100 años de un filósofo cruceño

Enrique Fernández García*

Aunque resulten molestos, los cuestionamientos internos de la cultura sirven para un saludable debate social. No niego las dificultades que se presentan; con regularidad, los ejercicios de autocrítica pueden ser indeseables. En muchos casos, las personas con quienes convivimos prefieren el silencio o, peor todavía, la ceguera voluntaria frente a las propias imperfecciones. Con todo, no faltan quienes transitan ese camino de provocación, uno que nos permite reflexionar sobre ciertos males colectivos. Fue lo que, por ejemplo, hizo Herman Fernández cuando, hace casi ya 40 años, publicó el artículo “La frivolidad en el cruceño”. Observó entonces que, en su tierra, se priorizaban asuntos baladíes, el más trivial consumismo, la predilección por modas foráneas, todo en desmedro del pensamiento. Se había progresado en otros campos; empero, la meditación profunda y seria era una labor pendiente de cumplimiento.

A pesar de lo anterior, que puede ser discutido, existe una magnífica excepción asociada con esa regla. Me refiero a Manfredo Kempff Mercado, abogado, profesor, académico, político y, lo acentúo, filósofo, que nació en Santa Cruz el 8 de enero de 1922. Relacionado con el mundo de las ideas desde la primera juventud, su vida fue todo menos frívola. En efecto, sea como catedrático que fue contratado por universidades de Chile, Brasil, Venezuela y Uruguay, siendo siempre solvente, o dedicándose a la producción intelectual, su figura merece nuestras mayores atenciones. Es verdad que, habiendo sido senador durante las presidencias de Barrientos y Luis Adolfo Siles Salinas (1966-1969), podríamos quedarnos con esta faceta para destacarlo. No obstante, su vocación mayor, el llamado que cumplió a cabalidad, era el culto del razonamiento filosófico.

En 1952, apareció su estudio sobre Mamerto Oyola, principal filósofo boliviano del siglo XIX. Don Manfredo escribió también Introducción a la antropología filosófica (Chile, 1965), ¿Cuándo valen los valores? (Venezuela, 1965), Filosofía del amor (Chile, 1973), además de su obra capital: Historia de la filosofía en Latinoamérica (Chile, de nuevo, 1958). Este último libro ha sido referenciado, según pude indagar, hasta el momento, por una veintena de obras del extranjero, volúmenes compuestos por autores de idioma español, inglés, portugués y francés. Más aún, en 1961, una versión resumida fue insertada como apéndice de la reconocida Historia universal de la filosofía, del alemán Hans Joachim Störig. A esta producción, comentada en diferentes naciones, añado su práctica del periodismo filosófico, de ideas, crítico. Colaboró en Presencia (Bolivia), El Comercio (Perú) y El Mercurio (Chile), entre otros medios.

Conforme a lo dicho por Marcelino Pérez Fernández, Kempff fue un filósofo de los valores y la cultura. En sus reflexiones, anotó la influencia de distintos pensadores, tales como Max Scheler y Ortega, especialmente. Se alimentó también de autores a quienes conoció, llegando a ser amigo de Francisco Romero, Risieri Frondizi, Francisco Miró Quesada, Leopoldo Zea, Roberto Prudencio, Guillermo Francovich y Augusto Pescador, entre otros. Por cierto, fue tan buen cultor de la amistad que filosofó en torno a este sentimiento. Además, como ya evoqué, dedicó un libro al amor. No sorprende, pues era un amante de la sabiduría. Amó, asimismo, y mucho, a su esposa, Justita, al igual que a sus tres hijos, Manfredo, Julio y Mario, todos hombres de bien. Murió en 1974 con apenas 52 años. Su obra le confiere inmortalidad.

*Ensayista y catedrático de la UPSA, fundador del Colegio Abierto de Filosofía.

Tiwanaku: El rapto de Wiracocha

Una invitación a la lectura del primer capítulo de la nueva novela del escritor paceño radicado en Bélgica

Alberto A. Zalles

Huayla Paco, el Kaywari, el gran señor de Wari, contemplaba desde su trono, de las alturas de la colina de Wichayoc, la imponente arquitectura de la ciudad de Monqachayoc.

El florecimiento de la urbe enaltecía su vanidad.

La edificación estaba recién terminada y su construcción apenas había durado el tiempo en el cual transcurrió un tunkamaranaka.

En la titánica y maravillosa tarea arquitectónica participaron todos los pueblos reducidos por la cruel hueste de los waris de la región de Ayacucho, donde se encontraba su capital inexpugnable. No en vano tan inhóspita tierra era conocida como “el rincón de los muertos”.

Los dominados, una vez rendidos, debían tributar al Kaywari veintiocho mitas. Así, en un principio, durante aquellos jornales de servicio, los subyugados tallaron piedras y elevaron montículos de tierra sobre unas largas galerías que, luego, se convirtieron en pasadizos subterráneos destinados a conservar las huacas de la estirpe imperial wari, las sepulturas de los nobles; pero, asimismo, las galerías guardaban las momias de los mitmakunas sacrificados en honor de Wiracocha, de la divinidad radiante portadora de los dos báculos con los cuales gobernaba al universo y a la humanidad. 

Extasiado por su obra y presumido por la potestad que ejercía sobre casi la totalidad de la extensa geografía de los Antis, el Kaywari mantenía la frustración de no haber podido todavía someter a los aymaras y, sobre todo, de tener que permanecer sumiso a la potestad teológica de los amautas de Taypikala, de aquella venerable aldea donde Wiracocha había dejado su efigie como prueba generosa de su paso por los Antis.

La efigie había sido labrada en oro y tenía un esplendor divino, señero, insuperable.

Los amautas aymaras veneraban y conservaban la fastuosa placa con enorme celo.

En el icono, en la efigie, el mirífico Dios de los Antis mostraba conmovedoras lágrimas en las mejillas y estaba acompañado de cuarenta y ocho idolillos que representaban a los amautas precursores de su culto.

El canon dogmático de las creencias decía que, después de haber consagrado a los amautas aymaras como custodios de su efigie, Wiracocha atravesó el territorio continental y, antes de despedirse, advirtió que convertiría en estatuas de piedra a todos los kurakas que no condujesen a sus pueblos en peregrinación a Taypikala, por lo menos una vez durante el transcurso del turno de gobierno que cumpliesen.

Promulgada la sentencia, Wiracocha se internó al lamaracuta dejando tras de sí una espuma blanquecina y la promesa de volver; aunque, subrayando que, si durante su ausencia los hombres no alcanzasen a convivir en armonía, su retorno sería cruel y despiadado.

Así entonces, los amautas aymaras tenían la misión de resguardar la sacra efigie y se convirtieron en los depositarios privilegiados del conocimiento de los designios de Wiracocha, que el resto de los mortales los ignoraban.

La sabiduría y la fidelidad proferida a Wiracocha era la prerrogativa que hacía de los amautas autoridades doctas que sabían unificar y guiar a los hombres de los Antis tan sólo a través de la práctica de hieráticos rituales.

Por aquellos remotos días, los amautas también gobernaban, bajo los preceptos de la religión de Wiracocha, a los seis ayllus aymaras asentados en la cuenca del lago Titikaka: a kollas, lupakas, pakajes, karangas, soras y killakas.

Quizás por eso, hasta entonces, Huayla Paco evitó someter a los aymaras, como ya lo había hecho con los demás pueblos que sojuzgó arriba del Titikaka, en el Chinchasuyo.

Huayla Paco sabía que, si intentaba dominar por la fuerza a los aymaras, Wiracocha lo podía punir.

Tampoco le interesaba contar con la mita de los aymaras.

El Señorío Wari tenía riqueza y boato suficientes.

Los wari eran quienes organizaron las ciudades bajo un sistema de barrios poblados por diestros artesanos que manejaban, como ninguno de los pueblos de los Antis y de la costa, las técnicas de la alfarería y de la cerámica, de los textiles y de la metalurgia.

En Conchopata, cerca del Cuzco, de los talleres de fundición wari salían planchas de oro y de plata; herramientas y aparejos forjados en bronce y estaño.

Los wari desarrollaron el arte de las aleaciones y así lograron obtener duros metales. De esa forma, las huestes wari contaban con mortales hachas y armas blancas que los hacían temibles; también inventaron herramientas para el laboreo agrícola, como los wiscos que utilizaban para roturar sin esfuerzo la tierra.

El país de los wari y el gobierno de Huayla Paco eran prósperos, lograron alimentar y vestir a todos sus habitantes, evitándoles penurias y hambre.

Los wari idearon el riego agrícola e hicieron florecer el desierto costero con un sistema de irrigación que captaba las aguas subterráneas infiltradas en las alturas. Cultivaban el algodón con cuyas fibras, finamente hiladas, tejían sus ropas y también refinados textiles.

Además, gracias al privilegio que les concedió Thunupa, aprendieron a laborar la coca en las terrazas de Wilcabamba; pues, era bien sabido que los demás pueblos de los Antis sólo sabían recolectar la coca silvestre diseminada en las selvas tupidas y cálidas de los yungas.

La abundancia de la coca con la que contaban los wari reforzó su poderío.

Entre los demás pueblos de los Antis, incluidos los aymaras, la coca era tan escasa que sólo la pijchaban los taliris y aysiris, los iniciados; en cambio, los wari, gracias a la prodigalidad de los katus de Wilcabamba, podían distribuir coca a la población entera. La coca componía la ración esencial de la hueste que briosa marchaba arrasando a toda comarca que intentase oponerse a la voluntad civilizatoria del Kaywari, y, claro, a la del señor de Wilcabamba, del Quislacamayoc Jamchi Tarki.

El Quislacamayoc de Wilcabamba regía la parcialidad wari de la frontera tropical y era el hombre de confianza de Huayla Paco.

En la puna, fuera de los confines wari, los únicos mitmakunas que recibían coca para el acullico diario eran los pobladores del enclave de Warisata, cerca del pueblo kolla de Achacachi.

En Warisata los wari tenían cultivos de papa y mantenían la mitmakuna porque aquella pampa era el lugar donde las heladas eran duraderas y permitían, en el mes del marataqaphaxsi,asegurar la producción de chuño.

—Es tiempo de dejar de peregrinar a Taypikala, y que los amautas aymaras sean los únicos con potestad de resguardar la augusta efigie de Wiracocha… y también que sean ellos quienes tengan que transmitirnos los mensajes divinos—. Huayla Paco rompió el silencio de su contemplación.

—¡Qué dices, gran señor! ¿Acaso quieres ir contra el mandato de Wiracocha? —intervino Jamchi Tarki.

—De ninguna manera… He pensado que la efigie de Wiracocha merece un sagrario mucho más esplendoroso que el que tiene en la frígida aldea de Taypikala… Creo que el lugar adecuado para la efigie de Wiracocha está aquí en Monqachayoc. Voy a trasladar la efigie aquí.

—No quiero contradecirte, pero, ¿estarías dispuesto a ir contra la voluntad de Wiracocha? —Jamchi Tarki habló sin convicción.

—Wiracocha estará mejor honrado en Monqachayoc… además, nuestros quislacamayocs se sosegarán, pues ya no tendrán que caminar con su gente hasta Taypikala, y, entonces, el Willca Raymi lo celebraremos mucho más fastuoso aquí en Monqachayoc, en el templo de Kuniraya. ¿Qué dices?

—Temo la ira de Wiracocha —contestó con franqueza Jamchi Tarki.

—¿Y cómo no temiste degollar a tu primo Philipu Tarki?

En efecto, Jamchi Tarki no había dudado cometer el asesinato de quien, según los oráculos, debió ser el auténtico señor de Wilcabamba. Al cometer el asesinato, Jamchi Tarki se erigió como el señor de aquella parcialidad wari. Claro, bajo la complacencia de Huayla Paco que, a través de la solapada acción, llegó a monopolizar el poder dentro el Señorío Wari.

Jamchi Tarki era un fantoche que había traicionado a la parcialidad urinsaya asentada en Wilcabamba y fortalecido la supremacía de la aristocracia anansaya establecida en la capital, en Monqachayoc. La lealtad que rendía a Huayla Paco era incondicional y servil.

Huayla Paco, por su parte, lo manipulaba a su antojo y en consecuencia iba otra vez a utilizarlo para cumplir con sus elucubraciones de grandeza, con la ambición de llegar un día a afirmarse como autoridad única en todos los Antis. Para lograrlo, según su inobjetable codicia, estaba dispuesto a enajenar a los amautas de Taypikala la efigie de Wiracocha.

—¡Tenemos que apropiarnos de la efigie! Nuestra hueste asaltará Taypikala, y, para enviarla bien aprovisionada, quiero que me traigas cuarenta chipas de coca.

—Entonces, ya lo tienes decidido, apreciado Kaywari.

—¡Sí! Hay que aprovechar que los kollas y los demás aymaras comienzan la cosecha de papa.

—¿Quieres enseguida las cuarenta chipas?

—¡Desde luego!

—Juntarlas me llevará unos quince días.

—¡Tienes que reunirlas más pronto… Tómate diez días, ese lapso es por demás suficiente. Además, quiero unos trecientos wilcabambeños.

—Por los hombres, no hay problema; pero en cuanto a la coca, haré todo lo posible para reunir la cantidad en el plazo que me pides.

—No me vengas con vacilaciones… tienes que acatar lo que mando… ya te dije que tienes diez días.

Una chelita para Omar

El poeta y cantautor Alejandro Canedo comparte un homenaje a Omar Fuertes, actor orureño recientemente desaparecido.

Fuertes en una obra teatral.

Alejandro Canedo

Allá por el año 2000 o 2001, en pleno Miraflores de La Paz, funcionó el Café Cultural Ajayu, una iniciativa cultural y educativa, con más buena intención que pericia. Una de las noches más entrañables fue la ocasión en que el actor Omar Milton Fuertes Prado representó el monólogo “Alguien desordena estas rosas”, una adaptación escénica del cuento del mismo nombre de Gabriel García Márquez. Estas nostalgias, en su memoria:

“Una chelita”, solo pediste eso.

“Una chelita, y una silla vieja, lo más vieja posible”.

Hasta ahí tus requerimientos.

Mientras la chelita te esperaba en la barra del café, nosotros meta a buscar la silla.

Primero, como el bolichito aquel funcionaba en un espacio prestado, pensamos que podríamos pillar alguna silla por ahí, tal vez en la cocina o el depósito de la oficina.

Nada, todas estaban en condiciones de uso, no como para lo que necesitabas.

Finalmente, nos lanzamos a irrumpir en el botadero del patio de la casa, enorme y vetusta.

Baldes viejos, trastos, camastros oxidados, bolsas de basura, escombros y ¡una silla!

Le faltaba una pata, estaba totalmente desvencijada, como el ramo de rosas del monólogo.

Te gustó, como te gustaron la tenue luz que instalamos sobre el escenario diminuto y la compañía de las velas solitarias en las mesas del café, y algunas flores.

Con todo listo, había que esperar a que el público llegara; no recuerdo si hubo lleno total, parcial o escaso.

De un momento a otro, pediste soledad y silencio, “para prepararme” –diciendo–.

En una de las oficinas encontraste la intimidad que buscabas.

Luego de unos minutos, ya con algo de público en las mesas, apareciste caracterizado, palidecido y, como ya te dijo el poeta Jorge Hidalgo, con ese rostro de eterno infante: “estoy listo”.

La luz tenue, los fragmentos de piano solo, un suspiro inaugural y la silla que crujía, como crujía la tarima, y como cruje la memoria de tu obra: aquel niño entumecido de pasitos temblorosos confesándonos sus travesuras de amor en la habitación del olvido, mientras, casi veinte o cuarenta años después, tu chelita te espera en la barra, junto a nuestras lágrimas, confundidas con tu cuerpo, desmenuzado entre los caracoles, las raíces y las flores.

Una chelita para Omar…

Christian Jiménez Kanahuaty

Christian Jiménez Kanahuaty. Novelista y poeta. (Cochabamba, 1982), autor del libro de poesía Bodas elementales (2021) y de las novelas Invierno (2010), Te odio (2011), Familiar (2019) y Paisaje (2020).

Cuántos colores

Aquella mañana el mundo entero parecía estar dentro de un poema de W. H. Auden.
Se escapaban los colores a través de la bruma que cubría los relojes de los campanarios.
A pesar de ello, las campanadas no terminaron hasta el amanecer.
Su padre había amanecido muerto y no existía nada que pudiera hacer.
Se tomó su tiempo para terminar de leer el mensaje
y tras salir de la cama fue hasta la habitación de su madre para darle la noticia.

Así recuerda aquellas horas el narrador,
testigo inquieto de las horas más oscuras del alma,
y anota una y otra palabra, como si fueran rocas en la iglesia.
El hermano, el hijo, el padre; todos en un mismo cuerpo
al abrigo de un único sentido.

Veríamos desde las ventanas los cortejos y los carros fúnebres,
aunque, ya sabemos, el virus, no da tregua. Es mejor la distancia
y llorar en lo desconocido.
Nunca antes estuvo ahí. Por la simple soledad no se conoce la muerte.
Y mientras habla con su madre,
el cuerpo del padre aguarda en la distancia.

Mi relato es como otros tantos
cargado de bruma y búsqueda,
sin sentido para el latido.
Palabras que arderán en el día final.

Espesura la de los negocios dejados,
ahora rapiña se une para hacerse con lo heredado,
abogados y documentos,
créditos y notarios,
firmas y cheques; todo eso no es resumen de una vida,
pero quema más que la melancolía
ya que no hay hombre que no haya sentido el reproche
por no haber dicho a tiempo,
la palabra justa y descifrar la sonrisa del perdón.

No hay plegarias para el abandono,
y no encontraremos silencios para el ausente,
un narrador no significa nada
si dentro de la misma casa
todo cae a pedazos.

Ni la caza de la ballena blanca,
ni el baile en la noche de bodas,
ni tan sólo el respiro en el abrazo del amor.
Todo es bruma, huye y no se nombra.

Miras entonces
hombre que madura antes de tiempo,
a tus pies las violetas no crecerán,
los inviernos no recubrirán sus cabellos,
ni en sus llamadas volverás a encontrar la ironía del primer encuentro.
Miras una vez más,
todo lo que cubre tu habitación,
no te pertenece.
Hasta ayer, fue de otro hombre,
el que hoy pone los pies sobre la alfombra
quizá sin respirar,
es un hombre solo en el mundo,
que libra su orfandad a la simple vestidura del recuerdo.

Niega entonces
lo que siente el corazón.
se resiste a llorar
y un narrador no es Dios para conocer el alma de su hermano,
ni el dedo sobre el ojo de la hormiga
que interroga sobre la finitud.
Simples palabras en la roca,
la lluvia vendrá
tal vez, las lavará
y de los nombres que fueron hombres,
quedará sólo espuma derramada.

Mi mano quemada por las palabras
que tecleo casi como un deletreo,
regresan a mí,
me dicen que las escuchó,
pero como siempre, en primavera, él las borró.

Miro entonces lo escrito
y no encuentro valor.
Las tomo, las guardo.
Son suyas después de todo.

Con el correr de los años, de los días, de los meses,
el silencio recubrirá también este momento,
olvidaremos las canciones,
y jugaremos los viejos juegos;
y tal vez entonces, dentro de un cajón,
cuidadas por arañas,
las palabras encuentren, por fin, unos ojos
calmados de llorar,
y repletos de colores,
puedan leer lo que el impulso dictó.

No se muere en el amor,
los padres son del tiempo,
como los hijos del viento,
pero los une el camino,
y en el lazo del sol, dentro de todas las estaciones,
las emociones compartidas
surgirán
porque de cada recuerdo,
emerge un nuevo padre
y de cada latido
un hijo lo reclama.

Dense la mano en la muerte,
entréguense a la fiesta de la melancolía,
porque la muerte es una bisagra
y la canción, triste epifanía.

En este poema, inédito hasta ahora, Christian Jiménez explora, en tono narrativo, las emociones que los acontecimientos recientes –la pandemia mundial en la que nos encontramos– suscitan en la historia personal y familiar, trastocando no solo los sentidos proyectivos que muchas veces se atribuye a la vida (un futuro más o menos estable y previsible), sino los más hondos fundamentos del sentir y concebir el mundo. Es un poema que rezuma nostalgia, explora las honduras de la relación paterna y esboza un balance tras la muerte del padre, caro tema literario explorado a lo largo de siglos por autores tan dispares como Kafka, en la narrativa moderna del siglo XX; en poesía, Jorge Manrique en la Castilla del siglo XV, o Jaime Sabines más cerca a nuestro tiempo y espacio.

Editorial La Glorieta

Ana María Arana R.

La Glorieta Editorial Librería abre sus puertas como una gran familia, de tal forma deseamos que los que participan con sus proyectos hagan de esta organización una parte de sus hogares y encuentren el éxito al haber logrado hacer realidad un sueño.

Nuestras puertas llevan siglos de conocimientos y experiencias, desde la Ciudad Blanca. Grandes mujeres y hombres son descendientes de La Glorieta y ahora nuestra intención es albergar a las almas libres para dar voz a sus historias, sin importar el género. Todas las obras son importantes e irreemplazables.

Lo que nos representa como blasones son el carisma y el amor hacia las obras que los escritores han creado y que nos confían para darles cuerpo y presentarlas ante la sociedad con la seriedad y elegancia que requieren. Sea cual sea la respuesta, deben tener la seguridad de que la obra partirá hacia el mundo de los lectores con los pies firmes en la base del conocimiento y experiencia.

Como editorial, una de nuestras razones de ser es que la gente vuelva a enamorarse de los libros. Queremos que las personas puedan quedarse despiertas leyendo, que puedan entrar en este universo complejo en donde existen infinitas posibilidades.

Nuestra aparición en el mundo literario será en marzo, con diez obras de gran nivel, en los géneros literarios, sociológicos y tradicionalmente científicos.

Los valores de nuestra casa editorial son libertad de expresión, consideración, verdad y búsqueda continua de lo perfecto en el mágico mundo de las letras y en el tragicómico universo de la realidad. Uno de los puntos fundamentales es lograr una alianza duradera y efectiva para llegar al público con eficacia.

Durante el proceso de edición puede haber muchos giros, únicamente con el objetivo de hacer de la obra un conjunto perfecto. Es muy intenso porque los que participamos tenemos cosas importantes en juego, así que debemos asentarnos como familia para sacar el máximo potencial de cada uno y de la obra.

Es hermoso soñar con una nueva etapa dentro el mundo editorial, dejarse llevar por la magia del libro, maravillarse con su entidad, ser parte de ello es fantástico. Lo económico no ha de detenernos porque en esta familia hay grandes benefactores interesados en ser parte de la historia de la literatura boliviana.

Editorial La Glorieta nació para dar voz a las mejores obras de nuestro país, rompiendo la hegemonía de unas pocas editoriales que se centran en lo comercial, dejando lo cultural al margen y perdiendo su sentido liberador. Este proyecto no es solo un objetivo que alcanza a lo literario, también abarca lo político, porque cultura y educación son las herramientas idóneas para forjar un verdadero sentido democrático.

En todos los tiempos la escritura se ha constituido en el vínculo más adecuado para comunicar de forma contundente las ideas, los sueños y propuestas, para consolidar el cambio rumbo a una sociedad más civilizada en donde prime el arte y el conocimiento.

Para acceder a mayor información, la Glorieta Editorial Librería espera su contacto en el whatsapp 78448428 o en nuestras oficinas en Santa Cruz de la Sierra.

La realidad tiene la culpa

Una lectura del reciente libro de cuentos con el que la escritora paceña Magela Baudoin llegó a ser finalista del premio Ribera del Duero.

Martín Zelaya

Nos detendremos en cinco de los 10 cuentos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021) de Magela Baudoin.

 “Solo vuelo en tu caída”, que abre el libro, es el pantallazo de un momento crucial en la vida de una familia acomodada de La Paz: el shock por la muerte violenta del hijo menor. Es un ejercicio de memoria y nostalgia anticipadas: la conciencia del dolor que espera. Es la terrible constatación de cómo la fatalidad puede a la larga asumirse, pero nunca dejarse atrás: el peso de nuestras pérdidas y tragedias –no queda otra– se va camuflando poco a poco en la cotidianidad.

“Pero en la exageración se cocinaban las leyendas. En la exageración, el don de la memoria. (…) La realidad es vulgar, la mierda realidad tiene la culpa”. (23-24)

Luego viene el relato que da título al libro “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Una mujer huye de la guerra en Siria para encontrar otro rostro de la barbarie y el sufrimiento en Tailandia: la salvaje domesticación de elefantes.

Puestos a hilar fino, la tragedia del mundo, de la humanidad, es omnipresente. Uno puede acostumbrarse a convivir con la muerte de otros hasta casi dejar de percibir la catástrofe de la guerra. De pronto, una experiencia naturalizada para cierta parte del mundo, hace tomar consciencia de que los seres humanos somos especialistas en provocar diversas formas de dolor y angustia no solo a los de su especie, sino a todo ser que tiene la desgracia de cruzarse en su camino. ¿Acaso somos incapaces de perdurar si no es a partir de la destrucción de lo que nos rodea? Esta es una reflexión sobre la degradación del hombre como especie.

“Este mapa dérmico es el testimonio del hombre en la Tierra, dice la mujer en voz baja. Cada cicatriz hecha con saña, cada mutilación, cada quemadura…Tu cuerpo, un pedazo de tierra al sol, añade”. (51)

Saltamos hasta “Mujer fumando en la playa”, en el que una anciana cuenta sus últimos momentos de lucidez. La terrible ráfaga de consciencia y certeza antes del borrón. El momento límite entre estar, aferrarse a la luz, la vida, lo racional e irse para siempre de uno mismo.

¿Es el alzhéimer a fin de cuentas y dentro de su monstruosidad, una antesala anestésica de la muerte? ¿Una posibilidad de “volver” a ráfagas? No deja, de todas maneras, de ser terrible la idea de percatarte que te estás apagando y que poco a poco dejarás de saber, entender, ser.

“…los gritos no caben en el cuerpo, empujan a rodillazos el pecho y terminan saliéndose por el pico”. (64)

“¿Qué vas a hacer ahora, madre?”. Una familia disfuncional: madre drogadicta y promiscua; hijo psicópata, hijo normal, hijo autista. Un crimen violento. La extrema naturalización de la muerte.

El más inverosímil horror normalizado. En cualquier casa de cualquier vecino, puede pasar lo inimaginable.

“Cerré los ojos y pude verlo en la plenitud de su propia carne convertida en hoguera, envuelto en su plumaje rojo, amarillo, púrpura, emergiendo de las llamas, libre y eterno”. (114)

“Ajayu” el último cuento –en la cima junto con el primero– narra la historia de Alicia, una joven en estado catatónico tras el accidente en el que mueren sus papás. La cuida su abuela, la “gringa”, hasta que llega Flora –una campesina, su nana de la infancia– a rescatar su alma extraviada en la tragedia.

El choque-unión de culturas-conocimientos-ciencias. El amor antes que los prejuicios. El encuentro –mal llamado mestizaje– permanente y total que es Bolivia. La fusión que unos pocos –los más poderosos– quieren separar. Creyentes o escépticos, hay algo evidente: las culturas, las cosmovisiones perviven, sirven, se respetan: dar con piedra al corazón, tomar agua de piedra, llamar al ajayu.

“No hay semilla que no se invente un modo para alejarse de su madre. Las plantas no son como los animales, frágiles, que necesitan crecer chupando teta. Las semillas que caen al pie del árbol se pierden. Por eso se inventan formas de escaparse de la sombra, unas vuelan con el viento, a otras los pajaritos se las tragan y las devuelven luego lejos. (121)

Este libro trata sobre encuentros y desencuentros. Sobre las relaciones, dinámicas y dialécticas que nos constituyen y que, engarzadas, conforman este todo tan complejo que somos como individuos, primero, y como colectividad, por consiguiente. ¿Y acaso no hace esto la literatura per se? Sí y no. Pero Baudoin escudriña a diversos niveles no siempre tomados en cuenta: aísla e interpreta, como pocos, los momentos que conforman el todo, que generalmente se pierden en la inmensidad de los logros y fracasos, pero que son a la hora del balance, la esencia. Baudoin repara en los intersticios de cada uno de los momentos cuya suma hacen vidas y muertes. Y lo hace con picos muy notables, encabezados, en este libro, por “Ajayu”.

Seis películas cortas sobre Santa Cruz

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600), de Adhemar Manjón, es una colección de cuentos o una novela breve, como el lector lo prefiera.

Martín Zelaya

Santa Cruz de noche. Santa Cruz de fin de semana. Calor, alcohol y ebulliciones varias. Seis historias independientes pero encadenadas; seis historias que, aunque no tienen en común más que algún encuentro o mención fortuitos, son cada una un capítulo de la misma novela. Sobra decir que el destino de sus protagonistas alcanza momentos definitivos en la misma tarde-noche-madrugada.

Los fantasmas del sábado (Editorial 3600, 2021) de Adhemar Manjón, es uno de esos libros que de verdad se disfrutan de un sentón un sábado por la tarde (y mejor si es con un par de cervezas y haciendo hora para salir a bolichear).

1
El oficinista con un matrimonio en crisis que es asaltado justo cuando, en la epifanía propiciada por las cervezas, se arrepiente de todo y promete cambiar.

2
El mecánico soso que presencia un asesinato y por fin logra cargarse a una mina.

3
El eterno perdedor que no tiene amigos ni chica y que, en las pausas de los vídeos porno, sufre imaginando cómo de bien la pasa el resto.

4
El delincuente juvenil que está seguro de que todo le saldrá bien por siempre, hasta que cambia su suerte.

5
El adolescente que no puede creer su suerte la noche en que pierde su virginidad.

6
La puta marginal y adicta que presencia dos muertes en la misma mañana.

El alcohol, la violencia y el frenético ritmo de la urbe articulan este sumario de beautiful losers. Ameno, lleno de humor y bien narrado –salvo algunos deslices– este compendio de cuentos / novela breve es la consolidación de la propuesta refrescante –y aún perfectible– que Manjón demostró ya en su debut, Génesis 4:12 (Perra Gráfica, 2016).

1
“Uno de los guardias de seguridad abre la puerta, el otro sujeta con fuerza a Ricardo. El que abrió la puerta aprovecha que Ricardo está dominado para buscar en su pantalón la billetera y sacarle plata”. (13)

2
“Es un caluroso y húmedo mediodía de sábado. Goyo está en la fila de la gente que quiere comprar un pollo de “Pollos a la broaster Angelitos”. (33)

3
“Ronny está acostado en su cama. Con los ojos cerrados, se aguanta las ganas de llorar, se pone una almohada en la cara y grita, grita con todas sus ganas, afloja su rabia, su desesperación, y llora”. (49)

4
“La moto manejada por Ibra avanza a toda velocidad por la ciudad, se mete por varias calles, rebasa micros y otros vehículos. Atrás de él está Maicol, bregando para no caerse e intentando acomodarse el arma –aún caliente, todavía humeante– en la cintura del pantalón”. (59)

5
“Carola, Mirko y Beto van corriendo por la calle Aroma y se paran en el cruce con la calle Bolívar. Estaban en un pequeño bar cerca de Los Pozos y se salieron para ver qué pasaba por el centro antes de ir a la casa de Mirko. Carola está un poco acelerada por el alcohol y no deja de reír”. (73)

6
“Las ganas de orinar despiertan a María, se soba el bajo vientre. Le da flojera levantarse, pero no le queda otra que hacerlo o terminará mojando la cama. En ese cuartito que funciona como su dormitorio, su comedor, su sala se mezclan el olor de ungüentos con el de sudor, humedad y cigarros”. (87)

Cada frase es la inicial de cada uno de los cuentos / capítulos. Manjón deja claro desde el principio no solo qué va a contar, sino el tono, el registro. El desarrollo y el cierre dan la talla.

PD. No desentona en ningún momento con la atmósfera de Los fantasmas del sábado, arriesgar un guiño (un link) con el episodio 22 películas cortas sobre Springfield de la temporada 7 de Los Simpson.

Conventillos del siglo XXI

A propósito de El rehén (Dum Dum, 2021), de Gabriel Mamani.

Martín Zelaya

Un adolescente cuenta el día a día de su familia tras la separación de sus padres: cómo su papá queda devastado y subsiste apenas a la humillación y soledad, y cómo su mamá –todo lo contrario– se libera, crece y emprende el oficio (casi insólito para una mujer) de minibusera.

“Mamá chofer, mamá abandono. Su minibús es de color naranja. La vez que lo registró en el sindicato, el presidente le dijo que las papayas gigantes no eran aptas para transportar gente”. (21)

La idea está clara desde el inicio: contar una historia en tono desenfadado, cómico, irónico, y explotar al máximo los matices de la idiosincrasia paceña. En ese afán, el autor cae en lugares comunes sabiendo que lo hace –apuesta arriesgada que no siempre  sale bien.

“La libertad tiene este soundtrack. Cumbia noventera, nada de este siglo. El amor y el dolor, la vida real pasó hace tiempo (…) Todo minibús viaja a la cumbia o escapa de ella: de ahí sus tatuajes”. (11)

“…mis padres se dijeron tantas cosas: todo lo que el rencor y la costumbre y la soledad les habían hecho callar durante años: la verdad estallando en un cristal sucio”. (18)

“Nuestras miradas se comunicaron con un grito silencioso para todos menos para ambos”. (63)

Es consciente de que abusa del recurso fácil de aunar todos los tópicos y guiños clásicos del habla informal y casual en el occidente boliviano; intenta adrede escribir como escribirían sus protagonistas.

“La cerveza es sabia”. (12) “La puteada contrastó con el merengue que pasaban por la radio: noches de fantasía, borracho cabrón, son las que viví con ella, puta carajo…”. (18)

Como ocurre con las típicas bromas o fanfarronadas de los adolescentes en busca del festejo y la risotada de sus amigos, El rehén (Dum Dum, 2021) busca cautivar al lector a partir del ingenio y la desinhibición, como lo hacen también muchos en las redes sociales con tuits y posteos ocurrentes y de doble sentido. Tanto en uno como en otro caso, el gran dilema es en qué momento parar antes de perder la originalidad y en lugar de divertir, cansar.

Terminemos de resumir la trama. Para vengarse de la ex y además resarcirse de las burlas y chismes de sus compañeros de laburo (también minibuseros), el padre decide fingir el secuestro de sus dos hijos a quienes confina en una casa compartida de ladera, escenario ideal para reproducir una y otra vez las anécdotas típicas de conventillo.

La nouvelle de Gabriel Mamani agarra y llama a terminar la lectura de un tirón –son solo 98 páginas estiradas por un tipo de letra grande–, gracias al tema disparador de la trama, a la construcción de personajes y a la voz narradora del protagonista. Es una historia paceña de conventillo; pero de conventillo de siglo XXI, con cumbia, fast food y videojuegos, en lugar de marginalidad, alcohol y correteos políticos, tan comunes en textos de los 60, 70 y 80.

Al final, se impone una pregunta nada infrecuente en la literatura nacional: ¿qué pasaba si se trabajaba mejor y por más tiempo el texto? (En este caso en particular, se extiende en parte la interrogante a los encargados del cuidado de edición). ¿Qué pasaba si se lo encaraba con calma, sin apuros por publicar y dejando que el borrador final duerma un poco el sueño de los justos? Editar y corregir las veces que sea necesario, es el pendiente de muchos.

Gabriel Mamani tiene una voz y oficio que lo destacan entre otros de su generación. El rehén vale para ir apuntalándose (valdría mucho más una segunda edición revisada y corregida; la idea no es nada mala), pero la apuesta le salió mucho mejor en Seúl-Sao Paulo (Editorial 3600, 2019), resuelta con mayor tino y espontaneidad. Con la misma tónica en lenguaje y similares recursos narrativos, en esa obra que le valió el Premio Nacional de Novela 2019 cuenta la rutina de una familia popular del occidente boliviano y sus idas y vueltas migratorias en Brasil.

¿Por qué tentar a la suerte dos veces? Una fórmula repetida, generalmente va al pierde a la segunda.

Un diario instantáneo de la pandemia

Apuntes en torno a Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021) de Edmundo Paz Soldán

Martín Zelaya

En su más reciente novela, Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021), Edmundo Paz Soldán mantiene una premisa que ya es común en la mayor parte de su obra reciente: un realismo relativo: tiempo y espacio indefinidos y sucesos al borde de lo fantástico e irreal, cuando no sumergidos de plano.

Todo arrancó con Iris (Alfaguara, 2014), novela en la que el autor crea un universo propio en un futuro mediato y con varios personajes y situaciones que se suceden y entrelazan y llevan a un par de grandes cuestiones fundamentales, una de corte social colectivo y otra más en el plano individual existencial. Primero: ¿hacia dónde vamos con la hipertecnologización, la sobreexplotación de los recursos naturales y humanos, y la liberalización política y económica que parecen apuntar a la irremediable certeza de que cada vez más el mundo será para los pocos superpoderosos en desmedro de los muchos intrascendentes? Y por otro lado: ¿qué será del ser humano cuando la despersonalización –a la que, por cierto, incita la tecnocracia llevada a extremos– desemboque en un momento en el que tanto la tradición, la cultura, como la religión, la ideología, los valores y hasta los instintivos lazos de relacionamiento sentimental y social queden en el olvido?

En Los días de la peste (Malpaso, 2017), se pasa de lo fantástico a ese realismo relativo que mencionábamos: puede ser real, verosímil, salvo uno que otro detalle alucinado. Se trata, esta anterior novela, de una honda reflexión sobre la fe y la religión, sobre su rol capital en el desarrollo histórico de la humanidad (¿la involución en la evolución?), y, por lógica interrelación, de un alegato contra la sociedad signada por la corrupción, la violencia y la marginalidad. Separado, ora por completo, ora no del todo, del universo plasmado en Iris y en Las visiones (Páginas de Espuma, 2016, cuentos que siguen la estela iridiana), Paz Soldán recala en una ambientación incierta (Los Confines, provincia recóndita de un país latinoamericano indeterminado) y en un aparente futuro mediato lo que, de la mano de una devastadora epidemia que trasciende toda la trama, connota un cierto cariz apocalíptico.

Más cerca de Los Confines que de Iris está La Estrella, de Allá afuera hay monstruos; pero las búsquedas e inquietudes –las premisas, decíamos– son las mismas en toda la que hasta ahora es una suerte de pentalogía (no olvidemos Las visiones y La vía del futuro [Páginas de Espuma, 2021], que aún no pudimos revisar): reconstruir (intuir) el futuro aparente con las pistas que va dejando nuestra sociedad repleta de fanatismos políticos, tecnológicos, religiosos y morales.

El bicho –ahora sí apuntemos plenamente a Allá afuera…–, una letal pandemia, toma La Estrella, ámbito indeterminado, en un tiempo indeterminado. La distopía, entonces, tan explorada por escritores y escritoras latinoamericanos en el último par de lustros marca el signo de este breve libro. El bicho –decíamos– toma La Estrella, ciudad combativa cuyos habitantes siempre se sintieron diferentes al resto de sus compatriotas.

“Ya no sabíamos qué hacer, lo ideal era vivir flotando sin tocar el mundo, porque el mundo ya no era nuestro, sino del bicho”. (25)

El presidente nunca quiso cuarentena y se negó a toda costa a afectar la economía. Hay muertos abandonados en las calles, miseria, violencia y paranoia. Una guerrilla encabezada por Acosta, una feroz rebelde toma la ciudad y ordena un confinamiento total que frena la enfermedad, pero condena al hambre. En este contexto, la verdadera guerra se da en las redes sociales, a través de memes y fake news, a cuál más burdos, pero suficientes para encandilar y manipular. (¿Les suena conocido?).

La niña que narra todo en primera persona, solo sueña con volver a jugar fútbol y salvar a las mascotas abandonadas. En el ínterin, ve cómo su madre enfermera simpatiza con Acosta y cómo su hermano, un niño especial, se deja cautivar por la propaganda de Carrasco, el presidente que gobierna con mano de hierro todo el país, menos La Estrella.

En este maremagno, se impone la muerte; y en el sinsentido llevado al extremo, por no quedar más, se vislumbra la esperanza.

“Por las noches mis muertos me visitaban. Dejaba abierta la ventana para que ingresaran en la sombra y se dejaran ver con la luna; sus cuerpos se alargaban, querían parecer fantasmas de cuentos para niños miedosos. No les tenía miedo. Me estremecía y quería dar todo de mí para recordarlos por siempre”. (135)

Son demasiados guiños a la actualidad mundial y al contexto boliviano. ¿Por qué escribir tan rápido sobre la pandemia que aún no superamos? Con la habitual solvencia técnica de Paz Soldán, a momentos asistimos a un collage que parecería armado con recortes de noticias, crónicas y versiones de Twitter y Facebook de los últimos años; con retratos de Trump, Evo y los líderes conservadores cruceños. (¿Ya vieron Don’t look up, la última de Di Caprio?)

La vida es un pestañeo

Una lectura de la novela De esta noche no te marchas (Editorial 3600) de Rosario Barahona.

Martín Zelaya

La vida es un pestañeo. A veces uno o dos sucesos, una decisión, osadía o cobardía lo definen todo, o al menos mucho. En un abrir y cerrar de ojos nos sorprenderemos en bata y pantuflas, canosos y malhumorados, recordando algo –o todo– y cayendo en cuenta, demasiado tarde, que casi no asistimos al paso del tiempo por nosotros (a través nuestro).

«Qué culpa tiene ella de tu soroche del alma, de tu pasado, de tus indecisiones, de tus culpas, de tus amarguras y de todas tus huevadas». (61)

«No has podido olvidarla hasta ahora, porque ella produjo en ti el soroche que pesa como un hijo nonato, como una bala de plomo sobre tu pobre alma». (95)

«Aunque cerrados, los ojos de Montecristo miraban la noche absoluta en un momento eterno, para marcharse jamás». (195)

De esta noche no te marchas (Editorial 3600) de Rosario Barahona es una novela sobre un hombre, Montecristo, sobre una vida y su decurso, que no sobre la historia política boliviana como podría aparentar. Otra cosa es que el devenir de Montecristo tenga un punto de inflexión en los turbulentos años de las dictaduras militares bolivianas del siglo XX. Este es un marco, un escenario, como también lo son Sopocachi (el actual y el de los 70), el Madidi del destierro… ese nuevo infierno verde para los revolucionarios confinados y sus pobres soldados custodios.

Montecristo a fines de os 60 e inicios de los 70; su militancia, su captura, prisión y exilio. Montecristo, al borde de la ancianidad, en el presente. Sus triunfos y fracasos, sus eternas dudas y arrepentimientos. La premisa de que nunca es demasiado tarde.

Una estructura ágil, esquemática, hace muy llevadera la novela de Barahona: brevísimos capítulos intercalados de tres momentos de la vida del protagonista: el presente (fines de 2019) en el que una periodista lo entrevista sobre su captura y exilio; aquellos días nefastos del golpe de Estado de 1971; y el pasado inmediato (inicios de 2019), para dar contexto.

Una de cal y una de arena. Barahona sale incólume del siempre arriesgado uso de la segunda persona para narrar una ficción. En un estilo puntilloso y algo acartonado se cuenta la trama en la que sobreabundan referencias, detalles y datos que no vienen a cuento y más bien aparentan un artificial intento por matizar momentos históricos, características culturales y antropológicas de la sociedad e incluso potencialidades turístico sociológicas de La Paz.

Es, sin embargo, una novela diferente, arduamente trabajada –se nota– y que bien vale la pena leer.