Viajar no es morir un poco

Texto leído en la presentación del libro de Carlos Decker-Molina editado por 3600.

Daniela Murialdo

Antes de comentar este libro recién nacido, quiero alardear de ser la groupie virtual más antigua –y por ello más fiel– de Carlos Decker-Molina. Lo persigo desde el semanario Pulso y desde ahí intento siempre pisar sus pasos. Puedo presumir, además, de haber logrado lo que pocos fans, una amistad transoceánica que se alimenta de sinceros mensajes y auténticos likes.

Al leer el prólogo escrito por Ken Benson me vino una imagen del autor que ya retenía mi cabeza. Pero fue hasta que terminé el libro –una composición de mosaicos–, que reafirmé ese retrato que tengo de él: un antropólogo con espíritu trashumante que, usando instrumentos como el periodismo o la literatura, nos describe rigurosa, aunque desordenadamente, las manifestaciones de sus ya a estas alturas múltiples culturas.

A la vez que indefinible, este libro atesora interesantes ensayos, entretenidas crónicas, relatos que podrían ser novelas cortas y versos que no pretenden ser poesía. Y para coronar su versatilidad, entrega a sus lectores sedientos, recetas como la del cóctel deckeriano: una medida de Aperol, la misma cantidad de jugo de naranja y otra de agua tónica. Si gustan, pueden ir a preparase uno y yo los espero aquí con el mío.

Por momentos, cuando leía el libro, sentí hablar a mi padre chileno o mi padrastro boliviano. Fugar de un golpe de Estado para caer en otro era, en los 70, un modo común de migración. Los viajeros, como Carlos o mi papá, adoptaban exilios y rasgos comunes. Santiago, Ciudad de México, Buenos Aires. Desarraigos, torturas, orfandades, huidas. Nada de esto le fue ajeno a nuestro escritor que terminó recalando en una Suecia tan gélida y solitaria como educada, segura y quizás más feliz.

Carlos no es John Lennon, ni el Che Guevara (no busca reflectores ni glorias impostadas). Carlos es más bien un Forrest Gump sentado en una banca de la vía pública, relatando sus vivencias a quienes como él, esperamos el bus que nos lleve a nuestros destinos. Y ustedes, como yo, querrán que su bus no aparezca hasta terminar de escuchar lo que el escritor tiene para contarnos.

El libro se divide en tres partes que no guardan equilibrio ni responden a ninguna cronología. La primera es un conjunto de ensayos sociológicos, como aquel trazado a partir de un personaje que llega con una carga histórica de frustración, que solo los latinoamericanos somos capaces de soportar. Sebastián Pérez Condori supone la síntesis de “dos malos vecinos metidos dentro de un mismo pellejo”. Y es el hilo que permitirá al autor de Viajar no es morir un poco (editorial 3600) pasearse por el París de las concentraciones comunistas, en las que Pérez Condori –un revolucionario huido de la dictadura de Banzer– deja de ser quechua o aymara para convertirse tan solo en un camarada. Y en el Chile de Pinochet donde los militares torturaron a Sebastián por rojo comunista y boliviano enemigo de Chile (como a los demás bolivianos, entre los que estaba nuestro autor), pero a quien además laceraron “por ser un indio de mierda”.

Y es que Decker-Molina destapa una forma más de racismo que no necesariamente está en nuestro radar. Nos plantea, por ejemplo, la dificultad de quienes participaban de conflictos revolucionarios (habituados a analizar la sociedad a través de las clases) para clasificar a compañeros como Sebastián Pérez Condori, al que no reconocían como igual, pese a compartir ideología. Pero quien “se las arreglaba mejor en el exilio” en tanto conseguía trabajo más rápido, pues “siempre se necesita un jornalero y no un periodista”.

Carlos retrata como pocos el alma nacional. Lo hace con libertad, despojado de prejuicios. Nos habla, por ejemplo, de ese carácter forjado para lo corporativo, lo comunitario. Ese que está presto a la disciplina partidista. Es que el boliviano pareciera estar siempre más dispuesto a la sumisión. De ahí que, como lo sugiere el libro, sea más sencillo reclutarlo. Aun así, Decker-Molina encuentra semejanzas con otro de sus protagonistas –en principio antagónico–. Tanto su personaje boliviano como el sueco, se mueven en la soledad y el silencio. Solo que “Sebastián habla poco por temor al error. Sven, el sueco, habla poco porque no tienen con quien”.

Carlos cierra su capítulo sobre lo boliviano y nos lanza (como palomitas de maíz), pequeños ensayos sobre etnicidad, religión, violencia, cultura, etc. Mientras nos abre la lonchera en la que conserva los libros que acumuló en sus refugios en Bolivia, Chile, Francia, Argentina o Suecia, que aún le sirven de alimento. Aunque algunos –presumo– solo como tentempié.

La segunda parte del libro es una consagración de la mini-no-ficción. Carlos se vuelca a la danza del fuego, al que ofrenda sus pensamientos envueltos en servilletas o papelitos ajados, que regresan a él purificados y se instalan nuevamente en su cabeza. El autor recuerda en voz alta episodios de su vida, o los de otros que han llamado su atención; reflexiones o conjeturas filosóficas; descubrimientos idiomáticos; encuentros con el arte y la literatura.    

Se detiene, por ejemplo, en el libro El ruido del tiempo, de Julian Barnes, que trata de las contrariedades vitales del compositor y pianista Dmitri Shostakóvich, quien termina colaborando con los comisarios políticos del régimen comunista para no ser una víctima más de las pavorosas purgas dirigidas por Stalin. Salta a Madame Bovary para mostrarnos su gesto de desagrado con la censura que sufrieron en su momento la novela y su autor. (Un tribunal penal juzgó a Flaubert por haber “descrito escenas que ofendían a la moral pública y la moral religiosa”). Sucede que esos tribunales decimonónicos encuentran en la actualidad su parangón en el MeToo o en la corriente que promueve la cultura de la cancelación y que no son bien vistos por Carlos.

Decker-Molina es un crítico del feminismo extremo que, dice, “llena su voz y acento de furia y odio hacia los hombres”. Uno de esos machos que se sienten odiados es él mismo, quien luego de ponerle punto final a ese capítulo, debe detener las teclas e irse a la cocina pues le toca preparar la cena…

Al hablar de Sostiene Pereira, la novela de Antonio Tabucchi ambientada en Lisboa en plena dictadura salazarista, Carlos vuelve a dibujarnos un mapa de idiosincrasias (es que tiene nomás una habilidad para reflejar las particularidades humanas y detectar las antípodas en las que se sitúan las ideas y los sentimientos). Cuenta que le recomendó la obra a un colega suyo sueco al que, confesó luego, no le había gustado, pues “la historia de un periodista con posición política no es historia, porque los periodistas no deben tener posición política”. Carlos alerta que ese colega sueco ha vivido toda su vida en democracia, que claramente no es la experiencia suya. Y es que, para alguien como él, que se ha (mal)nutrido de las dictaduras latinoamericanas, ese libro no puede ser sino, una joya de la literatura.

El capítulo más fascinante es el de los hoteles. La estadía de nuestro escritor en Honduras a pocas habitaciones de los comandantes de la contra y los agentes “yanquis”, rodeados de prostitutas; el dictado de reportajes a Jorge Lanata desde el cuarto de un hotel en Buenos Aires; o su noche en la misma cama de un hotel en Marruecos en la que había dormido Henry Kissinger se convierten en cuentos de cuya verosimilitud quisiéramos dudar, pero no podemos.

El tercer fragmento ocupa un espacio muy pequeño. Carlos se guarda para sí lo más preciado: la familia, con sus fracturas, sus lazos y sus distanciamientos. Nos regala unos relatos con tono poético pero que no quieren ser poemas. Y opta a ratos por una belleza descriptiva poco coloquial. Como cuando narra su propio nacimiento: “tendida en un camastro de hospital público, lanzó un grito, sentí el río de sangre que nos inundó y me convertí en su estirpe”.

Pero son las cartas a sus padres las que más calan. No hay en ellas residuos de cursilería ni excesos emocionales y, sin embargo, están cargadas de amor. Pero no uno de esos que no se permiten reclamos (conscientes o inconscientes). Sino uno de esos que aun sabiendo de alguna bisagra oxidada en la relación, la siguen añorando. Y “Ella”, su compañera, la “conductora del tren” que no ha soltado el volante. Ella que ha visto con paciencia a Carlos subir y bajar de los distintos vagones. Que ha acompañado al “trotamundos perseguidor de información; que ha sido enviado en ocasiones a hurgar basureros”; que ha tenido que huir. Y sobre todo, que siempre ha querido volver.

Conocí personalmente al escritor rumano Mircea  Cartarescu, uno de los autores preferidos de Decker-Molina. El escritor rumano exuda sabiduría. Una que le han dado muchos años de búsqueda, luchas, desapegos, inestabilidad política, carencias, viajes, variadas lecturas, afectos y humildad. Carlos me recuerda a Cartarescu. Este Carlos que ya ha redactado su epitafio: “Aquí yace el futuro escritor”. 

Después de leer su libro convendrán conmigo en que aún es muy pronto para hablar de ello. Las letras de Carlos Decker-Molina son tan vitales como su espíritu. En todo caso, yo ensayaría para él otra leyenda: “Aquí yace el periodista y escritor, mientras bebe un Aperol y gesticula una mueca de satisfacción”.  

¡Salud!

El viaje

Edwin Guzmán Ortiz

En el fondo fue el viaje. Partir de sí mismo para tratar de encontrarse en un punto, siempre en trance de fuga. Uno mismo viajando y adentrándose en un espacio poblado de espacios. Me digo: viajar es viajarse. Es hacer que el recorrido, más allá de su aparente despliegue, vaya construyéndose en la propia subjetividad.  Pretender resolver el recorrido en el cenit de la imaginación y el pensamiento. Los andes que se abren desde Oruro hacia Oruro. Hacia el Oruro más profundo y verdadero, al Oruro que se mira a sí mismo desde sus montañas, silencios y astros que cambian de nombre y de fe.

El viaje, colmado de lugares santos. En el templo de la Mama Cantila, la cera de las velas derretidas lleva en secreto los deseos, las oraciones y rogativas a la Virgen, mientras la huaca subterránea, escucha silenciosa. En cambio, en el Cerro de Santa Bárbara, bajo el aura del monumento a la Virgen, tres miradas se prolongan hacia los horizontes que rebasan la ciudad y el deseo late hondo.

Empezamos por el sur, al anochecer, con una huajta en la boca de la víbora. El fuego transfiguraba los símbolos de la mesa en humo, humo mensajero destinado a las wakas, achachilas, a la Pacha. Los misterios, el incienso y cerveza danzaban y latían bajo el pedido de bienaventuranza en el viaje, de salud y bienestar para todos.

De pronto la trasfiguración del paisaje. La majestad de la pampa extendiéndose más allá del horizonte. La mañana parpadeaba y se abría en ocres y verdes altiplánicos. Serranías que recortan lontananza, tierra robusta en tanto la mirada se enreda en el juego abierto de los contrastes. De pronto, a la derecha, sobre unas pequeñas colinas un conjunto de chullpares erguidos a pesar de los siglos. Antiguas casas de la muerte. Terrosos y, algunos mutilados por el tiempo, parapetados ante la salida milenaria del sol, continúan cobijando el más allá. Por la rendija frontal de la estructura, vemos una calavera mirando el suelo, arriba no es necesario, mirando abajo, a la tierra, que la terminará de acoger no sabemos cuándo. Mientras, el paisaje aledaño se halla intacto, ninguna explicación, ninguna presencia más que unas rocas enormes y redondas al frente, cómplices del silencio descascarado de la muerte. Tañe al fondo, una campana subterránea.

Huesos dispersos, pedazos de vasijas de arcilla, rotos. Señales de un tiempo triturado y vuelto a renacer. Fémures, astillas de costillas, parietales que cobijaron un lenguaje de pétrea resonancia. Corre un viento suave, viento que no se oye a sí mismo, nosotros sentimos su lengua invisible sobre la frente, frente que no deja de imaginar los ayllus y voces que habitaron el lugar hace tiempo.

Prosigue la marcha. Empieza a divisarse el cuerpo monumental del Sajama. Fantástica eminencia de la tierra. Montaña de montañas. Su blanco pico nos da la medida de su jerarquía. Más que una montaña, un Mallku, una deidad, una presencia sagrada que reina en la zona. Erguido en más allá de los 6.000 metros despierta un sentimiento reverencial donde palabras y silencio se confunden. Habrá que inventar otra lengua, o gramática de la exultación, transformación del cuerpo en el grado cero de la fe: allá donde todas las creencias caben, todo lo numinoso se congrega y consagra.  Invisibles e imperceptibles los aymara de los señoríos. La primera mirada a la montaña es la parálisis. Luego, te llega lentamente, con sus contornos y su altura, con su diseño sagrado y su sacralidad, en fin, con sus bastones de mando, tallados por el tiempo. Gonzalo-Sajama nos escucha y nos acompaña, con una esfera de piedra.

Desde una piscina de aguas termales, vemos apagarse lentamente el Tata Sajama. Insólita realidad, desde unos cuerpos desnudos abrigados por el agua, frente al ocaso investido de montaña. Uno tuviera que curarse del ser, de ese amasijo de costra urbana y tecnologías idiotas, de turbias rutinas y cultos inhóspitos.  Unas nubes tapan la testa de la montaña, y lentamente cae la noche del lugar, es decir, no una noche cualquiera.  

La lluvia ha invadido la tierra de charcos y riachuelos, se estira la lama o culebrea. Los bofedales hinchados congregan llamas y alpacas, todo luce no como una postal, más bien como el gobierno pleno de la naturaleza frente a sí misma.

Al día siguiente. ¿Todavía es posible concebir el periplo por días?; más bien, como una suma de asombros, de instantes líquidos. El parque se revela más arriba a través de un racimo de geiseres, ojos de aguas termales que encienden su presencia sobre la costra de la tierra. Ojos incandescentes que se suman al hervor, olor a azufre y mineral. Mensaje líquido de la profundidad de la tierra. Burbujas, humo, calor que se abraza al sol y a los ojos asombrados de estos hirvientes partos del agua.

Pasando Turco, poco a poco se va revelando Pumiri, una ciudadela de piedra monda y redonda. Siluetas que asemejan cabezas, cuerpos humanos, de animales, y de seres fantásticos resultado de la lava volcánica que a enormes borbotones llegó hasta esa explanada. Su estructura laberíntica trama el desencuentro. El ojo, alucinado, funde imágenes y seres que no cesan de brotar y configurar escenas recortadas erguidas en el horizonte. De pronto sendas, abras, caminos impredecibles, la roca es siempre un más allá de la roca. Y la piedra ejerce plena soberanía en esa ciudadela, un transmundo que deviene de siglos. Al salir –¿o ingresar? – otra vez los chullpares centineleando Pumiri. Los muertos desde sus tumbas vivientes parecen mirarnos a los ojos y tatuarnos con un signo invisible.

El altiplano es este mundo con un rostro insólito, con un cuerpo que no se ve, hasta que se ve. Una extensión sagrada donde cabe la meditación y la comunión, el silencio y la contemplación. Donde la muerte talla la vida, y el pasado el porvenir. El altiplano es Pacha y lo que no muestra el altiplano. Pacha es la suma del ser. Piedras dispersas, apachetas, piedras quemadas y recién nacidas por el ojo que las escruta. Blancas, plomas, renegridas, porosas y metálicas. Rocas que flotan como el castillo de Magritte. Pequeños oasis de t’olares, paja brava y yaretas, bosques fantasmas de queñuales, troncos nudosos con bifurcaciones en las ramas, paisajes subterráneos de raíces, espinas y enormes cactus que rasgan el atardecer. La paja brava –metáfora de la comunidad– hija de la tierra, una sola y plural, abriéndose en estallido; si para Deleuze y Guattari, es el rizoma, para nosotros la paja brava. Serranías y montañas aledañas arden con un fulgor de mercurio y nos recuerdan el escupitajo de su cráter jadeante.

Ya en Jirira, a la orilla del salar –frontera altiplánica de Oruro– nos hallamos ante la imponente Thunupa Mica Tayka. Montaña, volcán, deidad sagrada del Ande. Antes se conocía la ruta de Thunupa, constituida por una serie de hitos que concatenados permitían la llegada de comunidades a rendirle culto. Casi todos estos centros fueron borrados y destruidos por la política de extirpación de idolatrías. Hoy, imponente y colmado de leyendas, luce con su ápice dentado, testimonio de su milenaria erupción. Entre el salar inundado por la lluvia y la montaña, se gravita en este Oruro inmemorial. En ambos casos la fijeza; me cabe decir que la forma del cambio es la fijeza o, más exactamente, que el cambio es una incesante búsqueda de la fijeza. Circularidad de la presencia plena; no deja de invadirme esa vieja sensación que silencioso la viví hace más de 30 años, frente al mismo Thunupa. Ahora es una segunda visita, las palabras sobran, sobre la página en blanco del salar escribo con los ojos renovados, y el pensamiento se mira a sí mismo. El día es un don luminoso, más tarde un atardecer, y luego la oscuridad plagada de inminencias.

Mientras los músicos suben a la cumbre del Thunupa a escuchar el dictado de una nueva melodía para la fiesta, Cheqa Cheqa, el pueblo extraviado aparece intermitente para finalmente desaparecer de nuevo. René-Mario-Edwin, a orillas del lago Minchin, contemplan los reflejos del sol y de la luna, del sol y de la luna.   

Sabor clandestino, del concepto a la realidad

Mariana Ruiz

Marco Antonio Quelca Huayta lo ha vuelto a hacer; continuando con sus pesquisas acerca del sabor, la comida y nuestro estar en el mundo. No solamente a través de la publicación de un nuevo libro, (la continuación del gran “Sabor Clandestino”), sino a través de todo lo que se asocia con este nombre. La comida, los eventos performáticos en las calles de la ciudad, sus menús transgresores, y, finalmente, la puesta en escena de “Secuencias”, en el CCELP: todo diverge hacia el mismo punto.

 ¿Y cuál es ese punto? Al sentir el aroma perfecto de una llajua molida en batán, –con quilquiña, como debe ser–, al centro mismo de la inauguración de “Secuencias”, lo supe: ese punto es aquel que anuda Sabor Clandestino, desde nuestro paladar en línea recta hasta nuestro corazón. Un tejido firme que nos unifica, nos cubre y nos ampara, un manto bajo el cual todos nos reconocemos. Un sabor que representa lo nuestro, escondido detrás de un regalo, una nueva forma de entender nuestra forma de degustar y vivir los alimentos.

“Secuencias” propone el mismo recorrido que el libro Sabor clandestino, del concepto a la realidad: mostrar de forma cronológica el trabajo que viene desarrollando el colectivo de cocineros Sabor Clandestino del 2014 al 2021.

Cuando el colectivo inicia sus actividades, hace 7 años ya, lo hace mediante intervenciones urbanas; compartiendo conocimiento culinario de forma gratuita con el proyecto “Somos Calle”. Con pasamontañas como ícono, el rostro de quienes forman parte del colectivo desaparece, y aparecen en primer plano las ideas, las acciones que nos mueven a reflexionar sobre nuestra problemática alimentaria.

Los “Carritos Clandestinos”, (que también estarán presentes en la muestra del Centro Cultural de España, el 29 de enero), nos permitirán degustar públicamente algunas de las propuestas que forman parte del corazón del colectivo, con opciones saladas, dulces, cócteles y maridajes a base de hierbas, infusiones y extractos naturales.

También hay otros proyectos, “Cascándole” y “Talleres para la vida” que se adicionan a los antes mencionados.

Es el lenguaje popular cotidiano el eje creativo y expresivo para este cometido. No solamente se recuperan las maravillosas recetas del primer libro, sino que continúa la exploración a través de los sabores e ingredientes nacionales con un enfoque artístico y contemporáneo. La comida como acto continúa expandiéndose, cocinar se transforma en exhibición artística donde los ingredientes se suman para formar un todo. La idea creativa se hace presente, siempre alimentada desde el lenguaje cotidiano, las emociones asociadas a nuestra comida criolla, y, sobre todo, la calle, el escenario donde somos como colectividad.

¡Tu suerte es pues!, Visceral, La City, El nido del Chi’wanku, la aromática Yapa,por dar algunos ejemplos, buscan sorprender y lo logran con amplio éxito. No solamente por la puesta en escena, ―de por sí una elaboración mayor y mejor que muchas existentes―, sino también porque los orfebres entran en juego a la hora de crear los mismísimos platos. (Ceramistas, herreros y artesanos, como la impresionante Tracy Prado, el escultor Jaime Terbá, Senobia Loayza y Waldo Saldaña).

A lo largo del libro, recorremos el porqué detrás de cada receta, la idea puesta en el plato y la receta misma, generosamente compartida por el colectivo, que nos sorprende al transformar ingredientes cotidianos en magia pura.

El libro es un homenaje mayúsculo a estos siete años de exploraciones y procesos. Tanto la fotografía de cada plato, como la puesta en escena, como el diagramado final, muestran el cariño y atención a detalle que el colectivo le pone a todo lo que hace.

Los cocineros y cocineras de Sabor clandestino buscan transmitir y compartir ideas, promoviendo maneras novedosas de consumir alimentos nativos. El colectivo se esconde tras el pasamontañas que, de instrumento para preservar el anonimato, pasa a ser bandera e instrumento de identificación. La calle somos todos, y no hay que pasar por la Paz sin haber degustado, aunque sea una vez, este sabor clandestino.

100 años de un filósofo cruceño

Enrique Fernández García*

Aunque resulten molestos, los cuestionamientos internos de la cultura sirven para un saludable debate social. No niego las dificultades que se presentan; con regularidad, los ejercicios de autocrítica pueden ser indeseables. En muchos casos, las personas con quienes convivimos prefieren el silencio o, peor todavía, la ceguera voluntaria frente a las propias imperfecciones. Con todo, no faltan quienes transitan ese camino de provocación, uno que nos permite reflexionar sobre ciertos males colectivos. Fue lo que, por ejemplo, hizo Herman Fernández cuando, hace casi ya 40 años, publicó el artículo “La frivolidad en el cruceño”. Observó entonces que, en su tierra, se priorizaban asuntos baladíes, el más trivial consumismo, la predilección por modas foráneas, todo en desmedro del pensamiento. Se había progresado en otros campos; empero, la meditación profunda y seria era una labor pendiente de cumplimiento.

A pesar de lo anterior, que puede ser discutido, existe una magnífica excepción asociada con esa regla. Me refiero a Manfredo Kempff Mercado, abogado, profesor, académico, político y, lo acentúo, filósofo, que nació en Santa Cruz el 8 de enero de 1922. Relacionado con el mundo de las ideas desde la primera juventud, su vida fue todo menos frívola. En efecto, sea como catedrático que fue contratado por universidades de Chile, Brasil, Venezuela y Uruguay, siendo siempre solvente, o dedicándose a la producción intelectual, su figura merece nuestras mayores atenciones. Es verdad que, habiendo sido senador durante las presidencias de Barrientos y Luis Adolfo Siles Salinas (1966-1969), podríamos quedarnos con esta faceta para destacarlo. No obstante, su vocación mayor, el llamado que cumplió a cabalidad, era el culto del razonamiento filosófico.

En 1952, apareció su estudio sobre Mamerto Oyola, principal filósofo boliviano del siglo XIX. Don Manfredo escribió también Introducción a la antropología filosófica (Chile, 1965), ¿Cuándo valen los valores? (Venezuela, 1965), Filosofía del amor (Chile, 1973), además de su obra capital: Historia de la filosofía en Latinoamérica (Chile, de nuevo, 1958). Este último libro ha sido referenciado, según pude indagar, hasta el momento, por una veintena de obras del extranjero, volúmenes compuestos por autores de idioma español, inglés, portugués y francés. Más aún, en 1961, una versión resumida fue insertada como apéndice de la reconocida Historia universal de la filosofía, del alemán Hans Joachim Störig. A esta producción, comentada en diferentes naciones, añado su práctica del periodismo filosófico, de ideas, crítico. Colaboró en Presencia (Bolivia), El Comercio (Perú) y El Mercurio (Chile), entre otros medios.

Conforme a lo dicho por Marcelino Pérez Fernández, Kempff fue un filósofo de los valores y la cultura. En sus reflexiones, anotó la influencia de distintos pensadores, tales como Max Scheler y Ortega, especialmente. Se alimentó también de autores a quienes conoció, llegando a ser amigo de Francisco Romero, Risieri Frondizi, Francisco Miró Quesada, Leopoldo Zea, Roberto Prudencio, Guillermo Francovich y Augusto Pescador, entre otros. Por cierto, fue tan buen cultor de la amistad que filosofó en torno a este sentimiento. Además, como ya evoqué, dedicó un libro al amor. No sorprende, pues era un amante de la sabiduría. Amó, asimismo, y mucho, a su esposa, Justita, al igual que a sus tres hijos, Manfredo, Julio y Mario, todos hombres de bien. Murió en 1974 con apenas 52 años. Su obra le confiere inmortalidad.

*Ensayista y catedrático de la UPSA, fundador del Colegio Abierto de Filosofía.

Tiwanaku: El rapto de Wiracocha

Una invitación a la lectura del primer capítulo de la nueva novela del escritor paceño radicado en Bélgica

Alberto A. Zalles

Huayla Paco, el Kaywari, el gran señor de Wari, contemplaba desde su trono, de las alturas de la colina de Wichayoc, la imponente arquitectura de la ciudad de Monqachayoc.

El florecimiento de la urbe enaltecía su vanidad.

La edificación estaba recién terminada y su construcción apenas había durado el tiempo en el cual transcurrió un tunkamaranaka.

En la titánica y maravillosa tarea arquitectónica participaron todos los pueblos reducidos por la cruel hueste de los waris de la región de Ayacucho, donde se encontraba su capital inexpugnable. No en vano tan inhóspita tierra era conocida como “el rincón de los muertos”.

Los dominados, una vez rendidos, debían tributar al Kaywari veintiocho mitas. Así, en un principio, durante aquellos jornales de servicio, los subyugados tallaron piedras y elevaron montículos de tierra sobre unas largas galerías que, luego, se convirtieron en pasadizos subterráneos destinados a conservar las huacas de la estirpe imperial wari, las sepulturas de los nobles; pero, asimismo, las galerías guardaban las momias de los mitmakunas sacrificados en honor de Wiracocha, de la divinidad radiante portadora de los dos báculos con los cuales gobernaba al universo y a la humanidad. 

Extasiado por su obra y presumido por la potestad que ejercía sobre casi la totalidad de la extensa geografía de los Antis, el Kaywari mantenía la frustración de no haber podido todavía someter a los aymaras y, sobre todo, de tener que permanecer sumiso a la potestad teológica de los amautas de Taypikala, de aquella venerable aldea donde Wiracocha había dejado su efigie como prueba generosa de su paso por los Antis.

La efigie había sido labrada en oro y tenía un esplendor divino, señero, insuperable.

Los amautas aymaras veneraban y conservaban la fastuosa placa con enorme celo.

En el icono, en la efigie, el mirífico Dios de los Antis mostraba conmovedoras lágrimas en las mejillas y estaba acompañado de cuarenta y ocho idolillos que representaban a los amautas precursores de su culto.

El canon dogmático de las creencias decía que, después de haber consagrado a los amautas aymaras como custodios de su efigie, Wiracocha atravesó el territorio continental y, antes de despedirse, advirtió que convertiría en estatuas de piedra a todos los kurakas que no condujesen a sus pueblos en peregrinación a Taypikala, por lo menos una vez durante el transcurso del turno de gobierno que cumpliesen.

Promulgada la sentencia, Wiracocha se internó al lamaracuta dejando tras de sí una espuma blanquecina y la promesa de volver; aunque, subrayando que, si durante su ausencia los hombres no alcanzasen a convivir en armonía, su retorno sería cruel y despiadado.

Así entonces, los amautas aymaras tenían la misión de resguardar la sacra efigie y se convirtieron en los depositarios privilegiados del conocimiento de los designios de Wiracocha, que el resto de los mortales los ignoraban.

La sabiduría y la fidelidad proferida a Wiracocha era la prerrogativa que hacía de los amautas autoridades doctas que sabían unificar y guiar a los hombres de los Antis tan sólo a través de la práctica de hieráticos rituales.

Por aquellos remotos días, los amautas también gobernaban, bajo los preceptos de la religión de Wiracocha, a los seis ayllus aymaras asentados en la cuenca del lago Titikaka: a kollas, lupakas, pakajes, karangas, soras y killakas.

Quizás por eso, hasta entonces, Huayla Paco evitó someter a los aymaras, como ya lo había hecho con los demás pueblos que sojuzgó arriba del Titikaka, en el Chinchasuyo.

Huayla Paco sabía que, si intentaba dominar por la fuerza a los aymaras, Wiracocha lo podía punir.

Tampoco le interesaba contar con la mita de los aymaras.

El Señorío Wari tenía riqueza y boato suficientes.

Los wari eran quienes organizaron las ciudades bajo un sistema de barrios poblados por diestros artesanos que manejaban, como ninguno de los pueblos de los Antis y de la costa, las técnicas de la alfarería y de la cerámica, de los textiles y de la metalurgia.

En Conchopata, cerca del Cuzco, de los talleres de fundición wari salían planchas de oro y de plata; herramientas y aparejos forjados en bronce y estaño.

Los wari desarrollaron el arte de las aleaciones y así lograron obtener duros metales. De esa forma, las huestes wari contaban con mortales hachas y armas blancas que los hacían temibles; también inventaron herramientas para el laboreo agrícola, como los wiscos que utilizaban para roturar sin esfuerzo la tierra.

El país de los wari y el gobierno de Huayla Paco eran prósperos, lograron alimentar y vestir a todos sus habitantes, evitándoles penurias y hambre.

Los wari idearon el riego agrícola e hicieron florecer el desierto costero con un sistema de irrigación que captaba las aguas subterráneas infiltradas en las alturas. Cultivaban el algodón con cuyas fibras, finamente hiladas, tejían sus ropas y también refinados textiles.

Además, gracias al privilegio que les concedió Thunupa, aprendieron a laborar la coca en las terrazas de Wilcabamba; pues, era bien sabido que los demás pueblos de los Antis sólo sabían recolectar la coca silvestre diseminada en las selvas tupidas y cálidas de los yungas.

La abundancia de la coca con la que contaban los wari reforzó su poderío.

Entre los demás pueblos de los Antis, incluidos los aymaras, la coca era tan escasa que sólo la pijchaban los taliris y aysiris, los iniciados; en cambio, los wari, gracias a la prodigalidad de los katus de Wilcabamba, podían distribuir coca a la población entera. La coca componía la ración esencial de la hueste que briosa marchaba arrasando a toda comarca que intentase oponerse a la voluntad civilizatoria del Kaywari, y, claro, a la del señor de Wilcabamba, del Quislacamayoc Jamchi Tarki.

El Quislacamayoc de Wilcabamba regía la parcialidad wari de la frontera tropical y era el hombre de confianza de Huayla Paco.

En la puna, fuera de los confines wari, los únicos mitmakunas que recibían coca para el acullico diario eran los pobladores del enclave de Warisata, cerca del pueblo kolla de Achacachi.

En Warisata los wari tenían cultivos de papa y mantenían la mitmakuna porque aquella pampa era el lugar donde las heladas eran duraderas y permitían, en el mes del marataqaphaxsi,asegurar la producción de chuño.

—Es tiempo de dejar de peregrinar a Taypikala, y que los amautas aymaras sean los únicos con potestad de resguardar la augusta efigie de Wiracocha… y también que sean ellos quienes tengan que transmitirnos los mensajes divinos—. Huayla Paco rompió el silencio de su contemplación.

—¡Qué dices, gran señor! ¿Acaso quieres ir contra el mandato de Wiracocha? —intervino Jamchi Tarki.

—De ninguna manera… He pensado que la efigie de Wiracocha merece un sagrario mucho más esplendoroso que el que tiene en la frígida aldea de Taypikala… Creo que el lugar adecuado para la efigie de Wiracocha está aquí en Monqachayoc. Voy a trasladar la efigie aquí.

—No quiero contradecirte, pero, ¿estarías dispuesto a ir contra la voluntad de Wiracocha? —Jamchi Tarki habló sin convicción.

—Wiracocha estará mejor honrado en Monqachayoc… además, nuestros quislacamayocs se sosegarán, pues ya no tendrán que caminar con su gente hasta Taypikala, y, entonces, el Willca Raymi lo celebraremos mucho más fastuoso aquí en Monqachayoc, en el templo de Kuniraya. ¿Qué dices?

—Temo la ira de Wiracocha —contestó con franqueza Jamchi Tarki.

—¿Y cómo no temiste degollar a tu primo Philipu Tarki?

En efecto, Jamchi Tarki no había dudado cometer el asesinato de quien, según los oráculos, debió ser el auténtico señor de Wilcabamba. Al cometer el asesinato, Jamchi Tarki se erigió como el señor de aquella parcialidad wari. Claro, bajo la complacencia de Huayla Paco que, a través de la solapada acción, llegó a monopolizar el poder dentro el Señorío Wari.

Jamchi Tarki era un fantoche que había traicionado a la parcialidad urinsaya asentada en Wilcabamba y fortalecido la supremacía de la aristocracia anansaya establecida en la capital, en Monqachayoc. La lealtad que rendía a Huayla Paco era incondicional y servil.

Huayla Paco, por su parte, lo manipulaba a su antojo y en consecuencia iba otra vez a utilizarlo para cumplir con sus elucubraciones de grandeza, con la ambición de llegar un día a afirmarse como autoridad única en todos los Antis. Para lograrlo, según su inobjetable codicia, estaba dispuesto a enajenar a los amautas de Taypikala la efigie de Wiracocha.

—¡Tenemos que apropiarnos de la efigie! Nuestra hueste asaltará Taypikala, y, para enviarla bien aprovisionada, quiero que me traigas cuarenta chipas de coca.

—Entonces, ya lo tienes decidido, apreciado Kaywari.

—¡Sí! Hay que aprovechar que los kollas y los demás aymaras comienzan la cosecha de papa.

—¿Quieres enseguida las cuarenta chipas?

—¡Desde luego!

—Juntarlas me llevará unos quince días.

—¡Tienes que reunirlas más pronto… Tómate diez días, ese lapso es por demás suficiente. Además, quiero unos trecientos wilcabambeños.

—Por los hombres, no hay problema; pero en cuanto a la coca, haré todo lo posible para reunir la cantidad en el plazo que me pides.

—No me vengas con vacilaciones… tienes que acatar lo que mando… ya te dije que tienes diez días.

Una chelita para Omar

El poeta y cantautor Alejandro Canedo comparte un homenaje a Omar Fuertes, actor orureño recientemente desaparecido.

Fuertes en una obra teatral.

Alejandro Canedo

Allá por el año 2000 o 2001, en pleno Miraflores de La Paz, funcionó el Café Cultural Ajayu, una iniciativa cultural y educativa, con más buena intención que pericia. Una de las noches más entrañables fue la ocasión en que el actor Omar Milton Fuertes Prado representó el monólogo “Alguien desordena estas rosas”, una adaptación escénica del cuento del mismo nombre de Gabriel García Márquez. Estas nostalgias, en su memoria:

“Una chelita”, solo pediste eso.

“Una chelita, y una silla vieja, lo más vieja posible”.

Hasta ahí tus requerimientos.

Mientras la chelita te esperaba en la barra del café, nosotros meta a buscar la silla.

Primero, como el bolichito aquel funcionaba en un espacio prestado, pensamos que podríamos pillar alguna silla por ahí, tal vez en la cocina o el depósito de la oficina.

Nada, todas estaban en condiciones de uso, no como para lo que necesitabas.

Finalmente, nos lanzamos a irrumpir en el botadero del patio de la casa, enorme y vetusta.

Baldes viejos, trastos, camastros oxidados, bolsas de basura, escombros y ¡una silla!

Le faltaba una pata, estaba totalmente desvencijada, como el ramo de rosas del monólogo.

Te gustó, como te gustaron la tenue luz que instalamos sobre el escenario diminuto y la compañía de las velas solitarias en las mesas del café, y algunas flores.

Con todo listo, había que esperar a que el público llegara; no recuerdo si hubo lleno total, parcial o escaso.

De un momento a otro, pediste soledad y silencio, “para prepararme” –diciendo–.

En una de las oficinas encontraste la intimidad que buscabas.

Luego de unos minutos, ya con algo de público en las mesas, apareciste caracterizado, palidecido y, como ya te dijo el poeta Jorge Hidalgo, con ese rostro de eterno infante: “estoy listo”.

La luz tenue, los fragmentos de piano solo, un suspiro inaugural y la silla que crujía, como crujía la tarima, y como cruje la memoria de tu obra: aquel niño entumecido de pasitos temblorosos confesándonos sus travesuras de amor en la habitación del olvido, mientras, casi veinte o cuarenta años después, tu chelita te espera en la barra, junto a nuestras lágrimas, confundidas con tu cuerpo, desmenuzado entre los caracoles, las raíces y las flores.

Una chelita para Omar…

Christian Jiménez Kanahuaty

Christian Jiménez Kanahuaty. Novelista y poeta. (Cochabamba, 1982), autor del libro de poesía Bodas elementales (2021) y de las novelas Invierno (2010), Te odio (2011), Familiar (2019) y Paisaje (2020).

Cuántos colores

Aquella mañana el mundo entero parecía estar dentro de un poema de W. H. Auden.
Se escapaban los colores a través de la bruma que cubría los relojes de los campanarios.
A pesar de ello, las campanadas no terminaron hasta el amanecer.
Su padre había amanecido muerto y no existía nada que pudiera hacer.
Se tomó su tiempo para terminar de leer el mensaje
y tras salir de la cama fue hasta la habitación de su madre para darle la noticia.

Así recuerda aquellas horas el narrador,
testigo inquieto de las horas más oscuras del alma,
y anota una y otra palabra, como si fueran rocas en la iglesia.
El hermano, el hijo, el padre; todos en un mismo cuerpo
al abrigo de un único sentido.

Veríamos desde las ventanas los cortejos y los carros fúnebres,
aunque, ya sabemos, el virus, no da tregua. Es mejor la distancia
y llorar en lo desconocido.
Nunca antes estuvo ahí. Por la simple soledad no se conoce la muerte.
Y mientras habla con su madre,
el cuerpo del padre aguarda en la distancia.

Mi relato es como otros tantos
cargado de bruma y búsqueda,
sin sentido para el latido.
Palabras que arderán en el día final.

Espesura la de los negocios dejados,
ahora rapiña se une para hacerse con lo heredado,
abogados y documentos,
créditos y notarios,
firmas y cheques; todo eso no es resumen de una vida,
pero quema más que la melancolía
ya que no hay hombre que no haya sentido el reproche
por no haber dicho a tiempo,
la palabra justa y descifrar la sonrisa del perdón.

No hay plegarias para el abandono,
y no encontraremos silencios para el ausente,
un narrador no significa nada
si dentro de la misma casa
todo cae a pedazos.

Ni la caza de la ballena blanca,
ni el baile en la noche de bodas,
ni tan sólo el respiro en el abrazo del amor.
Todo es bruma, huye y no se nombra.

Miras entonces
hombre que madura antes de tiempo,
a tus pies las violetas no crecerán,
los inviernos no recubrirán sus cabellos,
ni en sus llamadas volverás a encontrar la ironía del primer encuentro.
Miras una vez más,
todo lo que cubre tu habitación,
no te pertenece.
Hasta ayer, fue de otro hombre,
el que hoy pone los pies sobre la alfombra
quizá sin respirar,
es un hombre solo en el mundo,
que libra su orfandad a la simple vestidura del recuerdo.

Niega entonces
lo que siente el corazón.
se resiste a llorar
y un narrador no es Dios para conocer el alma de su hermano,
ni el dedo sobre el ojo de la hormiga
que interroga sobre la finitud.
Simples palabras en la roca,
la lluvia vendrá
tal vez, las lavará
y de los nombres que fueron hombres,
quedará sólo espuma derramada.

Mi mano quemada por las palabras
que tecleo casi como un deletreo,
regresan a mí,
me dicen que las escuchó,
pero como siempre, en primavera, él las borró.

Miro entonces lo escrito
y no encuentro valor.
Las tomo, las guardo.
Son suyas después de todo.

Con el correr de los años, de los días, de los meses,
el silencio recubrirá también este momento,
olvidaremos las canciones,
y jugaremos los viejos juegos;
y tal vez entonces, dentro de un cajón,
cuidadas por arañas,
las palabras encuentren, por fin, unos ojos
calmados de llorar,
y repletos de colores,
puedan leer lo que el impulso dictó.

No se muere en el amor,
los padres son del tiempo,
como los hijos del viento,
pero los une el camino,
y en el lazo del sol, dentro de todas las estaciones,
las emociones compartidas
surgirán
porque de cada recuerdo,
emerge un nuevo padre
y de cada latido
un hijo lo reclama.

Dense la mano en la muerte,
entréguense a la fiesta de la melancolía,
porque la muerte es una bisagra
y la canción, triste epifanía.

En este poema, inédito hasta ahora, Christian Jiménez explora, en tono narrativo, las emociones que los acontecimientos recientes –la pandemia mundial en la que nos encontramos– suscitan en la historia personal y familiar, trastocando no solo los sentidos proyectivos que muchas veces se atribuye a la vida (un futuro más o menos estable y previsible), sino los más hondos fundamentos del sentir y concebir el mundo. Es un poema que rezuma nostalgia, explora las honduras de la relación paterna y esboza un balance tras la muerte del padre, caro tema literario explorado a lo largo de siglos por autores tan dispares como Kafka, en la narrativa moderna del siglo XX; en poesía, Jorge Manrique en la Castilla del siglo XV, o Jaime Sabines más cerca a nuestro tiempo y espacio.

Editorial La Glorieta

Ana María Arana R.

La Glorieta Editorial Librería abre sus puertas como una gran familia, de tal forma deseamos que los que participan con sus proyectos hagan de esta organización una parte de sus hogares y encuentren el éxito al haber logrado hacer realidad un sueño.

Nuestras puertas llevan siglos de conocimientos y experiencias, desde la Ciudad Blanca. Grandes mujeres y hombres son descendientes de La Glorieta y ahora nuestra intención es albergar a las almas libres para dar voz a sus historias, sin importar el género. Todas las obras son importantes e irreemplazables.

Lo que nos representa como blasones son el carisma y el amor hacia las obras que los escritores han creado y que nos confían para darles cuerpo y presentarlas ante la sociedad con la seriedad y elegancia que requieren. Sea cual sea la respuesta, deben tener la seguridad de que la obra partirá hacia el mundo de los lectores con los pies firmes en la base del conocimiento y experiencia.

Como editorial, una de nuestras razones de ser es que la gente vuelva a enamorarse de los libros. Queremos que las personas puedan quedarse despiertas leyendo, que puedan entrar en este universo complejo en donde existen infinitas posibilidades.

Nuestra aparición en el mundo literario será en marzo, con diez obras de gran nivel, en los géneros literarios, sociológicos y tradicionalmente científicos.

Los valores de nuestra casa editorial son libertad de expresión, consideración, verdad y búsqueda continua de lo perfecto en el mágico mundo de las letras y en el tragicómico universo de la realidad. Uno de los puntos fundamentales es lograr una alianza duradera y efectiva para llegar al público con eficacia.

Durante el proceso de edición puede haber muchos giros, únicamente con el objetivo de hacer de la obra un conjunto perfecto. Es muy intenso porque los que participamos tenemos cosas importantes en juego, así que debemos asentarnos como familia para sacar el máximo potencial de cada uno y de la obra.

Es hermoso soñar con una nueva etapa dentro el mundo editorial, dejarse llevar por la magia del libro, maravillarse con su entidad, ser parte de ello es fantástico. Lo económico no ha de detenernos porque en esta familia hay grandes benefactores interesados en ser parte de la historia de la literatura boliviana.

Editorial La Glorieta nació para dar voz a las mejores obras de nuestro país, rompiendo la hegemonía de unas pocas editoriales que se centran en lo comercial, dejando lo cultural al margen y perdiendo su sentido liberador. Este proyecto no es solo un objetivo que alcanza a lo literario, también abarca lo político, porque cultura y educación son las herramientas idóneas para forjar un verdadero sentido democrático.

En todos los tiempos la escritura se ha constituido en el vínculo más adecuado para comunicar de forma contundente las ideas, los sueños y propuestas, para consolidar el cambio rumbo a una sociedad más civilizada en donde prime el arte y el conocimiento.

Para acceder a mayor información, la Glorieta Editorial Librería espera su contacto en el whatsapp 78448428 o en nuestras oficinas en Santa Cruz de la Sierra.

La realidad tiene la culpa

Una lectura del reciente libro de cuentos con el que la escritora paceña Magela Baudoin llegó a ser finalista del premio Ribera del Duero.

Martín Zelaya

Nos detendremos en cinco de los 10 cuentos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021) de Magela Baudoin.

 “Solo vuelo en tu caída”, que abre el libro, es el pantallazo de un momento crucial en la vida de una familia acomodada de La Paz: el shock por la muerte violenta del hijo menor. Es un ejercicio de memoria y nostalgia anticipadas: la conciencia del dolor que espera. Es la terrible constatación de cómo la fatalidad puede a la larga asumirse, pero nunca dejarse atrás: el peso de nuestras pérdidas y tragedias –no queda otra– se va camuflando poco a poco en la cotidianidad.

“Pero en la exageración se cocinaban las leyendas. En la exageración, el don de la memoria. (…) La realidad es vulgar, la mierda realidad tiene la culpa”. (23-24)

Luego viene el relato que da título al libro “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Una mujer huye de la guerra en Siria para encontrar otro rostro de la barbarie y el sufrimiento en Tailandia: la salvaje domesticación de elefantes.

Puestos a hilar fino, la tragedia del mundo, de la humanidad, es omnipresente. Uno puede acostumbrarse a convivir con la muerte de otros hasta casi dejar de percibir la catástrofe de la guerra. De pronto, una experiencia naturalizada para cierta parte del mundo, hace tomar consciencia de que los seres humanos somos especialistas en provocar diversas formas de dolor y angustia no solo a los de su especie, sino a todo ser que tiene la desgracia de cruzarse en su camino. ¿Acaso somos incapaces de perdurar si no es a partir de la destrucción de lo que nos rodea? Esta es una reflexión sobre la degradación del hombre como especie.

“Este mapa dérmico es el testimonio del hombre en la Tierra, dice la mujer en voz baja. Cada cicatriz hecha con saña, cada mutilación, cada quemadura…Tu cuerpo, un pedazo de tierra al sol, añade”. (51)

Saltamos hasta “Mujer fumando en la playa”, en el que una anciana cuenta sus últimos momentos de lucidez. La terrible ráfaga de consciencia y certeza antes del borrón. El momento límite entre estar, aferrarse a la luz, la vida, lo racional e irse para siempre de uno mismo.

¿Es el alzhéimer a fin de cuentas y dentro de su monstruosidad, una antesala anestésica de la muerte? ¿Una posibilidad de “volver” a ráfagas? No deja, de todas maneras, de ser terrible la idea de percatarte que te estás apagando y que poco a poco dejarás de saber, entender, ser.

“…los gritos no caben en el cuerpo, empujan a rodillazos el pecho y terminan saliéndose por el pico”. (64)

“¿Qué vas a hacer ahora, madre?”. Una familia disfuncional: madre drogadicta y promiscua; hijo psicópata, hijo normal, hijo autista. Un crimen violento. La extrema naturalización de la muerte.

El más inverosímil horror normalizado. En cualquier casa de cualquier vecino, puede pasar lo inimaginable.

“Cerré los ojos y pude verlo en la plenitud de su propia carne convertida en hoguera, envuelto en su plumaje rojo, amarillo, púrpura, emergiendo de las llamas, libre y eterno”. (114)

“Ajayu” el último cuento –en la cima junto con el primero– narra la historia de Alicia, una joven en estado catatónico tras el accidente en el que mueren sus papás. La cuida su abuela, la “gringa”, hasta que llega Flora –una campesina, su nana de la infancia– a rescatar su alma extraviada en la tragedia.

El choque-unión de culturas-conocimientos-ciencias. El amor antes que los prejuicios. El encuentro –mal llamado mestizaje– permanente y total que es Bolivia. La fusión que unos pocos –los más poderosos– quieren separar. Creyentes o escépticos, hay algo evidente: las culturas, las cosmovisiones perviven, sirven, se respetan: dar con piedra al corazón, tomar agua de piedra, llamar al ajayu.

“No hay semilla que no se invente un modo para alejarse de su madre. Las plantas no son como los animales, frágiles, que necesitan crecer chupando teta. Las semillas que caen al pie del árbol se pierden. Por eso se inventan formas de escaparse de la sombra, unas vuelan con el viento, a otras los pajaritos se las tragan y las devuelven luego lejos. (121)

Este libro trata sobre encuentros y desencuentros. Sobre las relaciones, dinámicas y dialécticas que nos constituyen y que, engarzadas, conforman este todo tan complejo que somos como individuos, primero, y como colectividad, por consiguiente. ¿Y acaso no hace esto la literatura per se? Sí y no. Pero Baudoin escudriña a diversos niveles no siempre tomados en cuenta: aísla e interpreta, como pocos, los momentos que conforman el todo, que generalmente se pierden en la inmensidad de los logros y fracasos, pero que son a la hora del balance, la esencia. Baudoin repara en los intersticios de cada uno de los momentos cuya suma hacen vidas y muertes. Y lo hace con picos muy notables, encabezados, en este libro, por “Ajayu”.

Seis películas cortas sobre Santa Cruz

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600), de Adhemar Manjón, es una colección de cuentos o una novela breve, como el lector lo prefiera.

Martín Zelaya

Santa Cruz de noche. Santa Cruz de fin de semana. Calor, alcohol y ebulliciones varias. Seis historias independientes pero encadenadas; seis historias que, aunque no tienen en común más que algún encuentro o mención fortuitos, son cada una un capítulo de la misma novela. Sobra decir que el destino de sus protagonistas alcanza momentos definitivos en la misma tarde-noche-madrugada.

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600, 2021) de Adhemar Manjón, es uno de esos libros que de verdad se disfrutan de un sentón un sábado por la tarde (y mejor si es con un par de cervezas y haciendo hora para salir a bolichear).

1
El oficinista con un matrimonio en crisis que es asaltado justo cuando, en la epifanía propiciada por las cervezas, se arrepiente de todo y promete cambiar.

2
El mecánico soso que presencia un asesinato y por fin logra cargarse a una mina.

3
El eterno perdedor que no tiene amigos ni chica y que, en las pausas de los vídeos porno, sufre imaginando cómo de bien la pasa el resto.

4
El delincuente juvenil que está seguro de que todo le saldrá bien por siempre, hasta que cambia su suerte.

5
El adolescente que no puede creer su suerte la noche en que pierde su virginidad.

6
La puta marginal y adicta que presencia dos muertes en la misma mañana.

El alcohol, la violencia y el frenético ritmo de la urbe articulan este sumario de beautiful losers. Ameno, lleno de humor y bien narrado –salvo algunos deslices– este compendio de cuentos / novela breve es la consolidación de la propuesta refrescante –y aún perfectible– que Manjón demostró ya en su debut, Génesis 4:12 (Perra Gráfica, 2016).

1
“Uno de los guardias de seguridad abre la puerta, el otro sujeta con fuerza a Ricardo. El que abrió la puerta aprovecha que Ricardo está dominado para buscar en su pantalón la billetera y sacarle plata”. (13)

2
“Es un caluroso y húmedo mediodía de sábado. Goyo está en la fila de la gente que quiere comprar un pollo de “Pollos a la broaster Angelitos”. (33)

3
“Ronny está acostado en su cama. Con los ojos cerrados, se aguanta las ganas de llorar, se pone una almohada en la cara y grita, grita con todas sus ganas, afloja su rabia, su desesperación, y llora”. (49)

4
“La moto manejada por Ibra avanza a toda velocidad por la ciudad, se mete por varias calles, rebasa micros y otros vehículos. Atrás de él está Maicol, bregando para no caerse e intentando acomodarse el arma –aún caliente, todavía humeante– en la cintura del pantalón”. (59)

5
“Carola, Mirko y Beto van corriendo por la calle Aroma y se paran en el cruce con la calle Bolívar. Estaban en un pequeño bar cerca de Los Pozos y se salieron para ver qué pasaba por el centro antes de ir a la casa de Mirko. Carola está un poco acelerada por el alcohol y no deja de reír”. (73)

6
“Las ganas de orinar despiertan a María, se soba el bajo vientre. Le da flojera levantarse, pero no le queda otra que hacerlo o terminará mojando la cama. En ese cuartito que funciona como su dormitorio, su comedor, su sala se mezclan el olor de ungüentos con el de sudor, humedad y cigarros”. (87)

Cada frase es la inicial de cada uno de los cuentos / capítulos. Manjón deja claro desde el principio no solo qué va a contar, sino el tono, el registro. El desarrollo y el cierre dan la talla.

PD. No desentona en ningún momento con la atmósfera de Los fantasmas del sábado, arriesgar un guiño (un link) con el episodio 22 películas cortas sobre Springfield de la temporada 7 de Los Simpson.