporar en nuestro catálogo a otros artistas latinoamericanos.

Además, desde la creación de la editorial acompañamos diversas iniciativas culturales y literarias en la ciudad de La Paz. Con Delirium tremens logramos más de una decena de plaquettes, publicaciones de pequeño formato y edición limitada, con el aporte de poetas que participaban en aquellos recitales poéticos. De igual manera, publicamos plaquettes conmemorativos de los aniversarios del Bocaisapo.

Uno de nuestros objetivos es fomentar la lectura, convencidos que ella puede generar cambios sustantivos en nuestras sociedades. Por lo mismo, nos involucramos en proyectos e iniciativas con la Defensoría de Pueblo, como son “Libros por rejas” y “Re escribiéndonos”; el primero busca promover la lectura en centros penitenciarios y el segundo incentivar a la escritura en los Centros de Reintegración Social de adolescentes. Asimismo, participamos de espacios no tradicionales para las lecturas o diálogos entre escritores y el público en general. Una de las actividades que realizamos, antes de la cuarentena por el COVID-19, fue participar en el proyecto de MIC Lectura del Banco Sol, un espacio donde expusimos nuestros libros para brindar al público la opción de descargar textos de nuestro catálogo; la intención fue incentivar la lectura en espacios –agencias bancarias– carentes de literatura.

Las ferias de libros son importantes medios para dar a conocer nuestro catálogo de publicaciones y, especialmente, para propiciar espacios de interacción con el público y aproximarnos a potenciales escritores a quienes nos gustaría publicar, si su trabajo confluye con nuestra línea editorial. Así, hemos participado en ferias internacionales en La Paz, Buenos Aires, Argentina, Guadalajara, México, Lima y Cusco, Perú y Antofagasta y Santiago de Chile (Primavera del Libro), al igual que en ferias alternativas en barrios o centros educativos en las ciudades de La Paz y El Alto.

En el trascurso de nuestra existencia tuvimos la oportunidad de interactuar con librerías en La Paz, Santa Cruz, Cochabamba y Sucre, de la misma manera ofertamos nuestro catálogo mediante plataformas virtuales de venta, con entrega a domicilio, establecidos para el territorio boliviano.

Dada la pandemia global, estuvimos en pausa durante las gestiones 2020 y 2021; fue difícil invertir en proyectos literarios y participar activamente en espacios de difusión, especialmente por la recesión económica y las restricciones de bioseguridad. Por otro lado, estamos conscientes de que en Bolivia el consumo de literatura es bajo, aunque la producción literaria es creciente, tanto en cantidad como en calidad; asimismo, reconocemos que los actuales circuitos de difusión y venta de libros priorizan la producción extranjera.

En ese marco, desde marzo de la presente gestión estamos reactivando nuestras actividades y tenemos la expectativa de ampliar nuestro público. Estamos generando estrategias y mecanismos de difusión, distribución y “comercialización” amplios para que nuestra producción literaria llegue a distintos puntos del territorio nacional y de otros países. La literatura debería considerarse como un “artículo” de primera necesidad.

Édgar Ávila Echazú

Édgar Ávila Echazú (Tarija 1939, Cochabamba, 2022) Poeta, ensayista, narrador, historiador y pintor. Ha publicado los poemarios: Habitante fugitivo (1965), Memoria de la tierra (1967), En cautivos sueños encarcelada (1968), Elegía (1979), Elegía para Jaime Saenz (1990), Prohibido barrer los parques en otoño (1998), La Nao (1998), Canciones para Maritza (2015), La noche (2015), Canciones de Don Quijote a Dulcinea (2016), Poemas nocturnos (2016), Poemas para mis bisnietos (2016) y Poesía, volúmen que reune toda su obra poética (2017).

Elegía a un perro

Ya no verás pasar más
a los novios domingueros
soñando con los muebles a plazos
– tan distantes el uno del otro
como la tierra del sol.

Ya no verás más, nunca más
a la indiferencia encerrando
a las gentes en los cines,
persiguiéndolos con saña infinita
en los cafés y días feriados:
metiéndose en sus trajes,
haciendo guiños en los nombres
clavados en tarjetas de defunción,
aprisionando sus rostros
-desgraciadamente estúpidos-
en fotos de carnet.

Las horas ya no vienen
ni te alcanzan los minutos de abandono,
y no sientes la agobiadora tristeza
llamada vacío de las mentes
que se esfuerzan en los Bancos
para descansar aturdiéndose
en los sábados bobos
que declinan su aburrimiento
en cualquier domingo insufrible.
Ya no existen para ti
judíos pletóricos de Letras
pagarés y salchichas abundantes,
paseos sin sol ni tragedias
de cuatro paredes mudas.

Ya no verás desfilar
civismos forzados
y carteles eternamente lacrimosos
anunciando circos, concentraciones,
actos académicos y veladas culturales.

Ya no sientes el odio contenido
de las vacaciones pagas, de discursos,
aplausos, lloriqueos, abrazos,
felicitaciones por telégrafo
y cartas rezagadas riendo su abandono.

Ya no escucharás la dulzura hipócrita
de asistir a entierros, cumpleaños,
bautismos y eficientes llamados
al orden de padres que se ahogan
en sus inalterables cuellos duros.
No extrañarás ya
las confidencias
de dos cuerpos cómplices
al calor de una esquina
necesariamente sonámbula.

No tendrá pena de las cadenas
de tus clavículas,
ni experimentarás sensaciones
de absoluta pasividad
por la risa y los cuentos de vecinos
y compadres.

Te fuiste un hermoso día
sin nombre
sin número
y sin sol,
en que no hubo correo
y yo gemía
por tanto dolor encerrado
en un sobre que no llegaba.

Te alejaste conversando
con tu sombra
por el camino de los nobles
perros justos, dejando
atrás, sin rencor,
toda la escoria de las vidas
sin justificación.

¡Qué hermosos tus ojos
al cerrarse!
¡Qué bella tu muerte
silenciosa de recuerdos!

(Quieta la luz del mediodía)

Quieta la luz del mediodía
pausado rumor
de escondidas aves
en la inmóvil arboleda
detrás del cristal empañado
¿quién me dice las palabras
que tú buscabas en los parques?

¿Quién en la vigilia de los ángeles
descifra el secreto olvidado?

¿Quién me dona el tacto
que palpa la piel de los poemas
que tu padre recuperaba
de la honda noche de Morella?
¡Dulce carne del amor perdido!

El viento de la tarde
me nombra y me hundo
en tu lecho de miel
y de polvo entre las raíces
que tú proteges en tu sueño

La Nao

I

Tañe una campana en la bruma
atraviesa el humo de las tibias aguas
y del navío umbroso
reposando en el fatigado
aliento de las olas
se oye la vieja balada
que conjura los embrujos
de ocultas sirenas
los secretos de madréporas
e hipocampos presos en el espanto
de los líquenes con la angustia
de estremecidos albatroces

Un lúgubre graznido corta
el canto del vigía
“!Tierra a babor! ¡Monstruos
dejad por mil diablos
el azufre y la bebida
de todos los demonios!”

¡Calla avechucho deshalado
cierra el pico alcahuete!
e contesta la ardida voz
de aquel que en la penumbra
ruega a los de la chimirría
acompañen su recuerdo
que deshila imágenes sonámbulas
y madrigales del río encantado.

¿Hacía qué singladuras
tu velamen en albas soñadas
navegará hendiendo alboradas
y vientos de los astrolabios?

¿En qué turbias dársenas
tu grácil maderamen recalará
como si huyera
de fieras galernas
y espumas fragorosas?

¿El vino agridulce el hidromiel
el turbado deleite de la coca
dictarán las canciones
de alabanza a la noche
propicia a las cifras
del diálogo del Cronista
y el Piloto Mayor enredados
en el alborozo de los coros
con el deliquio de la nieve
y las antífonas de los navegantes?

La Noche

2

Y algo más:
buscador de nadas
la noche de la ciudad no nace
ni se apodera de tu tiempo
con la invasión de rumorosas nubes
ni de aquellas de arriba o de abajo
¡la Noche te dice mi nombre!

No existe un solo camino
lo sabes y la llave
es tu propia búsqueda.

La llama viva de la noche
la luz de la alborada
se abrazan se consumen
en el don que refleja
el cercano éxtasis del cielo
-sombra y luz de la escalera
del tiempo que te vive-.

Creas a la Noche
porque la piensas
en tu ir y venir
al imposible centro
al agujero negro
de los sueños…

En los poemas de Edgar Ávila hay una lucidez de observador sereno de su tiempo y circunstancia, lo que le permite enunciar, certeramente, rasgos acaso esquivos de la existencia. Precisión enunciativa que nos ubica en el momento y lugar desde donde observa el mundo que lo rodea y habita. Una intención que se decanta por la claridad y efectividad del discurso, un rasgo formal que le otorga una unidad, coherencia y un tono inconfundible a lo largo de los años, presente desde Habitante fugitivo, su primer libro publicado en 1965, hasta los poemas escritos en 2015, no obstante el notorio cambio operado en Canciones para Maritza y mantenido desde entonces, donde los versos se reconcentran en pos de los elementos indispensables del poema, acortando por ello la extensión profusa en imágenes, pero manteniendo un aura constante en su obra, como tempranamente lo había advertido Jaime Saenz al referirse a la poesía de Ávila Echazú. (B.Ch.)

“Familiar”: una mirada indiscreta a la familia boliviana

Mario S. Portugal Ramírez

Al igual que muchas personas nacidas en Bolivia, tuve la suerte de crecer dentro de una extensa familia, esparcida en al menos siete de los nueve departamentos de nuestro territorio e incluso en algunos países latinoamericanos y europeos. Como es de esperar, la familia continúa creciendo, lo que complica mantenerse al día sobre lo que ocurre con la parentela. Así, es muy usual que cada cierto tiempo me entere de las correrías de algún tío del que jamás había escuchado antes o de la visita de alguna prima nacida en el extranjero que no habla una palabra de castellano. A esto debo sumar que, de cuando en cuando, mi núcleo familiar “adopta” nuevos miembros, es decir, algunas amistades cercanas, a pesar de o tener ningún lazo sanguíneo, son incorporados de facto en la familia, simplemente porque se nos insiste en que los llamemos “tíos” o “primos”. De esta forma, tratar de dar sentido a las ya pesadas ramas de mi árbol genealógico familiar es, a estas alturas, una tarea ardua.

En cierta forma, el conocido refrán “la familia es lo primero” resume cuan relevante ha sido para mi vida la red familiar, de la cual se asegura que, de una u otra forma, siempre estará ahí para respaldarme cuando más lo necesite. No obstante, a través de los años, con el inevitable tránsito a la madurez, fui entendiendo las luces y sombras de la dinámica familiar. Al fin y al cabo, cada miembro de una familia es, como se dice coloquialmente, un “mundo aparte” con contradicciones que a veces preferimos enmascarar bajo aquella idealización de la familia.

Es por ello que la lectura de “Familiar” (2019, Editorial 3600), novela del escritor Christian Jiménez Kanahuaty, no hizo sino que retornase sobre aquellas incoherencias tan características de mi familia como de mí mismo. Y es que en las páginas de “Familiar” somos arrojados sin miramientos al interior de cualquier familia boliviana, la tuya o la mía, cuya aparente armonía exterior solo esconde podredumbre, como si se tratase de un fruto agusanado que por fuera finge lozanía.

La novela nos presenta, en primera instancia, a Eduardo, personaje que a pesar de su temprana introducción no es el protagonista principal de la obra. Eduardo es en sí una excusa para que el autor nos sumerja en la dinámica familiar, la de los primos, los tíos y la madre de Eduardo, de quienes presenciaremos sombríos secretos, dudas existenciales, así como situaciones irresolutas que los atormentan. El autor trabaja con precisión de relojero a cada personaje hasta tornarnos en testigos, a veces incluso cómplices, de sus historias individuales. En tal sentido, “Familiar” nos permitiría incluso leer a cada personaje por separado, aunque esa no es para nada la intención de Jiménez, quien, a medida que progresa la novela, nos guiará hacia una convergencia donde se estructurará el protagonista colectivo de la obra, la familia, el mismo que no debe reducirse a sus componentes.

Eduardo inicia su travesía personal tras descubrir un diario que escribió años antes, hecho que con el pasar de las páginas lo ligará al drama familiar. El uso que hago de la palabra “travesía” no es casual, puesto que pronto descubriremos que tanto Eduardo, como los otros protagonistas, se percatarán que una visita a la represa de Corani los conduce hacia encrucijadas en sus vidas que los alejarán, quizás para siempre, de la dinámica familiar. Los tíos de Eduardo, por un lado, se hallan en crisis particulares cuya resolución solo admite dos soluciones que afectarán al status quo familiar: prolongar el embuste o sincerarse, sabiendo de antemano que esta decisión resquebrajará los cimientos de la familia. Por otro lado, los primos, Fabricio, Roberto y Vieko, y el propio Eduardo, se hallan en aquella zona grisácea que es el madurar, el convertirse en un adulto que deberá tomar decisiones y hacerse responsable de sus consecuencias. Mención especial merece la madre de Eduardo, a quién el autor -muy hábilmente- decidió alejar del clásico rol de madre abnegada, para introducirnos en una maternidad con más dudas que certezas. Sobre otros personajes, como el padre de Eduardo, nos enteramos con referencias puntuales a lo largo del texto, aunque lo narrado es más que suficiente para comprender cómo se ensamblan en el complejo rompecabezas familiar.

Algo a destacar de “Familiar” es el magnifico uso de diferentes voces narrativas, incluso el a menudo complicado narrador en segunda persona o autodiegético, el mismo que es utilizado principalmente para profundizar en la psicología de Eduardo. De esta manera, Jiménez consigue presentarnos una novela dinámica, donde la narración progresa, por efectos de las ya mencionadas combinaciones de voces narrativas, de forma diligente y enérgica, logrando así que el interés del lector no decaiga en ningún momento. Así, la trama, contada en ocasiones por los protagonistas y en otras por un narrador omnisciente, se despliega de tal forma que muy temprano en la novela comprenderemos cuán intrincados están los personajes en el drama familiar.

Christian Jiménez nos presenta así una novela que, a mi juicio, tiene varios méritos a destacar. En primer lugar, a nivel literario, goza de una prosa cuidada y precisa que captura con relativa facilidad el interés de los lectores. Además, “Familiar” transgrede con facilidad lo literario para constituirse en una mirada sociológica a la familia boliviana del siglo XXI, víctima de las inevitables transformaciones provocadas por la denominada modernidad tardía. Por último, otro mérito de la obra es que trasladará al lector a situaciones tan familiares -valga la redundancia- que seguramente evocaremos escenarios por las que transcurrió nuestra propia vida dentro de las complejas redes familiares.

Héctor Borda Leaño, poeta

Fotografía: Vassil Anastasov.

Edwin Guzmán Ortiz

Muchas cosas podría decirse del poeta Héctor Borda Leaño, por ejemplo que nació en Oruro en 1927, que perteneciendo a una familia acomodada, y en franca renuncia a ese privilegio, desde su más temprana juventud abrazó el mundo del proletariado minero, trabajando en calidad de obrero en los distritos mineros de Chorolque y Siglo XX.

Incluso, como sereno de un polvorín extraviado en algún rincón de la pampa orureña. Podría decirse además que formó parte de la troupe fundadora del Partido Socialista–1, junto a Marcelo Quiroga Santa Cruz, Walter Vásquez Michel y otros.

Que, junto a ellos, desplegó una intensa actividad política. Previamente, como diputado en una primera etapa y posteriormente como Senador de la República por el PS-1 (1982- 1985). Que, como parlamentario se destacó por su brillante oratoria; su palabra encendida, abrasaba al expectante hemiciclo y la erizada historia de la época.

Podría referirse que, dadas las circunstancias, no dudó en empuñar las armas en diferentes coyunturas. En una, incluso, se cuenta que en medio de una turba que pugnaba por liberar a presos políticos del panóptico, él aparece encabezándola, furibundo, en la puerta de la misma, con una metralleta en las manos y con bandoleras de balas cruzándole el pecho, hecho que terminó siendo retratado en primer plano por un paparazzi, y ocupó la portada de la revista argentina Siete Días que, con la foto del poeta, denunciaba aprestos revolucionarios de esa Bolivia en el país vecino.

A fe de verdad, podría señalarse además que estudió antropología en la Universidad de La Plata y mantuvo un interés vivo por la investigación de la cultura quechua. Que allá por los 50 dirigió una radioemisora en Oruro donde difundió temas culturales a los cuatro vientos, y junto a Alberto Guerra organizó recitales de poesía en las minas de estaño.

Podríamos decir que a causa del golpe del 71, estuvo exiliado primero en la Argentina, donde sobrevivió vendiendo “biromes” (bolígrafos) en Corrientes y en Santa Fe, fungiendo de periodista, vinculándose a destacados escritores argentinos como el pensador Rodolfo Kusch, quien reconoció en un notable ensayo el carácter revolucionario de la palabra de Borda. Allí participó en grupos clandestinos de exiliados junto al expresidente derrocado, Juan José Torres, realizando campañas internacionales de denuncia contra el banzerato que reprimía, eliminaba y perseguía desde el Palacio Quemado.

Más adelante, durante la cruenta dictadura de Luis García Meza (1980 y 1981), ya deportado nuevamente después del golpe, Borda Leaño denunció la ignominia del “narco-gobierno” ante los parlamentos de España, Bélgica, Suecia y Holanda. Su exilio, con periódicas visitas al país, durante muchos años se prolongó en Europa, fijando su residencia en Suecia, donde falleció hace pocas semanas, nonagenario. Pero decir que Héctor Borda solamente fue un activista revolucionario, no es decirlo todo.

Héctor más que nada y sustantivamente fue un poeta. Probablemente uno de los militantes más consecuentes y destacados de la poesía social en Bolivia. Y claro, por su inmoderado izquierdismo y su poesía combativa sufrió persecución, cárcel y exilio. Con pleno convencimiento decía: “La misión de la poesía es la de servir de portavoz lírico de la revolución. Debe ser el clarín que lance la primera nota antes del primer tiro. Debe estar antes de la revolución y no después de ella…”.

Conocí a Héctor Borda Leaño a principios de la década de los 80, a través del poeta Alberto Guerra Gutiérrez, y tuve la satisfacción de gozar de su amistad durante muchos años. Junto a otros vates, fuimos parte del Movimiento 15 Poetas de Bolivia, con la presencia de Antonio Terán Cabero, Roberto Echazú, Jorge Calvimontes y muchos otros. Allí, entre publicaciones, lecturas abiertas de poesía, diálogo con el pueblo, redactamos manifiestos poéticos que interpelaban la noche oscura de las dictaduras y las democracias serviles digitadas desde aquel norte ominoso. En cuanto a su actividad cultural, podríamos decir que antes, por supuesto, había participado en otros grupos de escritores y artistas, como la segunda generación de Gesta Bárbara. Posteriormente en Sucre en el Grupo Anteo, junto a Gil Imaná, Humberto Díez de Medina, Eliodoro Aillón y Lorgio Vaca.

Es más, fue cofundador del “Grupo Prisma” en La Paz, en la década de 1960 donde compartió entre otros con los poetas Pedro Shimose  y Julio de la Vega . Héctor publicó los poemarios: La ch´alla (1965), El sapo y la serpiente (1966); En esta oscura tierra (1972); Con rabiosa alegría 1975, Poemas desbandados y Las claves del Comandante 1997 (una apología del Che Guevara) y Poemas para una mujer de noviembre 2013. Fue ganador de los premios nacionales “Franz Tamayo” de poesía en 1969 y en 1975.

Su obra es depositaria de una poesía sólida y contundente, cargada de una doble pasión: el sentimiento de justicia social y una exigencia permanente de perfección formal. En sus poemas, los mineros, los desposeídos, los desharrapados, la crítica a los poderosos, la cultura y las tradiciones populares, el amor, son los principales protagonistas. A propósito, en una entrevista, señalaba: “…en el campo de la llamada poesía social, no todo lo que se escribe como revolucionario es revolucionario. No por cantar las llagas o las miserias de tu pueblo eres revolucionario. El asunto está en el modo de cantar, para que despiertes en el alma del pueblo un sentimiento de rebeldía”.

Héctor escribe desde la pasión revolucionaria. Su palabra es la antítesis de la poesía aséptica, atosigada de ontologías melifluas. De por sí es un fogonazo dentro la dramática historia que vive el país. Perteneció a una generación de artistas y poetas perseguidos, en realidad se movió dentro el espíritu insurgente de la época. Fue un outsider, no una vedette, fue un marginado no un incondicional.

Héctor Borda Leaño en el lente de Vassil Anastasov.

Su poesía muestra descarnadamente el drama de los trabajadores de la mina y su horizonte de liberación a través de una palabra vigorosa e inédita, una palabra que llama a la conciencia del lector y convoca a la urgencia de pensar en un país más justo. Su palabra se halla impregnada de sudor y sangre mineras, ilumina como una lámpara de carburo, huele a coca y copajira, y cual dinamita, no se arredra como el minero boliviano. Ni más ni menos, retrata al obrero combativo e inclaudicable del siglo pasado, y la atmósfera tóxica de las dictaduras militares.

Además, se halla vitalmente presente la cultura popular de Oruro. Sin embargo, su palabra no es una loa a los fastos de la fiesta sino una requisitoria a lo que alternativamente revela y esconde el carnaval. Su dualidad, el disfraz del disfraz, la palabra de Héctor es tizón que se agita en medio de la algazara, la ebriedad y los dioses tutelares. Leámoslo: “Sube el carnaval movido por motores, por ordenanzas municipales,/ por promotores de Bancos,/ por hoscos relumbramientos de dinero y muerte/ sube desde la oscura soledad del minero/ desde su pulmón traicionado/ desde su olla vacía,/ desde la relocalización de su miseria/ para entregar su alma apresada en las cámaras Nikon/a los inquisidores de la vida”.

Gracias a Héctor, considero personalmente, que Oruro tiene el poema más profundo y lúcido escrito para esta tierra: “Ch´alla al recuerdo del pintor Humberto Jaimes Zuna, como pretexto para cantarle a Oruro”. Ninguna orureña y orureño debiera dejar de leerlo.

No sería justo dejar de lado a Héctor como lector de poesía, otro de sus atributos. Con voz grave, enérgica y asertiva leía sus poemas. La fuerza de su escritura más su tensión dramática hallaban en su voz el vehículo más idóneo para expresarse. Recuerdo una lectura suya, en lo que hoy se denomina al Palacio Chico, donde la clase política de la época en pleno, sin distinción ideológica (Lechín, Simón Reyes, Paz Zamora, etc.) , además de un público numeroso aplaudía emocionado cada poema. Imagino, en nuestra cancha, hacía lo que hacía Jaime Sabines, leyendo su poesía ante numerosísimo público en el Palacio de las Bellas Artes de México.   

El notable pensador boliviano, Sergio Almaraz Paz, respecto al poeta escribió: “en Borda Leaño el altiplano y la tragedia minera han encontrado su intérprete leal y duro; desconcierta y lastima, pero uno no puede impedir ser arrastrado a un mundo alucinante donde se borran las fronteras de la realidad y la locura”.

Muchas cosas más podrían decirse de Héctor Borda Leaño. Su obra abre un horizonte de revelaciones y compromisos.

“Gringas culonas”, como pretexto para rendir homenaje a Héctor Borda 

Fotografía: Vassil Anastasov.

René Antezana

En los encuentros de los 15 poetas de Bolivia, al verme siempre inquieto y movedizo, me decías, gozándome, que tenía en el culo un termostato, mientras las carcajadas de los presentes me obligaban a una mínima defensa, al menos, y te respondía que tú no lo tenías, que por eso estabas de Senador de la República.

A esas alturas de la vida, ya éramos amigos pese a la diferencia de edad y que tú fuiste, junto a tu familia, una amistad de larga data y muy querida por mis padres y hermanos, en especial por mi madre, con la que compartían militancia en el ala izquierda de la Falange Socialista Boliviana. No recuerdo cuándo, pero frecuentábamos tu casa, que quedaba a dos cuadras de la nuestra. Mi madre se desvivía por apoyarlos porque, siendo aún yo un niño, entendía que eran momentos difíciles para ustedes, no sabía el por qué. Ya con los años fui comprendiendo que tú eras un hombre que estaba entregado a una causa y que tu combate te había llevado a tener muchos enemigos muy poderosos. Yo apenas era un niño cuando vimos tu fotografía en la primera plana de una revista argentina, en la que aparecías llevando entre tus brazos una ametralladora pesada y con el pecho cruzándote cananas, como un guerrillero mejicano, fotografía célebre que retrataba el momento en que caía el MNR de Paz Estenssoro en noviembre del 64. Instantánea que fue tomada a tu ingreso a la plaza principal,  cuando pudiste escapar de una de tus prisiones del “Control Político” del MNR, a cuya cabeza estaba el tristemente famoso carnicero Claudio San Román, en la que tenían torturándote por opositor peligroso, por varias veces desde los 50. La política selló tu vida y la de tu familia con los exilios en la Argentina, España… y finalmente Suecia. Aún así no te rendiste y te sumaste a la lucha junto a Marcelo Quiroga en el PS-1 de los 80.

Por muchísimos años, ya en los 2000, mantenía un recuerdo tuyo que me martillaba la cabeza, y que yo pensaba que lo había soñado: que tú pasaste por la puerta de mi casa mientras nosotros estábamos jugando en la calle, y nos pediste que llamáramos a nuestra mamá. Estabas acompañado de un señor con lentes y gorra. Se saludaron con mi mamá y se fueron. Algún tiempo después, vimos fotografías en el periódico Presencia, con las noticias del Che Guevara, que llegó a Bolivia como diplomático. Estaban las fotos de su pasaporte. Lo reconocimos de inmediato: ¡era el señor ese que estaba contigo! Mis padres nos pidieron silencio. Y así lo hicimos. Tanto que se convirtió en una especie de sueño o una invención. Por el 2007 más o menos, te visité en La Paz. Allí te pregunté si era mi invención. Me dijiste que no, que fuiste responsable de hacerlo pasear un poco por Oruro para luego dejarlo en la casa del jefe del Partido Comunista de Oruro, el “King” Palenque. Quedé sorprendido, entonces ¡no lo soñé! Y sumaste a esa, otras historias que son parte de tu vida tan intensa y al filo de la navaja.

Histórica foto del Encuentro de los 15 poetas. Foto: Archivo de Edwin Guzmán.

Tú te convertiste en un hermano para mí, desde la poesía y por nuestras largas conversaciones sobre la simbología de mitos, la vida en las minas, las otras caras del Carnaval, de los procesos históricos, y de cómo todo ello es parte de nuestra manera de ver el mundo y nuestro país; y cómo todo ello está íntimamente vinculado a tu poesía. El poeta que habitaba en ti era indisoluble del luchador social, era otro campo de batalla donde construiste una visión muy tuya desde lo minero, la mina, la sacralidad del mundo andino, el sentido profundo de nuestras raíces vivas en nosotros mismos. Además, tenías algo que muchos no tenemos: un enorme sentido del humor, muy sarcástico por cierto.

Una noche de San Juan en Oruro, dentro la programación del Encuentro de 15 Poetas de Bolivia,  leíste poemas al pie de una gran fogata. Allí dejaste fascinado al público por la intensidad de tu lectura. Concluiste con un hermoso poema que además de evocar a tu amigo el pintor Humberto Jaimes, era un pretexto (como dice el título) para cantarle a Oruro, a ese Oruro de los 40 y 50, en el que mencionas que habían más personajes intrínsecamente orureños y no familias de europeos con “gringas culonas”.

En la fogata estaban presentes orureños y orureñas de origen extranjero que se sintieron aludidos y reaccionaron yéndose en media lectura diciendo: “vámonos, gringas culonas”. Luego, te compartimos esta inusual situación un poco preocupados, y tú reaccionaste con tu sarcasmo infinito: “yo no sé por qué lo toman tan en serio, si además no son culonas, son ch´usu sikis”, y rompimos a carcajadas.

Estarás por siempre en mi memoria y también, por qué no, en los sueños que nos conectan con el ukhupacha.

Héctor Borda Leaño regresa a su país natal

Fotografía: David Illanes.

Juan Cameron

Cuenta la leyenda que el poeta Borda participó en no sé cuántas revoluciones y, tal como los personajes de este mágico continente donde se ubica la realidad, salió otras tantas veces al exilio. De todo esto hay registro, sin embargo. Una fotografía de 1952 lo muestra cruzado de cananas y con un arma en ristre. Le rodean los mineros. Otra imagen, relatada por una conocida, lo muestra como un cacique familiar llegando al aeropuerto de Copenhague. Su mujer, la dulce Betty, lo acompaña como siempre junto a sus cinco hijos, algunos nietos y -dicen- con algo así de treinta y seis maletas. Es que Héctor Borda Leaño, ese poeta de Bolivia por el mundo, nunca se ha quedado chico ni para los elogios ni para los números. Yo lo conocí en el exilio y sufrí de aquellos.

Lo conocí en Buenos Aires allá por 1974 o comienzos del 75. Trabajaba yo, por entonces, como lector y corrector de la Editorial Noé, una empresa cuyo único otro empleado y propietario era mi amigo Alberto Alba. Una tarde el “negro” Alba me invitó a una lectura en un lugar llamado la Casa Latinoamericana. Leían, no recuerdo bien, varios poetas argentinos de primerísima línea, muchos relacionados con la revista Crisis, muchos vinculados a la “zurda” argentina y muchos, hoy, desaparecidos.

Entre los asistentes había un señor delgado y bajo, con gruesos bigotes, quien bien podría haber sido colombiano o mexicano. Pero cuando comenzó a leer Mi viejo fusil chaqueño, ya no había duda para donde disparaban sus versos. Hermoso poema; y tan lejos llegaron sus disparos que, dicen las malas lenguas, inspiraron hasta el propio Nicolás Guillén en sus cantos para soldados. Yo lo creo así, también. Más bien, como que casi lo sé.

Al cumplirse con el programa los organizadores invitaron al público a leer sus propios poemas. Leí entonces mis trabajos, sentado sobre un taburete y con un foco policial que me exponía al mundo. Y este señor bajito y de bigotes, a quien yo creía colombiano o mexicano y que había escrito un poema de soldados antes que Guillén, fue inconmensurablemente elogioso. Se alzó y con su ronca voz dijo más o menos: “saludo la aparición de un gran poeta latinoamericano”. Y este hecho me instó a continuar. Mucho después publiqué aquellos textos y me hice conocido en mi país. En parte se lo debo a Borda.

Y como los elogios en verdad me conmueven, nunca olvidé la anécdota. Pasaron años, nacieron hijos, tuvimos viajes y de vez en cuando me acordaba de Mi viejo fusil chaqueño. Un día, allá por 1988, fui con mis hijos a una iglesia de Malmö en la cual se anunciaba a una cantante boliviana con el mismo apellido del poeta, Marcela Borda. La ubiqué y le pregunté si era pariente del poeta. Me dijo que era su padre, que vivía en la ciudad y que llegaría en unos quince minutos. Cuando entró a la sala, un poco más gordo, un tanto más canoso y trece años después, me acerqué a saludarlo. Me presenté y le narré la anécdota. No fue necesario decirle mi nombre. Lo recordaba tanto como los detalles de aquella lectura bonaerense.

Borda era mucho más que esa figura romántica y peregrina cuyos mitemas lo construyen o deconstruyen a los ojos de nuestra América contemporánea. Borda es un poeta significativo en la Bolivia actual y, tanto como Yolanda Bedregal o Pedro Shimose, un nombre en el Siglo XX. Y un nombre que fuera de las altas fronteras altiplánicas brilla como la Wiphala pues su literatura, así como otras tantas puras cuestiones de Bolivia, es también secreta.

Con todo vivió épocas de absoluto silencio en el silencioso Malmö. Con su especial orgullo, nunca optó a los beneficios entregados por el sistema a los escritores y pocas fueron sus lecturas públicas. Leía solamente en actos solidarios; o en agradecimiento a sus amigos.

Allí tuve oportunidad de conocer a su familia, de una u otra manera siempre vinculada al arte. Betty era una figura frágil y amable con ese don de gentes tan propio de los bolivianos. Yo la recuerdo con sus pómulos suaves y su alma que estallaba cuando soplaba la armónica. No estuve en su última enfermedad y andaba por Chile cuando falleció, a comienzos de 1994, víctima de un cáncer. Y sin embargo, pese a mi descuido o desarraigo, prefiero sin poco egoísmo recordarla así, con sus pómulos suaves y su alma que estallaba cuando soplaba la armónica. Ella me habría comprendido.

Héctor regresó a Bolivia a devolver a la Pachamama las cenizas de su compañera, a recorrer su tierra y a recobrar ese espacio tan merecido en su literatura. Retornó sin embargo a Escandinavia. Algo se queda siempre en esos lugares después de tantos años y tantos recuerdos. Pero ya es hora de reunir sus libros en uno solo.

Me perdone el lector estas disquisiciones. Supe hace poco de su muerte.