Space Invaders: una tragedia con final abierto

Julia Peredo Guzmán

“La tragedia es(…) el poema de una libertad deshecha por la vida,
 los hechos o por el ciclón de la historia”. 
Le Tragique (Chirpaz ).

Patricia Paola, más conocida como Nona Fernández es una reconocida actriz, escritora y directora chilena. Nacida en 1971, ha recibido varios premios y escrito textos de diversos géneros, entre los que destacan textos teatrales, guiones para series televisivas y novelas. En el ámbito narrativo, Nona es una escritora que intenta preservar la memoria histórica de la dictadura, particularmente la chilena. Entre esas resalta de manera especial  Space Invaders, novela breve que cuenta la historia de un curso de colegio que transcurre su vida escolar durante la dictadura de Pinochet. Esta novela podría definirse como lo que Ignacio Echevarría determina “la novela de los hijos” en el sentido en que toma la mirada infantil como punto de partida para narrar una experiencia nacional traumática que transcurre del lado de la calle, de las noticias, de lo que llegaba de afuera y cuyo registro es todavía vago para los personajes. Desde un presente narrativo móvil y difuso estos personajes intentan recordar la historia de Estrella Gonzales, hija de un paramilitar que formó parte del caso Degollados, en la que tres opositores fueron degollados y expuestos cerca del aeropuerto. La novela, escrita de una manera muy simple y con recursos que distan mucho de ser sofisticados, toca el tema de la infancia, de la memoria, de la forma en que se percibe el pasado. Otro dato que llama la atención es que el texto ha sido escrito a partir de una historia real, para lo cual la autora reunió y comparó las distintas versiones que tenía cada uno de sus compañeros de clase acerca de esa época. “El pasado es un conjunto de versiones” menciona Fernández en una entrevista en Lima.

Desde esa perspectiva, la dictadura en este texto se construye a partir de una percepción trágica de la historia en términos aristotélicos, aunque termina dejando un resquicio para la ruptura. Para ahondar en el asunto, analizaremos a detalle la novela de Fernández.

Un coro de niños

En la presentación del libro para la editorial del Fondo de Cultura Económica (FCE), Nona describe a los narradores como un “coro” de niños; lo cual, viniendo de una dramaturga, no es una definición inocente. Desde ese entendido, los narradores se confunden a lo largo de la historia: la voz pasa de un niño al otro y a través de estas distintas versiones construimos el esbozo de una realidad que ellos mismos intuyen pero desconocen hasta el momento de la revelación. A momentos, se hace difícil distinguir la voz narrativa: los personajes se nombran a partir del apellido (lo cual nos hace dudar del género) y lo que prima es el acontecimiento construido de fragmentos que pueden llegar a ser incluso contradictorios, pues “en los sueños, lo mismo que en los recuerdos, no puede ni debe haber consenso posible” (Fernández 15). Un coro hecho de memorias: una sola voz confusa y endeble como un solo cuerpo que se conforma de muchas personas fundidas en la oscuridad.

Otro factor importante en esta definición es el hecho de que un coro en términos trágicos cumple una función definida: es la voz a partir de la cual habla la Polis. De esta manera, la ciudadanía (o un sector importante de ella) cuenta y comenta la historia de su propia sociedad desde sus propios anhelos, miedos, valores y tradiciones, que son subvertidas por el héroe.

Y es que la infancia, que mantiene una postura de sumisión e inocencia, se acaba casi al mismo tiempo que la novela, y es ahí donde el sentido de este coro se desdibuja como los marcianitos del propio videojuego (space invaders) dejando de ser el coro y transformándose en el héroe: encarna el proceso a partir del cual una sociedad decide cambiar y rebelarse contra el orden hasta entonces establecido.  

Cambio de fortuna y catarsis

“Somos la gran pieza de un juego, pero todavía no sabemos cuál” (Fernández 48) dice uno de los narradores, tal vez en uno de los gestos más trágicos que hila esta pequeña novela.

Para entenderlo, recordamos brevemente un elemento definido como fundamental en la acción dramática de la tragedia: La peripecia. Esta, en términos aristotélicos se da dos maneras elementales: el héroe, buscando evitar su destino (siendo engañado por los dioses) termina por desencadenarlo; o, buscando enfrentar su destino con nobleza, es vencido. En la novela, predomina el primer caso. Y es que todos los personajes, desde su inocencia, pretenden eludir un destino, una situación en la que han nacido y frente a la cual se sitúan precisamente a partir de su propia inocencia, de su vocación para el juego, donde su resistencia es casi inconsciente, lo que los hace perfectos para generar situaciones cuyo efecto será el temor y la compasión (es decir, la catarsis entendida en términos griegos, que genera una purga emocional). Así, Estrella mantiene correspondencia con Maldonado sobre su padre lastimado, Zúñiga se enamora de la hija de quienes detendrán a su familia y los chicos fantasean con el Chevette rojo del “tío Claudio” (el guardaespaldas de Estrella, implicado también en crímenes de Estado). “Los niños”, dice Fernández en la presentación del FCE, “no tienen consciencia completa del horror que están viviendo. No tienen miedo.”

Dentro de este marco, tal vez la escena más evidente de este cambio de fortuna es la de Zúñiga y Riquelme repartiendo panfletos para la Marcha del Hambre, que dejan en el suelo para que sean notados por los transeúntes. Ambos, entusiasmados con su propia valentía, logran pasar desapercibidos hasta que son descubiertos por el “tío Claudio” a quien saludan con simpatía, levantando la mano, devolviendo una sonrisa. Esta escena es una astucia narrativa que decanta en un devenir dramático: al ser un texto de narrador “coral” el lector sabe perfectamente que estos dos personajes inocentes (como Edipo frente a Layo) han sellado su propio destino infausto, lo que genera un sentimiento específico: temor ante el desenlace de una historia que pudo ser la propia, compasión ante las consecuencias inmerecidas que enfrentarán ellos y sus familias.

Anagnórisis: La revelación

Existe un momento en la tragedia que define el desenlace definitivo ante la acción heroica: “Es una transición de la ignorancia al conocimiento, llevando consigo un paso del odio a la amistad o de la amistad al odio en los personajes destinados a la felicidad o el infortunio” (Aristóteles 51). Esta anagnórisis, típica de la tragedia, aparece en la parte final de la novela (“Game over”) cuando se revela finalmente la realidad que corta de cuajo la ingenuidad de estos personajes que dejan de ser niños y salen a luchar a las calles: son los invasores de su propia tierra, dejan el juego pasivo para pasar al real (el de la política) y la novela se convierte en un bildungsroman. Como la nodriza ante Ulises, aquellos que fueron niños miran ante sus ojos la mano de madera que pasa de ser la particularidad de un papá del curso a la mano de un asesino. Acto de revelación metonímico, reconocimiento de la memoria que devuelve y resignifica la historia de una vida: cambia lo familiar por la herida. Los personajes finalmente han arribado al destino que el lector temía: saben que han sido víctimas de su propia inocencia.

La muerte de Estrella

Existe un principio de justicia en la tragedia que se trasmite con el linaje, el cual está tejido por venganzas mutuas, muertes injustas, peleas de poder; gesto repetido en espejo (peleas entre pueblos y familias) y en espiral (actitudes heredadas por generaciones). El héroe: “en aras del triunfo, sacrifica su Polis, su familia, desatiende sus deberes, traiciona la amistad. No obstante, tarde o temprano habrá de pagar por la injusticia cometida” (Serna 4). La venganza como forma de equilibrio obedece a un sentido de justicia superior, por lo que todo héroe trágico (piénsese en Clitemnestra muerta a manos de su propio hijo) sabe que un asesinato conlleva a su vez una muerte violenta propia o encarnada en su progenie. Así transcurre la muerte de este personaje que, siendo el central en la novela, es acaso el menos protagónico. Estrella, hija de un paramilitar sanguinario, muere asesinada a tiros a los 21 años, víctima de los celos de un teniente de Carabineros (su expareja y padre de su hijo).

Así, los crímenes de su padre contra su propia comunidad (las familias de sus compañeros de curso, ellos mismos, los muchachos degollados) termina con ella desangrándose en posición fetal en un hotel en Santiago. La ola de violencia continúa: se mata y se muere a hierro, siguiendo un orden crudo que obedece a un sistema de abuso y de intercambio. Temor. Compasión.

“El tiempo no es claro, todo lo confunde, revuelve los muertos, los transforma en uno, los vuelve a separar, avanza hacia atrás, retrocede al revés, gira como en un carrusel de feria, como en una jaula de laboratorio, y nos entrampa en funerales y marchas y detenciones, sin darnos ninguna certeza de continuidad o de escape.” (Fernández 56)

La escena final nos muestra precisamente este compromiso de los personajes que deciden afrontar su sino. En ella, formados en la misma calle, ya adultos, habiendo pasado por todas las revelaciones, dejan de ser los héroes de una peripecia en la que evitan su destino para pasar a enfrentarlo: “Estamos condenados a esta llamada telefónica, no podemos dejarla pasar” (Fernández 73). Forman todavía con sus uniformes pulcros y desgastados en una calle que aún los reconoce como invasores, un sistema del cual aún no han podido escapar, una deuda con esa muerte que todavía arde entre ellos. “Somos las piezas de un juego que no sabemos dejar atrás” (Fernández 73), una “lógica de guerrilla” de la que aun no despiertan pero que se suspende ante una llamada que ya no es posible eludir.

Este quiebre logra finalmente exceder el discurso trágico, a ese círculo vicioso de venganza y propone un atisbo de esperanza allí donde todo parece predestinado al fracaso. Es acaso un guiño hacia una generación acostumbrada a pensar en un futuro posible, en un albedrío que conduzca a una libertad genuina. Queda entonces una pregunta abierta, tal vez un posible desenlace que les permita escapar de lo trágico, que detenga el diálogo de sordos y comience a escuchar con atención, a mirar hacia atrás de otra manera, a despertar.

Poemas de Omar Lara

Omar Lara (Nohualhue, Teodoro Schmidt, 9 de junio de 1941-Concepción, 2 de julio de 2021). Ha publicado los libros de poesía: Argumento del día (1964), Los enemigos (1967),  Los buenos días  (1972), Serpientes (1974), Oh, buenas maneras (1975), Crónicas del Reyno de Chile (1976), El viajero imperfecto / Calatorul neimplimit, antología bilingüe español/rumano (1979), Islas flotantes (1980), Fugar con juego – antología (1984), Serpientes, habitantes y otros bichos. 1973-1974 (1987), Memoria – antología personal 1960-1984 (1987), Cuaderno de Soyda (1991), Fuego de mayo (1997), Jugada maestra (1998), Vida probable – antología (1999), Bienvenidas calles del Perú – antología (2001), Voces de Portocaliu (2003), Delta (2006), La nueva frontera (2007), Papeles de Harek Ayun (2007),  I giorni del poeta (2007), Foto&Grafia (2009), Vida, toma mi mano (2009), La tierra prometida (2009), Argumentos del día – antología personal 1973-2005 (2009), Prohibido asomarse al interior – antología (2009), Mirar la ciudad (2011), Nohualhue (2012), Cuerpo final (2013), Nohualhue. Ida & Vuelta. Poesía 1964-2016 (2017), Los muertos pasean desnudos, antología (2020) y En el corazón de las cosas – Antología poética (2020).

Miro esta tarde que perdí

Miro esta tarde que perdí
esta tarde limpia y brillante
no estoy en ella sin embargo.
Es que de pronto me llegó
su soplo antiguo, delirante.
Me vi corriendo sobre el pasto
entre las margaritas de Imperial
bajo álamos y eucaliptos.
Miro esta tarde que perdí,
robábamos frutas en las quintas
apedreábamos el aire
nos revolcábamos en el trigo.
Y era en tardes como ésta.

Gastadas y estropeadas

Cuando posas tu mano
en mis cabellos
y palpas mi transpiración bajo el pelo
durísimo
yo te doy las gracias en silencio
por tu dulce ferocidad.
Cuando entierro mis dientes en la realidad
y los saco sucios de barro y veneno
cuando me empujan hacia la sola
temible oscuridad
cuando desconozco a mis hijos
y debo recorrerlos uno a uno
ciego
tú me lanzas tu mano como un relámpago
o un salvavidas
y a ella me aferro
y la fiebre declina
y duermo al fin
y vuelven a ordenarse las figurillas
gastadas y estropeadas.

Asedio

Mira donde pones el ojo
cazador
lo que ahora no ves
ya nunca más existirá
lo que ahora no toques
enmohecerá
lo que ahora no sientas
te ha de herir algún día.

Por inercia sigue el paso de las jóvenes

En reposo, heme aquí,
sentado en una plaza, otro jubilado
que juega con las moscas y mira a los fotógrafos.

Gran Himalaya

Es un hecho que no subiré jamás a las cumbres del Gran Himalaya;
está escrito que los hombres allí se vuelven dioses
y el poder temible de la naturaleza disminuye a los seres:
sus pasiones,
a una blanda indolencia.
Pero yo no subiré al Gran Himalaya,
tropezaré con las piedras del camino,
me embriagaré con deleznables licores,
seguiré maldiciéndome con ternura.

En un tren yugoslavo

I

A mi lado hablan los hombres,
dulces y agredidos,
fumamos y el humo nos une,
no entiendo qué dicen
pero cruzan las manos
en un gesto
que me es familiar.

II

Durante varias horas nos ha acompañado
un pequeño río
de grises y duras aguas.
Quisiera preguntar cómo se llama
¿cómo se llama este río?
sonríen,
cómo se llama este río,
sonríen,
este río se llama Sonrisa.
No hubiese podido irme sin saber su nombre.

Día de muertos

Bebo el vinillo triste de Imperial
con mi madre que amadra sin descanso
aquello que no sabe y no sabiéndolo
lo vuelca de un sentido sin sentido.
Una muerta en la boca me deslumbra,
una sombra
un sonámbulo tributo
el despertar confuso de otra sombra
que difunde mi aliento en la penumbra.
Una muerta que viene con el río,
una sombra que finge de estar viva.

Nos vamos y llegamos en un círculo
que al fin encontrará su punto cero
y no habrá verso
vino
ni suspiro.

Cómo será sin lluvia y sin abrazo…
Será como esa piedra o esa hierba
o será como el viento que fatiga
la calle solitaria de noviembre.

Nada

De pronto estuvo ahí
guardada en un horrible abrigo color rata
apareció otro día
con traje y aletas de mujer-rana
rompí la goma rabiosamente
a la altura de un seno
lo besé estaba frío
como pude la fui desnudando
una maraña densa la defendía
me pregunté no estará muerta
“te engañas” me dijo
“estoy viva y soy bella”
en efecto
algo latía en ella y me llamaba
pero había hostilidad en los objetos y nos separaban
seguían apareciendo restos submarinos
musgo/ pequeñas piedras/ botellas con mensajes
uno de ellos decía “recibe esta mujer
y no hagas tonterías por ejemplo preguntas
ella no existe es cierto
pero nadie es perfecto”.

Breve adiós a Omar Lara

Aquella tarde algo ventosa salimos de Valdivia y nos dirigimos a la costa. Habíamos viajado a esa mágica ciudad a celebrar los cincuenta años de Trilce, la revista de poesía más antigua del continente que tú, siendo un joven universitario, creaste junto a un grupo de amigos en ese recodo alejado y que, gracias a tu pasión, se convertiría en un centro irradiador de la poesía de Chile y toda Latinoamérica. Hubo celebración en actos oficiales de homenaje sincero. Hubo también una cena entre los más íntimos, donde con tu hablar pausado y voz dulce nos reglaste mil y un historias cargadas de intensidad y vida. Tan atrás quedaba tu exilio en Rumania, tu estancia en Madrid y ahora, desde Concepción, volvías al origen como quien ha dado una inmensa vuelta de años y lejanías.

Aquella tarde, mientras paseábamos por Curiñanco rumbo a la cabaña de los entrañables Guido y Melita, te vi caminar con paso firme por el litoral. Cuando llegamos, te instalaste en una reposera junto a pinos y flores y yo bajé a la playa. Me alejé un poco, sobrecogido por la fuerza de aquellas aguas mecidas por la corriente de Humboldt y de lejos te vi en lo alto del acantilado. Mirabas el mar infinito y me supe un agradecido huésped de tu mítico Portocaliu, de donde ahora has zarpado en tu último viaje amigo del alma.

Benjamín Chávez

Un mensaje que se hizo esperar

Jorge Luna Ortuño

I

Fue hijo, padre de seis hijos, abuelo de nueve nietos, y hombre alegre, orureño charlador, cargado con un aire de mariachi mexicano en su expresión y en sus modos, influido por el cine y la telenovela mexicana.  

 —Yo voy a vivir hasta los ochenta, para qué más —-solía decir con una sonrisa de oreja a oreja. Quizá el destino, si es que hay alguno, quiso que su predicción se cumpliera. O tal vez Mario programó el tiempo de su vida y su cuerpo lo escuchó. Se fue cuando cumplió ochenta años, con la precisión de un avaro. Fue generoso y punto de unión de la familia, como un faro que señaliza un liderazgo patriarcal. Siempre nos pareció un roble, pero un día apareció enfermo. Se sometió a unos exámenes, y una semana antes de carnaval, se marchó. Los perros del barrio que tanto lo querían aullaron toda la noche en ese alejado lugar que, en buena parte de mi niñez, fue mi segunda casa. Colgó su abrigo, su sombrero y su chalina en el perchero; después, luciendo su traje más elegante, se fue de paseo por la Luna.

No supimos más de él. ¿Por dónde seguirlo? Es tan definitiva la muerte. Los únicos contactos se dieron a través de extraños sueños que tuvimos en la familia durante varios meses.

Sin embargo, hace poco me enteré de que mi abuelo despertó a otra vida; es decir, se pasea en ese otro lugar por donde le da la gana, por el stadium, la plaza de toros, las canchas de tenis, los trenes, en fin. Encima dice que todavía le gusta viajar, como que se apareció en Acapulco, y luego anduvo dando vueltas por el Caribe con unos cuates que habían colgado los cachos antes que él. “Cuando ella venga, nos venimos por acá”, pensó como si nadie lo oyera.

Su espíritu aventurero, del que dio muestras en esta vida corta, lo llevó a explorar parajes afrodisíacos en la otra. Sin embargo, a pesar de todo lo bien que la estaba pasando, quiso volver a su Orurito a ver cómo estaban las cosas en casa. Era de tarde, el barrio parecía abandonado, aunque algo lo habían mejorado; la casa vacía, la puerta roja descascarada. Cruzó el patio, que ya no tenían tantas flores como antes, entró al living y buscó entre sus viejos discos. Sacó uno y lo puso a tocar. Mientras Jorge Negrete gritaba “México lindo y querido”, se puso a mirar las fotos de Machacamarca colgadas en las paredes, esas fotos en las que aparece con su raqueta de tenis, o aquellas que lo tienen con expresión de ranchero a lado de Viqui y sus hijos, en total seis, todos con expresiones serias, tanto que parecen una banda de rock-punk de los 80. Mario dejó salir un gran suspiro y quiso pensar que todavía no se había ido, que quizás los otros tenían razón, que apenas estaba durmiendo… De pronto escuchó un sonido familiar, el ruido de una de esas carcachas que abundan en Oruro parando muy cerca de la casa. Se puso alerta al tiro, dejó todo en su lugar y se fue a ver quién estaba llegando. El minibús, estacionado al borde de la carretera, echaba humo por la retaguardia.

Todavía había un trecho que recorrer entre la casa y la avenida. No se puede decir que salió corriendo porque en realidad él podía aparecer en el lugar que le diera la gana. Sin embargo, antes de asomarse a la carretera, justo frente a YPFB, quiso pasar por la famosa canchita del barrio. Ahí había visto jugar a todos sus nietos, principalmente a Marquito, el más pequeño, que había pasado su niñez junto a ellos. La cancha estaba totalmente remodelada, le dio ganas de meterse a jugar con los enanos que correteaban detrás de una pelota remendada. Pero de inmediato se acordó de Viqui; en un solo movimiento ya estaba parado vista a la carretera, justo al borde del centro médico del que tanto le gustaba contemplar el movimiento de la zona. Su adorada Vicenta, mucho más delgada, cruzaba la carretera con una bolsa en la mano y una expresión perdida en el rostro; algo estaba masticando en su memoria y no terminaba de digerirlo. Aquello era duro de presenciar, pero incluso así, con los ojos aguados, no dejó de esbozar una sonrisa emocionada al verla otra vez, después de un tiempo que ya no le era contabilizable, pero que en el mundo de los de carne y hueso habían sido un par de años.

¡Qué misterio es el amor!, la vio y era como si fuera la primera vez. Vicenta, mujer de pelo castaño, de hermosos ojos verdes, muy dada al llanto fácil, fue el amor de toda su vida, su novia, su esposa, su vigilante, su hombro tenaz, la madre de sus seis hijos. Viqui, la incansable cochala de Sipe-Sipe, la preferida de los nietos, bailarina de cuecas por excelencia, experta en la preparación de ricas comidas caseras para largas mesas familiares reunidas con motivo de alguna fiesta. Viqui, la mujer compleja, de emociones a flor de piel, adorable al fin, a pesar de algunas amenazas de escobazo para Mario en pasajes de riñas.

No me olvido una ocasión que mi abuelo había hecho renegar a Viqui, la abuelita. Ella barría, era la tardecita, mientras nosotros terminábamos de chupar naranjas. Las mujeres en la familia tienen mucha más prisa por empezar a limpiar enseguida, es como un virus en sus genes. Nosotros reíamos al sol. Y mi abuelo alardeaba sobre su fuerza, y me dijo, algo así:

—Con estas vitaminas, vas a ser de roble, como yo —.

Ni corta ni perezosa, mi abuela respondió con agilidad:

—Ja, que va a ser de roble…, si el otro día de un escobazo casi lo desmayo —.

No pudimos más que soltar unas carcajadas con mi abuela, mientras él sólo sonreía, mirando hacia abajo, tal como harían mis tíos Jaime o Walter, esa manera familiar de meterse el gol para adentro y atisbar una sonrisa sólo con la mitad de la boca.

–Nosotros nos casamos jovencitos, cuando yo tenía 16 años y él 19–suele contarme la abuela Viqui como si no lo supiera, y lo hace con cierto orgullo, como si hubiera sido una gran batalla, un paso gigante, y luego se asoma un resplandor a sus ojos que parece pincharme para que me case de una vez, pues siempre termina preguntándome: ¿cuántos años tienes tú?… ahhahh.

Todos en el barrio saben que Mario ya pasó a otra vida, como quien dice, que toca el arpa en otros hemisferios, pero lo curioso es que el recorrido por ese rincón del planeta lo hace sentir muy vivo, revitalizado. Le resulta llamativo que el mundo en ese pueblo, al igual que el de otros que ya visitó por lejanos parajes, funcione de cabeza. Recorre las calles de vez en cuando y las encuentra repletas de gente que camina como muerta, aunque caminen rápido o disimulando alguna dirección, se notan demasiado mecánicas, faltas de sabor, de risa, de luz, de alguna agitación… ¡Da ganas de empujarlos para que despierten! ¡De tirarles una patada! Pero eso le costaría mucho más que una tarjeta amarilla. Lo confunde el olor a conformidad de esas vidas, el asentamiento generalizado, la resignación, y las calles en Oruro están llenas de gente que exhala esa dejadez, a lo largo de toda la 6 de octubre hasta la plaza y de ahí de bajada hacia el cementerio o siguiendo arriba al Socavón. Lo puede adivinar en sus ojos sin fondo, en sus caras consumidas, en sus pasos indiferentes y sus cuerpos blandos. Por acá se olvidaron de vivir. Se le viene a la mente la canción de Julio Iglesias, esa que cantaba a todo pulmón en algún encuentro con un amigo: “de tanto correr por la vida envuelto en sueños, me olvidé que la vida se vive un momento…, de tanto gritar mis canciones al viento… hoy no soy como ayer… hoy no sé lo siento… me olvidé de vivir…” ¿Y a qué viene toda esta cháchara? Todo comenzó con Vicenta, sí, su amada Viqui que está cruzando la carretera desde hace una hora, así pareciera, ella también lleva cifrada en su expresión algo de esas personas sonámbulas que se olvidaron de vivir, y que quizás ya ni siquiera se atreven a recordarlo.

II

Pero si hablamos de Mario es todo lo contrario. Es muy feliz, y no es porque no la extrañe, es simplemente que lleva una existencia muy agitada a fuerza de haberse dado cuenta de que no hay otra forma de vivir. Hay demasiadas cosas que hacer y realizar en la vida, y cuando uno se va y franquea el umbral, es peor aún… Pregúntenselo a él. Me contó que ya tiene un camión grande y amarillo, tal como soñaba en sus horas de contemplación de la carretera Oruro-La Paz, cuando veía desfilar, junto conmigo a veces, todos esos buses, tráileres y volquetas entrando y saliendo. Con ese camión se va de paseo por todos lados –aunque sea sólo un gusto, igual todo es gratis–, y lo hace generalmente con su hermano mayor, que partió a otra vida sólo unos meses antes que él en Cochabamba.  Los fines de semana le gusta jugar lota y cartas con los amigos, tomar unas cervezas, saltar, bailar, dormitar, y entre todo eso, escuchar unas buenas rancheras de Jorge Negrete, de Antonio y Luis Aguilar, y de todos esos dioses inmortales de la música mexicana que tiene planeado conocer, a su debido tiempo, en los rincones misteriosos de su nueva residencia. –¡Tienen que estar en algún lado carajo, en alguna especie de paraíso, si nos dieron tantas alegrías con su música!– suele decir con aire de urgencia.  Por otra parte, ahora que se liberó del cuerpo ya cansado, ha vuelto a jugar tenis de vez en cuando. Se suele encontrar con viejos amigos que lo tientan a pasar en Machacamarca algunas tardes llenas de anécdotas. En la antigua estación se le vienen a la memoria los más dulces recuerdos de su vida como padre y esposo, sin importar lo difícil que le fueron algunas etapas, pues todo lo que se ha vencido sólo se vuelve a mirar en el retrovisor con una sonrisa.

Sin embargo, desde su última pasada por la carretera, siempre se da tiempo para ver, aunque sea un ratito, a su Vicentita. Cuando va por la casa y ella no ha salido, se encuentra con mucha bulla, es que Viqui deja siempre una radio encendida en otros dormitorios, así trata ella de aminorar la soledad.  Se pasea por el pasillo que sigue tan soleado como siempre, se sienta y trata de hacer una siesta a lado de su antigua radio. En la cocina, ella está correteando de un lado a otro, a veces en afán de preparar la comida, otras veces simplemente correteando, correteando por corretear, porque ya se olvidó lo que tenía que hacer, y luego, al recordarlo, se olvida de lo que antes tenía claro. Esos trámites la suelen bambolear de un lado a otro como si estuviera caminando dentro de un barco turbulento en medio del océano.

Finalmente, en las primeras horas de la tarde, Viqui cuelga el secador de manos, apaga las radios y se va al pasillo a reposar. Sentada mira por la ventana a lo lejos, en lo infinito del cielo celeste orureño que se asoma por encima de los tejados; su mirada se pierde en la línea del horizonte, piensa inevitablemente en su querido Mario que ahora ya no está, ni para reír ni para pelear. En un momento dado, ella también está como ausente. Silencio, quietud… muecas, salta una lágrima y vuela una mosca por su lado en el mismo instante. Él la acompaña mirando de reojo, está sentado a su lado. Presencia y ausencia, y las dos. Viqui es su compañera de más de 60 años de vida, no es un bonito cuadro; Mario se queda pensando en algunas cosas que le hubiera gustado hacer y que ya no pudo, pero, sobre todo, recuerda todas las cosas que hicieron juntos. Ella se pasa la mayor parte de los días sola, está amarrada a su casa, quiere morir en ella, porque ahí transcurrió lo mejor de su vida. Quiere morir en esa casa, igual que su esposo, porque siempre cuenta que la construyeron con sus propias manos, ladrillo sobre ladrillo, cuando toda esa zona era sólo un pichón. Nadie le cambia la idea, no piensa moverse de la casa, sólo lo hará el día que se baje el telón para ella, y en posición horizontal. Mientras espera por el último acto, suspira exclamando en su interior: “¿hasta cuándo?, ¿cuándo será que dios se acuerda de mí y me lleva también?”  Mario escucha esto y le molesta. ¡Qué desperdicio! La eternidad nos espera a todos, y esto es una certeza, pero la vida es sólo unos momentos, dura lo que tarda en inflarse el moco de un niño resfriado que estornuda en medio de la clase; la eternidad es lo que experimenta el niño al disculparse y justificarse ante sus compañeros y la maestra. ¿Por qué está Viqui dejando de exprimir los minutos que tiene? “¡Ay Vicenta, mi Vicenta de telenovela! –se lamenta. Sólo atina a irse por el patio para escribirle algunas líneas llenas de entusiasmo en las ventanas, en la puerta del horno, en una sábana que se bambolea en la cuerda con el viento, en el espejo del baño, en la TV… Pero es inútil, está tan cegada por su pena que no alcanza a ver lo que está en sus narices.

Los días pasan, días que se van en patota levantando el polvo; dos otoños que corretean por el patio como quien busca sus hojas desparramadas por el suelo, los siguen inviernos resfriados que visitan la casa al asalto de una buena sopa de pollo caliente; calurosos veranos con lentes de sol se asoman a la nevera, y las primaveras van y vienen con las flores en la mano renegando del negocio que se hace con ellas. Es en vano, Viqui no lee nunca el mensaje.

La espera desespera, y lo demás, no es lo de menos. Mario no sabe qué hacer. Si no puedes escribir, pinta –le dijo una vez una poeta. Él se sale con su hermano de paseo, se van a los arenales, se van al sud a ver la víbora, se van, simplemente se van… Se enfrascan en charlas teñidas de inolvidables recuerdos que vienen acompañados de largas risotadas. Todavía tienen algo de despaciosos, los agarra la noche. Es curioso, porque ni siquiera tienen que hablar, pero se cuentan tantas cosas, todo lo que quieren expresar, lo hacen bailando, el otro lo entiende perfectamente. A veces recurren al silencio, y otras veces una mirada basta para señalar el curso de la conversación. Expresión y ya no comunicación, lenguaje de viejos amigos. Al entrar la noche mi abuelo se vuelve a la casa caminando un poco entonado, todavía tiene unos días para rondar por el lugar. Le resulta fácil emborracharse, incluso con un vaso de agua, le produce los mismos efectos. Es urgente que le haga llegar unas palabras a su Vicenta; camina por el barrio cantando una coplita: “¡me dicen vicharachero…cuídense pollitas que vengo agarrando parejo …lo mismo feas que bonitas, ¡¡¡¡ooooleeé!!!!… cuídense, cuídense, y guárdenme su corazón!”

Las estrellas se alegran y algunos perros se ponen a aullar, si pudieran se pondrían a cantar con él. Son los únicos que están tan atentos como para poderlo escuchar.

Entra en la casa de puntillas, cuelga su sombrero, recorre el pasillo y se asoma al cuarto de Viqui. Desde la puerta entreabierta la contempla unos instantes. Duerme tranquila, como un ángel. Se acerca y la besa en la frente; está tan tapada que casi no la ve. Siempre tan friolenta. La arropa un poco más con la frazada, quizá para no perder la oportunidad de tratarla con cariño por un momento, y se sale silenciosamente. En el otro cuarto René, uno de los hijos que la visita, ronca como un tranvía. ¡Dios mío, va a despertar a los muertos!

En el tejado se encuentra con dos gatos, los espanta de un carajazo antes de echarse sobre la calamina con los brazos cruzados detrás de la cabeza. La noche callada, con todas sus estrellas juntas; se siente agazapado bajo ese cielo infinito que parece una frazada enjoyada, y se pone a pensar en cómo le hará llegar el famoso mensaje. –Si lo escribo y lo dejo en el ropero como si fuera una vieja carta –piensa–, va a resultar muy sospechoso.

Mira en el cielo y una estrella saltarina le recuerda a su amigo Cantinflas, que en estos momentos está en una suerte de luna de miel con su gran amor, su bella esposa rusa que en otro momento lo dejó por una dolorosa enfermedad que no pudieron curar.  Mi abuelo y Cantinflas tienen una partida de póquer pendiente, y por supuesto el mexicano le va a ganar, no sabe cómo, es que él se la pasa distraído escuchando las miles de anécdotas que le cuenta el hombre de los pantalones caídos y los bigotes de chino, de modo que siempre termina pagándole las apuestas de buena gana.

Mario piensa y piensa, y el sueño lo sorprende. Dicen que en el sueño se resuelven la mitad de nuestros problemas. La idea se aplica también a su situación. Perdido en ese mundo donde no influye la ley de la gravedad, se sueña con sus hijos, a veces habla con Miriam, la mayor de las hijas, y también con Walter y con Jaime, pero ninguno recuerda al día siguiente lo que conversaron, sólo alcanzan a recordar la sensación de paz. Todos sus hijos están bien, está feliz por ellos, la que le preocupa es su Vicenta… En ese sueño, o quizás como continuación del reato, sucede lo que les voy a contar.

Llega el día siguiente, muy temprano, Viqui alista las flores y sale al cementerio. Mario la acompaña, pero no termina de entender cuál es el sentido de esa costumbre. ¡Otro desperdicio de tiempo! Llegados, él aprovecha para fumarse un puro mientras ella le cambia las flores a su nicho. Ve a su alrededor y lo único que le gusta de ese lugar son los jardines muy bien cuidados. Después de las tradicionales lágrimas, ella dice mirando la foto: “hazme un campito, que ya te alcanzo pronto”. Conmovido, él se dice en silencio: “está loca si piensa que le voy a hacer un campito aquí. Apenas me alcance armamos una fiesta y bailamos unas cuecas hasta el amanecer sin que nadie nos moleste.” Finalmente se cumple el ritual, salen del cementerio y se van caminando en busca de un micro para volver a casa. Más allá, en una esquina a la altura de la cancha de Oruro Royal, el micro se detiene con el semáforo en rojo. Sentado en la parte posterior derecha, Mario observa por la ventana sin decir palabra; en eso un muchacho que va rajando en su bicicleta se detiene estrepitosamente a lado del micro –quedan casi a la misma altura, de modo que llegan a saludarse de manera imperceptible.  Sorpresa. Es su nieto, Jorge, el que se las da de filósofo, el mismo escuincle que lo acompañaba algunas tardes de vacaciones y chupaba diez naranjas en las famosas competencias que hacían. “Mira que ocurrencia de éste mi nieto, estudiar filosofía, y ¡en La Paz! En país donde mandan bárbaros e ignorantes es mejor ser hombre de negocios o industrial. Pero ya está, ya lo hizo. Que tenga mucha suerte”—se dice. Lo saluda con una sonrisa, justo cuando comenzaba a desanimarse, la respuesta terminó de completarse por sí sola. “Creo que a él le gusta escribir. ¡Venga, por qué no! Le voy a pedir un favor”.

El nieto anda iniciándose en el ingrato oficio de escritor. Está buscando algo sobre que escribir, ideas, aventuras, polémicas, alguna cosa, y no se da cuenta de que tiene muy cerca una historia llena de vida. Esa misma noche el abuelo lo visita en un sueño y le susurra: “tengo un mensaje que quiero que escribas para tu abuelita. Dame una mano con eso y te agradeceré haciéndote caer un vinito del cielo el día que menos lo esperes y más lo desees”. Y así esta historia llega a su fin. Acabo de despertar, todavía estoy medio dormido, pero ya prendí la computadora y me puse manos a la obra. Mejor en fresco. El día que le escribí este mensaje a mi abuela, fue el día que empecé a escribir.

A partir del sueño de un sábado, Oruro, 2007.

La decadencia del mundo actual según algunos escritores

H. C. F.  Mansilla

La obra ensayística de Mario Vargas Llosa es muy interesante para aproximarnos a una crítica al relativismo postmodernista y a las modas intelectuales que predominan hoy en día de manera avasalladora. Nos ayudan a construir una vida con sentido, buscando una base sólida para los principios que deberían guiar nuestro comportamiento cotidiano.

En la misma línea se halla el intento de preservar lo razonable del orden anterior a los dictados de la modernidad. Literariamente la mejor alternativa ha sido una alusión a la estética de la naturaleza, que ha sido arruinada precisamente por el avance de la civilización moderna y por la ampliación de la frontera agrícola en todo el mundo. El progreso material está destruyendo el bosque tropical, el receptáculo de una belleza sin par. La selva, tan exuberante y vigorosa a primera vista, y tan frágil y precaria en la realidad, ha sido evocada con gran fuerza en su curiosa y poética novela El hablador. Allí nuestro autor ha señalado que las tribus amazónicas habían sobrevivido durante milenios en un entorno natural muy difícil y hostil porque desarrollaron una “buena inteligencia” con respecto a la selva tropical. A través de una práctica antiquísima, que abarcaba ritos, prohibiciones y rutinas – que a nosotros nos parecen ahora el colmo del irracionalismo –, transmitidas de generación en generación, habían logrado preservar esos ecosistemas tan delicados sin violentarlos, aprovechándolos sólo lo indispensable para sobrevivir. “Todo lo contrario de lo que estábamos haciendo los civilizados”, concluye Vargas Llosa, “que malgastábamos esos elementos sin los cuales terminaríamos marchitándonos como las flores privadas de agua”.

Hablando de estética y ética en cuanto los esfuerzos más significativos para dar sentido a la vida, aquí quiero señalar la importancia de la crítica realizada por Vargas Llosa a las concepciones postmodernistas derivadas de Nietzsche, como las de Michel Foucault y sus discípulos. En su ensayo Prohibido prohibir ha mostrado la total inconsistencia de teorías reputadas como izquierdistas y progresistas cuando se las aplica al plano de la praxis cotidiana de las escuelas, como la doctrina sacrosanta sobre la necesidad de desmontar las estructuras de poder erigidas para reprimir y domesticar a los alumnos. Vargas Llosa menciona con detalle el caso de Francia. Después de 1968, y luego de innumerables reformas para liberar la escuela de sus estructuras aparentemente represivas, tenemos ahora en aquel país instituciones caóticas, “pequeñas satrapías de matones y precoces delincuentes” – como se expresa Vargas Llosa – en las escuelas públicas. Decayeron, eso sí, la autoridad del prestigio, el valor del conocimiento intelectual y el antiguo prestigio ético asociado a la calidad del docente.

En la Francia contemporánea el sistema escolar público ha caído en el empobrecimiento y el desorden, con un resultado paradójico: los únicos colegios aceptables son los privados, adonde van los hijos de los izquierdistas astutos y acomodados. El entonces presidente francés Nicolas Sarkozy criticó en abril de 2007 la dictadura del “pensamiento único”, es decir de la doctrina “progresista” vigente desde 1968, señalando que la izquierda habría renunciado al mérito y al esfuerzo. Tal vez quiso restaurar el valor social de la moralidad, de la diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso y entre lo bello y lo feo, aunque lo dudo, pues Sarkozy era un frívolo habitual. Afirmó que anhelaba restablecer la “ciudadanía de los deberes”, equilibrada con los derechos. Pero resultaba aceptable su inclinación, aunque fue meramente verbal, contra el relativismo axiológico. Aseveró, por ejemplo, que el pensamiento único iniciado en 1968 y las corrientes postmodernistas habrían generado, en última instancia, “el culto del dinero-rey”: una verdad incómoda.

¿Cómo terminará este modelo civilizatorio, en el cual tiene lugar un imparable proceso de avances tecnológicos, pero en medio de una sensación generalizada de decadencia, soledad y desamparo? Aquí parece útil referirse a la novela Sumisión (2015), de Michel Houellebecq, que narra la ascensión enteramente legal de un musulmán moderado a la presidencia de Francia. La sociedad francesa, desmoralizada en el plano moral, pero próspera en el económico – como las de Europa Occidental –, se aparta de los ideales laicos, humanistas y racionalistas de su propia tradición y da la espalda a los fundamentos de la Ilustración. La concepción de libertad se convierte entonces en una forma de desdicha. Surge un poderoso movimiento que recupera valores premodernos como señales de la buena salud social: la homogeneidad ideológica, la familia sólida, tasas altas de natalidad, el renacimiento de las jerarquías y una educación basada en una moral rígida. En esta constelación es plausible que el electorado francés se incline, sin muchas ganas, es verdad, por un programa de islamización moderada. ¿Es este el futuro que le espera a gran parte del mundo?

En este contexto debemos escuchar a Vargas Llosa, quien dijo que no es seguro que los espacios de civilización (los libros, las obras de arte, las pequeñas cosas refinadas e inteligentes que coleccionamos) puedan a la larga prevalecer sobre la barbarie, pese a que las “letras dicen cosas fabulosas”. El periodismo, por ejemplo, no tiene hoy la función de informar, sino la de hacer desaparecer toda posibilidad de diferenciar entre verdad y mentira, entre la realidad y la ficción creada por los medios de comunicación y los periodistas, “los cuervos hambrientos de carroña”.

Es, por lo menos, debatible otra opinión de Vargas Llosa: los deportes embrutecen de modo similar a los medios masivos de comunicación. Hoy en día el deporte se habría convertido en un “exhibicionismo de irracionalidad colectiva”. Para afirmar esto en una época que idolatra el deporte se requiere de una buena dosis de valentía. Hace muchas décadas, durante la revuelta estudiantil en Berlín (1967-1968), escuché a simpatizantes y adherentes de la extrema izquierda, que celebraban las cualidades de los auténticos líderes. Los muchachos de esos grupos creían seriamente que eran reencarnaciones de Lenin, Trotsky, Stalin, Mao y Castro, pero con el aspecto de atletas exitosos modernos: varones fuertes, rudos, decididos, implacables con los competidores, heroicos, muy populares entre las mujeres jóvenes, dispuestos al sacrificio… verbalmente. Siempre pensé que estas imágenes mostraban reminiscencias de la época hitleriana.

Para encontrar sentido a la existencia deberíamos salvar el valor único e inconmensurable de las creaciones culturales genuinas, nos dice Vargas Llosa: “[…] la cultura, la literatura, las artes, la filosofía, desanimalizan a los seres humanos, extienden extraordinariamente su horizonte vital, atizan su curiosidad, su sensibilidad, su fantasía, sus apetitos, sus sueños, los hacen más porosos a la amistad y al diálogo, y mejor preparados para enfrentar la infelicidad”. Las hermosas palabras de Vargas Llosa están inspiradas por las mejores tradiciones del racionalismo occidental, que ahora es tan vilipendiado por haber presuntamente ahogado la dimensión de los sentimientos y las emociones. Pese a todo ello me atrevo a afirmar lo siguiente. Los aspectos realmente creativos de la dimensión civilizatoria, que siempre son generados por individuos descollantes – es decir por una aristocracia cultural –, es lo que no pueden comprender ni las masas de las sociedades contemporáneas, ni las élites plutocráticas y tecnocráticas de las mismas. En un texto excepcionalmente brillante, Mediocridad y delirio, el poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger ha examinado la naturaleza y las funciones de las clases dirigentes contemporáneas, cuando los títulos nobiliarios, los méritos intelectuales o guerreros, los logros científicos y artísticos y las cualidades éticas ya no significan nada. El valor de estas capas privilegiadas hoy en día, nos dice este autor, reside en su capacidad para divertir al público y para aparecer en los medios masivos de comunicación. Lo que a mí más me duele: la formación académica ha perdido toda relevancia. La política misma se transforma en una modalidad de la industria de la diversión, lo que entraña el peligro de que la democracia se convierta en algo obsoleto, que los ciudadanos seamos manipulados por especialistas incultos y que los asuntos públicos sean manejados con un secretismo creciente. Enzensberger nos muestra la estupidez que aquella poderosa concepción de nuestros días que nos obliga a seguir ciegamente las modas, a despreciar el pasado (incluido el propio), a adorar el fundamentalismo del progreso perenne y a sentirnos, por consiguiente, como esclavos de procesos sobre los cuales no tenemos ninguna influencia.

Yo fui el orgullo

Gonzalo Lema

A Óscar Únzaga de la Vega corresponde el juicio más certero sobre Franz Tamayo: “Ninguna personalidad puede ser más representativa por sus dimensiones y simbolismo que Tamayo, en esta primera mitad del siglo veinte. Ningún valor es más auténticamente boliviano, más nuestro, con su grandeza contradictoria y con su amarga soledad de cima”. Deberíamos, en esencia, estar de acuerdo: la gigante dimensión de su personalidad, su genio a menudo contradictorio y su soledad de intelectual único.

Su biógrafo más importante, Fernando Díez de Medina, afirmó: “Tamayo es ciertamente un enigma estético”, debido a la altura y también profundidad inalcanzables de su poesía. Augusto Céspedes intentó en lo suyo: “Estamos en medio de una obra deforme”. Luego completó: “Talento amorfo, amenazado siempre por el absurdo y por el genio, presionado por la dificultad de sus abstrusas ideologías, cuando se ofrece al público en palabras no se entrega del todo”.

¿Quién fue, en realidad, Franz Tamayo? Un poeta, un pensador y un político, y no debería importarnos el orden. El estupendo libro de Mariano Baptista Gumucio, “Yo fui el orgullo”, de lectura, diría, obligatoria, no solo devela el magnífico nivel alcanzado por este hombre en estos oficios, sino que también recoge dudas y certezas testimoniales sobre su origen.

Tamayo tuvo madre aymara, lo que siempre fue su orgullo, pero desde el libro citado es posible considerar que también fue aimara por parte de padre. De ser así, don Isaac Tamayo fue el destacadísimo hombre que lo educó. Nacido en La Paz, en febrero del año 1879, Franz Tamayo acompañó activamente la vida nacional sin tregua ni descanso hasta fallecer en 1956. En su derrotero casi completo, sólo faltó, y faltan, lectores. Carlos Medinaceli, nuestro novelista excepcional, dijo: “No se puede reclamar para Tamayo la gratitud popular”. Cierto: su excelsa intelectualidad abrió un verdadero abismo con el nivel de aquella sociedad y todavía con la nuestra.  De todas formas, él fue apoyado y votado en las elecciones de 1934 y no asumió la presidencia debido a esa vergüenza que llamamos “corralito de Villamontes”. Medinaceli fue justo: “Tamayo tiene el ímpetu de vuelo de un Ícaro, pero lleva en las alas el peso de una biblioteca”.

Este “profesor de plenitud” no se agotó en exuberancia. Panfletos políticos, polémicas escritas, reflexiones filosóficas, discursos parlamentarios, proverbios, versos reveladores, si bien prácticamente no leídos, trascendieron el papel de tal forma que suscitaron la admiración popular. Felipe Delgado establece bien: “Usted sabe que nosotros somos Bolivia. Pero la verdad es que Tamayo es Bolivia”. El espíritu de su letra parece haberse posesionado de nosotros.

Franz Tamayo es fundador de dos periódicos (“los únicos con ideas”, dijo Medinaceli), más un partido político. La suma de editoriales es su libro muy conocido y divulgado: Creación de la pedagogía nacional, en el que fundamenta la tesis de una educación basada en el carácter nacional. La ardua polémica sostenida con aquel ministro de educación, Felipe Segundo Guzmán, pareció consolidar y proyectar sus ideas: comenzó defendiendo la raza y pronto avizoró una visión americanista. Quiso que se comprendiera el ser nacional, su alma y su mentalidad, para luego educarlo en las ciencias y disciplinas universales. Afirmó que: “fuera del mundo occidental no hay salvación para nosotros”. Y aclaró: “Otra cosa es que nosotros integremos al occidentalismo nuestra alma íntegra”. Muchos de sus planteamientos y de su visión americanista están presentes en la carta  a Casanova que, ojalá, sepamos recuperarla siempre y que “Yo fui el orgullo” la reproduce en su integridad. América integrada a Occidente conservando su carácter, como Bolivia integrada a América y a Occidente. Lejos de la inútil guerrilla de la “pureza” de razas y culturas que hasta hoy nos ocupa, plantea la viabilidad y fluidez del mundo vía integración. Esta posición, y esta manera de ser, sin embargo, generaron que René Ballivián advirtiera: “Existen dos sendos peligros sobre nuestra juventud: El polifacetismo y el universalismo”. A Tamayo siempre le pareció que la mejor respuesta a ese prejuicio era “la plenitud”.

A juicio de Augusto Céspedes, el Partido Radical apenas “resultó un semillero de tránsfugas que se pasaron al liberalismo o republicanismo”. Es cierto: con el tiempo, su escaso número de militantes fue aún menor, hasta que terminó subsumido en el partido de Salamanca para las elecciones del 34. Casi todos los bolivianos paladeamos algo de Franz Tamayo: “En la desolada tarde,/ Claribel,/ Al claror de un sol que no arde,/ Claribel/ Me vuelve el amante alarde/ Aunque todo dice es tarde/ Claribel.

Sobre la muerte y el recuerdo

Billy G. Blacutt Vásquez

Hay almas que encarnan en cuerpos para transitar esta pasajera vida, hay cuerpos que trascienden en versos y en melodías para proyectarse en la eternidad, en este eterno juego de las existencias, es sin duda un maravilloso consuelo el saber que no todo es tan limitado como el mundo nos quiere hacer creer, que existen caminos alternativos para la espiritualidad como son el arte y mas específicamente la música, que es posiblemente otra forma de “ser”

Javier fue alguien que comprendió aquello, que desgranaba en cada nota que extraía de su instrumento ese elixir mágico que hace que los sentimientos dominen temporalmente la existencia, ese astral que se hace carne y nos despedaza el corazón, ese “no se qué” que le da sentido a nuestra memoria.

La noticia de su partida, trajo a mi mente y a mi corazón sentimientos difusos, recuerdos de hace 30 años atrás, de ese tiempo en que las prioridades en mi vida eran otras y mi manera de entender el mundo era mas simple, mas sincera, menos dolorosa que ahora.

Busqué en uno de esos baúles que los nostálgicos siempre tenemos, las grabaciones de las presentaciones que tuvimos juntos, ahí entre las fotos viejas, encontré los rostros de quienes me enseñaron tanto, las sonrisas de mis amigos olvidados, de algo que fue y no quiso volver.

Khonlaya … “Raza de trueno” melodías que invocan a la naturaleza que se proyecta en todo su esplendor, vientos místicos de cordillera, bombos locos, pampa, soledad y abandono que florece en lagos de acero y en el corazón de los hombres montaña, revancha del astro rey, andar sobre el camino, altura y profundidad del autoexilio del alma.

“La música es magia… Es lo único que el hombre tiene para poder cambiar su interior y su entorno, es la única forma de unirse con el todo y con todos” me dijo una vez mientras se preparaba para grabar algunas ideas que tenia…. Le dio una profunda aspirada a su pipa, encendió la vieja “Marantz” se colgó la guitarra y comenzó el ritual de invocación, creando circuitos armónicos en la guitarra y silbando y tarareando mientras se movía de un lado a otro de la habitación, yo lo miraba y disfrutaba este proceso de éxtasis musical, la canción iba tomando forma, se volvía coherente, comenzaba a tratar de imaginarme qué pasaba por su cabeza en esos instantes de lúcido extravió.

¿Como empezó todo? Corría el año 1988 yo era un jovenzuelo ávido por descubrir la vida y en compañía de varios compañeros de curso de colegio nos iniciábamos en la magna locura de la música, de apreciarla e intentar interpretarla, de tratar de plasmar nuestras primeras impresiones del mundo en composiciones tan inocentes y ridículas que hoy río mucho cuando las escucho.

Como miembros de esa cuasi elite bohemia solíamos frecuentar el crisol de la nueva cultura Orureña: “Galería Imagen” disfrutábamos de ir a escuchar poesía, y compartir escenario con otros músicos que al igual que nosotros buscaban “su sonido” su propia forma de expresarse.

Fue ahí donde nuestro querido Rolo Barrientos una noche de esas interminables extrajo de una caja algunos discos de vinilo, y ahí entre el Artaud de Spinetta y el Dark Side of the Moon nos presento un disco, su titulo “Expreso” del grupo Khonlaya, el instante en que escuche por primera vez “El Encuentro” mi cabeza sufrió una especie de golpe, una taquicardia prematura un “desnuque” un reset total, esa expresividad con instrumentos folklóricos como la quena y la zampona creaban un sonido único, tan diferente a los melosos lamentos de los Kjarkas y otros que campeaban en el ámbito del folklore nacional en esa época y que se marcaban como estereotipos inamovibles de ese genero.

El gusto por ese sonido se acrecentó cuando supimos que el grupo fue formado en Oruro por orureños y que Khonlaya significa en puquina, el idioma del pueblo Uru “Raza de trueno” inmediatamente me sedujo esa mística y coherencia. Sus canciones formaron, a partir de ese instante, parte del arsenal indispensable de las guitarreadas y los ensayos, las aprendimos de memoria y fueron parte de nuestra más pura esencia musical, de nuestras más profundas raíces.

Pasaron un par de años y un día un amigo me llama para avisarme que Khonlaya se iba a presentar en Oruro en dos de semanas y que nuestro amigo en común el quenista Iván Quintana estaba tocando con ellos.

Llegó el día de la presentación y ahí nos encontrábamos en primera fila, toda una generación desesperada por escuchar en vivo esas melodías que habían sido los cimientos de nuestra identidad musical, el show fue increíble y en el intermedio mientras mi amigo “Reptilio” y yo fuimos a conseguir un autógrafo y tal vez tomar un trago con los miembros del grupo, nuestro amigo en común Iván a momento de presentarme a Javier Melgarejo, le dice, “Este chango canta bien las canciones” y Javier sin titubear me dice que su vocalista de entonces, que era otro amigo, Ovidio Salvatierra, no había podido llegar y que si no me animaba a cantar con ellos, recuerdo que esa noche cantamos Ilusión Herida y Pero No. El sueño que había tenido tantas veces se cumplió.

Pasaron varios meses y en enero de 1994 recibí la llamada de Javier, quien me dice que estaba volviendo a armar Khonlaya que después de algunas desavenencias de los músicos había quedado fragmentada, y que iniciaríamos los ensayos esa semana en Oruro, además de solicitarme pueda buscar un bajista para el grupo, fue así que mi amigo Cesar Tovar y yo nos presentamos en el parque del Magdalena Postel con nuestros instrumentos en una soleada tarde de enero. Ahí nos reunimos con Javier Melgarejo (charango), Ramiro “Oso” Camacho (vientos y teclados), Iván Quintana (quena). René “Pitín” Sejas (batería) Cesar Tovar (bajo) y yo con la guitarra y la primera voz; luego llegarían los refuerzos de La Paz Carlos Ponce (zampoña) y su hermano Hernán Ponce (percusión). Así quedo conformada esa etapa de la legendaria banda, la cual sería mi familia durante un par de años. Los ensayos fueron extenuantes, con mucha disciplina y ahí comenzó a surgir, entre Javier y yo, una amistad especial. Sus consejos sobre solfeo, la forma en que él quería que cantase sus canciones… Él era un magnifico guitarrista y me dio mis primeras clases de armonía en ese instrumento que yo solamente aporreaba hasta ese entonces. Su paciencia me dio mis primeros atisbos de la “vida de músico” y en largas charlas pude aprender mucho de la “vida real”, de lo que el mundo quiere de nosotros y de lo mágico de desprogramarse y encontrar en la música ese sacacorchos cerebral que nos libera de la formalidad de la existencia domesticada.

Paseamos los escenarios de toda Bolivia intercambiando trabajo con grandes músicos como Einar Guillén y Marcus Fuzz, ese fue mi bautizo de fuego en los escenarios y la consumación del pacto con la música que hasta ahora es parte fundamental de mi existir. Javier siempre decía que nada es eterno y que las cosas no deben durar mucho tiempo, que solo así se garantiza que valdrá la pena recordarlas. Noches interminables de música, bohemia y locura que siempre terminaban en el “Ave Sol” o en alguna plaza, esa esquizo-sonia, plagada de excesos, esa necesidad de hacer música y crear en defensa propia, el chaki eterno de los que saltan escaques y juegan a la ruleta rusa con el diablo, eso era Javier Melgarejo, así lo conocí yo, así lo recuerdo al músico, al compositor, pero fundamentalmente al amigo y cómplice de un sin fin de aventuras, de ese “irse en LA”, de la indisciplina cotidiana de la libertad-libertinaje, la coherencia entre su pensar, sentir y actuar. Buena o mala, fue su forma de decirle a la vida que estaba presente y que no pasaría por ella sin dejar huella.

Estas líneas son solo un cumulo de sentires y memorias que ahora (siempre tarde como es costumbre), retornan a abrigar ese pedazo de mi ser que se quedó desnudo y abandonado en algún rincón del tiempo pasado. El recuerdo del tiempo que compartimos querido Javier está presente nuevamente aquí en ese rincón del espíritu que es la Patria de la “Raza de Trueno”. Sea para ti el más dulce “hasta pronto mi hermano” ahora que eres viento, ahora que eres cordillera y Cóndor, pampa y soledad, ahora que eres lago y mar, ahora que eres esencia, ahora que volviste a lo que realmente siempre fuiste… Música, el regalo de los dioses para las almas que en conciencia evolucionan. Te abrazo en la eternidad.

Poemas de Laura Yasan

Laura Yasan. Poeta. (Buenos Aires 1960 – 2021). Ha publicado: Doble de alma (1995), Cambiar las armas (1997), Loba negra (1999), Cotillón para desesperados (2001), Tracción a sangre (2004), Ripio (2007), Animal de presa (2011), Pequeñas criaturas de lo incesante (2015), la antología Palabras no (2016), Ganado en su ley (2017), Principio de incertidumbre (2018) y Madre Siberia (2020).

Genealógica

las hijas del nuevo mundo
son blancas como las luces de los shoppings
pálidas como los panes de mc donald’s
translúcidas lágrimas finales de best sellers

las madres huérfanas de las hijas del nuevo mundo
fuimos oscuras habitantes de hotel
tuvimos negras maneras de mirar
queríamos la vida en símbolos extraños
películas de bergman

las paridoras frígidas de las madres huérfanas de las hijas del nuevo mundo
querían una historia sumergida en channel
casarse vírgenes con una réplica de cary grant
tener muñecas rubias de mejillas rosadas
mascadoras de chicle leyendo mujercitas

las hijas huérfanas de las madres frígidas del viejo mundo
queríamos las curvas mullidas de la marylin
y el aspecto latino de una amante del che

pero ellas
las nietas de la decadencia
las hijas del imperio del nuevo mundo
sólo desean ser
delgadas como un tallo
livianas como el ala de una mariposa
anhelan despertar
con los dedos más largos cada día
para hundirlos hasta el fin de sus amígdalas
y vomitar sin voluntad
lo que resta del siglo

Tracción a sangre

cargo en mi cuerpo una mujer inválida que baila cuando duerme
trenza el cabello blanco de la muerte para ganarse su favor
como una novia ciega que deba conformarse
con la corta memoria de sus dedos
                              despierta cuando miente
lleva un cascote atado a la correa de la lengua
va removiendo un surco tras de mí
una continuación que me persigue como una cola de chatarra
                              se enciende cuando callo
cargo su enfermedad en la penumbra de mis huesos
                      su equipaje de anemia
                      su andamiaje de circo
la quiero al otro lado pero el puente se ha roto
la primera mitad no le interesa
la segunda es negada
vuelvo sobre sus pasos cada noche
para ocultar la huella cada día
como el guardián de un ancla que se oxida
un perro encadenado a un desierto de vidrio
lamiéndose la sombra

Octubre

no tengo más que un fósforo para toda la noche y es octubre
un caballo cansado que me pasa la lengua por el pelo
un harapo de miedo
la edad que se articula en su tamaño
y se inserta otra vez por el aro del mundo
siempre en octubre vuelve y no trae palabras para mí
trae un silencio impuro sobre la boca cruda
y el beso que deseo
es apenas cadáver del consuelo
vuelco en octubre
soy tiza en la pizarra de sus ojos
y enhebro en la plegaria dijes de fantasía
muñequitas desnudas cuando llueve en octubre
cuando salgo a golpear por mi ración
y regreso a la cama con un vaso de leche
donde su gota de mercurio
brilla

Llegar a salvo

hay que saber llegar hasta la orilla sin mojarse los pies
cruzar una ciudad en donde el agua es negra
y negra es la saliva de los perros
y negro el semen que descargan los ángeles
en las sábanas sucias de los partos
hay que hundir la cabeza con los ojos abiertos
negociar el ardor
forzar al corazón su máquina de aceite
y resistirlo a flote una noche completa
hay que entregar el cuerpo a la corriente
fijar la convicción
                                  nadie vendrá para salvarme
no soltar la palabra que dispare el alud de un espejismo
                                  nadie
vendrá para salvarme
tragar si es necesario
la sal que se desprende generosa de tu propio temor
sentirte el muelle de un puerto abandonado
una vieja estructura que el tiempo embiste sin control
hay que saber quedarse y aguantar
saber que no vendrá
                                   para salvarme
nadie

Cotillón para desesperados

¿la fortuna te esquiva?
¿hace agua el barco de tus sueños?
no hay de qué preocuparse
esta ciudad te ama
en los centros de canje estimulan el tedio
por dos tapitas más un peso
nada es tan grave
cargar el rudimento del pan y la escoba
puro discurso
cotillón para desesperados
por dos tapitas y una libra de carne
te llevás esa jaula
la corona del rey y un cetro plástico
por tres libras de carne más dos líneas de fiebre
la estafa del insomnio
malabarismo sobre noches violetas
te ama tremendamente
en los centros de canje
por una culpa más un beso indebido
cuatro hijos un perro y una úlcera crónica
nada es tan grave
la vida es un asunto local
del trabajo a la cama
forrar el ataúd con el salario mudo del fracaso
momentos en que llueve
sobre la fría seda del recuerdo
la ciudad anegada de una tristeza rancia
pero cómo te adora
te protege
por dos libras de sangre más la furia
te dan tres aspirinas y una bala

Barco encallado

cuando se quiere oxígeno
y hay sólo oscuridad para tragar
¿qué se respira?

cuando se quiebra el cuerpo como un barco encallado
en la tardía luz de una bengala

y el ciclo del fastidio
arroja contra el muro frontal de la locura
la edad de una mujer

cuando la piel expulsa su madera podrida
y el corazón bombea su mensaje de náufrago

qué duelo se anticipa al funeral
qué desencuentro escarba en la sequía
quién anda en esa furia cortando el eslabón
que la sostiene en la cordura
como unida a un desgarro

Laura Yasan, destacadísima poeta argentina (Premio Casa de las Américas, 2008, Premio del Fondo Nacional de las Artes, 1998, Primer Premio en Poesía Inédita de los premios municipales de la ciudad de Buenos Aires, 2011, y Premio Carmen Conde, 2011, entre otros), visitó Oruro en febrero del año 2010, en el marco del Primer Festival Internacional de Poesía de Bolivia. Realizó lecturas en la Casa de la Cultura Simón I. Patiño, la plaza Castro y Padilla, así como también tuvo ocasión de recorrer la ciudad y presenciar el Carnaval de ese año, junto a otros destacados poetas de varios países. Falleció hace pocos días (en octubre habría cumplido 61 años), en su Buenos Aires natal, dejando un vacío en las letras del continente. Su labor poética, merecidamente galardonada internacionalmente quedará para deleite de los lectores exigentes. Desde las páginas de El Duende le rendimos un sentido homenaje.

Las minas de Corocoro vistas por el ingeniero francés conde Augusto de la Ribette

José E. Pradel B.

Olvidado por la historiografía actual, el conde Augusto de la Ribette, fue un destacado personaje francés que contribuyó al estudio de la geología y mineralogía del Altiplano boliviano en el Siglo XIX. En su calidad de ingeniero mineralogista junto a sus compatriotas Lenunhot, Pissis y Jelowicki, fue contratado por el Gobierno boliviano, en 1845, para realizar estudios geológico-mineros; sobre ello, la prensa de la época detalló: “…se espera que el público, penetrado de su propia utilidad, ocupará á estos Señores en todos los negocios y empresas, que tengan relación con la profesión y especialidad de cada uno de ellos”[1].

Como resultado de sus observaciones en Corocoro, La Ribette elaboró el estudio intitulado: ‘Informe relativo a las minas de Corocoro presentado al Supremo Gobierno de Bolivia por el ingeniero subscrito’, fechado el 10 de julio de 1846, divulgado en dos entregas en el periódico ‘La Época’ de La Paz. De esta manera, lo reproducimos a continuación como un justo homenaje a su labor efectuada en nuestro país.

Posteriormente, nuestro biografiado fue destinado a Cochabamba donde realizó estudios de mineralogía y “se encargó de la dirección de la empresa del ‘Socavón del Rasgo’ y trabajó él mismo por su cuenta, las antiguas minas de ‘Santo Cristo’ y ‘San José Chico’”[2], apuntó el historiador José María Santiváñez. En la última mina citada, trabajó en sociedad con el minero Andrés Penny. Muchos años después, como miembro de la Cámara de Minería del Norte, juntó a los productores José Manuel del Carpio y Narciso de la Riva, presentó al gobierno el ‘Proyecto de Código de Minería’ (1858).

Lamentablemente, La Ribette, perseguido por el régimen de Melgarejo, emigró a Tacna “donde murió con la fiebre amarilla que asoló la costa peruana inmediatamente después del terremoto de 1868”[3], subrayó el célebre historiador Roberto Querejazu Calvo.

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Informe relativo a las minas de Corocoro presentado al Supremo Gobierno de Bolivia por el Ingeniero subscrito [4]

Las minas de cobre de Corocoro, situadas a las 23 leguas de distancia y hacia el Sur de la ciudad de La Paz, son conocidas desde un tiempo inmemorial y fueron explotadas por la primera vez formalmente por una familia de Rodríguez que proporcionaba al banco de Potosí el cobre necesario para la fabricación de la moneda. El trastorno de 1781 arruino aquel trabajo como muchos otros, en aquel rico país, y fueron completamente abandonadas las minas de Corocoro hasta el año de 1830. En esta época, animado por noticias lisonjeras, que daban la esperanza de encontrar no solamente el cobre sino también la plata, vino el Sr. Don Claudio Rivero, actual Gobernador de la provincia de Ingavi, a establecer trabajos cuyo resultado fue encontrar minas riquísimas de cobre. Este suceso no tardó en atraer á otros mineros (algunos de países extranjeros) que dieron un impulso grande a la extracción del cobre; de modo que el lugar de Corocoro que poco antes estaba absolutamente despoblado, se hizo más importante, y ha llegado a tener una población, que según noticias que nos ha proporcionado el Sr. Loberna, alcanza al número de 5,000 habitantes, de los que se cuentan 2,000 trabajadores. Tales son los adelantamientos de las minas; y la cantidad de cobre extraída de ellas, estos últimos años, no ha bajado de 35,000 quintales: actualmente se aumenta de un modo grandísimo la importancia de este mineral, y nuevos descubrimientos hechos recientemente, dan una esperanza nada equivoca de la riqueza más asombrosa que se pueda conocer.

El terreno que encierra las minas de Corocoro pertenece a la clase de los terrenos secundarios que existen en la mayor parte de los Andes occidentales; las capas que le constituyen son compuestas de gredas y arcillas de diversas clases; pero las más veces rojas y penetradas de una multitud de vetillas de sulfate de cal (yeso). Este terreno muy regularmente estratificado, o formado de capas sobrepuestas, corre del Norte al Sur, formando muchos cerros puestos en un orden que sigue el mismo rumbo. Distintos trabajos están abiertos en seis de estos cerros, cuyos nombres son, principiando por el sur, el cerro Corocoro, el C. Yancollusta, el C. Quimsa Cruz, el C. Santa Rita, el C. Hornuni y el C. Leque; pues sigue la formación de un modo bastante regular en ambas direcciones, atravesando llanuras y cerros y se va á perder al Norte en la laguna Titicaca y al Sur en los cerros de Turco. Se advierte en toda esta longitud, que no tiene menos de 60 leguas, indicios de vetas ricas, y aún existen trabajos, al Sur, en Turrupi y en la Chacarilla, lugares distantes de Corocoro, el primero, 15 leguas y el segundo, 18 y que se hallan en la misma dirección de la veta explotada en Corocoro. Tan grandes son pues las esperanzas que ofrece un mineral tan extenso como regular en su formación.

Los metales se hallan generalmente en vetas que siguen su rumbo, cortando los cerros y las capas que muchas veces los constituyen. El origen de esas vetas es una cortadura en la corteza de la tierra, llenada de vapores, o proyecciones metálicas nacidas del fuego central. La formación del mineral de Corocoro es diferente y muy particular, y es la única que se conoce en su especie: sus metales se hallan no en vetas, sino en capas existentes en estratificación concordante con las otras del mismo terreno. Estas capas no son otra cosa que gredas compuestas de jeld, path, cuarzo y talco, cuyos granos son generalmente blanquizcos, a veces rojos o verdes y que han sido penetrados por partículas menudas de cobre metálico, fenómeno que ha podido efectuarse, cuando se formaron los Andes, cuya sublevación fue acompañada de la salida del seno de la tierra de vapores metálicos, que en otras partes han producido vetas formales, y que en este punto han penetrado las capas más blandas que han encontrado.

Se advierte que solamente tienen metales las gredas blanquizcas, y nunca las rojas ni arcillas que llaman en el país mazacote: se observa también que volviéndose rojas las gredas blancas o mezclándose con arcilla, pierden su riqueza, y este empobrecimiento lo llaman bazofia.

Por una falla que hubo, al mismo tiempo de la sublevación de los cerros, las capas presentan un orden tal que unas tienen su declive al Este, otras al Oeste, llaman estas últimas vetas y las primeras, ramos. Habiéndose hecho la falla según una de las principales vetas que llaman veta grande vienen algunos ramos a parar en ella. Las vetas y los ramos de hallan en una conformidad bastante de ancho y de riqueza: son unas y otras tan abundantes que su número no ha sido prefijable; solamente han sido reconocidas doce (12) vetas principales que se hallan a poca distancia unas de otras de la veta grande. El ancho de esas capas metálicas es muy variable y es desde 1/3 de vara hasta 3 varas; su riqueza también varia no solamente con las distintas capas, sino también con las partes de una misma capa, y ley de los metales está comprendida entre tres (3) y veinte (20) quintales por cajón. Se encuentran otras capas más pobres, las que no las explotan porque el trabajo no se compensa, siendo la ley de 3 quintales abajo.

El cobre se halla generalmente en los metales en estado metálico, su color es a veces rojo oscuro, otras veces amarillento claro, y también se encuentra cobre blanquizco, parecido al color de plata; en este caso el metal es agrio y tiene siempre arsénico.

Así como en las cabeceras de metales negrillos, el influjo del aire y de la humedad ha ocasionado algunas modificaciones formando pacos, las capas de cobre han tenido que soportar los cambios que no podían dejar de hacerse por las mismas causas. Así es que á la faz de la tierra se presentan las capas no con cobre metálico, sino con cobre y carbonato verde, o protóxido rojo, o dentoccido negro o carbonato negro. Estas modificaciones siguen algunas veces hasta una profundidad bastante grande y presentan una porción de metales que muy fácilmente podrían beneficiarse, fundiéndolos en hornos de reverbero con las mezclas de fundientes que indicaría el análisis del metal.

Pero los actuales explotantes desprecian completamente estas especies y solamente se ocupan de la barrilla, que es el metal donde se halla el cobre en estado metálico. Lo contrario hacían los antiguos Rodríguez, que beneficiaban por fundición los metales oxidados y abandonaban el trabajo, luego que encontraban la barrilla que no sabían beneficiar.

Otra modificación más notable y extraditaría se presenta en las capas de cobre, consistente en el prodigioso cambio de la barrilla de cobre en barrilla de plata. Antes de efectuarse ser este cambio se bazofian las vetas, esto es, cambian en rojas amarillas y arcillosas las gredas blancas y pierde su riqueza el metal de barrilla en que se halla mezclada la plata con el cobre: más adelante la plata se hace más abundante, sobresale al cobre y es probable que llegará á ser tan pura y abundante que se vea el cobre en su metal correspondiente. Hasta ahora la ley de los metales de plata ha variado de 4 marcos a 1,500, y se estima que la ley media será 70. El metal de plata tiene alguna diferencia con el de cobre en estar mezclado con una cantidad de sal marina. Lo mismo que el cobre se halla la plata en partículas irregulares diseminadas en chapas y pegaduras, en racimos y las más veces en granos mezclados con los de la greda, y algunas veces cristalizada.

No hay ni ley, ni regularidad con respecto a los puntos de las vetas donde se debe encontrar la plata: unos la han encontrado a profundidades pequeñas como de 70 varas bajo del nivel del Socavón, así ha sucedido al Sr. Teare, cuyo descubrimiento es el más formal e interesante. Los otros descubridores, que son la Sra. viuda de Pareja, el Sr. Grifes y el Sr. Benguria han hallado el precioso metal en profundidades menores y aun en las cabeceras más altas.

Ha hallado también el Sr. Benguria, en las cabeceras de las vetas de atrás, otro metal que no es ni cobre ni plata, sino un negrillo, cuya naturaleza no hemos podido averiguar por la falta de recursos necesarios para los respectivos ensayos. Este metal puede tener algo de plata como los demás de su clase que forman tantas vetas en Bolivia.

El haberse hallado este otro metal no es extraño, y en su formación, que como todas es hija de la casualidad, se pueden encontrar cualesquiera clases de metales.

Cierto es que el descubrimiento de la plata, del que solo ahora se aprovecha, no es tan reciente, pues ha algún tiempo que han tratado como barrilla de cobre blanco la barrilla de verdadera plata. Parece también que los antiguos habían reconocido esa riqueza pues el Sr. Rivero emprendió sus trabajos con la esperanza de encontrar la plata, y solo saco cobre; pero dichos trabajos ofrecen aún muy grandes esperanzas.

No falta en Bolivia metales de mayor ley que estos: así el hermoso mineral de Oruro tiene riquezas muchísimo más grandes; pero lo que da al mineral de Corocoro una importancia particular y que asegura un buen suceso en la explotación, es la naturaleza misma del terreno. Este terreno es de una clase tal, que no se puede encontrar otro mejor para abrir trabajos de minas; tiene la doble proporción de ser a un mismo tiempo blando y consistente, y así permite la adopción de las disposiciones más regulares y cómodas. Se consigue una gran celeridad en cavar las galerías, y se trabaja ahora un socavón perteneciente al Sr. Millet[5] que en dos meses y medio se ha adelantado hasta 115 varas; circunstancias semejantes presenta otro socavón que construye la Sra. viuda de Pareja.

Siendo pues tan fáciles y seguros los trabajos, no habría dificultad en entablar explotaciones conformes a las mejores reglas. De todos los minerales que hemos visitado en Bolivia, Corocoro es el que respecto a los trabajos de minas está más adelantado. Las galerías y socavones son más regulares que en otras partes: se han adoptado para el transporte interior caminos de hierro y de madera, con carriles bastante bien compuestos; pero aún hay mucho que hacer para aproximarse a la perfección: a la verdad, se puede decir que no se advierte en la explotación ninguna regularidad, ningún sistema, ninguno de los medios conocidos para asegurar la completa y fácil saca del metal, lo que sería demasiado largo exponer en este informe.

Esto mismo y aún más se puede decir del beneficio de los metales que se hace de un modo muy imperfecto. Aun no es arreglado el beneficio del metal de plata: el del cobre cosiste en una molienda que se hace con Quimbaletes, y una limpia efectuada en Canaletas bastante parecidas a lo que es conocido en la ciencia con el nombre de mesas alemanas: este mal método emplea muchos brazos y ocasiona pérdidas tan grandes que permiten el beneficio de los relaves con provecho, y todo lo que con él consiguen es una barrilla mezclada de mucha arena y cuya riqueza es a lo mas de 75 centavos. Dicen los explotadores que han ensayado otras máquinas, cuyos efectos nunca han sido tan buenos que el de los Quimbaletes. Cierto es según datos que hemos recogido que habiéndose hecho mal esos que demandan una rigurosa precisión, ellos se han visto precisados á dejar un sistema de máquinas y a volver a los antiguos Quimbaletes, más fáciles de manejar.

Creemos pues que más bien y con mejor economía, se beneficiarían los metales de cobre, haciendo la molienda por medio de almadanetas con agua y laberintos; pues limpiando con mesas durmientes y horribles o cedazos y aplicado bien ese sistema que tan perfectamente sirve en la Europa, aun con metales mucho más difíciles de beneficio, no habría tantos desperdicios, ni se enviarían a los países extranjeros los metales mezclados con arena, que no necesitan, y que aumentan inútilmente el gasto de transporte. Tanto más fácilmente se establecerían esas máquinas, poseyendo el país ríos que ofrecen la proporción de fuerzas hidráulicas bastante grandes. Ya han aprovechado de esta circunstancia y existen algunos ingenios donde reconocen esfuerzos que hacen esperar mejoras.

También hay cuatro establecimientos con hornos para fundir el metal de cobre, de los que solos dos están en ejercicio por la escasez de combustible. Estos hornos dejan que desear en su construcción y en el modo como hacen la fundición, pues que no se practica con fundientes convenientes, de suerte que se hacen perdidas notables. Deberían pues emplear en proporciones indicadas por la composición del metal, cal, y también carbón de madera: su objeto seria reducir el cobre que se halla en porción bastante grande en estado mineralizado.

Respecto a los metales de plata, creemos que la base de su beneficio debe ser, como para el cobre, una buena preparación mecánica, es decir, una molienda y limpia por medio de maquinarias perfectas. Así se separarían, no solamente los metales de las arenas, sino también la plata del cobre. Este beneficio tiene por objeto separar las materias ligeras de las pesadas y sirve perfectamente, según hemos visto en Francia, aplicado a separar materias cuyo peso específico varía de 4 a 6: con mayor razón saldrá bien con la plata cuyo peso específico es 11,494 siendo el del cobre 7,783 y el de las arenas 1,5.

Los productos de esta primera operación, que merece un gran cuidado, serian: plata pura, cobre puro y arenas abundantes que se recogerían, porque podrían aun contener algo de plata; en este caso se volverían a moler con mas perfección con azogue, el que tomaría los últimos restos de la plata: además, la plata que tendría un poco de cobre podría refinarse fundiéndola con salitre que oxidaría y convertiría en escoria el cobre y los otros metales oxidables que podrían encontrarse. También el cobre que tendría un poco de plata podría, si conviniese, someterse a la operación que llaman licuación por medio de la cual se sacaría la plata.

Así marchando con observación y estudio de debe llegar a un beneficio perfecto, y se evitará ese triste espectáculo de pérdidas y pobreza que se ve en tantas partes en medio de riquezas magnificas. Resultados grandes se deben conseguir en ese mineral, donde el trabajo de minas y el beneficio del metal son igualmente fáciles, y de cuya riqueza probable se tendrá una idea, calculando que en la mina del Sr. Teare, donde han reconocido el metal de plata en un largo de 60 varas y una profundidad de 30 varas, con un ancho de 2 varas, ya tienen a vista cerca de 1.500 cajones que representan, suponiendo por lo menos una ley de 70 marcos, un valor de 840,000 y todavía están en los principios del descubrimiento que merece mejorará más adelante. Hay esperanza de encontrar estas mismas circunstancias no solamente en las otras minas, sino en todo el largo de esa cadena, de la cual es Corocoro el punto central.

Ha llegado pues para Bolivia una época muy prospera y que todo concurre á hacerla grande y gloriosa. De todas partes se anuncian mejoras y adelantamientos y felices acontecimientos; el mineral de Corocoro es llamado a representar un papel importante en ese admirable movimiento, que creado y favorecido por el apoyo los estímulos y los beneficios de la paz, proporcionados por un gobierno fuerte y patriótico, no puede dejar de llevar pronto a Bolivia al primer rango de los Estados de la América del Sud.

Corocoro, 10 de Julio de 1846.- C. A. de la Ribette.

* José E. Pradel B. Estudió en la Carrera de Historia de la UMSA


[1] “La Época”, La Paz, 29 de septiembre de 1845, p. 4.

[2] Santiváñez, José María: Vida del general José Ballivián. Imp. de ‘El Comercio’, New York, 1891, p.153.

[3] Querejazu Calvo, Roberto: Llallagua. Historia de una montaña. Editorial Los Amigos del Libro, La Paz-Cochabamba, 1977, p. 53.

[4] Se ha alterado la ortografía, modernizándola para facilitar su lectura y comprensión. RIBETTE, Augusto (de la): “Informe relativo a las minas de Corocoro presentado al Supremo Gobierno de Bolivia por el ingeniero subscrito”, “La Época”, La Paz, 12 y 17 de agosto de 1846.

[5] Jean Millet, minero francés que durante la década de 1840, fue uno de los más importantes habilitadores de Corocoro, radicó en este centro minero hasta 1858 aproximadamente.

Humanísima Ana Luisa Amaral

El poeta y editor español Rafael Saravia (Málaga, 1978), nos envía este homenaje a la poeta portuguesa recientemente galardonada con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Rafael Saravia

Hay autores que conciben el camino de la escritura como un trampolín mediático hacia la conquista del glamour y el reconocimiento social y otros que saben que escribir no procura nada más que duelos internos por acceder a las cuestiones que vertebran la condición humana.

Hace apenas ocho o nueve meses tuve el privilegio de poder dialogar con Ana Luisa Amaral e intercambiar pensamientos y posicionamientos en torno a lo que la poesía supone para la vida. Todo empezó en la construcción del XVIII Premio Leteo que desde la pequeña ciudad en la que vivo, León (España), entregamos a la poeta lusa. Ana Luisa Amaral es sin duda una de las poetas vivas más importantes que la lengua portuguesa tiene. Es muy triste saber que un país vecino, con el que configuramos nuestra geografía emocional e histórica, esté a veces tan alejado de las realidades vecinales, ciudadanas y, por qué no decirlo, comerciales de nuestro día a día. Hay más conocimiento de la actualidad literaria de Portugal en Bolivia que en España siendo nosotros vecinos sin apenas frontera.

Conocí la obra de Amaral por el también poeta y amigo Juan Carlos Mestre, fue rápido mi interés por su obra y me di cuenta que una poeta de tanto bagaje apenas tenía obra en España. Sus libros se reducían a dos: “Oscuro” publicado en el 2015 por la exquisita Olifante Ediciones y una recientísima edición titulada “What´s in a name” publicada por Sexto Piso que apareció en mitad de la pandemia en el verano del 2020. Había en las redes más propuestas de Ana Luisa en castellano, pero todas ellas publicadas en Latinoamérica.

A raíz de la concesión del Premio Leteo pude hablar, reír, emocionarme y enfatizar en esa postura sobre la cualidad disidente que la poesía debía manejar para que realmente fuese poesía viva. Ana Luisa Amaral ejerció sin duda como una maestra en el arte de la convicción a través de su emotividad. Ella cree radicalmente en eso que de otra manera nos había contado Ciorán del ser humano; Ana Luisa cree que la poesía no vale para nada, por eso es importante, porque al no valer no se puede mercadear con ella de manera impune. En las múltiples conversaciones que tuve con Amaral salí lleno de revelaciones, salí convencido de que ella cree firmemente en la libertad del lenguaje poético y supe que el respeto que le tiene a la conducta poética la convierte en poeta por encima incluso de sus fantásticos textos.

Vitalidad, emoción, disidencia y resistencia para una carrera que se antoja más circular que lineal, así es la trayectoria que ha labrado Ana Luisa Amaral a través de su pensamiento y vivencias.

En este sentido, pocos son los escritores que ansían coleccionar dudas para seguir preguntando a la vida por sí misma. Vivimos tiempos donde la certeza se impone como seña ideológica y el cuestionamiento crítico no tiene ningún valor pues cosecha resultados muy lentos –a veces hacen falta decenas o centenas de años para saber lo que siempre se intuyó desde la duda formulada–. Dentro de este grupo pequeño de amantes de la duda se encuentran normalmente los buenos poetas. Son ellos los que desde ese “no saber sabiendo” que apelaba el querido Juan de Yepes –más conocido como San Juan de la Cruz– fijan el canon de la mirada diaria en esa otredad, a veces cotidiana, que hace que nuestros gestos cobren una importancia y profundidad diferente a la que creíamos entender. No se hace desde la poesía por mero capricho –el juego permitiría triunfar notablemente más si la voraz economía de lo vendible se hiciera libro de autoayuda con estrategias sórdidas y engañosas–. Se hace sin duda por un amor a la verdad tan grande que la equivocación en estos casos es cáliz de redención y nunca perversión por conseguir un lector –una venta– más.

La bonhomía de Ana Luisa Amaral no es signo de descuido o candidez mal entendida. Es una búsqueda de décadas por mejorar la condición humana a través de los gestos mínimos que nos hacen bellos seres frágiles ante el atropello del ego que nos consume. Los poemas que construye en su día a día –me consta que todo para ella es susceptible de convertirse en poema si la palabra precisa sale de la oscuridad que renombra– funcionan como auto cuestionamientos que se extienden desde lo íntimo hasta lo universal de manera fantástica.

Ya escribí no hace mucho sobre los textos de Amaral en una reputada revista española, allí contaba sobre su primer libro en España que eran textos donde la épica, la historia, la reconstrucción de las tradiciones y la búsqueda perpetua se hacían hueco en su producción poética. Ese libro ya vigilaba y exponía parte de las inquietudes humanistas que sacuden la escritura de Amaral, me refiero al título “Oscuro” editado por Olifante Ediciones. De su segundo libro “What´s in a Name”, traducido por la también poeta Paula Abramo dije que es un libro que responde desde la poesía a esa cuestión universal… ¿Qué hay en un nombre? Y el matiz de que el título lleve la palabra “Nombre” en mayúsculas nos hace profundizar más en la intención de la autora: ¿Hay objetividad en el acto o en su nominación? ¿Se puede separar el hecho de nombrar con el hecho de sentir lo nombrado? ¿Hay una única forma de comprender la vida, sus revueltas, sus desbordantes posibilidades? ¿Esa forma de comprendernos es parte de la cárcel del lenguaje?

La humanidad, humildad y derroche de conocimiento –no en vano es una de las grandes expertas en literatura anglosajona con traducciones e investigaciones sobre Emily Dickinson o el propio William Shakespeare por poner algún ejemplo– hacen de Ana Luisa Amaral una voz potente generadora de maestría. Una voz que reconoce al yo poético más allá del sustrato superficial que el ego desarrolla y que amasa profundidad, generosidad y sencillez en dosis inequívocas de brillantez escritural.

Ahora se le ha concedido el XXX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Un galardón que hace redimirse un poquito al gran corpúsculo institucional que menciona y visibiliza –casi siempre con un retraso pasmoso– la realidad literaria. Ana Luisa se merece desde el primero hasta el último de los votos que la han hecho merecedora de esta distinción y creo firmemente que aporta más ella al galardón que viceversa. No en vano son múltiples los premios que esta poeta acumula y que ella agradece siempre con humildad pero que sin duda cada uno de ellos tienen justificadísima su nominación. Para poco sirven los premios si no es para visibilizar lo importante, por ello este galardón real concedido a una republicana de pro hace que tengamos esperanza en el ser humano –también en el sector editorial– y salgan desperezadas ediciones imprescindibles de Ana Luisa Amaral en nuestro idioma hermano del suyo.

Para que nombrar tenga un significado profundo, para que la comprensión del mundo escape del canon utilitarista, necesitamos personas que tengan la delicadeza de pensar lo nombrable, necesitamos poetas que se atrevan a cuestionar hasta el orden predefinido de lo intangible. O como diría Ana Luisa Amaral:

“Pregunto. ¿Qué hay en un nombre?
¿De qué espesura está hecho si se atiende,
en qué guerras se ampara,
Paralelas?
¿Linajes, suelos serviles,
razas domadas por algunas sílabas,
pilares de la historia sobre leyes
que en fuego y llamarada se forjaron?
extirpado el nombre, quedará el amor,
quedaremos tú y yo, aun en la muerte
aun sólo en el mito […]”.

Judíos por siempre

Gonzalo Lema

Aún parece moda dominante en Europa y América simpatizar con el judío/individuo y mirar con mucha sospecha al pueblo judío. Esto estuvo claro antes de la segunda guerra mundial, cuando el mismo judío pretendió ser un hombre cualquiera en las calles de Paris, Varsovia o Bucarest y judío únicamente dentro su casa. Qué extraño sino para “aquél extraño pueblo de Asia impulsado hacia nuestras regiones” (Herder). Un pueblo vigoroso que supo flotar en realidades sociales europeas tan distintas, sin involucrarse nunca con ninguna de ellas, pero siendo fundamental, al mismo tiempo, en el manejo de sus finanzas. ¿De esta dualidad surge la primera sospecha en su contra?

A causa de las íntimas relaciones con la fuente de riqueza estatal los judíos fueron invariablemente identificados con el poder; a causa de su distanciamiento con la sociedad nativa y de su nítida concentración en el cerrado círculo familiar, fueron invariablemente considerados sospechosos de conspirar para la destrucción de todas las estructuras sociales. Quizás es por eso que a un judío austriaco le resultaba más fácil ser aceptado como austriaco en Francia que en la propia Austria, como ejemplo. O al revés. Es decir: “El judaísmo se convirtió en una cualidad psicológica y la cuestión judía en un problema personal para cada individuo judío” (Hanna Arendt). En cualquier punto del mundo, por supuesto. La misma autora explica que “es un mito que se ha puesto de moda en los círculos intelectuales tras la interpretación existencialista que Sartre hizo del judío como alguien que es considerado y definido judío por los demás”.

Hanna Arendt sostiene con énfasis que “fue la discriminación social, y no el antisemitismo político, la que descubrió el fantasma de lo judío”. De paso advierte que “el antisemitismo y el odio religioso hacia los judíos, no son la misma cosa”. El antisemitismo parece eterno. En su magnífico libro “Los orígenes del totalitarismo” se lee: “Si es cierto que durante más de dos mil años la humanidad ha insistido en matar judíos, entonces es cierto que el dar muerte a los judíos constituye una ocupación normal e incluso humana y que el odio a los judíos está justificado sin necesidad de discusión”. Esta opinión, teñida de dolor y burla hacia la especie, fue dicha en momentos en que el antisemitismo eterno podía constituirse en poderoso argumento de quienes practicaron horrendos crímenes durante la citada guerra.

Es posible afirmar que el antisemitismo político se desarrolló porque los judíos eran un cuerpo separado del cuerpo social “anfitrión”, mientras que la discriminación social surgió a consecuencia de la creciente igualdad de los judíos respecto a los demás grupos. Un dato desconcertante, capaz de dejarnos boquiabiertos a todos inclusive hoy, es que “el preludio del nazismo fue interpretado en toda la escena europea” (Arendt). Cuando los judíos comenzaron a buscar igualdad en el ejército francés, tuvieron que enfrentar la muy decidida oposición de los jesuitas (caso Dreyfus) que no estaban preparados para tolerar la existencia de oficiales militares inmunes a la influencia del confesonario. Este caso fue estudiado y divulgado en su momento, pero años después sirvió para aseverar que, si bien el destacado escritor Louis Ferdinand Celine (“Viaje al fin de la noche”) fue estimado por los nazis como “el único antisemita verdadero”, antes de Hitler y su ancha base social estuvieron los religiosos citados y mucho del continente.

La independencia social y el tema religioso apenas explican que con la cuestión judía podía construirse un artefacto político capaz de nuclear a una nación entera (Alemania) con, en realidad, otro propósito: dominación del mundo. Aún ahora cierta humanidad insiste con el tema religioso de manera fácil (“ellos fueron quienes mataron a Cristo”) y otra humanidad con el tema económico (“se apropian de la economía de los pueblos donde buscan cobijo”). Pero no: Arendt y estudiosos de ese fuste demuestran que el antisemitismo es concepto/articulador político.

Clemenceau fue uno de los pocos amigos verdaderos que la judería moderna ha conocido, porque consideraba y proclamaba ante el mundo que los judíos eran uno de los pueblos oprimidos de Europa. Han pasado esos tiempos ciegos, pero nadie debe olvidar que los judíos se subsumieron en Francia terminando el siglo XIX. Todo parecía en paz, pero Ferdinand ya gateaba para luego ser colaboracionista de nazis. Aún de viejo, y diría confinado en un pueblo francés, corrió a bastonazos al cartero que nunca le llevaba respuestas a sus cartas a notables franceses. “¡Judío!”, lo acusaba amenazante. Quizás olvidaba que Malraux fue jefe maqui.