Donde no había nada humano

Reseña de Miles de ojos (El Cuervo, 2021), de Maximiliano Barrientos.

Martín Zelaya

…los colores parecían provenir de un sueño donde no había nada humano, donde caballos corrían en la orilla de un río, donde la vegetación emergía de carcasas de autos y de fuselajes de aviones, donde los cráneos de millones de niños configuraban un paisaje tan impersonal como una montaña de desperdicios químicos o una catarata de aguas cristalinas. (204)

Miles de ojos, Maximiliano Barrientos

I

Santa Cruz en una realidad alterna. La civilización que conocemos no existe más y en el desgobierno dominan los más fuertes. Los autos y los repuestos son la posesión más preciada. La violencia es parte del cotidiano. La muerte, solo un paso más.

Si Miles de ojos (El Cuervo, 2021) fuera una película –y bien que podría ser una de esas joyas tarantineanas del cine B– el anterior párrafo podría ser la presentación, voz en off, de su tráiler.

Sigue la voz en off: Él creció abrumado por la muerte de su madre y antes de perder también a su padre supo de su voz el secreto de un “tesoro enterrado”. Ahora huye por las carreteras, esquivando y matando a sus perseguidores.

Pero no es una película –aunque, como toda novela de Maximiliano Barrientos, deja numerosas imágenes memorables–, sino una sólida novela que se enriquece con recursos narrativos propios del weird fiction.

El tesoro, se sabe casi de inmediato, es un Plymouth Road Runner y sus repuestos. Inmerso en una confusa realidad, memorias mezcladas con sueños, “él” recorre caminos protegiendo su legado y en busca del árbol sagrado.

La deriva de la humanidad trascendida en la violencia. Esta premisa impregna la tercera novela de Barrientos. Tanto el diseño argumental como el escenario –la realidad interna de la obra– giran en torno a las búsquedas o fracasos individuales y colectivos. Sigue, por donde se mire, la reflexión y exploración de su anterior novela, En el cuerpo una voz (El Cuervo, 2017); ambas están inmersas en una atmósfera distópica, pero a diferencia de aquella en la que por muy disparatados e insólitos, los sucesos son eventualmente posibles, en Miles de ojos todo transcurre en un plano de fantasía. Si la realidad en esa obra anterior era de “revolución” y catástrofe, política y civilizatoria, ahora el autor propone un universo ficcional en el que se impone el culto a la velocidad: el vértigo y el paroxismo como catalizadores de poder y de libertad, a corto plazo; como única fórmula de trascender más allá del espacio-tiempo, a la larga.

«Ya no sabía dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la vigilia, la línea divisoria se rompió y el espacio no era otra cosa que una prolongación de los paisajes de su mente (…) La velocidad corrió por sus venas y sus huesos, el aliento de ese dios terrible habitó su mandíbula, sus ojos». (46-47)

II

Santa Cruz en los 90. Todo parece normal. Un colegial metalero y su familia clasemediera tipo: obsesionada con subir de escalafón social. Una pincelada de la Santa Cruz logiera y racista como telón de fondo de una subtrama que desemboca en el origen y, por lo tanto, colofón –para nosotros, lectores– de la trama general. Los elegidos o predestinados, las hibridaciones carne-máquina, la locura extremista y ciega de la fe religiosa.

La gente se enfrenta a su condición, según puede. Con una adicción a la intensidad, al ritmo frenético –en los autos, en el rock metal, en la vida misma: “El ruido no se iba de la nuca, estaba allí, latiendo. Recorría la médula, permitía que nos reconociéramos en el cuerpo”. (59) Pero otros, ante la imposibilidad de mejorar o perpetuar estas sensaciones-emociones, no ven más salida que elevarlas a la categoría espiritual: hacer un culto, una religión y vivir vicariamente, alucinando y profesando las ficciones que fabulan.

Viajes a través de los sueños. Heridas, cicatrices que impulsan la memoria y el raciocinio. Estigmas que posibiliten la experiencia vicaria, el contacto a través y más allá del espacio/tiempo, a través y más allá de la vida y la muerte, si acaso no son lo mismo.

«Sostuve mis mandíbulas, dolían, dolerían en los próximos diez días, pero ese dolor iría desapareciendo, sería absorbido por la carne. Era lo hermoso de las cicatrices, no solo servían como un recordatorio del acto sino también como una evidencia de que no importaba la vejación, el cuerpo se las arreglaba para persistir». (66)

Mantiene Maximiliano Barrientos su estilo conciso, preciso… elegante como dice Mariana Enriquez en la contraportada. Como también detecta la argentina, sigue con las referencias y obsesiones de siempre en cuanto a la construcción de personajes y escenas, y digo escenas y no pasajes o momentos o tramas o diálogos, porque otro de los sellos personales del autor es su prosa cinematográfica; uno cree ver lo que lee, uno se descubre imaginando una recreación visual de lo que se narra, uno cede la tentación de imaginarse la película basada en la novela.

III

Santa Cruz en un futuro lejano y post apocalíptico (dentro, claro está, de la realidad ficcional presentada). Sobreviven pocas tribus nómadas que se mueven en caravanas de autos y motos, huyendo de hordas de saqueadores. Siguen adorando a “El Sueño”, deidad cuyo origen luego entendemos. Se contactan con los muertos vía sueños y experiencias religiosas, vía alcohol y rituales.

Una adolescente hija del líder muerto de una de las tribus sale con el corazón de su padre en un frasco a ofrendarlo al árbol-auto, cuya existencia es apenas algo más que un mito. Mientras sortea todo tipo de calamidades hasta llegar a lo que fue Santa Cruz de la Sierra, poco a poco entiende que lejos de ser una deidad individualizable, representable en iconos o presencias, El Sueño es una terrible omnipresencia.

«El sueño desapareció, nos dejó solos hace mucho tiempo (…) Se borró. Se convirtió en una historia. Algo que usamos para saber quiénes somos, la transmitimos de generación en generación». (192)

«Alguna vez el mundo fue procesado por esas rugosidades, convertido en información, en un lugar, en sonidos, en olores y en misterio». (197-198)

Hace ya varios años y varios libros, Barrientos explora y reflexiona sobre la violencia y la corporalidad: el mejor escape, catarsis sea en coyunturas normales o extremas es la violencia: corporal y emocional, individual y colectiva, consciente o inconsciente; no así los coches, la velocidad o la bebida –que siempre están presentes más bien como canalizadores.

En Nuestra parte de noche, premiada novela de Mariana Enriquez, se lee:

«Las mujeres médium son mucho más poderosas. Tienen el poder de convocar donde sea, solamente deben encontrar las condiciones de concentración propias o debe dárselas el ritual. Los hombres no. Los hombres dependemos de Lugares de Poder. No son pocos. Algunos médiums sencillamente se chocan con ellos, otros aprenden a encontrarlos. Yo sé encontrarlos…».

Hay un mundo de distancia entre Miles de ojos y la obra de la argentina, acaso una de las primeras lectoras –entusiastas–, de esta novela de Barrientos; pero también hay notables puntos de encuentro. Tanto en una como en otra –y esto marca una tendencia que caracteriza a la narrativa latinoamericana del último lustro– los sobrenatural-fantástico cuaja con naturalidad en el entorno interno de las tramas y, de rebote, propician en el lector, una asombrosamente calma aceptación de lo (im)posible

El delicado oficio de vivir

El llamo blanco (La Mariposa Mundial, 2021), de Jesús Urzagasti, tiene muchos motivos para encaramarse como el mejor libro de narrativa publicado en Bolivia durante este año que se va.

Martín Zelaya

Jesús Urzagasti escuchó todo lo que escribió. En lo más profundo de sí mismo una voz, un impulso –su voz, su impronta– fueron configurando poco a poco su obra. Por eso varias de sus novelas fueron diseñadas, pensadas, conminadas para un número equis de cuartillas, ni más ni menos.

El llamo blanco siguió esta estela, pero a la vez la trascendió. Desde sus tempranos 19 años hasta sus maduros 37, los cuatro volúmenes le salieron poco a poco, de lo más hondo. Se quedaron medio siglo –poco más, poco menos– en un anaquel de su casa, pero su destino ya estaba escrito.

Estas anotaciones –poesía pura, como todo lo que salía de la voz y pluma del autor chaqueño– fueron plasmadas entre 1960 y 1978 y resguardadas luego en cuatro gruesos tomos, a la espera del designio. Y este llegó, muchos años después, a través de una serie de sueños que Jesús supo hilar: Hay que sacrificar al llamo blanco para pasar la noche del espanto.

La terrible misión la llevó a cuestas Sulma Montero, compañera del escritor, hasta que ocho años después de su muerte, finalmente pudo concretarse: este libro, esta selección que debían sobrevivir a las llamas de la consagración.

Son fragmentos estelares, divididos en seis partes.

I
Revelaciones, propósitos gatillados por la soledad y el ímpetu. Un despertar, un descubrimiento de las sensaciones e intermitencias del vivir.

«Tienes que conservar en tu memoria todo el sufrimiento que tuviste que soportar para acceder a esta hermosa luz. Corrige tus miembros, desconfía de tus impulsos y solo piensa que el único cimiento de una vida es el amor». (27)

II
Constatación del ser. A Jesús no le gustaba la palabra resignación, cuenta Sulma. En estos fragmentos, entonces, asistimos a la certeza del cambio, a la caída en cuenta de que su destino era otro. Ya alcanzó una madurez que le permite disfrutar de la melancolía y la nostalgia de lo que fue y ya no será más.

«Es oficio muy delicado vivir, tarea excelsa sobre todo cuando se está convencido de que ceder a los menudos intereses personales es como sellar tu propia condena. Así miro el horizonte y veo que no está en mis manos definir nada y por lo mismo, con absoluta humildad, espero que la vida se digne ofrecerme un regalo: el que consiste en hablar el lenguaje de la dicha campesina». (46)

III
La constatación de lo que se es, de quién se es. La certeza del fuego interno, de lo que uno es portador. Destino y responsabilidad. La posibilidad de creer en uno mismo, de asumirse.

«El hecho de que aún haya vida es la señal más clara de que todavía no hemos rozado ninguna verdad». (56)

«Sé de dónde vengo, y si hasta ahora no sabía a dónde me dirigía, puedo tranquilamente pasearme seguro de estar engendrando los más puros y fuertes sentimientos». (59)

IV
La constatación de lo demás. La necesidad de lo telúrico y ordinario; del tiempo, del espacio y de la serie de objetos y sujetos que lo confluyen y habitan. De la sociedad, el resultado de la relación de seres.

«Cuando en una comunidad los hombres empiezan a confiar en sus propias fuerzas, quiere decir que la divinidad está a punto de parir algo; cuando una comunidad empieza a confiar en la divinidad, quiere decir que esa comunidad está herida de muerte. A la primera comunidad pertenecen los revolucionarios, a la segunda los poetas». (63)

V
La toma de conciencia del escritor. La inminencia de un camino cuya meta es el trayecto; es decir, el (auto)conocimiento.

«El camino que estoy recorriendo tiene el escondido propósito de descubrir mis orígenes; solo cuando a esos orígenes llegue, sabré crear lo que quiero crear: ahora todo parece lleno de interrupciones y tardanzas; pero nada de eso ocurre. Nacer para morir lleno de flores. He ahí el destino humano. Pero mis flores serán mis flores». (73)

VI
El otro, los otros. Por qué no hablarles, advertirles. Por qué no compartir; intentar, al menos que reciban.

«Cuida tu alma, porque a pesar de ser tu cuerpo algo que alimentará el olvido esencial, procura alcanzar la condición del oro, solo que trata de hacerlo –como corresponde a la ceguera– a través de un camino lleno de equívocos. Pastorea tu cuerpo, enséñale lo luminoso, muéstrale el retrato de lo que eres, para que se transforme en un firme aliado, en el agua fresca para tu peregrinar por el desierto». (85)

Jesús es un descubridor. Su profunda abstracción, esa admirable capacidad para derivar el todo, tanto de la mayor simpleza como de los más complejos procesos, es un regalo.

Asistir al paso del tiempo. Recorrer esta distancia. Parafraseando a Saenz, y (casi) a Wiethüchter. Vivir, para estos privilegiados poetas, es una categoría diferente.

Este dietario/breviario; estas anotaciones, revelaciones acaso más disfrutables cuanto más uno se despoja de géneros, enfoques, tendencias, abordajes y todo lo mundano y prosaico para leerlas, conforman el mejor libro publicado en Bolivia en 2021.

Jesús Urzagasti condensó el todo en cuatro tomos, su sueño determinó cernir aún más. Queda lo que debe ser. Lo suficiente.

Ocho libros bolivianos de 2021

Un repaso al mejor libro publicado en el país en el año que se va y a otros siete títulos, definitivamente, entre los más destacados entre la prolífica producción de narrativa. Léase esta nota de dos diferentes maneras: en este par de páginas de El Duende, y en el portal web de esta revista orureña.

Martín Zelaya

No incurrir en clichés, a veces, es otro cliché. Y las listas de libros de fin de años es, creemos, una de esas veces. Es así que nos animamos nomás a lanzar un listado de buenos libros bolivianos de 2021, con sus respectivas reseñas y con algunas advertencias:

– Tomamos en cuenta solo a la narrativa.

– No decimos que son los mejores, simplemente advertimos que son libros que se dejan leer y bien (muy bien, algunas veces); que habiendo sido el año que se va prolífico en publicaciones, son una selección de una (otra) selección; pues, viejos lobos de mar ya en esto de la lectura, hace rato que no pretendemos ni queremos leer todo, y sí más bien apostamos –con poco margen de error, esperamos– por lo seguro o casi seguro.

– Somos, por lo tanto, conscientes de que pudimos haber dejado de leer algo que realmente valía la pena. Nos hacemos cargo.

– No consignamos libros de ensayo, pues de hacerlo, lo decimos desde ya, deberíamos haber puesto en primerísimo lugar Hacer y cuidar. Lecturas de Jaime Saenz (La Mariposa Mundial, 2021), de Luis Cachín Antezana.

– No incluimos poesía, pues ya muchas veces declaramos nuestra incompetencia en la materia. ¡Qué vergüenza!

– Solo destacaremos uno como “el libro boliviano del año”.

– Los restantes, no serán mencionados y reseñados por orden de mejor a menos peor, ni viceversa.

– En la edición impresa de El Duende, (por razón de espacio) solo aparecieron las reseñas de un par de los libros. En esta edición digital, aparecerán las ocho reseñas, a razón de una diaria, entre los últimos días de 2021 y los primeros de 2022.

Ocho títulos

“El” libro: El Llamo blanco (La Mariposa Mundial, 2021), de Jesús Urzagasti. Regalo inesperado (o casi) del gran poeta chaqueño que partió hace ocho años, pero cuya obra pertenece a la eternidad.

Los otros siete son ficción. Cinco novelas, dos libros de cuentos; cuatro autores, tres autoras. Un relato fantástico del subgénero weird fiction: Miles de ojos (El Cuervo, 2021), de Maximiliano Barrientos y otro, aunque no alejado de un realismo posible, sí muy inmerso en las mismas inquietudes distópicas que atraen al cruceño: Allá afuera hay monstruos (Nuevo Milenio, 2021), de Edmundo Paz Soldán.

Dos novelas que destacan por la exploración técnica –interposición de planos temporales y narrativos– y la solvencia para sacar adelante historias que sobreviven por sus trasfondos –lo que motiva reflexionar a partir de las vivencias de los personajes– por encima de los temas de superficie que fungen de palestra: Cuando vi la sangre (Editorial 3600, 2021), de Lourdes Reynaga y De esta noche no te marchas (Editorial 3600, 2021), de Rosario Barahona.

Una nouvelle, El rehén (Dum Dum, 2021), de Gabriel Mamani, una crónica familiar que repasa los tópicos sociales de las clases populares paceñas.

Y dos libros de cuentos: Los fantasmas del sábado (Editorial 3600, 2021), Adhemar Manjón, un divertimento muy bien pensado, que recorre la noche cruceña desde las diferentes miradas de un manojo de hermosos perdedores. Y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021), de Magela Baudoin, una colección de relatos que bien puede leerse como una síntesis de encuentros y desencuentros, como un muestrario de las relaciones, dinámicas y dialécticas que nos constituyen como individuos y que, bien encauzadas, conforman un reflejo inquietante de esto todo que somos como colectividad.

Insurgencia festiva en Oruro

Edwin Guzmán Ortiz

El título del libro de Javier Reynaldo Romero Flores, Insurgencia festiva en Oruro, una historia del Proceso Colonial en los Andes, recientemente publicado por la prestigiosa Editorial 3.600, de inicio, da la pauta para el desarrollo subsecuente de la obra. La insurgencia en cuanto vector crítico, y lo festivo en cuanto expresión cultural profundamente orureño.

“Insurgencia”, connota revuelta, revolución, rebelión, insurrección, sedición, sublevación, visto desde la compresión andina, incluso un Willka Quti; se trata de términos no matemáticamente equivalentes pero que pertenecen a la misma familia semántica; apuntarían pues a significar la transgresión del orden establecido; para decirlo de manera breve, cuestionar, criticar, interpelar, desacatar, resistir, subvertir lo instituido. Enfrentarse a la autoridad o al poder, por sagrado que sea.

Por su parte “lo festivo” alude a lo carnavalesco, lo celebratorio, al regocijo, el guirigay, la juerga, la diversión, y apuntan más bien a una vivencia colectiva signada por la alegría, el gozo, el divertimento, el rito, la fiesta como expresión cultural.

Strictu sensu, tanto la insurgencia como la fiesta no forman parte de la vida cotidiana. La primera es imprevisible y, acaso, acumulativa, la segunda es cíclica y previsible. La primera expresa el descontento y apunta a la ruptura y la reivindicación, acaso a la vuelta al origen; la segunda resalta el reencuentro, lo cíclico, la comunión dichosa, la algazara, la potencia recreativa del pueblo.

En ese marco, una suerte de Pachakuti nominal provoca una lectura diferente de nuestra tradición festiva. Pues, en buenas cuentas, el valor de la obra trata precisamente de eso, de apostar por una visión diferente de lo que tradicionalmente se ha venido en considerar el Carnaval de Oruro. Es decir, ponerlo en la mesa de disección, desmontar la estructura de su historia, reconstruir el aparato argumental para revelar una otra cara de lo festivo. En suma, transitar del lugar común a otro horizonte de sentido.

En el libro, se torna preeminente la interpretación del fenómeno festivo, no solo la simple descripción hecho, además, frecuente en la tradicional investigación del folklore. Es más, en su discurso confluye la historia, una lectura política de lo festivo y por supuesto las matrices culturales que se despliegan desde las diferentes formas de poder que va desde la colonia, pasando por el periodo republicano, hasta los días que corren. Visto en profundidad el hecho festivo, no se trata de un acontecimiento más.

Una consideración desde la antropología política permite su comprensión como un fenómeno que rompe el orden cotidiano, lo establecido, dando paso a otra realidad invisibilizada, a menudo oculta: el tiempo mítico del pasado expresado desde la cultura y sus símbolos. En estas circunstancias, lo soterrado por la colonización emerge, y nuevamente vuelven a restituirse los tiempos primigenios de la cultura. El reencuentro con nuestros modos antiguos de ser.

Lo (etno)histórico -gravitante en el desarrollo de la obra- en vez de la tradicional secuencia lineal de acontecimientos, apela más bien estructuralmente a un montaje de estratos temporales que se van superponiendo uno sobre otro. Este proceso de traslapamiento implica una superposición de tiempos y espacios. De este modo, en los conflictos actuales del carnaval pesa la densidad de la conquista y el proceso de dominación, la violencia misional y el ser colonial, además de la extirpación de idolatrías, la satanización de lo andino y las formas de resistencia recurrentes. Presentes en este proceso se encuentra además el orden institucional y el control sobre el espacio y lo sagrado tradicional. Es el tiempo mítico y ritual, en suma, la ascensión de una otredad sagrada.

Como dice Paz, el tiempo deja de ser una sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originariamente: un presente donde pasado y futuro por fin se reconcilian. A través de lo festivo, la sociedad se libera de las normas impuestas. Llora frente a sus dioses, se abre a sus actos de fe, resucita a las viejas deidades, se burla del mundo oficial, de sus principios y sus leyes; en la insurgencia festiva se pone la máscara que la cotidianidad esconde y así vuelve a encontrarse con su verdadero rostro. Es una revuelta en el sentido literal del término. Por ello, para Javier Romero, lo festivo es un más aquí y un más allá de la fiesta. Subraya su carácter subversivo y su consubstanciación con los viejos mitos y las deidades andinas, las que retornan para dialogar con el mundo presente. Frente a la Mamá Cantila, están ahí, los sahumerios a la víbora, el sapo y el cóndor, las ch’allas a la Pachamama.

En la insurgencia festiva, se explicita un fenómeno de encubrimiento, donde emerge la fiesta de “carnaval” que llega con los españoles el tiempo de la colonia, y se va desplegando por los Andes durante el tiempo de la conquista. Romero señala que son tres los elementos que hacen a la idea de esta herencia del carnaval en Oruro, ahora, en el siglo XX: la máscara y la mascarada, la idea de fiesta pagana y la inversión como mundo al revés. Sobre esa constatación se deconstruye ese otro componente de origen occidental, el carnaval, profundizado desde la concepción de máscara, en la obra sustentada por los estudios de la cultura popular en la edad media y el renacimiento, pertenecientes a Mijail Bajtín, maestro en los análisis de la carnavalización de la literatura en Rabelais.

Fundidas a la superposición de épocas, discurre una memoria corta y una memoria larga de la festividad, memorias que a la manera del ritual reaparecen y se manifiestan cíclicamente. La memoria larga que viene desde el trauma producido por la violencia misional, pasa por el periodo de la extirpación de idolatrías o del vaciamiento epistémico, y el nódulo central del contrapoder andino con la eclosión del Taki Onqoy. La memoria corta, desde la creación de los grupos folklóricos al presente.

El texto enfatiza el hito histórico del Taki Onqoy (la enfermedad del baile o de la danza) movimiento milenarista que aproximadamente en 1560 sublevó una parte de las masas indígenas, en rechazo al aparato colonial cristiano y español: así mismo constituye un verdadero renacimiento de la cultura indígena tradicional, pero transformada y orientada a en sentido de una rebelión y una liberación. Sus voceros proclamaban el fin de la dominación española; el movimiento se define como un despertar de la religiosidad tradicional, en guerra contra el cristianismo.

La equidistancia entre la exterioridad y lo subjetivo, dan espesor a la obra; el ejercicio de la tangencialidad y la vivencia interior de los sujetos enfrentados de la conquista. Resulta revelatorio el paisaje subjetivo que se vive en la colonia por la imposición del ego conquiro, la demonización, y el propio vaciamiento epistémico. Es decir la inducción dolorosa de la conquista, la estigmatización radical de las deidades autóctonas y la flagrante transgresión del imaginario ritual y religioso del hombre andino.

Es interesante la consideración sobre las estructuras institucionales tanto de la Iglesia como del Estado a lo largo de la historia, la confrontación de las autoridades españolas y andinas, en torno a la cultura y lo festivo. Y algo fundamental, el desmontaje de la estructura subjetiva que incidió -desde un cristianismo represivo, demonizante e implacable- sobre las culturas andinas.

El proceso de colonización tiene un rostro durante la colonia y otro durante la república, las condiciones de producción del discurso sobre la cultura, la raza, lo mestizo, van cambiando durante el tiempo. En ese marco, la festividad no aparece como un conjunto de rituales, danzas y manifestaciones religiosas desprendidas de un contexto histórico que, por cierto, las determina y las explica. Historiadores críticos como Eric Hobsbawm o Edward Thompson, contribuyen a esclarecer mejor las dialécticas de la dominación.

En este contexto, se caracteriza la dimensión simbólica y la distinción entre la fiesta de la Candelaria -una fiesta patronal de amplio arraigo en el Oruro actual- el carnaval, de cuño occidental y la Anata andina, como espacio de encuentro, revitalización de la cultura ancestral, y su profundo y genuino arraigo. Una vez más, estas tres manifestaciones no dejan de coexistir y de reflejar tres visiones de mundo, aunque integradas en un mismo espacio festivo.

A fin de evidenciar el imaginario insurgente en el tiempo, Javier Romero, toma tres casos de estudio en los que desmonta el proceso de colonización, tres conflictos con características diferentes. El primero, en la década del ’40, fue producido al interior de la diablada de los mañazos; el segundo, al iniciar los años ’90, ocurrió en la morenada de los cocanis; y el tercero, igualmente en los ‘90, que se dio por un conflicto de representación de lo festivo entre lo urbano y lo rural, entre Anata y carnaval.

En materia discursiva, es frecuente en la obra el análisis crítico de las categorías y conceptos. Empezando por los conceptos de carnaval y fiesta. Prosiguen los conceptos de indio, anata, folklore, el dipolo mestizaje/mestización,  metáfora/memorización, la fiesta/la dinámica festiva, es más, el autor despliega ejes de progresión analítica: la Fiesta de la Candelaria, el Carnaval y el Anata Andino, o en otro caso, el eje mimético wari/supay/tío.

Desde la perspectiva de la investigación es valioso el periodo de tiempo que se ha trabajado y desarrollado el libro; en materia de fuentes se va desde la observación directa, las entrevistas, los testimonios, hasta las crónicas de la colonia, la investigación etnográfica, y la consulta a autores gravitantes de la antropología contemporánea como de los estudios decoloniales. Danzan soldando los argumentos, entre muchos, Dussel, Zemelman, Mignolo, De Souza y el propio viejo Marx. Autores bolivianos e investigadores orureños del folklore Guerra, Condarco, los Hnos Cazorla, Aquino, en fin.

La obra nos recuerda a ese gran libro de Jacques Lafaye, Quetzalcoalt y Guadape. La formación de la conciencia nacional. Ergo, “La Insurgencia festiva”, bien podría caracterizarse a su vez como un verdadero fundamento de la formación de la conciencia orureña, desde la cultura y la historia. Insurgencia festiva en Oruro. Una historia del proceso colonial de los Andes de Javier Romero Flores, un libro diferente, provocador y lúcido. Un libro para leer.

A propósito de nada

Gonzalo Lema

Es posible  afirmar que Woody Allen se explica solo. “Sófocles decía que no haber nacido puede ser la mayor de las bendiciones”. Judío ateo en Manhattan, su tierra prometida, observador burlón del drama/comedia de la vida de sus torpes semejantes. “Siempre he detestado la realidad, pero es el único sitio donde se consiguen alitas de pollo”. Humorista nato (“alguna vez me han preguntado si no tengo miedo de despertar una mañana y ya no ser gracioso”), mago precoz e inútil aunque chistoso en su atolondramiento, comediante aventajado de grandes boliches, escritor de sketches y guiones, actor versátil para papeles como psicólogo, intelectual, escritor y don Juan, perezoso director de cine y un verdadero éxito sexual desde que lo dejaron cruzar, por cuenta propia, de una a otra acera y piropear: “Tienes la silueta de un reloj de arena y yo quiero jugar en tu playa”. Fue rechazado pronto del ejército por comerse las uñas de nervios.

Woody Allen es conocido nuestro debido a sus hermosas películas y al escándalo desatado por Mía Farrow, su ex pareja. No conocemos nada de su inexistente ideología (“Aparte del hecho de que Lincoln había liberado a los esclavos, mis conocimientos de política eran escasos”). Sus psicólogos, al parecer, lo liberaron de esa espantosa afición y de traumas profundos de verdad: “Visitándolos he obtenido alguna clase de alivio: puedo ir a un baño turco sin tener que alquilar toda la sala para mí solo”. Ellos mismos le posibilitaron una mejor comprensión del sin-sentido de la existencia: “De hecho, el propio universo desaparecerá y no habrá ningún lugar donde puedas colgar el sombrero”. La vida es producto de un fatal accidente físico y bien haríamos en asumirla con mayor sencillez. Ya de escolar reclamaba: “Dios guarda silencio. Ojalá pudiéramos hacer callar a los maestros”. Pero no, y menos a la directora de la escuela 99 de Brooklyn que se acostumbró a torcerle la oreja por sus quejas interminables y festejadas por la clase. Su madre reforzaba la paliza aleccionadora a bofetones pesados sin condolerse de su propia mano. “Sencillamente, ella no tomaba prisioneros”.

Los amigos de su prima Rita solían llevarlo al cine para desencajarse de risa con sus comentarios. En plena parahipnosis de la platea en silencio, la voz del pequeño Allen algo decía que provocaba la risotada de estruendo una y otra vez. No sólo eso: la gente de alrededor lo alentaba con palmadas para que continuara con lo suyo. Por ese tiempo pensó en cambiar de Allan Stewart Konigsberb a simplemente Woody Allen. Gran nombre para ser lo que es. Nunca se propuso modificar su look de judío “a primera vista” para fortuna nuestra.

La historia de amor con Soon-Yi sorprendió a todos, empezando, por supuesto, por Mía Farrow y acabando, así no se crea, en Woody Allen. Fue un amor no buscado que dura más de veinticinco años. La relación de Mía y Woody (nunca se casaron, tampoco vivieron juntos) duró trece años y fue curiosa y extraña siempre. Cuando se conocieron, Farrow era madre de tres hijos biológicos y de cuatro adoptados, una de ellas Soon-Yi. De pronto, Mía denunció la violación de Dylan por parte de Woody, pero el FBI, y la misma policía judicial, informó que no sucedió aquello. Woody, aliviado, declaró que hubiera sido mucho más grave tener un tumor en la cabeza. A las tres semanas, el juez de la investigación, siempre hostil con él, se murió precisamente debido a un tumor en la cabeza. Mientras eso sucedía, Woody filmaba “Maridos y mujeres”, preciosa película. En ese momento apareció Soon-Yi que terminaba la universidad con veintitrés años y dio comienzo al romance. Las fotos de ambos fueron descubiertas por Mía Farrow y todo se agravó una vez más hasta hoy. Pese a que no hubo juicio por Dylan, media humanidad sentenció a Woody Allen. Para colmo, Mía declaró que el padre de su último hijo no es Woody Allen, sino Frank Sinatra. La historia continúa. Woody Allen declara su amor por Soon-Yi y le recuerda que debe incinerarlo. Debido a la hostilidad de parte del público estadounidense, viajó por Europa tocando viejos Jazz de Nueva Orleans. Es clarinetista, seguidor, en sus palabras, de George Lewis, Bunk Johnson, Jelly Roll Morton y, esencialmente, de Sidney Bechet. Todo parece indicar que Soon-Yi es su amor para siempre. Sin embargo, quizás por joven, supo declarar que “una de sus mujeres era perfecta, pero lo dejó por otra mujer”. La perfección no existe.

Sobras Selectas

Alexis Argüello

Sobras Selectas es una editorial alteña con sede en Bolivia. Nuestra línea editorial está en construcción permanente. De momento publicamos principalmente a escritores nóveles con proyección de obra (varios libros que aspiran a formar parte del canon en sus respectivos países). Buscamos escritores ahí donde otros no lo hacen.

Nacimos el año 2016 para publicar a la ganadora de la primera versión del Concurso No Municipal de Literatura. Luego vino el segundo libro, luego el octavo. A la fecha tenemos ya nueve libros publicados de autores extranjeros y nacionales (novela, cuento, crónica), que desperdigamos en librerías de Santa Cruz, Cochabamba, Sucre La Paz y El Alto, y también en librerías de países como México, Perú y Argentina. Hacemos también envíos de libros físicos y electrónicos cuando nos lo piden vía redes sociales o nuestra página web: www.sobrasselectas.com.

Contamos con nuestra propia librería (con sede en El Alto y La Paz) y quizá por ello es que, por ahora, hemos podido sobrevivir a la pandemia. Vamos a seguir publicando libros el 2022, a pesar de que nos gusta decir No a la gran mayoría de los aspirantes a escritores que nos contactan. Nada en contra de tales personas, simplemente preferimos buscar y buscar hasta encontrar nosotros mismos. Queremos fortalecer la unidad  y coherencia presentes en los libros de una editorial donde cada libro anterior justifica la presencia del siguiente. ¿Nuestros autores? A la fecha: Quispe Flores, Eva Choque Llanos, Jhovana Gonzales Yana, Oscar Martínez, Isabel Suárez Maldonado, Carlos Velázquez y Julio Durán. Y sí, que suene redundante, la presencia de cada uno de ellos en Sobras Selectas justifica la presencia del siguiente.

El Llamo blanco de Jesús Urzagasti

Alan Castro Riveros

El lugar

La primera vez que supe de El Llamo blanco fue alrededor del año 2007. Jesús me señaló tres de los cuatro volúmenes que guardaba en la base del estante rinconero de su biblioteca; me dijo que había llenado aquella cantidad de papeles antes de Tirinea. La razón por la que hablábamos de esto me la reservo para otra ocasión.

Lo cierto es que “para escribir ya es necesario escribir” –acotaba Blanchot–, y en tal ironía se vislumbra tanto la experiencia de la escritura como la inexperiencia de los recién llegados al mundo. Hay un momento de la vida –recuerdo cuando Jesús contaba de la vez que le había pegado una neurosis– donde se abre un nuevo espacio y todo recobra su carácter desconocido –por tanto, sorprendente. Esta abertura, aunque ha clausurado un mundo entero tras ella, es tenue en principio, y para caminar sin recular por los nuevos dominios es crucial el movimiento íntegro que produce la escritura, allí donde incluso se mueven partes del cuerpo y de la memoria que hasta entonces no se habían movido. En El Llamo blanco no solo vemos este movimiento, sino que asistimos a la fragua del centro que se difundirá a lo largo de la vida del escritor más de fondo que ha alumbrado nuestro país.

Dentro de la conmociónque genera la llamada a la aventura de conocer está la dificultad para dar a las ideas e imágenes recibidas una forma que verdaderamente se les parezca, pues alguien que ha estado en este trance necesariamente sabe que en el silencio se ha dicho todo y que lo inefable perdura como el secreto en estado puro.

De tal manera, cómo preservar la sencillez de las imágenes e ideas, para que su transparencia no degenere en baratijas ni en malos entendidos que suelen ser una carga adicional a los agobios que nos jalan hacia el subsuelo del que venimos saliendo.

«Un libro, ¿para qué? –dice Jesús–. Tiene que ser un libro de atrás, de adelante, de arriba o de abajo, y que tenga un sentido perdurable; de lo contrario, será agregar un poco más de basura al mundo. [Y] si en ese libro aún se introduce la presunción, tampoco servirá para nada» (77).

La hechura de la Obra, su sondeo y meandros, es parte del secreto que, dentro de la aventura de conocerse y conocer, vale más que la publicación de un libro. El Llamo blanco es la constancia del sacrificio de una esfera para dar vida al centro, las cenizas de un resultado material a cambio de la revelación de las condiciones, la ética y la actitud para dominar el punto desde donde saldrían todos los libros y su escritura, además de los primeros andares de un lenguaje que exige parecerse a lo indecible sin parecerse a ningún libro.

El espanto y la profecía

El título que dio nombre a los cuatro volúmenes de donde Sulma Montero tomó los fragmentos de este libro salió de tres sueños que se conjugaron precisamente en la imagen del Llamo blanco. El primero de ellos es una voz, un mandato: “Hay que sacrificar al Llamo blanco para pasar la noche del espanto”. Los otros dos sueños tienen que ver, singularmente, con el atrio de la UMSA. En uno de ellos, Jesús está a punto de entrar en este edificio del conocimiento y enceguece; es ayudado por unos jóvenes, pero finalmente se desmaya. En el otro, el Llamo blanco aparece degollado en la punta de un mástil y como no hay una multitud alrededor, se da cuenta de que tal mensaje era solo para él. Por tanto, una llamada, una caída y el sentido de un sacrificio se conjugan en la imagen del Llamo blanco.

Pero qué es la noche del espanto: ¿el miedo a la locura, el saber que escribir ya es una locura y por tanto habría que ocultar ciertos papeles dentro de una botella en la quebrada de Quarisuty? ¿Es acaso el inicio de una nueva conciencia, o el mero insomnio con el que Jesús Urzagasti evidenciaba la existencia de la eternidad? Por otro lado, el espanto conjugado con la escritura nos remite al padecimiento de cierta potencia que se expande enérgicamente en el cuerpo y no cesa, cierta tensión que amenaza siempre con ser una visión insoportable.

La voz del sueño en la obra de Jesús Urzagasti es profética desde siempre, una voz que despierta el espanto con solo nombrarlo –en este caso. En ella está la exigencia que origina el movimiento de la escritura, que se opone a la comodidad o al mero reposo. En ella está el espanto y la exigencia del sacrificio para atravesar el espanto. La voz remite a un nuevotiempo, allí donde alguien ha sido separado de lo antecedente y abierto al umbral de lo otro. De ahí la soledad, de ese mensaje único, porque «allí está el desierto y habrá que cruzarlo. [Además,] Nunca se sabe lo que es un desierto sino cuando se muere en él, a causa de él y sin poder salir de sus dominios. Por el desierto solo es dominado por la soledad» (25), dice el primer fragmento de El Llamo blanco. Un lance de muerte, decíamos, un trance de sacrificio.

Toca decir también que la palabra oracular de la voz que escucha el soñador no convoca solo una imagen o una idea, sino algo que tiene un peso específico en el cuerpo y en las acciones de este mundo. Si carecería de tal peso, carecería de autenticidad. No cabe comparar la voz que nombra al Llamo blanco con la honestidad de una palabra, con la libertad de la imaginación o con la gracia de lo “artístico”. Hay gravidez y exigencia en la voz oracular, pues está en juego la vida y el destino de alguien. Diríamos que nunca se está preparado para una verdadera profecía. La palabra oracular, al engendrar cierto movimiento, es también la simiente de un espíritu que obra tras la palabra oracular; de ella se genera cierta ética y aparece a su vez el desconcierto de un enfrentamiento jamás previsto.

¿Cómo tomamos una aventura vital a partir de la palabra que exige un sacrificio? El Llamo blanco es, en cierto sentido, la respuesta a esta pregunta. Si comenzamos nuestra vida sabiendo que el sentido de las palabras no es alegoría ni símbolo ni mero trámite, sino una fuerza enérgica que desnuda al mundo y nos sitúa en el desierto, también la sentimos como luz, luz enceguecedora, espantosa, familiar, maravillante. «Cuida tu alma –dice el fragmento inicial de la sexta parte de El Llamo blanco–, porque a pesar de ser tu cuerpo algo que alimentará el olvido esencial, procura alcanzar la condición del oro, solo que trata de hacerlo –como corresponde a la ceguera– a través de un camino lleno de equívocos» (85).

La complicidad

Y qué tal si la exigencia de la palabra oracular se transmite de pronto a alguien más. En “Oscura noche del alma”, texto que abre el libro, Sulma Montero inicia diciendo que «con la aparición de El Llamo blanco se cumple el vaticinio que recibió en sueños su autor, en el cual una voz le mandó sacrificarlo. Tarea difícil que me encomendó años antes de su desaparición física, Jesús Urzagasti» (15). Luego añade: «Sacrificarlo, era una tarea reservada solo para mí». Y más adelante: «Debía comprender las señales que me ayuden a precisar los móviles de mi acto» (16).

De tal manera, Sulma iniciaba su propia aventura, adentro ya insospechadamente en el cúmulo de «diarios, reflexiones, anotaciones, poemas, narraciones y confesiones» (16). Con ayuda de su hija Carmen Urzagasti, se zambulle dentro de incierto caos en la busca de un libro comprensible y hermoso, testimonio de un tiempo angustiante y peligroso como el que de pronto se desataba a su vez sobre la cabeza pandémica del mundo entero. No por nada la oscura noche del alma ha sido escogida como título inicial, trayendo consigo las resonancias de esa fase de la vida en la cual el espíritu se debate entre la desolación y la esperanza más brutales.

Quién más podría ingresar a los papeles de El Llamo blanco, sino alguien que tenía la cercanía para sentir la complejidad y la sencillez de los enigmas que nos plantea una escritura que rebasa su propia vida, su muerte y su resurrección.

Por cierto, la complicidad entre Sulma y Jesús ya se había dado en el libro doble Frondas nocturnas/Infancia publicado en diciembre de 2008. De ahí que, en la composición de este libro, el lector también será capaz de atisbar esa complicidad vista desde afuera.

Para muestra, un botón: los títulos de los fragmentos estelares. Al igual que en las novelas de Jesús Urzagasti, los títulos que dan nombre a las partes de este libro son frases al interior del propio texto. Detenernos en estos títulos es ir más allá del hilo que agrupa a los fragmentos, pues se nos revela no el tema (palabra que Urzagasti detestaba) que los une sino el sentido que los desborda. Por ello, no basta una o dos palabras para titular cada segmento, sino la frase que les conceda el giro que proponen. Me animo a decir que esta pequeña complicidad atisbada ha preñado de nueva forma mis próximas relecturas de los libros del Jesús.

La fragua de una decisión

Aunque de una manera distinta a la aventura de Sulma Montero al “escoger” para este libro los fragmentos hallados en cuatro volúmenes, El Llamo blanco tal vez es uno de los libros que más se presta a la complicidad con el lector. Su calidad de compendio íntimo que el autor guardó hasta el día que desencarnó de este mundo, lo convierte en el testimonio de la forja de la Obra propia e intransferible de un creador.

La calidad fragmentaria de El Llamo blanco nos recuerda la intermitencia del trabajo real, allí donde uno es lo que en verdad es solo por un tiempo limitado. Tanto la continuidad de un espíritu como la cesación de un paso, la interrupción o el impulso al traspasar el umbral infinito, son parte rítmica del libro. Por ello, uno puede pensar estos fragmentos como las múltiples fracciones de aquello que, precediendo a la obra, no es la obra, pero sí su sustento.

Finalmente, cabe recordar el tiempo de escritura de El Llamo blanco: entre 1960 y 1978. Dieciocho años no es poca cosa, amén de que Tirinea fue publicada justo en medio, en 1969. El tiempo dedicado a la escritura se puede sentir durante la lectura del libro: el movimiento de los días, el paso de un ámbito a otro, la paciencia, la insistencia, la sinuosidad. El autor de El Llamo blanco espera la concentración del tiempo en un presente puro donde se desate la extensión de su lenguaje.

En gran medida, este libro es el breviario (libro de la memoria) de una decisión (si es que hay tal cosa). Pero también el lugar de la fragua misma del núcleo de toda creación.

Apuntes nostálgicos y críticos sobre la juventud

H. C. F.  Mansilla

Reflexionando sobre la estética popular del siglo XXI me digo: Cómo no envidiar a los jóvenes que aman y practican el éxito y la belleza, y lo hacen con una elegante ligereza, sin esfuerzo y sin lágrimas. La juventud tiene, a menudo sin saberlo, un nexo vivo con la belleza, por la cual yo ahora siento sólo una nostalgia irremisible. Uno puede tener experiencia y gozar del poder, económico y político, pero nada reemplaza la sal de la juventud.

Cuando en pleno siglo XXI observo a los hombres jóvenes – fuertes, hermosos, deportistas, cosmopolitas, seguros de sí mismos, eróticamente incansables – me invade una sensación de envidia. Pero mirando más cuidadosamente creo poder constatar que detrás de esta pantalla se hallan la mera apariencia, el vicio innoble, la vulgaridad prefabricada. Es decir: lo común y corriente a lo largo de la historia. Los jóvenes del montón ─ es decir: la enorme mayoría ─ producen sin saberlo un manifiesto generacional, como lo llamó el gran escritor checo Milan Kundera. Parece ser una clara sumisión a la mentalidad reinante en este momento, independientemente de su contenido. El resultado es el orgullo de la manada, el distintivo aleatorio del rebaño, el estar encantado con la moda del instante.

Stendhal podía hablar sabiamente de la juventud, los sentimientos y los delirios. Tenía la dote de expresar los anhelos y los temores de los jóvenes con inteligencia y experiencia, sin que estos pierdan la magia y la fiebre de los años mozos. En La cartuja de Parma recrea con enorme talento el momento en que termina la juventud y empieza la era de la sobriedad, pero también el instante en que es indispensable renunciar al romanticismo. Detrás de los héroes están los hombres comunes y corrientes. Yo, que he dedicado toda mi vida a combatir la grosería estética y política, diría hoy: después de los años tan breves de la juventud se halla la mediocridad de la edad adulta, que es necesaria para sobrevivir.

Mi interés por valores juveniles recibió un fuerte impulso cuando leí el Homo ludens de Johann Huizinga mientras era estudiante en Berlín (1962-1974). Me impresionó vivamente. El hombre que juega es aquel que preserva lo mejor de la juventud y, simultáneamente, evita exitosamente la fragmentación de la vida moderna. También Friedrich Schiller vislumbró algo similar: el ser humano contemporáneo ya no tiene afición por aquellas acciones que no tienen metas materiales inmediatas o que no persiguen un objetivo instrumental claro, como aún lo practicaban los jóvenes románticos. El juego, en cambio, es el camino que nos conduce desde las coerciones de la naturaleza hasta la cultura que nos puede brindar formas de libertad. El juego es el fundamento de la juventud y, obviamente, del arte. Por ejemplo: el sexo puro es culturalmente estéril porque tiene carácter tautológico: reproducimos las constricciones naturales y nos sometemos ciegamente a ellas. Pero el arte erótico nos brinda autonomía, creatividad y hasta un sentido existencial que traspasa la fragilidad y futilidad del instante.

El erotismo es la “ceremonia artística”, como asegura Mario Vargas Llosa. No se obtiene este resultado cuando el juego erótico se convierte en desenfreno, cuando se lo practica con un sentimiento apocalíptico, cuando parece que es la última vez. En este caso, como sucede a menudo, sobreviene realmente la desgracia sólo vislumbrada al comienzo. Es similar al surgimiento de los cataclismos sociales. Y esto se relaciona con la temática de los recuerdos juveniles: las dos porciones más bellas del erotismo son la anticipación imaginada y la remembranza posterior.

Uno de mis autores favoritos, Oscar Wilde, quien adoraba los años juveniles, acuñó la famosa expresión: únicamente los superficiales se conocen a sí mismos. Y añadió: la seriedad es el refugio de los frívolos. Seguramente es lo que siempre pueden afirmar los jóvenes para legitimar las exageraciones de su edad.

El ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger analizó el lenguaje de los medios masivos de comunicación y criticó la pretensión de los mismos de crear y difundir un idioma universal de la juventud contemporánea que atrapa y simplifica todos los fenómenos y les quita su especificidad. Esta jerga juvenil significa, según Enzensberger, una domesticación de los sentimientos y las ideas, por más que parezca la moda imprescindible de los mozos despabilados o un fenómeno moderno, rutilante, espontáneo, simpático e inevitable. El resultado sería la eliminación de toda diferencia entre información y comentario y la consolidación de los prejuicios sociales más difundidos. El radicalismo juvenil es la ideología de aquellos que están satisfechos consigo mismos y que practican el encanto infantil de asustar a los otros con expresiones que pretenden ser definitivas y severas. Practican una prosa neobarroca y el uso generoso de paradojas y oxímoros. Esta fraseología complicada quiere sugerir la existencia de pensamientos complejos. El idioma más usado es un curioso castellano que imita al inglés americanizado y netamente provinciano de corte mercantil.

Mis recuerdos de la juventud son ambivalentes. Los jóvenes de entonces, por ejemplo durante la rebelión estudiantil de 1968, hablaban en una jerga pobre, atroz y deliberadamente ordinaria, creyendo que ello era una demostración de fuerza, renovación y originalidad. Esto es lo que más me disgustó de aquella revuelta estudiantil: un idioma de uso obligatorio, de carácter artificial, a propósito vulgar y simplificador. Los muchachos del ambiente universitario tenían un caos mental: en un momento daban la impresión de ser revolucionarios de la extrema izquierda y al siguiente de ser partidarios de la extrema derecha. Después me di cuenta de que ambas posiciones son posibles y hasta usuales en un solo cerebro atolondrado y que esto está muy expandido en todo el Tercer Mundo, sobre todo allí donde florece una tradición autoritaria. Los jóvenes de entonces odiaban los procesos institucionalizados, los organismos de la democracia moderna, el espíritu crítico y científico y la modernidad en general. Estaban fascinados por la acción directa y por las armas.

El resultado general de la juventud en la actualidad puede ser descrito como la indiferencia por la política seria, el desprecio de la estética razonable, la falta de auténticos ideales y el rol central del alcohol y las drogas.

La agenda inconclusa de culturas: institucionalidad

Antonio Mario Molina Guzmán

Uno de los constructos sociales más complejos es el Estado, en cuanto estructura e ideas  capaces de modelar una sociedad, definir rumbos y períodos de su historia. Retomando el hilo de los anteriores artículos focalizamos el escenario de las culturas, como «Sistema de conceptos e instituciones» según Larry Shiner(*). Apelando a este útil teórico, auscultemos qué sí y qué NO ha ocurrido en materia de cultura, en la estructura y en la superestructura, desde la Asamblea Constituyente hasta ahora, a 12 años de vigencia de la Constitución. 

No cabe la menor duda que el texto constitucional es producto de prolongados procesos de acumulación política de fuerzas sociales distintas, maduración de experiencias, unas de fracaso como la derrota en Calamarca de la Marcha por la Vida de 1986 que cerró el ciclo estatal inaugurado en 1952, período que nació con una impronta rural profunda, con orientación ideológica obrera que marcó la agenda en la construcción de la estatalidad e institucionalidad pública, y la urdiembre cultural nacional y popular. Pero también es producto de triunfos inapelables como la reconquista de la democracia y la Marcha por el Territorio y la Dignidad de 1990 -para citar hitos-, treinta y ocho años después del 52. El 2009, los otrora difuminados «compañeros campesinos» (categoría homogeneizadora del MNR), forjaron su imagen nítida, en su propia lengua enseñaron a pronunciar sus nombres y el de sus naciones. Hasta ahora, 35 pueblos originarios junto a los afro-descendientes, han pirograbado en la historia y en la conciencia de quienes nos reclamamos bolivianos, que su existencia es un derecho en tanto se los reconozca en su peculiaridad identitaria, ya no como demanda, más como derecho humano constitucionalizado. Este el rasgo esencial de los tiempos que vivimos. 

En artículo anterior, abundamos en la caracterización de la adscripción constitucional a los horizontes holísticos del concepto de cultura, que nos provee la antropología según M. Shalins:“…es decir, el conjunto de rasgos distintivos que caracterizan el modo de vida de un pueblo o de una sociedad…(**) Las “Bellas Artes” ahora son solo una parte de un escenario mayor de las manifestaciones culturales del mega conglomerado socio cultural y etnológico, que es el sustrato de la formación social boliviana. Se ha operado una transformación conceptual de proporciones.

Los alcances del concepto de cultura de nuestra carta magna tiene un horizonte muchísimo más amplio que el que tuvieron las anteriores; a guisa de ilustración citamos: idiomas (Art. 5), artes (Art. 101), educación (Art. 30-II-12), manifestaciones culturales (Art.100), medicina tradicional (Art.30-II-9), interculturalidad (Art.9-3) economía (Art. 9-II-14), justicia (Art.190-192), agricultura (Art.304-19), medioambiente (Art. 30-II-10), minería y RRNN (Art. 30-II-15,17), organización social (Art.30), democracia propia (210-211), religión (Art. 30-II-7), y un largo etcétera.

Retomando a Shiner, queda comprobado que los CONCEPTOS de culturas SÍ están  definidos; lo que NO se ha hecho es crear las INSTITUCIONES dentro del propio Estado para poder dar cumplimiento a los preceptos constitucionales. La evidencia empírica nos pone de frente a un escenario dislocado e incoherente; desde la Asamblea Constituyente y, a lo largo de los doce años posteriores, los asambleístas primero y los gobiernos posteriores después, han sido incapaces de imaginar y diseñar la institucionalidad estatal que permita echar a andar semejante bagaje conceptual.

A la vieja estructura ministerial solo se le ha cambiado denominativos, se le ha provisto y disminuido competencias, inútilmente por más de una década; porque lo que no se ha abordado es la solución técnica para rediseñar la ingeniería organizacional, operativa y presupuestaria que supone la adopción del concepto de cultura establecido por la Asamblea Constituyente; lo que a su vez debiera desembocar en el establecimiento de la Máxima Autoridad Ejecutiva (M.A.E.) de culturas, con facultades y competencias suficientes como órgano rector sectorial, para organizar y dirigir el conjunto normativo. La institucionalidad requerida excede y con mucho la estructura actual del Ministerio de Culturas, D. y D.

En medio de este escenario de baldosas sueltas y cortocircuitos, existe un cuadrante   perfectamente iluminado, con escenografía detallada y libreto –léase Constitución- claro como el agua: Capítulo 4to: «Derechos de las Naciones y Pueblos Originario Campesinos». [En el Título I: «Bases Fundamentales del Estado»; de la Primera Parte. (La nomenclatura detallada tiene la intención manifiesta de subrayar la importancia absoluta que la propia Constitución le otorga; constituye el desarrollo normativo del bagaje conceptual explanado en el Preámbulo, entendido como la quilla del texto constitucional que desbroza el rumbo)]

¿Qué tiene que ocurrir para que –por lo menos– este ámbito sea trabajado desde el ministerio?

En algún rincón de la casona colonial de la calle Potosí de La Paz, languidece lo que nació como INAR, inexplicablemente degradado a “unidad” (algo así como de coronel a cabo); todo indicaba que la antropología y la arqueología iban a ser las disciplinas científicas estrella del ministerio. (Una mirada a las páginas WEB y video-conferencias con el MNAAHP del Perú o con el MNA-INAH de México, pueden dar ciertas pautas.).

El último viraje virulento del ministerio es la decisión de desconectarse del mundo artístico urbano (artistas, gestores, creadores y gremios especializados); después de concluir que ya no son “interlocutores válidos”; los que sí son ahora, son los movimientos sociales. Habrá oportunidad para conocer razones, fundamentos y resultados.

Las manifestaciones culturales urbanas, salvando el cada vez más desaliñado Premio Eduardo Avaroa y una febril actividad, íntegramente burocrática de patrimonialización a la carta, han ido menguando y desapareciendo paulatinamente de la agenda de actividades y patrocinios que desarrollaba el ministerio. Ello posiblemente explique el privilegiado y protagónico rol que tiene hoy la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB), que parecería haber tomado la posta del ministerio. Este acápite merece ser abordado y analizado específicamente.

Los golpes de timón sorpresivos que han sido la constante en la gestión ministerial, van a encontrar rumbo y dirección, cuando la estructura institucional encuentre coherencia con el riquísimo catálogo conceptual y normativo de la Constitución, solo así sabremos si avanzamos y a qué costo. Doce años es un lapso superabundante y la agenda sigue pendiente. Recursos económicos hubieron en cantidades superlativas. El pasado mes de abril, la Ministra Sabina Orellana informó la drástica reducción presupuestaria de 146 a 36 millones de bolivianos (-73%); cifras que permiten realizar estimaciones grosso modo. A fin de compensar las diferencias por incrementos o reducciones anuales; tomemos una media simple entre ambos montos y tenemos 92.5 millones anuales; que multiplicados por 12 años, arroja la suma de 1.110 millones de bolivianos, monto que convertido a dólares (t/c 6.90), representarían 160 millones de dólares. La relación beneficio/costo del gasto presupuestario queda con diagnóstico reservado, porque resultaría evaluable solo si se contara con una institucionalidad ministerial sólida y definida, con políticas públicas establecidas, planes y programas detallados y actividades adecuada y suficientemente presupuestadas.

Ya no caben más improvisaciones,  debe concluirse la agenda, pendiente desde el 2009. ¿Se está a tiempo? La decisión y voluntad política que se imprima será proporcional a la calidad del resultado que se obtenga.    

*Larry Shiner: La invención del arte – 2018 / ** M. Shalins: Nuestra diversidad creativa-1997

Abdulrazak Gurnah, una estrella por la que nadie apostaba

Javier Claure C.

El pasado 7 de octubre, el secretario permanente de la Academia Sueca, Mats Malm, anunció el nombre del novelista Abdulrazak Gurnah como ganador del Premio Nobel de Literatura 2021.

Abdulrazak Gurnah es un escritor y crítico literario nacido en Zanzíbar (Tanzania). A los 18 años abandonó su país a consecuencia de la persecución a ciudadanos árabes. En 1966 llegó al Reino Unido como refugiado, y allí empezó a estudiar. Primero en el Christ Church College y luego obtuvo un doctorado en la Universidad de Kent, en donde trabajó como catedrático de postgrado en el departamento de inglés, hasta su jubilación. Según el jurado, la obra de Gurnah se caracteriza por la «penetración intransigente y compasiva en los efectos del colonialismo y el destino del refugiado en el abismo entre culturas y continentes.”

El autor de Memory of Departure (Recuerdos de la Partida) ha escrito en total diez novelas, y dos de ellas están traducidas al sueco: Paraíso (Paradiset) y El último regalo (Den sista gåvan). En realidad, es poco conocido. Y, por consiguiente, su nombre no figuraba en las quinielas ni en las apuestas acerca del Premio Nobel de Literatura 2021. Tampoco sus obras eran pronunciadas por labios de expertos en literatura. En otras palabras, el nombramiento de Abdulrazak Gurnah, como ganador del Premio Nobel de Literatura, cayó en Suecia, y en el mundo entero, como una estrella por la que nadie apostaba un centavo. Y este asombro se refleja tanto en la prensa sueca como internacional. Algunos titulares de los periódicos suecos más importantes:

Diario Sueco (Svenska Dagbladet): “Es hora de darse cuenta de que las personas que no son blancas pueden escribir.”

Noticias del Día (Dagens Nyheter): “Es triste que los escritores poscoloniales tengan que escribir en inglés.”

El Expreso (Expressen): “Una elección mística de la Academia Sueca.”

Diario de la Tarde (Aftonbladet): “Pánico y confusión cuando se presentó el nombre del ganador del Premio Nobel de Literatura.”

A nadie se le pasó por la mente que este escritor tanzano, se llevaría el galardón literario más preciado del mundo. Muchos editores suecos han reconocido su ignorancia sobre el flamante ganador del Nobel de Literatura. Y han dicho: “debemos ser sinceros, no conocemos al escritor. De pronto somos tan suecos, tan insulares, tan ignorantes y tan descubiertos”. Una persona dijo en el noticiero: “Nunca he leído algo de su autoría, no sé quién es.” Gunnar Bolin, director de un programa cultural de la Radio P1 aseguró que jamás escuchó el nombre del laureado con el Premio. Mientras que Stefan Jonsson, crítico literario del periódico “Noticias del Día” y catedrático de la Universidad de Linköping, dijo que la elección de Abdulrazak Gurnah nos lleva a conocer una literatura que no se encuentra fácilmente en Suecia. Y acotó: “Ahora el Premio Nobel cumple su potencial en todo el sentido de la palabra: abrir puertas a otros mundos, a otras vidas humanas que no conocemos.”

Al mismo tiempo, periodistas, literatos, expertos y personas que les gusta el mundo de la literatura pensaban que el escritor keniano Ngugi Wa Thiong’o, eterno candidato, quizá sería el galardonado con el Premio; aunque, a decir verdad, en la Academia Sueca se barajan varios nombres: Haruki Murakami (Japón), Ahmad Said; más conocido como Adonis (Siria), Scholastique Mukasonga (Rwanda), Mia Couto (Mozambique), Jamaica Kincaid (Antigua y Barbuda), Mircea Cartarescu (Rumanía), etc.

Gurnah ha escogido el idioma de Shakespeare para narrar historias. Y las críticas no tardaron en llegar. Algunos comentaristas cuestionan el porqué de utilizar el idioma inglés colonialista, haciendo alusión que mejor sería que se exprese en suajili, lengua que se habla en su país de origen. Pero más allá de eso, todos se preguntan: ¿Cómo ha sido la elección de Abdulrazak Gurnah?

Para nadie es nuevo que, desde el inicio del Premio Nobel de Literatura, en 1901, la Academia Sueca ha otorgado el premio, en la mayoría de los casos, a escritores europeos y norteamericanos. Según una estadística de la propia Academia Sueca, los países con más Premios Nobel de Literatura son: Francia 15, Estados Unidos 13, Gran Bretaña 12, Alemania 8, Suecia 8, Italia 6, España 5, Polonia 4, Irlanda 3 y Dinamarca 3.

El testamento de Alfred Nobel establece que el Premio Nobel debe ser otorgado a personas que “hayan realizado el mayor beneficio a la humanidad”. Pero también para aquellas personas que “hayan producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la literatura”. Pero… ¿Cómo interpretar esa frase ambigua? Cada período histórico está marcado por diferentes modas, características, conflictos, acontecimientos, coyunturas, contradicciones etc. Es decir, la vida fluye por una cadena de factores históricos y sociales. Y a medida que va pasando el tiempo, creo que se han llevado a cabo diferentes interpretaciones del testamento de Alfred Nobel dependiendo de la época.

El nigeriano Wole Soyinka, que también escribe en inglés, fue el primer escritor africano que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1986. Luego fue el turno del sudafricano J.M. Coetzee en 2003, es decir, la Academia Sueca tuvo que esperar 18 años para otorgar el Premio Nobel de Literatura a otro escritor africano. ¿De qué depende? ¿Existen diferentes criterios para elegir a escritores o poetas tomando en cuenta el país de procedencia? o ¿Será que la Academia Sueca ha saldado una cuenta pendiente que tenía con escritores de otros continentes?

En este contexto, es oportuno señalar que tras los escándalos que se desataron en la Academia Sueca en el 2018, a consecuencia de agresiones sexuales, el presunto mal manejo de las finanzas de la Academia y la falta de transparencia en el trabajo que realizan los miembros, la Academia se hundió en una crisis profunda. Y, como resultado de ello, no se concedió a nadie el Premio Nobel de Literatura. La Academia se desprestigió ante los ojos del mundo. Algunos miembros renunciaron, Jean-Claude Arnault, esposo de Katarina Frostenson (renunció a la Academia) fue a parar a la cárcel por violar a una mujer dos veces, y la élite cultural sueca exigía cambios en la Academia.

Para lavar la imagen de la institución Nobel, se creó un nuevo Comité Nobel conformado por cuatro miembros de la Academia y cinco expertos externos. Este Comité tenía dos objetivos: cambiar la visión eurocentrista de la Academia y poner fin a situaciones bochornosas.

También es conveniente mencionar que la Academia Sueca cuenta con cuatro nuevos miembros: Åsa Wikforss (silla nr. 7), Anne Sward (silla nr. 13), Ellen Mattson (silla nr. 9) y Tua Forsström (silla nr. 18).

Pero, a pesar de estos esfuerzos, la Academia seguía sufriendo de ceguera. En 2019 otorgaron el Premio Nobel de Literatura a Peter Handke (Austria). El mismo año se entregó el Premio, de 2018, a Olga Tokarczuk (Polonia) y, el año pasado, Louise Glück (Estados Unidos) fue homenajeada con el Premio. Entonces, tomando en cuenta los componentes arriba mencionados, la Academia Sueca no tenía otra alternativa que otorgar el Premio a un escritor que no haya nacido en Estados Unidos ni en Europa. Y la respuesta contundente a una serie de preguntas, viene de la boca de Anders Olsson, miembro del Comité Nobel, quien se expresó de la siguiente manera: “Tenemos los ojos abiertos hacia escritores que podrían llamarse poscoloniales. Nuestra mirada se hace más amplia con el tiempo. Y el objetivo de la Academia es vigorizar nuestra visión de la literatura en profundidad. Por ejemplo, la literatura en el mundo poscolonial”. Sin embargo, surge la pregunta: ¿Será que el próximo Premio Nobel de Literatura recaerá en un escritor de América Latina? ¿De Asia? o ¿Quizá nuevamente en un escritor de África?