Las facetas y registros periodísticos de Sotomayor

Fragmento de un texto leído el 20 de mayo en el coloquio “Los periodismos de Ismael Sotomayor”, organizado por la Carrera de Literatura de la UMSA.

Martín Zelaya

En el artículo “Anecdotario de una visión”, publicado en su columna “Letra sincrónica” del suplemento literario Letra Siete del 28 de marzo de 2015, Alan Castro cuenta una de las célebres apariciones o facetas de Ismael Sotomayor.

«En el capítulo 4 de Vidas y muertes [de Jaime Saenz] se habla de una fantástica biblioteca en miniatura. Juan José Lillo (personaje basado en Ismael Sotomayor) tiene miles de libros, pero se ve obligado a miniaturizarlos porque ya no caben en su cuarto. La dueña de casa toma cada vez más espacio para construir nuevos cuartos en alquiler. Entonces Lillo se ve obligado a miniaturizar imponentes volúmenes que quedan “reducidos a una dimensión de diez milímetros de alto por cinco de ancho”. Sin embargo, no habiendo un microscopio lo suficientemente poderoso, el problema de aquellos libros es leerlos».

Qué mejor que hacer referencia a una columna de periódico, como la entrañable Letra Sincrónica de Alan, para entrar a hablar de Sotomayor cronista.

En el marco del proyecto Prosa Boliviana se acaba de publicar el libro en dos volúmenes Ismael Sotomayor. Artículos en El Diario 1929-1952: una destacable labor que consistió en ubicar, registrar, escanear, transcribir, clasificar y editar decenas de textos. Ana Rebeca Prada quien guio este trabajo, señala: “Sotomayor fue nuestro más grande tradicionista paceño, pero su obra es mucho más extensa y diversa. Este libro nos permite descubrir al historiador, al profundo conocedor de la diversa cultura paceña, al lector, así como al escritor que se animó a publicar algunos poemas en prosa, algunos cuentos fantásticos, pero que dejó que su veta histórica predominara”.

Proponemos, en ese marco, un repaso a las diferentes dimensiones escriturales-periodísticas del autor de Añejerías paceñas, reflejadas en los dos citados volúmenes.

Sotomayor historiador y “biógrafo”

Es unánimemente calificado como historiador, tradicionalista, archivista, columnista, pero Sotomayor era también un gran lector. Un explorador y curioso inveterado de toda producción cultural artística. Y, por supuesto, un coleccionista de figuras favoritas sobre las que no dudaba en trazar semblanzas.

En su texto “D. Emeterio Villamil de Rada” rescata, en 1941, el perfil que, hasta ahora, 80 años después, es el más difundido del autor de La lengua de Adán.

«Villamil de Rada, “loco de ejemplar cordura”, vino a este mundo egoísta el año ya lejano de 1804. Batalló denodadamente en sus correrías por Europa y Oceanía contra su propio destino y, principalmente, contra la absoluta incomprensión de las castas doctas de su época; luchó y triunfó de manera singular». (2002: 115, Vol I)

Destaquemos también, de su más extenso perfil de Gabriel René Moreno, un párrafo que curiosamente en 80 años, sigue vigente:

Por ello, saborear el summum del pensamiento de este escritor no pocas veces suele estribar hoy en dificultades mil, teniendo en cuenta lo raro que se hace dar con sus volúmenes, ora por el tiempo transcurrido desde su aparición, ora por la elevada cotización que ellos han llegado a obtener en los centros bibliográficos de indiscutible mérito, en el exterior. (2022: 234. Vol. I)

Archivista, costumbrista

Escrita en 1929, en el mismo tono de las Añejerías paceñas, pero situada en Cochabamba, “Pecadillos que condenan” es una muestra modelo del Sotomayor que más trascendió, el tradicionalista. La faceta que más caló, bien lo sabemos ahora, no porque haya sido la mejor o la más explorada, sino porque su único libro conocido ahondó en ella.

«Había en Cochabamba, en bienaventurados tiempos, un monumental convento, un frailecito de caperuz y una apuesta dama, lista a vestir santos y fabricar escapularios. Tan bellos dotes fueron pretexto de muy cotidianas visitillas recíprocas entre partes interesadas. Tiempo vino y tiempo fue en que, sin decir oste ni moste, se supo que la bella había entregado sus pesos de a ocho reales a los pobres de un asilo y que, al fin del Ave María, su ánima estaba en el otro mundo». (2022: 295. Vol. I)

Y también hay uno que otro texto que se le escapó de las Añejerías…, como este de 1937 que se llama “Tradiciones paceñas. Una de tantas –escribas y mequetrefes” y empieza así:

«Cuenta la tradición, aunque con muchos ribetes de sabor y matiz historiológico, que los paceños de antaño fueron hombres de voraz enjundia y varones de pelo en pecho cuando de salir al frente de la honra del terruño se trataba». (2022: 325. Vol. I)

Lector, reseñista

Siempre al tanto de la producción nacional, entre los años 30 y 40, según se desprende de sus artículos, se decantó también bastante por autores ecuatorianos, clásicos españoles y prácticamente todo lo que le caía en mano, a punto de ofrecer un tributo entre inocente y conmovedor a los libros en su texto “Manías y lecturas de bibliófilos impenitentes”:

«El libro es muy difícil de poder ser definido porque representa y tiene un valor que varía según el individuo que lo posea, lo analice o lo busque; pero en lo que se está de acuerdo es en que ha vencido en todas las pruebas: las criaturas simpatizan con el libro, lo aman y lo buscan, y hasta los que se encuentran reacios olvidan que es el influjo del libro quien los gobierna, los instruye, los cura, los premia, los castiga, los estimula y los orienta en forma segura y en absoluto desinteresada; siendo así que hasta los buenos cocineros buscan en los libros de arte culinario lo que necesitan para el aliño que diestramente logran hacer sobre manjares con que solemos regalar al paladar». (2022: 50. Vol II)

En 1936, con el pseudónimo de Jaime Cruz, publicó en El Diario “Un valioso libro del año 1637”, en el que hace eco de su apasionamiento, casi fetichista, que con seguridad no pocos acá compartimos, por acumular joyas bibliográficas:

«Debo a coincidencia feliz haber obtenido, poco ha, un ejemplar muy bien conservado y tratado de la obra básica y siempre de actualidad que versa acerca del beneficio de los metales y cuyo tema desenvuelto con sencillez y erudición al través de las ciento veinte y seis páginas de que consta el librejo, en pergamino, incluyéndose las respectivas sumas de privilegio, tasa, aprobaciones, índice (…) Es un incunable potosino en que, fuera de la materia misma que se desarrolla en él, tiene también exquisitas digresiones respecto a la ubicación de índole geográfica de los muchos yacimientos mineralógicos de la región en la época en que apareciera el libro del cura doctor Álvaro Alonso Barba». (2022: 283. Vol. II)

Sotomayor columnista

El periodista columnista, bebía también del historiador. Como pasa incluso ahora –en momentos de seria crisis, o al menos de cuestionamientos en este oficio, avasallado por las redes sociales–, Sotomayor no desperdiciaba aniversario, referencia histórica o cualquier buen pretexto para sacar a relucir sus conocimientos y hacer uso de su archivo.

El 6 de marzo de 1945 publicó su texto “Inauguración oficial de El Prado”, en el que relata al detalle lo sucedido el 6 de marzo de 1715:

«Y el estreno del paseo conocido aún hasta el presente con el nombre de El Prado, designación impuesta seguramente a la manera y en pensamiento evocativo de El Prado de Madrid, tuvo los máximos alcances de una solemne fiesta social, militar, administrativa y, en una palabra, oficial. La víspera del acontecimiento, los hermosos jardines de la Alameda, por entonces, aún principio floreciente de inicial aspecto por las plantaciones de eucaliptos, álamos, quishuaras, sauces y otros árboles ornamentales, habían atraído la atención y la concurrencia de parte de toda la flor y nata de la ciudad». (2022: 205. Vol II)

Sotomayor ficcionalizador

No le fueron ajenos tampoco algunos intentos de prosa poética y soliloquios o narraciones de índole ficcional, pero siempre con un sustento en las tradiciones, leyendas o facetas históricas. Un ejemplo es “Espejo de vida”, publicada en 1940 con el pseudónimo de Juan Cruz:

«En un mágico espejito que las sombras del destino circundan a su marco áureo, me entretengo contemplando el desfile de mis días y soy así, el espectador impasible y estoico de mi propia existencia. Los de mi niñez pasan atisbando el panorama espectral en el que imperan los duendes, los brujos y los “cucos” para amedrentar al espíritu crédulo e inocente». (2022: 326. Vol. II)

Elvira Cárdenas, un portento orureño de la investigación histórica

Con un trabajo casi subterráneo, silente, esta archivista ha logrado publicar de manera independiente dos obras que aportan a la academia boliviana.

Marcela Araúz Marañón

Elvira Cárdenas Román tiene 81 años y a sus 71 años parió dos libros que no solo escudriñan una parte de la historia de Oruro en la que poco se ha incidido, sino que además ponen en la palestra un tema de importancia a nivel nacional del que muy poco se conoce. Se trata de Oruro en la Guerra del Chaco y Las ambulancias en la Guerra del Pacífico.

Tras un prominente desempeño profesional durante más de cinco décadas como bibliotecaria, archivista y documentalista en instituciones nacionales –como el Senado o el Ministerio de Relaciones Exteriores– e internacionales, una tarde Elvira sintió el peso del ostracismo al cual la sociedad suele limitar a los jubilados, más si son mujeres.

Fue así que en 2002 –decidida a aprovechar el tiempo libre– se sumergió en el Archivo Histórico de la Biblioteca Municipal de Oruro, que guarda documentación desde 1606 hasta 1950. Ese fue su reducto de hallazgos y construcción de sus libros.

Más adelante me referiré a ambas publicaciones, pero seré rotunda en destacar aspectos que me atañen particularmente: es preciso cuestionar el hecho inexcusable de haber mantenido en el anonimato el trabajo de una mujer cuyo saber ha evolucionado entre los recovecos de los archivos más añejos y acaso definitivos de la historia boliviana. Pero, además, que ha roto todo prejuicio de sesgo generacional: es decir, seguir creando y produciendo obra intelectual y bibliográfica a los 70 años.

Hallazgos

¿Cómo llegaron a mis manos los libros Oruro en la Guerra del Chaco y Las ambulancias en la Guerra del Pacífico? Como llegan muchos libros: un regalo en plena farra. Un día, de casualidad me puse a hojearlos. Entonces leí:

Al instalar la ambulancia sedentaria lo hicimos bajo fuego enemigo que levantaba densas nubes de humo y polvo (…) Esa posición nos permitía seguir la gradación creciente de la derrota sin que el carácter que investíamos y nuestra actitud desarmada nos permitieran soportar esta horrible matanza.

El relato vívido es de Zenón Dalence, que lo narra en uno de sus informes de guerra escrito en 1880. Dalence fue un ciudadano orureño que fungió como director de Ambulancias del Ejército de Bolivia durante la Guerra del Pacífico. Y es Elvira Cárdenas quien pone ese nombre en relieve no para hacerle un homenaje, sino para hacerle justicia ante el mutismo en las páginas de la historia de nuestro país.

Mientras organizaba el Archivo Histórico de Oruro, al descubrir el corpus de Dalence, la archivista fue desvelando una temática tan específica como apasionante: las ambulancias en el escenario de la Guerra del Pacífico. Información que logró recabar tras un proceso de salvataje de ese patrimonio, con deshumidificación e inventariación de cartas e informes de la época de la contienda.

A partir de ello, Cárdenas da una minuciosa radiografía sobre la dramática situación del frente boliviano, del plantel médico y sus condiciones paupérrimas, del desarrollo de las ambulancias como un fundamental instrumento de trabajo desde su más rústica creación. De los muertos. Por ello, esta obra es una valiosa documentación sobre capítulos cuya importancia nos fue ajena.

El libro Oruro en la Guerra del Chaco es una serie de crónicas que la archivista trabajó con documentación boliviana e incluso con misivas paraguayas, logrando así conformar el cuerpo de esta publicación que incluye capítulos que remiten al pueblo orureño y su organización durante la carestía que provocó la Guerra de Chaco en los años 30.

La obra arranca con la poderosa imagen de aquellos héroes que, viviendo a casi cuatro mil metros de altitud, se internaron en el Chaco abrumador que los recibía a 35 grados de calor y más. Hace un repaso de organizaciones urbanas que asumieron medidas para encarar la sobrevivencia. Es así que hace una justa referencia al papel que jugaron los periodistas de La Patria que cambiaron las máquinas de escribir por fusiles, para encarar al enemigo en esas tierras áridas.

Ahora son otros muchachos más que se van. Eduardo Ocampo Moscoso, con cuyas inquietudes nos habituamos tanto y cuya vigorosa labor amerita ponderación viaja hoy al sud este. Como antes su puesto del deber estaba en la redacción, hoy –lo sabe él– su puesto está en el Chaco.

Novedoso me resultó el personaje de la “Madrina de Guerra”, que es dado a conocer en esta obra. Se trata de mujeres, ya sean familiares, enamoradas o aquella dama de altísima confianza del soldado que partía, quien se comprometía a dar consuelo y esperanza epistolar al reclutado, además de realizarle envíos de encomiendas con alguna ayuda material.

La salubridad, el exiguo presupuesto departamental que acongojaba a Oruro, la educación malherida por la guerra, todos estos y otros datos detallados por Cárdenas dan como resultado una investigación que no solo lanza fríos antecedentes históricos, sino que bosquejan la vida de los orureños durante la contienda bélica. Es un necesario rescate de la memoria orureña.

Investigadora de cepa

Según cuenta Elvira, la forma en que decidió publicar sus dos libros hace 10 años fue casi azarosa, mas no del todo ajena a la historia de muchas mujeres bolivianas, limitadas al hogar tras la jubilación.

“Yo no podía descansar, mis signos vitales están muy latentes. Un día, aburrida de no hacer nada, agarré mi cúmulo de papeles y comencé a ordenarlos. Luego pensé en hacer un homenaje a mi papá que fue héroe en la Guerra del Chaco y me adentré más en los datos. Finalmente, estos libros vieron la luz”, cuenta la autora.

Ella es muy clara al plantear que había solicitado apoyo económico para publicar las obras hoy comentadas. Apoyo que fue negado, lo cual la obligó a realizar la publicación de manera independiente. “Nadie me ayudó con un solo centavo”.

Tiene la memoria clara y lúcida. Conversa amenamente y detalla, sin aspavientos, historias familiares, así como aquellas que vivió en el escenario de la política y la burocracia. Es generosa en su vasto saber. Y su veta investigadora es imparable.

A sus 81 años, Elvira Cárdenas no se queda conforme y ya está delineando su siguiente investigación. Adelanta que ese nuevo aporte podría ser publicado este mismo año.

Neruda envió un mensaje a la “Revolución Boliviana” en noviembre de 1952

J.C.R. Quiroga

“Que siga la Revolución, porque nuestro destino está en ella”, manifestó efusivamente el poeta chileno Pablo Neruda (1904 – 1973) al periodista paceño Mario V. Guzmán Galarza, del periódico La Nación, al concluir la entrevista en su casona del barrio de Los Guindos, Santiago de Chile, a ocho meses de la revolución nacional del 9 de abril de 1952.

En la amena entrevista entre Neruda y Guzmán Galarza, que se produjo a principios de noviembre de 1952, bajo la sombra de unos árboles en el jardín, en la que participó el dirigente fabril boliviano Ismael Castellón Arce, después de asistir al Congreso Nacional de Trabajadores Mineros en la capital chilena, también se refirió a temas políticos de su país, aunque lógicamente insistió que había que apoyar moralmente la revolución boliviana y no permitir que fracase porque América estaría en peligro.

El autor del Canto General y unos de los principales intelectuales del comunismo en Chile auguró que la nacionalización de las minas de estaño sería el paso más importante de la Revolución Boliviana, porque permitiría que el país se constituya en el director del movimiento revolucionario en América.

“Queremos también revolución en Chile”, manifestó Neruda a tiempo de invitar a los intelectuales y artistas de Bolivia, mediante el periodista paceño, a un Congreso Cultural que se llevaría a cabo el 15 de enero de 1953, a iniciativa de Gabriela Mistral.

Fue la oportunidad para que el gran poeta chileno le entregue al periodista de La Nación dos ejemplares de su libro, Canto General (1950), uno para la juventud revolucionaria y otro para el entonces presidente de Bolivia, Dr. Víctor Paz Estenssoro, con una dedicatoria que destacaba la nacionalización de las minas como un honor para América.

En esa época, Neruda tenía 48 años, acostumbraba cierta barba y estaba casado con Delia del Carril, de quien se divorció en 1955. Ya había publicado Los versos del capitán (1952).

***

Pablo Neruda envía un mensaje a la Revolución Nacional

Escribe: Mario V. Guzmán Galarza

(LA NACIÓN, noviembre 20 de 1952. La Paz)

El día que asistimos a la inauguración del Congreso Nacional de Trabajadores Mineros en la capital del Mapocho, al presenciar en el auditórium de la sede gentilmente cedida por la Federación de Estudiantes de Chile, la representación del poema épico “La Tierra se llamaba Juan…” de Pablo Neruda, sentimos la humana necesidad de conversar con el magnífico Poeta que alguna vez como Político había emitido juicios errados sobre el Movimiento Nacionalista Revolucionario. Y fueron los compañeros universitarios del Frente de Avanzada, los que tuvieron a bien concertar la entrevista ansiada por quien, en su condición de delegado de los Trabajadores de Bolivia, esperaba brindar luego a sus compatriotas una versión real de la personalidad y criterio de Pablo Neruda.

De esta manera, un día de extraordinario congestión en el centro de la ciudad, nos trasladamos hasta el sereno y bello barrio de Los Guindos. Momentos después ingresábamos a la residencia del poeta, hermosa quinta donde vive y escribe Neruda. No imaginábamos que esta visita sería la primera de una serie que culminó con una recepción ofrecida en honor de los delegados de Guatemala y Bolivia, no obstante encontrarse luego el poeta un poco resentido de salud a raíz de un accidente de tránsito, del que salió peor accidentada su señora esposa.

BOLIVIA ES EL DRAMA DE AMÉRICA

Sentados a la sombra de añosos árboles, en un quiosco bordeado de flores del amplio jardín que para su solaz y el de sus camaradas tiene el Poeta, le abordamos con las primeras preguntas:

-“¿Qué puede Ud. decirnos sobre la Revolución Boliviana, don Pablo?”

-“Los escritores siempre estamos atentos al pulso de los pueblos y hemos seguido de cerca la gestación y la victoria del Movimiento Nacionalista Revolucionario. Creo que todos estamos obligados a ayudar moralmente a Bolivia para que sea dueña de sus riquezas y de su destino”. Y con énfasis agrega: “Bolivia es el drama de América”.

Y mientras habla el Poeta, quién tal vez en su humana envoltura no aparenta ser el hombre que expresa sus emociones en forma bella, trasunta con delicada entonación su fina sensibilidad lírica y social.

LA REVOLUCIÓN NO DEBE FRACASAR

La entrevista continúa, casi en una conversación animada también por el compañero de visita, el dirigente fabril boliviano Ismael Castellón Arce. Refiriéndose al propósito boliviano de recuperar sus riquezas de manos de los poderosos sirvientes del imperialismo, mencionando el curso histórico de las Revoluciones en México y en Guatemala, don Pablo Neruda expresa: “La nacionalización de las minas de estaño será el paso más importante de la Revolución Boliviana y hará que su país, amigo periodista, se constituya en el director del movimiento revolucionario en América”.

-“¿Qué papel desempeñarían los escritores y artistas en este proceso histórico revolucionario?”

-“Los intelectuales no podemos vivir al margen de la Revolución y es lógico que ayudemos en la común tarea. Debemos explicar a nuestros pueblos – y esta es la responsabilidad-, de que si Bolivia fracasa en la Revolución fracasaríamos todos nosotros, es decir, América estaría en peligro.

SOLIDARIDAD DE LOS PUEBLOS

Habiendo girado la conversación hacia los problemas doctrinales, sobre el principio teórico de la Revolución Nacional, y habiéndose mencionado las tesis sustentadas por otros partidos políticos, entre ellos el Partido Comunista del cual es miembro Pablo Neruda, nos permitimos preguntar a nuestro entrevistado, su opinión sobre la superación de la lucha sectaria y la solidaridad de los pueblos oprimidos por regímenes colonialistas.

-“Siempre he sostenido, expresa Neruda, la importancia de la solidaridad de los pueblos. Por eso considero de gran valor suscitar un movimiento americano de apoyo a la Revolución Boliviana. Estamos de acuerdo con las formas positivas de la Revolución y contribuir a su futuro es un deber. SIN EMBARGO, LA IDENTIFICACIÓN NO ES POSIBLE”.

-“Y el sectarismo don Pablo?”, preguntamos anticipando nuestro respeto al pensamiento político del entrevistado, con el que por convicciones políticas nacionalistas discrepamos.

-“Lo que interesa es la solidaridad de todos los pueblos que luchan por su libertad –expresa Neruda sorteando la respuesta sobre el sectarismo en particular-, y más si los postulados son la Independencia y la Paz”.

EL PUEBLO CHILENO CONTRA GONZALES VIDELA

Con referencia a los problemas de su país, tales como la derogación de la llamada Ley Maldita o Ley de Defensa de la Democracia promulgada durante el gobierno de Gabriel Gonzáles Videla, el pacto de Ayuda Militar con los EE.UU., la nacionalización de las minas de cobre, etc., etc., nuestro entrevistado nos expresa que la voluntad anti-imperialista de su pueblo es firme e inalterable. A una pregunta sobre la no participación del Partido Comunista en el bloque político que apoyó al General Carlos Ibáñez del Campo, olvidando la importancia del movimiento de masas hasta el extremo de haber reducido sus votos a unos cincuenta mil, nos dijo simplemente:

-“El pueblo votó por Ibáñez porque estaba descontento y repudiaba a Gonzáles Videla y su política de represión”.

-“Entonces admite Ud., don Pablo, preguntamos, la victoria electoral del General Ibánez como expresión rotunda del pueblo?”

-“Lo importante es el pueblo y sus intereses, nos contesta, apoyaremos en todo lo que sea de beneficio para el país y para los trabajadores. Queremos también revolución en Chile”.

GABRIELA MISTRAL CONVOCA A UN CONGRESO

Y pasando a otros temas, nuestra animada e interesante conversación con el gran poeta, nos habla del movimiento intelectual americano y nos anuncia que está escribiendo un libro sobre su último viaje a Europa. Expresa además su deseo de viajar a Bolivia y conocer a sus intelectuales de las nuevas promociones.

-“El 15 de enero próximo, nos dice, se realizará en esta ciudad un Congreso Cultural a iniciativa de Gabriela Mistral. Y aprovecho para invitar por su intermedio a todos los intelectuales y artistas bolivianos para que asistan al Congreso que será de carácter continental. El temario estará dedicado a los problemas americanos y juzgo que Bolivia no debe estar ausente.

UN MENSAJE A LA REVOLUCIÓN NACIONAL

A tiempo de finalizar nuestra entrevista, Pablo Neruda nos entrega Canto General para la juventud revolucionaria y nos pide que llevemos otro al Jefe de la Revolución y Presidente de la República Dr. Víctor Paz Estenssoro. Y sobre la portada del poema épico que canta a nuestra América Rebelde, escribe:

“Santiago de Chile. Al Presidente Paz Estenssoro cuyo Decreto de Nacionalización es una fecha en el honor de América. (Fdo.) Pablo Neruda.- 1952. Noviembre”.

Los árboles de la ancha calle que circunda la casa del Poeta, ya proyectaban largas sombras, cuando Pablo Neruda acompañándonos hasta la puerta, con un cordial abrazo al veterano luchador obrero y a la juventud revolucionaria, nos dijo: “Que siga la Revolución, porque nuestro destino está en ella”.

Santiago, noviembre de 1952

Correspondencias

Rubén Vargas manda misivas desde México a “Los Mancos de Lepanto” (1989-1990)

JCR Quiroga

El poeta paceño Rubén Vargas (1959-2015) remitió al grupo Los Mancos de Lepanto de la Carrera de Literatura – UMSA en dos oportunidades desde la ciudad de México D.F., entre 1989 y 1990, adonde había decidido viajar para reforzar sus conocimientos literarios y ampliar sus estudios universitarios. En realidad, se trató de comunicar conmigo bajo esa excusa y acaso nunca lo logró.

Los Mancos de Lepanto fue un grupo literario espontáneo, sin fines de lucro, con gastos onerosos en chelas y comida en una chifa famosa en la Fernando Guachalla, cada viernes. Lo formaron Cé Mendizabal, Marco Antonio Miranda, Alfonso Murillo, Iván I. Vargas, Gilmar Gonzales y Juan Carlos Ramiro Quiroga. Con la complicidad esporádica de Angelino Fernández y Luis Zavala.

Con respecto a las misivas de Vargas, las únicas que tengo en poder, describen las actividades literarias que le cupo llevar a cabo en dicha ciudad, durante más de un año y medio, aparte de sus estudios superiores.

La primera carta, fechada el 14 de abril de 1989, el poeta y docente paceño refiere que a mediados de marzo de este año conoció al poeta Octavio Paz a través del poeta cubano Orlando Gonzales Esteva. En esta carta de seis breves párrafos, Vargas se explaya en la producción literaria mexicana de ese tiempo, y nos contó los pormenores para la difusión de “El árbol y la piedra” (Caracas, Monte Ávila Editores, 1988), de Eduardo Mitre, un libro de ensayos y antología de poesía contemporánea boliviana.

En la segunda carta, fechada el 3 de abril de 1990, Vargas señala que cambió de dirección un par de veces en la ciudad mexicana, y que mi respuesta a sus cartas debe estar “dando vueltas por algún lado”. Razón por la que nunca contacté con él mientras estuvo en dicho país. Informó que Luis “Cachín” Antezana, el lector y crítico de literatura boliviana, le escribió desde Washington DC y le habló de un nuevo número de la Revista El Zorro Antonio de la Carrera de Literatura. Me pidió que le enviará un número a través de su padre Juan Vargas. Algo que hice al pie de la letra. También se detiene largamente en la “Memoria Solicitada”, de Blanca Wiethüchter. (¿Habrá sido la primera edición o el primer borrador de este libro magnífico? El que yo tengo es de mayo de 2004, de las célebres Ediciones de la Mujercita Sentada). Y, finalmente, Vargas dice que sus artículos de poesía se publican en dos revistas y en un suplemento. Sé que una de esas revistas fue Vuelta, que dirigía Octavio Paz.

Otrosí, por ambas misivas me enteré que el estimado Rubén Vargas me envió dos libros, uno de Paz y otro de Arreola, los cuales nunca supe quién de Los Mancos de Lepanto se apropió hasta el momento. Rubén, ya en La Paz, al enterarse de estos “desvíos involuntarios” trató de calmar mi criba de entonces, y me obsequió dos libros alucinantes: uno sobre Kavafis y otro sobre Pessoa. 

México, D. F., a 14 de abril de 1989.

Recordado Juan Carlos Ramiro:

                                     

Esta es una carta a tu nombre, pero dirigida, en realidad a todos los “Mancos de Lepanto”. El librito de Paz es también para que lo lean todos, pero para que lo conserves tú. Hechas estas aclaraciones paso, como corresponde, a saludar a todos y a cada uno de ustedes, ya que de otra manera no podría continuar.

¿Cómo van las cosas por La Paz? ¿Cómo la afamada carrera de Literatura? Espero que, sin Capra en la Universidad, todo mejor. Por estos lados las cosas más o menos encarriladas: un par de seminarios en la UNAM, lecturas a pasto y –ojalá- un ritmo de escritura que, con el tiempo, espero, dará algún fruto. Ya les avisaré.

Conocí a Paz a mediados de marzo, a través del poeta cubano Orlando Gonsález Esteva. Es un viejo muy simpático (igualito, físicamente, a Guillermo Lora). La charla circunstancial se centró, no recuerdo bien por qué, en su traductor al inglés, Eliot Weinberger. Por lo demás el hombre anda muy ocupado celebrando, con mucho reconocimiento público, sus 75 años.

En México se publica mucho, pero no hay una producción literaria de gran nivel. En poesía sufre de indigencia, si uno piensa en lo que están haciendo los chilenos o los mismos argentinos (para no hablar de los vates del país mediterráneo y altiplánico). En narrativa –como dice el Mitre que estuvo hace poco por acá-, no hay grandes novelistas, pero sí, de vez en cuando, buenas novelas. A mí me gustaron “Domar la divina garza” de Sergio Pitol y “La última escala del Tramp Steamer” de Álvaro Mutis.

A propósito del Mitre, ¿qué les pareció la selección de “El árbol y la piedra”? Acá estamos procurando darle mayor circulación al libro y, sí, despierta interés: los mexicanos te preguntan: “¿Bolivia?, es lo mismo que Colombia, ¿no?”. En fin, parece que, en la ideología oficial, al norte están los gringos y al sur una masa indiferenciada de países que se los nombra sólo genéricamente: Sud América.

Pues bien, ya he escrito un par de chismes para no perder la costumbre. No dejen de mandarme noticias. Si quieren algún librito en particular, veré la forma de hacerlo llegar (es una suerte de chantaje para obligarles a contestar). Mientras, un gran saludo

                                                                                                                    Rubén

Rubén Vargas Portugal / Apartado Postal 21136 / Coyoacán 04000 / México D.F.

Ciudad de México, 3 de abril de 1990

Señor

Juancarlosramiro

en La Paz

Querido viejo:

Aquí me tienes, listo para un nuevo chantaje. Nunca supe si recibiste la carta y el libro de Arreola que te mandé, en octubre del 89, con la dirección de la Carrera. Yo cambié de dirección un par de veces desde entonces, y es posible que tu respuesta esté dando vueltas por algún lado. Con el mundo cayéndose a pedazos nunca se sabe. De cualquier manera, aquí va esta nueva señal.

El Cachín me escribió desde Washington. En su carta me cuenta de un nuevo número del viejo Zorro Antonio que, en su opinión, está muy bueno. La noticia, como te imaginarás, me ha alegrado mucho. Dice, también, que por ahí salió algo mío: una antigua y no muy meritoria notita sobre La vastedad de Guillermo Sucre. Ésta, junto a otras, se la mandé al Jesús, hace ya un par de milenios. El chantaje –ya lo habrás adivinado- viene por este lado: quisiera que me mandes un ejemplar del Zorro. Tengo muchas ganas (y necesidad) de saber en qué anda la muchachada. Si puedes, la mandas directamente, si no, se la das a mi padre (Juan Vargas: telf. 310961); en cualquier caso, escríbeme unas palabritas –no seas así. Desde ya, mil gracias, y también mil disculpas por ocupar así tu tiempo.

¿Cómo estás? ¿Qué has estado escribiendo? ¿Qué novedades han ocupado el palco literario paceño? La verdad es que ando muy necesitado de noticias. Lo último que cayó en mis manos fue la “Memoria solicitada” de la Blanca. Me gustó; sobretodo, consiguió arrastrarme en el movimiento de su memoria hacia ese ser tan entrañable que era el Jaime. Textos como este, quizás por la proximidad con la que cercan y tratan su tema, consiguen crear a la postre un efecto de distancia. Es decir: después de leer el libro de la Blanca creo que es posible pensar mejor en el Jaime. De laguna manera la Blanca despeja un camino: el camino hacia el lenguaje de Saenz. Quizás ahora –cumplida la muerte y sus ceremonias- la obra de Saenz está más desnuda, más limpia: podemos apropiarnos de ella más libremente, más críticamente. Me gustaría pensar que en ese gesto tan fervoroso –la memoria- se cumple también una misión radical: la desacralización. Me gustaría, también, pensar que en estos movimientos paradójicos –pasión: crítica- iremos encontrando finalmente los elementos para inventarnos, es decir, para inventar nuestra tradición: la tradición que nos permita, aquí y ahora, seguir escribiendo poesía.

Por mi parte, no hay muchas novedades. Sigo fatigando la máquina de escribir, sobre todo con artículos de crítica de poesía. Dos revistas y un suplemento ofenden periódicamente a sus lectores con unos devaneos que suelen llevar mi firma. Me consuelo pensando que ese es mi oficio, y alguno hay que tener en este valle de lágrimas. Por lo demás, no doy por muerta la posibilidad de que este material pueda tener algún interés –para ti y para la Gran Fraternidad de Los Mancos de Lepanto-, así sea como mera información de lo que aquí se lee y publica. Veré la forma de hacerlo llegar a tus manos.

Ojalá me escribas pronto, y así reanudemos el diálogo. Es un deseo verdadero. Me gustaría mucho tener también noticias de los amigos. De hecho, creo que esta carta es extensiva a ellos. Recibe un gran abrazo.

                       Rubén

P.D.  Escríbeme al siguiente nombre y dirección (es una oficina y allí me llegará con toda seguridad tu correspondencia): ML TALAVERA (R) / DIE / CINVESTAV /Apartado Postal 19-197 / México 03900 D.F. / MÉXICO

Las minas de Oruro a través del geólogo francés Aimé Pissis

José E. Pradel B.

Considerado por la historiografía como la figura más relevante de la geografía chilena durante el Siglo XIX, el geólogo francés Pierre Joseph Aimé o Amado Pissis fue un multifacético personaje que recorrió nuestro país entre 1845 a 1846. Nació en Brioude, departamento de Haute Loire (Francia), el 17 de mayo de 1812 y falleció en Santiago de Chile, el 21 de enero de 1889. Estudió en la Escuela de Minas, la Politécnica y en el Museo de Historia Natural de París. Su principal biógrafo, el investigador Eugene Vega, detalla que en 1834 publicó su primer estudio científico sobre los volcanes apagados de la región central de Francia, en los Anales de la Sociedad de Geología de París. Posteriormente, realizó investigaciones mineralógicas en Brasil y Bolivia.

Es necesario mencionar que, con el objetivo de atraer el comercio, industrializar la minería y fomentar la inmigración europea, el presidente Mcal. José Ballivián (1841-47), impulsó otro tipo de exploración, es decir, la ‘exploración científica’ que se basó en reflejar mediante la opinión ajena una imagen propia. En este contexto, el Gobierno boliviano contrató a los ingenieros franceses La Ribette, Lenunhot, Pissis y Jelowicki para realizar estudios geológicos-mineros. Por otro lado, en una nota de prensa atribuida a Pissis publicada en Annales des Mines de París, y posteriormente reproducida en la Revista de Ciencias i Letras divulgada en Santiago el año de 1857, señala que nuestro biografiado: “…fue a Bolivia con el objetivo de levantar un mapa jeológico i topográfico de la parte central de esta república” (Pissis, 1857, 581).

En junio de 1845, llegó Aimé a La Paz, junto a los ingenieros citados y otros artistas franceses. Empleado como mineralogista, realizó a continuación estudios en Oruro. Sobre ello el célebre explorador francés Francis de la Porte Conde de Castelnau, apuntó en sus memorias de viaje:

[…] ese día nuestra marcha fue de cinco leguas y media que nos condujeron a Oruro. Buscamos, durante largo rato, un albergue antes de encontrar uno; finalmente nos instalamos en una sala vacía que dependía de la casa de la posta. Sabíamos que uno de nuestros compatriotas, el señor Pissis, ilustre geólogo, vivía en esta ciudad; éste se ocupaba de inspeccionar las minas de los alrededores por encargo del gobierno boliviano. Una de nuestras primeras ocupaciones fue irlo a ver y él le debemos, en parte los detalles que presentamos […] (Castelnau, 2001, 180).

Como resultado de sus observaciones, Aimé Pissis elaboró los informes intitulados: Reflexiones sobre las causas que han producido la decadencia de la industria mineralógica de Bolivia, fechado el 12 de febrero de 1846 y la Memoria sobre el Asiento y la explotación de las minas de Oruro, datado el 12 de diciembre de 1845. Ambos fueron publicados en el periódico El Restaurador de Sucre, en el año de 1846 y reeditados en el Boletín de la Oficina Nacional de Estadística, en 1912. (A continuación reproducimos fragmentos del segundo informe como un justo homenaje a su labor efectuada en nuestro país. La transcripción de este documento fue realizada con absoluta fidelidad al original: “Memoria sobre el asiento y la explotación de las minas de Oruro”. En: Boletín de la Oficina Nacional de Estadística, N° 81 al N° 84, Año VIII, Tip. Comercial de Ismael Argote, 1912, pp. 470-481)

Posteriormente, el ministro del Interior, Pedro José de Guerra, le ordenó redactar un texto de mineralogía. Medida que fue elogiada por la prensa y a su vez Pissis, expuso su proyecto de lo encomendado. También reproducimos dicho documento cuya transcripción fue realizada con absoluta fidelidad al original: “A S. G. el Ministro del Interior”, “El Restaurador”, Sucre, 2 de junio de 1846, p. 1.

Consecutivamente, nuestro personaje se encargó de la dirección de una empresa minera que tuvo por objetivo “trabajar la antigua mina de Vilacota, que díó un mal resultado ó que no lo dió inmediato” (Santivañez, 1891, 153). También realizó estudios sobre los “depósitos de nitrato y wanu del desierto de Atacama” (Condarco, 1978, 247)

Lamentablemente, Pissis decepcionado rescindió su contrato y se dirigió a Chile, donde fue bien acogido y realizó importantes trabajos geológicos que dieron como resultado las célebres obras: Geografía física de la República de Chile (1875), Atlas de la Geografía física de la República de Chile (1875) y otras investigaciones que fueron difundidas en el periódico La Época, los Anales de la Universidad de Chile, de Minas de París y de la Sociedad Geológica de Francia. Muchos años después, en 1870, formó parte de una comisión bipartita de límites en representación de Chile juntó al coronel Juan Mariano Mujía por Bolivia.

Memoria sobre el asiento y la explotación de las minas de Oruro. Descripción geológica

Las rocas que constituyen el suelo de los alrededores de Oruro corresponden á tres terrenos de diverso origen.

El más exterior pertenece al último piso de los sitios terciarios, ocupa el vasto llano que rodea esta ciudad y está compuesto particularmente de lechos de greda y arena, depositados en el fondo de un lago; así lo dan á conocer algunas rocas calcáreas que se manifiestan en las partes superiores, y que contienen numerosas vertientes de agua dulce. Al oeste de la ciudad sobresalen dos masas de montaña sobre lechos terciarios -el más occidental, conocido bajo el nombre de cerro de Iroco, se compone de rocas que corresponden al segundo alto ó piso de los terrenos de transición- la parte inferior principalmente compuesta de pizarra pertenece al terreno silurien, mientras que la parte superior en que se manifiestan gredas y piedra arenizca, corresponde al terreno devoncin. La segunda masa, esto, es, la que rodea la ciudad de Oruro, pertenece á los terrenos pyrojenos, esta es una roca de pórfido que se manifiesta al través de los terrenos precedentes, y es muy particularmente notable por los numerosos minerales de plata que contiene, mientras que el oro se encuentra únicamente contenido en el terreno silurien. La parte inferior de este terreno, es donde principalmente los lechos auríferos, en su vecindad, las rocas cambian de aspecto, toman un color más claro y se hacen notables sobre todo por la presidencia del bronce. El conjunto de estos caracteres establece la mayor similitud entre este terreno y el que encierra las minas más ricas de oro del Brasil: esta circunstancia reunida á la extensión dada á los antiguos trabajos, indican de consuno que sería importante emprender investigaciones en estas localidades que deben contener grandes riquezas.

Los pórfidos que componen la masa de Oruro se presentan bajo dos aspectos diferentes. Todo el contorno de esta masa es compacto presenta un calor verduzco y no contiene por sustancia heterogénea, más que unas delgadas venas de hydrato de hierro; más, á medida que uno se aproxima hácia la parte central, esta roca pierde su dureza, toma un color blanco ó amarrillo, y presenta todos los estados de descomposición desde las partes desagrogeas hasta la arcilla. En las partes más alteradas encierran estas numerosas vetas de hydrato de hierro y de jaspe (pacos) que han sido el objeto de las primeras explotaciones establecidas en Oruro. Entre las numerosas venas que se cruzan en todos sentidos y cuya exsistencia se revela desde lejos, por el color rojo que comunican á los pórfidos descompuestos, se distinguen tres, notables por su anchura, su extensión y su riqueza en plata.

La 1ª conocida bajo el nombre de veta grande, se dirije de norte 66º oeste al sud 66º este: aparece sobre la base meridional del cerro del Pie del Gallo, atraviesa esta montaña, sigue atravesando el cerro de Ruviales, pasa á las explotaciones de San José, y va á perderse un poco hácia el noroeste, presentando de este modo á descubierto una longitud de 2,900 varas. Al oeste de ésta, se manifiesta la veta de la Candelaria siguiendo una dirección de norte 18º este, al sud 18º oeste, aparece al sud al pie del cerro de San Felipe -atraviesa el cerro de Todos los Santos, y se pierde en el valle opuesto, abajo de las explotaciones de la Colorada- su longitud en los puntos donde se manifiesta á descubierto es de 1,100 varas. En fin á una pequeña distancia de la Candelaria, se encuentra la veta de la Colorada, cuya dirección es de N. 54º E. al S. 54° O. procede del pie del cerro la Blanca, atraviesa el cerro de San Cristóbal y después de haber recorrido un espacio de 1,900 varas se pierde en la llanura que separa la masa de Oruro de la de Iroco. Estas tres vetas, lo mismo que las numerosas venas que las cruzan presentan la misma composición mineralógica. En las partes inmediatas á la superficie del suelo, están compuestas de jaspe embebido de una cantidad más ó menos grande de hydrato de hierro; pero á medida que avanza en profundidad, desaparece el hydrato de hierro, el cual se halla reemplazado por sulfuro de hierro (bronce) en tanto que el cuarzo toma el lugar del jaspe. En estas dos sustancias conocidas en el país con el nombre de criaderos, se encuentran diseminados los diversos sulfuros á que los mineros dan el nombre de negrillo y que son por lo general mezclas de sulfuro de plomo, de sulfuro de cobre, de sulfuro de antimonio, de sulfuro de arcénico y de sulfuro de plata. Algunas veces también el sulfuro de plomo (soroche) se manifiesta separadamente en las partes laterales de las vetas. Tales son las observaciones que se hacen en almina Colorada. Las tres vetas de que acabamos de hablar han sido explotadas antiguamente en casi todos los punto en que se manifestaban á descubierto y en los que las partes más importantes de trabajo han sido proseguidas hasta el nivel del llano y que actualmente se hallan inundadas. Tales son las minas de Santo Cristo, del Socavón, etc.

Estado de los trabajos actuales

Las explotaciones modernas no son en la mayor parte más que la continuación de los antiguos trabajos, donde se han seguido generalmente vetas cruzadas, que habían sido menospreciadas por los primeros explotadores. El destino de los trabajos primitivos para un objeto diferente del que tienen hoy día y las degradaciones que han estado experimentando, han introducido en las explotaciones modernas una gran irregularidad, que ha aumentado por la negligencia que ha existido en los primeros trabajos: de tal suerte, que las minas actuales no presentan desde la entrada á una distancia de tres y cuatroscientas varas, más que una serie de galerías estrechas, dirigidas sin órden alguno, de descenso ó de foso que hacen imposible el perfeccionar el método de extracción del metal, siendo su transporte á espaldas de hombres lo único que se puede practicar. Nosotros somos pues de parecer que las minas actualmente explotadas, presentan á causa de su irregularidad y de su profundidad. Pocas esperanzas de amejoración, y que los trabajos que había que emprender para llevarlas á una dirección regular, serían menos ventajosos que la empresa de nuevas explotaciones, y por consiguiente debemos adherirnos á estas últimas; si se quiere utilizar de las grandes riquezas que encierra aun la masa de Oruro, independientemente de muchas vetas que aún están intactas, las tres principales de que hemos hablado precedentemente pueden dar lugar á empresas que prometen grandes resultados. Si se atiende á las direcciones que presentan, se ve que la veta de la Candelaria y la de la Colorada vienen á reunirse al norte y á una pequeña distancia del cerro de la Blanca. Este punto, donde existen aún antiguos trabajos, podría venir á ser el objeto de una explotación. La extremidad opuesta de la veta de la Colorada que se manifiesta sobre la vertiente meridional del cerro de San Cristóbal puede igualmente dar lugar á trabajos muy productivos. En, fin la veta grande explotada casi sobre todos los puntos, puede todavía ser ventajosamente invadida sobre la vertiente occidental del cerro de San Cristóbal. Los trabajos que habría que ejecutar sobre estos diversos puntos consistirían en un pozo vertical establecido á flor de mina sobre el terraplén de la veta y en galerías de explotación. Este foso que para primer trabajo podría tener sólo 60 varas de profundidad, no costaría, más de 5,000 pesos; la poca abundancia de las aguas facilitaría el trabajo, y un pequeño manejo podría servir á la vez para la estracción del agua y del metal. El capital necesario para la excavación del foso, el establecimiento de las máquinas y de los talleres no ascendería así á 1,500 pesos. Una sola de estas explotaciones podría proporcionar diariamente 50 quintales de metal, que en el caso en que contuviesen tan sólo medio por 100, que es la ley de los metales pobres, daría 50 marcos plata. El beneficio, empleando buenos procedimientos, sería como lo demostraremos más adelante, de más de 20 por 100, lo que daría por el mínimum una ganancia diaria de 80 pesos, ó un dividendo anual de 20,000 pesos, suponiendo solamente 250 días de trabajo productivo en el año. Por una ley de 1, 1½ por 100, que es la ley media de los minerales de estas vetas, el dividendo anual sería de 60,000 pesos. Entrando los costos de trabajo personal por un tercio en el gasto, resultaría una suma de 80,000 pesos, repartida anualmente en la población de Oruro, y para el Gobierno una renta de 15,000 pesos, correspondiente al derecho de cinco por 100 sobre la cantidad de plata producida por la explotación. Así la renta de un solo año, representaría el capital necesario para comenzar los trabajos.

(…)

Nuevo método de amalgamación

Después de haber sido el mineral quemado suficientemente para que todo el sulfuro de plata se haya descompuesto y mudado en cloruro, debe ser molido segunda vez en piedras de molino, semejantes á las que sirven para la harina hasta ser reducido á polvo impalpable; en seguida es trasportado este polvo á barriles que se mueven sobre un arco horizontal. Allí se añade bastante agua para formar una pasta líquida y una cantidad de hierro en polvo, proporcionada á la cantidad de plata contenida en el mineral. Los barriles son entonces puestos en movimiento, de manera que la mezcla se haga con la posible perfección. Durante este tiempo el hierro se apodera del cloro que se había puesto á la plata, mientras que esta vuelve á tomar su estado metálico. Esta descomposición exige de una á dos horas, según la cantidad de mineral. Cuando está terminada, se añade mercurio, en la proporción de seis partes para una de plata. Como el cloro ha sido ya llevado por el hierro, no se forma cloruro de mercurio: todo este metal conserva su estado líquido y se amalgama con la plata. La amalgamación exije de 12 á 14 horas, durante las cuales el barril debe estar siempre en movimiento. Después de este tiempo se llena de agua y se hace unir el todo en un receptáculo, donde el azogue y la plata se reúnen en la parte inferior, mientras que el lodo sale por una abertura colocada un poco arriba del fondo. Se lava así muchas veces hasta que todas las partes terrosas hayan sido separadas; la amalgama es en seguida comprimida en sacos para extraerle el mercurio, y lo que resta es destilado en cilindros de hierro terminados en un tubo, que se coloca en un receptáculo de agua donde viene á condensarse el mercurio.

Es evidente que en esta operación las causas de pérdida que hemos señalado no existen ya, y siendo completa la quema no queda ninguna parte de plata en estado sulfúreo: su reducción en polvo imperceptible permite á las partes más ténues incorporarse al azogue. En fin, la principal pérdida de este magistral, aquella que es debida á su transformación en cloruro se evita con el empleo del hierro: la destilación vuelve todo el azogue de la amalgama, pues que los vapores son forzados á atravesar el agua antes de escaparse; no resta pues más, que una sola causa de pérdida, la de las lavas, que presentan bastante perfección. En el establecimiento de Hasbruke en que el procedimiento que se emplea no difiere de este más que en servirse de láminas de hierro, en lugar de hierro en polvo, lo que hace la operación más larga, la pérdida del azogue es de onza y media á dos onzas por marco, lo que dá sobre el procedimiento actual una economía de más de diez onzas por marco. En resumen, el procedimiento que proponemos presenta sobre el que se sigue actualmente en Oruro, las siguientes ventajas. Estracción de una más grande cantidad de plata. Economía de más de un 80 por ciento con respecto al azogue; y la más grande celeridad en el trabajo, pues que la amalgamación no exije más que diez y seis horas en lugar de cuatro días.

Método de copelación

Cuando los minerales contienen una cierta cantidad de plomo ó que su contenido en plata sobrepuja un uno por ciento, la amalgamación, cualquiera que sea el método que se emplee, ocasiona pérdidas considerables –hay siempre una parte de plata que queda en los resíduos: entonces es preciso recurrir á la copelación; y los ricos minerales de Oruro se prestan muy bien á este género de tratamiento. El sulfuro de plomo (soroche) de que hemos hablado antes, se emplea aquí útilmente, porque él proporciona no solamente el plomo necesario á la copelación, sino también una grande cantidad de plata que se reúne á la que contiene el mineral. Pensamos pues que este método debe ser empleado con preferencia para los minerales ricos, tales como la mina de San José y de Atocha. Bastaría echar en un horno con mango sulfuro de plomo y el negrillo préviamente quemado, en la proporción de una parte de negrillo por tres de soreche. Se haría de este modo una liga de plomo, cobre y plata, que sería tratada por la copelación.

Para terminar lo que tiene relación al tratamiento de los minerales, nos resta exponer los resultados económicos de los tres métodos que acabamos de examinar. Este resultado se encuentra en los siguientes cuadros, en que se supone que se ha operado sobre un quintal.

(…) En resumen, los metales de Oruro pueden ser distinguidos en dos clases, exigiendo cada uno en beneficio diferente. Los metales pobres, los pacos, los pavonados, deben ser beneficiados por el nuevo procedimiento de amalgamación, en tanto que los espejos y los soroches deben serlo por la copelación.

Oruro, 12 de Diciembre de 1845.

A S.G. el Ministro del Interior.

Oruro, Mayo 12 de 1846

Sr. Ministro.-

He recibido la carta que me habéis hecho el honor de dirigirme con fecha 4 del corriente, y la orden de ocuparme en la redacción de un tratado de docimacia. He pensado que sería conveniente, antes de emprender este trabajo, someter á V. G. el plan de él, á fin de saber si V. G. lo encuentra bueno.

Esta obra se compondrá de una introducción, en que se espondrán las nociones de química y jeología, indispensables para dirijir los trabajos de minas. El capítulo 1.° se contraerá á la esposición de todo lo que pueda facilitar la busca de minas y los medios simples de conocer cada metal. El 2.° contendrá los conocimientos prácticos de esplotación, el arte de cabar los pozos, de hacer las galerías, & así como la descripción de las máquinas más sencillas y más fáciles de construir en este país. En fin, el último capítulo tratará de los métodos para estraer los metales, cuya explotación ofrece más ventajas en este país, como el oro, la plata, el cobre, el estaño y el plomo. Esta obra, que de este modo contendrá la esposición de los conocimientos más útiles á los mineros, formará un tomo en octavo de 400 pájinas, poco más o menos. La poca posesión que tengo todavía de la lengua española no me permitirá escribirla en este idioma, con toda la claridad y sencillez necesarias, para ponerla al alcance de todos. Me parece conveniente escribirla 1° en francés, hacerla traducir después en español, y revee con cuidado la traducción para corregir los errores que pudieran cometerse. Os rogaré, Sr. Ministro, que tengáis la bondad de hacerme conocer vuestra voluntad á este respecto y las modificaciones que juzguéis necesarias.

Tengo el honor de ser con profundo respeto, Sr. Ministro, vuestro muy humilde y muy obediente servidor.

A. Pissis

Libro-lectura-lector. Aproximaciones, conceptos y guiños

A propósito del Día de Libro que se recordó hace tres días, recuperamos algunas citas, definiciones e ideas sobre la cadena libre-lectura-lector, de la pluma de varios reconocidos escritores en lengua hispana.

Martín Zelaya

El 23 de abril se recordó el Día Internacional del Libro. Hace justo 27 años a los señores de la Unesco se les ocurrió institucionalizar esta fecha por una feliz triple coincidencia que, al final, resulta que ni es feliz ni es coincidencia.

En 1616, “ese día”, fallecieron (por eso no es feliz) Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega; ese es el argumento, pero… a fin de cuentas resulta que no. El autor del Quijote murió a últimas horas del 22 y lo enterraron el 23, y el genio creador de Hamlet sí murió el 23 de abril, pero del calendario juliano, que correspondió al 3 de mayo de ese 1616 en el gregoriano; es decir, 10 días después que su par español (por eso no es coincidencia).

Muy aparte de este enredo vale, cómo no, celebrar al libro como objeto o sujeto, como vehículo, canal y mensaje, como impulso y cenit de transformación y evolución. Y claro, de paso a la lectura, el verbo: el acto de leer; el vicio, costumbre, necesidad; el don.

Partiremos con Piglia, promediaremos con Piglia y terminaremos con Piglia. ¿Qué es un lector? Se pregunta el maestro argentino en uno de los capítulos de su celebrado El último lector. “Primera cuestión –se responde–: la lectura es un arte de la microscopia, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física”.

Esto me recuerda a un querido amigo, Edwin Guzmán, que hace ya más de cuatro lustros, cuando era mi profesor en la universidad, dijo que la única manera de escribir bien era, antes, sentarse a leer, leer, leer y leer, y que por eso “para ser buen escritor, hay que tener buenas nalgas”. Y eso me recuerda –también– otra valiosa enseñanza de Jesús Urzagasti: “tienes que trabajar (se refería al oficio de escritor) hasta que te caguen las palomas”.

Sobre la lectura –rebuscando en mi biblioteca– encontré algunas interesantes reflexiones. Dice Javier Marías en el ensayo “Mi libro favorito” de Literatura y fantasma:

«…escribir es, en suma, la forma más perfecta y apasionada de leer, y seguramente por ese motivo los adolescentes, que suelen disponer de tiempo, se toman la molestia de transcribir a veces el poema que tanto les ha gustado: volverlo a escribir es no solo una manera de apropiarse de él, de asumirlo y de suscribirlo, sino también la mejor manera de leerlo, la más cabal, la más alerta, la más segura».

Más de una vez he citado en artículos anteriores este párrafo que el enorme Sergio Pitol escribió en su libro El arte de la fuga:

«…uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuántos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas».

Ya promediando, otra vez Piglia:

«El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es solo una práctica, sino una forma de vida».

Y para ver cómo vamos por casa, hace algunos años, en un texto publicado en LetraSiete y también en ocasión del Día del Libro[1], les pedí un par de párrafos sobre este tema a algunos escritores bolivianos. Liliana Colanzi escribió: “entro a los libros como ladrona… buscando qué saquear. Y Maximiliano Barrientos: “la lectura de ficción es una experiencia tan íntima como el sexo”.

Antes de cerrar lo de leer-lectura y pasar a lo de libro, el otro día, revisando una vieja entrevista que le hice a Eduardo Galeano, vi que después de varias preguntas, le pedí al uruguayo que escriba breves frases de descripción-concepto sobre algunas palabras que le plantee. Esto escribió Galeano a vuelta de correo electrónico:

Lector: “Yo fui muy amigo de Julio Cortázar, pero no coincido con él en aquella definición del ‘lector hembra’, en el sentido de lector pasivo. Primero, porque ahí a Julio se le escapó el machista que todos tenemos adentro, y segundo porque el acto de lectura, cuando es verdadero, es una comunión donde las palabras van y vienen y terminan perteneciendo, también, a quien las recibe”.

Libro: “Cuando el libro vale la pena, está vivo y respira. Uno lo siente respirar cuando lo apoya en la oreja”.

Ya que lo mencionamos, Cortázar dijo: “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”. Y ya que hablamos del Cronopio, por qué no a su gran amigo el Gabo, quien en una entrevista con Darío Arizmendi sostuvo: “los escritores siempre pensamos que el libro es como nosotros pensamos que debe ser y no como piensan los otros que debe ser”.

Dos más antes de cerrar. El cochabambino Rodrigo Hasbún describe: “libros: artefactos peligrosos, maquinitas misteriosas” y el gran Augusto Monterroso en “El autor ante su obra” de su libro La vaca: “en los últimos años, un libro mío recién publicado que se desliza de mis manos en la alta noche, es lo único que se ha interpuesto entre mi mujer y yo”.

Prometí cerrar con Ricardo Piglia:

«La pregunta ¿qué es un lector? es, en definitiva, ‘La’ pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta –para beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales– es un relato: inquietante, singular y siempre distinto».


[1] Debo confesar acá, en letras pequeñas, que buena parte de este texto lo cociné o autoplagié de aquel mentado artículo original.

El Chaco, imagen y movimiento perpetuos en un país que se repite

Una conversación con Diego Mondaca, a propósito de la proyección de su película Chaco (2020) en el Festival de Cine Diablo de Oro de Oruro, permite volver sobre los constantes tópicos y repercusiones de este episodio de la historia, crucial no solo en el pensamiento e identidad, sino en la creatividad y el arte bolivianos.

Fotograma de la película Chaco: Fotografías (4) Marcos Soto Montpellier.

Martín Zelaya

– Ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos.

– Vino a pelear, cabo, no a hacer amigos.

– No hemos disparado una bala en meses.

– Todos hemos terminado en el mismo pozo.

Cuatro líneas del guion de Chaco (2020) encierran toda la película de Diego Mondaca y la explican lo suficiente. La deriva total, la inconsciencia. La soledad en grupo. El aburrimiento de irse muriendo de a poco. La certeza de esa espantosa condena. Son cuatro respuestas, en diálogos o soliloquios, dispersas a lo largo de los 77 minutos de filme. Pero a la vez, cuatro interrogantes que retratan e interpelan el absurdo total.

Algunas críticas severas al primer largometraje de Mondaca –orureño como el que más– observan que “no hay nada nuevo” en relación a los tan mentados temas de reflexión que dejó el Chaco: el absurdo de la guerra, la lucha contra uno mismo, la sed, la locura, la estupidez del hombre… Como si hubiera algo nuevo por descubrir a 90 años de la contienda entre Bolivia y Paraguay. Como si a estas alturas de la historia, de la humanidad, los creadores pudieran aún dar algo que no sea su creatividad y enfoque, aportes indispensables todavía.

A manera de sinopsis

El cabo Liborio es la mano derecha del capitán, un alemán mercenario que conduce un mermado regimiento por un laberinto seco y asfixiante, encerrado en sí mismo.

Casi bastaría decir eso. En este cuadro –es tentador comparar el filme con una pintura– hay dolor, incertidumbre, intrigas, traiciones, pero sobre todo angustia y desesperación.

Pero Chaco, es bastante más. Es un camino interminable hacia la nada. Es una suerte de road movie en la que siempre hay mucho por delante y nunca nada por qué avanzar. Y en esta propuesta creativa, es fundamental la estética diseñada por el director: la cámara sigue o espera de cerca, es parte de la deriva constante.

¿Cómo, por qué y para qué hacer una película sobre la guerra? Mondaca comparte algunas ideas y experiencias en torno a este premiado filme, a propósito de su reciente proyección en Oruro, en el marco del Festival Diablo de Oro.

Cineasta nato y cinéfilo empedernido, queda claro que Diego, su arte, se mueven a partir de imágenes. “Hay unos relatos de Hilda Mundy que me guiaron un montón. Me quedan esas imágenes de las despedidas en Oruro. Las mujeres despidiendo a niños inocentes y eufóricos. Había ternura –dice Mundy– más allá de la compasión ante esa juventud que se iba a la guerra. La cueca Adiós Oruro del alma, si mal no recuerdo, fue compuesta por un soldado que iba a la guerra”.

– El Chaco generó el mayor movimiento temático, reflexivo, crítico, estético… creativo en Bolivia. Sigue en la mente y memoria… ¿hasta cuándo nos perseguirá esta sombra? ¿Hay que huir de ella o convivir en paz?

– Sí permanece y sigue en movimiento. Me parece que se debe a que aún no hemos resuelto el verdadero problema de esa guerra, tanto en su origen y desarrollo como en sus consecuencias.

Los relatos sobre el Chaco sobreviven como objetos salvados de un incendio, debemos recuperarlos de esa situación de riesgo –de una mala o incompleta interpretación– y producir un conocimiento crítico.

No se trata simplemente de remover el pasado. Se trata de que, al producir nuevas miradas, como busca hacerlo la película, nos preguntemos siempre qué clase de contribución al conocimiento histórico es capaz de aportar nuestro trabajo, y si una imagen bien mirada, una imagen en llamas puede desconcertar y después renovar nuestro lenguaje y, por ende, nuestra manera de pensar.

El Chaco nos perseguirá hasta el momento en que se reescriba y analice la historia desde una mirada que no busque victorias ni hitos, sino más bien una reflexión a profundidad sobre los actos de una sociedad que nos arrastra a la guerra como “solución final” con todas sus consecuencias que retumban y se repiten al parecer eternamente.

Quien mira la película ve y siente esas consecuencias desde su presente, nuestro presente, y eso es lo doloroso. Es necesario entenderlo.

– Creo que esta es una frase fundamental del filme: “ni usted ni yo somos de aquí, mi capitán. A veces pienso que estamos perdidos”. ¿Qué reflexiones puedes compartir al respecto?

– Ese es un diálogo que marca el destino de todos en el filme. Liborio, de alguna manera ve más claro ese su destino. Siente en el cuerpo y ante ese paisaje todo un extravío que luego vemos que es colectivo, y que deriva en lo inevitable. Quizás por eso también Liborio se la pasa cargando con la muerte (a Jacinto, su compañero).

Ese extravío también es una metáfora del sinsentido, del miedo que se apodera de ellos, sobre todo el miedo al otro, al que no lleva su uniforme. Y todo esto en un inmenso terreno inhóspito donde solo puedes ser o boliviano o paraguayo. Ahí está la escena del encuentro entre los tres soldados extraviados y la pareja weenhayek.

– Son evidentes algunas razones y necesidades de que varios diálogos estén en aymara y quechua. Pero quisiéramos conocerlas de tu voz.

– Son razones políticas y estéticas. Es poner en el centro a la lengua. Narrar desde quechua y aymara es dar voz a toda una juventud a la que se le negó sistemáticamente elevar su relato de la guerra. Son diomas que hasta el día de hoy son pisoteados, negados y arrinconados, condenados a desaparecer. Lenguas estigmatizadas o instrumentalizadas. Al ponerlas en el centro del conflicto de toda la película denotamos una posición política por defender y valorar el cómo se vivía y nombraba el día a día, las cosas y emociones en el Chaco. Acaso no deberíamos preguntarnos al menos cómo nombraban ese paisaje nuevo en su idioma materno, cómo describían su horror y cómo lo habrán trasmitido al regresar.

Con la película buscamos recuperar el valor de la lengua en nuestra historia y su sonoridad en nuestra memoria. Esos jóvenes soldados también aprendieron en el Chaco (y hasta hoy en el servicio militar) que el castellano es una lengua civilizadora y que está encima de todas las otras. La jerga militar (machista, misógina y profundamente racista) impone que la letra entra con sangre o que gritar es autoridad, por ejemplo. Y estas prácticas violentas son las que los jóvenes van reproduciendo luego en sus casas, en sus vidas.

Y con estético, me refiero a algo esencial y fundamental para la armonía en forma y contenido de la propuesta de la película.

En otro momento de la charla, Mondaca comenta: “la película está dedicada a mi abuelo, que fue un soldado en esa guerra. Y ahora su cuerpo está en Oruro, en el mausoleo de los excombatientes. Hace unos años mi madre quiso recuperar sus restos y llevarlos junto a los de mi abuela a Cochabamba. No se puede. No le dejaron. Los restos de los excombatientes son patrimonio nacional”.

A esto es precisamente a lo que se refiere con la necesidad de dejar de mirar al Chaco con enfoques rancios de patriotismo y heroicidad. “Todo esto de mi abuelo es también parte de la ironía y del absurdo de la guerra que nos siguen persiguiendo, que persiguieron a mi abuelo siempre. La guerra no suelta ni sus huesos”.

Todo lo que sucedió en Bolivia entre 2019 y 2020, cuando corría la post producción de la cinta, no hace sino reafirmar esta suerte de leyenda o maldición: el camino del Chaco no se acaba aún. La sombra sigue su acecho. “Era muy loco terminar de editar Chaco al mismo tiempo que nos matábamos en las calles, al mismo tiempo que estallaba un negacionismo brutal. La estrenamos en 2020, en medio de un país rasgado y adolorido. Un país que se repite”.

“No te olvides que Chaco es un espejo sin tiempo en donde, tarde o temprano, terminamos reflejados”, culmina Diego, ya en una conversa personal, a modo de ultimar detalles para el trabajo de estos textos.

El triunfo de la imaginación

Sostiene Diego Mondaca: “al Chaco y a la guerra los hemos tenido que imaginar. De la imaginación (sin nacionalismos, patriotismos o condescendencias) sale la peli. Es mi idea del horror. Una ficción que está en la mesa familiar de muchos de nosotros. Desde ahí hay que verla, conversarla; desde la imaginación de un horror pasado cuya materialidad permanece hoy. Es un poco nuestra shoah”.

La imaginación, concepto clave. No es para nadie novedad que el Chaco es la principal y mayor convergencia temática en expresiones artísticas y culturales en Bolivia. Y que, antes todo, sus razones, contextos y efectos son categorías de análisis y pensamiento histórico, político y sociológico. A pesar de la profusión de escritos, cantos, dramas y expresiones plásticas, son pocas las alusiones que eluden el patrioterismo y patetismo: la oda reivindicativa del derrotado. Estas pocas excepciones son, precisamente, las que sobresalen.

En el capítulo “El arco de la modernidad” de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (PIEB, 2002), Blanca Wiethüchter señala: “el vaciamiento de sentidos que practica Hilda Mundy en Pirotecnia (1936), o el dialogismo frívolo de Rodolfo el descreído (1939) de David Villazón, novela en la que el autor se burla explícitamente desde las notas al pie de página del narrador, constituyen las rupturas que imaginan un mundo en ruinas”. En el mismo texto, continúa: “esa vanguardia quedó ignorada en nuestra historia literaria y mutilada en su impulso por el boom de la Guerra del Chaco, el que otorgó el triunfo, en desmedro de las experimentaciones vanguardistas, a los productores del sentido ‘fondista’”.

Sin querer menoscabar a estos “triunfadores fondistas” (nadie va a poner en duda el valor y calidad de El pozo del Chueco Céspedes o Aluvión de fuego de Oscar Cerruto, por ejemplo), recién en los últimos años se propició la salida a luz de estas obras tan irreverentes como fundamentales sobre el Chaco, que menciona la autora de Asistir al tiempo. Y todo gracias a las reediciones cuidadas y acertadamente prologadas de La Mariposa Mundial. Podríamos agregar una tercera: Chaco, de Luis Toro Ramallo, que forma parte de la Biblioteca Plurinacional editada en 2014 por el Ministerio de Culturas, una colección de ocho libros esenciales de la primera mitad del siglo XX, injusta e inexplicablemente olvidados.

La referida edición de Chaco, viene prologada por Wilmer Urrelo, quien en una de sus reflexiones parecería dialogar con Wiethüchter: “creo que todo esto, tomarse la guerra con esa supuesta superficialidad, hizo que la obra de Villazón fuera condenada al olvido con muchísima intención: es más fácil no prestarle atención a un libro que jode a una generación a atacarlo, pues eso lo haría crecer más”.

Pero incidamos un poco más. En una nota a propósito de la publicación de Rodolfo el descreído, Rodolfo Ortiz, director de La Mariposa Mundial, escribe: “la Guerra del Chaco resuena aquí a través de una estética de la insubstancialidad en la cual la novela abiertamente se reconoce, y no solamente ella, sino fundamentalmente una segunda, la novela de un tal Jorge Santa Cruz (ganador del Premio Gordo de Lotería) que se entrevera dentro de la propia novela de David S. Villazón para narrar con precisión los ‘sucesos’ acaecidos alrededor del, digamos, ‘gran suceso’ llamado Guerra del Chaco”.

Además de historia y testimonio, el Chaco fue vivencia, renovación y parteaguas. Cómo no seguir, entonces, provocando miradas. Además de las letras, entonces, está la música: los nunca del todo bien ponderados boleros de caballería. Y está la imagen. Mondaca lo dice mejor “…y están también esas imágenes y sonidos del Chaco que nunca vimos. Ese horror que, si bien fue relatado en la literatura, pocas veces pasó al cine”.

Bolero de caballería: banda sonora de guerras y muertes

¿A quién no se le eriza la piel al escuchar Terremoto de Sipe Sipe? A Diego Mondaca le pasó cuando la oyó por primera vez de niño. Y se le escapó más de un lagrimón ya de adolescente cuando esas notas despidieron a su abuelo excombatiente.

Cuenta Diego: “el estudio de Jenny Cárdenas (Historia de los boleros de caballería) es potente y muy valioso. Fue muy importante para entender los caminos del bolero de caballería. Vital. Pero también está la “conceptualización del bolero” más allá de un contexto que lo fue transformando y resignificando hasta hoy. En eso don Alberto Villalpando fue fundamental: ¿cómo entender la musicalidad del bolero de caballería?

Al explicar la investigación que desembocó en la publicación de su texto en 2015, Jenny Cárdenas cuenta –en un antiguo diálogo justo a propósito de ese lanzamiento– que estos boleros surgieron en el siglo XIX y que siempre estuvieron indisolublemente ligados a las bandas del Ejército: “la Guerra del Chaco es, entonces, el escenario más propicio –por decirlo de alguna manera– para que ancle, se enraíce en el alma, en la memoria de toda la gente que asistió, como actor directo, o como familia o sociedad en que ocurría esa guerra. Y de allí, siguió acompañando toda confrontación social, inclusive si no había muertos, para significar que estaba sucediendo un hecho de violencia política”.

Entre la conceptualización del bolero de caballería y su innegable ligazón con la guerra y, sobre todo, con la muerte, también está algo que subyace claramente: es una inigualable y poco valorada expresión cultural boliviana, una referencia identitaria de la historia de este país.

Así lo refiere Juan Pablo Piñeiro en su breve texto “La música del umbral”, publicado en 2015 precisamente a raíz del trabajo de Cárdenas: “no es necesario ser un músico eximio para entender enseguida, cuando uno escucha un bolero de caballería, de que se trata de un género musical boliviano, de un género que ha brotado en nuestras tierras. El hilado musical es inconfundible y salta al oído de cualquiera que escuche estas tonadas. El compás andino tejido con la melancolía del metal, une lo magnífico y lo triste como si uniera la vida y la muerte”. Así, la banda sonora de Chaco no omite, claro está, los boleros de caballería, que dialogan y cargan de emotividad un par de escenas de por sí potentes…: la marcha de los desharrapados soldados… esa deriva insustancial, esa espera sin esperanza.

“Gringas culonas”, como pretexto para rendir homenaje a Héctor Borda 

Fotografía: Vassil Anastasov.

René Antezana

En los encuentros de los 15 poetas de Bolivia, al verme siempre inquieto y movedizo, me decías, gozándome, que tenía en el culo un termostato, mientras las carcajadas de los presentes me obligaban a una mínima defensa, al menos, y te respondía que tú no lo tenías, que por eso estabas de Senador de la República.

A esas alturas de la vida, ya éramos amigos pese a la diferencia de edad y que tú fuiste, junto a tu familia, una amistad de larga data y muy querida por mis padres y hermanos, en especial por mi madre, con la que compartían militancia en el ala izquierda de la Falange Socialista Boliviana. No recuerdo cuándo, pero frecuentábamos tu casa, que quedaba a dos cuadras de la nuestra. Mi madre se desvivía por apoyarlos porque, siendo aún yo un niño, entendía que eran momentos difíciles para ustedes, no sabía el por qué. Ya con los años fui comprendiendo que tú eras un hombre que estaba entregado a una causa y que tu combate te había llevado a tener muchos enemigos muy poderosos. Yo apenas era un niño cuando vimos tu fotografía en la primera plana de una revista argentina, en la que aparecías llevando entre tus brazos una ametralladora pesada y con el pecho cruzándote cananas, como un guerrillero mejicano, fotografía célebre que retrataba el momento en que caía el MNR de Paz Estenssoro en noviembre del 64. Instantánea que fue tomada a tu ingreso a la plaza principal,  cuando pudiste escapar de una de tus prisiones del “Control Político” del MNR, a cuya cabeza estaba el tristemente famoso carnicero Claudio San Román, en la que tenían torturándote por opositor peligroso, por varias veces desde los 50. La política selló tu vida y la de tu familia con los exilios en la Argentina, España… y finalmente Suecia. Aún así no te rendiste y te sumaste a la lucha junto a Marcelo Quiroga en el PS-1 de los 80.

Por muchísimos años, ya en los 2000, mantenía un recuerdo tuyo que me martillaba la cabeza, y que yo pensaba que lo había soñado: que tú pasaste por la puerta de mi casa mientras nosotros estábamos jugando en la calle, y nos pediste que llamáramos a nuestra mamá. Estabas acompañado de un señor con lentes y gorra. Se saludaron con mi mamá y se fueron. Algún tiempo después, vimos fotografías en el periódico Presencia, con las noticias del Che Guevara, que llegó a Bolivia como diplomático. Estaban las fotos de su pasaporte. Lo reconocimos de inmediato: ¡era el señor ese que estaba contigo! Mis padres nos pidieron silencio. Y así lo hicimos. Tanto que se convirtió en una especie de sueño o una invención. Por el 2007 más o menos, te visité en La Paz. Allí te pregunté si era mi invención. Me dijiste que no, que fuiste responsable de hacerlo pasear un poco por Oruro para luego dejarlo en la casa del jefe del Partido Comunista de Oruro, el “King” Palenque. Quedé sorprendido, entonces ¡no lo soñé! Y sumaste a esa, otras historias que son parte de tu vida tan intensa y al filo de la navaja.

Histórica foto del Encuentro de los 15 poetas. Foto: Archivo de Edwin Guzmán.

Tú te convertiste en un hermano para mí, desde la poesía y por nuestras largas conversaciones sobre la simbología de mitos, la vida en las minas, las otras caras del Carnaval, de los procesos históricos, y de cómo todo ello es parte de nuestra manera de ver el mundo y nuestro país; y cómo todo ello está íntimamente vinculado a tu poesía. El poeta que habitaba en ti era indisoluble del luchador social, era otro campo de batalla donde construiste una visión muy tuya desde lo minero, la mina, la sacralidad del mundo andino, el sentido profundo de nuestras raíces vivas en nosotros mismos. Además, tenías algo que muchos no tenemos: un enorme sentido del humor, muy sarcástico por cierto.

Una noche de San Juan en Oruro, dentro la programación del Encuentro de 15 Poetas de Bolivia,  leíste poemas al pie de una gran fogata. Allí dejaste fascinado al público por la intensidad de tu lectura. Concluiste con un hermoso poema que además de evocar a tu amigo el pintor Humberto Jaimes, era un pretexto (como dice el título) para cantarle a Oruro, a ese Oruro de los 40 y 50, en el que mencionas que habían más personajes intrínsecamente orureños y no familias de europeos con “gringas culonas”.

En la fogata estaban presentes orureños y orureñas de origen extranjero que se sintieron aludidos y reaccionaron yéndose en media lectura diciendo: “vámonos, gringas culonas”. Luego, te compartimos esta inusual situación un poco preocupados, y tú reaccionaste con tu sarcasmo infinito: “yo no sé por qué lo toman tan en serio, si además no son culonas, son ch´usu sikis”, y rompimos a carcajadas.

Estarás por siempre en mi memoria y también, por qué no, en los sueños que nos conectan con el ukhupacha.

Héctor Borda Leaño regresa a su país natal

Fotografía: David Illanes.

Juan Cameron

Cuenta la leyenda que el poeta Borda participó en no sé cuántas revoluciones y, tal como los personajes de este mágico continente donde se ubica la realidad, salió otras tantas veces al exilio. De todo esto hay registro, sin embargo. Una fotografía de 1952 lo muestra cruzado de cananas y con un arma en ristre. Le rodean los mineros. Otra imagen, relatada por una conocida, lo muestra como un cacique familiar llegando al aeropuerto de Copenhague. Su mujer, la dulce Betty, lo acompaña como siempre junto a sus cinco hijos, algunos nietos y -dicen- con algo así de treinta y seis maletas. Es que Héctor Borda Leaño, ese poeta de Bolivia por el mundo, nunca se ha quedado chico ni para los elogios ni para los números. Yo lo conocí en el exilio y sufrí de aquellos.

Lo conocí en Buenos Aires allá por 1974 o comienzos del 75. Trabajaba yo, por entonces, como lector y corrector de la Editorial Noé, una empresa cuyo único otro empleado y propietario era mi amigo Alberto Alba. Una tarde el “negro” Alba me invitó a una lectura en un lugar llamado la Casa Latinoamericana. Leían, no recuerdo bien, varios poetas argentinos de primerísima línea, muchos relacionados con la revista Crisis, muchos vinculados a la “zurda” argentina y muchos, hoy, desaparecidos.

Entre los asistentes había un señor delgado y bajo, con gruesos bigotes, quien bien podría haber sido colombiano o mexicano. Pero cuando comenzó a leer Mi viejo fusil chaqueño, ya no había duda para donde disparaban sus versos. Hermoso poema; y tan lejos llegaron sus disparos que, dicen las malas lenguas, inspiraron hasta el propio Nicolás Guillén en sus cantos para soldados. Yo lo creo así, también. Más bien, como que casi lo sé.

Al cumplirse con el programa los organizadores invitaron al público a leer sus propios poemas. Leí entonces mis trabajos, sentado sobre un taburete y con un foco policial que me exponía al mundo. Y este señor bajito y de bigotes, a quien yo creía colombiano o mexicano y que había escrito un poema de soldados antes que Guillén, fue inconmensurablemente elogioso. Se alzó y con su ronca voz dijo más o menos: “saludo la aparición de un gran poeta latinoamericano”. Y este hecho me instó a continuar. Mucho después publiqué aquellos textos y me hice conocido en mi país. En parte se lo debo a Borda.

Y como los elogios en verdad me conmueven, nunca olvidé la anécdota. Pasaron años, nacieron hijos, tuvimos viajes y de vez en cuando me acordaba de Mi viejo fusil chaqueño. Un día, allá por 1988, fui con mis hijos a una iglesia de Malmö en la cual se anunciaba a una cantante boliviana con el mismo apellido del poeta, Marcela Borda. La ubiqué y le pregunté si era pariente del poeta. Me dijo que era su padre, que vivía en la ciudad y que llegaría en unos quince minutos. Cuando entró a la sala, un poco más gordo, un tanto más canoso y trece años después, me acerqué a saludarlo. Me presenté y le narré la anécdota. No fue necesario decirle mi nombre. Lo recordaba tanto como los detalles de aquella lectura bonaerense.

Borda era mucho más que esa figura romántica y peregrina cuyos mitemas lo construyen o deconstruyen a los ojos de nuestra América contemporánea. Borda es un poeta significativo en la Bolivia actual y, tanto como Yolanda Bedregal o Pedro Shimose, un nombre en el Siglo XX. Y un nombre que fuera de las altas fronteras altiplánicas brilla como la Wiphala pues su literatura, así como otras tantas puras cuestiones de Bolivia, es también secreta.

Con todo vivió épocas de absoluto silencio en el silencioso Malmö. Con su especial orgullo, nunca optó a los beneficios entregados por el sistema a los escritores y pocas fueron sus lecturas públicas. Leía solamente en actos solidarios; o en agradecimiento a sus amigos.

Allí tuve oportunidad de conocer a su familia, de una u otra manera siempre vinculada al arte. Betty era una figura frágil y amable con ese don de gentes tan propio de los bolivianos. Yo la recuerdo con sus pómulos suaves y su alma que estallaba cuando soplaba la armónica. No estuve en su última enfermedad y andaba por Chile cuando falleció, a comienzos de 1994, víctima de un cáncer. Y sin embargo, pese a mi descuido o desarraigo, prefiero sin poco egoísmo recordarla así, con sus pómulos suaves y su alma que estallaba cuando soplaba la armónica. Ella me habría comprendido.

Héctor regresó a Bolivia a devolver a la Pachamama las cenizas de su compañera, a recorrer su tierra y a recobrar ese espacio tan merecido en su literatura. Retornó sin embargo a Escandinavia. Algo se queda siempre en esos lugares después de tantos años y tantos recuerdos. Pero ya es hora de reunir sus libros en uno solo.

Me perdone el lector estas disquisiciones. Supe hace poco de su muerte.

Ch’alla a la muerte del poeta Héctor Borda Leaño

Fotografía: David Illanes.

Sergio Gareca

Quien crea y piense que con Héctor Borda Leaño sólo la poesía social boliviana se lleva un golpe duro y fatal, debo decir que se equivoca. Es necesario ver más allá, en su ejercicio estilístico, y comprenderemos llanamente que no es un revolucionario solamente, sino que es un hombre que vivió sus circunstancias y que, de ellas, por el terrible puñal que implica tener una patria, tuvo que ladrar lo que la noche, la luna, la coca y la mina le dictaban.

Habría que ver en esa voz genuina algo más que un simple reportaje histórico y entenderemos así la vitalidad y virilidad de esa poesía que no lleva atajos, que no se muerde los labios y que arde en el fuego de las qowas. Es el propio fuego que danza y esa es la música que nos ha dejado. Fuego vivo y llameante.

Al escribir estas líneas, el sol quema las calaminas en los techos de Oruro, y el silencio se come las calles, porque la pandemia guarda a la gente en sus casas. Hace muchos años que poetas orureños de otras generaciones han migrado como lo hizo el mismo Héctor Borda. Hace alrededor de veinte años que estoy en vida literaria y se siente algo de tristeza de nostalgia huérfana cuando un eslabón de nuestra tradición poética se suelta y se despide por muerte o lejanía, porque ahora las palabras de esta tierra crecen en los mercados como otrora esos niños sin zapato en los deslaves de las minas donde trabajó Héctor Borda Leaño.

Evidentemente los tiempos han cambiado, y todos esos cantos tristes que los poetas de su tiempo hacían, como jalándole la falda a los wayras, ya no tienen tanto sentido. Aquí el paisaje es el sol que entra por la ventana del minibús con la cumbia de la mañana.

Pero algo pasa, porque en esa distancia de tiempo algo falta, y es esa relación con los versos masticados, con el acullicu de nuestros poetas mayores. Así el tiempo borra y calla voces e incluso arcabuces.

Mi ejemplar del libro “El Sapo y La Serpiente”, fue salvado por en el thanthaqatu como libro usado. Fui por él en cacería, impactado temiblemente por el poema “Ch’alla al recuerdo del pintor Humberto Jaimes Zuna”, que había leído en la antología de poesía orureña hecha por Alberto Guerra y Edwin Guzmán. Los versos han retumbado en mi cabeza durante años, tanto que en algún libro mío lo homenajeo y lo cito.

Para mí era un momento emocionante y conmovedor, pues había encontrado a partir de ese poema, y luego otros, a mi ancestro más cercano en la escritura, lo había reconocido, era el agua del rio de copajira, que bajaba de más arriba de la historia, trayendo un fuego, el mismo fuego que a mí me estaba quemando la vida.

Desde luego a mis contemporáneos y a otros les parecía una miopía mía. “sí, sí, ese poeta de los mineros, que los mineros aquí y los mineros allá”; tal vez porque no podían saborear eso que él decía tan claramente: esa rabiosa alegría.

Para mí era terrible entender que este poeta estaba vivo, pero muy lejos. Y también me angustiaba no poderle decir que yo mismo estoy dando vueltas a patadas con la diablada en esas mismas calles, porque es la ciudad la que vive sus mil vidas y cambia los cuerpos de sus transeúntes, como una serpiente viva.

Así que todas esas ansias de poder conocerlo se quedaron ahí refrigeradas por el viento de Oruro, hasta que, en 2010 en ocasión al Festival Internacional de Poesía de Bolivia, organizado por Benjamín Chávez, se le hizo un homenaje y pude al fin saludarlo. Con absoluta seguridad él no sabía lo importante que era para mí decirle ese par de palabras, pero me agradeció muy amablemente y yo me quedé contento, así hubiera sido una experiencia muy corta, él ya me había dicho todo lo que tenía que decirme, me lo seguía diciendo, y aún ahora también, ya no como creen otros, como un panfleto de la Central Obrera, sino con el fuego de un corazón que se incendia en lo profundo de la tierra.

Más tarde, en ocasión del festival SIART, con el Kolectivo Perro Petardos, volvimos a leer sus poemas en las minas del cerro Pie De Gallo, para nosotros, para nuestras vidas, para nuestros demonios, con la boca rebalsando de pijcho. Y eso es lo que pasa, porque Héctor Borda se va y Oruro no se ha ido, y esas letras en la oscuridad del socavón son absolutamente claras. Porque no se puede leer solamente para la mesita de noche, cuando la poesía está viva.

Es la importancia de Héctor Borda, en la tradición poética de esta ciudad, porque es un encuentro con nosotros. Las cadenas de la historia de nuestra literatura se han roto. Y pareciera que estamos desarraigados, pero alguien más está buscando esas palabras, y son las palabras las que nos van a encontrar y los van a encontrar.