Diario de pandemia, de Alfonso Cortez

Texto leído en la presentación de la referida obra editada por La Hoguera, durante la Feria Internacional del Libro de La Paz.

Mariana Ruiz Romero

Generalmente, cuando nos toca presentar un libro, tenemos que presentar al autor, primero, y al contenido del libro, después. Sin embargo, en esta ocasión, encuentro esta división entre tema y autor muy difícil, porque este diario –a veces íntimo, y a veces tan sorprendentemente universal– me ha traído muchas dudas respecto a quién es verdaderamente Alfonso Cortez. ¿Es un periodista? ¿Es un esposo, hermano, amigo, abuelo? ¿Es un camba, nomás?

Indudablemente estudió periodismo, e indudablemente ama ser abuelo, como lo repite muchas veces en el libro (la segunda oportunidad, la chance de ser como un padre de nuevo, pero en versión mejorada, con mimos y sin tantas responsabilidades), pero también es un ávido lector, introvertido y renegón, que usa los libros y las bicicletas como escape de nuestra dolorosa e hilarante realidad.

Quienes amamos la lectura y vivimos en Bolivia vivimos permanentemente con la cabeza partida en dos: miramos con incredulidad el realismo mágico de nuestros políticos y nuestras instituciones, y soñamos permanentemente con el afuera, con las mejores versiones de la humanidad a las que podríamos aspirar, si escucháramos un poco al otro. Todos los libros son soliloquios, conversaciones que mantenemos con autores vivos y muertos, quienes ocupan un lugar distante y sonoro en nuestra experiencia sensorial. Leemos para saber quiénes son los demás y, también, para saber quiénes podríamos ser nosotros.

¿Y, por qué escribimos? Es una labor tan solitaria que nos sorprende cuando nos leen. Escribimos en primer lugar para nosotros mismos, para dejar constancia de lo que nos pasa por la cabeza y en el corazón. Y nos alegramos cuando llegamos al lector, porque estábamos buscando un interlocutor.

Este diario fue escrito entre marzo de 2020 (el peor número, más malo que el 13 y el 666) y marzo de 2021, periodo en el que en este país y en el mundo pasaron muchas cosas. Recordarlas, junto a Alfonso, implica sorprendernos: ¡ya hemos olvidado tanto, en defensa propia!

Este no es un compilado de artículos periodísticos, ni de chistes relacionados a la pandemia, ni de reseñas de libros. Tiene un poco de todo eso, pero, más que nada, este diario es una conversación y un registro de una época oscura, a la que Cortez ilumina con sus reflexiones. Hay momentos de desesperanza terribles, y hay momentos de esperanza conmovedores. Nos invita a acompañarlo y a recordar, junto a su vivencia, nuestras propias experiencias tras el encierro del confinamiento y las posteriores olas de violencia, enfermedad, muerte y decepción que vivimos en estos años.

Nos invita a recorrer con él algunos de los paisajes de su amada y denostada Sucupira, y también a recorrer algunos libros que le salvaron la vida en el encierro. (¡Qué lector voraz!) En Bolivia siempre quien lee queda como presumido ante los demás, porque nuestras estadísticas indican que en el país no se lee mucho. En otros lugares es normal, y no deja de asombrarme ver a gente de todas las edades aprovechando el transporte público para enfrascarse en la lectura.

Sin música, sin libros, sin plataformas streaming creativas, no habríamos podido sobrevivir al aislamiento. Sin la solidaridad de nuestros parientes, que armaron miles de kermeses para comprar oxígeno e insumos, y sin la indolencia de nuestros sucesivos gobiernos, no habríamos vivido en el país esta tragedia universal de la forma en la que la vivimos.

Alfonso ha descrito su realidad en el transcurso de 12 meses, y nos ha mostrado facetas nuestras a lo largo de todo ese recorrido. Con humor, a veces con desesperación, pero siempre con ganas de mirar hacia el futuro, nos invita a recorrer con él su Diario de pandemia. Les aseguro que uno sale transformado de esta fascinante experiencia lectora; riéndose y maravillándose de uno mismo y de nuestra idiosincrasia.

La mirada infinita de los seres diminutos

Texto que la autora leyó en la presentación de Insectario (El Cuervo, 2022) en la Feria Internacional del Libro de La Paz.

Portada de Insectario, El Cuervo.

Sulma Montero

Estoy emocionada al presentar los poemas que componen Insectario, de Juan Pablo Piñeiro. Los percibí después de la noticia de su cercanía a través de un sueño en el cual una gran luz aguamarina nacía incólume, trastocando la noche de los tiempos. En la atmósfera flotaba el aroma inconfundible a tinta de imprenta. Agudicé la visión y advertí lo que presentía: era evidente que se fraguaba un libro y, como si el rumor de las hojas fuera el movimiento de las alas de un animal diminuto, me parecieron destinadas a consumar un fuego por el momento invisible.

De pronto, de la penumbra, emergieron grabados antiguos de insectos que despertaban para comunicarnos su estadía en la Tierra. Era la aparición cósmica de una voz que surgía en los entresijos de lo onírico y crecía, mágicamente, desde lo más pequeño, mediante un juego de líneas y letras que se metamorfoseaban al descollar en una conmovedora oración.

Me quedé pensativa, esperando el primer libro de poemas de mi amigo. Me llegó pasado un tiempo, por WhatsApp, con el sello de la editorial El Cuervo ydedicado a su madre. Maravillada por el claro color de la portada y las ilustraciones creadas, cual filigranas, por Mario Piñeiro para cada una de sus partes; admiré los collages donde se muestran, dueños de sí mismos y exponiendo su intimidad, los insectos, que nos invitaban a participar de un delicado y bizarro microcosmos en el infinito de la página.

Sumergida en la lectura de los 23 poemas vertidos en cinco partes: Larvas, Pupa, Subímago, Ímago e Invocación, agradecí el regalode una espiral de numinosas emociones. Ingresando a Larvas, me detuve en la familia Odonato: Ashitsu /Nace del agua, /despliega sus alas, /la libélula.; haiku que inicia el canto del poeta etólogo.

Recordemos al científico austriaco Konrad Lorenz, cuando hablaba de una psique animal, de sus deseos, apetencias y miedos, situándonos ante el umbral del mundo de lo recóndito, donde comienzan a suceder las transformaciones. En Pupa, el poema “Paraísos artificiales”, expresa: He descubierto con dicha y espanto /que cada uno de nosotros /es el avatar de un insecto, /celda de miel, /estatua de cera fractal, adorado talismán de muchas lunas invocadas.

Nos vemos involucrados en una realidad profunda en la cual estar frente a un insecto cobra otra perspectiva y abre el acceso al estado de lo inefable, cuando remata: Todo está lleno de nosotros / menos nosotros, interiorizándonos para aceptar ser cómplices de su escritura. Luego, como una revelación, llega el poema “Abeja reina” con una pregunta que se resuelve en sí misma, llevándonos a atender un mensaje de unión con el otro ser, el que nos complementa, como la abeja reina o los demás insectos e insectas que habitan la Madre Tierra: ¿Acaso la vida no debería ser otra cosa?… /una aventura silenciosa /de un habitante del desierto /que ha decidido/no moverse de su sitio /hasta que, a sus pies, /crezca un árbol /y brille verde en el sol.

A partir de ese momento algo destella hacia adentro; los poemas parecen recordarnos que hay que saber mirar para reconocer el sendero bañado por una única y titánica luz.

Insectario nos enseña lo valioso de la vida como finalidad de la humildad, a retomar el viaje siendo parte de la armonía con la naturaleza, a respetarla, aprendiendo de los pueblos primitivos, quienes defendían la tierra como un ser primordial de la creación y se comunicaban de manera espontánea y amorosa con todo organismo vivo. A decir del poeta maliense Ismael Diaidé Haidara: Nos acercamos a lo humano por nuestros actos, pues existimos porque los demás existen, y los demás también son los insectos, esos seres que transitan por el libro como las letras que los escriben y transfiguran al lector, y que luego se instauran en el poema “Crisálida melancolía”, al consagrar una filosofía de vida que poco tiene que ver con los hombres y, sin embargo, cobra magnificencia.

La alquimia de lo esencial parece manifestarse en boca de estas criaturas y sus cualidades casi divinas, haciéndonos parte de ellas, pues en Ímago nos convertimos en ellas; invitados a encarnarlas, a descubrir su idioma, así como su forma de tocar y discernir el micro mundo.

“Idioma escarabajo” evidencia ese camino, el insecto o la insecta, ya camarada, nos habla de sus preferencias por los miradores bajitos, de los detalles ensanchados del corazón azul de los seres diminutos, y además…nos enseña a respirar como algunos espíritus y todas las plantas.

Imbuida en el poema “Zumbido”me pregunto: ¿de qué miradas infinitas hablamos si la estratósfera, la tropósfera y la exósfera son las células de una madre en gestación?, ¿si en la vida, como se escribe en los primeros versos de Insectario, un único segundo tiene pasado? Es un hecho que todos venimos a nacer y morir a este planeta,quizás debamos intentar amarlo.

Al final, el poeta se refiere al milagro de las transformaciones de su propia vida: agradece el estar aquí a su madre y a todos los insectos por medio de una “Invocación”, tránsito con el que corona el libro.

La poesía es el misterio del ciclo, de nuestro ciclo ya encendido. La llama que alimenta el fuego, se ha tornado visible. Todo ha sucedido porque debía suceder. Y somos parte de un diáfano paradigma, enriquecidos por una ética de vida, que nos convoca a escuchar y honrar a todos los habitantes de la naturaleza.

Juan Pablo, hermano de las cosas pequeñas y las miradas infinitas, bienvenidos sean los poemas de Insectario.

La presentación de Insectario en la FIL. (Foto: Marcela Araúz)

Roberto Valcárcel, maestro

Un perfil del destacado artista plástico boliviano, a poco de cumplirse un año de su desaparición física.

Valcárcel en su juventud.

Efraín Bueno

Pretendo en estas líneas trazar un retrato escrito del que fuera maestro, artista, fotógrafo, pedagogo, conferencista y, sobre todo, un hombre creativo: Roberto Valcárcel Möller (1951-2021). Parto de un legado teórico y vivencial, pues fui su discípulo tras ser parte de un taller que impartió en 1985 en La Paz. Este es un intento de brindarle un homenaje póstumo a un año de su partida que, lejos de llevarse al artista, más bien acercó más sus ideas por lo que su presencia es, definitivamente, mucho más fuerte que su ausencia.

Tras sus estudios secundarios en el Colegio Alemán de La Paz, Roberto logró una beca para estudiar arquitectura en Alemania, donde conoció a Joseph Beuys que influyó decididamente en su formación profesional y que años después lo nombró representante oficial de la Escuela creativa internacional en Bolivia.

Ya metido de lleno en el mundo del arte plástico, formó parte de la vanguardia artística boliviana e introdujo medios alternativos en recordadas intervenciones junto a Gastón Ugalde y otros artistas. Utilizó el dibujo, la pintura, la escultura, la historia del arte, el performance y las instalaciones para comunicar ideas, proponiendo siempre alternativas distintas y originales de percepción e interpretación de la realidad.

Lector obsesivo en los campos del arte y la filosofía, mencionaba una y otra vez como referentes a Paul Watzlawick, Richard Rorty, Arthur Danto y Dardo Scavino entre otros. Le atraía el cambio en las ideas, la transformación permanente, el movimiento. Repudiaba cualquier forma de adoctrinamiento; era radicalmente ecléctico.

Y melómano: la música también era parte fundamental de su vida. En su ambiente de trabajo casi siempre había un teclado. En sus años juveniles conformó una banda junto a Javier Saldias, uno de los mejores bajistas de Bolivia. Era un hombre de ideas y arte en todo el sentido del término. Lo recuerdo vistiendo siempre ropa holgada, pues afirmaba que no había que vestirse a la moda sino creativamente. No dejaba de reparar en la “insoportable circularidad de la vida”, la monotonía de la misma: “se nace, se crece, se reproduce y se muere”, decía y enfatizaba en que era necesario salir de esa rutina.

Maestro y pedagogo

Paralela a su faceta creativa fue su vocación de maestro. Fue profesor de dibujo y creatividad, docente universitario y dio innumerables talleres y seminarios. Era un maestro muy didáctico, decía mucho aun sin hablar, con ejemplos y lecturas. Hacía de sus clases un campo extendido de su obra artística: sus cursos eran una obra de arte, cual si fuera un performance en formato educativo.

El autor de esta nota junto a su maestro, Roberto Valcárcel.

Su modelo pedagógico se puede relacionar con un “radical constructivismo”: dejaba que el estudiante construya su conocimiento, su obra, respetando su técnica y el ritmo de aprendizaje de cada uno.

Cuando daba clases de Morfología en la Facultad de Arquitectura de la UMSA, superaba de lejos el cupo de alumnos ya que todos querían pasar clases con él. Lamentablemente ese trabajo le valió una inmerecida acusación política, pues sucedió durante un gobierno militar.

Una de sus referencias ineludibles, también en la docencia, era la noción de pedagogía libre de Joseph Beuys en la que la planificación, el plan de desarrollo curricular están al final, a la inversa de lo que se acostumbra en el sistema oficial.

En sus últimos años, ya residiendo en Santa Cruz, fue parte del proyecto Pintovía en el que trabajó ayudando a jóvenes a desarrollar capacidades mentales creativas utilizando un método desestructurado.

Arte y cognición

Roberto no escribía mucho –a mediados de los 90 elaboró textos para el Ministerio de Educación–, pero era un buen lector, lo que le permitió introducirse en los insondables laberintos de la filosofía contemporánea. Así fue como adquirió una admirable solidez teórica, que supo aprovechar al máximo dada su disciplina personal.

Roberto concibió el arte, ante todo, como un proceso de cambio permanente; una especie de máquina que genera otredad y alteridad, que permite obtener nuevas visiones de la realidad; una actividad para crear dispositivos, puertas que dan paso a percepciones. El arte, en su pensamiento, debía abrir los ojos.

Círculo cromático de ataudes.

Siguiendo la idea de Theodor Adorno de que “el arte fracasa cuando triunfa; el arte triunfa cuando fracasa nuestra percepción”, Roberto sostenía que, en la medida en que todo cambia, sería justo cambiar de nombre al arte. Y tal como veía las cosas, para él el nombre más adecuado sería “cogni”.

A partir de estas concepciones pude entender una acepción del arte como una forma de conocimiento y pensamiento que permite reflexionar y cuestionar la realidad; y, por consiguiente, que a partir de la obra de arte el sujeto tiene la capacidad de asociar, vincular, cual estimulo visual, generando una amplia gama de posibilidades. Comprendí, gracias a Roberto, que la pieza artística, el objeto, no carga significado, que la obra de arte no tiene mensaje, sino que es el que la mira quien le da sentido. El arte es polivalente, polisémico, abierto a muchas posibilidades a partir del triángulo virtuoso conformado por: artista-obra-observador.

Entendí, siguiendo a Roberto, que quizás el objetivo final del arte sea generar individuos pensantes que a partir de la cognición ejerzan su potencial de percibir, sentir, analizar y leer la realidad.

Obra artística

Su vasta obra incluye dibujos, pinturas, objetos, instalaciones, performances, medios alternativos que en sumatoria conforman una suerte de investigación y experimentación permanente. Así, habría que mencionar la serie “Torturados” de 1977, en técnica de grafito sobre madera, o el “Campo de alcachofas” de los 80, una serie de acciones corporales: cuerpos pintados de colores.

Su incansable labor creativa tuvo también puntos altos en la arquitectura. Baste mencionar la residencia Morales construida en la zona sur de La Paz, que introdujo en Bolivia lo postmoderno como estilo arquitectónico. En diseño gráfico son memorables sus carteles, con una escuela definida y metodología clara y sencilla. Asimismo, piezas únicas de mobiliario.

Ordenado y analítico; escéptico e irónico con su obra y sus acciones, Roberto Valcárcel enseñó a querer y amar el arte, a pensar diferente, a crear, a divertirse con lo que uno hace. Es justo y necesario rendirle un homenaje agradeciendo su labor y función en la sociedad.

Performance de colores (1985).

Huaco retrato: un retrato del universo latinoamericano

Reseña del libro de la peruana Gabriela Winer que es todo un suceso a nivel internacional y que hace poco salió en la editorial boliviana Dum Dum.

Portada de la edición boliviana de Huaco retrato.

Irina Soto Fukutani

Cada tanto sucede: una estrella, una galaxia, o un universo desconocido colapsan y explotan. Tengo un álbum en el móvil donde reúno capturas de pantalla que tomo cuando encuentro este tipo de noticias. Una titula, “Detectan la mayor explosión del universo desde el Big Bang”. Pienso: ¿Cómo se escribe ese haz de luz enceguecedora, esa energía que se libera cuando un agujero negro se traga toda la materia que está cerca? ¿Huele a azufre o a humo? ¿Hace algún sonido, un tic tac de la muerte? ¿Cómo se pone en palabras ese breve milisegundo en el que un universo entero estalla en millones de partículas e ilumina todo eso que antes nos resultaba desconocido, negado? 

La ciencia dice que describir una explosión de ese tipo en términos humanos es muy, muy difícil, pero aun así se aventura y ensaya: “sería como si se desencadenaran 20 billones de explosiones de un billón de megatoneladas de TNT cada milésima de segundo durante 240 millones de años”. Algo imposible de imaginar, demasiado violento para no ser ficción. Pero eso es exactamente lo que intenta hacer el primer libro de ficción de Gabriela Wiener, Huaco retrato. ¿Por qué escribir sobre el origen de la propia familia, sobre un antepasado monstruoso, arriesgando a borrarse a una misma? ¿Por qué escribir un libro que es una promesa de aniquilación? Gabriela Wiener busca respuesta a esas preguntas hurgando un poco en su familia, que puede ser cualquier familia peruana, latinoamericana. Y eso es lo que hace de Huaco retrato una lectura necesaria en Bolivia.

Me imagino a la protagonista de Huaco retrato así: con una decena de cartuchos de dinamita debajo de la chamarra y el pulgar de la mano derecha sobre el detonador. Una mujer que se inmola para iluminar todas las huellas que la colonia nos ha dejado, estas hirientes maneras en las que habitamos nuestros cuerpos: sus colores, sus olores, sus formas, las lenguas con las que lo nombramos, el sexo y el placer que le permitimos. Ella es la fuente más brillante de energía antecedida por el colapso de esa galaxia que es su vida. El primer cartucho es la muerte de su padre, pero la muerte nunca es solo eso, ¿cierto? Boom. Estalla la muerte de un padre mestizo blanco que deja viuda a una chola (y a una amante). Un padre que además tiene un apellido extranjero. Boom. Un padre que se apellida Wiener, como Charles Wiener, un personaje extraviado en su eurocentrismo, violento y atrozmente racista, dice Gabriela, su tataranieta. Gabriela, la autora, me lleva de regreso a mi padre. Su historia personal es demasiado universal, porque ¿qué es más universal que el racismo? ¿Qué familia de mestizos en los Andes no celebra cuando la piel es más blanca y los ojos más claros? ¿O soy la única a la que le hicieron la broma fácil de “mejorar la raza” cuando me casé con un extranjero?

Otro cartucho: la migrante que en España tiene cara de peruana. Boom. La hija que entiende qué es ser sudaca y panchito. Explota: la india que vino a estudiar a España y no aprendió nada. La que vino con su esposo cholo y se enamoró también de una mujer blanca. La mujer que busca trazar un origen y nos lleva a pasear por los zoológicos humanos de mediados del siglo XX en Europa: indios y negros a los que les impedían bañarse para que dar con el tono salvaje que esperaba el público. Salvajes a quienes les arrojaban carne cruda que los administradores preparaban para que parezcan caníbales, porque mientras menos humanos, mejor. Así era como los retrataba su tatarabuelo, saqueador de patrimonio latinoamericano. Boom. Todo escrito por el cuerpo de una mujer marcado por esta herida: ser un cuerpo afeado, un monstruo irreversible. Un libro que hurga tanto en ese intento por descolonizar que hasta se niega a ser novela, relato, crónica, ficción, no ficción. 

Este primer libro de ficción de Gabriela Wiener es quizás el que he sentido más cercano a la realidad; a la mía, que también parece ser la tuya (pienso en mi mejor amiga) y la suya (pienso en mi madre). Lo que hace Gabriela, la autora, es virtuoso. Escribir uno de los libros con todo el potencial de ser el principio de algo en muchas vidas no es poca cosa. Es extraordinario. Todo además, contado con humor entre tragedias. Si has nacido en una ciudad latinoamericana, si has migrado o nacido en un hogar migrante, si eres más oscura que tus padres, más clara que tus hijos, si eres nieta de ojos verdes  o hija de un perfil como el que mi compañero del colegio llamaba “cara de resto arqueológico Tihuanacota”, vas a entender porque Huaco retrato es una lectura necesaria para todo cuerpo racializado que ha nacido en Bolivia, ese territorio que un día fue la hermana siamesa del Perú. 

¿Qué tanto se sabe de Perú en Bolivia? ¿Es igual decir me fui de vacaciones a Lima que decir me fui para Buenos Aires, Miami, Punta Cana? ¿A qué escritoras peruanas se leen en Bolivia? A Gabriela Wiener, en la universidad no la leí. Aunque el docente de redacción periodística, mis compañeros, yo, nuestro padre o madre, abuelo o abuela teníamos cara de huaco: a Gabriela Wiener, una de las mayores representantes de la nueva crónica latinoamericana, no la leímos. Cuando hice teatro, tampoco revisamos obras de teatro peruanas. Siempre Argentina, España o Chile. Qué importante hubiera sido leer a Gabriela Wiener antes. Qué necesario es leerla ahora. A ella y a otras autoras, a todas las mujeres más oscuras, más jóvenes, más diferentes a una misma.

Todo libro tiene siempre un lugar que se siente personal, que se subraya y el mío es ese lugar que intenta explicar los mundos dentro de una familia. No conozco un mundo en el que toda una familia tiene el mismo color de piel, la misma forma de hablar, un mundo en el que la familia extendida es un nosotros, y los de afuera un ellos. Desde pequeña, aprendí, al igual que las dos Gabrielas, que existen dos mundos muy diferenciados: el mundo de las manos oscuras y el cabello negro, el de nosotros, y el de las manos más claras y el cabello castaño, el de ellos. El enemigo no estaba afuera, estaba siempre sentado en la mesa, era esa tía que te decía: “tápate del sol o te vas a volver más negra”; la abuela que te ordenaba: “el plato con más comida para tu tío el jovero”; la prima que te decía “¿ese te gusta? ¿Pero está quemadito o es así?”. 

Gabriela Wiener es parte de esta gran conversación que está tomando lugar en la literatura latinoamericana: busca destruir el mundo tal como lo conocemos, para inaugurar otro, para empezar a crear todo de nuevo a partir de la escritura.

Fragmento de Huaco retrato

Ya desde niña sabía que venía de mundos muy diferenciados, el de los Wiener y el de los Bravo, aunque fueran apellidos que convocaban ambos, forzando un poco, el triunfo y el aplauso. Las dos familias tenían orígenes relativamente humildes, pero en Lima es muy distinto ser pobre descendiente de ancashinos o monsefuanos, que pobre descendiente de europeos… Ni los Wiener eran basura blanca, ni los Bravo cholos de mierda, pero sus vidas corrieron en paralelo como solo pueden correr las vidas separadas por el color en la excapital del virreinato del Perú. Por eso, quizá, los Wiener consiguieron aferrarse como un clavo ardiendo a la clase media estable y aspirante, mientras los Bravo siempre han hecho equilibrismo al filo del precipicio.

Hasta que un día esas vidas se cruzaron como dos ríos. 

Mi padre fue el único que no se casó con una mujer mestiza blanca. Sus dos hermanos lo hicieron. El hermano de mi mamá se casó con una mestiza blanca. Mi mamá se casó con un hombre mestizo blanco. 

Pero mi papá se casó con una chola.

Durante mucho tiempo, de niña y adolescente, quise sentirme más Wiener que Bravo, porque ya intuía que eso me daría más privilegios o menos sufrimientos, pero mis evidentes rasgos físicos, el color marrón que me hace india en España y color puerta” en Perú, me hicieron una Bravo más.

Palabras para Eduardo Kunstek

Alberto Guerra junto a Eduardo Kunstek.

Alberto Guerra Gutiérrez

Hablar de un poeta, no es muy común en nuestro medio y por lo mismo, tampoco es muy fácil. Es que al margen de detalles genealógicos, temporales o académicos, la personalidad del poeta, linda con lo sutil, lo ingrávido y hasta esotérico, puesto que el poeta, es producto de una vida de ensueño y de íntimas preocupaciones que explican su profundo arraigo en los fenómenos humanos y sociales, colmando sus alcances entre su afán de encontrar respuesta a sus anhelos e inquietudes y asumir el eco de felicidad o tristeza de sus semejantes, de las cosas y hasta de los animales, manejando su propia varita mágica, hecha de sensibilidad y belleza.

Eduardo Kunstek Montaño que, ísicamente se nos presenta alto, espigado, barbado y gentil -como ya lo dijéramos antes- es la sombra generosa reflejada en su poesía, “existe más en sí mismo y en los objetos y situaciones que le inspiran afición”; ama la música, la pintura, la naturaleza viva y, ante todo, ama la poesía acudiendo al fuego como recurso inequívoco de la vida, vindicando a la cigarra o asignándole un espacio de vida al cántaro y a la luna; no encerrando fríamente al satélite en la fresca entraña de arcilla, ni insinuándole esencia luminosa al objeto sino, haciendo de la luna el gran cántaro de luz iluminando su destino de sensibilidad y poesía.

Como en la de Lezama Lima, en la poesía de Eduardo, «la metáfora y la imagen tienen tanto de carnalidad, pulpa dentro del propio poema, como de eficacia filosófica, mundo exterior o razón en sí».

Eduardo Kunstek Montaño tiene su propio pedestal, firmemente asentado en los pilares de su estilo poético y su manera de sentir la vida, entre la libertad y el salmo.

Publicado el 25 de septiembre de 1994

Eduardo Kunstek Montaño, poeta hermano

 

Eduardo Kunstek, Edwin Guzmán, Jorge Zabala y Fernando Rosso.

Edwin Guzmán Ortiz

Toda amistad forja una imagen que el tiempo la torna imborrable. A innumerables recuerdos y momentos vívidos se superpone aquella, la que resume todas las demás y es como una carátula que abre el palimpsesto azaroso de la memoria.

En esa imagen que guardo de Eduardo Kunstek, “veo” al poeta de pie, con un libro de poemas en la mano, otorgándole los fonemas precisos a esa escritura siempre elusiva y trascendental que es la poesía. Y es que Eduardo, fue ante todo, un poeta, el poeta que cosechaba silenciosamente imágenes y trabajaba más silenciosamente aun, su factura y resplandor final.

Pero Eduardo tenía una particularidad que reforzaba aún más esa imagen. El mundo que lo habitaba se mostraba desde de una impredecible fisonomía. En su más cercana cotidianidad, siempre era otro, cada paso que daba siempre trazaba una órbita tocada por la extrañeza. Y aquella cercanía se tornaba de pronto en una discreta lejanía y luego, por un efecto de contracción mágica, otra vez engendraba otra cercanía y así, otra vez…como sus poemas, parafraseando a Antonio Terán: “poemas escritos por el humo…humo del tiempo”

Por lo mismo, fue un poeta de poesía adentro. Es decir, no condescendía fácilmente a la inmediatez del coloquialismo, a la descripción objetiva de las dádivas rutinarias del mundo. Lo suyo era explorar su universo interior, el tejido conectivo que a(r)ma los sentidos, la arquitectura cenital que engulle y reinventa los elementales soles que pululan en la dermis del día. Y bajando los frutos de ese universo interior escribía: “Por asombrosos atributos/ vamos nombrando a la vida/ de sol a sol y en el periplo/ de la luna a la sombra”.

En el llano, Eduardo tenía un sentido comunitario de la cultura; la vivienda que ocupaba al interior de la Planta de Yacimientos, en la zona norte de Oruro, a principios de los 90 era un ambiente concurrido por poetas y cultureros de todo pelaje. Recuerdo ahí la elaboración de los primeros números del suplemento cultural El Faro, del periódico La Patria, las intensas noches por elegir los artículos más interesantes, y escribir los necesarios, con la presencia del luminoso Jorge Zabala y Fernando (Zeke) Rosso contribuyendo, así, desde sus más altos saberes, a la factura del número inaugural.

A propósito, Jorge, en su clásico estilo y su obsesivo afán de encontrar todos los posibles significados del objeto “faro”, junto a las historias más encomiables, realizó una enormísima investigación documental y lingüística que terminó disertando una noche en medio de la sorpresa de todos nosotros. Eduardo comentaba los datos prodigados desde aquella algazara semántica, y del barroco júbilo de estirar un tema hasta sus más inimaginables límites.

Su casa fue, además, un rincón de empedernidos melómanos. Intensas sesiones de música se prolongaban hasta altas horas de la noche. Jazz, rock, tangos y baladas, se desperezaban y danzaban entre ávidos oídos por capturar la esencia de las notas, el néctar de las melodías. Al salir, era peligroso que llameantes espíritus atravesaran por una planta colmada de tanques con millones de litros de combustible de alto octanaje.

Si alguien me preguntara cuándo y cómo conocí a Eduardo Kunstek, mentiría si menciono un lugar y circunstancia precisos. Por supuesto fue en Oruro,  más o menos a fines de la década del 80.  Por cierto, antes, compartimos lugares comunes, coincidimos en la Galería Imagen, cruzamos palabra en el bar Huari y la casa de Alberto Guerra, con amigos comunes y preocupaciones más o menos comunes. Trajinamos cercanamente aquel itinerario doméstico que se despliega por las calles de ese venerable Oruro, altiplánico y carnavalesco.

Sin embargo, esa fue la prehistoria de nuestra amistad. Pero claro, hubo un instante en que en verdad lo conocí, encontrándonos por primera vez. Fue en mi casa, una noche, cuando leyendo diferentes poemarios de mi biblioteca, llegamos a un momento de plena coincidencia, eligiendo a Vallejo. Él, después de hojear la pequeña antología, sin dudar se puso a leer con la voz cargada de emoción,  “Los dados eternos”; al escucharlo, sentí la fuerza y verdad de Vallejo como nunca. Culminada la lectura nos despeñamos en una salva de preceptos y viajes por los intersticios del poema, subiendo y descendiendo por su indecible arquitectura, palpando sus briosas ondulaciones, acariciando el vuelo terrible de su verdad solar, y mirando a Vallejo de frente, aun a costa de quedar petrificados. Así, al cabo del tiempo, supe que ese poema fue el lugar y el momento en que conocí a Eduardo Kunstek Montaño, poeta, cómplice y hermano, en este curioso destino de quienes ejercemos el oficio de cambiar por palabras nuestra vida, -como dijo alguna vez, otro maestro compartido: Jorge Luis, el Borges imprescindible. Y no termino de conocerlo y celebrarlo, al leer y releer sus diferentes poemarios, y recordar tanto salto mortal al pie de lecturas, autores, temas, obsesiones, pasiones, disquisiciones y sangre verbal derramada sobre el mundo.     

El Movimiento Encuentro 15 poetas de Bolivia fue una nave que tripulamos durante muchos años con Eduardo y muchos poetas hermanos. Asumimos el 15 como un número cabalístico, clave numerológica en el juego iniciático del desborde creativo, cifra de abiertas genealogías. El Movimiento fue un acelerador de energía poética, un espacio compartido, la libre convergencia de quienes asumen la poesía como pasión y destino, poetas que comparten su palabra fraternalmente, sus obsesiones, sentimientos de justicia y libertad, la indefinible verdad de su tiempo, prosiguiendo luego su camino; un espacio de encuentro, de ansiedad expectante, de percepción irregular, un nicho de fe poética.

Un activo y permanente animador de los diferentes encuentros de los 15, fue Eduardo. Alto y espigado entre todos, era una especie de faro, iluminando con sus hondos y certeros poemas las reuniones y tertulias. Su voz pausada y penetrante  de pronto se abría paso en medio del murmullo y el público y, por ejemplo, decía:

A Berny /…En mi soledad / en mi lecho / veré cuánto mundo / te quise //  Guarda / estas palabras // Ellas fundan / nuestra eternidad.

La Galería Imagen, de aquella época, fue un vientre materno de la actividad cultural en Oruro. Aquellas cuatro paredes –transparentes y virtuales- guardan la memoria de lecturas suyas, y su inquieta concurrencia en las tertulias y bohemia de aquellas noche siderales. 

No fue menos gratificante la aventura que compartimos en la edición y publicación del suplemento cultural, El Duende, vigente hasta hoy. Junto a Alberto Guerra, Luis Urquieta, Erasmo Zarzuela, Benjamín Chávez y Berny Salinas. En la primera etapa de la publicación, Eduardo tuvo una participación protagónica, escribiendo artículos y definiendo la línea editorial. Cómo no recordar además, el cúmulo de actividades realizadas dentro la Fundación Cultural FEPO, publicaciones, presentaciones, eventos.

Luego, los acordes del tiempo y los designios del destino, nos distanciaron durante muchos años. Eduardo por Cochabamba y Santa Cruz, pero siempre recibiendo noticias suyas en forma de poemas.

El último proyecto compartido, el año pasado, fue la publicación virtual de Antología súbita; junto a Antonio Terán Cabero formamos parte del comité editorial. La iniciativa fue de Eduardo, y su empeño fue mayúsculo para hacer realidad esta publicación que acogió a veinte poetas gravitantes -presentes y ausentes- de la vida cultural del país, poetas sobre todo vinculados al Movimiento de los 15. Ahora, la antología camina sola, por rutas virtuales, y al centro se halla por supuesto, él, con resplandor propio.

Eduardo Kunstek, ¿se fue?, -me duele responder esta pregunta. Acaso simplemente me cabe citar el texto de Julio Ramón Ribeiro: “Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual sólo él tiene la llave”. -Eduardo, la llave yace en esta memoria agradecida por tus días y por su espejo poderoso, tus palabras. 

El Kunstek en Oruro

Kunstek junto al autor de este texto en los tempranos años 90.

Benjamín Chávez

 … junto a una mesa llena de libros y papeles, permanecía sentado un hombre con la cabeza apoyada en las manos.

Alejandro Dumas, Veinte años después

La presencia de Eduardo Kunstek Montaño fue fundamental en la escena artístico-cultural del Oruro de la segunda mitad de la década de los 80 y toda la de los 90. Él había arribado de Cochabamba por motivos laborales y su estadía, inicialmente prevista para seis meses, se terminó convirtiendo en una de varios años. Años en los que se convirtió en un activo promotor de actividades culturales. Desde dar lecturas públicas, hasta participar en la organización de eventos y publicaciones.

Lo conocí en 1989 en la Galería Imagen y desde entonces fuimos amigos muy cercanos durante mucho tiempo, hasta que diez años después yo me fui a radicar a La Paz y él también dejó Oruro. Nos conocimos en la presentación de su primer poemario: El recurso del fuego, un libro de poemas breves e intensos que mostraban su talante de poeta. Un talante que muchos años después nos llevó a expresar (junto a Carlos Condarco y Martín Zelaya, mientras redactábamos el diccionario de autores orureños), que su poesía “es inteligente, rigurosa, culta y elegante y que sus poemas son un ejercicio aleccionador de sensibilidad y sobriedad poéticas”.

A ese libro pertenecen poemas memorables como Arquitecto de la noche, El definidor (dedicado al inolvidable Jorge Zabala), el poema 15, Hermes (dedicado a Edwin Guzmán), o El recurso del fuego, entre otros.

Así, de a poco, no obstante la diferencia de edad, nuestra amistad fue creciendo y, sin darnos cuenta, nos convertimos en grandes amigos y cómplices, tanto en los intereses comunes (intercambiábamos libros y casetes), como en las cosas de la vida cotidiana (el Kunstek me prestaba su peta, un Volkswagen blanco, para que yo dé vueltas por Oruro, y yo, a veces, lo llevaba a conocer algún tugurio de mala muerte que acababa de descubrir con mis amigos de colegio, o le gestionaba libros prestados de terceros. Recuerdo su expresión de felicidad cuando le conseguí de una biblioteca pública Masa y poder de Elías Canetti.

Solía visitarlo en su casa, en la zona norte de Oruro y nos pasábamos horas enteras conversando, leyendo, escuchando música, fumando y bebiendo unos inolvidables vinos chilenos de marca Undurraga. A veces Eduardo también cocinaba y me convidaba con unos manjares dignos de un restorán con estrellas Michelín. Allí, en su acogedora casa conocí a amigos entrañables y pasamos muy gratos momentos junto a Jorge Zabala y varios otros amigos que gozaban de su hospitalidad. De los autores que recuerdo haber leído por primera vez gracias a Eduardo en esos años, puedo mencionar a Kundera, Beckett, Robbe-Grillet, Unamuno…

Poco tiempo después, se inició la publicación del suplemento cultural El Faro gracias al apoyo de Luis Urquieta Molleda que en ese momento presidía la Federación de Empresarios Privados de Oruro, suplemento al que fui incorporado como coordinador en 1995. Por ese motivo, Eduardo, Berny Salinas -su esposa- y Edwin Guzmán pasábamos largas tardes y noches preparando el suplemento en casa de los Kunstek.

Fui un privilegiado partícipe de la publicación de sus libros Vindicación de la cigarra en 1990 y de Cántaro y luna en 1994. Dos libros breves pero cargados del rigor y la potencia poética de Eduardo que lo colocaron por méritos propios en un sitial de privilegio dentro de la poesía que se escribía en Oruro y Bolivia en esa época. Posteriormente Eduardo entraría en una etapa de silencio editorial, hasta que, en 2018, cuando ya radicaba en Santa Cruz, publicó De la órbita final y, en 2021, en edición digital, el libro de haikus y fotografías Viaje al centro del instante. Libro que puede leerse en: https://www.behance.net/eduardokunstek1/projects

Luego de El faro, vino El Duende y el equipo editor se mantuvo. Varios años después, cuando este suplemento alcanzó su edición 400, evoqué un recuerdo de esas jornadas en casa de Eduardo: “En otra ocasión en esa misma casa, Eduardo y yo nos habíamos propuesto armar el suplemento de ese domingo. La larga sobremesa con cigarrillos y música clásica, nos despertó la colambre y salimos en busca de, al menos, una botellita de vino. Volvimos de noche con dos botellas ya vacías y otras dos llenas. Berny estaba en su casa y entre los tres armamos la edición que fue recogida por un radiotaxi a las 11:45 de la noche con rumbo al periódico, donde debía imprimirse esa misma noche. Nosotros, claro, nos quedamos a terminar el vinito. Publicamos entonces un texto de Milan Kundera, el que debía ir acompañado de una fotografía suya, para lo cual, y a falta de otra (recordemos que en esa época internet pertenecía al futuro), Eduardo empuñó las tijeras y recortó con pulso decidido la cara del autor checo de la solapa de su bella y recién adquirida edición española”.

Entre mis amigos de aquella época, Eduardo es uno de quienes está indisolublemente ligado a mis inicios escriturales pues estuvo presente en la Galería Imagen la noche que leí poemas en público por primera vez en mi vida. Él, junto a Alberto Guerra y Edwin Guzmán, animaban las tertulias literarias de ese recinto que alcanzó ribetes de culto entre los artistas e intelectuales orureños y ocupaban siempre, como en toda tertulia que se precie, una misma mesa junto al pequeño escenario. Recuerdo que fue una noche en que se celebraba algo, muy probablemente el aniversario de la Galería y, tras el programa oficial, dejaron el micrófono abierto, como suele decirse. Entonces yo, envalentonado por los dos o tres chuflays que ya me había tomado, subí al escenario y, acompañado por mi amigo Billy Blacutt, quien me cuidó las espaldas con los acordes de su guitarra, leí tres poemas que tenía escritos en un pequeño cuaderno que llevaba en el bolsillo a todas partes. Al rato, antes de irse, los tres poetas mencionados se acercaron a mi mesa. En ese momento comenzamos una amistad de por vida. Ahora, más de veinte años después, ya solo podré conversar con Eduardo a través de sus libros, como en el famoso poema de Quevedo que un atardecer de incendio leímos juntos soportando el viento del altiplano, un viento que hoy es más frío.

El Lazarillo de Tom

Eduardo Kustek Montaño

“Es increíble cómo puede ser la gente más inocente cuando no se la está observando” (Canetti)

La secreta intolerancia que la esposa desde el amor y Ricardo, el unigénito de siempre; guardaban entre sus andrajos cotidianos, también caldearon la espera al sacrificio; alentando en José la fiesta. El que quiere dejar huella no anda por los caminos. Por trajín la modesta hechura de los hombres en la falda de la montaña. Por el ocre en las botas de goma, la chaqueta de rompe diablo, la bolsa de Calcuta como mochila. Por suyos los veinte metros cuadrados de campamento para la intimidad y el reposo. Por el pesado rencor de la tierra; en las galerías sorbiendo el alma por la piel y los huesos. Por conjura las noches de viernes, consigo: alcohol, tabaco, coca y declaraciones de vida y muerte que aseguran las escuchó el Tio. Por los sábados de pago en la casa de la amante. Por la hora crucial de fin de domingo, un bolero o un sollozo. Leal a la severidad del destino, por encima de las instancias mesurables de la institución patronal, que oficializó un accidente de trabajo. Por complicar el recuerdo a todos.

De zaga la certeza de un instante consagrado, perviven memorias empeñadas en salvarlo. Anoticiaron a José, un atardecer de febrero y aguas postreras que en el nivel cuatrocientos treinta, cedido el maderamen quedó atrapado su siempre amigo Senobio Mamani y tres compañeros. Aventuró el exitoso rescate, adelantándose a la singular lentitud que en casos similares practicara la Empresa. Corrigió en la laxa y húmeda tierra, un estrecho orificio soportado con pedregones y astillas de eucalipto. A los patéticos rasgos del encuentro; una pequeña multitud sucediente en la cancha del Socavón Patiño. Inspiraron las palabras de unos y otros, lo poco de lo que la vida se sabe, lo mucho de lo que ella se intuye y no sin retórica la admiración al hombre que con rigor frente a la contraria suerte despojó de horror al destino. Las autoridades concedieron a los protagonistas tres días de licencia con goce de haber. José y Senobio fueron vistos en todas las chicherías de Llallagua. No invocaron ni a la amistad, ni a la valentía; juntos lloraron la obligación de violar las entrañas de la tierra. El lunes de madrugada, aún en uso de licencia, volvió al nivel cuatrocientos treinta. Desechando ambiguas interpretaciones, a palabra del único testigo, muy cerca al lugar donde potenció sus esfuerzos. Se apuró la peña por poseerlo erguido. Lo velaron en el sindicato. Sobre el féretro la tricolor. Acompañó al entierro el terremoto de Sipe Sipe.

El íntimo desconsuelo que sumió a la viuda, fue alterado por el desplante de la falsaria que pretendía compartir el finiquito tal como había compartido en vida cuerpo y salario. Despertó sin tiempo para el dolor, amparada por la legalidad, defendió y retuvo para sí aquel dinero. Con la secreta convicción de una humillación suprema. La lección reciente le demostró con creces que ningún dinero sería para ella fácil. Aquella indemnización multiplicó su rumor bajo una métrica voluntad. Hoy arropada con seda y terciopelo. Sentada sobre un sillón de brazos en el trescientos seis de la calle Linares en Llallagua, dirige y vigila un establecimiento de venta con electrodomésticos y cristalería. Una clientela leal y antiguos amigos saturan sus días.

El Sindicato entendió que el trámite de contratación del huérfano era un acto de solidaridad póstumo. No escatimaron esfuerzos para conseguir tal fin, fue el propio secretario general quien entregara en manos de Ricardo el memorándum con data en las oficinas centrales de la ciudad de La Paz. Hasta los acontecimientos que se sucedieron luego de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, un halo de simpatía cubrió su actividad laboral. Desempeñó con solvencia el oficio de mensajero. Nadie como él mesuró el arte de la fidelidad selectiva. De sus labio se escuchaba lo que se deseaba oír. Se benefició con la confianza de aquel gerente quien agobiado por administrar la lenta agonía de la mina; entregara su atención a la joven belleza de su hija y sus veleidades sobre más de su pasarela. La solicitud de Ricardo hacia la niña reina, como la llamaba, fue premiada con un cachorro de pastor alemán. Al recibir a Tom se hizo también heredero de recomendaciones sobre su cuidado, que en voz de reina sonaron como advertencia. A tal gerente siguieron otros de indiscreta soberbia y vanas proposiciones. Sellábase el fin de la Empresa.

La silenciosa convivencia de madre e hijo no permitió aclarar culpas, ni remontar el pasado. No hizo del alcohol compañía. Tampoco buscó mujer. Arrimó a sus horas muertas el destello sugerente y ansioso de los ojos del perro. Lo adiestró para una honrosa compañía. En la oficina de archivos, cerca a la ventana trabajaba Juan Lacerna a quien el sarcasmo de los más, a circunstancia de su individualidad, lo estigmatizaron como al señor embajador. Chaqueta azul y pantalones plomos, traficó con Ricardo literatura. Propiciaron esta complicidad Flaubert, Gogol y Wilde. Durante consecutivos tres años en la vecina ciudad de Oruro vistió de diablo, en secreto homenaje al padre y su memoria; el ímpetu lo destacó en la danza de los rebeldes. Se alistó en la Marcha por la Vida, recurso final de aquellos hijos de la mina dispuestos a honrar con su cercanía al cementerio la fe en su ancestro. Si el Imperio romano gustaba devolver a sus prisión de guerra con los tendones cortados a la altura de las rodillas, a estos marchista los devolvieron con el alma cortada a la altura de la voluntad. Al retorno a casa le esperaba un fortuito, aunque nunca aclarado por la madre accidente: la ceguera de Tom. Una suma a la afrenta que acentuó su confusión. Fue uno de los primeros, en acogerse a la relocalización.

A principios de noviembre Ricardo, Tom, la dócil petaca con libros y otras pertenencias quedaron instalados en una casa de barriada en Santa Cruz de la Sierra. Impotente la madre, de superar el injusto rencor devolvióle una pequeña fortuna; al menos para su modesta vida. Producto del bien administrado ahorro que entregará mes a mes durante los años de trabajo. La cadena, el collar, el blanco bastón y las gafas fueron comprados a su paso por Cochabamba; donde también agregó una blanca teñidura a sus cabellos. Un mozo de pensión, a solicitud telefónica, dejaba a diario una portavianda de alimentos. El resto del aciago año hombre y perro aprendieron a convivir con el ofensivo calor y se dedicaron a inventar bastón y espejo mediante, un lenguaje que les abriera las puertas nuevamente al mundo. Aplicaron y perfeccionaron un código que transmutó los ojos del ciego al lazarillo y los del lazarillo al ciego. Consumada la armonía a principios de enero se aventura a las calles. La imaginación de Ricardo fue superada muchas veces, por la visión del apócrifo ciego. Pronto retomó el oficio de mensajero confidente, concediéronle las gentes sus deseos, descuidando su intimidad. Avizoró la oquedad de las cosas tomadas por bienes. La alegría con pies cortos del consumismo. Muchos lo tuvieron por amigo. La muerte por vejez de Tom lo encontró ciego, solo y con la necesidad de ver nuevamente con sus ojos. En oposición a los sentimientos de José, siguió por el camino de las gentes sin dejar huella.

Publicado el 28.08.94

100 años de formación artística profesional en Bolivia

La sede de Bellas Artes

Lulhy Cardozo*

El Instituto de formación artística “Bellas Artes Oruro” durante esta gestión ha celebrado 100 años de fundación, coronándose como la institución de formación profesional artística más antigua del país. Un 14 de enero de 1922 a horas 15:00 p.m. en el Salón de Actos Públicos de la Universidad, se llevaría a cabo la sesión inaugural de la Escuela de Bellas Artes, acto programado por el directorio de la sociedad.

Aunque no se cuenta con documentación accesible sobre los antecedentes e inquietudes que llevaron a la fundación de esta institución, el actual rector artista Finelez Llanque Conde, afirma: “En esta época surgen pintores como Ricardo Arrasabal, Luis Illanes y Gabino Ajhuacho. La preocupación de la juventud amante del arte en esas épocas era tener una formación académica adecuada, así que la Sociedad 10 de Febrero y la Asociación Femenina ayudan a (cubrir) esa preocupación y la impulsan hasta que el Ministerio de Educación apruebe definitivamente la creación de la Escuela de Bellas Artes de Oruro”.

Es necesario mencionar a grandes artistas bolivianos que han pasado por estas aulas, entre ellos Avelino Nogales, Alberto Medina Mendieta, Gustavo Lara Torrez, Mario Vargas Cuellar, Grover Padilla Durán, Tito Yugar Pacheco, Jaime Calizaya Ajhuacho, Erasmo Zarzuela, Wilson Zambrana, Alberto Valdez, Saúl Rivera, Luis Mora y una pléyade de gente joven que lleva en alto el nombre de esta institución. 

El Instituto de formación artística “Bellas Artes Oruro” actualmente cuenta con alrededor de 160 estudiantes activos y un plantel docente conformado por destacados artistas orureños. A la fecha son aproximadamente 100 artistas que lograron el título de Técnico Superior en Artes Plásticas y Visuales, mediante la defensa de su proyecto artístico de grado siendo la institución con más titulados por esta modalidad a nivel nacional desde el año 1999, a diferencia de sus pares que cuentan con profesionales graduados desde la gestión 2019 mediante resolución ministerial de titulación excepcional.

Bellas Artes Oruro hace, además, extensiva la formación a niños mediante los cursos de capacitación de Arte Infantil a partir de los 6 años, los cursos duran tres módulos que otorgan, mediante la Dirección Departamental de Educación de Oruro, un certificado de capacitación.

“La formación profesional artística en este instituto cuenta actualmente con una duración de 6 semestres, los dos últimos dedicados a la especialidad que el estudiante pueda elegir: pintura o artes gráficas. Además, los estudiantes pueden elegir el turno de la tarde o el turno de la noche.” Afirma su actual director administrativo Oscar Calizaya Segales.

Cabe destacar que, si bien en la actualidad se cuenta con una malla curricular que se aplica a nivel nacional, Bellas Artes de Oruro contaba con los talleres de telares y de caretería, siendo estos importantes espacios de desarrollo de estas técnicas que se estudiaban a partir del contexto y necesidades de la capital del folklore.

Este 14 de junio en un acto solemne cargado de emoción y nostalgia la Institución celebró sus 100 años de existencia, con la presencia de la primera autoridad departamental, Dr. Johnny Vedia Rodríguez, docentes, alumnos e invitados especiales.

A su vez, el gobernador del departamento de Oruro realizó la entrega de un merecido reconocimiento al Instituto de Formación Artística Bellas Artes Oruro, por su invaluable aporte al patrimonio cultural nacional.

*Artista/ Gestora cultural

Renovación del directorio de la Academia Boliviana de la Lengua

La Academia Boliviana de la Lengua fue creada el 25 de agosto de 1927. Su primer director fue el poeta Rosendo Villalobos. Aquella naciente institución estuvo conformada por un grupo de filólogos y escritores entre los que se encontraban Hernando Siles, Víctor Muñoz Reyes, Florián Zambrana, Ricardo Mujía, Félix del Granado y Francisco Iraizós.

Hace pocos días, el 22 de junio, se renovó el directorio de la institución, tras un período en que la dirección ad interim estuvo a cargo del destacado académico José Roberto Arce, la nueva directiva fue posesionada en acto oficial realizado en la Academia Boliviana de Ciencias, en la ciudad de La Paz, donde la doctora España Villegas Pinto fue posesionada como directora de la Academia, constituyéndose en la primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de la institución.

España Villegas Pinto realizó estudios de licenciatura en lingüística con especialidad en lengua española en la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz); cursó la Maestría en Lexicografía Hispánica en la Real Academia Española y, posteriormente, obtuvo el grado de Doctora en Filología Románica por la Universidad Albert-Ludwigs de Friburgo (Alemania).

La directiva que acompaña a Villegas está integrada por el filósofo, escritor, docente e investigador Blithz Lozada Pereira como Vicedirector, el ensayista e investigador Hugo César Boero como Secretario y la doctora Tatiana Alvarado como vocal.

Una de las más recientes iniciativas en las que trabaja la Academia Boliviana de la Lengua, junto a sus pares del resto de países, es la Red Panhispánica de Lenguaje Claro (Red PHLEC), emprendimiento que, según informa la Real Academia de la Lengua Española (RAE), este es un proyecto “impulsado por la RAE desde la presidencia de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), que nace con el propósito de sumar las diversas iniciativas sobre lenguaje claro y accesible que se están desarrollando en el mundo hispanohablante, un objetivo de crucial importancia para mejorar las relaciones entre los poderes públicos y los ciudadanos”.

Todo ello trae a colación las palabras del académico español Arturo Pérez Reverte: “Desde su fundación en 1713, la Real Academia Española es una casa de tradiciones, y eso incluye usar corbata en el edificio, tratarnos de usted en momentos oficiales, y cosas así. La costumbre absurda de que no hubiera mujeres se rompió hace tiempo. Cada vez hay más de ellas sentadas en los plenos de los jueves. El mundo ha cambiado y nuestra institución también. Ahora es una factoría lingüística de primer orden, de la que los académicos no somos sino el consejo rector. La vieja imagen de un club masculino de eruditos abuelos apolillados no es hoy más que un cliché rancio”.

Desde las páginas de El Duende auguramos éxito a la nueva directiva de la corporación de la que formaron parte Luis Urquieta Molleda y Alberto Guerra Gutiérrez, fundadores y directores de este suplemento.