H.C.F. Mansilla: El último pesimista

Christian Jiménez

Partiendo del conocimiento general de que todo pesimista es un optimista bien informado, podría decirse que el trabajo intelectual es la construcción de un sentido del mundo que une sus significados desde una posición teórica y moral.

Así, las Obras selectas de H.C.F. Mansilla publicadas a través de la editorial Rincón Editores, se convierten en el testimonio de un trayecto desencantado por la realidad política y cultural de una formación social como la boliviana, pero que no por ello deja de buscar ciertas alternativas para hacer más divertido y agradable el viaje. Quizá por ello se hayan incluido en estos tres volúmenes, también la obra de ficción del autor y en cierto modo habría que decir que rondan desde la novela de iniciación hasta la novela especulativa. Y en ese sentido hay ciertamente un aporte al género que ha pasado desapercibido porque es posible que el intelectual le haya ganado notoriedad al artista.

A pesar de ello, en tanto creador e intelectual que usa la imaginación para organizar el argumento, la escritura de Mansilla se mueve con soltura y propuestas arriesgadas en los ensayos, que son de más corto aliento, pero que logran cuajar y sintetizar ideas que no siempre van a la par del sentido común o de la interpretación tradicional.

Y es aquí cuando sucede uno de los momentos importantes del pensamiento de Mansilla: el no ir a la par de la época o del sentido general del tiempo intelectual. Sus propuestas, ideas, interpretaciones y argumentos, en la mayoría de las ocasiones incomodan porque se desenvuelven en un plano opuesto a lo que normalmente las ciencias sociales han construido como conocimiento general. Lo suyo es más bien no solo ir a contracorriente, sino desarmar el sentido común, señalando sus incongruencias y superficialidades, para de ese modo, proceder a plantear una propuesta diversa y mucho más compleja.

Pero, lo que hay que reconocer y sostener es que toda la reflexión se realiza desde el marco conceptual propuesto por la Escuela de Frankfourt y que en cierto modo apunta a una crítica de lo sucedido en el mayo francés de 1968 y la sociedad de consumo, la degradación de la cultura y el carácter conservador de las estructuras de poder que dominaron Bolivia los últimos setenta años. Aun así, la interpretación que apunta en ciertos momentos a ser sociología de la cultura y en otros, a una ciencia policía clásica encuentra en los estudios de Theodor Adorno y Max Horkheimer, el sustento para establecer los límites de la esperanza y la reorganización del pensamiento socialista rumbo a la deriva que interpela tanto a la globalización como al capitalismo de Estado.

Y son estos los puntos por los que Mansilla también es criticado. Se sostiene que su visión más allá de ser pesimista, es poco propositiva y parte de un poco conocimiento de la realidad nacional, como si desearía encontrar en Bolivia restos de la Europa que anhela y desea. Sin embargo, también se lo critica por su elaboración conceptual al momento que evalúa el trabajo de la sociología concretada en Bolivia. Sus trabajos parecen apuntar un cuestionamiento sobre el modo en que se construye el conocimiento. El ataque Mansilla lo realiza desde la epistemología y es quizá por ello, que no queda piedra sobre piedra cuando se trata de pensar en perspectiva de largo aliento el pensamiento social boliviano; siendo así que para Mansilla este se acercaría más al sentido del ensayo que de la teorización propiamente dicha.

Por ello es importante reconocer que también dentro de toda trayectoria intelectual la labor de reorganizar lo hecho hasta el momento es una tarea que indica el sentido del texto escrito y sus propósitos. También es un modo de entender por ausencia lo que a Mansilla le preocupa o aquello que no es parte de sus preocupaciones. Y junto a esto, la importancia que le atribuye a ciertos temas que para la ciencia social realizada en Bolivia goza solamente de acercamientos primarios.

También esta serie de libros reunidos ayuda al lector a entender cómo se gesta un conocimiento y qué cualidades tiene en términos epistemológicos la crítica a la sociedad de consumo y la crítica a la sociedad boliviana y la evaluación que genera sobre autores (sociólogos, antropólogos, politólogos) que han construido una interpretación sobre la realidad boliviana.

Así, finalmente, la intención de tener una obra casi completa sobre un autor es también ingresar en un modo de pensar y un modelo para pensar el mundo que entraña un programa teórico y conceptual sobre el cual todo el tiempo se regresa para seguir desde ese sitio escribiendo y pensando la realidad. El modelo de Mansilla está expuesto desde las primeras páginas del libro, pero no por ello, algunas veces, deja de sorprender el alcance de la búsqueda que emprende para hacer legible el sentido de las acciones de los sujetos. Y, además, se tiene como consecuencia una suerte de caja de herramientas de las que el lector puede echar mano para pensar por su cuenta determinados problemas sociales que le despiertan curiosidad o que lo intrigan.

El cóndor vuela muy alto

Verónica López

A lo largo del año, una campaña iniciada por el compositor e intérprete Willy Claure se visibilizó en medios de comunicación y redes sociales. El objetivo, lograr la máxima condecoración del Estado boliviano, el Cóndor de los Andes para la poeta, compositora e intérprete chuquisaqueña Matilde Casazola Mendoza.

Al día siguiente del anuncio oficial de aceptación de la postulación, a finales de agosto, me encontré con Matilde en la puerta de su casa para acompañarla a Correo del Sur Radio, a dar su primera entrevista tras el anuncio en el programa “La Mala Educación” conducido por Alex Aillón. En el trayecto de su casa a la radio, desde la calle Bolívar hasta la Kilómetro 7, conversamos un poco. Ella vestía una chompa verde de lana y portaba un gran bolso de tejido con motivos jalkas.

Con su voz serena, me dijo que todavía le resultaba difícil creer que su nombre figuraría junto al de presidentes y otras personalidades. Y tratamos de enumerarlos entre divertidas y asombradas (El Príncipe de Edimburgo, el Papa, ¡Gladys Moreno! … ). Le expresé que ella lo tenía más que merecido y que este reconocimiento iba más allá de su persona, ya que era para todos los artistas bolivianos. Tras una breve pausa, ella continuó diciendo que toda su vida estuvo dedicada al arte, a escribir y a su guitarra, con la satisfacción de haber dejado algo. “Los artistas más jóvenes y el público han sido buenos conmigo, cantando y reinterpretando mis canciones y que este premio, en efeto, es suyo también”. “Este es un premio compartido”, terminó diciendo.

Al entrar en la cabina de la radio, ella no sabía que se había preparado un programa especial para destacar su obra junto a Willy Claure y Benjamín Chávez. Fue un momento memorable que reunió a tres reconocidos y experimentados artistas de diferentes áreas del arte, comunicación (Aillón), música (Claure) y literatura (Chávez), alrededor de Matilde. (Para los interesados, esta entrevista está disponible en las redes sociales de Correo del Sur).

Al finalizar el programa, Alex y yo acompañamos a Matilde a hacer compras al supermercado y, al salir, fue ella quien nos acompañó por un café Sucre, porque ella no toma café (prefiere el té). Alex y Matilde se conocen desde hace mucho y había un aire de soltura y amistad en torno a la mesa. Compartimos una linda charla sobre muchas cosas de la ciudad y del programa que acababa de emitirse. Cuando le preguntamos sobre la premiación, no quiso decir mucho ya que no dependía de ella, dijo, y nadie sabía cuándo o dónde ocurriría.

Sucedió el jueves 8 de septiembre en el centro cultural La Sombrerería en Sucre; se le hizo entrega de la Medalla en el grado de Caballero de la Orden Nacional del Cóndor de los Andes, de la mano del presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Luis Arce Catacora, en un auditorio lleno.

En su discurso, Matilde Casazola dedicó este reconocimiento a la memoria y cariño de sus padres, agradeció y finalizó leyendo Unas palabras sobre el cóndor: “El cóndor requiere el ancho cielo para su alto vuelo. En el escudo nacional está en lo alto el cóndor, él simboliza la libertad, la altivez. Vi de niña en el zoológico unos cóndores en una enorme jaula que tenía una montaña ficticia, ellos se paseaban aburridos alrededor de la montaña, a veces, trepaban por ella, cansinos; ya arriba ensayaban un vuelo, pero descendían rápidamente, pues sus alas rozaban el enrejado y ya no podían desplazarse más allá; el cóndor requiere todo el cielo para su ancho vuelo. Oro en esta ocasión por los cóndores cautivos. Agradezco a mi país, al Estado boliviano por otorgarme esta simbólica presea, me ha emocionado mucho el cariño, el reclamo de los artistas y pueblo en general que a la voz del compositor y brillante artista Willy Claure ha manifestado su cariño sincero hacia mi arte; sea el arte libre como son los majestuosos cóndores.”

Matilde Casazola, a sus 79 años, sigue cantando, tocando la guitarra, sonriendo y poniendo la mirada en la luna para encontrar inspiración, pero más allá de eso, puede vivir en carne propia y saborear los frutos de toda su vida dedicada a lo que siempre la hizo plena, el arte.

Retablo Gertrudis Medeiros, heroína de la independencia argentina, Opus 1104, Cochabamba, 2017

Gustavo Medeiros Anaya

Debido a mi curiosidad al comprobar que las Lomas de Medeiros bordean en los mapas antiguos la ciudad de Salta, recurrimos al Archivo Histórico en esa ciudad y allí nos pusieron en contacto con el investigador Eduardo Medina, en las ciudades de Campo Santo y Güemes, en la Provincia de Salta. Para allí nos fuimos y surgió no solamente una amistad intelectual, sino que él nos proporcionó su reciente libro “Gertrudis Medeiros Heroína de la Patria”, que nos ha servido de base e inspiración para concebir y pintar este retablo conmemorativo de quien fuera, además de generosa colaboradora a la guerra de la independencia, también hermana de mi tatarabuelo Francisco Ignacio Medeiros Martínez de Iriarte; hijos de José de Medeiros, autoridad virreinal en Salta.

Antecedente de este retablo es el Opus 972 de 2006, denominado “Juana, Ascencio y Gertrudis”, que lo doné a La Casa de la Libertad en Sucre.

Descripción del retablo. Óleo sobre trupán, en marco articulado de madera pintada de 96 x 136 cm, con 8 paneles, distribuidos en 3 cuerpos.

Cuerpo central

Panel 1: Central superior de 55 x 55 cm. Gertrudis atada al Árbol Histórico en el pueblo de Campo Santo, cuando el ejército realista arremetió contra su estancia, al mando de Pío Tristán y Moscoso 1812.

Panel 2: Central inferior de 35 x 55 cm. Gertrudis se refugia en su estancia de Zárate en Tucumán, herencia de su esposo cuya familia instaló los primeros cañaverales y trapiches. Allí vivirá desde 1817 hasta su muerte en 1847, a sus 67 años.

Cuerpo lateral izquierdo

Panel 3: Izquierda arriba de 35 x 35 cm. Gertrudis y familia, su esposo Juan José Fernández Cornejo, en uniforme de Gard de Corps, sus hijas Juana Manuela y Juana Josefa.

Panel 4: Izquierda centro de 35 x 35 cm. Manuel Belgrano se instala en Campo Santo, en el Fuerte de Cobos para alistar el ejército auxiliar que irá hasta Potosí.

Panel 5: Izquierda abajo de 20,5 x 35 cm. Gertrudis es arrastrada por los realistas y obligada a caminar a pie 20 leguas hasta sufrir cárcel en Jujuy, donde filtra valiosas informaciones al General Güemes. Y logra escapar en vísperas a ser deportada a Potosí.

Cuerpo lateral derecho

Panel 6: Derecha arriba de 35 x 35 cm. Francisco Ignacio Medeiros vestido como primer Juez de Bolivia, investido por el Mariscal Sucre, comparte sus Lomas en Salta con su Universidad en Chuquisaca.

Panel 7: Derecha centro de 35 x 35 cm. General Martin Miguel de Güemes comandante de la Guerra Gaucha, que recibiera apoyo de Gertrudis en reses, caballares y mulas, como también aportes económicos y sostén de soldados de la familia Cornejo-Medeiros.

Panel 8: Derecha debajo de 20,5 x 35 cm. Representa el flujo de ganadería que Gertrudis dona para las tropas del General Güemes. Lo que le repercutió en vejámenes (atada al Algarrobo histórico, arrastrada y encarcelada y con merma de sus bienes, que los fue vendiendo para subsistir los últimos 30 años de su vida, viuda y fallecidas sus hijas, con la compañía de una nieta adoptiva.

Gustavo Medeiros Anaya, arquitecto de profesión con estudios en Córdoba, Argentina. Autor de: Oruro: Ciudad Universitaria Como Factor del Desarrollo Regional y Urbano. Jurado internacional: Bienal de Quito. Experto internacional de la fundación Mies van der Rohe de Barcelona.  Ciudadano Honorario de Vladimir (URSS), New Orleans, Quincy Massachussetts (USA), Santa Cruz de la Sierra y La Paz.

Dios llega de algún lugar, a cada uno según su sombra”

Javier Claure C.

Laura Catalina Dragomir es una poeta rumana que reside en Barcelona desde hace 15 años. Es miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Rumanos en España, coordinadora de la columna cultural “Literatura de proximidad” en la revista “La Gaceta” de España y de la columna “Gota de lectura” en las publicaciones del Centro Cultural de Rumanos en Barcelona. Ha publicado “Uno y el mismo rostro del diferente”, “Nunanit”, “El carácter triunfal de los funerales cantados” y “Un cuerpo escondido dentro de una palabra”. Todos sus libros publicados en rumano. Sus poemas han sido difundidos en diferentes antologías y revistas literarias. Además, obtuvo el Premio de Poesía de la Editorial Minela (Rumanía), Premio del Concurso Nacional “Poesía espejo del alma” (Rumanía) y finalista en los premios nacionales de Mircea Ivănescu (Rumanía).

Hace aproximadamente tres años y medio, tuve la oportunidad de conocer a Laura cuando me invitaron a participar en la Cuarta Edición de los Encuentros Internacionales en Telciu (Rumanía). Un Festival de Poesía organizado por el poeta rumano Gelu Vlasin. Con Laura hicimos buenas migas. Me acuerdo bien de nuestras conversaciones o cuando fuimos a visitar una Iglesia ortodoxa, un viaje largo en bus. Nos sentamos lado a lado y hablamos de poesía y sobre la vida en general.

Su último poemario, “Un cuerpo escondido dentro una palabra”, traducido al español por Elisabeta Botan, contiene 26 poemas cortos impregnados de vivencias, delicados anhelos y sentimientos que cobran vida mientras uno va leyendo el libro. Laura Dragomir, dueña y señora de su alma poética, nos regala generosamente sus versos como las flores su olor y su belleza. En esta recolección de textos no utiliza rimas en su lenguaje poético. Sus poemas son más bien un grito de vida en verso libre.

El poeta expresa impresiones y sentimientos profundos que han sido captados en la naturaleza, en el amor, en la vida, en la muerte, en las relaciones humanas, etc. Y la palabra es el vehículo preciso para dar a conocer ese contenido místico que los sentimientos producen en el universo interior del poeta. La palabra pone nombre a las cosas y a todo lo que no se ve. La palabra también da apertura a los acontecimientos que van surgiendo durante nuestro existir. En este contexto, Dragomir utiliza las palabras como esencia de la vida, como energía que da movimiento; pero también como herramienta para adentrarse a los recovecos oscuros de la muerte.

Su sensibilidad femenina enfatizada por su condición lírica, enaltece su lenguaje poético. En los poemas de Dragomir, Dios es recurrente. Al mismo tiempo deja al lector, la libertad de descifrar lo que es Dios. Se dirige a un Dios que da vida y es capaz de juzgar a su creación, según el comportamiento de cada ser humano.


Los humanos somos seres tridimensionales. Podemos desplazarnos de izquierda a derecha, de atrás hacia adelante y de abajo hacia arriba. Pero en este poemario da la impresión que Dragomir le atribuye a Dios, la cuarta dimensión espacial: el tiempo. Es decir, ese tiempo que Dios tarda en llegar a nuestra vida dependiendo de la “calidad de sombra” que uno tiene. Y aquí debo hacer una aclaración: “ese llegar de Dios”, es una interpretación abierta al lector, ya que puede tener diferentes interpretaciones.

A través del tiempo podemos desplazarnos como también los objetos pueden ser trasladados de un lugar a otro. El todopoderoso escucha y observa, pero no sabemos desde donde:

“Dios llega de algún lugar
a cada uno según su sombra
el cansancio vacío en las rodillas
la muda de los diez mandamientos
en la boca como el lamento
y el olor de ataúd antes del combate”.

En uno de sus poemas habla de la ceguera. El sujeto ciego o ciega puede sentir la intensidad del sol, pero no puede ver su brillo en las olas del mar. No puede ver el arcoíris, el vuelo de un pájaro ni el resplandor de un diamante. Tampoco puede ver el rostro de su interlocutor. Pero en muchos casos desarrolla el sentido del tacto, por ejemplo, para la música, para sentir las asperezas de un material o para jugar con muñecas. Su mundo está limitado y se entrega a la misericordia de Dios:

“Me enteré que estoy ciega
cuando me creía más bella
yo hacía que les salieran manos tras el sueño
y traía el día de los muertos de la guerra
con manzanas y vino
me enteré que estoy ciega
por el tercer testigo
y de que me hace bien
lo de jugar con muñecas
aquellas que se duermen de lado
amadas por todos
con la intención de quedarse
me enteré que estoy ciega”.

Los poemas de Dragomir son sorprendentes, a veces con imágenes fragmentadas. Sin embargo, en su conjunto, son manifestaciones del alma que muestran un alto grado de sensibilidad. Y en este abanico de reflexiones espirituales, levanta su voz poética para viajar por planos metafísicos. Así pues, nos lleva entre senderos marcados por el amor, la felicidad, el dolor, etc.

En resumidas cuentas, podríamos decir que ha dibujado el ayer, y los efectos a lo largo del tiempo, en un cuerpo que se esconde bajo una lluvia de palabras.

Huaco retrato: un retrato del universo latinoamericano

Reseña del libro de la peruana Gabriela Winer que es todo un suceso a nivel internacional y que hace poco salió en la editorial boliviana Dum Dum.

Portada de la edición boliviana de Huaco retrato.

Irina Soto Fukutani

Cada tanto sucede: una estrella, una galaxia, o un universo desconocido colapsan y explotan. Tengo un álbum en el móvil donde reúno capturas de pantalla que tomo cuando encuentro este tipo de noticias. Una titula, “Detectan la mayor explosión del universo desde el Big Bang”. Pienso: ¿Cómo se escribe ese haz de luz enceguecedora, esa energía que se libera cuando un agujero negro se traga toda la materia que está cerca? ¿Huele a azufre o a humo? ¿Hace algún sonido, un tic tac de la muerte? ¿Cómo se pone en palabras ese breve milisegundo en el que un universo entero estalla en millones de partículas e ilumina todo eso que antes nos resultaba desconocido, negado? 

La ciencia dice que describir una explosión de ese tipo en términos humanos es muy, muy difícil, pero aun así se aventura y ensaya: “sería como si se desencadenaran 20 billones de explosiones de un billón de megatoneladas de TNT cada milésima de segundo durante 240 millones de años”. Algo imposible de imaginar, demasiado violento para no ser ficción. Pero eso es exactamente lo que intenta hacer el primer libro de ficción de Gabriela Wiener, Huaco retrato. ¿Por qué escribir sobre el origen de la propia familia, sobre un antepasado monstruoso, arriesgando a borrarse a una misma? ¿Por qué escribir un libro que es una promesa de aniquilación? Gabriela Wiener busca respuesta a esas preguntas hurgando un poco en su familia, que puede ser cualquier familia peruana, latinoamericana. Y eso es lo que hace de Huaco retrato una lectura necesaria en Bolivia.

Me imagino a la protagonista de Huaco retrato así: con una decena de cartuchos de dinamita debajo de la chamarra y el pulgar de la mano derecha sobre el detonador. Una mujer que se inmola para iluminar todas las huellas que la colonia nos ha dejado, estas hirientes maneras en las que habitamos nuestros cuerpos: sus colores, sus olores, sus formas, las lenguas con las que lo nombramos, el sexo y el placer que le permitimos. Ella es la fuente más brillante de energía antecedida por el colapso de esa galaxia que es su vida. El primer cartucho es la muerte de su padre, pero la muerte nunca es solo eso, ¿cierto? Boom. Estalla la muerte de un padre mestizo blanco que deja viuda a una chola (y a una amante). Un padre que además tiene un apellido extranjero. Boom. Un padre que se apellida Wiener, como Charles Wiener, un personaje extraviado en su eurocentrismo, violento y atrozmente racista, dice Gabriela, su tataranieta. Gabriela, la autora, me lleva de regreso a mi padre. Su historia personal es demasiado universal, porque ¿qué es más universal que el racismo? ¿Qué familia de mestizos en los Andes no celebra cuando la piel es más blanca y los ojos más claros? ¿O soy la única a la que le hicieron la broma fácil de “mejorar la raza” cuando me casé con un extranjero?

Otro cartucho: la migrante que en España tiene cara de peruana. Boom. La hija que entiende qué es ser sudaca y panchito. Explota: la india que vino a estudiar a España y no aprendió nada. La que vino con su esposo cholo y se enamoró también de una mujer blanca. La mujer que busca trazar un origen y nos lleva a pasear por los zoológicos humanos de mediados del siglo XX en Europa: indios y negros a los que les impedían bañarse para que dar con el tono salvaje que esperaba el público. Salvajes a quienes les arrojaban carne cruda que los administradores preparaban para que parezcan caníbales, porque mientras menos humanos, mejor. Así era como los retrataba su tatarabuelo, saqueador de patrimonio latinoamericano. Boom. Todo escrito por el cuerpo de una mujer marcado por esta herida: ser un cuerpo afeado, un monstruo irreversible. Un libro que hurga tanto en ese intento por descolonizar que hasta se niega a ser novela, relato, crónica, ficción, no ficción. 

Este primer libro de ficción de Gabriela Wiener es quizás el que he sentido más cercano a la realidad; a la mía, que también parece ser la tuya (pienso en mi mejor amiga) y la suya (pienso en mi madre). Lo que hace Gabriela, la autora, es virtuoso. Escribir uno de los libros con todo el potencial de ser el principio de algo en muchas vidas no es poca cosa. Es extraordinario. Todo además, contado con humor entre tragedias. Si has nacido en una ciudad latinoamericana, si has migrado o nacido en un hogar migrante, si eres más oscura que tus padres, más clara que tus hijos, si eres nieta de ojos verdes  o hija de un perfil como el que mi compañero del colegio llamaba “cara de resto arqueológico Tihuanacota”, vas a entender porque Huaco retrato es una lectura necesaria para todo cuerpo racializado que ha nacido en Bolivia, ese territorio que un día fue la hermana siamesa del Perú. 

¿Qué tanto se sabe de Perú en Bolivia? ¿Es igual decir me fui de vacaciones a Lima que decir me fui para Buenos Aires, Miami, Punta Cana? ¿A qué escritoras peruanas se leen en Bolivia? A Gabriela Wiener, en la universidad no la leí. Aunque el docente de redacción periodística, mis compañeros, yo, nuestro padre o madre, abuelo o abuela teníamos cara de huaco: a Gabriela Wiener, una de las mayores representantes de la nueva crónica latinoamericana, no la leímos. Cuando hice teatro, tampoco revisamos obras de teatro peruanas. Siempre Argentina, España o Chile. Qué importante hubiera sido leer a Gabriela Wiener antes. Qué necesario es leerla ahora. A ella y a otras autoras, a todas las mujeres más oscuras, más jóvenes, más diferentes a una misma.

Todo libro tiene siempre un lugar que se siente personal, que se subraya y el mío es ese lugar que intenta explicar los mundos dentro de una familia. No conozco un mundo en el que toda una familia tiene el mismo color de piel, la misma forma de hablar, un mundo en el que la familia extendida es un nosotros, y los de afuera un ellos. Desde pequeña, aprendí, al igual que las dos Gabrielas, que existen dos mundos muy diferenciados: el mundo de las manos oscuras y el cabello negro, el de nosotros, y el de las manos más claras y el cabello castaño, el de ellos. El enemigo no estaba afuera, estaba siempre sentado en la mesa, era esa tía que te decía: “tápate del sol o te vas a volver más negra”; la abuela que te ordenaba: “el plato con más comida para tu tío el jovero”; la prima que te decía “¿ese te gusta? ¿Pero está quemadito o es así?”. 

Gabriela Wiener es parte de esta gran conversación que está tomando lugar en la literatura latinoamericana: busca destruir el mundo tal como lo conocemos, para inaugurar otro, para empezar a crear todo de nuevo a partir de la escritura.

Fragmento de Huaco retrato

Ya desde niña sabía que venía de mundos muy diferenciados, el de los Wiener y el de los Bravo, aunque fueran apellidos que convocaban ambos, forzando un poco, el triunfo y el aplauso. Las dos familias tenían orígenes relativamente humildes, pero en Lima es muy distinto ser pobre descendiente de ancashinos o monsefuanos, que pobre descendiente de europeos… Ni los Wiener eran basura blanca, ni los Bravo cholos de mierda, pero sus vidas corrieron en paralelo como solo pueden correr las vidas separadas por el color en la excapital del virreinato del Perú. Por eso, quizá, los Wiener consiguieron aferrarse como un clavo ardiendo a la clase media estable y aspirante, mientras los Bravo siempre han hecho equilibrismo al filo del precipicio.

Hasta que un día esas vidas se cruzaron como dos ríos. 

Mi padre fue el único que no se casó con una mujer mestiza blanca. Sus dos hermanos lo hicieron. El hermano de mi mamá se casó con una mestiza blanca. Mi mamá se casó con un hombre mestizo blanco. 

Pero mi papá se casó con una chola.

Durante mucho tiempo, de niña y adolescente, quise sentirme más Wiener que Bravo, porque ya intuía que eso me daría más privilegios o menos sufrimientos, pero mis evidentes rasgos físicos, el color marrón que me hace india en España y color puerta” en Perú, me hicieron una Bravo más.

Palabras para Eduardo Kunstek

Alberto Guerra junto a Eduardo Kunstek.

Alberto Guerra Gutiérrez

Hablar de un poeta, no es muy común en nuestro medio y por lo mismo, tampoco es muy fácil. Es que al margen de detalles genealógicos, temporales o académicos, la personalidad del poeta, linda con lo sutil, lo ingrávido y hasta esotérico, puesto que el poeta, es producto de una vida de ensueño y de íntimas preocupaciones que explican su profundo arraigo en los fenómenos humanos y sociales, colmando sus alcances entre su afán de encontrar respuesta a sus anhelos e inquietudes y asumir el eco de felicidad o tristeza de sus semejantes, de las cosas y hasta de los animales, manejando su propia varita mágica, hecha de sensibilidad y belleza.

Eduardo Kunstek Montaño que, ísicamente se nos presenta alto, espigado, barbado y gentil -como ya lo dijéramos antes- es la sombra generosa reflejada en su poesía, “existe más en sí mismo y en los objetos y situaciones que le inspiran afición”; ama la música, la pintura, la naturaleza viva y, ante todo, ama la poesía acudiendo al fuego como recurso inequívoco de la vida, vindicando a la cigarra o asignándole un espacio de vida al cántaro y a la luna; no encerrando fríamente al satélite en la fresca entraña de arcilla, ni insinuándole esencia luminosa al objeto sino, haciendo de la luna el gran cántaro de luz iluminando su destino de sensibilidad y poesía.

Como en la de Lezama Lima, en la poesía de Eduardo, «la metáfora y la imagen tienen tanto de carnalidad, pulpa dentro del propio poema, como de eficacia filosófica, mundo exterior o razón en sí».

Eduardo Kunstek Montaño tiene su propio pedestal, firmemente asentado en los pilares de su estilo poético y su manera de sentir la vida, entre la libertad y el salmo.

Publicado el 25 de septiembre de 1994

Eduardo Kunstek Montaño, poeta hermano

 

Eduardo Kunstek, Edwin Guzmán, Jorge Zabala y Fernando Rosso.

Edwin Guzmán Ortiz

Toda amistad forja una imagen que el tiempo la torna imborrable. A innumerables recuerdos y momentos vívidos se superpone aquella, la que resume todas las demás y es como una carátula que abre el palimpsesto azaroso de la memoria.

En esa imagen que guardo de Eduardo Kunstek, “veo” al poeta de pie, con un libro de poemas en la mano, otorgándole los fonemas precisos a esa escritura siempre elusiva y trascendental que es la poesía. Y es que Eduardo, fue ante todo, un poeta, el poeta que cosechaba silenciosamente imágenes y trabajaba más silenciosamente aun, su factura y resplandor final.

Pero Eduardo tenía una particularidad que reforzaba aún más esa imagen. El mundo que lo habitaba se mostraba desde de una impredecible fisonomía. En su más cercana cotidianidad, siempre era otro, cada paso que daba siempre trazaba una órbita tocada por la extrañeza. Y aquella cercanía se tornaba de pronto en una discreta lejanía y luego, por un efecto de contracción mágica, otra vez engendraba otra cercanía y así, otra vez…como sus poemas, parafraseando a Antonio Terán: “poemas escritos por el humo…humo del tiempo”

Por lo mismo, fue un poeta de poesía adentro. Es decir, no condescendía fácilmente a la inmediatez del coloquialismo, a la descripción objetiva de las dádivas rutinarias del mundo. Lo suyo era explorar su universo interior, el tejido conectivo que a(r)ma los sentidos, la arquitectura cenital que engulle y reinventa los elementales soles que pululan en la dermis del día. Y bajando los frutos de ese universo interior escribía: “Por asombrosos atributos/ vamos nombrando a la vida/ de sol a sol y en el periplo/ de la luna a la sombra”.

En el llano, Eduardo tenía un sentido comunitario de la cultura; la vivienda que ocupaba al interior de la Planta de Yacimientos, en la zona norte de Oruro, a principios de los 90 era un ambiente concurrido por poetas y cultureros de todo pelaje. Recuerdo ahí la elaboración de los primeros números del suplemento cultural El Faro, del periódico La Patria, las intensas noches por elegir los artículos más interesantes, y escribir los necesarios, con la presencia del luminoso Jorge Zabala y Fernando (Zeke) Rosso contribuyendo, así, desde sus más altos saberes, a la factura del número inaugural.

A propósito, Jorge, en su clásico estilo y su obsesivo afán de encontrar todos los posibles significados del objeto “faro”, junto a las historias más encomiables, realizó una enormísima investigación documental y lingüística que terminó disertando una noche en medio de la sorpresa de todos nosotros. Eduardo comentaba los datos prodigados desde aquella algazara semántica, y del barroco júbilo de estirar un tema hasta sus más inimaginables límites.

Su casa fue, además, un rincón de empedernidos melómanos. Intensas sesiones de música se prolongaban hasta altas horas de la noche. Jazz, rock, tangos y baladas, se desperezaban y danzaban entre ávidos oídos por capturar la esencia de las notas, el néctar de las melodías. Al salir, era peligroso que llameantes espíritus atravesaran por una planta colmada de tanques con millones de litros de combustible de alto octanaje.

Si alguien me preguntara cuándo y cómo conocí a Eduardo Kunstek, mentiría si menciono un lugar y circunstancia precisos. Por supuesto fue en Oruro,  más o menos a fines de la década del 80.  Por cierto, antes, compartimos lugares comunes, coincidimos en la Galería Imagen, cruzamos palabra en el bar Huari y la casa de Alberto Guerra, con amigos comunes y preocupaciones más o menos comunes. Trajinamos cercanamente aquel itinerario doméstico que se despliega por las calles de ese venerable Oruro, altiplánico y carnavalesco.

Sin embargo, esa fue la prehistoria de nuestra amistad. Pero claro, hubo un instante en que en verdad lo conocí, encontrándonos por primera vez. Fue en mi casa, una noche, cuando leyendo diferentes poemarios de mi biblioteca, llegamos a un momento de plena coincidencia, eligiendo a Vallejo. Él, después de hojear la pequeña antología, sin dudar se puso a leer con la voz cargada de emoción,  “Los dados eternos”; al escucharlo, sentí la fuerza y verdad de Vallejo como nunca. Culminada la lectura nos despeñamos en una salva de preceptos y viajes por los intersticios del poema, subiendo y descendiendo por su indecible arquitectura, palpando sus briosas ondulaciones, acariciando el vuelo terrible de su verdad solar, y mirando a Vallejo de frente, aun a costa de quedar petrificados. Así, al cabo del tiempo, supe que ese poema fue el lugar y el momento en que conocí a Eduardo Kunstek Montaño, poeta, cómplice y hermano, en este curioso destino de quienes ejercemos el oficio de cambiar por palabras nuestra vida, -como dijo alguna vez, otro maestro compartido: Jorge Luis, el Borges imprescindible. Y no termino de conocerlo y celebrarlo, al leer y releer sus diferentes poemarios, y recordar tanto salto mortal al pie de lecturas, autores, temas, obsesiones, pasiones, disquisiciones y sangre verbal derramada sobre el mundo.     

El Movimiento Encuentro 15 poetas de Bolivia fue una nave que tripulamos durante muchos años con Eduardo y muchos poetas hermanos. Asumimos el 15 como un número cabalístico, clave numerológica en el juego iniciático del desborde creativo, cifra de abiertas genealogías. El Movimiento fue un acelerador de energía poética, un espacio compartido, la libre convergencia de quienes asumen la poesía como pasión y destino, poetas que comparten su palabra fraternalmente, sus obsesiones, sentimientos de justicia y libertad, la indefinible verdad de su tiempo, prosiguiendo luego su camino; un espacio de encuentro, de ansiedad expectante, de percepción irregular, un nicho de fe poética.

Un activo y permanente animador de los diferentes encuentros de los 15, fue Eduardo. Alto y espigado entre todos, era una especie de faro, iluminando con sus hondos y certeros poemas las reuniones y tertulias. Su voz pausada y penetrante  de pronto se abría paso en medio del murmullo y el público y, por ejemplo, decía:

A Berny /…En mi soledad / en mi lecho / veré cuánto mundo / te quise //  Guarda / estas palabras // Ellas fundan / nuestra eternidad.

La Galería Imagen, de aquella época, fue un vientre materno de la actividad cultural en Oruro. Aquellas cuatro paredes –transparentes y virtuales- guardan la memoria de lecturas suyas, y su inquieta concurrencia en las tertulias y bohemia de aquellas noche siderales. 

No fue menos gratificante la aventura que compartimos en la edición y publicación del suplemento cultural, El Duende, vigente hasta hoy. Junto a Alberto Guerra, Luis Urquieta, Erasmo Zarzuela, Benjamín Chávez y Berny Salinas. En la primera etapa de la publicación, Eduardo tuvo una participación protagónica, escribiendo artículos y definiendo la línea editorial. Cómo no recordar además, el cúmulo de actividades realizadas dentro la Fundación Cultural FEPO, publicaciones, presentaciones, eventos.

Luego, los acordes del tiempo y los designios del destino, nos distanciaron durante muchos años. Eduardo por Cochabamba y Santa Cruz, pero siempre recibiendo noticias suyas en forma de poemas.

El último proyecto compartido, el año pasado, fue la publicación virtual de Antología súbita; junto a Antonio Terán Cabero formamos parte del comité editorial. La iniciativa fue de Eduardo, y su empeño fue mayúsculo para hacer realidad esta publicación que acogió a veinte poetas gravitantes -presentes y ausentes- de la vida cultural del país, poetas sobre todo vinculados al Movimiento de los 15. Ahora, la antología camina sola, por rutas virtuales, y al centro se halla por supuesto, él, con resplandor propio.

Eduardo Kunstek, ¿se fue?, -me duele responder esta pregunta. Acaso simplemente me cabe citar el texto de Julio Ramón Ribeiro: “Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual sólo él tiene la llave”. -Eduardo, la llave yace en esta memoria agradecida por tus días y por su espejo poderoso, tus palabras. 

El Lazarillo de Tom

Eduardo Kustek Montaño

“Es increíble cómo puede ser la gente más inocente cuando no se la está observando” (Canetti)

La secreta intolerancia que la esposa desde el amor y Ricardo, el unigénito de siempre; guardaban entre sus andrajos cotidianos, también caldearon la espera al sacrificio; alentando en José la fiesta. El que quiere dejar huella no anda por los caminos. Por trajín la modesta hechura de los hombres en la falda de la montaña. Por el ocre en las botas de goma, la chaqueta de rompe diablo, la bolsa de Calcuta como mochila. Por suyos los veinte metros cuadrados de campamento para la intimidad y el reposo. Por el pesado rencor de la tierra; en las galerías sorbiendo el alma por la piel y los huesos. Por conjura las noches de viernes, consigo: alcohol, tabaco, coca y declaraciones de vida y muerte que aseguran las escuchó el Tio. Por los sábados de pago en la casa de la amante. Por la hora crucial de fin de domingo, un bolero o un sollozo. Leal a la severidad del destino, por encima de las instancias mesurables de la institución patronal, que oficializó un accidente de trabajo. Por complicar el recuerdo a todos.

De zaga la certeza de un instante consagrado, perviven memorias empeñadas en salvarlo. Anoticiaron a José, un atardecer de febrero y aguas postreras que en el nivel cuatrocientos treinta, cedido el maderamen quedó atrapado su siempre amigo Senobio Mamani y tres compañeros. Aventuró el exitoso rescate, adelantándose a la singular lentitud que en casos similares practicara la Empresa. Corrigió en la laxa y húmeda tierra, un estrecho orificio soportado con pedregones y astillas de eucalipto. A los patéticos rasgos del encuentro; una pequeña multitud sucediente en la cancha del Socavón Patiño. Inspiraron las palabras de unos y otros, lo poco de lo que la vida se sabe, lo mucho de lo que ella se intuye y no sin retórica la admiración al hombre que con rigor frente a la contraria suerte despojó de horror al destino. Las autoridades concedieron a los protagonistas tres días de licencia con goce de haber. José y Senobio fueron vistos en todas las chicherías de Llallagua. No invocaron ni a la amistad, ni a la valentía; juntos lloraron la obligación de violar las entrañas de la tierra. El lunes de madrugada, aún en uso de licencia, volvió al nivel cuatrocientos treinta. Desechando ambiguas interpretaciones, a palabra del único testigo, muy cerca al lugar donde potenció sus esfuerzos. Se apuró la peña por poseerlo erguido. Lo velaron en el sindicato. Sobre el féretro la tricolor. Acompañó al entierro el terremoto de Sipe Sipe.

El íntimo desconsuelo que sumió a la viuda, fue alterado por el desplante de la falsaria que pretendía compartir el finiquito tal como había compartido en vida cuerpo y salario. Despertó sin tiempo para el dolor, amparada por la legalidad, defendió y retuvo para sí aquel dinero. Con la secreta convicción de una humillación suprema. La lección reciente le demostró con creces que ningún dinero sería para ella fácil. Aquella indemnización multiplicó su rumor bajo una métrica voluntad. Hoy arropada con seda y terciopelo. Sentada sobre un sillón de brazos en el trescientos seis de la calle Linares en Llallagua, dirige y vigila un establecimiento de venta con electrodomésticos y cristalería. Una clientela leal y antiguos amigos saturan sus días.

El Sindicato entendió que el trámite de contratación del huérfano era un acto de solidaridad póstumo. No escatimaron esfuerzos para conseguir tal fin, fue el propio secretario general quien entregara en manos de Ricardo el memorándum con data en las oficinas centrales de la ciudad de La Paz. Hasta los acontecimientos que se sucedieron luego de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, un halo de simpatía cubrió su actividad laboral. Desempeñó con solvencia el oficio de mensajero. Nadie como él mesuró el arte de la fidelidad selectiva. De sus labio se escuchaba lo que se deseaba oír. Se benefició con la confianza de aquel gerente quien agobiado por administrar la lenta agonía de la mina; entregara su atención a la joven belleza de su hija y sus veleidades sobre más de su pasarela. La solicitud de Ricardo hacia la niña reina, como la llamaba, fue premiada con un cachorro de pastor alemán. Al recibir a Tom se hizo también heredero de recomendaciones sobre su cuidado, que en voz de reina sonaron como advertencia. A tal gerente siguieron otros de indiscreta soberbia y vanas proposiciones. Sellábase el fin de la Empresa.

La silenciosa convivencia de madre e hijo no permitió aclarar culpas, ni remontar el pasado. No hizo del alcohol compañía. Tampoco buscó mujer. Arrimó a sus horas muertas el destello sugerente y ansioso de los ojos del perro. Lo adiestró para una honrosa compañía. En la oficina de archivos, cerca a la ventana trabajaba Juan Lacerna a quien el sarcasmo de los más, a circunstancia de su individualidad, lo estigmatizaron como al señor embajador. Chaqueta azul y pantalones plomos, traficó con Ricardo literatura. Propiciaron esta complicidad Flaubert, Gogol y Wilde. Durante consecutivos tres años en la vecina ciudad de Oruro vistió de diablo, en secreto homenaje al padre y su memoria; el ímpetu lo destacó en la danza de los rebeldes. Se alistó en la Marcha por la Vida, recurso final de aquellos hijos de la mina dispuestos a honrar con su cercanía al cementerio la fe en su ancestro. Si el Imperio romano gustaba devolver a sus prisión de guerra con los tendones cortados a la altura de las rodillas, a estos marchista los devolvieron con el alma cortada a la altura de la voluntad. Al retorno a casa le esperaba un fortuito, aunque nunca aclarado por la madre accidente: la ceguera de Tom. Una suma a la afrenta que acentuó su confusión. Fue uno de los primeros, en acogerse a la relocalización.

A principios de noviembre Ricardo, Tom, la dócil petaca con libros y otras pertenencias quedaron instalados en una casa de barriada en Santa Cruz de la Sierra. Impotente la madre, de superar el injusto rencor devolvióle una pequeña fortuna; al menos para su modesta vida. Producto del bien administrado ahorro que entregará mes a mes durante los años de trabajo. La cadena, el collar, el blanco bastón y las gafas fueron comprados a su paso por Cochabamba; donde también agregó una blanca teñidura a sus cabellos. Un mozo de pensión, a solicitud telefónica, dejaba a diario una portavianda de alimentos. El resto del aciago año hombre y perro aprendieron a convivir con el ofensivo calor y se dedicaron a inventar bastón y espejo mediante, un lenguaje que les abriera las puertas nuevamente al mundo. Aplicaron y perfeccionaron un código que transmutó los ojos del ciego al lazarillo y los del lazarillo al ciego. Consumada la armonía a principios de enero se aventura a las calles. La imaginación de Ricardo fue superada muchas veces, por la visión del apócrifo ciego. Pronto retomó el oficio de mensajero confidente, concediéronle las gentes sus deseos, descuidando su intimidad. Avizoró la oquedad de las cosas tomadas por bienes. La alegría con pies cortos del consumismo. Muchos lo tuvieron por amigo. La muerte por vejez de Tom lo encontró ciego, solo y con la necesidad de ver nuevamente con sus ojos. En oposición a los sentimientos de José, siguió por el camino de las gentes sin dejar huella.

Publicado el 28.08.94

100 años de formación artística profesional en Bolivia

La sede de Bellas Artes

Lulhy Cardozo*

El Instituto de formación artística “Bellas Artes Oruro” durante esta gestión ha celebrado 100 años de fundación, coronándose como la institución de formación profesional artística más antigua del país. Un 14 de enero de 1922 a horas 15:00 p.m. en el Salón de Actos Públicos de la Universidad, se llevaría a cabo la sesión inaugural de la Escuela de Bellas Artes, acto programado por el directorio de la sociedad.

Aunque no se cuenta con documentación accesible sobre los antecedentes e inquietudes que llevaron a la fundación de esta institución, el actual rector artista Finelez Llanque Conde, afirma: “En esta época surgen pintores como Ricardo Arrasabal, Luis Illanes y Gabino Ajhuacho. La preocupación de la juventud amante del arte en esas épocas era tener una formación académica adecuada, así que la Sociedad 10 de Febrero y la Asociación Femenina ayudan a (cubrir) esa preocupación y la impulsan hasta que el Ministerio de Educación apruebe definitivamente la creación de la Escuela de Bellas Artes de Oruro”.

Es necesario mencionar a grandes artistas bolivianos que han pasado por estas aulas, entre ellos Avelino Nogales, Alberto Medina Mendieta, Gustavo Lara Torrez, Mario Vargas Cuellar, Grover Padilla Durán, Tito Yugar Pacheco, Jaime Calizaya Ajhuacho, Erasmo Zarzuela, Wilson Zambrana, Alberto Valdez, Saúl Rivera, Luis Mora y una pléyade de gente joven que lleva en alto el nombre de esta institución. 

El Instituto de formación artística “Bellas Artes Oruro” actualmente cuenta con alrededor de 160 estudiantes activos y un plantel docente conformado por destacados artistas orureños. A la fecha son aproximadamente 100 artistas que lograron el título de Técnico Superior en Artes Plásticas y Visuales, mediante la defensa de su proyecto artístico de grado siendo la institución con más titulados por esta modalidad a nivel nacional desde el año 1999, a diferencia de sus pares que cuentan con profesionales graduados desde la gestión 2019 mediante resolución ministerial de titulación excepcional.

Bellas Artes Oruro hace, además, extensiva la formación a niños mediante los cursos de capacitación de Arte Infantil a partir de los 6 años, los cursos duran tres módulos que otorgan, mediante la Dirección Departamental de Educación de Oruro, un certificado de capacitación.

“La formación profesional artística en este instituto cuenta actualmente con una duración de 6 semestres, los dos últimos dedicados a la especialidad que el estudiante pueda elegir: pintura o artes gráficas. Además, los estudiantes pueden elegir el turno de la tarde o el turno de la noche.” Afirma su actual director administrativo Oscar Calizaya Segales.

Cabe destacar que, si bien en la actualidad se cuenta con una malla curricular que se aplica a nivel nacional, Bellas Artes de Oruro contaba con los talleres de telares y de caretería, siendo estos importantes espacios de desarrollo de estas técnicas que se estudiaban a partir del contexto y necesidades de la capital del folklore.

Este 14 de junio en un acto solemne cargado de emoción y nostalgia la Institución celebró sus 100 años de existencia, con la presencia de la primera autoridad departamental, Dr. Johnny Vedia Rodríguez, docentes, alumnos e invitados especiales.

A su vez, el gobernador del departamento de Oruro realizó la entrega de un merecido reconocimiento al Instituto de Formación Artística Bellas Artes Oruro, por su invaluable aporte al patrimonio cultural nacional.

*Artista/ Gestora cultural

Renovación del directorio de la Academia Boliviana de la Lengua

La Academia Boliviana de la Lengua fue creada el 25 de agosto de 1927. Su primer director fue el poeta Rosendo Villalobos. Aquella naciente institución estuvo conformada por un grupo de filólogos y escritores entre los que se encontraban Hernando Siles, Víctor Muñoz Reyes, Florián Zambrana, Ricardo Mujía, Félix del Granado y Francisco Iraizós.

Hace pocos días, el 22 de junio, se renovó el directorio de la institución, tras un período en que la dirección ad interim estuvo a cargo del destacado académico José Roberto Arce, la nueva directiva fue posesionada en acto oficial realizado en la Academia Boliviana de Ciencias, en la ciudad de La Paz, donde la doctora España Villegas Pinto fue posesionada como directora de la Academia, constituyéndose en la primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de la institución.

España Villegas Pinto realizó estudios de licenciatura en lingüística con especialidad en lengua española en la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz); cursó la Maestría en Lexicografía Hispánica en la Real Academia Española y, posteriormente, obtuvo el grado de Doctora en Filología Románica por la Universidad Albert-Ludwigs de Friburgo (Alemania).

La directiva que acompaña a Villegas está integrada por el filósofo, escritor, docente e investigador Blithz Lozada Pereira como Vicedirector, el ensayista e investigador Hugo César Boero como Secretario y la doctora Tatiana Alvarado como vocal.

Una de las más recientes iniciativas en las que trabaja la Academia Boliviana de la Lengua, junto a sus pares del resto de países, es la Red Panhispánica de Lenguaje Claro (Red PHLEC), emprendimiento que, según informa la Real Academia de la Lengua Española (RAE), este es un proyecto “impulsado por la RAE desde la presidencia de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), que nace con el propósito de sumar las diversas iniciativas sobre lenguaje claro y accesible que se están desarrollando en el mundo hispanohablante, un objetivo de crucial importancia para mejorar las relaciones entre los poderes públicos y los ciudadanos”.

Todo ello trae a colación las palabras del académico español Arturo Pérez Reverte: “Desde su fundación en 1713, la Real Academia Española es una casa de tradiciones, y eso incluye usar corbata en el edificio, tratarnos de usted en momentos oficiales, y cosas así. La costumbre absurda de que no hubiera mujeres se rompió hace tiempo. Cada vez hay más de ellas sentadas en los plenos de los jueves. El mundo ha cambiado y nuestra institución también. Ahora es una factoría lingüística de primer orden, de la que los académicos no somos sino el consejo rector. La vieja imagen de un club masculino de eruditos abuelos apolillados no es hoy más que un cliché rancio”.

Desde las páginas de El Duende auguramos éxito a la nueva directiva de la corporación de la que formaron parte Luis Urquieta Molleda y Alberto Guerra Gutiérrez, fundadores y directores de este suplemento.